La herencia invisible

Evelyne Bissone Jeufroy

Fragmento

Prefacio

PREFACIO

La última vez que vi a Evelyne Bissone Jeufroy fue en un sueño. Unos meses después de su fallecimiento en 2024. Lloré y le confié: “Evelyne, tengo que decirte algo: es doloroso para mí porque sé que debes partir”. Luego de un silencio, ella me respondió: “Alegrate, porque es un reencuentro hermoso y verdadero. ¿Y sabes por qué? Porque salimos transformadas”.

Este sueño bien podría haber sido un recuerdo, dado que las palabras y la vida con Evelyne eran así: una ayuda para la transformación; la de las personas mediante la psicología y la de la materia mediante el arte.

Evelyne era una mujer con múltiples potenciales, a la vez psicóloga clínica, coach y ferviente amante del arte.

Mi relación con Evelyne se inscribe, no por casualidad, en una historia de filiación. Nos conocimos cuando ella enseñaba el uso del psicogenosociograma, en la rue de Montparnasse 23, en París. Con el tiempo, desarrollamos una relación de mutuo afecto. En una comida, le pregunté: “¿Por qué nos entendemos tan bien, Evelyne?”. Ella río y evocó a su maestra: “¡Yo le hice exactamente la misma pregunta!”.

Evelyne fue discípula de la emblemática Anne Ancelin Schützenberber en los años 1990. Tuvieron una relación profesional, y con el tiempo una profunda amistad. Tras su muerte, Anne le dejó a Evelyne como legado simbólico la Escuela de Psicogenealogía Clínica para que perdure su deseo común de transmitir los principios de la psicogenealogía.

Evelyne siguió entonces organizando cursos de formación en Francia y en Argentina. También continuó la obra de Anne con la publicación de este libro: La herencia invisible.

Cuando lo leí, revisité mis numerosos años de formación y de supervisión con ella. Evelyne se esmeraba en enseñar a sus estudiantes que la vida más hermosa que se puede vivir es una vida en profundo acuerdo con uno mismo, libre de los mandatos familiares y sociales, de los miedos y las limitaciones. Hemos conocido a una mujer entera, que sabía acompañar, con rigor y confianza, el pasaje y la superación del trauma hasta alcanzar el placer (¡cuatro por día como mínimo!1) y la alegría.

En este texto, Evelyne invita al lector a realizar un recorrido similar. Demuestra cómo los traumas de nuestras distintas líneas genealógicas pueden estar activas en nosotros, de manera inconsciente. El pasado es llamado a reactualizarse como consecuencia de acontecimientos significativos no metabolizados, tales como:

  • duelos no realizados (muerte de un hijo, aborto natural o voluntario, accidente, desaparición, guerra, suicidio);
  • secretos de filiación: hijo ilegítimo, adopciones disimuladas;
  • violencias físicas, sexuales, psicológicas, incesto;
  • injusticias o rechazos: encarcelamiento, homosexualidad, religión, origen étnico, esclavitud;
  • dramas económicos: expropiación, robo, bancarrota;
  • enfermedades graves o crónicas: adicción, enfermedades de transmisión sexual; y
  • formas de relacionarse y esquemas de vida desafortunados: divorcio, adulterio, conflicto, abandono, sacrificios, mandatos, creencias, lealtades.

Estas herencias invisibles dejan huellas en nuestros cuerpos, en nuestras emociones y en nuestros comportamientos.

Evelyne es una narradora: mediante la presentación de episodios clínicos esclarecedores, ayuda al lector a tomar consciencia de esta transmisión inconsciente y de sus manifestaciones. Anima a reconocer la intensidad de lo que vivieron nuestros ancestros, situado en un contexto social e histórico particular, con el fin de desactivar la compulsión de repetición y encontrar la calma.

El psicogenosociograma, herramienta central de la psicogenealogía, permite volver visibles estas experiencias de vida ocultas bajo el efecto de la vergüenza y liberarse de los determinismos. Se trata de convertirse en el protagonista de su propia historia sin dejar de estar inscrito en una experiencia de vida familiar y social que nos trasciende.

La herencia invisible es un llamado vibrante a seguir nuestro cuerpo y nuestro corazón, para abrazar plenamente nuestra identidad y nuestra pertenencia.

LYDIE RANC

Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Discípula de la Escuela de Psicogenealogía Clínica

1. Cf. Bissone Jeufroy, Evelyne, Cuatro placeres al día ¡como mínimo! El despertar del cuerpo y el alma, Buenos Aires: Aguilar/Fontán, 2010.

INTRODUCCIÓN

Rosa es española, tiene cuarenta y siete años. Viene a verme porque quiere explorar la historia de sus ancestros. Mientras conversamos, observo que se toca los hombros, la nuca y el cuello sin parar. Al notar que eso me intriga, Rosa me confía que sufre desde siempre de terribles dolores a nivel de la cintura escapular (omóplatos y clavículas), anginas con cierta frecuencia y dolores de garganta muy fuertes. Tanto es así que, a los trece años, su médico decidió operarla de las amígdalas. En esa época, tosía tanto que, quince días después de la operación, tuvo que dejar el colegio. No pudo retomar durante un año y medio. Pero desde hace unos días, y por primera vez en su vida, este dolor, el mismo que padecían su padre y su abuela paterna (quien también tuvo que dejar el colegio a la misma edad, y durante el mismo tiempo), había desaparecido.

Rosa me cuenta que antes de venir a verme había hecho su pequeña investigación, en particular sobre su bisabuela. La historia familiar, la que ella conocía, contaba que su bisabuela había muerto a causa de la gripe española. Pero Rosa tenía la sensación de que no le habían contado todo y decidió consultar a uno de sus primos. Por correo electrónico, su primo finalmente le reveló que su bisabuela no había muerto por enfermedad, sino que se colgó, a los treinta y dos años, avergonzada por haber engañado a su marido con un amigo suyo, desesperada por haber quedado embarazada de él. Detrás de ella dejó cuatro hijos. En el mismo instante en que Rosa leyó la palabra “colgó”, me dice ella, los dolores en la nuca y en la espalda desaparecieron como por arte de magia.

Si hoy se sigue tocando el cuello sin parar, es porque verifica y aprecia por primera vez en su vida el hecho de no estar más sometida a este dolor constante, porque siente finalmente una sensación de libertad.

Esta historia ejemplifica cómo los traumas pueden transmitirse de una generación a otra, sin usar las palabras. Nos demuestra hasta qué punto el secreto es transmisible a través del cuerpo. Dicho de otro modo, nuestros ancestros pueden enfermarnos, tanto física como psicológicamente. Nos heredan los traumas que ellos mismos no pudieron superar, sus vergüenzas convertidas en secretos o en n

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