Indio Solari

Fragmento

IndioSolari-7.xhtml

LISTA DE INVITADOS

RICARDO MONO COHEN (ROCAMBOLE): Fundador e ideólogo de La Cofradía de la Flor Solar, responsable de la imagen de los Redondos y reconocido artista plástico. Actualmente es vicedecano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.

CARMEN CASTRO (LA NEGRA POLI): Junto a Skay Beilinson y el Indio Solari formó la Santísima Trinidad Ricotera, que dominó durante veinticinco años los destinos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Fue la manager oficial del grupo. Hoy se ocupa de la carrera solista de Skay.

SERGIO MARTÍNEZ (MUFERCHO): Maestro de ceremonias, monologuista y una de las atracciones principales de los shows en los primeros años de vida de la banda.

BASILIO RODRIGO: Guitarrista y uno de los miembros fundadores de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Varios de los primeros temas del grupo salieron de su pulso eléctrico, por ejemplo “El supersport”.

RICKY RODRIGO: El menor de los hermanos Rodrigo y el benjamín del grupo. Ingresó en la banda con sólo 17 años, tocando violín y guitarra.

PEPE FENTON: Primer bajista de los Redondos. Hoy integra agrupaciones de rock platense y trabaja como operador en Radio Universidad de La Plata.

QUIQUE PEÑAS: Fotógrafo oficial de los primeros años de vida ricotera, también participó como actor en las películas escritas por el Indio Solari y es responsable de las animaciones del video Masacre en el Puticlub.

DÉBORAH BRANDWAJMAN: Amiga del Indio en los tiempos de Dul-cemembriyo.

WILLY CROOK: Saxo de los Redondos. Luego tocó con Los Abuelos de la Nada, Mimilocos, Pachuco Cadáver, Lions in Love y la banda de Charly García, entre otros. Hoy sigue adelante como solista.

ISA PORTUGHEIS: Amigo de Solari durante la etapa escolar, más tarde fue baterista de Diplodocum Red & Brown, Billy Bond y La Pesada del Rock & Roll, y Cantilo y Punch. Hoy dicta seminarios de management y trabaja en la producción de espectáculos musicales.

GUSTAVO GAUVRY: Ingeniero de sonido y productor artístico. Es dueño de los estudios Del Cielito.

LITO VITALE: Músico y frecuente colaborador de los Redondos.

RUBENS DONVI VITALE: Músico, fundador del grupo MIA y pionero de las producciones independientes argentinas.

ALFREDO ROSSO: Periodista de rock.

CLAUDIO KLEIMAN: Periodista de rock.

RAFAEL HERNÁNDEZ: Locutor de radio, condujo –entre otros programas– Rayuela (Radio del Plata), Piso 93 (FM Rock & Pop) y El Puticlub (La Rocka).

GUSTAVO NOYA: Musicalizador y productor radial y de espectáculos. Hoy se dedica a la industria cinematográfica.

PUPETO MASTROPASQUA: Responsable de la organización de los primeros shows de los Redondos en Mar del Plata. Es reconocido como un importante animador del mercado de arte rioplatense.

IndioSolari-8.xhtml

1

UN GRAN REMEDIO PARA UN GRAN MAL

O de cómo encontrar viejas medicinas para soñar

–Lo que pasa es que yo tengo una hernia de hiato acá.

El tipo tiene la cabeza lisa como un picaporte. Se toca la boca del estómago y se ríe de lo que dice, como si se disculpara.

–Es por eso que siento un mal aliento todo el tiempo, desde adentro.

Debería moderarse con la comida, si tiene hernia de hiato. Pero se está clavando una ensalada caprese (mozzarella, albahaca, tomate) desde un plato que parece una palangana. La boca de su estómago contempla, además, un medallón de lomo. Y si hay algo que, definitivamente, no debiera meterse en la panza, es ese vino. No para una hernia de hiato. Ni para una hernia de bolsillo, tampoco. Ese vino en su mesa no es un “San” Cadorna, lo que indica devoción mística mas no alcurnia. Es un “Don” Cadorna. Fina prosapia. En este caso, nada menos que cien pesos de prosapia por botella. Puede pagarlos. Se ríe de nuevo.

El tipo tiene 56 años (pero algunas veces ha dicho uno o dos menos y ahora, también algunas veces, dice uno más). Es muy paranoico con su salud (pero quizá nunca lo admita). Es cierto: se pone muy mal con el tema de la salud, aunque, paradójicamente, no se cuida. Es igual a su ex amigo Sergio Martínez, el Mufercho; son de la misma especie. Ese Sergio tiene la manía de ir a tu casa, meterse en tu baño, abrirte el botiquín y fijarse qué hay; siempre algún remedio te agarra. Él, el Indio, es igual. La farmacopea es su Norte. Uno esguinza un meñique y él salta: “¡Acá tengo algo para ti!”; tiene razón Willy Crook: el Indio es un vademécum viviente.

