Qué digo cuando digo

Marcelo Ceberio Rodriguez

Fragmento

Introducción

Entrar en el territorio de la comunicación es ingresar al universo del lenguaje verbal, no verbal y paraverbal. Un universo de gran complejidad, sin duda. El lenguaje verbal implica adentrarse en un mundo de sonidos articulados que adquieren una forma estable y que, al designar cosas, les dan vida. El lenguaje es como un conjunto de sonidos en bruto, amorfos, que son moldeados y adquieren una estructura (sintaxis), una modulación (cadencia y timbre) y, sobre todo, un significado. Es el resultado de diversas adaptaciones evolutivas, que se dan exclusivamente en seres humanos de la especie Homo sapiens al contexto.

El Homo sapiens, perteneciente a la familia Hominidae, es llamado así en virtud de los recursos y las capacidades mentales gracias a los cuales puede aprender, realizar cálculos matemáticos, inventar, escribir, utilizar la tecnología, producir ciencia, comprender y transmitir conceptos abstractos y, respecto al tema que nos compete, desarrollar estructuras lingüísticas complejas. Algunas de sus características más destacadas son su capacidad para realizar operaciones simbólicas y su cualidad de razonamiento abstracto, además del uso de sistemas lingüísticos de alta complejidad. Todos estos rasgos le permiten reflexionar, abstraer ideas y realizar deducciones.

El desarrollo del cerebro del hombre y el inicio de su frontalización (el lóbulo frontal) —que implican el pensamiento analítico, lógico-deductivo y reflexivo— tienen relación con el origen del lenguaje, que a la vez puede ser producto de las estructuras sociales que el ser humano ha creado, las cuales forman una de las bases de la cultura, entendida biológicamente como la capacidad para transmitir información y hábitos por imitación e instrucción, y no por herencia genética. Cabe decir que esta última propiedad no es exclusiva de los seres humanos, ya que también es importante en otros primates.

La conducta lingüística en el hombre no es instintiva, sino que es adquirida por el contacto con otros seres humanos. Esta base humana de socialización —que también compete a otros primates no humanos— estimula la producción lingüística y favorece el vivir y convivir con otros congéneres. Es decir, el lenguaje se aprende en la interacción. La estructura de las lenguas naturales es el resultado concreto de la capacidad humana para desarrollar el lenguaje. Con ello, los humanos logran comunicar pensamientos, deseos y emociones, entre otras cosas. Como sistema de sonidos articulados, el lenguaje hablado se transmite a través del aparato fonador, o bien por medio de trazos escritos que constituyen signos convencionales. La suma de todo hace posible la interacción entre los hombres, les permite establecer relaciones y crear vínculos.

La gran afirmación de los investigadores sistémicos de los años 60 acerca de que toda conducta es comunicación amplía el reduccionismo de resumir o reducir la comunicación a la palabra. Todo el mundo de los comportamientos, es decir, desde un guiño hasta una acción, compete al territorio de los lenguajes verbal y no verbal. El lenguaje de los gestos —que acompañan o no al discurso hablado— es parte del mundo comunicativo y le otorga colorido al lenguaje verbal mediante la tonalidad y la coreografía del discurso hablado, brillando por sí solo cuando falta la palabra.

Entonces un gesto, una postura o una acción constituyen señales emisoras o receptoras en las relaciones humanas, así como la comunicación también es afecto o, más claramente, una vía de recepción y emisión afectiva. No solo es introducción de información, acción e interacción. La comunicación humana es emoción.

Cualquier modulación, tonalidad, cadencia, vehemencia o gestualidad con que se invista a un discurso está mediatizada en parte por los sentimientos y las emociones. Además, una de las vías más poderosas de mostrar el afecto es la comunicación, tanto oral como gestual. Cuando alguien dice te quiero y acaricia, utiliza dos vías de manifestación afectiva. Entonces, el amor se siente y se expresa por una multiplicidad de canales, en las relaciones más íntimas, cercanas y familiares y en aquellas más distantes. Siempre hace falta una cuota de emocionalidad y afecto para llevar adelante una comunicación efectiva.

El proceso de construir la realidad —entendiendo que la realidad es una construcción cotidiana y con otros— se vehiculiza a través del lenguaje, el mismo que nos permite definir, aclarar y analizar la emisión del mensaje (tanto en el contenido como en el modo de comunicarlo) para rectificar o ratificar esa realidad construida o el juego relacional desarrollado. La metacomunicación (comunicar sobre lo comunicado), entonces, posibilita saber y entender cómo se debe captar la información que circula en la relación con el interlocutor.

Mientras que las reglas sean respetadas, la comunicación es complementaria y eficaz. Cuando son confundidas o transgredidas, el resultado es una comunicación disfuncional cuya perpetuación lleva a desencadenar síntomas y diversos niveles de problemas en el sistema. Y lo peor de todo este circuito es que ¡lo que persiste se resiste al cambio!

Pero si los seres humanos nos comunicamos siempre y usamos nuestro lenguaje verbal reglado y realizamos gestos arbitrariamente y sin conciencia, estos dos lenguajes —el verbal y el gestual— poseen una relevancia central en la comunicación, y no cabe duda de que somos en la comunicación. Precisamente el hecho de decir soy implica la distinción con un otro, es decir, la progenie de la identidad individual no puede entenderse como fenómeno individual en sí mismo, sino en relación con otros.

El libro que el lector tiene ante sus ojos, como se deduce de esta introducción, habla de la comunicación humana. Desarrolla una descripción acerca de las características del proceso comunicacional, que puede consolidar tanto una comunicación funcional como disfuncional poblada de problemas, embrollos y confusiones.

En el primer capítulo se desarrolla una

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