Índice
El laberinto azul
Agradecimientos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Epílogo
Biografía
Créditos
Douglas Preston y Lincoln Child son coautores de más de diecisiete novelas aunque también escriben por separado. Lincoln Child es un apasionado de las motos, los loros exóticos y la literatura inglesa decimonónica. Douglas Preston, en cambio, prefiere los caballos, el buceo, el esquí y la exploración de la costa de Maine en un barco de pesca.
Ambos autores invitan a sus lectores a visitar su página web:
www.prestonchild.com.
Título original: Blue Labyrinth
Edición en formato digital: noviembre de 2015
© 2014, Splendide Mendax, Inc. y Lincoln Child
Edición publicada por acuerdo con Grand Central Publishing, New York, Estados Unidos.
Todos los derechos reservados.
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2015, Jofre Homedes Beutnagel, por la traducción
Adaptación del diseño original de portada de Giovanna Ferraris / theworldofdot. Rizzoli
Fotografía de portada: © Keith Skelton Photo / 500PRIME
Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright. El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-01-01716-2
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
www.megustaleer.com



Traducción de
Jofre Homedes Beutnagel

www.megustaleerebooks.com
Lincoln Child dedica este libro
a su hija, Veronica
Douglas Preston dedica este libro
a Elizabeth Berry y Andrew Sebastian
Agradecimientos
Queremos agradecer a las siguientes personas el apoyo y la ayuda que nos han prestado en todo momento: Mitch Hoffman, Lindsey Rose, Jamie Raab, Kallie Shimek, Eric Simonoff, Claudia Rülke y Nadine Waddell. Gracias también al doctor Edmund Kwan por su asesoramiento.
1
La majestuosa mansión de estilo Beaux-Arts de Riverside Drive, entre las calles Ciento treinta y siete y Ciento treinta y ocho, a pesar de estar muy cuidada y en perfecto estado de conservación, parecía deshabitada. En aquella tarde tormentosa de junio no se recortaban siluetas en el mirador que daba al río Hudson, ni se filtraban resplandores amarillos en las galerías; la única luz visible era la de la entrada principal, que iluminaba la vía de acceso bajo el pórtico.
Las apariencias, sin embargo, pueden ser engañosas, y en ocasiones estaban hechas a propósito. En el número 891 de Riverside Drive tenía en realidad su domicilio el agente especial del FBI Aloysius Pendergast, un hombre cuyo más preciado bien era la intimidad.
Pendergast estaba sentado en un sillón orejero de piel, en la elegante biblioteca de la mansión. Aunque hubiera empezado el verano, la noche era fría y borrascosa, y en la chimenea ardía un pequeño fuego. El agente hojeaba un ejemplar del Manyoshu, una antigua y famosa antología de la lírica japonesa que databa del año 750. En la mesa más cercana había un pequeño tetsubin, o tetera de hierro colado, y una taza de porcelana con té verde hasta la mitad. Nada entorpecía la concentración de Pendergast. Solo se oía, muy de vez en cuando, el chisporroteo de las brasas al moverse y el rumor de los truenos al otro lado de las persianas cerradas.
Llegó del vestíbulo un eco de pasos y, enmarcada en la puerta de la biblioteca, apareció Constance Greene con un sencillo vestido de noche. Sus ojos de color violeta y su media melena negra, con un corte clásico, resaltaban la palidez de su piel. Llevaba un puñado de cartas en la mano.
—El correo —dijo.
Pendergast inclinó la cabeza y dejó el libro.
Constance tomó asiento a su lado y reparó en que, desde el regreso de la llamada «aventura en Colorado», Pendergast empezaba a ser por fin el de antes. Desde los terribles acontecimientos del año anterior, el estado de ánimo del agente había sido para Constance una fuente de inquietud.
Empezó a clasificar las cartas apartando las que carecían de interés. A Pendergast no le gustaba dedicarse a las labores cotidianas. Para las facturas, y para la gestión de una parte de sus ingresos (inusitadamente sustanciosos), recurría a un viejo y discreto bufete de Nueva Orleans, del mismo modo que confiaba la administración de sus inversiones, fideicomisos y bienes inmobiliarios a un banco neoyorquino tan vetusto como el bufete. Para el correo usaba un apartado de correos; Proctor, su chófer, guardaespaldas y factótum, lo recogía cada cierto tiempo. En ese momento Proctor se disponía a visitar a unos parientes en Alsacia, y por eso Constance se había ocupado de las tareas epistolares.
—Aquí hay una nota de Corrie Swanson.
—Ábrela, por favor.
—Adjunta una fotocopia de una carta de John Jay. Su tesis ha ganado el Premio Rosewell.
—Así es. Estuve presente en la ceremonia.
—Seguro que Corrie se alegró.
—Pocas veces ocurre que una ceremonia de entrega de títulos brinde algo más que una ristra soporífera de banalidades y mentiras al cansino compás de Pompa y circunstancia. —Pendergast bebió un poco de té mientras lo recordaba—. Pero en este caso fue diferente.
Constance siguió clasificando el correo.
—Y aquí hay una carta de Vincent D’Agosta y Laura Hayward.
Con un gesto de la cabeza, el agente le indicó que la leyese.
—Te agradecen el regalo de bodas y reiteran su gratitud por la cena.
