
tiempo contando y recontando las monedas de su alcancía.
Si no sabía reír, por lo menos sabía soñar, pero en lugar de inventar caprichosos sueños propios como todo el mundo, soñó nada más que con un cuento de hadas que alguien le contó, siempre el mismo.
El cuento le hizo decidir, ¡pobre Procopio, tan chiquito!, que cuando fuera grande sería rey y tendría un enorme castillo como los reyes de la época del Pericoco.
Como en tiempos de Procopio quedaban pocos reyes y como él no era uno de ellos, la única solución que le quedaba era hacerse rico, riquísimo, multi-multi-millonario.
Con no pocas angustias propias y bastante sudor ajeno lo consiguió, y cuando al fin se hizo multi-
multi-multi, un montón de papanatas empezaron a decirle “Rey”.
Sus oficinas, en pleno centro de la ciudad, ocupaban como diez manzanas. Y muchísimos pisos para arriba, todos de hierro y cemento, sin ventanas, con espantadores de palomas y acalla-grillos.
Un buen día Procopio decidió que había llegado el momento de tener su castillo como en el famoso cuento.

Llamó a arquitectos, ingenieros, constructores, albañiles, pintores, carpinteros, peritos en esto y en aquello (eran tantos que tuvo que reunirlos en una cancha de fútbol), y lo hizo construir.
¿Dónde?, preguntarán ustedes.
¿A la orilla de un río, en medio del campo, sobre una escarpada montaña, como los castillos del tiempo del Pericoco o los que aún se ven en muchos países?
Nada de eso.
Procopio no quería alejarse de sus oficinas, para vigilar que nadie le robara.
Por lo tanto levantó el castillo arriba de los treinta pisos sin ventanas y con espantadores de palomas y acalla-grillos.
¿Se dan cuenta?
¡Un castillo, con sus torres puntiagudas y escamadas como merluzas, con su puente levadizo y sus praderas, sobre las azoteas de los rascacielos, en pleno centro de la ciudad!
¿Y este rey de baraja iba a vivir solo en semejante mansión?, preguntarán ustedes.
Tengan un poco de paciencia, que si la tienen les contaré, y si no la tienen, ya veré.
No, no iba a vivir solo.

Procopio estaba a punto de casarse con una dama muy rica, flacucha y alta, llamada Pierina.
Esta dama no sabía llorar, porque el que no aprende de chico es difícil que aprenda de grande.
Y de chica, como le hacían todos los gustos, no había tenido ocasión de llorar y patalear como una condenada, como hacen algunos (sin mencionar a nadie en especial) cuando no les compran un helado, por ejemplo.
Procopio y Pierina se casaron con grandes aspavientos y se fueron a vivir al castillo.
Nadie supo bien cuántas habitaciones tenía, pero calculamos que estarían entre las 568 y las 876, sin contar los salones, las salitas y los recovecos.
Alfombras desde el piso hasta el techo.
Arañas de irisados caireles desde el techo hasta el piso, que debían ser contempladas con anteojos ahumados. Salones forrados de seda de la Cochinchina.
Muros cubiertos de musgo artificial, importado de Trapalanda y embalado en hielo seco y suspiros.
Inmensas escaleras de mármol, baños de malaquita.


Aparadores tan grandes que —si hubieran estado vacíos y no llenos de copitas— habrían servido para que dentro de ellos jugara a la escondida una escuela entera.
Mesas tan largas que para llegar a la cabecera había que tomar un pequeño ómnibus electrónico.
¡Y así todo!
Turistas y curiosos miraban y fotografiaban el castillo desde abajo porque les estaba prohibido visitarlo.
Procopio tenía mucho miedo a los ladrones, y Pierina no solo a los ladrones: le aterraba pensar que alguien despeinara la alfombra, empañara un espejo, se limpiara la boca sucia de mermelada en la cortina o arrugara alguno de sus finísimos manteles tejidos por arañas de exóticos países.
Todo el mundo había hecho llegar sus plácemes a la pareja en el día de la boda.
Pero algunos —muchos, mejor dicho— dijeron luego entre dientes: “¡Amarretes!” al comprobar que el “Rey” no se había dignado retribuir ni siquiera repartiendo algunos de los caramelos que guardaba en cucuruchos de oro macizo.
Lo cierto es que Procopio era muy avaro. Pierina también, por eso se llevaban armoniosamente y se habían casado.

No tuvieron hijos ni sobrinos ni ahijados de miedo que les gastaran la fortuna o les arruinaran los lujos del castillote.
En la época de la boda-inauguración, las felicitaciones llegaban en camiones y eran absorbidas hacia arriba por medio de un aspirador de correspondencia con detector de peligros.
En medio de tanta carta llegó una que los llenó de inquietud.
Lo peor del caso es que venía firmada nada menos que por la princesa Fufurusi de Chertopelo Lustrato (sin dirección) y decía así:
El que vive tan arriba
que tenga mucho cuidado
porque una plumita sola
lo puede tirar abajo.
El “Rey” trató de averiguar quién era esta Princesa.
Los empleados de su oficina de investigaciones preguntaron a todas las computadoras del país, del extranjero y hasta de algún planeta amigo.
Coincidieron en que era una princesa extraordinaria, de raza negra, pero no supieron darle más datos.

Pierina, que se moría por conocer princesas, sufría por no encontrar a esta Fufurusi y preguntarle qué diablos había querido decir en su inquietante mensaje.
Procopio, ocupado por la marcha de sus negocios, se olvidó del asunto, pero Pierina lo recordó muchas veces. Como mil.
En el castillo no había personal doméstico porque sus dueños, como ya les dije, tenían miedo de ser robados.
Tampoco querían que ningún
sirviente escribiera con el dedo
en los vidrios o pescara los
jaboncitos en forma

de peces que tenían en sus bañeras
parecidas a pianos de cola.
¿Y cómo se las arreglaban?, preguntarán ustedes.
Muy sencillo: todo estaba mecanizado y telecomandado desde un inmenso aparato de la planta baja.
Apretaban un botón y ¡zzzummmm! por el montacargas subían manjares prefabricados.
Otro botón y ¡pppifff! un robot aspiradora patinaba sobre las alfombras.
Una vuelta de perinola y ¡ffflepppp! un plumero volador planeaba sobre los muebles. Y así sucesivamente.

Pero como este asunto de los botones y las perillas fatigaba a Pierina, un robot-padre con ojo mágico se ocupaba de poner todo en marcha.
¿Y qué hacían Procopio y Pierina ya que en su casa no tenían nada que hacer?
Ni siquiera lo que hace toda la gente que no tiene nada que hacer, papar moscas.
No podían porque las moscas habían sido químicamente ahuyentadas de la residencia.
De modo que se aburrían ba
