101 discos de tango para la discoteca

Héctor Benedetti

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Portadilla

INTRODUCCIÓN

MANUAL DEL USUARIO

LOS SELLOS DISCOGRÁFICOS ORIGINALES

LA GUÍA DE LOS 101 ORIGINALES

Oscar Alonso

Eduardo Arolas

José Basso

Rodolfo Biagi

Bianco-Bachicha

Eladia Blázquez

Böhr, Ferrazzano, Pollero, Petrucelli, Puglisi

Sofía Bozán

Miguel Caló

Caló con Berón, Iriarte y Arrieta

Francisco Canaro

Canaro con Charlo, Maida y Famá

Juan Canaro

Adolfo Carabelli

Alberto Castillo

Charlo

Gabriel Clausi

Juan Carlos Cobián

Ignacio Corsini

Cuarteto Firpo

Ángel D’Agostino

Juan D’Arienzo

D’Arienzo con Mauré, Echagüe y Laborde

Alfredo De Ángelis

De Ángelis con Martel, Dante y Larroca

Julio De Caro

Hugo del Carril

Lucio Demare

Carlos Di Sarli

Di Sarli con Rufino, Podestá y Durán

Edgardo Donato

Rosanna Falasca

Ada Falcón

Domingo Federico

Leopoldo Federico

Juan de Dios Filiberto

Francisco Fiorentino

Roberto Firpo

Francini-Pontier

Osvaldo Fresedo

Fresedo con Ray, Ruiz y Serpa

Carlos García

José García

Carlos Gardel, 1

Carlos Gardel, 2

Carlos Gardel, 3

Alfredo Gobbi

Alberto Gómez

Roberto Goyeneche

Vicente Greco

Juan Guido

Rubén Juárez

Libertad Lamarque

Pedro Láurenz

Argentino Ledesma

Francisco Lomuto

Osmar Maderna

Pedro Maffia

Agustín Magaldi

Juan Maglio

Azucena Maizani

Malerba, Buzón, Rodio

Alberto Mancione

Héctor Mauré

Tita Merello

Mariano Mores

Nelly Omar

Orquesta Típica Victor

Ciriaco Ortiz

Héctor Palacios

Ástor Piazzolla, 1

Ástor Piazzolla, 2

Manuel Pizarro

Francisco Pracánico

Osvaldo Pugliese

Pugliese con Chanel, Morán y Vidal

Quinteto Pirincho

Rosita Quiroga

Donato Racciatti

Susana Rinaldi

Edmundo Rivero

Enrique Rodríguez

Francisco Rotundo

Horacio Salgán

Florindo Sassone

Sexteto Mayor

Mercedes Simone

Julio Sosa

Héctor Stamponi

Tania

Ricardo Tanturi

Trío Argentino Irusta-Fugazot-Demare

Aníbal Troilo

Troilo con Fiorentino, Marino y Ruiz

Troilo con Rivero, Goyeneche y Reyes

Troilo-Grela

Héctor Varela

Ángel Vargas

Jorge Vidal

Alberto Vila

Ángel Villoldo

JUNTANDO DISCOS DE TANGO

Notas

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Portadilla
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INTRODUCCIÓN

M ás de una vez hemos comprobado la necesidad de contar con un correcto asesoramiento a la hora de elegir un disco de tango. La decisión, que debería ser un acto seguro luego de pasar un agradable momento revisando la variedad disponible en el comercio, insólitamente puede terminar en un engorro y hasta en una experiencia frustrante al llegar al hogar, poner a sonar el disco y comprobar que no era lo que se estaba buscando. Incluso podríamos tener en claro cuál es el artista que deseamos oír o bailar, pero la falta de información sobre lo que vemos “de afuera” (por lo general, una simple lista de títulos) y la existencia de varias ediciones simultáneas del mismo intérprete son factores que a menudo nos dejarán perplejos.

Pensamos entonces en un manual que facilite el acercamiento al disco que cada oyente, a partir de sus gustos propios, estaba necesitando; y para ello hemos escogido confeccionar ciento un fichas con los tangueros más representativos, desarrollando un resumen de sus características, sus historias artísticas y nuestras recomendaciones discográficas, más un sinfín de datos adicionales.

Los fundamentales: aquí están, estos son

¿Qué criterio hemos seguido para compilar estas ciento un fichas?

