La huella narcisista

Analía Forti

Fragmento

La huella narcisista

PALABRAS DE LA AUTORA

La Huella

Caminábamos juntos hacia la playa de arenas claras y suaves, como cada verano. Sin embargo, esta vez habíamos notado algo diferente, aunque era tan sutil que nos tomó un tiempo darnos cuenta. El territorio había cambiado, se había modificado el suelo. Conocíamos el lugar como la palma de nuestra mano y sabíamos exactamente las tácticas para realizar la travesía a través de las imponentes dunas. Solo que, esta vez, esas tácticas no servían porque el mapa no era el territorio. El suelo se había modificado y la camioneta no podría pasar a través de ese extraño lodo que se había formado donde los veranos anteriores había flamencos y cisnes de cuello negro. La crecida del río Quequén a causa de la copiosa lluvia semanas atrás había transformado el suelo y ya nada era igual. Estábamos en el mismo lugar, el paisaje se asemejaba, pero ya no era el mismo territorio. El sol del mediodía era abrasador y sus rayos se clavaban en nuestra cabeza como puñales afilados, mientras la arena caliente encendía como fuego la suela de nuestro calzado.

Todavía teníamos que atravesar la duna más imponente del lugar, llamada «la mulita» debido a su forma vista desde lejos. Ascender la duna a pie era imposible, eso estaba claro. Hacer la travesía hacia la costa sobre el lodo no era una opción porque quedaríamos atrapados, hundiéndonos sin posibilidad de rescate. Como tantas otras veces en la vida, nos miramos con Juli y dijimos «Por aquí no es». Y eso estaba claro, por ahí no era.

En nuestra pareja yo soy la innovadora, la creativa, y Juli es el de las ideas prácticas, las acciones concretas y las estrategias efectivas. Yo imagino, creo y sueño. Juli baja todo eso a tierra y lo vuelve posible y real.

Esta vez no fue la excepción. Yo quería recorrer a pie las playas vírgenes del otro lado de la bahía, más allá de la casa de Roberto, y Juli estaba evaluando cómo hacerlo en un territorio que había cambiado por completo y con un suelo que se había vuelto peligroso, en una zona alejada de todo y de todos. De pronto señaló con su dedo índice y me dijo «Vamos a ir por la huella. ¿Ves la huella? Por esa huella el suelo está más firme y el lodo está más seco. Sígueme y no te apartes de la huella. Esa huella la dejaron los que pasaron y llegaron a la costa a salvo sin hundirse. No te apartes de la huella, ¿ok?». ¡Entendido, capitán! Lo había dicho con una determinación que no admitía ningún cuestionamiento y, para ser sincera, yo tampoco veía ninguna otra opción (de hecho, ni siquiera había visto la huella). Conociéndome como me conoce, Juli pisó una vez y afirmó su pisada, luego dio otro paso y otro más. Se giró y me recordó, mirándome con sus ojos verdes miel: «Sigue la huella», y ahí fuimos en fila india, solo que yo ya no estaba allí.

Mi mente ya no estaba allí.

Mi cuerpo avanzaba, pero mi mente estaba en «la huella», aunque no en esa huella sino en «la huella narcisista».

El día anterior había terminado de escribir este libro frente al mar y lo tenía listo para enviar a la editorial. Sin embargo, esa travesía tendría sin saberlo un impacto en el libro.

La huella...

Mientras caminaba y seguía la huella, mi mente cabalgaba en pensamientos que aparecían y se desvanecían a toda velocidad de manera imparable.

¿Acaso cuando estás en una relación con un narcisista no crees conocer a la persona con la que estás hasta que un día, por alguna situación, te encuentras con alguien totalmente diferente de quien conocías?

Y cuando tuviste una experiencia con un narcisista, fuera pareja, padre, madre, hermano, compañero de trabajo, amigo o jefe, ¿acaso no dejó una huella en tu vida?

Y aun cuando hayas logrado salir de esa relación y establecer contacto cero, y ahora estés a salvo, ¿no dejó esa experiencia una huella en ti?

Entonces...

Si describo y explico esa huella que el narcisista dejó en ti, cuando algún otro se encuentre atrapado en el lodo narcisista, donde todo es oscuridad, ¿acaso mostrarle la huella no funcionará como una estrategia de escape para poder identificarlo y conocer las estrategias de salida?

¡Claro que sí!

¿Y si narro relatos de víctimas de abuso narcisista, la huella y la estrategia de escape no serán más claras todavía?

Sin duda que sí.

Perdida en estas cavilaciones, y ya en un estado de trance donde no sentía ni siquiera los rayos del sol sobre mi cabeza, oí la voz de Juli. ¡Ahí está tu mar!

Como si un trueno me trajera de nuevo a la realidad, levanté la mirada y ahí estaba mi mar de aguas turquesas y tibias. Sentí ese aroma inconfundible del océano, escuché el vaivén incesante de sus olas y el sonido del viento que azotaba las dunas. Una playa virgen inimaginable, de ensueño, inmensa, toda para mí. Sentí la más absoluta libertad. Juli me dijo ¡Vamos, métete en tu mar! Y salí corriendo al encuentro de las olas y le grité, mientras me miraba desde la playa: «¡Ya tengo el título del libro! ¡La huella narcisista! ¡Mañana lo mando a la editorial! ¡Después te explico!».

Y aquí está La huella narcisista.

La huella que fue ideada y escrita para orientar a cada uno de los lectores y guiarlos en esta travesía del abuso narcisista, para que puedan llegar a la costa a salvo, siguiendo la huella.

Gracias, Juli.

Gracias, Reta.

Gracias a ti que como lector estás siguiendo la huella, «la huella narcisista» que te va a guiar, mostrándote el camino para no hundirte en el lodo oscuro y perverso del terrorismo psicológico.

Gracias a todos los que me aportaron su experiencia en vínculos narcisistas para que sus relatos fueran parte de «la huella».

Sigan la huella y no se aparten de ella, porque la huella la dejaron quienes llegaron a la costa a salvo y sin hundirse en el lodo.

¡Sigan la huella narcisista, que al otro lado está la libertad!

Lic. Analía Forti

ESAS PUTAS BANDERAS ROJAS

Esas que te alertan porque el depredador está cerca.

Ya sé, estás leyendo la primera página de este libro y pensando que te ha chocado esa primera oración. Ya me lo imagino, te ha chocado «putas», porque «banderas rojas» no tiene ninguna carga cultural, ni de mandatos ni de prejuicios. Son simples banderas rojas y las ves en la playa advirtiendo que el mar está peligroso. Lo que te ha chocado ha sido «putas» porque esa palabra sí está contaminada de cuestiones culturales. Y te confieso que, habiendo podido elegir muchas otras, elegí esa con toda intención, precisamente para que te choque, te impacte y te genere algo (aunque sea curiosidad). Para ser sincera, prefiero que te choque «putas» y no que pases por alto las «putas banderas rojas» y termines chocando de frente con vínculos abusivos en todos los ámbitos de tu vida porque no los sabes identificar.

Y es obvio que no los vas a identificar porque pueden oler bien, vestir mejor, tener un título universitario y no decir malas palabras. De verdad, prefiero que te choques de frente con el «putas» de las putas banderas rojas. Si te hace sentir mejor llamarlas «red flags» no hay problema, adelante, es lo mismo, pero suavizado por un idioma que no es el nuestro y cuyas expresiones carecen a mi gusto de la contundencia necesaria para decir ciertas cosas. Ya la pronunciación le baja el precio a la expresión. «The fucking red flags» nunca resonará igual que «las putas banderas rojas». De todos modos, nómbralas como prefieras, lo único importante, y el objetivo primordial de este libro, es que aprendas a identificarlas para marcharte a tiempo (no para quedarte a ver si las puedes teñir de celeste). Las «benditas banderas celestes» tienen que ser originariamente celestes, de lo contrario destiñen.

