Mercedes Sosa. La Negra (actualizado)

Rodolfo Braceli

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Agradecimientos

Prólogo primera edición

Prólogo a esta edición

I. TUCUMÁN. TAN LEJOS Y HACE TIEMPO

Infancia tucumana. El papá, la mamá

Adolescencia. Nace una estrella, Gladys Osorio

Retrato de madre, por Ema Girón de Sosa

II. MENDOZA. EL AMOR. EL DESAMOR

Amorcitos, noviazgos, casamiento con Matus

Retrato de hijo, por Fabián Matus

Mendoza, el descubrimiento, la felicidad

El amor, el aborto, esos dolores

Tres retratos de Mercedes Sosa, es decir, de la Negra

Pocho Mazzitelli. La muerte no llama dos veces

III. BUENOS AIRES. EL EXILIO. EL MUNDO

La noche del Colón

Triple A, cárcel, exilio

Retrato con lejanía

Distancias. El mal de exilio

Volver, sin la frente marchita. 1982

Retrato de entrecasa

IV. LA TIERRA ENTERA. LOS COMPROMISOS

Mercedes y Caetano, y aquella baldosa

Ser comunista o no ser

La Carta de la Tierra

Con Milton Nascimento. ¡Allá viene el tren!

El más acá, el más allá, la lluvia también

V. HOY, MAÑANA Y DESPUÉS

El Juego de los Personajes

En una caja, el mundo entero

El día que condenaron a muerte a Mercedes S.

Reunión cumbre en la vieja casa de la Negra

Enfermedad, suicidio, testamento urgente

Todas las voces, todas (enorme mesa redonda)

Confesiones, confesiones

APÉNDICE. CRONOLOGÍA. DISCOGRAFÍA. ALGUNOS CONCIERTOS

Cronología

Discografía. Conciertos

Fotografías

Créditos

Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA

Para mi hijo Fabián y mis nietos.

Para mis amigos.
Para toda la gente del mundo que

me ha ido a ver, me aplaudió
y me sigue aguantando tantos años.

M. S.

Para esos que se animan a soñar,

los primordiales.

R. B.

Agradecimientos

En Tucumán: A Roberto Espinosa por su relevamiento de personajes y datos.

En Mendoza: A Miguel Titiro, Leoncio Bravo y Nelly F. Heredia, por sus aportes para la reconstrucción de los años 60.

En Buenos Aires: A María Miñano Cerna, que pautó los encuentros con Mercedes.

A Coqui Sosa, por su generosidad al entregar materiales informativos que viene sumando para la página www.mercedessosa.com.ar.

A Fabián Matus, por su templanza y respeto en la lectura final del manuscrito.

A Chichí y Cacho Sosa, tan dispuestos para rastrear recuerdos de la niñez y la adolescencia.

A Olga Gatti, por sus precisiones referidas al retorno del 82.

A Liliana Manna, por su agenda.

A Sebastián Luna, Eduardo Saavedra y Elsa Calse por su búsqueda en archivos.

A Memi Varrone, por su exhaustivo trabajo en las desgrabaciones y en la corrección del primer texto.

A Víctor Hugo Morales por su presencia y aliento de cada día.

Prólogo primera edición

Memorias del corazón.

Biografía en voz alta.

Mercedes Sosa no quiso hacer como que escribía sus memorias valiéndose de un escritor fantasma. No quiso mandarse la parte ni simular. Ésta es una biografía escrita en voz alta.

La tarea venía ardua: ante mí tenía una vida signada por actuaciones en decenas y decenas de giras por decenas y decenas de países, por cientos y cientos de ciudades, en estadios monumentales y en salas excelsas, ante públicos de hasta cien mil personas y tan selectos como los del Carnegie Hall, o el de la sala de los premios Nobel en Estocolmo, o en el mismo Vaticano. Había que contar esa trayectoria, más el trasfondo de una vida personal que nació en la ardua pobreza acechada por el hambre, y que después estuvo enmarcada por el compromiso ideológico, las amenazas de muerte, el exilio. La paradoja de esta vida es que, a más desgarramiento y dolor en lo personal y afectivo, más éxito, más ovaciones en lo artístico, más fama. Me enfrenté con el problema de la abundancia, que a veces no es menos terrible que el de la escasez. Tuve que resolver cómo contar la prodigiosa vida de esta mujer que es (con Carlos Gardel), sin discusión, la cantante popular de mayor prestigio y proyección mundial que produjo la Argentina (y Latinoamérica) en el siglo XX.

Decidí dejar que el personaje, con sus impulsos, estableciera la mecánica, la estructura y los ritmos del libro. Elegí una antimetodología o, si se prefiere, una metodología al revés. Y así emergió este texto que no es, ortodoxamente hablando, una biografía ni una autobiografía como las que se plantean usualmente.

Éste es un libro desde Mercedes Sosa y sobre Mercedes Sosa. La columna vertebral la constituye su relato en primera persona. Ella cuenta y se cuenta. Ella se escribe en voz alta.

Por otro lado, eslabonándose con su decir, aparecen las voces de su madre, de su hijo, de sus hermanos, de los amigos más íntimos. Contada por ella y por los cercanos así se va desenvolviendo el relato de su asombrosa existencia.

No es todo: cada tanto aparecen, con sus testimonios y recuerdos, figuras que desde otros ángulos ofrecen diferentes retratos, refiriéndose no sólo a la suprema cantante sino, sobre todo, a la mujer que está lejos de los escenarios y las ovaciones. Entre los retratistas de la otra Mercedes están, por ejemplo, León Gieco, Horacio Molina, Víctor Heredia, Liliana Herrero, Carlos Alonso, Charly García.

A estas tres vertientes (el relato de la propia Mercedes, el de sus familiares y amigos íntimos, y el de sus retratistas) se van sumando crónicas que rescatan episodios memorables y dramáticos que ella vivió. En otros casos esas crónicas reconstruyen los ámbitos en los que Mercedes se hizo mujer y creció como artista. La recurrencia al asunto de las comidas primordiales no es casual: posee el mismo valor que puede tener un personaje cercano, una ideología, una religión.

El azar tiene sus cosas. Y el azar es también, en buena medida, autor de este libro. Una cantidad de episodios aquí narrados no me los contaron, no tuve que ir a pesquisarlos: los viví, privilegiado por la posibilidad de mi trabajo periodístico y por una amistad de más de treinta años con la Negra. Con ella compartimos celebraciones, alegrías, muertes, nacimientos, vinos, llantos, terrores. Como periodista la entrevisté en no menos de quince oportunidades. Como cronista asistí a noches memorables, por ejemplo aquella del Teatro Colón en la que el presidente de facto general Alejandro Agustín Lanusse terminó de pie, cantando con un público imantado “Canción con todos”. Fui testigo y viví las noches mendocinas cuando Mercedes descubría el mundo de los artistas, de los intelectuales (entre ellos Armando Tejada Gómez, Carlos Alonso, Antonio Di Benedetto, Benito Marianetti, Dante Polimeni, Ángel Bustelo, Fernando Lorenzo, Luis Quesada, Iverna Codina). Compartí horas inolvidables en la vieja casa de la mamá tucumana, en Barrio Jardín, al compás del locro y las empanadas. Una tardecita de 1984 asistí a un imprevisto encuentro de casi dos horas entre la Negra y Caetano Veloso. Pero no todas fueron celebraciones: noche por noche, en una vigilante y tensa ronda de amigos, viví el mes de actuaciones de Mercedes Sosa en el teatro Estrellas, en 1975, tras la amenaza de muerte por parte de la Triple A. Compartí también su muerte más terrible, la de su segundo marido, Pocho Mazzitelli. Asistí a la vuelta del querer vivir de Mercedes luego de su enfermedad y casi muerte de 1997.

En otras palabras, que este libro, más allá de los encuentros grabados y del trabajo sistemático en función del desarrollo biográfico (que abarcó medio año), se vino urdiendo desde hace cuarenta años, secretamente, mediante el azar facilitado por la curiosidad periodística y la entrañable amistad que incluye, naturalmente, algunas peleas y distanciamientos.