La historia del tango es la crónica de un movimiento cultural, y no la sucesión de reseñas descontextualizadas de sus artífices como si fuesen acontecimientos aislados. En varias ocasiones hemos visto esto último, para quedarnos con la sensación de que esa forma de escribir la historia no permite comprender cabalmente la verdadera posición de un protagonista en su tiempo, diluyéndose cuáles fueron sus incorporaciones, adaptaciones, descartes, enfrentamientos, rupturas, influencias, etcétera, en el entorno dentro del cual estuvo activo. Sin embargo, es natural que aun en la más estricta interpretación de una evolución en conjunto aparezcan nombres propios, y que entre ellos existan algunos más relevantes que otros: después de todo, el tango fue un movimiento, sí; pero como tal maniobró en base a la sumatoria de esfuerzos individuales.

Para nuestra selección nos hemos manejado con la máxima objetividad posible, tratando de destacar aquellos que, por su incidencia, deberíamos considerar los realmente imprescindibles. Sin duda chocaremos con el criterio de quienes estiman en más o en menos a determinados artistas, períodos o estilos. Pero sería un desatino, bastante teñido de demagogia, incluir a todo el mundo dentro de un mismo plano de interés; lo sería al menos a efectos de una guía como ésta.

En su recorrida, el lector encontrará las primeras manifestaciones del tango como un género consolidado y evolucionando en una dirección clara, con grabaciones de principios del siglo XX; verá nacer y progresar las “orquestas típicas” y el tango cantado; será testigo de las primeras diferenciaciones entre tradicionalistas y vanguardistas; asistirá al auge de los grandes directores y cantantes; comprobará la difícil transición hacia los años ’40 y, ya dentro de esta década, verá la época dorada del tango bailable; también podrá ubicar a los mejores artistas de las generaciones subsiguientes. Por estas páginas desfilan los nombres siempre recordados y que bien valen un repaso, y asimismo los desconocidos que merecen redescubrirse. Los artistas más populares y aquellos que hoy son considerados “de culto”.

Y en definitiva, terminarán siendo bastante más que ciento uno. Hay fichas que invitan a buscar a otros intérpretes que por una cuestión de espacio aquí no desarrollamos con amplitud. Más aún si atendemos al rubro que hemos incluido en numerosas ocasiones, donde se sugiere ampliar la discoteca con más discos del artista descripto; y al caso particular de varios intérpretes donde no recomendamos un solo disco, sino toda una serie gracias a la cual se formará una colección completa o altamente representativa.

Estamos seguros de que muchas gratas sorpresas encontrará en este libro el público interesado en oír grabaciones de tango.

El sonido capturado

Los discos tuvieron, claro, su propia historia. No es el objeto de este libro desarrollarla con minuciosidad, pero de todas formas incluimos un capítulo que repasa grosso modo los sellos originales en 78 rpm, pues gran parte de las grabaciones descriptas fueron realizadas en este soporte. Como estiman los investigadores Hugo Lamas y Enrique Binda en su libro El tango en la sociedad porteña, 1880-1920 (Ediciones Héctor L. Lucci, Buenos Aires, 1998), solo entre 1902 y 1950 se realizaron en el país aproximadamente 16. 800 grabaciones de tango; cifra interesante, que se eleva mucho más si tenemos en cuenta lo grabado desde 1950 hasta hoy. 1

Echemos un vistazo hacia atrás en la historia del disco, para ver qué había antes. Thomas Alva Edison patentó en 1877 la primera máquina parlante efectiva, capaz de grabar el sonido y luego reproducirlo a voluntad.

Era el fonógrafo, que utilizaba el principio de registrar los sonidos mediante incisiones en profundidad en un surco desarrollado sobre un pequeño cilindro. Este soporte adquirió forma definitiva en 1890, cuando empezaron a construirse en cera maciza. Para quien nunca vio uno, basta con que imagine el surco de un disco común, pero puesto sobre un tubito. Fueron muy populares, y pronto empezaron a grabarse en la Argentina. Los comercios de aquellos años anunciaban un amplio surtido de cilindros conteniendo payadores, piezas líricas, canciones patrióticas, etcétera.

Sin embargo, desde 1888 ya estaba patentado otro sistema, que por su mayor practicidad acabaría por imponerse sobre el cilindro. Era el gramófono de Emile Berliner, que en vez de cilindros utilizaba discos planos, registrando el sonido también sobre un surco, pero con incisiones laterales. Entre las grandes ventajas del disco estaba la mayor capacidad de producción de copias, pues a partir de una sola matriz podían imprimirse miles de placas, mientras que con el cilindro esto no era factible; también la posibilidad de incluir más segundos de grabación y, un tiempo después, la de contener dos grabaciones diferentes, una por cada lado (al principio venían con grabaciones en una sola faz). En 1894 se lanzaron los primeros discos, y sucesivos perfeccionamientos con el correr de los años demostraron su amplia superioridad sobre los cilindros. En la Argentina ya se grababan discos desde 1902; no obstante, como ocurrió en todo el mundo, discos y cilindros coexistieron un buen tiempo más hasta que los cilindros y sus máquinas reproductoras quedaron totalmente obsoletos y entraron a desaparecer del mercado hacia 1910.

