
De pronto, allí detrás de las llamas o quizás entre las mismas llamas, apareció alguien... un fantasma... un personaje todo rojo, con ojos clarísimos y chispeantes.
—¡Añangapitanga! —dijo Tomás, seguro de haber visto al diablo colorado del que tanto oyera hablar cuando era chico.
Muchas veces había escuchado la leyenda que aseguraba que los diablos nacían del fuego y por eso tenían el color del hierro candente.
Sin pensarlo dos veces montó en su alazán y salió despavorido, disparado como flecha. Golpeó a la puerta de un miserable rancho.
—¿Qué te trae por aquí a estas horas? —preguntó Ña Manuela, la hechicera—. ¿Y por qué abres tamaños ojos?
—He visto al diablo en persona, Ña Manuela.
—¿Seguro?
—Seguro, como la estoy viendo a usted.
—¿Le pediste las tres cosas?
—No, no... Tiene que ayudarme, Ña Manuela. Me asusté tanto que salí corriendo y me dejé la guitarra allá, en la orilla.
—Seguro que el diablo la toca y te la embruja —comentó Ña Manuela tranquilamente mientras pitaba su cigarro de chala.

—Por eso mismo vine a verla. Para que usted me acompañe a buscar la guitarra y la desembruje.
—Si es cierto que Mandinga anda por allí —dijo Ña Manuela— le pediré las tres cosas.
—¿Qué tres cosas, Ña Manuela?
—Todo el mundo, cuando se encuentra con el diablo, le pide tres cosas.
—Pues yo quiero una sola: mi guitarra.
—Andando —dijo Ña Manuela, tirándose un poncho rotoso sobre los hombros.
Y allá se fue Tomás con la hechicera en ancas, en busca de la guitarra y del diablo colorado.
En la playa seguía ardiendo la fogata, pero ni rastros quedaban del diablo.
—Has estado viendo visiones —dijo Ña Manuela.
—No; mire la prueba: se ha llevado la guitarra.
—La guitarra se la habrá llevado algún cuatrero.
—No viene nadie por aquí a estas horas: seguro que fue él.
—No te creo nada —dijo Ña Manuela.
—Pero es cierto: aquí mismito estaba, mirándome con unos ojos como diamantes...
—Bah; siempre fuiste mentiroso...

Y tanto discutir, no repararon en el diablo que asomaba otra vez entre las llamas.
—Allí está —dijo Tomás, y le pareció que el diablo sonreía.
Ña Manuela se armó de coraje y le dijo:
—Yo te conjuro y te hablo,
contestame si sos diablo.
Y si te quedás callado,
es seña que sos cristiano.
Y el diablo le contestó:
—Good evening.


—¡Habló! —dijo Ña
Manuela—. Señal que
es diablo nomás.
—¿Y qué dijo?
—No sé. No oí bien.