Y después, esa pierna. Siempre con el tema de la pierna, quejándose de la pierna; ese accidente que tuvo y nunca dice ni cuándo fue, ni qué pasó. Según él, ya “no debería caminar”, pero, por algún milagro, todavía funciona esa pierna. “Es un gran esfuerzo el que hago cada vez que salgo al escenario...” Sí, sí, está bien, está bien. Quejoso, como una criatura. Y no se despega de ese maletín con medicamentos, con las cremas que se tiene que poner todos los días... El Indio solía andar con un médico amigo que le proveía muestras. Pero eso ya pasó. Después era la marihuana la que le hacía mal: vomitaba de tanto toser. Pero eso ya pasó, también. Ahora es esto. Her-nia-de-hia-to. Suena japonés. Perfecto: los haiku, esos poemas japoneses, le encantan; el Indio dice que hasta lo hacen llorar.

–¿No tenés una pastillita de menta?

–Sí.

–Gracias (se la pone en la boca). Es por el mal aliento. No quiero que nadie se dé cuenta de nada.

Con el vino nunca tuvo problemas; suele digerirlo bastante bien. Los miércoles, cuando todavía no había cumplido los 30, a eso de la una de la tarde salía del hogar de chicos donde trabajaba como secretario y se juntaba en la disquería de Alfredo Rosso con el Rafa Hernández. Se iban los tres a comer a La Robla, bajaban al sótano y se quedaban tomando vino hasta que los echaban… Y ahí, se acuerda el Indio, conoció el helado de sabayón.

Después no se acuerda más. Por los efluvios del escabio, se había tenido que tomar un taxi desde el centro hasta su casa de Ramos Mejía, toda una fortuna para la época. Por ese entonces, no le sobraba la plata.

Al otro día el Rafa le dijo:

–Che, me encantó el sabayón, yo tampoco lo había comido nunca.

–¿Sabés? –contestó el Indio–, cuando llegué, me desperté y lo tenía puesto acá.

“Acá” era sobre la panza, donde ahora está la hernia de hiato. Se había quedado dormido, del pedo, con el helado en la remera. Las moscas sobre el sabayón lo despertaron cuando llegó a Ramos. Estaba hecho un despojo en el asiento de atrás del taxi. Entró en su casa de la calle Bolívar, en la esquina misma. Se tiró en el sillón del pequeño living. Miró alrededor, la decoración austera, humilde; la repisa chiquita donde se amontonaban los libros de Castaneda y de los poetas beatniks. Se quedó dormido otra vez.

El Indio Solari, voz y poesía de los Redonditos de Ricota –uno de los fenómenos sociomusicales más poderosos de la Argentina–, recién empezaba a traducir el imaginario de más de una generación difícil. Durante un cuarto de siglo tuteó a quienes no querían identificarse, describió paisajes que pocos alcanzaban a ver, se codeó –y se pegó codazos– con los intelectuales de su grey; terminó cantando con coros de (des)ángeles que murieron –y se mataron– en misas que intentaron sostener las diferencias entre los que podían y quienes no estaban permitidos en una sociedad violenta, acuartelada, inconsciente, con la lengua afuera. Y pensar que todo comenzó como una pintura freak entre librepensantes de clase media… El final fue otro, entre barricadas.

Ese Indio que estaba ahora tirado en su casita de Ramos nada sabía de eso. No todavía.

El plato con el medallón de lomo quedó limpio. Los placeres de la carne, siempre los placeres de la carne. Cada vez que iba a tocar a Mar del Plata con los Redondos, el Indio moría por un asado en lo de su amigo Pupeto. Tanto moría por esa sumatoria de chinchulos y vacío, que una vez metió la pata: entre tema y tema de un recital en el teatro San Martín, el de la calle Independencia, invitó a todo el público “a un asado, mañana en lo de Pupeto”. Por suerte, los efusivos ricoteros no sabían dónde quedaba la casa de Pupeto, salvo dos chicos que vivían a la vuelta y cayeron. Los recibió Nelly, la esposa de Pupeto.

–¿Es cierto que los Redonditos van a venir a comer un asado acá? –preguntaron los pibes, largando baba. Nelly les dijo la verdad:

–Sí, van a venir.