Superadas algunas cuestiones técnicas —la del material, que en los comienzos no era satisfactorio; la frecuencia de giro, que recién después de varios años habría de quedar establecida en 78 revoluciones por minuto— la industria del disco progresó notablemente. El sonido, que se captaba mediante un procedimiento mecánico, desde febrero de 1925 empezó a registrarse utilizando micrófono eléctrico y las grabaciones ganaron una fidelidad asombrosa. Esta técnica llegó a nuestro país a comienzos de 1926; y si bien fue haciéndose más compleja para obtener mayores rendimientos, su principio, básicamente, se mantuvo hasta el final.

Nuevos materiales y tecnologías permitieron en 1948 la aparición del long play (disco de larga duración), cuyos primeros proyectos se remontaban a los años ’30. Con el microsurco y la velocidad más baja (33 1/3 rpm) se obtuvo una mayor capacidad de segundos de grabación; y el soporte más liviano, menos frágil y de mejor almacenamiento que el disco de 78 rpm, hicieron del long play el formato favorito de los melómanos de todo el mundo. Muchos expertos todavía hoy siguen prefiriéndolo y afirman que su calidad de sonido aún no fue superada. Pero el long play inicialmente debió sortear algunos escollos para su estandarización; por ejemplo, las principales empresas tardaron en ponerse de acuerdo en cuanto a formato y velocidad, lo que dio origen a otra clase de disco: el single de 45 rpm. En la Argentina los long play comenzaron a fabricarse durante la década del ’50, y en comercios y hogares convivieron varios años con los discos de pasta de 78 rpm. Hubo además otra velocidad, la de 16 rpm, con la que se hicieron pocas grabaciones de música. En realidad estaba reservada para cursos de idiomas, relatos, etcétera.

Décadas atravesaron los discos

Los cilindros fonográficos primero y luego los discos para gramófono —que, como ya fue aclarado, en la Argentina venían grabándose desde 1902— fueron piezas fundamentales para la difusión del tango.

Pretender para esta música un nacimiento con mención puntual de sitio, fecha y hacedores resulta, a todas luces, una simplificación falaz; probablemente sea también una quimera. Varias fueron las zonas de la ciudad de Buenos Aires que con el tiempo habrían de pelear por erigirse en la cuna del tango, allá en el último tercio del siglo XIX. De todas ellas, hoy se aceptan unas pocas; dos parecen no admitir discusión: los Corrales Viejos, con su raíz criolla; y La Boca del Riachuelo, con su perfil inmigrante. Esta hibridación configuró el modo de ser que desde hace más de cien años tienen la música y los porteños.

Se hizo popular a través de un proceso complejo, durante el cual fueron absorbidas y transformadas las influencias musicales de nativos, de negros y de europeos. No faltaron los ritmos que mucho antes arribaran desde lejanos puertos africanos, como el candombe; ni las melodías heredadas de la época colonial, como el vals; ni la pieza puesta de moda por el teatro y repetida por los pianos de las casas pudientes, como la habanera. Las figuras de unos y los enlaces de otros fueron determinando la coreografía del tango.

Los primeros conjuntos encargados de tocar tangos —hacia 1880— fueron modestos tríos cuyos instrumentos rotaron y se sustituyeron hasta alcanzar una sonoridad característica para el género. También había grandes formaciones de fanfarrias u orfeones, pero el estilo que se impondría y que verdaderamente habría de evolucionar nació a partir de asociaciones reducidas de tres o cuatro instrumentos. Los más habituales: violín, guitarra y flauta; más adelante el bandoneón y el piano. La mayoría de los comentaristas coincide en que esta música sonaba en lugares sórdidos, y que de a poco fue llegando del suburbio al Centro y de los prostíbulos a las residencias; sin embargo, esa imagen del tango como “música prohibida” tiene más de mito que de realidad. Incluso los estratos más altos de la sociedad porteña disfrutaban del tango.

Llegando al Centenario quedaron definitivamente incorporados el piano y el bandoneón, formándose hacia 1910 las primeras “orquestas típicas criollas” (en principio, simples cuartetos o quintetos, que luego crecerían hasta volverse formaciones de muchos músicos).

