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Los hombres más altos

Fabián Martínez Siccardi

Fragmento

Uno

¿En una sola palabra? Lo describiría como una fuerza. ¿Una fuerza maligna? No es maligna, Padre, aunque sí capaz de hacer el mal. Un mal que depende de la mano que la use, como la navaja que hoy nos afeita y mañana nos degüella. ¿Insiste en que es un animal, hermano? Sin duda es un animal, un animal enorme y poderoso. ¿Como alguno que conocemos? La cabeza podría ser de un bisonte o de un toro salvaje. El cuerpo podría pertenecer a un percherón o incluso a un búfalo. Pero después está el cuerno, un cuerno ancho y curvo, un cuerno tosco que nace entre las cejas y apunta hacia el cielo como en los rinocerontes. ¿Desde cuándo le aparecen estas imágenes? Comenzaron a insinuarse en Argentina, unos meses antes de tomar el barco, pero desde mi arribo a Turín se han vuelto más reales. ¿Con qué frecuencia tiene esos sueños? A diario. Pero no son sueños, o no son solo sueños. Las más de las veces a la bestia la veo despierto, mientras lavo la vajilla o ayudo en la huerta o hago cualquier cosa que lance mi mente a la deriva, en esos momentos aparece tan vívida como el temblor de una montaña y la escucho rascar el suelo con las pezuñas. ¿No serán las pezuñas una señal del Demonio? No es el Demonio, Padre. ¡No es el Demonio! ¿A qué huele? A animal macho. Huele a carnero, a toro enojado, un olor agrio que me repele y me atrae. ¿Lo atrae carnalmente? No sabría decirle con certeza. No es un anhelo de acople entre cuerpos, eso lo sé, aunque debo admitir que se produce algo similar a un acople. ¿Entonces existe un deseo lascivo? Hay un deseo, que en otras circunstancias podría llamarse lascivo. Y también un acople, pero no son del tenor que usted sugiere. ¿De qué tenor serían? Algo así como una metamorfosis, una fusión. Cuando la bestia se corporiza, entro en un trance y me pierdo dentro de ella y ella se pierde dentro de mí y nos convertimos en una sola cosa. ¿En un centauro? Más bien un minotauro. El torso y la cabeza encornada son de la bestia y el resto del cuerpo, o sea el vientre, el trasero y las patas, es mío. ¿No ve la conexión entre el minotauro y el becerro de oro, no le preocupa que el Demonio esté buscando corromper su alma de seminarista? Repito que no es el Demonio. ¿Entonces dígame quién, quién si no el mismísimo Satanás podría plantar semejantes ideas en su cabeza?

Detuve la confesión sin dar explicaciones. Aunque podría haber agregado que cuando me fundía con la bestia los músculos se me agrandaban, las arterias se me hinchaban para dar paso a los litros de sangre que avanzaban al tun-tun de nuestro corazón, que nos cubría el cuerpo un pelambre áspero y que nuestro sudor olía montaraz, a animal indómito. Podría haberle dicho que una vez disuelto en el bisonte mi humildad trocaba en deseo de insultar, mi paciencia en apremio de tomar las armas, que mi estoicismo devenía en ganas de decir no a todo y que ese formidable poder me embriagaba hasta el espanto o hasta el éxtasis, es difícil decir. Pero no mencioné nada más ese día, ni en ninguna otra de mis confesiones. Tampoco volví a hablar del bisonte unicornio con nadie dentro de la Iglesia, a todas luces el peor sitio para dirimir ese asunto.

Pero no por callarlas las apariciones se hicieron más débiles ni más esporádicas, sino todo lo contrario. Bien sabemos los seminaristas que las perturbaciones reprimidas suelen desatarse de maneras nefastas, y los retornos de la bestia me mantenían en una intranquilidad constante. Pero el tiempo, el mejor de los maestros, me fue mostrando que esas apariciones no eran deseos travestidos, menos aún perturbaciones, sino más bien una señal y para descifrar esa señal debía sacar al bisonte del mundo de la imaginación (tan aterrador, tan lleno de libertad) y llevarlo al terreno de lo concreto. Y en ese camino de investigar textos populares y arcanos, de atar cabos y encontrar conexiones que en un primer momento parecían descabelladas, unos años después salí en búsqueda de ese animal mítico, de ese bisonte unicornio que, de acuerdo a una infinidad de indicios, debía seguir merodeando la meseta patagónica.