Esta biografía en voz alta, resuelta con el montaje de un coro de voces eslabonadas a la narración vertebral de Mercedes, tuvo que elegir entre ajustarse severamente a la documentación cronológica o seguir por un camino apenas pautado, relativamente ordenado. Opté por lo segundo: deseché el acopio de información, el detalle de sucesos, para darle rienda suelta a las idas y venidas de Mercedes, a la narración de hechos y vivencias y reflexiones surgidas más por la espontánea elección de su instinto que por obediencia a un plan detallado y sistemático. Privilegiamos los hábitos y modos de la oralidad por sobre los mandatos del lenguaje escrito.

Dejamos pues de lado la minuciosa memoria ceñida al almanaque, para permitir fluir los impulsos de ese otro almanaque que obedece a la memoria del corazón. Naturalmente, transitando este camino, sacrificamos el relato exhaustivo de una cantidad de hechos para posibilitar el brote de una cantidad de vivencias, de intensidades. Mercedes Sosa es aquí tanto lo que dice con sus palabras como lo que elige para contar, a veces desde la reflexión preocupada, a veces desde el dolor y la congoja, a veces desde el candor.

Todo esto transita por un itinerario de ninguna manera rígido, pero que sí tiene algunas estaciones básicas: infancia, adolescencia, despertar artístico, noviazgos, amorcitos, amores, desamores, ideología, ecología, Triple A, dictadura militar, censura, cárcel, exilio, consagración mundial, creencias religiosas, enfermedad con apetencia de suicidio en el 97, testamento...

Los caminos de acceso a cualquier libro son siempre diversos, pero me atrevo a sugerir que esta biografía sea leída (escuchada) antes con la oreja del corazón, después con la oreja del cerebro.

Rodolfo Braceli

(en el diciembre del 2002)

rbraceli@arnet.com.ar

Prólogo a esta edición

Tan alarido y tan lágrima,

Tan inmensa y tan tierna,

Tan épica y tan pétalo.

Nació apenitas después de la partida de Gardel. El azar sabe lo que nos hace.

Murió, dicen que murió, el día del natalicio de la Violeta Parra. El azar sigue sabiendo lo que nos hace. Gracias pues. Gracias a la vida.

Sabíamos, nosotros sabíamos, que Mercedes Sosa, La Negra, cantante y cantora, era mundial y venerada por las clases sociales habidas y por haber. Lo sabíamos, sí, pero no teníamos idea de hasta qué punto era mundial, hasta qué hondura venerada. El 4 de octubre del 2009 después de Cristo pudimos ver para creer. Ante su muerte, o perdimos el habla o caímos en el abismo de los lugares comunes.

Por ser autor de la única biografía tejida con Mercedes Sosa viva, desde distantes ciudades y pueblos del país, y de las tres Américas, y de Europa, me llegó el reiterado pedido: que escribiera “el último adiós”, que respondiera preguntas recurrentes resumidas en un “¿qué perdemos al perder a La Negra?”

Debo confesarlo: cometí la imprudencia de escribir la palabra adiós pensando en Mercedes Sosa, y se me saltaron los tapones. No hubo, no hay caso. El adiós es para los que se van, y La Negra, desde siempre, cantando, no ha hecho otra cosa que quedarse. Suena a gastadísimo lugar común, perdón, pero lo digo: ella no podría ser olvidada, aunque nos organizáramos para eso. La famosa muerte no es perfecta, no siempre se sale con la suya. Menos en el caso de La Negra.

No es metáfora de ocasión esto de que la muerte, en algunos casos, pierde sin vueltas la partida. Con nuestra Mercedes la muerte no podrá. ¿Afirmación temeraria, afirmación ingenua? La realidad, que a veces es la mejor verdad, nos hizo ver. Un ejemplo entre tantos: sabido es que las hinchadas del fútbol se nutren del enfrentamiento, del agravio y de la insultación al rival convertido en siempre enemigo. Esto, que siempre es así, tuvo una excepcional pausa. El 4 de octubre de 2009, en varias canchas de fútbol de la Argentina, durante lo que debía ser un minuto de silencio, las siempre enconadas hinchadas se juntaron para la unanimidad de un repentino ¡La Negra no se vaaaa! / ¡La Negra no se vaaaa! ¿Cómo se consigue eso? ¿Hay quien lo pueda organizar?

