Capítulo 1
Día cero
Álex
Todo acerca de ella me irrita. Lo ruidosa que es, lo pegote. Un real fastidio. Lo de acercarse a cualquier extraño y saludarlo. Lo de hacerme quedar en ridículo cuando estamos en grupo o que se ponga a cantar o bailar frente a todos. Lo de llegar atrasada a cualquier compromiso y nunca urgirse por ello. Admito que a veces me gustaría ser tan relajado como ella. Pero la mayor parte del tiempo me resulta agotadora.
En lo posible, intento no pasar mucho tiempo a su lado, pero es inevitable. Somos compañeros de curso y parecemos coincidir en todo. Por más que procure alejarme el destino me la devuelve como un búmeran. Cada vez me pilla de sorpresa y sin tener la destreza necesaria para recibirla, siempre me golpea el punto más vulnerable de mi cabeza.
Quizás hay quienes se preguntan cuál es nuestra verdadera relación o por qué, si siento esto, sigo junto a ella. Solo puedo decir que somos amigos desde que tengo memoria, porque así me tocó, no porque yo lo decidiera. Es mi amiga porque me rendí a su amistad. Y para qué estamos con cosas, no soy una persona muy sociable, así que contar al menos con la amistad de Solae resulta bastante útil en algunos casos.
No estoy diciendo que todo acerca de ella sea malo. Es solo que muchas de sus actitudes molestas se me hacen difíciles de ignorar, como si gritaran directamente en mis oídos, mientras que sus puntos a favor fueran un susurro tímido desde la distancia. Y eso sería lo único tímido en ella.
—¿En qué piensas? —me pregunta con una voz tan alta que pisotea mis pensamientos y me siento violentado. Cuando nos preguntan esas cosas tan de repente es muy probable que respondamos que nada, simplemente porque acaban de ahuyentar cualquier vestigio de pensamiento dentro de nuestras cabezas.
No respondo y Solae no insiste, lo que igual me parece extraño.
Con ella agarrada de mi brazo, como suele hacer, nos vamos caminando rumbo a nuestras respectivas casas. Vivimos cerca, así que también me toca acompañarla de ida y vuelta al colegio, no vaya a ser que algún ladrón o pervertido se atreva a acercarse a un ser tan «indefenso» como ella. Quizás en el fondo la acompaño para ponerme yo a salvo de cualquier ser indeseable que ose aproximarse.
Seguimos nuestro camino en un silencio inusual, el que al poco rato es interrumpido por una nueva intervención de su parte.
—¿Vas a hacer algo hoy? —me pregunta animosa, soltando mi brazo y poniéndose justo frente a mí, lo que me obliga a detenerme en seco para evitar chocar contra ella. Su cara se encuentra a pocos centímetros de la mía, tan cerca que puedo sentir el olor de su champú, lo que me pone entre nervioso e incómodo.
—No creo. Estoy cansado —le respondo girando la cara, deseando que no insista, pero continúa.
—Ok, pero el domingo sí, ¿verdad? Recuerda que tenemos que estudiar para el examen del próximo viernes.
—¡No, Solae, el domingo tampoco puedo! —le respondo cortante y la rodeo para seguir caminando, sin mirarla a los ojos. Lo único que quiero era llegar a mi casa y pasar un fin de semana tranquilo y en soledad. Tanta interacción social entre el colegio y mi amiga termina agotando.
Cuando me doy cuenta de que Solae se ha quedado atrás, volteo para mirarla, extrañado.
—No importa, creo que es mejor así —dice ahora con tono serio y la vista fija en el camino, retomando el paso hasta alcanzarme. No parece afectada ni molesta, pero podría jurar que la distancia entre los dos ha aumentado.
Me cuesta mucho imaginar qué es lo que pasa por la cabeza de Solae. Siento que siempre está improvisando situaciones, preguntas y actitudes. Parece regirse por un patrón caótico que no me permite predecirla. No sabría si poner eso en la lista de sus pros o de sus contras, pero en este momento, me inclinaba más por lo segundo.
Nos detenemos frente al semáforo que está a dos cuadras de donde nos separamos, esperando la luz verde en silencio. Solae parece ensimismada y yo... bueno, yo también. No estoy acostumbrado a tanta tranquilidad a su lado, así que algo preocupado me tiene.
Antes de que la luz cambie, Solae empieza a cruzar con paso firme. No viene nada por la calle, pero igual no me apetece atravesar aún. Uno nunca es suficientemente precavido.
—¡Solae! —le grito, llamándole la atención para que tenga cuidado, pero no me responde—. ¡Solae! —insisto, cuando ya casi está por llegar a la otra vereda y por fin el semáforo da luz verde. Ante mi segundo llamado gira la cabeza, pero un chico que va cruzando en dirección contraria la empuja, pasándole a llevar con fuerza su hombro.
—Oh, no —pienso. Acá se va a armar la grande.