–Uy, porque nosotros quisiéramos hablar con el Indio, sacarnos una foto con él…

Y Nelly, que es más buena que San Francisco de Asís, les dijo que iba a hablar con el Indio. El Indio, otro santo, no tuvo problema y se sacó unas fotos con ellos. Pero les pidió que no se lo contaran a nadie. Y que comieran únicamente carnecita y ensalada. Que les estaba vedado el postre.

El lemon pie de Nelly. El único, ínclito, bendito e inimitable Nelly’s Lemon Pie.

PUPETO MASTROPASQUA: Una vez le hicimos una broma al Indio: le dijimos que Nelly había estado muy ocupada y que, en fin… que íbamos a comer el asado, como siempre, pero que Nelly no había podido hacer el lemon pie. Ay, ¡cómo se puso el Indio...! Estaba realmente bajoneado... Hasta que apareció el lemon pie y, bueno, era una broma... Casi se muere del susto.

Degustar exquisiteces en casas amigas siempre fue su fuerte. Hasta tenía unas tarjetas de visita que dejaba en la puerta de alguien cuando, si pasaba a visitarlo, no había nadie. Eran tarjetitas multiple-choice y, por ejemplo, decían:

PASÉ POR SU CASA PORQUE ME ACORDÉ DE QUE USTED:

HACE UN BUEN CAFÉ...

TIENE BUEN VODKA...

y había un cuadradito al lado de cada opción. Abajo decía:

TACHE LO QUE NO CORRESPONDA.

Cuando el amigo ausente volvía a su casa y encontraba la tarjeta, reía por lo bajo, emocionado: “Qué capo, este Daddy, qué tipo creativo, carajo...”.

FENTON: El Indio siempre tuvo alrededor un séquito de aduladores. “Daddy”, le decían; no le gusta que se lo recuerden. Yo lo conocí en una reunión de Silo, un líder político-místico de los años 70. Venían las elecciones del 73 y Silo reapareció tratando de insertarse en la coyuntura política de ese momento. Su propuesta era medio anarca, porque proponía el voto anulado revolucionario (var). Y ahí salíamos el Indio y yo a pintar esa consigna en las paredes. El Indio tenía el pelo larguísimo y barba, y decía: “Yo no vengo acá para identificarme con un signo masónico, yo quiero que me digan dónde hay que poner la bomba”... Entonces me hizo escuchar a Frank Zappa.

Algo excesivo.

Ese mismo año, Luis María Canosa (del grupo Dulcemem-briyo, donde cantaba Federico Moura) le presentó al Indio a Déborah Brandwajman y “hubo onda”, parece.

Déborah se ruboriza:

–Me pasó lo que le pasó a cualquiera de mi generación, me enamoré del Indio. Yo siempre le decía que era un tipo realmente carismático…

De todos modos, el por entonces pelilargo siguió de novio con una chica llamada Andrea. Ambos, junto a Pity Maldonado y su mujer, Silvia, pintaban túnicas y hacían carteras. Y también leían el Libro tibetano de los muertos. Y escuchaban a Luis Eduardo Aute.

DÉBORAH: El Indio nos decía: “Miren lo que canta este tipo”… Era una cosa muy graciosa, la letra: “Dice mi perro a veces que los perros no saben hablar/ que algunos hombres parecen perros que quieren hablar”. Él siempre buscaba cosas que te disparaban a pensar. Era una actitud medio que “yo te la tiro, hacete cargo y fijate qué te pasa”. Era un tipo muy lindo, muy angelical, muy especial; tenía mucha luz.

El Indio había colaborado con las letras de Dulcemembriyo. Una letra, coescrita con Beto Verne, decía:

Estamos en un vínculo.

Vamos a ver qué es eso de pesar en un vínculo.

Asombramos a extraños queridos.

Vamos a ver qué es eso de asombrar a extraños queridos.

Veo señores que caen boca abajo,

Ocultan revanchas,

Cuidan su rango,

Está en salvarlos.

Y doy vueltas y doy vueltas

Y doy vueltas sin parar.

Iluminemos nuestras rutas.

Vamos a ver qué es eso de iluminar en rutas.

Es más: había dibujado la tapa del primer disco de Dulce. Pero ese disco nunca salió. Y la ilustración se perdió.

¿En serio se perdió?

Nada se pierde. Todos se encuentran.