Sé que me adelanto, me adelanto demasiado y a este paso no será sencillo seguir el hilo de la historia, pero no siempre es fácil elegir un buen principio. Los comienzos, según los versados en las artes del narrar, templan la historia o le tuercen el rumbo, por eso hay que escogerlos bien. Será irónico elegir el más convencional de los inicios para una vida que ha luchado tanto contra las convenciones, pero si he de asumir mis limitaciones de narrador, no se me ocurre nada mejor que arrancar por mi infancia.

Fui bautizado el primero de diciembre de 1904 como Manuel Palacios Ranel, aunque en mis documentos figuro como Manuel Palacios. El apellido de mi madre, como los de tantas otras, no perduró más allá de la partida de nacimiento. Mi padre pudo haber venido de Asturias, aunque también del País Vasco o de Galicia o de cualquier otra región del norte de España, pero lo más probable es que fuera asturiano como la mayoría de los españoles que llegaban a Santa Cruz a principios del siglo veinte. Mi madre era una hija de la tierra, una india patagona o tehuelche o aonek’enk, ese nombre musical que usan para llamarse a sí mismos. De mi padre no queda ninguna fotografía ni nadie que recuerde sus rasgos y la única información que nadie discute es que era un puestero de la estancia Bajo el Amor que vivía acollarado con una india tehuelche.

Mi padre murió antes de que yo cumpliera un año y en circunstancias poco claras. Perdura la versión que mientras recorría a caballo los potreros de la estancia el revólver calzado en la cintura hizo un disparo involuntario y le atravesó la femoral desangrándolo en medio del campo. Pero puede que alguien le haya disparado o incluso que no haya habido ningún disparo y que el asturiano (o el vasco o el gallego) haya hecho mutis por el foro de un día para el otro y para siempre y alguien inventó esa historia para justificar su ausencia. Más allá de la causa, después de su muerte los dueños de la estancia, una familia de apellido Cunningham, nos llevaron a mí y a mi madre al casco principal para que ella ayudara en las tareas domésticas. Así pasamos a vivir en una habitación pequeña separada de la casa, un cuarto de paredes de piedra y techos de chapa en medio de un bosque de tamariscos, ciruelos, álamos y sauces, un bosque que en mi mente de niño parecía encantado. Y fue la familia Cunningham, o más bien la señora Roberta Cunningham, quien convenció a mi madre de que, al cumplir diez años, me enviara pupilo al colegio salesiano de Rawson. Pero he vuelto a adelantar la historia.

El señor Cunningham era un inglés malvinero, como casi todos los ingleses que se afincaron en el territorio de Santa Cruz a fines del siglo XIX. Su esposa era de New Hampshire, algo inusual pues más allá del par de forajidos que se escondieron durante esos años en la Patagonia (de los que me enteré de boca de Bruce Chatwin mucho tiempo después), a estas tierras casi no llegaban estadounidenses. Del señor Cunningham recuerdo la cara redonda y la nariz roja, invariablemente roja, pero no por beber demasiado whisky, como sería de esperar en cualquier otro inglés o cualquier chileno o cualquier argentino que hubiera pasado tiempo suficiente en el sur patagónico. Las creencias religiosas, impuestas estrictamente por la señora Roberta, impedían a la familia Cunningham consumir alcohol, de modo que la nariz roja debió ser más bien un rasgo de herencia o de raza o de nacionalidad, como el celeste glacial de los ojos, la torpeza al mover el cuerpo y la habilidad del señor Cunningham para hablar por horas sin hacer ningún gesto con las manos.