Todavía no había hecho su entrada “oficial” la letra de tango. Esto ocurrió recién entre 1916 y 1917. Hasta entonces, los tangos llevaron una letrilla primitiva, modesta, a veces risueña, otras veces con doble sentido o directamente pornográfica; rara vez perdurable. Hubo excepciones, por supuesto; de hecho nos han llegado muchísimas letras anteriores (e incluso muy anteriores) a estos años, pero eran más los tangos que carecían de poema. Es a partir de 1917 que esta música adquirió una poesía dramática, íntima, de tonos sentimentales. No será la única tendencia practicada por los autores, pues el tango es rico en temática y en estilos; pero sí será la más reconocida, la que lo identificará universalmente.

Durante los años ’20 y ’30 el tango continuó evolucionando y moviéndose al compás de las transformaciones culturales del país. Nuevos medios como la radiofonía y el cinematógrafo propalaron la voz y la imagen del tango a todo el mundo. Se presenció el auge de los cantores y de las cancionistas, de las grandes orquestas, de poetas y compositores de primer nivel. Y al llegar a la década del ’40 (definida por muchos como “la época de oro del tango”), la danza recobró un inusitado interés, acelerándose el ritmo mientras cada orquesta, con su propio estilo, propició la búsqueda de nuevos lucimientos en los pasos. Las parejas giraron en las pistas al compás de verdaderas obras de arte.

La inquietud de los músicos llevó entonces a indagar otros sonidos, a experimentar con otras variantes posibles, acercando lo popular con lo clásico, y lo clásico con lo contemporáneo; haciendo una vez más del tango —ese gran acontecimiento cultural del Río de la Plata— una fantasía en constante renovación.

MANUAL DEL USUARIO

Las descripciones que aparecen en las fichas no son biografías. Son apuntes sintéticos centrados en las características principales y en las historias artísticas de cada intérprete, tratando de resaltar especialmente su labor fonográfica ya que de sus discografías se desprenden nuestras sugerencias.

Para una identificación inmediata de la actividad de los artistas, diseñamos unos símbolos especiales, que denominamos “claves”.

Explicación de las claves contenidas en esta guía

Bailable. Intérprete con grabaciones ideales para baile. ¡Ah, los bailarines…! Ellos, y los musicalizadores que noche a noche amenizan las reuniones, son una entidad muy especial. Cada uno tiene su propio repertorio de preferencias, y está bien que así sea; pero nos atrevemos a sugerirles algo: anímense a descubrir. A poner y a bailar discos que no son los de siempre. Ojo: ¡no solo los años ’40 fueron gloriosos para el baile! Recuerde en todo momento que el tango nació como una danza.

Cantante. Naturalmente, nos referimos con esta clave al cantor solista, ya sea varón o mujer. Tenga en cuenta que a partir del estreno de Mi noche triste por Carlos Gardel (1917), ya nada fue igual: se abrieron las puertas para la llegada de los cantores genuinamente tangueros. No es que los tangos anteriores carecieran de partes cantadas: varios las tenían, sí; pero eran unos poemas diferentes a los que estamos acostumbrados a escuchar como representativos del género. Eran mucho más frecuentes las grabaciones de tangos instrumentales. De Gardel en adelante, los cantantes crearon verdaderos movimientos con sus modos de interpretación y todos los autores importantes desfilaron en algún momento por sus gargantas. Siguiendo la carrera artística de cada cantante se percibe el progreso mismo de la poética tanguera, por lo que sus discos son el más fiel testimonio de una expresión que se asoma, que busca su identidad, que se realiza y que crece. Los de “la gran época” aún hoy continúan escuchándose, y sus estilos y repertorios todavía rigen las derivaciones de cualquier artista.

Con vocalista. El ícono de vocalista aparece vinculado a las orquestas típicas con bastante frecuencia: es cuando el conjunto cuenta con uno o varios estribillistas de relevancia. Al principio por lo general cantaban solo el estribillo (lo que en las partituras habitualmente se definía como “parte II”) y hasta bien entrados los años ’30 fueron considerados como un instrumento más de la orquesta. Luego se ampliaron sus intervenciones, haciendo primera estrofa y estribillo, repitiendo el estribillo al final, etcétera. Durante los ’40 cobraron una importancia extraordinaria, prevaleciendo los estribillistas con fuertes personalidades; muchas veces el éxito de la orquesta dependió de sus cantores. En muchísimos casos un mismo tango solí

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