No es un león, es ansiedad

Erica Sosa

Fragmento

Introducción: No estás sola

INTRODUCCIÓN:

NO ESTÁS SOLA

Si hace unos años me hubieran dicho que iba a escribir este libro, no me lo hubiera creído. No porque no me viera capaz, ojalá hubiera sido por algo así, sino porque estaba segura de que no habría un futuro. Estaba acojonada, tenía miedo a todas horas y la extraña sensación de que iba a pasar algo terrible y moriría en cualquier momento (¡guau!, empieza la cosa potente, ¿eh? Pero, tranquila, te prometo que este no va a ser el nivel de intensidad).

Si estás aquí, es posible que esto te resuene. Quizá hayas pasado o estés transitando por un momento parecido. Es una caquita, lo sé, también es muy desconcertante, extraño, agotador, pesado, frustrante, un tanto jodido y una larga lista de adjetivos divertidos.

Quiero decirte que te entiendo, te abrazo y te acompaño. No estás sola y no, no tendrás que vivir así para siempre (aunque lo parezca).

Ya que vamos a pasar un largo ratito juntas, quiero empezar hablándote un poco sobre mí. Mis padres decidieron llamarme Erica. Por lo visto, mi madre se había quedado fla­sheada con el nombre por alguna peli o serie que vio en su adolescencia y lo registró en algún lugar recóndito de la memoria hasta que llegué yo. Tengo una hermana mayor a la que considero la otra mitad de mi alma y unos padres que siempre me han dado amor y cobijo. En este sentido, creo que soy muy afortunada. Mi experiencia profesional me ha enseñado que, aunque este debería ser el ambiente familiar normal, no es ni mucho menos la norma.

Siempre tuve claro que sería psicóloga. No sé si fue por mi propia experiencia, por querer seguir los pasos de mi madre (psico también), por autotratarme y ser mi propia terapeuta (spoiler: no funciona así…, nosotras también podemos necesitar nuestras psicoterapeutas) o por aprovechar la dichosa alta sensibilidad y empatía que me otorgó el cosmos (gracias, supongo). Sea como sea, aquí estoy, acompañando a otras personas en sus propios procesos de autoconocimiento, reconexión y encuentro con su propia calma. Me especialicé en ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria (TCA), trauma y apego. Todo ello lo afronto desde una perspectiva integrativa, es decir, desde diferentes enfoques terapéuticos para explicar y abordar lo complejas que somos (más adelante te hablaré en profundidad sobre esto, no te preocupes).

Tuve mi primera experiencia religiosa con la ansiedad con tan solo nueve añitos. Estaba en el cole como un día cualquiera y me noté rara al volver a clase del recreo. No sabía qué me pasaba, pero sentía que el corazón me iba muy rápido. Me acerqué a la profe para pedirle ayuda. Al principio no me hizo mucho caso, pero entonces me tocó el pecho para notarme los latidos y recuerdo a la perfección su cara de susto. Ahora entiendo que a partir de ahí el pánico solo siguió creciendo durante lo que a mí me parecieron horas.

Me llevaron a la sala de profesoras, me sirvieron un vasito de agua con azúcar mientras llamaban a mi madre para que viniera a recogerme y me quedé esperando sentada viendo todo pasar como en una película que no entendía. El agua con azúcar, según las monjas de mi colegio, era el remedio milagroso para todos los males. Servía para todo, desde una fatiga hasta una crisis de ansiedad, aunque en aquel momento y durante toda mi trayectoria escolar nunca entendieron que «eso raro que le pasa a la niña» era ansiedad.

En este punto es importante señalar el contexto histórico: corría el año 1997, la salud mental estaba un poquito en pañales aún. Los trastornos emocionales como la ansiedad eran bastante desconocidos por el público general y mucho más cuando afectaban a niñas pequeñas. Ahora, desde una perspectiva adulta, puedo ver claramente cuántas cosas me faltaron en aquel momento.

Me sentía sola, asustada y muerta de miedo, y nadie me acompañó como necesitaba en ese malestar.

Mi madre llegó bastante rápido a la escuela y verla fue como respirar después de haber batido el récord de apnea en modo susto. Siendo sincera, no sé qué le dijeron que me había pasado. Lo que sí sé es que mi cara debía de ser un poema y, por si acaso, fuimos al centro de salud que estaba a unos cinco minutos del cole. Recuerdo que mi madre trató de tranquilizarme y decirme que todo estaba bien, que tal vez estaba un poco acelerada después de correr en el recreo. En el ambulatorio había mucha gente, yo estaba muy asustada y mi cuerpo necesitaba reaccionar a tanta tensión.

Fue entonces cuando todo explotó y viví mi primer ataque de pánico. No sé si lo has experimentado alguna vez, pero resumiendo mucho (ya me extenderé más adelante) es algo así como sentir que te estás muriendo, aunque en realidad lo que ocurre es que el cuerpo está poniendo en marcha una serie de mecanismos complejos y necesarios para huir de lo que percibe como un peligro inminente. Digamos que la máquina del organismo se pone en modo huida para sobrevivir al ataque de un león imaginario. En ocasiones ese león puede ser un lugar lleno de gente, una preocupación muy grande, una sensación física incómoda, conducir o montar en avión, por ejemplo.

A partir de ese día, comencé un largo peregrinaje por todos los especialistas del hospital materno-infantil. Visité a todos los médicos que puedas imaginarte: cardiólogo, neurólogo, otorrinolaringólogo, reumatólogo y muchos más «-ólogos», pero todos confirmaron que no me pasaba nada. ¡Venga ya! ¿Cómo no iba a tener nada? Si me mareaba, sentía presión en el pecho, me costaba respirar, me daban extraños pitidos en los oídos y todos los días tenía esos episodios raros de sentirme muy mal (ataques de pánico), entre otros muchos síntomas confusos. Me convertí en una niña asustada, me hice más chiquitita de lo que ya era y, no te voy a engañar, fueron unos años muy complicados.

En casa me encontraba bien. Allí estaba segura, tranquila, tenía espacio para expresar cómo me sentía y lo que necesitaba. Sin embargo, en el colegio no era así: no me sentía a salvo, tenía miedo a todas horas, mis profesoras (adultas en las que se suponía que debía confiar) no me acompañaban, y mis compañeras de clase eran aún muy peques como para entender nada. Yo era esa niña que de repente se ponía histérica y pedía salir de clase muy a menudo. Me veían como una caprichosa que quería llamar la atención, así que me dejaron prácticamente sola. Aprovecho este espacio para darles las gracias por no cuidarme, pues ahora hago todo lo posible para ayudar a otras personas que no se sienten acompañadas y necesitan ayuda.

Con el tiempo, toda esta experiencia se fue borrando y pasando a un plano muy lejano de mi conciencia gracias a varios factores: el apoyo de mi familia, el conocimiento de mi madre, que por aquel entonces estaba terminando la carrera de Psicología, y el cambio de centro escolar al pasar a secundaria.

Todo fue normal hasta que, años más tarde, coincidiendo con el paso a la universidad y otros muchos cambios en mi vida, pasé de estar casi todos los días con mis mejores amigos a que estuviéramos cada uno por un lado. Mi hermana se fue a vivir a otra provincia, me choqué con la vida adulta y me sentí muy sola… Entonces volvió a visitarme mi vieja amiga Ansiedad. Ahora sé que volvió para protegerme, pues estaba viviendo demasiados cambios y alguien tenía que ayudarme a controlarlo todo (nótese la ironía).

Si te soy sincera, en aquella época recordaba con bastante distancia aquello que había vivido de niña. Pensaba que ahí había quedado la cosa y que nunca tendría que volver a pasar por aquello. Bueno, parece que me equivoqué.

Reconocí los síntomas enseguida. Lo primero que reapareció fue el extraño mareo, ese que no sabía muy bien cómo explicar, pero que me hacía sentir como si viviera en un barco. Fui a mi médico de cabecera y de nuevo me vi envuelta en una amplia batería de pruebas físicas. En esta segunda ocasión, el diagnóstico llegó más rápido gracias a que habían pasado años suficientes para que la salud mental comenzara a tomar protagonismo. Por ello, una vez descartada cualquier otra posible causa orgánica, indagando con calma en cuál era mi contexto en ese momento y cómo me sentía, pudimos confirmar que, en efecto, lo que estaba experimentando era ansiedad.

Admito que me costó creerlo. ¿Otra vez? ¿Y a qué venía eso si estaba todo bien? No era consciente aún de que mi cuerpo estaba respondiendo ante el estrés de todos esos cambios a los que yo no les había dado importancia.

Desde entonces, la ansiedad ha ido haciendo apariciones estelares para no perderse los capítulos más movidos de mi vida. Es como esa amiga superintensa que no puede resistirse a un buen salseo. Te acompaña, sí, pero también puede volverte majara si insiste en no perderse nada y estar siempre contigo. Así que, desde entonces, ha ido yendo, viniendo y fluctuando por aquí y por allá.

Quizá ahora mismo te estés preguntando: «Espera, ¿quiere decir eso que voy a tener que vivir siempre con esta ansia viva? ¿Se trata de eso que dicen de aceptar y convivir con la ansiedad, hacer las paces con ella, ser felices, comer perdices y todo ese rollo?». La respuesta es sí y, al mismo tiempo, no. Es mucho más sencillo y complejo.

Sí, la ansiedad va a estar ahí en algún lugar de ti misma, acompañándote y, sobre tod

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos