África. Cazadores de gloria

Hernán Lanvers

Fragmento

Océano Índico

Costa de Natal

África del Sur

Agosto de 1825

—¿Por qué no me pegas a mí, en vez de golpear a un niño de diez años, Mortlock? —dijo Tom Grant con el rostro enrojecido por la furia.

El enorme marinero de barba, de pie frente a él, le hizo caso.

Su puño se estrelló contra la nariz de Tom.

Era un puño grande y el llamado Mortlock sabía pegar, ya que acompañó el movimiento del brazo con el de su cuerpo, transmitiendo toda la potencia de sus casi cien kilogramos de peso en el impacto.

El hueso nasal de Tom absorbió la mayor parte del golpe, tensándose primero y fracturándose después, con un sonido parecido al de una rama seca al quebrarse. Tuvo suerte. Así evitó que la violencia del impacto se trasladara al resto del cráneo y dañara el cerebro, su parte más vulnerable.

Tom, sin embargo, sintió que todo daba vueltas a su alrededor, pero aun así levantó sus brazos.

Él había practicado boxeo un buen tiempo, pero sin duda no era tan bueno en ese deporte como él mismo creía.

Se dio cuenta de eso cuando recibió los siguientes tres puñetazos en su pecho y en su hombro izquierdo.

—¡Retrocede y sal de su alcance! —le gritó su amigo Peter Ferguson.

Mortlock no se lo permitió.

Lo golpeó una y otra vez y lo llevó hasta la borda, la baranda de madera del barco.

—¡Trábale los brazos! —volvió a indicarle Peter.

Tom lo hizo.

Lo abrazó para evitar que el marinero le siguiera golpeando, pero notó entonces que Mortlock se esforzaba más por levantarlo del suelo que por golpearlo.

Con su nariz sangrando, le dijo:

—¡Espera! ¿Qué quieres hacer?

Vio detrás del marinero a Peter Ferguson acercársele.

Lo oyó decir:

—Lo tirarás al agua, Mortlock. ¡Paren esto ya, y déjense de joder!

Fitzsimmons, el amigo del marinero, sacó un cuchillo y se lo puso en el cuello a Peter.

Le dijo:

—Tú te quedas ahí, y bien quieto, Ferguson. Ésta es una pelea limpia, y es sólo entre ellos dos.

Entonces Tom oyó el disparo.

Vio a Carolyn, su novia, con sus cabellos rubios despeinados y una pistola humeante en la mano.

Fitzsimmons lanzó un grito de dolor.

—¿Qué hiciste, perra? —preguntó y cayó al suelo de madera de la cubierta. El marinero estaba descalzo y su pie derecho tenía un agujero de color rojo oscuro del tamaño de una moneda pequeña, que pronto se llenó de sangre.

Carolyn dijo algo que Tom no pudo escuchar.

Entonces el puñetazo le dio en el medio del pecho, haciéndolo caer de espaldas.

Alcanzó a ver a Mortlock asomarse por la borda y gritar:

—¡Se cayó, se cayó! ¡Hombre al agua!

Y el mar tibio lo envolvió, cubriéndolo todo.

Mientras volvía a la superficie recordó que la mayoría de los marineros no sabían nadar, porque hasta que un barco de alta mar pudiera dar la vuelta para recoger a un caído, por cuestiones de maniobra demoraba casi una hora, y cualquier hombre que iba al agua, siempre terminaba ahogándose.

Y por ese motivo, los navíos ni siquiera volvían a bus­carlos.

—¡Ahí va una soga! —gritó Peter.

Pero la lanzó con demasiada fuerza y la soga cayó muy lejos de él.

Vio pasar el barco —y la cuerda detrás de él— desde el agua, a la distancia.

Escuchó la voz de Simon Tabbs, gritarle desde el barco:

—¡Aguanta, Tom, ahí voy!

Eso lo animó.

Tom confiaba en su amigo.

Observó, entre las olas, que la nave arriaba sus velas para detenerse y que se echaba al agua un bote con Simon y otros ocupantes.

Entonces, al darse vuelta hacia su izquierda, la divisó.

Era una aleta de color gris plomo que avanzaba hacia él, cortando la superficie del mar.

Gritó, levantando su mano:

—¡Un tiburón! ¡Simon, muchachos, aquí!

Cuando el gigantesco animal llegó cerca de él, su aleta desapareció.

—Se hunde. Ahora se hunde… —dijo.

La vio con claridad cuando, por debajo de sus pies pasó, bajo el sol del mediodía, una sombra gris azulada. Creyó que su vista lo engañaba.