Banderas celestes de mares serenos, de aguas mansas. Mares que no son turbulentos como los buenos amores. Esos amores buenos y mansos que, aunque no lo creas, existen. Amores de los buenos como los mares mansos.

Ya superado el tema del título, vamos a ir más profundo.

Las «putas banderas rojas» son esas señales de alerta en la conducta de algún individuo que te hacen ruido, te resuenan raro, de alguna manera te alertan sobre algo sin saber bien sobre qué y a veces son tan sutiles que te hacen dudar de ti y de tus percepciones. Algo te dice que por ahí no es, te advierte que mejor no, te incomoda como para que te salgas y entonces decides que la señal no es clara, o no lo suficientemente clara, o bien que no tiene la fuerza suficiente como para oponerse a tu deseo y sigues adelante. La socorrista que te habita ha interpretado mal el viento, la marea y las condiciones del clima y ha colocado una bandera dudosa, y tú tienes muchas ganas de entrar al océano, por lo cual te sirve creer que la bandera es dudosa. Entonces te adentras sin más.

Ya con la primera pisada te das cuenta de que, además de la bandera que te pareció dudosa pero no peligrosa, el agua está helada y la primera rompiente te deja revolcándote entre olas que no paran de golpearte y tragando agua. Sin poder apenas respirar, haces un esfuerzo y te pones de pie. Miras la bandera de nuevo, después el mar, y ves que se ha calmado y vuelves a confirmar que la bandera es dudosa y que las olas te han tumbado de pura casualidad... Y sigues adentrándote porque, pasando la segunda rompiente, el mar se observa manso como una piscina. Y allá vas.

Como has pasado por alto las putas banderas rojas, cuando llegas a la segunda rompiente ya te has roto. Y es que las putísimas banderas rojas son señales, alertas, alarmas, que te dicen: ¡Peligro, detenerse, no avanzar! Pero tú sigues adelante una y otra vez porque para ti las banderas nunca son tan rojas ni sus señales son tan claras. Niegas para hacer prevalecer tu deseo, aunque te conduzca al mismísimo infierno, que para ti no es infierno sino un lugar calentito (bueno, quizá un poco más de lo normal). Pero infierno no. Infierno es demasiado. Y así pasas por alto todas las putas banderas rojas una y otra vez. Eso sí, cuando te quedas fuera de combate en destrucción total y todos tus neurotransmisores desplomados, con el cerebro cerrado por derribo, me escribes para decir que no puedes más, que no sabes qué te pasa, que no puedes pensar bien ni concentrarte, que tienes olvidos, que dudas de ti y tus percepciones, que sientes que estás enloqueciendo. Y yo te miro con afecto y te digo «Pasaste por alto las putas banderas rojas». Otra vez y van... (ya hemos perdido la cuenta).

A este último que desde el primer momento mostró señales claras de «mil putas banderas rojas» tú decidiste regalarle el beneficio de la duda porque te pareció que sus conductas tenían apenas grado de tentativa y le tendiste un puente de plata.

Para ti todos tienen el derecho de acceso a la posibilidad de «bandera celeste». Eres militante de las «banderas celestes» y, aunque no califiquen, les otorgas una especie de recurso de amparo emocional: «Los portadores de banderas rojas gozarán de protección afectiva y se les otorgará el derecho de acceder a la bandera celeste». El resultado es siempre el mismo, la bandera siempre fue roja y te advertía del peligro para que pudieras irte, pero decidiste darle una oportunidad y quedarte porque nunca las putas banderas rojas te parecen lo suficientemente rojas.

Bueno, este libo es para ti.

Para ver si logras detenerte cuando identifiques las putas banderas rojas.

Lic. Analía Forti

Dios sabe.
Cuando un narcisista no consiga manipularte, controlarte, callarte y someterte, se dedicará a destruirte para deshacerse de tu existencia. Lic. Analía Forti

La personalidad narcisista

La personalidad narcisista es una estructura inmodificable, por lo que terapéuticamente no hay nada que se pueda hacer para generar un cambio. Por este motivo no se puede confiar en que ese cambio exista y es mejor salirse de la relación cuanto antes.

Si bien es complejo de comprender para quienes no son especialistas en la temática, es importante detenerse a explicar que un narcisista no necesita ser atacado para volverse tu enemigo. Se trata de una estructura de personalidad, de un modo de ser inmodificable. Es un enemigo gratuito, sin causa, sin que su conducta responda a una provocación o un ataque.

En una personalidad narcisista hay un patrón de conducta que se expresa como una importancia sobredimensionada de sí mismo y un no registro del otro como sujeto (no hay un registro del otro como persona-ser sintiente), razón por la cual (si el otro no es un sujeto) no tendrá en cuenta ningún tipo de límites ni considerará sus derechos como persona, y tampoco sus deseos ni sus necesidades. Recuerdo cuando ella me mostró aquel mensaje en que él le decía (después de haber terminado su relación hacía ya tiempo), mientras tocaba incesantemente el timbre en la puerta de su casa: «Tengo algo que contarte, me tienes que escuchar y no me voy a ir hasta que lo hagas». El límite que representaba que ella no le abriera la puerta no existía para él; el límite de su «no» a una relación que ella había dado por terminada tampoco lo era; su derecho a no querer tener contacto con él no tenía ninguna relevancia. Solo importaban su deseo y su necesidad (él tenía que contarle algo y no se iría hasta conseguir su objetivo).

Al no existir para ellos el otro como sujeto, no hay manera de que puedan establecer con alguien una relación equilibrada y en la cual haya una retroalimentación (tus necesidades y las mías, mis deseos y los tuyos). Y no es que no puedan establecer una relación equilibrada contigo: es que no pueden con nadie (porque el otro como sujeto no existe para ellos, ni tú ni ningún otro).

Las conductas narcisistas aisladas pero reiteradas en el tiempo se transforman en un rasgo narcisista (si esos rasgos son varios, la personalidad puede no ser narcisista, pero tener varios rasgos narcisistas, por lo cual tenderá a establecer con los otros relaciones denominadas actualmente como tóxicas) porque su estilo de vinculación con los otros se basará en el uso y descarte, sin importarle el daño que pueda causar a las personas. Una de las conductas que mayor daño causa es el denominado descarte narcisista (hoy eres lo más importante de su vida y mañana te desecha como si fueras descartable). Recuerda que para ellos no eres un ser sintiente.

Las conductas que consisten en disminuir, infravalorar y descalificar a otra persona con el único objetivo de agigantar el propio yo y engrandecerse son conductas narcisistas.

La personalidad narcisista reúne los rasgos narcisistas y se comporta de manera permanente y rígidamente de esa forma (haciendo circular chismes, triangulando, no reconociendo sus errores genuinamente, culpando a los demás de todo, desatando su ira cualquier situación que no se presente como ellos querían y descalificando a todos para engrandecerse, usando y descartando sin importarle el daño que causen y no registrando al otro como persona).

Uno de los mayores problemas con la personalidad narcisista es la normalización social que existe de sus conductas y la confusión con respecto a ellas (ya que se considera que ser fuerte, con una alta autoestima y seguridad personal, supone una conducta narcisista), cuando ninguna de estas características tiene una relación con el narcisismo.

En la personalidad narcisista hay precisamente todo lo contrario: baja autoestima, inseguridad personal y un niño roto dentro que busca compensar engrandeciéndose a través de conductas vinculadas al poder y el control. Sin embargo, esto no significa que la personalidad narcisista deba ser victimizada, porque el narcisista estructural no padece su forma de ser ni le importa ser como es y causar el daño que causa.

La personalidad narcisista estructural es la principal causante de violencia psico-emocional en las relaciones.

Se trata de una violencia que causa estragos en la personalidad, pero es muy difícil de demostrar, por lo cual es complejo judicializarla.

La prevención es la clave para poder identificar este trastorno de personalidad y tomar distancia a tiempo.

El trastorno narcisista de la personalidad, seg

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