De la señora Roberta, alta y severa, con faldas hasta los talones y blusas hasta la barbilla, lo que recuerdo es la voz, su acento que al hablar en inglés omitía y agregaba erres, que no pronunciaba la g al final de los gerundios, pero por encima de todo recuerdo su sonoridad. Baa, baa, black sheep, have you any wool? Yes sir, yes sir, three bags full. One for my master, one for my dame, and one for the little boy that lives down the lane. Han pasado casi setenta años y en esos raros días en que me dejo atrapar por la melancolía esas rimas aún suenan como cuando las escuchaba en la voz de la señora Roberta, las tardes en que me llamaba a reunirme con sus hijas para leernos poesías e historias, para hacernos dibujar y colorear, para enseñarnos a escribir las primeras letras y a leer las primeras palabras. Y por algún motivo, ese little boy que vivía al final del camino, al que tarde o temprano le llegaría una bolsa repleta de lana, en mi mente siempre fui yo. O sea que a Roberta Cunningham no solo le debo los rudimentos de mi educación y el dominio del inglés, sino también la convicción de ser un niño al que tarde o temprano la vida le haría llegar lo que le correspondía. Pocas cosas más fuertes, y más ingenuas, que una convicción de infancia.

Mi madre era de hablar poco y acaso por eso del aonekko solo recuerdo palabras sustantivas, como keyôit, téuk’n y tép’n, palabras sin verbos que las activen ni preposiciones que las conecten, como si me hubiera hablado en sustantivos enhebrados con silencios. De ella también recuerdo la delgadez, los pómulos descarnados, los ojos hundidos, el respirar agitado, aún la veo asirse del respaldo de la cama para ponerse de pie y aún escucho su tos, su perpetua tos. Mi madre falleció de tisis el año en que empecé la primaria en el colegio salesiano de Rawson. A veces pienso que esperó que me marchara para que no la viera morir.

De ella tampoco quedan fotos, aunque yo conservo una, que si bien no es de ella ha cumplido la función de retrato, una foto que encontré en una revista Caras y Caretas en la biblioteca del colegio de Bahía Blanca donde cursé el secundario. En la foto hay siete hombres y una mujer tehuelches, todos de pie y cubiertos con sus capas de guanaco; y también hay una niña detrás de la mujer. Era el grupo seleccionado por el gobierno argentino para exhibir en la Exposición Universal de Saint Louis de 1904. Arranqué la página de la revista (que aún guardo conmigo) y de tanto mirar la cara de esa mujer, con esa niña a medio esconder detrás del quillango, sus rasgos se convirtieron en los de mi madre, o los de mi madre en los de ella.

El internado salesiano de Rawson, comparado con la estancia de los Cunningham, era un lugar solitario y hostil. Las diferencias, como la belleza, están en los ojos de quienes las observan, y entre más de treinta pupilos altos y bajos, delgados y fornidos, de cabellos oscuros y pieles pálidas, de cabellos rojos y pieles pecosas, de cabellos rubios y pieles morenas, yo era el único diferente. O el más diferente de todos, que para el caso es lo mismo. Si eso solo hubiera implicado ocupar los extremos en las mesas largas del comedor, deambular por los pasillos hablando conmigo mismo o pasar las horas de la tarde en la biblioteca en vez de la cancha de fútbol, las circunstancias habrían sido tolerables, pues vivir al lado de mi madre me había hecho apreciar el silencio. Pero a la soledad se añadían las bromas: un chico montado en la espalda de otro lanza flechas imaginarias, otro grita golpeándose la palma contra la boca, otro se bambolea dando gruñidos y simulando comer una banana. También estaban los manoseos en el patio, en el dormitorio y en las duchas. Y por último las temibles azotainas, palabra cuyo origen desconozco y definía el ataque de varios contra uno usando trompadas, patadas, escupitajos o lo que se les ocurriera en ese momento, lo que en cualquier otro lado se llamaría simplemente una tremenda paliza.

Durante los primeros meses acuné la esperanza, acaso más voluntad que esperanza, de que el rechazo a mis rasgos mestizos aminorara gracias a otra cualidad que me acercaba a una de las categorías de pupilos. En el internado estaban los que hablaban castellano con corrección y velozmente y los que lo balbuceábamos, contaminándolo con gramáticas y fonéticas extrañas, pues la mitad de los chicos, puede que más de la mitad, eran hijos de croatas, alemanes, galeses, sirios, portugueses, bóers, italianos, ingleses malvineros y otras nacionalidades que no recuerdo, criados en pequeñas comunidades o en estancias aisladas donde apenas se escuchaba el español. Pero las veces que intenté hablar con los ingleses (y fueron más de una) me miraron como si estuviera loco o como si les fuera inconcebible que un indígena (la categoría de mestizo se rendía ante la de indio) hablara inglés. Mis particularidades lingüísticas pasaron a ser entonces una rareza más del paria, de ese paria acoquinado en un rincón que solo es visible cuando las otras castas quieren divertirse.