—No puede ser. Un tiburón no puede medir quince metros de largo…

Pero él sabía que no estaba lejos de la costa de Natal, en África, y que allí, en ese continente, todo siempre era posible.

Y más aún tratándose de tiburones…

En esas aguas cálidas, contaban que hasta podía vérselos en los ríos.

Y que estos animales los remontaban, a veces, por decenas de kilómetros, alejándose del mar, surcando las aguas marrones y atacando a gente de las aldeas del interior africano.

—Debe ser una ballena —se esperanzó cuando lo levantó una ola.

Un momento después, se dijo:

—No. Las ballenas no tienen una aleta en el lomo.

Miró el bote con Simon, acercándose.

Pero ese bote estaba a unos doscientos metros.

Y el tiburón, un animal tan grande como él jamás viera, pasó en ese momento a sólo cinco metros por debajo de él.

—¡Simon! —gritó, levantando su mano.

La enorme aleta apareció de nuevo a su izquierda, cerca de donde él se encontraba. Vio cardúmenes formados por millones de peces, brillando plateados al sol, muy cerca de él.

—Tengo que tratar de esquivarlo —se dijo.

Una ola lo levantó y distinguió el bote, con Simon, a unos ciento cincuenta metros de él.

La gigantesca cabeza del animal emergió.

Tom vio una boca oscura abrirse, un agujero horroroso y enorme.

Intentó nadar hacia su derecha pero sucedió algo extraño.

Pensó:

—Me arrastra. El agua me arrastra hacia su boca… Y de pronto se encontró en el interior oscuro del monstruo, una caverna llena de miles de dientes triangulares y afilados.

Entonces, mientras la boca se cerraba y la luz del sol se iba, gritó.

Gritó su espanto y su furia, y también a su destino, porque nadie, y mucho menos él, merecía morir así.

El gigantesco pez escuchó el ruido que hizo el cuerpo al caer en el agua, desde el segundo de los grandes barcos que acababan de parar y se acercó. Era una hembra y estaba obligada a comer, ya que en su interior crecían doscientos cincuenta huevos de sus futuras crías, y le exigían más y más alimento cada día que pasaba.

Se movía con seguridad, entre las cristalinas aguas de ese mar, ese en el que ella y los suyos eran, desde tiempos inmemorables, los amos y señores.

Su cuerpo, una maravilla creada por la naturaleza tras millares de años de evolución, era perfecto.

Su piel, áspera, tenía diez centímetros de espesor y podía protegerla de todo.

Medía quince metros de largo, y con sus 12.000 kilogramos de peso sólo era superada por las ballenas y las orcas, y no por cualquiera de ellas.

Pasó, curiosa, inspeccionando el bulto que había caído, mientras tragaba cientos de peces.

Se volvió a acercar sin miedo.

No tenía en el mundo ser vivo a quien pudiera temerle.

Era una maravilla, un portento de la naturaleza.

No había tiburón más grande que ella en todas las costas africanas del océano Índico.

Primera parte

Tom Grant

1. EL VALLE DE LAS MIL ROCAS

Cercanías de la Fortaleza de Gran Zimbabwe

África del Sur

Mayo de 1825

—La cantidad de oro que obtuvimos en Zimbabwe es increíble… —le dijo Abraham a Tom Grant, que cabalgaba a su lado.

Éste se acomodó el parche negro que cubría el lugar en donde la bala de un tirador de las montañas de Afganistán, dos años atrás, le había hecho estallar su ojo izquierdo, y dijo:

—Sí, pero ya empieza a haber problemas. Así no podemos seguir. En sólo un día de marcha, los bosquimanos que nos llevan la carga se nos adelantaron demasiado. Y eso que nosotros vamos a caballo… Ya deben estar a más de diez kilómetros. Tenemos que hablar con Kam, Abraham.

—Iré yo mismo a buscarlo, Tom —dijo, y se alejó rumbo al sur, al galope.

Lo hizo atravesando esa pradera verde de hierbas altas y árboles bajos y espinosos, en donde sólo sobresalían, de tanto en tanto, algún ejemplar de marula, cuyos frutos eran la delicia de los elefantes, o del rey de los árboles, el legendario baobab.

Esa misma mañana, cuando abandonaron la Ciudad Per­dida de Zimbabwe, lo hicieron dejando todas sus casas ardiendo en llamas hasta los cimientos.

La historia de lo que había ocurrido pronto se relataría junto a los fuegos, en miles de aldeas, desde las riberas del río Limpopo hasta la Cordillera de las Mil Lanzas, esa que en invierno cubría sus cumbres de nieve. Y habría de convertirse en leyenda.

Y no era para menos.

Tom Grant era, a sus veinticinco años de edad, un veterano de muchas guerras.

Desde las que librara en la India y en Afganistán, hasta las campañas contra los alzamientos de las tribus xhosas, en la Colonia del Cabo, la guerra había sido para él casi una forma de vida.

Y lo mismo para sus amigos: Simon Tabbs, el gigante rubio que siempre marchaba a su lado; para los tres hermanos Ferguson, Peter, Scott y Frank, así como para los mellizos Mac Carter, y para el enjuto abogado Abraham Astein.

Todos ellos se conocían desde hacía más de diez años, en los duros días que pasaron juntos en un asilo de huérfanos, en la lejana Escocia.

Luego habían seguido en contacto, durante los años de vida militar. Y también cuando instalara el Almacén Ferguson, en la colorida Ciudad del Cabo, iniciándose en el mundo del comercio.

Juntos fueron en la primera expedición que envió el Imperio Británico a Zululandia, a las tierras del mítico rey Shaka. Y fue allí donde Tom Grant cimentó esa, su extraña amistad, con el cruel rey africano, una amistad que pocos entendían. Pero de la que nadie dudaba.

Tom y sus hombres acompañaron en algunas batallas al invencible rey guerrero, aprendiendo sus tácticas y estrategias de combate. Además, el inglés se ofreció a comprarle numerosos colmillos de marfil que el monarca tenía en el Tesoro real, y traerle a cambio lingotes de oro purísimo.

El rey zulú ordenó que uno de los británicos permaneciera como rehén, y aceptó la oferta.

Por eso, cuando Tom Grant regresó en una segunda expedición y cumplió con lo pactado, la amistad se fortaleció aún más.

Y cuando Grant le pidió permiso para explorar las tierras del norte en busca de la Ciudad Perdida de los monomatapas, la Gran Zimbabwe, la de Las Calles Empedradas de Oro, Shaka aceptó.

Reclamó, como era justo, la mitad de los tesoros que pudieran obtener, en caso de encontrarla. Y le entregó un ibutho completo, un regimiento de sus mejores guerreros, para que lo acompañaran.

Tom había agregado a su contingente a dos exoficiales del Ejército Francés y al señor Smit, un antiguo cazador y granjero bóer que conocía esa tierra como pocos, y que además, cuando estaba sobrio —incluso no demasiado borracho— era bastante buen sacamuelas y hasta un diestro cirujano de campaña.

Tom Grant y ese grupo tan particular de europeos y de feroces guerreros zulúes, en menos de una semana enfrentaron y destruyeron lo que quedaba del Imperio Monomatapa, el legendario Reino de Ofir.

Derrotaron a su ejército.

Y encontraron un verdadero tesoro en las tumbas de sus antiguos emperadores.

Todo estaba en una caverna, en la llamada Colina de los Reyes, junto a los restos de los mismos gobernantes.

Y también hallaron otra fortuna, aún más valiosa, en oro, en la cueva que estaba a continuación, que guardaba a quien alguna vez fuera la legendaria reina de Saba.

Se llevaron de esas tumbas coronas, collares, monedas y todo tipo de objetos de gran valor…

Y hasta se dieron el lujo de dejar, en esos pasadizos de roca, todo lo que había de plata y de cobre, por no poder cargar más.

Peter Ferguson, su amigo, se acercó con su caballo y le dijo:

—Nos cuesta mucho avanzar, sobre todo con los heridos que traemos con nosotros. Yo no sé qué hubiéramos hecho si todos estos bosquimanos que lucharon a nuestro lado en esta guerra, a los que liberamos de esas minas de oro, no nos ayudaban a llevar el oro, Tom…

—Es verdad. Aquí viene Kam con su hijo.

Los dos pequeños bosquimanos venían corriendo detrás del caballo de Abraham.

Kam era un san, como se llamaban a sí mismos los bosquimanos, los pigmeos del desierto.

Y como todos ellos tenía, pese a ser ya un hombre adulto, la altura de un niño de diez años.

No era de raza negra.

Su color de piel era más cercano al dorado que al marrón oscuro. Su rostro era extraño.

Tenía un aire asiático y estaba surcado, en todas las direcciones, por docenas de arrugas, pese a que Kam era un hombre de sólo treinta años.

Vestía un taparrabos de cuero oscuro.

A sus espaldas colgaban dos pequeños bolsos de piel y un arco de caza.

Llevaba una vincha en la frente con una docena de puntas de flechas envenenadas.

A su lado estaba su hijo, un muchacho muy parecido a él.

Cuando Kam se acercó a Tom, éste levantó su mano, haciendo que la caravana de jinetes y la veintena de guerreros zulúes y los fusileros nativos que venían detrás se detuvieran.