La Negra pudo. Milagro que no cayó del cielo. Milagro inimaginado. Sembrado por ella, el milagro.

La Negra no ha muerto, basta de eso.

Pienso que la dimensión de lo que ella significó, significa y significará nos exige otro ángulo de reflexión. Lo intento ahora: nuestro planeta, tan ofendido, tan saqueado, pese a todo insiste en vivir, sigue teniendo pulso. ¿Cómo es posible?

Es posible porque, además de genocidios preventivos, además de misiles con daños colaterales, de hambre contra natura, de analfabetismo y analfabetización, además de tanta destrucción organizada, enfrente, sosteniendo una ardua pulseada, sin feriados, existe una multitud que no tiene nombre ni nombres, tejida por la tenacidad de mujeres y hombres que trabajan y estudian y sueñan a destajo y hacen el amor de los amores a rajacincha. Precisamente, por esta infatigable pulseada que sostienen esos seres, los primordiales, este mundo sigue con pulso.

Afrontemos la pregunta consecuencia: ¿de dónde sacan y renuevan fuerzas, de qué se alimentan los primordiales? Se alimentan del sol que insiste en asomarse, del pan de la esperanza activa amasado por infinitas manos apasionadas. Pero no sólo de eso: se nutren, además, de milagros terrenales. ¿A qué se le llama milagro terrenal? A la voz de ella. Nuestra Negra Mayor.

Pienso, y siento: no la vamos a perder jamás. No es una expresión de deseo. La Negra no se va, entre otras cosas, porque consiguió, cantando, otro imposible milagro: el de coagular el amor de las cuatro clases sociales que los argentinos sembramos desde la atroz dictadura cívico-militar de Jorge Rafael Videla asociado con Martínez de Hoz. Lo vimos en el incesante desfile en el Congreso de la Nación Argentina. Por allí pasaron todas las vestimentas, todos los colores de piel, todas las edades. Por allí pasaron los ricos, los clase media, los pobres de siempre y también los que ni a pobres llegan, los desgajados pasaron. Un hombre de unos sesenta años, zapatillas, voz lijada por la intemperie, se demoró segundos frente al ataúd. Se detuvo y dijo, austero y bramante: “Permiso. Negra querida, gracias por todo, gracias. ¡Y no, y no me le afloje eh”

CÓMO ES POSIBLE

Una desesperante desesperación lo ahoga a uno cuando la

escucha:

¿cómo es posible que esta mujer cante así,

desde y hacia tan lejos?

¿cómo es posible que cante tan hondo,

desde y con semejante eco?

¿Con qué harina se hizo ese pan de panes,

ese pan único que es La Negra en estado de canción?

¿Qué manos la fueron amasando,

con qué levaduras, sufrimientos y goces

se fue haciendo esa Voz de semblante único

que atraviesa clases sociales, idiomas, razas, religiones?

¿Se puede explicar lo inexplicable?

¿Se pueden revelar los secretos de un don?

Se puede, en todo caso, vislumbrar ciertos secretos evidentes. El don de una voz no consiste sólo en sus cualidades, en su excelencia. Vale la voz, sí, pero con su semblante más íntimo, con su tuétano, con ese eco que emerge de la trama compuesta por goces y sufrimientos, sueños y frustraciones, exilios y retornos, desgarramientos y esperanzas, amores y desamores.

El don de una voz, de esta Voz, proviene hasta del sabor y los aromas de las comidas hechas en la casa.

Entre los pliegues de esta biografía se podrá encontrar la materia menuda que, entretejida, produce ese prodigio que es La Negra en estado de canción.

Así es: todo el tiempo hablamos de la cantante cantora. Es un milagro decimos. Adentrarse en sus días y en sus noches, en sus amaneceres e insomnios, nos servirá para empezar a comprender por qué su Voz pudo ser tan alarido y tan lágrima, tan inmensa y tan tierna, tan épica y tan pétalo. Entre otras cosas porque se nutrió de unos padres capaces de transitar la pobreza sin renunciar a una fruta única: la fruta de la alegría pese a todo.

Cada vez que ella canta la muerde, a la fruta, y vadeando la intemperie de la pobreza le llega hasta el carozo, a la fruta. Ella canta tan inmensamente porque en su laguito interior atesora una herencia recibida: sabe que no hay quien pueda con la alegría, porque no hay quien pueda con el amor.