Después de la muerte de mi madre regresé a Bajo el Amor un solo invierno (las vacaciones escolares en esa época de la Patagonia austral eran de junio a agosto). Nuestro cuarto en el bosque encantado lo ocupaba una pareja recién llegada de Croacia (una mujer delgada y nerviosa que limpiaba la casa de los patrones y un hombre corpulento que atendía la quinta) y pasé a alojarme en la casa de la gente, o de los peones, con un par de chilotes y un galés que estuvo solo unas semanas. Aunque había pocas tareas por las escasas horas de luz, el señor Cunningham me ordenó sumarme al trabajo en lo que hiciera falta, to pay my keep. El trabajo es lo más digno que tiene un hombre, me dijo, especialmente un chico desafortunado como vos. Solo el trabajo puede rescatarte de esa ruina de vida que te ha tocado, Mañuel. Y así pasé de la voz cadenciosa de la señora Roberta, de Humpty Dumpty y Jack Be Nimble, a la voz áspera del señor Cunningham, una voz que se volvía más áspera cuando el enojo le llenaba de sangre la nariz.

El invierno siguiente obtuve permiso para quedarme en el colegio y ya no regresé a la estancia. No es que mi gratitud hacia los Cunningham hubiera mermado, nunca lo hizo, pero al verme cerca de terminar como mi padre, un puestero de estancia, con suerte acollarado con una india, el alma se me ceñía como la cincha de un caballo. Y no era solo eso, las tardes en la biblioteca del colegio me habían despertado un amor por el aroma del papel, por perderme en esas grandes enciclopedias donde todo el conocimiento del mundo se concentraba en unos miles de páginas. Y así dejé de ver a los Cunningham y di comienzo a la siguiente etapa de mi vida.

Dos

La vida es una cadena de minúsculas decisiones que nos conducen hacia un gran destino, a ese inevitable destino para el que hemos venido a este mundo. La resolución de pasar ese primer invierno en el colegio me permitió conocer a Ayzo, lo que a su vez condujo a otras decisiones que con el tiempo he conectado como una ruta, o mejor aun como una constelación: el conjunto de estrellas que al unirse dibujan el sentido de una vida.

Faltaba poco para el almuerzo y luego de lavar una parva de ollas, pelar una montaña de papas y desplumar tres gallinas, me dirigía al baño a quitarme el olor a plumas cuando vi a un chico apoyado contra la pared. Las paredes de los pasillos tenían dos colores. La franja inferior, que llegaba al metro ochenta o tal vez más, estaba pintada de un marrón oscuro y brillante, mientras que la superior era blanca al igual que el cielo raso. Ninguno de los alumnos que había visto apoyado contra esa pared superaba la línea entre la pintura marrón y la blanca, pero la cabeza de este chico la franqueaba por completo. Y no solo eso me llamó la atención. El chico era un indio, mucho más indio que yo, y a juzgar por la altura solo podía ser tehuelche.

Un poco más tarde lo encontré sentado al final de una de las mesas largas del comedor mirando seriamente su plato de sopa. Apoyé mi plato frente al suyo. A corta distancia, sus rasgos eran deslumbrantes. Ese chico poseía todos los atributos de la raza tehuelche sobre los que versaban los libros. Su altura no tenía rival, no por nada eran considerados los hombres más altos de la Tierra. Y a eso se sumaba el tinte cobrizo de la piel, el cabello lacio y tupido, los ojos pequeños pero penetrantes, la nariz redonda, los pómulos abultados y los labios carnosos. Su estirpe y su belleza eran imponentes, y me gusta pensar que allí, en ese primer instante en que lo tuve en frente, se gestó en mí la noción (esa noción infecciosa que me arrastraría años más tarde a la enloquecida búsqueda del bisonte) de que una persona con semejantes adjetivos debía provenir, no simplemente de una raza mejorada por la genética o por el albur de la selección natural, sino de un pueblo selecto, de un pueblo elegido por Dios.