Le dijo:

—Kam, esto así no funciona. Mira, llevamos un solo día de marcha y ya tus hombres, tus san, pese a que van cargados con el oro, se nos han adelantado tanto que ya ni se los ve.

—Yo les pedí que fueran más despacio, Cazador de Elefantes. Pero muchos de ellos no ven la hora de llegar hasta el País de los Zulúes, para dejar allí el oro y volver a nuestra tierra. Recuerda que muchos estuvieron trabajando por años en las Minas de la Ciudad Perdida de Zimbabwe, y quieren ver a sus familias. Me dijeron, además, que los hombres blancos son más lentos para marchar que un ciempiés subiendo una duna en el desierto.

—Kam, será mejor que nos separemos en dos grupos. En uno irá tu gente, con uno de los zulúes de guía, hasta la frontera de Zululandia. Allí dejarán el oro en el primer cuartel del Ejército Zulú, que está a las orillas del río Umfolozi, viniendo desde el Oeste. El zulú que los acompañará le dirá al jefe de esa guarnición que él mande a sus guerreros con el oro, el resto del camino, hasta la capital, KwaBulawayo, y se lo entregue a Shaka.

—Como tú digas, Cazador de Elefantes.

Abraham le preguntó:

—Tom, ¿te parece seguro enviar el oro con los san?

—Abraham, son más de dos mil. Y están armados con sus arcos y flechas. No hay ninguna tribu que tenga un ejército organizado o numeroso desde aquí hasta Zululandia. Y cuando llegue a ese cuartel, el oro ya estará seguro. Y no tengas miedo de que se lo puedan quedar. Para ellos el oro no tiene valor alguno, y su lealtad y temor a Shaka, su rey, son absolutos. Kam y su hijo pueden permanecer con nosotros hasta mañana, así nos guían hasta salir de esta región.

Simon lo interrumpió. Le señaló la verde pradera que los rodeaba y dijo:

—Tom, Kam me dijo que éste es el famoso Valle de las Mil Rocas. Es un lugar muy extraño.

Miró la planicie en donde estaban, mientras caía el sol.

Vio unas formaciones rocosas enormes y grises, sobresaliendo de la llanura, que parecían los lomos de los elefantes cuando pastorean entre las hierbas de la sabana.

Estaban a unos cuarenta pasos de donde él se hallaba.

—¿Qué tiene de raro? Es granito, Simon.

—Baja del caballo y míralo de cerca. Así te darás cuenta de que sí es bastante raro.

—Bueno. Además podemos detenernos y hacer el campamento para pasar la noche aquí.

Tom desmontó y caminó hacia las enormes formaciones de piedra de color gris.

Eran muchas y cada una de ellas tenía unos veinte metros de altura.

Él se acercó hasta la más cercana.

Tomó del suelo un trozo de piedra similar a una baldosa rectangular.

—En algunas partes, la roca se desgaja. Como si fuera una cebolla, se va rompiendo en capas. Debe ser por la acción de la luz del sol. O vaya uno a saber la causa… Lo que no entiendo es por qué en algunas partes sí pasa eso y en otras no. Mira, Simon, los pedazos de roca son todos iguales. Parecen ladrillos.

Tenían cada uno el mismo espesor, unos quince centímetros y se desprendían en algunos sectores del macizo rocoso principal en largas franjas grises.

—No sólo parecen ladrillos, Tom. Son ladrillos. Son los que usaron quienes construyeron la ciudad de Zimbabwe. Me lo dijo Kam.

Tom abrió grandes sus ojos.

Miró a su alrededor y dijo:

—Por eso pudieron levantarla sin usar mezcla ni cemento para unirlos… Son perfectas. Ésta es entonces la cantera de dónde sacaron ese material. El único problema que tuvieron sus constructores es que distaba unos diez kilómetros de donde levantaron la ciudad. Por eso deben haber hecho las casas de la gente común de barro y de paja, nomás. Porque trasladar este material hasta allá es mucho trabajo…

—Sí. Pero así y todo, Zimbabwe era enorme. Tenía unos treinta mil pobladores. Más de los que tiene Ciudad del Cabo. Y me dijeron que hace muchos años era mucho más grande.

El viejo Smit, el afrikáner, que acababa de encender el fuego cerca de ellos, sobre la misma roca gris y lisa que allí constituía el suelo, se unió a la conversación.

Dijo:

—Sí. Hasta la Biblia, el Libro Sagrado, la mencionaba.

Smit sacó un libro grueso y viejo de un bolso de una alforja de su caballo.