Ella, hablando en carne viva, de algún modo nos siembra las claves para aproximarnos a esa voz con fundamento que nos llega tan corazón adentro, así cante en el Luna Park, en el Colón o en el Olimpia, en la América latina o en Europa o en el lejano Oriente.

Antes de seguir: en mi prólogo a la primera edición de esta biografía (2003) cuento entretelas: la escribí dejando de lado la minuciosidad atada al almanaque para darle paso al fluir de los impulsos de ese otro almanaque, el que obedece a la memoria primordial del corazón. Entonces, aun sabiendo que los caminos de acceso a cualquier libro son siempre albedrío del lector, me atreví a sugerir que, se acceda por donde sea, esta biografía fuera leída (escuchada) antes con la oreja del corazón y después con la oreja del cerebro.

En esta edición, la definitiva, mi sugerencia es la misma. (Dicho sea: esta edición respeta enteramente los contenidos de la primera. Los agregados son sólo informativos, en el apéndice, para completar la cronología y discografía a partir de 2003, hasta 2009.)

DETRÁS, DEBAJO, ADENTRO DE LA VOZ

Propongo al lector, en este rato, además de escuchar con el corazón, cerrar los ojos para ver más lejos. Observemos cómo ella nos cuenta y contándose alumbra los secretos que vertebran esa voz tan cercana y tan inalcanzable.

Dirá de sus abuelos: “Una parte de mis raíces viene de Santiago del Estero, tierra de gente nacida para ser buena. Mis abuelos paternos se casaron jovencitos. Ni quince años tenía mi abuela, cuando ya había parido su primer hijo. Los hijos venían uno detrás del otro, sin miramientos, y nacían en las casas. Llegado el momento el hombre le decía a su mujer casi niña: ‘Deje de jugar y ponga a hervir agua en la olla. Voy a buscar a la comadrona’. Así vino mi padre... Se nacía sin tanta historia, con las ventanas abiertas, al sol o con la luna alumbrando”.

Dirá del amor para siempre: “La de mi papá y mi mamá es una historia de amor para siempre. Ya sé, parezco pavota; todos dicen que eso es imposible. ¿Imposible? Mi papá y mi mamá nunca se aburrieron de quererse, nunca… No sé bien cómo se conocieron... o sí sé, me lo contaron mateando después de la siesta. Ellos estaban en un velorio de angelito; en esos velorios, en el Norte argentino, se juega el juego del botón y se canta… En el juego están todos con los puños cerrados y alguien tiene un botón en la mano. Hay que adivinar quién. ¿Ingenuo? Hasta cierto punto, porque se trata de semblantear... Mi papá fue mirando las caras y al llegar a mi madre dijo, respetuoso: ‘La señorita tiene el botón’. Mi madre lo tenía. Ahí empezó todo...”.

Dirá de ellos: “Me gusta volver a mis padres. Sin ellos, ¿quién sería yo? Menos que nadie sería… Dura la vida de mi padre: fue estibador, hombreó troncos, en el horno del ingenio trabajó en pleno verano, pobrecito… Pero nunca sufrió como en el aserradero. Allí no había vaso de leche, ni máscaras. Hasta que mi madre dijo: ‘Será lo que Dios quiera, pero ahí no trabajás más’. Mi papá era un cadáver que caminaba. Ay, cómo esperábamos los sábados: ese día él traía su sueldito. Para entonces mi madre sólo tenía agua con sal para hervir. Hacía milagros en la cocina ella. De un kilo de harina y un huevo salían tortitas, pan, fideos… Hubo un tiempo que mi padre se quedó sin trabajo… Al final le dieron un lugarcito en el infierno: alimentaba las terribles calderas del ingenio. Quienes más lo ayudaron fueron los santiagueños… traían comida y apartaban un plato para él. Pobres ayudándose entre pobres. Mi papá no se llevaba su ración de comida por… porque en mi casa no alcanzaba. Pobrecito”.