Lo que ocurrió en ese primer encuentro lo recuerdo con una nitidez asombrosa. El alma, mil veces más sabia que la mente, presiente cuando se enfrenta a un evento memorable y alista ojos, las orejas, la nariz y hasta las yemas de los dedos para registrar los aromas, las imágenes y los movimientos y enviarlos a un lugar resguardado de la memoria. Ese mediodía, y de esto no tengo la menor duda, Ayzo y yo nos saludamos con una precisión matemática. Nuestros movimientos de cabeza fueron especulares como si su gesto guiara el mío o el mío el de él, o como si algo más grande nos hiciera mover las cabezas en sincronía. Y cuando Ayzo dijo waienguesh (¡al reconocerme como otro tehuelche!), yo dije waienguesh a la par, o tal vez con esa milésima de retraso que hizo falta para recordar el saludo de mi madre. Recuerdo también que era viernes porque los viernes traían merluzas y langostinos del puerto de Rawson, y que Ayzo bebió todo el caldo de su sopa y después comió las papas, las zanahorias y los nabos (que a mí me parecían revulsivos) y me dejó que comiera su merluza y sus langostinos. Recuerdo que él llevaba un pulóver de lana teñida en rojo y azul, que debió pertenecer a algún ex alumno galés, pues esas eran las madres que teñían la lana con las cochinillas rojas que infectaban las hojas de laurel y con el pellejo azul de los calafates. Recuerdo que el pulóver le quedaba chico y una camisa blanca le desbordaba por el cuello, que los pantalones de franela gris le ceñían los muslos y apenas le llegaban a los tobillos, y también puedo asegurar que iba descalzo, aunque dentro del comedor el frío transformaba en niebla el aliento.

Antes de terminar el almuerzo, el padre director y el hermano Spinoza, un laico que se encargaba de tareas administrativas y de acompañarnos en las salidas escolares, se acercaron a nuestra mesa y me pidieron delante de Ayzo que me ocupara de su adaptación, esa fue la palabra que usaron, que lo ayudara a adaptarse antes del inicio de clases que llegaría en pocas semanas. Me aboqué a la tarea con entusiasmo, un entusiasmo desmedido, no solo por la importancia que confiere a un chico de doce años guiar a otro de dieciséis, sino porque la llegada de Ayzo me produjo la sensación inédita de convertirme en una bisagra, en un nexo entre dos mundos —indio y europeo, aborigen e invasor, exótico y familiar o cualquiera de las dicotomías que fui dilucidando con el tiempo—, dos mundos que solían entrar en pugna dentro de mí, pero que al transformarme en ese puente, en esa conexión, se alineaban como los haces del cáñamo al formar una soga, haces que se enfilan, se unen y se hacen más fuertes.

Ayzo había llegado al colegio de mano del padre Milanesio, un misionero que llevaba décadas recorriendo en carreta, a caballo o a pie campamentos indígenas desde el río Colorado hasta Tierra del Fuego. A Ayzo lo había traído del lago Cardiel, un aike que fue reservado para concentración de indígenas por un decreto precario firmado por el presidente Yrigoyen, y lo único que Milanesio contó de él, o lo único que llegaría a mis oídos, era que había perdido a su familia y lo mejor que se podía hacer por él era educarlo. Solo esa historia conocía de Ayzo, una historia trunca, plagada de oportunas omisiones, una historia que años después, cuando escuché narraciones completas de boca de los tehuelches del Cardiel, del lago Viedma y de las otras zonas donde estaban concentrados, cuando escuché sobre las muertes por la viruela, la tisis y el alcohol, y las historias de los hombres y los muchachos mandados a la zafra del azúcar en Tucumán, mientras las madres y las hijas quedaban atrás como empleadas domésticas, cuando escuché las historias de esas iniquidades sin nombre de las que nadie quería oír hablar, imaginé la vida de Ayzo mucho más trágica, pero en ese momento, con los escuetos datos aportados por Milanesio, el pasado de Ayzo se escondía bajo un halo de misterio.