DÉBORAH: Los cuatro se mudaron a un departamento: el Indio, Andrea, Pity y Silvia. Una vez se fueron a laburar a la costa y dejaron el departamento vacío. Y había una batata sobre la heladera, que creció. Cuando volvieron, la batata estaba totalmente enredada en la manija de la heladera, y entonces empezaron a imaginarse qué habría sucedido si la batata hubiera crecido más, y jugaban, diciendo: “Abrí la heladera”, y el otro contestaba: “¿Qué heladera?, ¿la batata?”. Después fue: “Barré el piso”, “¿Qué piso?, ¿la batata?”, y después, cada vez que alguien decía un disparate, algo que no tenía nada que ver, todos le preguntaban: “¿Qué tal cosa?, ¿la batata?”. El delirio del Indio con sus amigos siempre se expandía, y todos terminábamos usando sus frases. Tenía un humor muy ácido, muy ácido. Y la habilidad de capturar cosas de algún personaje, de cualquiera. Había una persona que se había acercado a la gente de La Cofradía de la Flor Solar [el grupo de rock-comunidad independiente que nació en La Plata en el verano de 1967 y sentó las bases de lo que luego fueron los Redondos]; el tipo se había sentido hermanado, digamos: era maquinista en barcos de vapor y había tenido un episodio de locura muy fuerte. Y entonces conoció a un par de hippies que le dieron de fumar y lo llenaron de pastillas para que no tuviera brotes. El tipo no tenía nada que ver con no- sotros, pero era muy divertido; a cada rato repetía: “Incluso, te digo más”. El Indio lo captó en seguida, y todos terminamos incorporando el “Incluso, te digo más”. Si las frases no las generaba el Indio, las hacía correr, o le daba una vuelta de tuerca a alguna expresión verbal hasta que todos los demás la usábamos. Tiene esa cosa de síntesis…

Estamos en un vínculo

Vamos a ver qué es eso de pesar en un vínculo.

Entonces, el Indio se casó con Andrea. Se casó en el Registro Civil de La Plata; Guillermo Beilinson y Laura, su mujer, fueron los padrinos. ¿La indumentaria de los novios? Pura cepa hippie: pantalones desteñidos, tipo batik; camisolas y collares de mostacillas.

Pero el matrimonio duró poco. ¿Dos meses?

Lo que duró mucho fue la fiesta…

DÉBORAH: Después de la boda, todos nos juntamos en la casa de la madre de Andrea, la actriz Chani Mallo, una mina muy interesante, re-copada. Fue una reunión enloquecida; después de comer, la vieja se emborrachó y empezó a hacer cosas muy cómicas. Fue increíble, muy…

… excesivo.

Todo era excesivo para el Indio.

Por más que la marihuana le diera arcadas, no paraba de fumar. Por más miedo que tuviera de morirse, su discurso era que no importaba nada y, como nada importaba nada, había que darse vuelta como un trompo.

El 24 de mayo de 1973, la Argentina se preparaba para el Día Siguiente: el “sol del 25” que prometía asomar celebraría la asunción presidencial de Héctor Cámpora, primer mandatario civil después de casi ocho años de gobiernos militares y dieciocho años de proscripción del peronismo. Esa tarde, a la casa que Fenton compartía en La Plata con unos chicos que estudiaban periodismo, cayó un periodista free lance de la Red O Globo del Brasil; su misión: la cobertura de la asunción del nuevo presidente.

FENTON: Pero el tipo era un delirante, peor que todos nosotros juntos. Salí con este brasileño a la calle, para que conociera un poco La Plata, y lo llevé a la casa del Indio. El Indio había vuelto hacía poco de un viaje al Brasil, y estaba con toda esa efervescencia carioca en la cabeza. Y nos quedamos toda la noche, horas y horas y horas, hasta la mañana siguiente, charlando, tomando anfetaminas y hablando y hablando. ¿Qué pasó? Que, de tanto tratar de hablar en portugués con el tipo, y de tanto charlar de cualquier cosa, ¡se nos ampollaron las lenguas! Al mediodía siguiente quisimos comer y no pudimos: teníamos las lenguas como si nos hubiera pasado una aplanadora. Así era el Indio, un exagerado. A mí me molestó que con el tiempo se hiciera burgués…

Brasil había sido un buen viaje. El Indio no paraba de contar que una noche le había llevado a una famosísima cantante brasileña, como regalo, un baseado [porro] enorme; allá vendían la marihuana como en un papel de diario enrollado… ¡Y en vez de pegarle una pitadita, la dama se lo prendió todo, semejante velón! No se lo olvida más, el Indio. Había gente más exagerada que él, después de todo.

Igual, la adrenalina verdadera estaba en leer, en escribir, en dibujar. Se comió Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, en minutos. (Después se lo prestó a Fenton.) Llenó miríadas de cuadernitos Gloria con poesías, dibujitos e historietas. Leer, dibujar, escribir, todo el tiempo.

WILLY CROOK: Es un tipo con un don, con un cerebro privilegiado a la hora de escribir. Su manera de escribir es de otro planeta, casi. Es un tipo verbalmente implacable, y es muy raro combinar ese talento con la virtud de documen

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos