
7
Las copas del ARCOÍRIS
sofi salió disparada detrás del sapo
porque vio que enfilaba hacia la sala del trono. Y por el otro corredor venían el hada y su mamá, llevando el pesado mantel de las grandes ocasiones para ponerlo sobre la mesa del comedor.
—Bonita, ¿ya no jugás más? ¿Saliste a pasear un rato? Acordate: podés correr por
todo el palacio, y si te perdés en
algún pasillo, tocá la primera
campanita que veas para
que te busquemos.
—Sí, madre
—respondió Sofi
haciéndose la obediente
y observando que el sapo

se había acomodado, con araña y todo, justo debajo del almohadón del trono.
—Estoy exhausta —suspiró la reina—. Me voy a sentar un momento mientras acomodan el mantel.
—¡Nooooo, noooo! —le gritó Sofi—. ¡Vení, vení a ver la torta de chocolate de barro que hice, mami! —la invitó enseguida, para convencerla.
Y la tironeaba hacia la habitación mientras le hacía señas al sapo para que se fuera de allí.
—Bueno, mi amor, después voy para allá. Ahora tengo que ubicar las copas del agua, las del vino, las de la leche, las de la naranjada, las del tecito digestivo y… ¿Cómo las ponemos, hada? ¿De mayor a menor o según los colores del arcoíris?
Mientras tanto, a los saltos, el sapo volvía a la habitación, sin la araña, por suerte. Sofi lo siguió y pudo por fin cerrar la puerta y respirar con alivio.

8
¿Un hormiguero
de elefantes?
—¡Fiuuu…! Estuvo cerca, sapo malo
—lo retó la princesa.
En eso vio que el libro se movía solo otra vez, como si un viento mágico entrara por la ventana.
Sofi se acercó y leyó en la página 325:
—Ah, justo lo que me conviene, así no te me perdés por ahí —le dijo Sofi.
Entonces, tomó una cuchara y, moviéndola de arriba abajo, leyó:

La última palabra la dijo casi gritando, porque el sapo, que le mordisqueaba la cucharita, le mordió un dedo.
—Así, seguro no resulta…
Pero Sofi se equivocó, porque, al gritar, el hechizo se hizo más fuerte. Y en dos segundos había en su habitación un sapo asquerosiento que tocaba el techo con su cabezota y miraba a Sofi con ojos enormes como dos peceras.
—¡Ay, ay, no puedo moverme! —se
quejó Sofi, forcejeando con una de las patas pegajosas que la tenía estrujada contra la pared.
Parecía como si la habitación se hubiera encogido de golpe. Y el sapote ya se estaba poniendo un poco nervioso.
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