Los días que compartimos fueron dichosos, en especial mientras estuvimos solos y recorríamos el colegio a nuestras anchas como príncipes de una comarca abandonada o, más apropiadamente, como ratones en ausencia de gatos. Por las mañanas ordenábamos el dormitorio, traíamos leña para encender la caldera, limpiábamos baños y ayudábamos en la cocina. Por las tardes salíamos a caminar por el pueblo, a menudo por la costa del río, el único sitio donde los árboles y la gramilla eran verdes, un verde que brillaba y nos hacía olvidar que estábamos rodeados por un erial, el verde de las costas del río Chubut que avanzaba manso después de descargar en la meseta el brío de las montañas. Y en las vegas de ese río, en el lomo de un pinto y de un tobiano que el carnicero Abdul nos dejaba montar porque en invierno los caballos se enariscan y en verano ya no hay quien los mande, salíamos a cabalgar en pelo. Apenas dejábamos el pueblo nos lanzábamos a galopar y yo decía arriba Ayzo y Ayzo se arrodillaba sobre el lomo sin detener el galope, y yo decía abajo Ayzo y él mordía las riendas y se acostaba sobre la grupa extendiendo los brazos y las piernas como si volara. Y Ayzo decía arriba Manuel y yo me arrodillaba sobre el lomo, pero enseguida me bajaba para no perder el equilibrio, y él decía abajo Manuel, y yo me abrazaba del cogote del tobiano y así galopábamos a la par, mi cara apretada contra las crines del pinto y el cuerpo de Ayzo sobre el tobiano surcando el aire como un pájaro. Y en las aguas de ese río, en un codo protegido por el viento, nos bañábamos las tardes en que el sol de invierno calentaba un poco. Yo daba unos pasos sobre el fondo lodoso hasta que el agua me llegaba a las rodillas, mientras Ayzo se sumergía entero y nadaba como un pez y a veces cruzaba hasta la margen contraria y desde allí me saludaba sacudiendo los brazos, unos brazos vigorosos como los de un luchador, y me gritaba Manuel cruzá y yo decía que no, que ni con el Diablo mordiéndome los talones me iba a zambullir en esas aguas más frígidas que un témpano.

La adaptación de Ayzo marchó por buenos carriles. Tenía predisposición para aprender cosas nuevas y una capacidad envidiable para adquirir destrezas, fuera pelar papas quitando la piel en un solo trozo, o romper huevos con una mano sin derramar una gota de clara o recordar la secuencia estricta de dobleces para hacer la cama al estilo salesiano. Aunque solo aprendió a decir vocablos sueltos, su entendimiento del español era aceptable, o al menos suficiente para seguir con el abecedario y la escritura de letras y palabras. Después de tres semanas, ni el padre director, ni el hermano Spinoza ni el resto de los curas tenían dudas de que Ayzo estaba listo para comenzar las clases. Lo que nadie sospechaba era que su aparente calma podía mutar, en un santiamén, en una ira enloquecida, casi criminal.

El primer pupilo en retornar al colegio fue Jeremiah Coetzee, o Jeremías como lo llamaban los curas, un hijo de bóers cuyos padres preferían educarlo con los salesianos. Era uno de los menos violentos y, en los días que estuvimos solos, pasó tiempo con nosotros y nos contó que su familia venía escapando de la guerra de Sudáfrica, que los ingleses les habían destruido las cosechas de trigo y de sorgo, les habían matado las vacas y las cabras, les habían quemado las casas y los campos con antorchas y querosén, habían envenenado los pozos de agua y desparramado sal en los lotes de cultivo y, como si eso no fuera suficiente, habían detenido a sus hermanos y a su madre en un campo de concentración donde dormían, junto a otros miles, en carpas de lona blanca embarrada en un predio rodeado por alambre de púas.