Buscó algo en él con el dedo y dijo:

—Escuchen: “Fueron, con los esclavos de Salomón a Ofir y trajeron de allí 450 talentos de oro, que le dieron a Salomón. Las hijas de reyes están en tu Corte y a tu diestra está la Reina, toda de oro, de Ofir”. Esto es el Antiguo Testamento. Aquí menciona ocho veces, por lo menos, a la reina de Saba. Miren, muchachos, si no me creen.

Abraham le preguntó:

—¿Usted lee la Biblia, señor Smit?

—Por supuesto, hijo.

—No me lo imaginaba.

—Todo afrikáner lo hace. Todo afrikáner es un hombre de Dios.

Tom lo miró con detenimiento y le preguntó:

—Dígame, señor Smit, ¿qué diferencia hay entre un afri­káner y un bóer?

—Siéntate, hijo y mientras los más jóvenes y fuertes preparan el campamento, yo te lo explicaré. Eso sí, trae algo de whisky, que con la garganta seca no se puede ni empezar a hablar. Hace mucho calor en esta región…

Tom se acercó, mientras a su alrededor se comenzaban a encender varias fogatas.

Sabía que el viejo Smit había encontrado la forma de no ayudar a preparar el lugar para pasar la noche ni la comida, pero él igual quería escuchar.

Entonces oyó un estampido, luego otro, y por fin media docena de ellos.

Parecían disparos de mosquetes y a veces el sonido de un hueso al quebrarse.

Mientras el sol terminaba de caer, vio estallar y separarse los leños del fuego cerca de él.

Entonces gritó:

—¡Nos atacan, a las armas!

Y con su pistola en la mano, se arrojó, junto a los demás, boca abajo, en el suelo.

2. LAS ARMAS DE LOS AFRIKÁNERS

Tom Grant esperó, mientras seguía escuchando los estampidos, oculto entre las hierbas bajas.

—¿Ves algo, Simon?

—No. Se han espaciado los disparos. Los atacantes no deben ser muchos, Tom.

—Yo sólo veo a Kam y a su hijo, parados. Diles que se echen al suelo.

El bosquimano se acercó a Simon y le dijo algo.

—Tom, dice que las rocas no nos van a hacer nada. Que no les tengamos miedo.

—No entiendo.

—Yo sí. Mira, son las rocas las que hacen esos ruidos que parecen disparos. Este granito se parte cuando se lo calienta, como lo hacen las fogatas que encendimos. Así es como deben haber hecho los constructores de Zimbabwe cuando querían obtener esos ladrillos: encendían fuegos sobre la roca.

Tom se puso de pie y se sacó con la mano los pastos de sus ropas.

—No entiendo cómo no nos avisó antes Kam…

—Dice que nadie se lo preguntó. Su hijo trabajó en esta cantera más de dos meses.

—Bueno, dile ya que se deje de reír. Esto en ningún momento fue gracioso —agregó, volviendo a acercarse a una pequeña hoguera. Mirando a su derecha, dijo:

—Señor Smit, siéntese aquí de nuevo y cuéntenos cuál es la diferencia entre un afrikáner y un bóer.

El viejo granjero se apoyó en una roca, con su rostro iluminado por las llamas y esperó a que quienes lo rodeaban se callaran.

Luego, con ese manejo del suspenso y de los silencios que sólo tienen los narradores africanos, comenzó a hablar:

—Nosotros, los afrikáners, somos los verdaderos dueños de la Tierra, en la Colonia del Cabo. Porque donde está ahora Ciudad del Cabo, todos los barcos pasaban, es verdad. Pero a nadie se le ocurrió nunca colonizar. Sí, todos los barcos pasaban camino a la India o a otros extremos de Asia, a la misma China o Japón. Pero a lo sumo bajaban los marineros para cambiarles a los nativos algunas chucherías por animales para comer o por frutas frescas. O para usar a alguna de las muchachas, también, no se los voy a negar… O para utilizar la Piedra Postal.

—¿La Piedra Postal? —preguntó Abraham.

—Sí. Era una roca de más de medio metro de diámetro y bastante pesada. Casi siempre era negra, para que se destacara de las demás. Estaba debajo del árbol más alto de todos los que hubiera cerca de la playa. Debajo de esta piedra los tripulantes de los barcos dejaban una bolsa negra.

—¿Una bolsa negra?

—Sí. Estaba cubierta con alquitrán, para que no se mojara con la lluvia. Tenía cartas para que los del siguiente barco las llevaran hacia Europa o Asia. Y te puedo asegurar, hijo, que se respetaba. Mira, los marineros de los barcos de dos países en guerra se podrían estar cañoneando, y sus hombres matándose a sablazos, en una batalla en medio del mar. Pero al otro día esperaban su turno, anclados frente a la playa, en El Cabo, para revisar la Piedra Postal. Y ver si había algo para ellos o para el lugar a donde iban. Sí, señor. Era la Ley del Mar. Y era una ley que se respetaba.

El afrikáner interrumpió su relato, para reclamar con un gesto que tenía su jarra vacía.

Sólo cuando le fue llenada por Abraham, Smit continuó:

—Como les venía diciendo, recién alrededor de 1650 a los holandeses se les ocurrió poner una colonia. Y entonces, en El Cabo no vivía prácticamente nadie.

—¿No había negros, señor Smit?

—No. Sí estaban los khoina, un pueblo parecido a los bosquimanos, pero no eran negros.

—¿De qué color eran, entonces?

—Eran de un color entre el marrón y el amarillo. Y vivían como animales, comiendo sólo pescado y frutos del mar. Y además, eran muy pocos. Los negros o bantúes llegaron después. Vinieron desde el norte y no pasaron más allá del río Fish. Eran los xhosas. Luego llegaron más holandeses. Y también algunos franceses de la religión protestante, esos a los que llaman hugonotes, y por último ustedes, los rooineck.

—¿Los qué?

—Los ingleses. Fueron los últimos en llegar, en 1795. Les decimos rooineck, que quiere decir cuello colorado. Es por­que apenas llegaban a la Colonia nos dábamos cuenta de que venían de Inglaterra, porque por el sol de África el cuello se les ponía colorado como el traste de un mono mandril. Volviendo a lo que me preguntaste al principio, a los descendientes de holandeses se los llama de varias formas distintas. Quienes están viviendo desde hace tiempo en Ciudad del Cabo se llaman a ellos mismos “holandeses”, aunque ya no tienen, desde hace años casi nada que ver con el viejo país. Incluso, en muchos casos, hasta odian a los holandeses de Europa. Y tienen razón.

—¿Por qué, señor Smit?

—Porque ellos nos traicionaron a todos los que vivíamos aquí, cuando hace unos años le vendieron toda la Colonia del Cabo a los ingleses por unos cuantos millones de libras, y nos dejaron en sus manos. Además, los holandeses de Europa, siempre que han venido a El Cabo nos han tratado mal, como si nosotros, por vivir en una colonia y encima en África, no valiéramos gran cosa.

—Y los bóers, ¿quiénes son?

—Bóers se llama a los granjeros, muchacho.

— ¿Y trekbóers?

—O voortrekkers. Son los que viven del ganado, en las regiones del Este. No habitan en un lugar fijo. Se asientan en un sitio y al año o los dos años, cuando las pasturas ya se han agotado, porque tienen cientos y cientos de vacas y ovejas, se mudan. Viajan en sus enormes carretas. Y sus viajes, a los que en nuestra lengua les decimos treks, son tan duros, que ya a esta palabra la están empezando a usar hasta los ingleses, cuando tienen que decir que harán un viaje o una travesía difícil. Pero últimamente, todos, holandeses, bóers y trekbóers nos sentimos tan de aquí, de África, que nos llamamos directamente “afrikáners”, que quiere decir “los de África”. Sí, señor. Si somos ya tan distintos al resto del mundo que hasta tenemos nuestra propia lengua…

— ¿No hablan holandés? ¿Qué lengua propia tienen?

—El afrikáner. Dicen que ya hablamos el holandés tan deformado, que ni en Holanda nos entenderíamos si fuéramos allá. Parece ser que hablamos una mezcla de holandés con portugués, inglés, idiomas negros y hasta algo de la lengua de Malasia, en vez del holandés puro. ¿Y qué querían que hiciéramos? Si no teníamos palabras para definir algunas cosas que encontrábamos aquí… Había que inventar palabras a cada rato. O tú crees que allá en Holanda sabían cómo llamar a una jirafa o a un hipopótamo. Si jamás habían visto uno…

—Y si no pueden hablar el idioma de Holanda, ¿cómo hacen sus hijos para ir a las escuelas, a las universidades? —preguntó Abraham.

—¿Escuelas, universidades? Hijo, aquí en África del Sur, la única escuela y la única universidad que necesitan nuestros hijos es ésta —concluyó, colocando a la vista, sobre una roca, su Sagrada Biblia.

Lo hizo con tanto cuidado que Tom, para poder verla mejor, le preguntó:

—¿Puedo tomarla, señor Smit?

—Ja, jong. Sí, muchacho. Hazlo.

Tom levantó el viejo libro y comenzó a hojearlo.

Era pesado y sus hojas estaban amarillas y muy arrugadas.