Pendergast inclinó la cabeza mientras Constance dejaba la carta a un lado. El mes anterior, en vísperas de la boda de D’Agosta, Pendergast había agasajado a la pareja con una cena íntima; él mismo había preparado los platos, maridados con vinos excepcionales de su bodega, gesto que había convencido a Constance, más que cualquier otro hecho, de que el agente se había recuperado de su reciente trauma emocional.
Tras leer algunas cartas más, Constance apartó las que resultaban de interés y arrojó el resto a la chimenea.
—¿Cómo va el proyecto, Constance? —preguntó el agente al tiempo que se servía otra taza de té.
—Muy bien. Ayer mismo recibí un paquete de Francia, del Bureau Ancestre du Dijon. Ahora estoy intentando relacionar la información que tengo con la que ya había recopilado en Venecia y Luisiana. Cuando tengas tiempo, me gustaría hacerte unas preguntas sobre Augustus Robespierre St. Cyr Pendergast.
—Casi todo lo que sé procede de la historia familiar transmitida oralmente: anécdotas descabelladas, leyendas y algunos relatos de terror susurrados en voz baja. Estaré encantado de contarte la mayoría de ellos.
—¿La mayoría? Tenía la esperanza de que me los contases todos.
—Por desgracia, en el armario familiar de los Pendergast hay esqueletos, tanto en el sentido figurado como literal, que ni siquiera a ti te puedo revelar.
Constance suspiró, se levantó y, mientras Pendergast retomaba sus lecturas poéticas, salió al vestíbulo, que estaba bordeado por vitrinas llenas de curiosidades. Después cruzó una puerta y accedió a un espacio alargado y poco iluminado, cuyo revestimiento de roble se había oscurecido con el tiempo. Lo dominaba una mesa de madera de refectorio casi tan larga como la propia estancia; en uno de sus extremos, el tablero estaba cubierta de periódicos, cartas viejas, páginas censales, fotografías y grabados amarillentos, transcripciones judiciales, memorias, microfichas de revistas y otros documentos, todos ordenados en pilas. A estos archivos se sumaba un ordenador portátil cuya pantalla arrojaba una luz incongruente en la penumbra de la sala. Hacía ya unos meses que Constance había emprendido la tarea de elaborar un árbol genealógico de la familia Pendergast, tanto para satisfacer su propia curiosidad como para ayudar al agente del FBI a salir de su ensimismamiento. Era una labor de una complejidad inverosímil, a la vez exasperante y de una fascinación inagotable.
En la otra punta de la larga sala, más allá de un arco, se encontraba el vestíbulo por el que se accedía a la puerta principal de la mansión. Justo cuando Constance se disponía a tomar asiento ante la mesa, sonó un fuerte golpe.
Se quedó en suspenso, ceñuda. Rara vez llegaban visitas al número 891 de Riverside Drive y jamás sin previo aviso.
Pum. Había sido el eco de otro golpe acompañado esta vez por el grave retumbar de un trueno.
Se alisó el vestido y recorrió la sala más allá del arco, hasta llegar al vestíbulo. La puerta principal era maciza, sin ojo de pez en la mirilla. Vaciló un momento, pero, como no se oían más golpes, abrió ambas cerraduras, la de arriba y la de abajo, y tiró despacio.
La luz de la puerta cochera recortaba la silueta de un hombre joven, con el pelo rubio mojado y pegado a la cabeza. Sus facciones, salpicadas por la lluvia, eran muy refinadas, bastante nórdicas, con la frente alta y los labios perfilados. Llevaba un traje de lino empapado que se le adhería al cuerpo.
Y estaba atado con varias sogas.
Constance, boquiabierta, empezó a tender los brazos hacia él pero los ojos saltones del joven se mantuvieron fijos, sin parpadear, ajenos a su gesto.
Por unos instantes él se quedó de pie, balanceándose un poco a la luz de los relámpagos. A partir de un momento empezó a inclinarse como un árbol, cada vez más deprisa, hasta que se estampó de bruces contra la entrada.
Constance gritó y dio un paso atrás. Pendergast, que acababa de llegar corriendo, seguido de Proctor, la apartó y se arrodilló inmediatamente junto al joven. Agarró su cuerpo por el hombro y lo giró; le retiró el pelo de los ojos y buscó el pulso, inexistente a todas luces bajo la fría carne del cuello.
—Está muerto —dijo en voz baja, con una compostura anómala.
—Dios mío —exclamó Constance con una voz rota—. Es tu hijo, Tristram.
—No —dijo Pendergast—, es Alban, su hermano gemelo.
Se quedó unos instantes más arrodillado junto al cuerpo, hasta que dio un salto y con celeridad felina desapareció en medio del temporal.
2
Pendergast corrió hasta Riverside Drive y miró a ambos lados de la ancha avenida. Había empezado a diluviar. El tráfico era escaso, y no se veían peatones. Se fijó en el coche más cercano, a unas tres manzanas al sur: un Lincoln Town Car negro, último modelo, como muchos de los que se veían en las calles de Manhattan. La luz de la matrícula, del estado de Nueva York, estaba apagada, cosa que impedía distinguir el número de registro.
Corrió hacia el coche.
En vez de acelerar, el Lincoln avanzó tranquilamente y aumentó la distancia que los separaba tras cruzar varios semáforos en verde. En un momento dado se topó primero con una luz en ámbar y más adelante en rojo, pero el turismo, en vez de frenar, se saltó ambos semáforos sin reducir en absoluto la velocidad.
Pendergast sacó su móvil y marcó al mismo tiempo que corría.