Solae dirige su atención al chico en cuestión, que debe tener nuestra misma edad, y se queda con la vista fija en él. Es alto y rubio y aunque sé que ella no siente ninguna atracción por los chicos de pelo tan claro, hasta yo soy capaz de reparar en su atractivo. El tipo es tan exageradamente guapo que parece una celebridad. Pero como yo tengo una sólida preferencia por las mujeres, su apariencia solo me genera un gran brote de anticuerpos.
Él le sonríe, le guiña un ojo y sigue su camino con despreocupación, mientras que Solae, luego de despertar de su aturdimiento, también sigue caminando como si nada hubiese ocurrido. Yo contemplo la escena un poco desconcertado. La Solae que conozco lo hubiera increpado a gritos, lo hubiera subido y bajado hasta que le pidiera disculpas de rodillas. Más aún tratándose de un tipo presumido como aquel, justo la clase de personas que ella no soporta; pero me asombro al no ver reacción alguna de su parte. La llamo para que me espere, y en cambio me grita que nos veremos el lunes en el colegio. Luego acelera el paso y se aleja hasta perderse de mi vista.
Puedo jurar que es casi como si estuviese huyendo de mí.
Capítulo 2
¿Qué está pasando?
Empezaba una nueva semana y me levanté temprano, como siempre, para ir a la escuela. Había disfrutado de un par de días inusualmente tranquilos, sin noticias de Solae. Tanta paz no me dejaba de resultar extraña.
Sentado en el comedor de la cocina, ya vestido y tomando desayuno, observaba con desgano el estresante ritual matutino de mi hermana menor, Paula que, aún en pijama, recorría la casa en cámara rápida, alternando las tareas de vestirse, mordisquear un pan y preparar su mochila.
Tratando de ignorar su ansiedad, le di el último sorbo a mi té, mientras esperaba como de costumbre a que sonara el timbre de casa. Ya casi era hora. Todos los días Solae me venía a buscar para irnos juntos al colegio. Aunque para todo lo demás solía ser muy impuntual, cada mañana, de lunes a viernes, sin excepción, aparecía a las 7.40 am frente a nuestra reja y se pegaba tocando el timbre hasta que alguien le abriera. Pero esta mañana aún no había señales de ella.
Miré el reloj de la pared y lo comparé con el de mi móvil para comprobar que no se hubiese roto. Fruncí el ceño al ver que mi hermana aparecía ya vestida y casi lista frente a mí, mientras a saltitos embutía sus pies dentro de sus zapatos y se lavaba los dientes al mismo tiempo.
—Wow, hoy por fin te gané. ¿Y Solae? —me preguntó enjuagándose la boca en el lavaplatos, ya lista para correr una carrera hacia el colegio.
—Viene atrasada —le respondí restándole importancia, y Paula se fue sin hacer más preguntas. Las pocas veces que Solae se había enfermado, me había avisado con anticipación (a pesar de nunca habérselo pedido). Pero ahora no tenía ningún mensaje de ella (ni de nadie) en mi celular y desde luego no le escribiría preguntando.
7.46 am.
Decidí esperarla unos minutos más y, por cada nuevo segundo que pasaba, mi nivel de estrés crecía una décima junto con mi arrepentimiento. Al final, logré soportar (con mucho esfuerzo) unos eternos cinco minutos, pero la ansiedad que me generaba no llegar a la hora fue mucho más fuerte. No tenía por qué esperarla. ¡No sabía por qué la seguía esperando!
Ya con apenas diez minutos para llegar a tiempo al colegio, agarré mi mochila y partí corriendo, recordando, muy a mi pesar, que justo las clases las iniciaba Big Alicia. Definitivamente era el peor día para llegar atrasado.
—¡Maldición! ¡Maldita Solae, te maldigo!
Casi sin oxígeno y empapado por haber subido corriendo los tres pisos hasta nuestra sala, logré llegar a las 7.59 am, aliviado de no haber interrumpido mi impecable historial de puntualidad.
Ya estaban casi todos adentro, salvo unos pocos rezagados que se paseaban o conversaban en el pasillo apoyados en el balcón. Entre ellos me llamó la atención un chico muy alto que conversaba con mucha familiaridad con Trinidad, una de las compañeras más populares de nuestro curso. El chico estaba de espaldas, pero por su cabello rubio, casi platinado, podía estar seguro de que nunca lo había visto antes en el colegio.
Entré a la sala, recuperando poco a poco un ritmo normal de respiración y para mi sorpresa noté que rodeando el puesto de Solae estaban Micaela, Daniela y Francisca hablando muy animadas entre chillidos agudos varios. Aún sin estar muy seguro de si Solae era parte de la reunión o no, me acerqué a mi asiento que se ubicaba justo a su lado izquierdo. Ahí estaba mi amiga, y no se veía precisamente enferma. Se reía y celebraba un adorable mini pulpo de peluche con corbata que acababa de desenvolver, mientras sobre su mesa se amontonaban unos cuantos regalos más a la espera de ser abiertos.
—Oh, mierda...