(Pausa y pregunta: ¿Por estas cosas vividas será que La Negra canta así de hondo? )

Sigamos escuchándola: “Mi madre lavaba y planchaba para casas de gente con buen pasar. Había que vernos a nosotros, sus hijos, vestidos siempre como los mejores, porque mi mamá aceptaba la ropa vieja y la inventaba de nuevo. No me gusta hacer alarde de pobreza, la cuento en homenaje a mis padres. Hubo noches en que nos acostábamos con ese dolor de estómago que viene del hambre. Mi mamá bromeaba, nos daba un bollito, mate cocido y nos sacaba a jugar al Parque 9 de Julio. Mordíamos aire, comíamos inocencia… Mi papá y mi mamá se las arreglaban para alumbrar cada día. Si tuviera que meter toda mi niñez adentro de una palabra, elegiría ‘felicidad’. Fuimos tan pobres pero ¡tan millonarios! Mis padres no sólo eran abnegados, fueron sabios: jamás nos hicieron sufrir su sufrimiento. En la casa había alegría. Y adentro de la alegría estaba la felicidad, como pan de cada día”.

Esa Voz que canta desde tan lejos y tan hondo, ya vemos, anida sus claves en aquella pobreza que no extravió la primordial alegría. Cuando Mercedes está en el escenario crucial, en el salto al vacío que impone a sus canciones, ve cosas.

¿Qué ve?

Ve a su madre lavar y planchar infinitas ropas ajenas…

Ve cómo con un puñado de harina, mezclado con risas por partes iguales, hace de nuevo la multiplicación de los panes…

La pregunta porfía, reaparece: ¿Cómo, cómo es posible que se pueda cantar así: así de hondo, así de lejos?

Mientras la respuesta se cocina con la paciencia del rescoldo, sigamos escuchando a esta mujer, tan sola y tan acompañada: “Una soledad acompañada por un río de veneradores no deja de ser soledad. Qué paradoja la mía. Como diría el poeta Serafín Andrés: Estoy sola, tan amada por una multitud hecha a mi imagen y semejanza… Así es la cosa, así es mi cosa. ¿Qué es la felicidad? Para mí es respirar el olor de las comidas mientras se están haciendo. ¿Y la soledad? La soledad es esto que siento desde hace tantos años cuando baja la noche. Es mi cama tan vacía... Puedo acostarme mirando para acá o mirando para allá, lo mismo da, porque estoy sola... No no no, la soledad no le hace descuento ni a los bellos ni a los famosos. Hay momentos en que uno cambiaría aplausos y fama por la caricia, por el sonido de la respiración del compañero compartiendo los días y las noches... Siento que la soledad es mi enemiga; tal vez tenga que aprender a ser amiga de mi enemiga... Pero no soy una desagradecida: siento también algo muy en el fondo de mi corazón, y no sé si llamarlo alegría... Alegría porque estoy viva, y estando viva he aprendido a oler cuando respiro y a ver cuando miro”.

Todos tenemos cinco sentidos y a veces un sexto. Ella al revés.

Será por eso que en su último disco, Cantora, reunió a cantantes tan distantes, tan distintos. Fue el coagulante de las diversidades más intensas.

Será por eso que, según pasan los años y las generaciones, ella nos despierta zonas tan adormecidas.

Será por eso que en la biografía personal de infinitos miles cada etapa de esas vidas tenga de fondo, siempre, un disco de esta hermana mayor.

Así va siendo la cosa: su Voz viene haciendo nidos en el corazón de millones. Qué prodigiosa alquimia: ella, tan solita de compañero, cantando puede alzar nuestros sueños, puede volverse panadera repartidora de felicidad sin mirar a quién. Todo lo consiguió y lo consigue, siempre, con ese sexto sentido que en ella es el primero.

No hay caso, no ha muerto: respira de otra manera.

La Negra no se fue, la Negra no se va.

ESTÁ CANTANDO, ESCUCHÉMOSLA

¿Por qué hablo, así, en presente, si todas las noticias insisten en decirnos que Mercedes Sosa ya murió a los cuatro días del mes de octubre del 2009?

Por favor, un poco de criterio: las noticias, tantas veces, en lo esencial mienten, faltan a la verdad. Si ella nació no iba a ser para morirse. El aire, este aire que ahora respiramos, a ella se la aprendió de memoria. Suficiente con que apoyemos nuestro oído en el pecho del aire para escucharla.