—Proctor, trae el coche. Voy hacia el sur por Riverside.
Ahora solo se veían las luces traseras del Lincoln, tenues y borrosas bajo el chaparrón, e incluso estas desaparecieron finalmente tras la suave curva de Riverside con la calle Ciento veintiséis.
Pendergast corría con todas sus fuerzas, levantando los faldones de su americana negra, con el rostro acribillado por la lluvia. Después de unas manzanas volvió a ver el Lincoln detenido en un semáforo, detrás de otros dos coches. También esta vez sacó el teléfono y marcó un número.
—Comisaría del distrito 26 —contestaron—. Aquí el agente Powell.
—Soy el agente especial Pendergast, del FBI. Estoy siguiendo un Lincoln negro con matrícula de Nueva York sin identificar. Se dirige al sur por Riverside a la altura de la calle Ciento veinticuatro. El conductor es sospechoso de homicidio. Necesito ayuda para detener el vehículo.
—Diez cuatro —dijo el de la centralita. Unos segundos después añadió—: En esa zona tenemos una unidad a dos manzanas. Manténganos informados sobre la localización.
—También necesitaré apoyo aéreo —comentó Pendergast, que seguía corriendo sin descanso.
—Señor, si el conductor es solo un sospechoso…
—Se trata de un objetivo prioritario para el FBI —aseguró Pendergast—. Repito: objetivo prioritario.
Hubo una breve pausa.
—Haremos despegar a algún helicóptero.
Justo cuando Pendergast se guardaba el teléfono, el Lincoln esquivó los coches que esperaban ante el semáforo en rojo. Después subió al bordillo, cruzó la acera, atravesó a toda prisa —levantando barro— unos macizos de flores en Riverside Park y se metió en dirección contraria por la salida de la autopista Henry Hudson.
Pendergast volvió a llamar a la comisaría y actualizó la ubicación del coche. Después de otra llamada a Proctor, cruzó el parque, saltó una valla baja y corrió por entre varios macizos de tulipas sin apartar la vista de las luces traseras del coche. El Lincoln bajaba a gran velocidad, con un chirrido de neumáticos que llegó hasta los oídos del agente.
Saltó por encima del murito de piedra al final del camino y, en un intento de interceptar el vehículo, se deslizó cuesta abajo por el terraplén, desparramando basura y trozos de cristal. Dio algunas vueltas por el suelo y se levantó. Sin aliento, empapado por la lluvia, con la camisa blanca pegada al pecho, vio que el Lincoln efectuaba un giro de ciento ochenta grados y se lanzaba hacia él. Cuando quiso sacar la Les Baer, sus dedos se encontraron con una funda vacía. Miró deprisa el terraplén oscuro. Justo entonces se proyectó una luz a su lado, que le obligó a tirarse al suelo. Después de que pasara el coche, se levantó y siguió con la mirada como se incorporaba al tráfico.
Enseguida se acercó un Rolls-Royce, que frenó rápidamente en el bordillo. Pendergast abrió la puerta trasera y subió sin perder ni un segundo.
—Sigue al Lincoln —le dijo a Proctor mientras se abrochaba el cinturón.
El Rolls aceleró sin sobresaltos. Pendergast oía a sus espaldas un lejano ruido de sirenas, pero la policía estaba demasiado rezagada y sin duda se vería entorpecida por el tráfico. Sacó una radio de un compartimento lateral. La persecución se aceleró a medida que el Lincoln cambiaba de carril y adelantaba a los coches a más de ciento sesenta kilómetros por hora. Habían entrado en una zona en obras, con barreras de cemento en los arcenes.
Por la radio se oían muchas voces, pero los que estaban más cerca del objetivo eran ellos; en cuanto al helicóptero, brillaba por su ausencia.
De repente brotaron unos fogonazos entre los coches que estaban delante, seguidos de inmediato por detonaciones.
—¡Están disparando! —dijo Pendergast por el canal abierto.
Enseguida comprendió lo que pasaba. Los coches se apartaron bruscamente hacia ambos lados, en una reacción de pánico originada por los nuevos destellos de las balas. A continuación se oyó el ruido de varios automóviles que chocaban a gran velocidad, y la carretera no tardó en llenarse de humeantes jirones de metal. En un alarde de pericia, Proctor pisó el freno del Rolls y forzó un derrape lateral cuyo objetivo era esquivar la concatenación de choques. El Rolls colisionó con una barrera de cemento y, después de rebotar hacia el carril, fue golpeado por detrás por un conductor que se sumó al impacto múltiple de vehículos con un ruido ensordecedor de metal. Pendergast fue arrojado hacia delante, pero le retuvo con fuerza el cinturón de seguridad, que le hizo chocar con el respaldo del asiento. Algo aturdido, oyó un siseo de vapor, voces, gritos, frenazos y nuevos impactos de coches que seguían estampándose unos contra otros en medio de un crescendo de sirenas y de un batir, por fin, de palas de helicóptero.
Tras quitarse de encima una capa de cristales rotos, hizo un esfuerzo de concentración y se desabrochó el cinturón para inclinarse hacia Proctor y examinarle.
Estaba inconsciente y tenía sangre en la cabeza. Buscó a tientas la radio para pedir ayuda, pero justo en ese momento se abrieron las puertas e irrumpió el personal sanitario.
—Quítenme las manos de encima —dijo Pendergast—. Céntrense en él.
Se soltó y salió del vehículo; cayeron más trozos de cristal al suelo. Bajo la fuerte lluvia, la mirada del agente se clavó en la impenetrable masa de coches y en el mar de luces intermitentes, a la vez que llegaban a sus oídos los gritos de los paramédicos y la policía, y el golpeteo del helicóptero que sobrevolaba inútilmente la escena.
Ya hacía tiempo que había desaparecido el Lincoln.
3
Licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Brown y antiguo activista por el medio ambiente, el teniente Peter Angler no respondía a los tópicos del policía neoyorquino, pero sí compartía ciertos rasgos con sus compañeros: le gustaba que sus casos se resolvieran con limpieza y rapidez, y ver entre barrotes a los delincuentes. La determinación que le había impulsado a traducir la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides en 1992, durante su último año de universidad, y la acción de clavar unos clavos a unas antiguas secuoyas para disuadir a quienes pretendían talarlas con sus motosierras, explicaba también su ascenso a teniente y jefe de brigada con solo treinta y seis años. Organizaba sus investigaciones a modo de campañas militares y hacía lo posible para que los detectives bajo sus órdenes cumplieran con su labor de forma exhaustiva y precisa. Los resultados obtenidos con tal estrategia constituían para él una fuente de orgullo duradero.
Justamente por eso le daba tan mala espina la investigación que tenía entre manos.
De todos modos había que reconocer que aún no habían pasado veinticuatro horas y que no se podía culpar a su brigada de la falta de progresos. Las ordenanzas habían sido cumplidas al pie de la letra. Los primeros en llegar habían precintado el lugar de los hechos y, después de tomar declaración a los testigos, los habían retenido hasta la llegada de los técnicos, los cuales, a su vez, lo habían peinado todo escrupulosamente en busca de pruebas. La colaboración con la policía científica, los expertos en huellas dactilares, los fotógrafos y el médico forense había sido irreprochable.
La insatisfacción de Angler no se debía a nada de eso, sino a la singularidad del crimen en sí y, de forma irónica, al carácter del padre del difunto, un agente especial del FBI. La declaración de este, que Angler había leído transcrita, destacaba por su brevedad y por la falta de datos útiles. No es que el agente pusiera trabas a los de criminalística, pero sorprendía que se mostrase tan poco dispuesto a abrir las puertas de su domicilio más allá de la zona precintada, hasta el punto de que le había negado el uso del baño a un policía. Aunque el propio FBI no participaba oficialmente en la investigación, en caso de que el superagente hubiera deseado conocer la documentación del caso, Angler no habría dudado en facilitársela, pero este no la había pedido. Casi parecía que el tal Pendergast no quisiera que pillasen al asesino de su hijo. Pero claro que eso era imposible.
De ahí que hubiera decidido hablar personalmente con él, dentro de… Miró su reloj: un minuto exacto.
Transcurrido ese minuto, ni un segundo más, hicieron pasar al agente Pendergast a su despacho. Le traía el sargento Loomis Slade, ayudante de campo, asistente personal y a menudo consejero de Angler. El ojo avezado del teniente captó los principales rasgos de su visitante: alto, delgado, de un rubio casi blanco y con los ojos azul claro. La ascética estampa se completaba con un traje negro y una corbata oscura con un severo estampado. No encajaba con el estereotipo del agente del FBI. Claro que, teniendo en cuenta dónde vivía (en un apartamento del Dakota y en un verdadero caserón en Riverside Drive, donde habían dejado el cadáver), tampoco era, pensó Angler, como para sorprenderse… Tras ofrecerle asiento, se sentó de nuevo al otro lado de la mesa. El sargento Slade lo hizo en un rincón, detrás de Pendergast.
—Agente Pendergast —dijo Angler—, gracias por venir.
El hombre del traje negro inclinó la cabeza.
—Antes que nada, me gustaría darle el pésame.
El hombre no contestó. De hecho, no se le veía exactamente desolado. En realidad, no delataba la menor emoción. Su cara era un libro cerrado.
El despacho de Angler no se parecía mucho a los de la mayoría de los tenientes de la policía de Nueva York. Había expedientes, por supuesto, y montañas de informes, pero en las paredes, en vez de medallas y fotos con los altos mandos, colgaba una docena de mapas antiguos enmarcados. Angler era un ávido coleccionista de cartografía. Normalmente lo que primero llamaba la atención de quien entraba en el despacho era la página del Atlas francés de Leclerc, de 1631; o la lámina 58 del Atlas de Britannia de Ogilby, que representaba el camino de Bristol a Exeter; o bien el gran orgullo de Angler, un fragmento amarillento y quebradizo de una copia de la Tabula Peutingeriana de Abraham Ortelius. En cambio, Pendergast no dedicó ni una mirada a la colección.
—Si no le importa, me gustaría ahondar un poco en su declaración inicial. Le diré antes que nada que me veo en la obligación de hacerle unas cuantas preguntas incómodas, por las que me disculpo de antemano. Dada su experiencia en las fuerzas del orden, no dudo que lo comprenderá.
—Naturalmente —contestó el agente con un dulce acento sureño que, sin embargo, escondía un deje duro y metálico.
