Introducción
Cuando tenía cuatro años, era un nenito que levantaba tierra por el barrio a toda velocidad y los vecinos no me aguantaban. Tenía un cuatriciclo viejo y de mi tamaño. Ya entonces el Dakar lo era todo para mí. Ese primer cuatriciclo fue el que me hizo fanático de la adrenalina de ir muy rápido, de doblar al límite. Me gustaba mucho esa sensación y era bastante bueno. A los siete, me regalaron un Yamaha Raptor 350 azul, no llegaba a pisar los cambios porque era de los grandes, de esos que se ven en la playa.
Lo que me marcaba por sobre el resto, con los compañeros del colegio o con amigos, es que era muy competitivo. Me enojaba mucho cuando perdía. No podía perder, no había forma de que perdiera. Ni jugando con una pelotita de tenis contra la pared.
La primera vez que corrí una carrera de karting, tenía nueve años. Me encantaba el karting, pero me pasaba mirando la Fórmula 1. Mi sueño era correr hasta llegar a la F1. Hacía años que no surgía ningún piloto argentino, no había un referente de mi país para seguir y bancar en la categoría más alta del automovilismo. “¿Por qué no había nadie de mi país?”. Esto quiere decir que es muy complicado llegar. Darme cuenta de eso volvía mi sueño todavía más importante, aunque también lo alejaba. Yo seguía insistiendo: ¿por qué no hay nadie? Empecé a hacer todas esas preguntas. Lo más cercano era el mexicano Checo Pérez o Fernando Alonso, porque hablaban nuestro idioma.
A los doce, corrí en Europa, en un circuito de Italia, y me fue muy bien. Mi sueño seguía allá en lo más alto, la F1, pero ¿cómo iba a llegar?
Ahora lo sé: con determinación. Porque el camino está repleto de incertidumbre, de obstáculos. Para mí, todos desafíos.
Siempre hay algo o alguien que te marca un camino o te confirma lo que deseás. Corrí en Indiana, en CRG, el equipo de Giancarlo Tinini, y aunque la carrera fue buena, me penalizaron por un roce. Fue entonces cuando apareció en el box Rubens Barrichello, el piloto brasileño de F1, que había corrido con Michael Schumacher, a quien yo veía de chico. Me habló y me dijo que él sabía cuánto les costaba llegar a los latinoamericanos, que me enfocara para dar lo mejor de mí, que no me rindiera. Que yo tenía talento y que corriera más tranquilo.
Wow.
Logré mucho en poco tiempo y todavía tengo todo para hacer. Esta es mi historia y este es mi camino. Sigo girando.
Wow.
Antes de los kartings, soñaba con correr el Dakar en cuatriciclo. Y sigue siendo uno de los sueños que quiero cumplir cuando sea más grande, cuando termine mi carrera.
No tardé nada en probar un simulador, ¡y yo iba rapidísimo él! Veía mucho las competencias de Turismo Carretera, la categoría argentina más famosa, bien típica —les gusta a todos porque es la más popular, la que se mira cuando te juntás un domingo a comer un asado—. A mi casa siempre venían pilotos porque mi papá era sponsor de TC y de otras categorías en Argentina. Había competido en moto, tenía un equipo de TC con varios pilotos, y ese equipo estaba también para que cuando yo fuera más grande, corriera en el TC.
Me encantaba, siempre iba a las carreras, dormíamos en un motorhome en la pista, acompañaba a todo el grupo. Tenía siete, ocho años, me levantaba muy temprano y esperaba que abrieran las puertas de los boxes. Llegaba antes que los mecánicos, a las seis de la mañana, abría el box, y me conocían todos porque era “el chiquito que andaba por todos lados”. Y era bravo: si alguno chocaba a un piloto de nuestro equipo en la carrera, iba a encararlo. Me miraban con cara de ¿qué hace este pibito acá?
Los corredores del equipo de papá venían a casa y me veían en el simulador; notaban cómo me encantaba el automovilismo, la F1 y todo esto… La primera vez que manejé en una pista fue en Buenos Aires con un karting muy viejo, con poca potencia, pero andaba bárbaro; para mi primera vez, estaba muy bien, iba muy rápido, se sentía la velocidad. Yo era tan chiquito… y nunca me había subido a uno. Iba pegado al piso, sentí por fin mucho más esa adrenalina que ya conocía y me gustaba tanto. Mi abuelo Wladimiro estuvo ahí conmigo en mi primera vez. Él y mi abuela Rosa son una parte importante de mi infancia; vivían cerca del Autódromo Oscar y Juan Gálvez, y me acuerdo de cómo se escuchaba el ruido de los motores cuando estaba en la casa de ellos.
Quise correr desde ese momento.
Y fue todo un tema: el automovilismo era un deporte que a mi mamá mucho no le copaba. Iba a la escuelita de fútbol, que no me encantaba, y era medio pata dura. Probé taekwondo, probé todos los deportes (hasta tocar la guitarra, ja, porque mi mamá tenía un miedo…). Pero, como máximo, duraba ocho o nueve meses y volvía a lo mismo: el amor por los autos.
Un deporte arriesgado y también complicado para la familia.
En mi primera carrera, hice un podio en Zárate, en la provincia de Buenos Aires. Mi familia siempre estuvo: mi papá, mi mamá, mi hermana Martu y, todas las veces que podían, mi tía Adri con Valen, mi prima, y mis tíos Juampi y Lola, además de mis abuelos. Empecé a crecer: de campeonatos regionales pasé a competir en el campeonato argentino, que es lo más grande que hay en el país. De a poco fui subiendo de categoría; a medida que iba ganando, tenía un karting nuevo con más potencia. Por suerte me fue muy bien. Llegó un momento en que ya había ganado todo lo que se podía ganar en Argentina.
Mi sueño seguía firme en lo más alto: la F1. Me encantaba el karting, pero me pasaba todos los fines de semana mirando la F1.
Seguía creciendo en karting, ganaba campeonatos. Era muy pibito y ya sabía que había llegado a un punto de inflexión: si quería estar en la F1, no podía permanecer en Argentina. Pero ¿dónde estaban las herramientas y los recursos que me prepararían para llegar a esa categoría?
Estaba fanatizado. Empecé a ver que había categorías previas: la F4, la F3, la F2, campeonatos muy competitivos, con monoplazas que andaban muy, muy rápido. Seguía con esa idea un poco loca de llegar. Pero ¿qué sueño no ti