Años más tarde, después de leer en libros de historia las infamias de Europa, de Asia y de África, pensé en cuántos padecimientos como los de Jeremías habría detrás de los otros alumnos, de los sirios oprimidos por los otomanos después de haber sido subyugados por los árabes, de los croatas dominados por los austrohúngaros después de haber sido sometidos también por los otomanos, de los galeses avasallados por los británicos, de los italianos explotados por los mismos italianos, historias humillantes y tenebrosas que lanzaron a algunos hasta el confín de este continente, a este sitio olvidado de la mano de Dios, a esta Tierra Prometida que no hacía más que incumplir promesas, y cuánta de esa opresión que habían traído debajo de sus uñas y dentro de sus almas se disparaba ahora contra el blanco más fácil, sea yo o Ayzo o cualquier otro. Nada excusa la maldad, pero pensar en eso me ha servido para hallar en mi corazón una amnistía, para dejar de lado la autocompasión (el peor cáncer del alma) y recordar esos años en Rawson no como un sufrimiento sino por lo que realmente fueron: el germen de la prodigiosa aventura en que se convirtió mi vida.

Cuatro semanas después de que regresara el resto de los pupilos y empezaran las clases, Ayzo dejó el colegio. Hubo otras explicaciones, pero era indiscutible que su partida se debió a los golpes en las duchas. En el colegio había peleas entre los alumnos, algunas terminaban en castigos disciplinarios y otras no. También estaban las azotainas, que recibía yo con regularidad y otros pupilos de tanto en tanto, a las que los curas hacían la vista gorda. Pero lo de esa noche fue distinto. Acaso por su altura, al principio nadie se animaba a tocar a Ayzo (y por extensión tampoco a mí, pues éramos inseparables), pero las burlas habían comenzado desde la llegada de los pupilos. Los instigadores eran los primos croatas Mirko y Adrijan, tipos bajos pero musculosos que se vanagloriaban de levantar cuatro fardos de alfalfa a la vez y ser capaces de arrancar con las manos la cabeza de un ñandú. Nos pusieron los motes de mono grande y mono chico, lo que Ayzo, entre su inmutabilidad y el poco entendimiento del español, ignoró por completo. Una noche al acostarnos sentimos una picazón que nos hizo salir corriendo hacia las duchas. En la oscuridad del dormitorio era difícil darse cuenta, pero una vez en el baño descubrimos que nos habían puesto azúcar entre las sábanas. Esperaron a que nos metiéramos en las duchas y aparecieron. Eran más de diez. Adrijan le agarró el brazo derecho a Ayzo, Mirko el izquierdo y a tirones lo llevaron al centro del baño. Darren, un chico galés, le tomó el cuello desde atrás como si quisiera asfixiarlo, mientras otros dos, no recuerdo quiénes, lo agarraban de las piernas. Una horda de pequeños goliats intentando derribar a un David gigantesco. De ahí en más todo fue confuso. Recuerdo cuerpos que cruzaban de un lado a otro, golpes contra el piso y las paredes, la sangre que salía a borbotones de la ceja de Darren y de la nuca de Adrijan y, por supuesto, la escena que nadie olvidaría: Mirko contra la pared, una mano de Ayzo le sujeta el cuello mientras la otra se mete dentro del calzoncillo, le agarra el miembro y los testículos y comienza a jalar. Mirko grita y grita pero Ayzo no se detiene. Mirko sigue gritando y el resto también grita, le pide a Ayzo que pare, pero Ayzo sigue jalando y jalando hasta que los brazos de Jeremías, el único que se anima a reaccionar, logran separarlo antes de que la hombría de Mirko terminara en el piso, extirpada de cuajo como la cabeza de un ñandú.

A Azyo lo llevaron detenido a la sala en que se reunían los profesores; Adrijan, Darren y Mirko fueron al hospital y los demás regresamos a los dormitorios. Esa noche, un viento que retumbaba sobre los techos como el galope de un guanaco, un viento que más que soplar parecía llorar o gemir, me mantuvo en un duermevela. En uno de los breves instantes en que logré dormirme, tuve un sueño. De espaldas a mí Ayzo miraba hacia una tierra yerma que se prolongaba hasta el infinito, una tierra que no por yerma era callada pues se oían voces, acaso de animales o del viento que silbaba entre los pocos molles y calafates, o quizá lo que se oía eran voces de personas, no lo sé, pero más all

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