—Este crimen presenta una serie de aspectos que me desconciertan, con franqueza. Según su declaración y la de su… —Echó una rápida mirada al informe de la mesa—. Su pupila, la señorita Greene, anoche, sobre las 9.20, llamaron a la puerta de su domicilio y, cuando acudió la señorita Greene, se encontró en el umbral a su hijo atado con gruesas cuerdas. Tras comprobar que estaba muerto, usted salió a la calle y empezó a perseguir a un Lincoln negro por Riverside Drive en dirección sur, al mismo tiempo que llamaba a la comisaría del distrito. ¿Correcto?
El agente Pendergast asintió.
—¿Qué le hizo pensar, al menos al principio, que a bordo de aquel coche iba el asesino?
—Era el único vehículo en movimiento. No se veían transeúntes.
—¿No se le ocurrió pensar que el culpable podía haberse escondido en la finca y escapado por alguna otra vía?
—El automóvil se saltó varios semáforos, subió a la acera, atravesó unos macizos de flores, entró a la autopista en dirección contraria y efectuó un giro ilegal de ciento ochenta grados. Mostró, por decirlo de otro modo, indicios bastante convincentes de querer escapar de una persecución.
El laconismo algo irónico de sus palabras irritó a Angler. Pendergast continuó:
—¿Podría decirme, si es tan amable, por qué se demoró tanto el helicóptero?
La irritación de Angler seguía creciendo.
—No lo hizo. Llegó cinco minutos después de la llamada, lo cual está bastante bien.
—Pero no lo suficiente.
El tono de Angler adquirió una dureza involuntaria, fruto de su deseo de retomar el control de la entrevista.
—Volvamos a hablar del crimen. Pese a haber peinado las inmediaciones, mi brigada no ha encontrado testigos, aparte de los que vieron el Lincoln en la West Side Highway. El organismo de su hijo no presentaba señales de violencia, drogas o alcohol. Murió por una fractura de cuello aproximadamente cinco horas antes de que ustedes le encontrasen. Al menos es la valoración preliminar, antes de la autopsia. Según su propio testimonio, la señorita Greene tardó unos quince segundos en abrir la puerta. Tenemos, pues, a uno o varios asesinos que acabaron con la vida de su hijo, le ataron (no necesariamente en ese orden), le apoyaron en la puerta de la casa en estado de rigor mortis, llamaron al timbre, volvieron al Lincoln y consiguieron alejarse varias manzanas antes de que usted pudiera salir en su persecución. ¿Cómo pudo, o pudieron, ser tan rápidos?
—Fue un crimen planificado y ejecutado de forma impecable.
—Bueno, no se lo discuto, pero ¿no existe también la posibilidad de que usted, en estado de shock (muy comprensible, dadas las circunstancias), no reaccionase tan deprisa como lo indica en su declaración?
—No.
La escueta respuesta dejó pensativo a Angler, que, tras lanzar una mirada al sargento Slade, silencioso cual Buda, como de costumbre, volvió a fijarse en Pendergast.
—Además, debemos tener en cuenta el… dramatismo del asesinato en sí. Atar a su hijo con cuerdas, dejárselo en la puerta… En algunos aspectos parece un crimen de la mafia, lo cual me lleva de nuevo, y vuelvo a pedirle disculpas, a una pregunta indiscreta e incluso ofensiva: ¿participaba su hijo en alguna actividad mafiosa?
El agente Pendergast sostuvo la mirada de Angler con la misma expresión neutra e imperturbable que había mostrado hasta entonces.
—No tengo la menor idea de los asuntos en los que participaba mi hijo. Como ya he indicado en mi declaración, no teníamos una relación cercana.
Angler pasó una página del informe.
—Tanto los de criminalística como los detectives de mi brigada examinaron con sumo cuidado el lugar del crimen, y lo que más llamaba la atención era la falta de pruebas. No había huellas dactilares enteras o parciales, salvo las de su hijo; y tampoco había cabellos o fibras, con la excepción, también en este caso, de los de la víctima. La ropa que llevaba era nueva y bastante convencional. Por si fuera poco, el cuerpo del difunto estaba lavado y vestido a conciencia. No encontramos casquillos de bala en la carretera. Los disparos debieron de hacerse desde dentro del coche. Los culpables, en resumen, conocían las técnicas de la policía científica y tuvieron un cuidado especial en no dejar ninguna pista. Sabían muy bien lo que hacían. Tengo curiosidad, agente Pendergast. Usted, como profesional, ¿cómo lo explicaría?
—Me limitaría a repetir, una vez más, que se trata de un crimen meticulosamente planificado.
—El hecho de que dejasen el cadáver en la puerta de su casa parece remitir a algún tipo de mensaje por parte de los asesinos. ¿Tiene usted alguna idea de cuál podría ser?
—No estoy dispuesto a hacer ninguna conjetura.
«Ninguna conjetura.» Angler sometió al agente Pendergast a una mirada más inquisitiva. Había hablado con infinidad de padres destrozados por la muerte de un hijo y, por lo general, se encontraban en estado de shock y aturdimiento. A menudo contestaban las preguntas del teniente de forma entrecortada, desorganizada e incompleta, mientras que a Pendergast se le veía en plena posesión de sus facultades. Era como si no quisiera o no le interesara colaborar.
—Hablemos de la… misteriosa filiación entre ustedes —dijo Angler—. La única prueba de que la víctima es su hijo es que usted así lo ha declarado. Esta información no figura en ninguna de las bases de datos policiales que hemos consultado: ni en el CODIS, ni en el IAFIS, ni en el NCIC. El joven que ha fallecido carece de partida de nacimiento, permiso de conducción, número de la Seguridad Social, pasaporte, expediente educativo o visado de entrada en el país. Tampoco llevaba nada en los bolsillos. Por lo que hemos averiguado, y en espera del cotejo de su ADN con nuestra base de datos, parece, en resumidas cuentas, que su hijo nunca haya existido. Usted, en su declaración, afirma que nació en Brasil y no era ciudadano estadounidense, pero tampoco es brasileño y no hay ningún registro suyo en ese país. La localidad en la que indica usted que transcurrió su infancia parece que no existe, al menos oficialmente. No se tiene constancia de que saliera de Brasil o entrase en Estados Unidos. ¿Cómo explica usted todo esto?
El agente Pendergast cruzó una pierna sobre la otra.
—No puedo responder a su pregunta. Como ya mencioné en mi testimonio, no tuve conocimiento de la existencia de mi hijo, ni siquiera del hecho de tener descendencia, hasta hace unos dieciocho meses.
—¿Le vio entonces?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la selva brasileña.
—¿Y desde entonces?
—No volví a verle ni me comuniqué con él.
—¿Por qué no? ¿Por qué no le buscó?
—Ya se lo he dicho: no tenemos…, no teníamos ninguna relación.
—¿Por qué motivo?
—Nuestras personalidades eran incompatibles.
—¿Puede decirme algo sobre la personalidad de su hijo?
—Apenas le conocía. Disfrutaba con juegos malévolos y era un experto en la burla y la mortificación.
Angler respiró profundamente. Tanta imprecisión le estaba poniendo de los nervios.
—¿Y su madre?
—Verá usted en mi declaración que falleció poco después de dar a luz, en África.
—Ah, sí, el accidente de caza. —También era un poco raro, pero Angler no podía tratar con dos situaciones absurdas a la vez—. ¿Es posible que su hijo se hubiera metido en problemas?
—No tengo la menor duda.
—¿Problemas de qué tipo?
—Lo ignoro. Estaba bien capacitado para salir indemne de cualquier dificultad.
—¿Cómo puede saber que tenía problemas si desconoce en qué andaba metido?
—Porque tenía tendencias criminales muy acentuadas.
Se limitaban a dar vueltas y vueltas a lo mismo. Angler tuvo la clara sensación de que a Pendergast no solo no le interesaba ayudar a la policía a encontrar al asesino de su hijo, sino que probablemente se guardaba información. Pero ¿por qué? Ni siquiera existía la certeza de que el cadáver fuera de un hijo suyo. El parecido era considerable, sí, pero no le había identificado nadie, salvo el propio Pendergast. Sería interesante comprobar si el ADN de la víctima figuraba en la base de datos policial. Por otra parte, lo más fácil era cotejarlo con el de Pendergast, que ya estaba registrado, por su condición de agente del FBI.
—Agente Pendergast —dijo Angler con frialdad—, tengo que volver a preguntárselo: ¿tiene alguna idea, sospecha o indicio de quién mató a su hijo? ¿Algún tipo de información sobre las circunstancias que pudieron desembocar en su muerte? ¿Alguna pista de por qué depositaron el cadáver en la puerta de su casa?
—No puedo desarrollar más ningún punto de mi testimonio.
Angler deslizó el informe sobre la mesa. Solo era el primer asalto. De ninguna manera había acabado con aquel individuo.
—No sé qué es más raro, los pormenores del asesinato, su falta de reacción o que no exista un solo dato acerca de su hijo.
La expresión de Pendergast se mantuvo completamente neutra.
—«¡Oh, espléndido mundo nuevo —dijo— que tales gentes produce!»
—«Nuevo, en efecto, es para ti» —replicó Angler.
Al oírlo, Pendergast mostró las primeras señales de interés de toda la conversación; sus ojos se abrieron un poco, y hubo algo parecido a la curiosidad en su forma de mirar al teniente.
Angler se inclinó y puso los codos en la mesa.
—Creo que de momento hemos terminado, agente Pendergast. Si me lo permite, añadiré solo una cosa: tal vez usted no quiera que se resuelva el caso, pero se resolverá, y seré yo quien lo haga. Iré hasta donde sea necesario, incluido, si es necesario, el «umbral» de cierto agente del FBI que no colabora. ¿Me explico?
—No espero menos de usted.
Pendergast se levantó y, tras saludar a Slade con la cabeza mientras abría la puerta, salió del despacho sin articular una palabra más.
De regreso en la mansión de Riverside Drive, Pendergast cruzó con ímpetu el recibidor y entró en la biblioteca, donde se acercó a una de las altas estanterías, llenas de tomos encuadernados en piel. Enseguida retiró un panel de madera, tras el que se ocultaba un ordenador portátil. Un rápido tecleo, en el que introducía contraseñas cuando era necesario, le permitió acceder a los servidores de la policía de Nueva York y después a los casos de homicidio abiertos. Su siguiente destino, tras introducir una serie de números de referencia, fue la base de datos de ADN, en la que encontró rápidamente los resultados de las muestras del supuesto Asesino de los Hoteles, aquel criminal que un año y medio atrás había escandalizado a la ciudad con sus brutales asesinatos en hoteles de lujo de Manhattan.
Pese a haber ingresado como usuario autorizado, la base, bloqueada, no permitía cambios ni eliminaciones.
Contempló un momento la pantalla. Después sacó su móvil del bolsillo y marcó un número de River Pointe, Ohio. Contestaron a la segunda señal:
—Vaya —dijo una voz tenue y sin resuello—, pero si es mi agente secreto favorito.