—¿Qué tiene escrito en las primeras páginas, señor Smit? —preguntó.

—Todos los afrikáners, cuando nos casamos o tenemos hijos, los anotamos, a mano, en el Libro Sagrado. A este ejemplar del Antiguo Testamento lo tenemos en mi familia desde 1672. Y desde entonces, todo ha sido anotado allí.

Abraham preguntó:

—Dígame, señor Smit, ¿qué pasa con los otros conocimientos que no están en la Biblia? ¿Cómo enfrentan los peligros o las cosas que no conoce, o que no están escritos allí?

Un sonido hizo temblar el aire caliente de la noche.

—¿Qué es eso? —dijo Abraham.

—Un león. Pero debe estar lejos —dijo Tom y agregó varios leños al fuego.

El viejo Smit contestó:

—Para los peligros que no describe el Libro Sagrado es que, además, todos los afrikáners acompañamos siempre nuestras plegarias al Señor con esto, muchacho.

Colocó al lado de la Biblia su pistola y su mosquete.

Tom escuchó de nuevo el rugido del león.

Preguntó a Scott si faltaba mucho para comer y, como al descuido, tomó dos de sus pistolas y las comenzó a cargar.

Luego se puso de pie y se alejó del fuego.

Abraham le preguntó:

—¿Adónde vas?

—A ver si han armado bien la boma —contestó, refiriéndose a la cerca de espinos con que siempre de noche se rodeaban los campamentos, para defenderlos de las fieras.

Sabía que a Abraham le molestaba que él usara esas palabras africanas, que su amigo nunca entendía.

—¿La qué? —oyó que le preguntaba, mientras él se alejaba.

Tom no le contestó.

Comenzó, en cambio, a darle unas órdenes en lengua zulú a uno de los guerreros africanos que estaba cerca suyo, para que su amigo se enojara aún más.

A veces, Abraham lo cansaba.

Se acercó a una de las fogatas alrededor de las cuales estaban sentados media docena de zulúes.

Preguntó a su oficial:

—Makongo, ¿está todo listo? ¿Has preparado un buen cercado de espinos? Recién se escucharon rugidos de leones…

—Sí, Gram —contestó el zulú, usando la forma en que lo llamaban los de ese pueblo, al no poder pronunciar bien su nombre.

Agregó:

—Ni el más valiente de los leones podrá atravesarlo.

Tom miró el muro de ramas y troncos, levantando un leño encendido a modo de antorcha.

—Has hecho un buen trabajo, Makongo —dijo tras inspeccionarlo todo con aires de entendido.

—Igualmente, deja cuatro de tus hombres de guardia esta noche —agregó.

Tom no lo sabía, pero poco después de que amaneciera, una vez que Kam y su hijo hubieran partido y sus pequeñas siluetas se perdieran en el horizonte rosado de la salida del sol, esas bomas, esas defensas de cercos espinosos, serían puestas a prueba del modo más contundente.

Sería apenas horas más tarde, cuando se librara allí la más sangrienta batalla que alguna vez se viera en la región del Valle de las Mil Rocas.

3. LAS ÓRDENES DE SHAKA

“El granito abundaba en la Meseta de Zimbabwe, donde gracias a la amplia fluctuación de la temperatura entre los días calurosos y las noches gélidas, la roca se partía de modo natural en láminas de lados paralelos… Se podía acelerar encendiendo fuego en una roca para luego apagarlo rápidamente con agua fría.”

Africa Glorious Legacy, J. V. Solé

Tom Grant bebió el café caliente mientras observaba el amplio valle que se extendía ante él.

Estaba verde, muy verde, por las recientes lluvias, y ese color sólo se interrumpía allí en donde emergían las enormes rocas de granito como islas grises en un mar de hierbas.

—Buena tierra para el pastoreo de ganado —dijo Tom, con su pie izquierdo apoyado sobre una piedra.

Abraham lo miró levantando sus cejas.

Tom prosiguió.

—Y miren lo extensas que son estas praderas. La hierba crece casi hasta sobre las rocas. Y más allá, en aquel bosque…

Entonces vio que la línea verde que estaba a unos cuatrocientos metros de él, formada por los árboles que delimitaban ese valle se volvía más y más oscura.

Tom dijo:

—Miren, ¿qué es eso?

Entonces comenzaron a sonar los tambores.

Tom observó con su catalejo y entonces pudo distinguir la gran cantidad de soldados negros y a la figura corpulenta, de cabellos largos, que avanzaba por delante de todos.

—¡Son guerreros! Son unos quinientos, por lo menos. ¡A las armas, todos! ¡Pónganse los chalecos de cuero! —gritó.

Se refería a las cubiertas que, a modo de armaduras, co­menzaran a usar unos pocos meses atrás y que él mismo diseñara, en Ciudad del Cabo.

Makongo, el general zulú que estaba junto a Tom, miró usando su mano a modo de visera, apoyada en su frente, y dijo:

—Son soldados de la ciudad de Zimbabwe, nkosi. Deben ser de algún regimiento que no estaba allí hace unos días, cuando destruimos a su ejército. Mira quién es la que marcha al frente.

—¿Quién es, Makongo?

—La que los conduce es la mujer que acompañaba a la Hechicera Principal, a la que mandaste enterrar en la mina de Zimbabwe. Desde aquí la distingo bien.

—Sí, ahora la veo, también yo, Makongo. Recuerdo a la Hechicera Principal de Zimbabwe. Era la que se encargaba de torturar y de sacrificar, a sus dioses, a los niños bosquimanos que tenían trabajando de esclavos en los yacimientos de oro.

—Ésta también es una hechicera, nkosi. Debe haber asumido el cargo de su hermana.

Tom sacudió su cabeza de un lado a otro y dijo:

—Ya ves, Makongo. No se puede ser bueno con nadie.

El general zulú entrecerró sus ojos y le dijo:

—Nkosi, tan bueno no fuiste con los del Imperio Monomatapa. En cinco días les destruiste su Fortaleza y su Palacio Real y les prendiste fuego a toda su ciudad. Y a su más importante isangoma, a su Hechicera Principal, la mandaste a enterrar viva…

—Es cierto —agregó Abraham.

Tom no les contestó.

Ya en ese grupo no se podía tener una conversación en serio con nadie…

Prefirió ocuparse del combate por venir.

Ordenó:

—Makongo, que refuercen ese cerco espinoso por adelante, que es por donde están atacando. Peter, haz bajar los dos cañones que trajimos en esos dos caballos y hazte cargo de ellos, junto con Scott.

Los guerreros de Zimbabwe avanzaron armados de mazas de combate, con sus pequeños escudos redondos de metal.

Cuando estuvieron a unos doscientos metros de él, Tom Grant ordenó:

—Cañones uno y dos, ¡fuego!

Las balas cayeron en medio de la masa de soldados negros, levantando surtidores de tierra y a algunos hombres por el aire.

Eran las llamadas balas rasas, simples esferas de hierro sólido, destinadas a impactar a gran distancia y con bastante precisión.

El avance de los soldados africanos vaciló, pero no se detuvo.

Tom hizo formar a sus compañeros y a los seis fusileros a los costados de las piezas de artillería.

Les ordenó:

—¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!

Una nube de humo gris y un gran estruendo los envolvió.

Tom sabía que un mosquete Brown Bess como el que ellos usaban, a ciento cincuenta metros de distancia, donde los guerreros africanos atacantes estaban, perdía toda precisión.

Pero allí no se precisaba puntería.

Eran tantos los atacantes, que casi todas las balas encontraron el cuerpo de un soldado de Zimbabwe.

—¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego! —volvió a ordenar.

Luego de cuatro de estas descargas, Tom dijo:

—Carga los cañones con metralla, Peter.

Entonces ordenó:

—Cañones uno y dos, ¡fuego!

Las dos piezas de artillería dispararon a la vez.

Eran cañones de los llamados de carronada, pequeños y feos, de no más de un metro de largo.

Estaban montados sobre una base de madera del mismo tamaño.

Cada proyectil o bala de metralla tenía en su interior una gran cantidad de pequeñas esferas de metal.

Estaban envueltas en una bolsa de lona y se desplegaron apenas salieron de las bocas de los cañones.

Se habían fabricado para tener un alcance de hasta mil metros.

No llegaron a recorrer esa distancia.

Impactaron de lleno en los cuerpos de los guerreros que atacaban, a pocos pasos de la boca de los cañones.

Fue como si la espada de un gigante los hubiera golpeado, en forma paralela al suelo.

Los pequeños proyectiles penetraron en la piel negra a la altura de sus vientres.

Atravesaron músculos, grasa y hueso y muchos se detuvieron en el laberinto viscoso de los intestinos.

Otras cortaron por la mitad la médula espinal, tras desviarse al golpear contra las blancas vértebras lumbares.

Algunas esferas de hierro traspasaron a un guerrero, llegando a herir al que venía detrás.

La carga de los soldados de Zimbabwe se detuvo.

—Los destrozamos… —dijo Tom, observando a los atacantes caídos.

Cuando la segunda salva de balas de metralla cayó sobre los heridos y los que los rodeaban, muchos comenzaron a retroceder.

Cuando la tercera le

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