Solae me miró por un instante y luego siguió charlando como si yo no estuviera presente. No podía culparla. Acababa de darme cuenta de lo idiota que había sido con ella el viernes al rechazar dos veces la invitación de ir a su casa el fin de semana.
Entre las mil peculiaridades de mi amiga, una bien particular era celebrar su cumpleaños solo a partir de la hora en que nació, es decir, a las seis de la tarde, y había dejado establecido que nadie podía saludarla antes de esa hora, so pena de muerte o alguna otra sentencia de severidad similar. Cada año celebrábamos juntos el inicio de su cumpleaños y por eso me había invitado sutilmente a su casa a «estudiar» ese día. Y yo no solo lo había olvidado por completo, sino que, por si eso fuera poco, le había gritado que no podía, y mejor ni hablar de mi inexistente regalo de cumple-disculpas. Me esperaba lo peor.
—Vayan sentándose rápido, que no tengo todo el día.
Nuestra profesora jefe, la corpulenta señorita Alicia, alias Big Alicia, hizo su entrada a la sala cerrando la puerta bruscamente tras de sí, con su semblante estricto y seco de siempre.
—Señor Álex Romandi, ¿sería tan amable de sentarse para permitirnos comenzar la clase?
A su llegada todos habían corrido a tomar sus ubicaciones salvo yo, el único idiota que figuraba parado junto a su puesto, con la mochila todavía en la espalda. Me apresuré a sentarme, en medio de un par de risas de fondo, mientras Solae, a mi derecha, me seguía ignorando olímpicamente. Parecía que esta vez en verdad estaba muy enojada.
Como de costumbre, la clase dio inicio con nuestra profe pasando lista de asistencia, pero fue antes de llegar a mi apellido que se detuvo en un nombre que yo jamás había escuchado y, al parecer, por su cara, ella tampoco.
—¿Ris-sey... Anton? —preguntó mirándonos con el ceño fruncido, para que nos dignáramos responderle—. El señor Anton Rissey —repitió, y esta vez todos nos miramos con extrañeza. Busqué la atención de Solae, pero ella miraba hacia el otro lado, sin darse por aludida.
Big Alicia repitió el nombre por última vez, golpeando su escritorio con impaciencia, y cuando ya molesta iba a pasar al siguiente, se abrió la puerta.
Sin siquiera pedir permiso, el misterioso chico rubio que había visto un poco antes en el pasillo hacía su entrada triunfal a la sala. No pude evitar compadecerme de él por su desafortunado atrevimiento.
Al verlo ahora de frente, me resultó extremadamente familiar, haciéndome escarbar entre mis recuerdos más recientes. ¿Dónde lo había visto antes? Más alto que cualquiera de nosotros, cabello con corte de ídolo pop, cara digna de aviso publicitario y demasiado guapo para ser hombre. ¡El idiota que había chocado contra Solae el viernes!
—Presente, señorita Alicia —dijo sonriendo despreocupado—. Por favor, disculpen el retraso, tuve un problema en el camino —añadió, ahora dirigiéndose a nosotros, mientras nos saludaba con la mano.
—¿Un problema en el camino? ¡Si todo este tiempo estuvo afuera de la sala! —musité para mis adentros, pero al parecer su descaro solo me molestaba a mí, ya que las hormonas de mis compañeras (y alguno que otro compañero) parecían dispararse sin disimulo.
Por su parte, miss Alicia aún no reaccionaba ante la interrupción. Se había quedado perpleja, como si alguien le hubiese apretado pausa. Luego de unos segundos, como si nada extraño estuviese pasando, y muy al contrario de lo que haría con cualquier otro alumno, lo invitó a entrar con amabilidad.
—Claro, Anton, no hay problema, por favor ve a tu asiento —le indicó, apuntando hacia un puesto desocupado.
Anton se internó en la sala y se instaló donde, en efecto, había un asiento libre, a la derecha de Solae, el que extrañamente nunca antes había notado. Luego de poner su mochila en el respaldo de la silla, se inclinó hacia ella y le dijo algo en voz baja que no logré escuchar. Solo sé que la sonrisa que le dedicó no me gustó nada.
Para mi sorpresa, después de esta insólita interrupción, la clase continuó con total normalidad. Incrédulo, examiné a los demás buscando reacciones similares a la mía, o al menos la atención inicial de mis compañeras al verlo, pero ahora todos estaban inusualmente atentos a lo que fuese que estuviera hablando Big Alicia. Ni Solae ni ningún otro compañero comentaba nada ni le ponía particular atención.
¿Pero qué demonios acababa de pasar? ¿A nadie le extrañaba la presencia de este tipo? ¿Por qué la profe no lo presentó? Y sobre todo, ¿por qué llegaba un compañero nuevo a estas alturas del año? ¿Me estaban jugando todos una broma?
—Solae. ¡Solae!, psstt. —Traté de llamar su atención hablándole en voz baja para no alertar a la profe, pero seguía sin mirarme. Resignado me dirigí a José Tomás, que se sentaba a mi izquierda.
—¡Joto! —lo llamé en voz baja—. ¿Qué está pasando? ¿Sabes quién es ese tipo? —Joto, que al parecer estaba medio dormido, me miró confundido, sin entender a qué me refería.
—El tal Anton. ¿Sabes de dónde salió? —le repetí para quitarle la cara de pregunta.
—¿Anton? ¿Te refieres a dónde vive o algo así? —Parecía confundido, quizás aún no despertaba del todo.
—No, idiota. ¿Sabes por qué no nos presentaron al compañero nuevo?
—¿Qué compañero nuevo? —preguntó a medio bostezo, mirando hacia los lados. La ineptitud de Joto para entenderme me estaba colmando la paciencia.
De repente, Big Alicia dejó de hablar y miró en nuestra dirección buscando el origen de los murmullos que interrumpían su clase. Fue suficiente señal de advertencia para enderezarme de golpe y quedarme callado. Arriesgando un castigo mayor, pero sin poder soportar la incertidumbre, saqué mi celular con disimulo y continué con el interrogatorio a través de mensajes.
¡Hablo de Anton, el rubio que acaba de llegar atrasado!
Joto dio un mini brinco al sentir la vibración de su celular en su bolsillo. Al ver el mensaje, se rascó la cabeza y acto seguido se puso a tipear su respuesta, con una lentitud exasperante.
Anton está con nosotros desde primaria. No sé de qué compañero nuevo me hablas
Si Joto era parte de la broma, la estaba representando demasiado bien. En verdad parecía convencido de lo que me estaba diciendo. Big Alicia también continuaba con su clase como si nada fuese diferente. Por su carácter, no podía ser que fuese cómplice de una broma tan rara. Definitivamente había algo que no estaba entendiendo.
Miré de nuevo a Solae y le hice gestos con la mano. Su inusual atención hacia la pizarra me daba a entender que me seguiría ignorando y que no tenía sentido insistir. Cuando mi vista se enfocó un poco más allá, justo a su derecha, me encontré de frente con los ojos del famoso Anton. Me miraba sonriente y me guiñó un ojo para terminar de incomodarme. Desvié la vista hacia la pizarra con una mueca de disgusto.
Definitivamente todo esto parecía ser parte de una horrible pesadilla y más valía dejar de insistir por el momento. O al menos hasta que terminara la clase.
Capítulo 3
Ley del hielo
Por fin sonó el timbre del primer recreo y todos comenzaron a separarse en los grupos de siempre, con la diferencia de que esta vez alrededor de Solae había más gente que la de costumbre. Anton se había integrado a ellos sin ningún problema y Solae seguía sin hablarme ni dignarse a mirarme siquiera.
En medio de todos los comentarios y felicitaciones varias, al parecer programando cómo celebrar a Solae después de clases, Anton sacó de su mochila una gran caja de regalo, de esas que parecen utilería bajo el árbol de Navidad de centro comercial de tan perfecta que era, y se la extendió.
—¡Feliz cumpleaños, Sol! —le dijo entregándole el paquete, mientras acompañaba el gesto con la misma sonrisa estúpida que parecía ser la única expresión que sabía hacer. ¿Sol? ¡Ella odiaba ese sobrenombre! ¿Quién se creía este idiota para llamarla así?
Solae, al ver la caja, se emocionó.
—¡Gracias, Anton! ¡Casi creí que lo habías olvidado! —respondió abrazándolo con energía.
—¡Eso nunca! —agregó el rubio. Luego hubo risas y fotos junto al regalo, también selfies de ellos y del grupo, y ahí yo, otra vez sin saber cómo reaccionar. Miraba la escena y a los que eran parte de ella con escepticismo, esperando alguna explicación. ¡Que por favor alguien me admitiera que era una broma!
Pensé en acercarme a reclamar mi lugar, pero por donde lo viera, sentía que el esfuerzo no merecía la pena. Si Solae estaba tan enojada conmigo que me había quitado la palabra de la manera más infantil posible, allá ella. Y si el tal Anton era parte de la broma, no iba a seguirles la corriente ni darles en el gusto.
Bajé al patio y me paseé, forzándome a disfrutar mi nuevo estado civil de tranquila soledad. A pesar de que siempre había preferido estar solo, no lograba recordar la última vez que había pasado el recreo sin la compañía de Solae. Fue mi estómago el que, en un sonoro reclamo, me recordó que no traía nada para comer y que esta vez Solae no estaba conmigo para compartir su colación.
Compré en el quiosco lo que me alcanzó con las monedas que traía y me senté en un banco a leer un libro. No estaba tan mal despegarme de ella, aunque fuese por una pelea, pero ser yo quien tenía la culpa, era algo que no me terminaba de dejar tranquilo.
Y hablando de tranquilidad...
—Soli, ¿y si vamos todos a tomarnos un milkshake en el café Starfour cerca de tu casa? —Trinidad, la mejor amiga de Solae, proponía ideas, pero todo su séquito de amigos, entre quienes destacaba Anton en altura, tenían sus propias opiniones respecto de cómo celebrarla. Aunque no estaban tan cerca de mí, con su volumen de voz era imposible no escucharlo todo. Y todos parecían estar de acuerdo en ignorar que yo era su mejor amigo.
—¿Y si haces una fiesta este fin de semana? —preguntó Mica, como si se le acabara de ocurrir la idea más original. A Solae no le gustaba celebrarse con fiestas, era más de festejar tranquila viendo una película, comiendo una minitorta y cosas ricas. Era lo que solíamos hacer juntos cada año.
—Nada de fiestas, ¿verdad, Sol? Yo creo que ustedes tendrán que celebrarla otro día, porque hoy ya tenemos planeado ir al cine —les respondió Anton mientras la abrazaba por la cintura, dejándolos a todos callados y a mí, estupefacto. ¿Esta actuación era parte de su plan para molestarme? Porque si era así, lo estaba logrando.
Ya no podía seguir ignorando el descarado espectáculo que estaban montando a mis expensas, en donde yo podía verlos y escucharlos con claridad. Me levanté del banco y me acerqué a Solae.
—¿Qué quieres conseguir con todo esto? —le pregunté molesto, dirigiéndome a ella.
Todos me miraron de tal forma que ya me estaba arrepintiendo de haberlos interrumpido.
—¿Álex? —preguntó con cara de estar perdida, como si recién se diera cuenta de que yo estaba ahí.
—Si todo esto es porque no te saludé por tu cumpleaños... —continué, atento a la reacción de los que me miraban como a un bicho raro al que no sabían si pisar o perdonar la vida por lástima—, pues, quise saludarte ayer, pero...
No sabía qué me estaba pasando. De pronto me sentí extremadamente tonto e inseguro, a diferencia de como me comportaba siempre frente a ella. Iba a continuar con mi punto, pero para mi alivio, Solae me interrumpió.
—¡Ay, Álex, no te preocupes! Gracias por acordarte. Es muy tierno de tu parte.
A continuación me dio un abrazo rápido, que se tradujo más bien en un par de palmadas en la espalda, para luego seguir hablando con nuestros amigos, como si nada.
Debo admitir que esperaba que en su agradecimiento hubiese un tono de voz cargado de ironía y resentimiento por mi olvido. Algún grito de odio o alguna reacción que tuviera por objetivo castigarme, también habría estado bien. Pero quedé sorprendido al ver que no parecía enojada en lo más mínimo. Aunque quizás lo que más me desconcertó, fue su abrazo tan impersonal y que me tratara como si fuera un compañero de clase más.
Si no estaba enojada conmigo, ¿qué significaba esa repentina indiferencia? ¿Era esto también parte de su plan de venganza?
El grupo se alejó de mí con su cuchicheo animado, mientras yo me preguntaba de qué me estaba quejando. Después de todo, ¿no era acaso eso lo que había estado deseando todo este tiempo?
El resto del día transcurrió con normalidad, si es que se le podía llamar normal a que Solae no me hablara y a tener a un completo desconocido haciéndose pasar por compañero de nuestra clase sin que a nadie más le sorprendiera. Incluso los profesores de las clases siguientes lo saludaban y lo trataban como si lo conocieran de toda la vida.
Yo aún sospechaba que todo esto, en el fondo, no era más que una broma de Solae para llamar mi atención y castigarme. Mi amiga solía ser muy creativa, sobre todo si de bromas y venganzas se trataba, pero esta vez yo estaba casi maravillado de su impecable actuación y la de todos sus cómplices (que en realidad era la clase entera). Incluso me habían hecho plantearme la remota posibilidad de que Anton en verdad hubiese sido siempre nuestro compañero y que yo fuese quien estaba perdiendo parcialmente la memoria, me estuviese volviendo loco o me hubiese trasladado a alguna especie de realidad alternativa. Por sanidad mental, preferí descartar esas opciones. Al menos por ahora.
Terminaron las clases y todos nos apresuramos a salir. Ya fuera de la sala, vi a Solae conversando a solas con Anton en el pasillo. ¿Desde cuándo se conocían y en qué momento se pusieron todos de acuerdo para planear todo este engaño?
Si me detenía a pensarlo, nada tenía mucho sentido. Solae apenas había tenido tiempo para prepararlo todo, a menos que me conociera tan bien como para prever que me olvidaría de su cumpleaños y así elaborar una venganza solo por si acaso. Sí, sonaba demasiado absurdo y rebuscado, pero Solae a veces era así, impredeciblemente absurda. ¿Pero para qué tomarse tantas molestias? Resultaba evidente que tenía que haber algo más.
Con disimulo me apoyé en el balcón del pasillo y pretendí navegar en mi teléfono, procurando estar lo suficientemente cerca de ambos como para poder captar algo de su conversación sin que sospecharan. Si es que ellos estaban atentos a lo que yo hacía, debo decir que no se les notaba.
—No, a Tam le dan lo mismo esas cosas. Tú sabes cómo es ella —le decía Solae a Anton, de lo que deduje que también conocía a Tam, la hermana menor de Solae.
—Bueno, si a ella tampoco le importa, yo no tengo problema con pasar hoy después del cine y mañana en la tarde. Así lo preparamos bien.
¿De qué están hablando? ¿Qué cosa van a preparar bien? ¿Acaso seguirían con esto por otros dos o tres días más? Me acerqué unos pocos pasos para escucharlos mejor.
—Claro que no. Además solo vamos a estudiar. A mi hermana no le tendría por qué preocupar lo que haga o deje de hacer —le respondió Solae, acomodándose un mechón rebelde de su pelo que siempre llevaba recogido en una cola de caballo.
Al parecer estaban hablando del examen del viernes. El mismo para el que Solae me había pedido ayuda. ¿Es que ahora ellos iban a estudiar juntos? ¿Es que acaso Anton iba a seguir en nuestra clase durante todo el resto de la semana?
—¿Todo bien, Álex?
La repentina interrupción de Joto me sobresaltó tanto que casi dejo caer mi teléfono por el balcón del tercer piso. Aunque José Tomás y yo no éramos los mejores amigos, podría decirse que era la segunda persona de la clase con la que más interactuaba, después de Solae, por supuesto.
—¿Qué te hace pensar que no? —le pregunté, enojado por hacerme perder el hilo de la conversación entre mi amiga y el rubio.
—Es que como sigues acá, pensé que te pasaba algo. Por lo general siempre te vas apenas terminan las clases y evitas a cualquiera que se te aproxime.
Lo que Joto me decía reflejaba muy bien lo que me hubiese gustado hacer apenas terminaban las clases, pero que Solae nunca permitía que ocurriera. Eran muy pocas las veces que recordaba haberme ido solo a mi casa sin tener que aceptar su no solicitada compañía.
—No sé por qué dices eso, Joto, si yo siempre me he ido con Solae.
José Tomás entrecerró los ojos mirando hacia ningún punto en particular, como si intentara evocar algún recuerdo que corroborara lo que le decía.
—¿Con Solae? Pero si ella siempre se va con Anton. De hecho, creo que nunca te he visto conversar con ella.
¿Pero qué mierda estaba diciendo Joto? ¿Es que acaso quería confundirme aún más?
Me giré hacia Solae, pero vi que ya bajaba las escaleras junto a Anton rumbo a la salida del colegio.
—No sabía que te interesaba tanto Solae —me dijo, luego de advertir mi decepción al verlos irse.
No tenía ganas de discutir con Joto, que parecía empecinado en tomarme el pelo. Nunca me imaginé que él también participaría tan activamente en una broma de ella. Ignorando su comentario, bajé las escaleras para salir yo también. Anton y Solae ya iban camino a la parada de buses, por lo que deduje que lo del cine iba en serio.
Aceptando las nuevas circunstancias, me devolví caminando a mi casa, solo y esforzándome por disfrutar esta inesperada libertad que tanto había deseado.
Capítulo 4
Disculpas
Al día siguiente la situación no había cambiado en absoluto. Anton continuaba apareciendo en la lista del curso, y sin importar a qué compañero le preguntara, todos insistían en que siempre había sido un alumno regular de nuestra clase. Mientras tanto, Solae me trataba con la misma calidez con la que trataría a una planta decorativa de plástico. Su sostenida ley del hielo me tenía un poco más molesto de lo habitual, pero debía reconocer que esta vez la culpa era mía. Aunque quizás la solución más simple era pedirle disculpas, mi orgullo me insistía en que eso de simple no tenía nada.
Lo mejor sería enfrentarla y ver qué sucedía; después de todo, si éramos tan amigos, tendríamos que resolverlo conversando. Toda esta situación no me permitía ponerle atención a ninguna clase ni estudiar nada, y eso también comenzaba a inquietarme.
Solae, necesito que hablemos. Juntémonos en la fuente
de agua a la salida de clases
Le escribí a su celular. Me miró de reojo con curiosidad, respondiendo con un breve pero satisfactorio:
OK
Me pasé el resto de la última clase pensando en cómo podía solucionar este asunto sin tener que disculparme. Mientras pudiera evitarlo, lo haría, pero no encontraba otra salida.
Cuando sonó el timbre, comencé a guardar mis cosas y a hacerme el ánimo de conversar con madurez. Solae se adelantó en salir de la sala junto con sus amigas. Por un momento pensé que se estaba olvidando de mí, pero antes de desaparecer se volteó a mirarme, como comprobando que no fuese yo quien la olvidaba a ella y luego se rio junto a una de sus amigas. Lo más obvio hubiese sido suponer que era una risa de burla triunfal por haber conseguido que yo cediera, pero más bien me pareció una risa inocente y nerviosa, que no me cuadraba con el momento.
La fuente de agua se ubicaba dentro del colegio, al medio del patio de los naranjos. Como era un sector de poco tránsito y rodeado por árboles, no solía haber mucha gente junto a la pileta a la hora de salida, lo que nos daría un poco más de privacidad. Solo una pareja de alumnos, probablemente de un curso inferior, conversaba sentada un poco más allá. Pero Solae aún no llegaba.
Releí su OK en mi pantalla y la ansiedad comenzó a hacer que empezara a replantearme el estar ahí. Me senté en una banca. ¡No podía ser que Solae también llegara atrasada a un lugar que le quedaba a tres minutos de caminata dentro del mismo colegio!
Hasta que por fin apareció. Ya no llevaba el pelo amarrado como solía usarlo siempre en clases y casi siempre desde que la conocía. El sol acentuaba el color de su cabello miel anaranjado, mientras el viento evidenciaba lo mucho que le había crecido. ¿Siempre lo había tenido así de largo?
Me sorprendí mirándola como si no la conociera ya de memoria. Al acercarse a la banca donde yo estaba, me sonrió con timidez y por un momento pensé que era otra persona. ¿Era esta la actitud de alguien que está tan enojada conmigo como para montar una sofisticada broma?
—Hola, Álex, ¿querías hablar conmigo? —Mantenía los pies juntos y jugaba con sus manos entrelazadas frente a ella, evitando mirarme a la cara. Todo lo que quería reprocharle, lo de la broma, lo de que dejara de ser tan inmadura, lo de Anton, no venía a cuento ahora. Su actitud tan extraña me descolocaba. ¿Era esa su intención?
—Solae, me imagino que ya sabes de lo que quiero hablarte, ¿verdad? —Su incomodidad se acrecentó con mi pregunta. La naturalidad con la que hablábamos siempre se había perdido. Al ver que no se sentaba a mi lado, me levanté y me acerqué para que conversáramos mejor, pero incluso ahora, al tenerla parada frente a mí, no lograba hablarle ni comportarme con la seguridad de siempre. Su actitud tan rara era contagiosa.
—No estoy segura, pero... —dijo jugando con su cabello mientras esquivaba mi mirada— no creo poder darte lo que quieres —añadió, ahora mirando primero hacia la fuente y luego hacía la pareja, como si buscara apoyo en alguien más.
—¿Lo que quiero? —¿De qué estaba hablando ahora, Solae?
—No quiero desanimarte, y no es que me caigas mal, pero la verdad es que a mí me gusta otra persona —Se disculpó.
—¡No, no, espera Solae! ¿Qué? ¡Estás malinterpretando todo! Qué diablos te hizo creer que yo quería... ¿declararme? —Mi cara de sorpresa debió ser épica, ya que cuando por fin me miró a los ojos, soltó una fuerte carcajada.
—Yo solo... ¡Ay, pero qué tonta! —Solae volvió a soltar una risa—. Qué alivio, Álex. ¡Por favor no me hagas caso! —Se había puesto roja, aunque de a poco se fue relajando, viéndose más ella misma. En cuanto a mí, solo consiguió enojarme aún más.
—¿Esto también es parte de su bromita? ¿Hasta cuándo vas a seguir tonteando? ¡Ya aprendí mi lección, no necesitan seguir con todo esto!
—¿Seguir con qué cosa? Disculpa si te ofendí, Álex, pero no te pongas así. Solo fue un malentendido.
Solae no paraba de reír. Le estaba dando cero importancia a mi enojo y eso me quitaba la fuerza necesaria para seguir con mi berrinche. Tampoco ayudaba en nada que la pareja que estaba en la banca empezara a besuquearse sin pudor bajo el naranjo. Solo a mí se me ocurría citar a Solae en el lugar más romántico (ahora me daba cuenta) de la escuela para discutir algo que me molestaba. Y, para rematar la situación, había sido rechazado y friendzoneado por mi mejor amiga, sin siquiera haber tenido la intención de declararme. Solae no me interesaba de esa forma, pero eso no evitaba que ahora mi autoestima y orgullo quedaran pisoteados en el suelo.
—Yo solo quería hablarte sobre Anton y de cómo desde que él llegó finges no conocerme.
—¿Desde que yo llegué qué cosa? —Anton apareció de la nada hablando por detrás de mi hombro. Probablemente se había escondido, esperando hacer su entrada dramática en el momento preciso. Su interrupción no me causó ninguna gracia.
—Le decía a Solae que no es necesario que sigan con su estúpida broma —dije, incomodado por su cercanía y alejándome unos tres pasos de él. A continuación me dirigí a Solae.
—Yo pretendía disculparme por lo del otro día, y también por olvidar tu regalo de cumpleaños. Si aún quieres que estudiemos juntos, no tengo problema, siempre y cuando dejen ya este numerito —solté, desahogándome por fin.
Solae y Anton se miraron extrañados, y ella, que ahora estaba más relajada, se acercó para hablarme.
—Lo siento, Álex, pero en serio estoy confundida. —Ahora me hablaba con condescendencia—. Yo no te he hecho ninguna broma, ni recuerdo haberte pedido estudiar juntos. Perdona si de alguna forma te hice creer lo contrario. —Miró a Anton por un instante y continuó—. Y sobre mi cumpleaños, ya me saludaste ayer y todo bien, en serio. Nunca esperé un regalo de tu parte.