—Hola, Mime —respondió Pendergast.
—¿En qué puedo ayudarle hoy?
—Necesito que desaparezcan una serie de entradas de una base de datos de la policía de Nueva York. Con discreción y sin dejar rastro.
—Siempre estoy encantado de hacer todo lo posible para minarles la moral a nuestros chicos de azul. Dígame una cosa: ¿tiene algo que ver con…? ¿Cómo se llamaba? La operación Wildfire.
Pendergast guardó silencio y después contestó:
—En efecto, pero no me haga más preguntas, Mime, por favor.
—No se me puede reprochar que sienta curiosidad. En fin, da igual. ¿Tiene los números de referencia necesarios?
—Avíseme cuando esté preparado y se los facilitaré.
—Ya lo estoy.
Pendergast empezó a recitar los números despacio y claramente, con la vista en la pantalla y los dedos en el panel táctil del portátil.
4
A las seis y media de la tarde sonó el teléfono móvil de Pendergast, en cuya pantalla leyó: «Número no identificado».
—¿Agente especial Pendergast?
Era una voz anónima y monótona, pero también familiar.
—Sí.
—Soy su amigo en la necesidad.
—Le escucho.
Una risa seca.
—Nos vimos una vez. Estuve en su casa y después nos dirigimos al puente George Washington para entregarle un informe.
—Por supuesto. Sobre Locke Bullard. Usted es el hombre…
Pendergast interrumpió la frase antes de mencionar el organismo donde trabajaba su interlocutor.
—Sí. Y hace usted bien en mantener las dichosas siglas gubernamentales al margen en conversaciones no protegidas por telefonía móvil.
—¿En qué puedo ayudarle? —inquirió Pendergast.
—Debería preguntar más bien qué puedo hacer yo por usted.
—¿Qué le hace pensar que necesito ayuda?
—Dos palabras: operación Wildfire.
—Comprendo. ¿Dónde quedamos?
—¿Conoce la galería de tiro del FBI en la calle Veintidós Oeste?
—Por supuesto.
—Dentro de media hora. En el puesto 16.
Se cortó la llamada.
Pendergast cruzó las puertas del edificio largo y bajo situado en la esquina de la calle Veintidós con la Octava Avenida, y mostró su placa del FBI a la vigilante. Después bajó unos cuantos escalones, volvió a enseñar la placa esta vez al encargado de la galería y, tras proveerse de varios blancos de papel y un protector para los oídos, se dirigió hacia los puestos de tiro. Durante su recorrido hasta el número 16 se cruzó con agentes, alumnos e instructores. Cada dos puestos había una pantalla insonorizada de protección. Se fijó en que los números 16 y 17 estaban desocupados. La mampara solo amortiguaba parte de las detonaciones. Sensible al ruido, como siempre, se colocó el protector en las orejas.
Mientras distribuía cuatro cargadores vacíos y una caja de munición en la pequeña repisa que tenía delante, se dio cuenta de que había entrado alguien. Era un hombre alto y delgado, de mediana edad, con un traje gris, los ojos hundidos y bastantes arrugas para su edad. Le reconoció enseguida. Quizá había perdido algo de pelo desde su último encuentro, hacía unos cuatro años. Por lo demás, se le veía igual, tan insulso como entonces y con un ligero aire de anonimato. Era una de esas personas que, cuando te la cruzas por la calle, no puedes describirla unos segundos después.
En vez de mirar a Pendergast, el hombre se sacó de la chaqueta una Sig Sauer P229 y la puso en la repisa del puesto 17. No llevaba protector de oídos. Con un gesto discreto, y mirando a otro sitio, le hizo señas al superagente para que se quitara el suyo.
—Interesante elección —dijo Pendergast observando el puesto de tiro—. Bastante menos íntimo que un coche al pie del puente George Washington.
—La falta de intimidad es justamente lo que lo hace más anónimo: dos simples agentes practicando en una galería de tiro. Sin teléfonos que puedan pincharse ni cables con los que grabar. Además, con este ruido serían imposibles las escuchas.
—El responsable de las instalaciones se acordará de haber visto a un agente de la CIA en una galería de tiro del FBI, sobre todo porque no suelen ustedes llevar las armas escondidas.
—De identidades alternativas no ando corto. No recordará nada en concreto.
Pendergast abrió la caja de munición y empezó a llenar los cargadores.
—Me gusta su pistola modelo 1911 personalizada —dijo el hombre al ver su revólver—. ¿Una Les Baer Thunder Ranch Special? Tiene buena pinta.
—Me gustaría saber por qué estamos aquí, si no es excesiva molestia.
—Desde nuestro primer encuentro, he venido siguiéndole la pista —dijo el hombre, que continuaba sin mirar a Pendergast—. Cuando me enteré de que estaba implicado en la puesta en marcha de Wildfire, me sentí intrigado. Una operación de vigilancia de perfil bajo pero de gran intensidad, a cargo de varios integrantes del FBI y la CIA. El objetivo era localizar a un joven que podría llamarse Alban, aunque no necesariamente, y que quizá estaba escondido en Brasil o en algún país vecino, aunque tampoco era seguro; un joven que dominaba el portugués, el inglés y el alemán, y que era considerado sobre todo como una persona sumamente hábil y peligrosa.
En vez de contestar, Pendergast fijó al raíl una diana con una equis roja en el centro, accionó un botón en la mampara de la izquierda y alejó el blanco lo más lejos posible, a veinticinco metros. Su acompañante puso una diana gris en forma de botella, sin ninguna tonalidad ni marca, y la empujó hasta el final del puesto 17.
—Y justo hoy me llega un informe de la policía de Nueva York en el que usted declara que su hijo, cuyo nombre es también Alban, apareció muerto en la puerta de su casa.
—Continúe.
—No creo en las coincidencias. De ahí este encuentro.
Pendergast metió uno de los cargadores en el arma.
—Por favor, no se tome como una descortesía que le pida ir al grano.
—Puedo ayudarle. En lo de Locke Bullard, usted cumplió su palabra y me ahorró muchos problemas. Yo creo en la reciprocidad. Y ya le he dicho que venía siguiéndole. Es usted una persona bastante interesante. Tal vez en algún momento pueda ayudarme nuevamente. Podríamos definirlo como «una colaboración». A mí me gustaría poder contar con ello.
Pendergast no respondió.
—Soy de fiar, como comprenderá —dijo el hombre por encima del ruido mitigado pero omnipresente de los disparos—. Soy la viva imagen de la discreción, igual que usted. De mi boca no saldrá ninguno de los datos que me facilite, y quizá yo dispongo de determinados recursos a los que usted no tendría acceso de otro modo.
Al cabo de un rato, Pendergast asintió con un solo movimiento de la cabeza.
—Aceptaré su oferta. Por lo que respecta a los precedentes, tengo dos hijos gemelos, pero me enteré de su existencia hace un año y medio. Uno de ellos, Alban, es (o era) un asesino sociópata, de los más peligrosos que puedan existir. Se trata del llamado Asesino de los Hoteles, un caso que la policía de Nueva York no ha resuelto todavía y mantiene abierto. Deseo que el asunto siga sin resolverse y he tomado medidas para que así sea. Poco después de que me enterase de que era mi hijo, desapareció en la selva brasileña. Nadie lo había vuelto a ver ni sabía nada de él hasta anoche, cuando apareció en mi puerta. Siempre había pensado que tarde o temprano reaparecería, y que los resultados serían catastróficos. Por eso puse en marcha la operación Wildfire.
—La cual, sin embargo, no ha dado ningún fruto.
—Así es.
El personaje anónimo cargó su pistola, metió una bala en la recámara, apuntó con las dos manos y vació el cargador en la diana. Todos los disparos quedaron dentro de la botella gris. Entre las pantallas, el ruido era ensordecedor.
—Antes del crimen, ¿quién sabía que Alban era su hijo? —preguntó mientras sacaba el cargador.
—Muy poca gente, casi todos de mi familia o del servicio doméstico.
—Y aun así, alguien no solo localizó y capturó a Alban, sino que lo mató, lo dejó delante de la puerta de su casa y huyó prácticamente sin ser visto.
Pendergast asintió.
—En resumen, el culpable logró lo que ni la CIA ni el FBI habían conseguido, y mucho más.
—Exacto. Se trata de una persona muy capacitada, que bien podría formar parte de las fuerzas del orden. Por esa razón no confío en que la policía de Nueva York obtenga resultados en la investigación.
—Tengo entendido que Angler es un buen policía.
—Ese es el problema, por desgracia. Es un hombre lo bastante capaz como para constituir un gran estorbo en mis esfuerzos por hallar al asesino. Mejor sería que fuese un incompetente.
—¿Por eso colabora usted tan poco?
Pendergast no dijo nada.
—¿No tiene la menor idea de por qué le mataron ni qué mensaje querían transmitir?
—Todo me resulta horrible por mi absoluta ignorancia sobre el mensajero y el mensaje.
—¿Y su otro hijo?
—He tomado las medidas necesarias para que esté bien protegido fuera del país.
El hombre metió otro cargador en la Sig, soltó la corredera, disparó contra la diana hasta descargar la última bala y pulsó el botón para activar el raíl que le traería el blanco de vuelta.
—¿Y usted cómo lleva el asesinato de su hijo?
Pendergast tardó unos segundos en contestar:
—La respuesta más exacta, por usar la jerga actual, es que no me aclaro. Por un lado, ha muerto, lo cual es un buen desenlace. Por otro, era… mi hijo.
—¿Qué planes tiene para cuando encuentre al culpable, si es que lo logra?
En esta oportunidad, Pendergast tampoco contestó. Levantó la Les Baer con la mano derecha, se llevó la izquierda a la espalda y, de ese modo, sin apoyo, vació bruscamente el cargador en la diana, aplicándose en cada disparo. Después metió otro cargador, cambió de mano la pistola, se giró de nuevo hacia la diana y volvió a disparar las siete balas, esta vez mucho más deprisa. A continuación pulsó el botón de la mampara para recuperar el blanco.
El agente de la CIA echó un vistazo.
—Ha dejado destrozada la diana con una sola mano, nada menos. Usando tanto la derecha como la izquierda. —Hizo una pausa—. ¿Es su respuesta a mi pregunta?
—Me he limitado a aprovechar el momento para perfeccionar mis habilidades.
—No le hace falta. En cualquier caso, movilizaré de inmediato a mis contactos y, en cuanto averigüe algo, se lo haré saber.
—Gracias.
El agente de la CIA asintió, se puso el protector en la cabeza, dejó la Sig Sauer a un lado y empezó a