Solae parecía hablar con sinceridad. Definitivamente no estaba actuando y eso me confundía mucho.
—¿Es que ahora Anton es tu nuevo mejor amigo? —pregunté, apuntándolo con desprecio. Necesitaba entender contra qué me estaba enfrentando.
—Es mi mejor amigo desde primaria. Pensé que se notaba —rio nerviosa. Anton la rodeó con su brazo y luego se inclinó hacia mí.
—¿No son muy extrañas tus preguntas, Álex? —Su mirada era penetrante, como si con ella pretendiera atravesar mi cabeza—. Nosotros tenemos que irnos, pero si quieres podemos seguir hablando otro día.
Al parecer, no era con Solae sino con Anton con quien debía entenderme en adelante sobre este asunto. Era como si este tipo la tuviese convencida o controlada bajo hipnosis, si es que eso era posible.
—Anton, ¿me estás diciendo que vas a seguir con todo esto? —Esta vez se lo dije directamente a él, intentando sonar amenazante.
—Si con todo esto te refieres a ser el mejor amigo de Solae, pues no veo por qué tendría que dejar de serlo —me respondió con una media sonrisa llena de satisfacción.
¿Quién era este tipo y qué pretendía con mi amiga? ¿Era él la razón por la que Solae se comportaba como si apenas nos conociéramos? Estaba claro que esto era más que una broma y que para entender qué era lo que estaba sucediendo, tendría que averiguar más sobre este tal Anton y demostrarles a los demás que era un impostor.
Sin ya nada más que discutir, ambos se fueron. Por evitar mirar a la fogosa pareja que seguía comiéndose más allá, me encontré contemplando la figura que sobresalía en el centro de la pileta. Era un pequeño querubín alado, que me apuntaba sonriendo con su flecha en punta de corazón, mientras lanzaba sendos chorros de orina angelical. Sí, por primera vez en todos estos años, me daba cuenta de que se trataba de un maldito Cupido.
Ya no podía sentirme más estúpido por el lugar que había escogido para citar a Solae.
Capítulo 5
Investigación
Aún no asimilaba por completo lo que estaba sucediendo, pero comprendí que lidiaba con algo más importante que una simple broma. Decidí que si hasta el señor del quiosco juraba por su madre que siempre había conocido a Anton, tendría que investigar más y conseguir las pruebas necesarias para desenmascararlo públicamente. O al menos frente a Solae.
Ya había intentado buscar entre mis cosas, empezando por mi teléfono móvil, pruebas de que Anton no aparecía en ninguna fotografía grupal del curso, o fotos mías que demostraran mi amistad con Solae; pero con tristeza comprobé que no conservaba imágenes de nosotros dos, que en todos estos años, solo había sido ella quien se preocupaba de registrar nuestra amistad.
No me quedó más remedio que meterme a revisar en internet.
Solae se había cansado de insistirme que me creara una cuenta y me hiciera su amigo en sus redes sociales favoritas, pero yo sabía que hacerlo era una trampa para ser acosado también de forma online y exponerme a ser etiquetado en mil fotos vergonzosas y sin mi consentimiento. Además, eso de estar revisando la vida ajena, donde todos comparten hasta el resultado de su digestión, no me entusiasmaba en lo absoluto.
Partí ingresando en el perfil de Solae, pero su cuenta era privada. La única foto a la que se permitía acceso era a la de su perfil, donde solo salía ella junto a su peluche de pulpicornio (sí, un maldito y tierno pulpo-unicornio). El perfil de Anton tampoco era público, así que además de su pose de modelo con su estúpida sonrisa de foto-banco, su página no me aportó ninguna información relevante, ni tampoco la búsqueda en otras páginas de internet. ¡Fuck!
Sin detenerme a pensarlo demasiado (porque sabía que me arrepentiría), finalmente me creé una cuenta personal. Agregué solo a Solae como amiga, con la única intención de poder revisar sus fotos como evidencia. No sería tan terrible. Al no tener ningún otro contacto, no haría gran diferencia si tenía cuenta o no, y nadie más se enteraría. Pero, oh, ¡qué equivocado estaba! Durante la noche de ese día y la mañana del día siguiente, no tardaron en aparecer solicitudes de amistad de Joto, Amelia, mi hermana Paula e incluso de mi madre. ¡Agh! Pero en cuanto a la invitación a Solae, seguía ahí: triste, ignorada.
Ya era miércoles en la mañana y no podía seguir esperando. Si quería conseguir información más «oficial» que respaldara que todo era un montaje, debía partir entonces por los registros del colegio, y lo más lógico era echarle una mirada al libro de asistencia. Necesitaba ver con mis propios ojos si Anton estaba en la lista y cómo había agregado su nombre sin que nadie se diera cuenta.
Apenas sonó el timbre del primer recreo, me acerqué donde Big Alicia para pedirle prestado el libro, pero ella ya lo tenía apretujado contra su enorme pec