Damas y caballeros, ¿alguien se atreve a negarlo? Ella, nuestra Negra Mayor, está cantando. Al sol le consta.

Algunos a dios lo creen en minúscula, otros lo creen en mayúscula. Vamos a suponer Dios. Él, ahora, está sobre una nube (pero no en las nubes). Se ha enterado Dios de que Mercedes Sosa, ya sanita y sin el agobio de insoportables tristezas, vuelve a cantar. De inmediato reúne a su gabinete de ángeles asesores y les ordena: Vayan a ver si llueve. Todos eh. Por fin solo, el Supremo busca el taladro que heredó de su abuelo, le hace un agujero al piso de la gran nube, se tiende y apoya la oreja. Desde abajo, desde el reino de la Tierra, sube, divina porque humana, la Voz de La Negra. Dios saca pecho, y pensando en voz alta se consuela: Hitler y Bush y Massera y la banda ésa no me salieron bien. Pero esta mujer sí. Y haciendo bocina con las manos, le grita a través del agujero de la nube: ¡No se muera nunca, Negra, por Dios!

Nuestra Negra le va a hacer caso, por los siglos de los siglos.

Rodolfo Braceli

(en el enero del 2010)

I

TUCUMÁN. TAN LEJOS Y HACE TIEMPO

Infancia tucumana. El papá, la mamá

Mi mamá dice que mi papá se olvidó mi nombre adrede cuando me fue a inscribir al Registro Civil. Y me puso Haydeé Mercedes en vez de Marta Mercedes. Mi mamá quería que de primer nombre yo me llamara Marta. Así sin hache, Marta. Claro, como es lógico, en mi casa mandaba mi papá, pero claro, como es lógico, siempre se terminaba haciendo lo que quería mi mamá. Y entonces todos desde que me recuerdo me vienen llamando Marta. Soy la Marta y me gusta mucho más ser la Marta que Mercedes Sosa. Esto nadie lo cree, pero es así, realmente.

Con el asunto del nombre me libré de una buena: mi mamá anduvo pensando en ponerme Julia Argentina, porque nací un 9 de julio, el Día de la Independencia, cerquita de la casa histórica de Tucumán. Hubiera sido una exageración. Se imaginan a los presentadores del mundo diciendo: Y aquí... ¡Julia Argentina Sosa, de Argentina! Otra exageración dentro de una vida marcada por hechos exagerados, no queridos, ni siquiera soñados... ¡Julia Argentina Sosa, de Argentina! Madre mía. También me anduve llamando Gladys Osorio, cuando casi adolescente empecé a cantar por los micrófonos de una radio. Al final, puertas adentro las cosas son como las madres quieren y puertas afuera son como la gente manda. En mi casa definitivamente soy la Marta. Para la gente definitivamente soy la Negra.

Qué lío con esto de los nombres. Otro que tuvo su historia con el nombre fue mi papá. Se llamaba Ernesto Quiterio, menos mal que le decían Tucho. En la escuela siempre tuve que soportar la misma pregunta de las maestras: ¿Quiterio? ¿Pero por qué Quiterio? Yo le preguntaba a mi papá y él no sabía. Resolví que como en su familia tuvieron tantos hijos, qué sé yo, once creo, ya no sabían qué nombre ponerles... Podría haber sido Criterio. Y... ja ja... hubiera sido una falta de criterio, ¿no?

Una parte de mis raíces provienen de Santiago del Estero, tierra de gente nacida para ser buena. Por parte de mi papá mis abuelos se casaron muy jovencitos. Ni quince años tenía mi abuela cuando ya había parido su primer hijo. Los hijos venían uno detrás del otro, sin miramientos, no importaba la pobreza. Y casi todos nacían en sus casas. Llegado el momento el padre le decía a su mujer casi niña: Deje de jugar y ponga a hervir agua en una olla. Yo voy a buscar a la comadrona. Así vinieron mi padre y los otros tíos, tío Mauro, tía Rosario... Se nacía sin tanta historia, con las ventanas abiertas; a veces se nacía al sol o con la luna alumbrando.

Por el lado de mi mamá la mano vino con mucho sufrimiento. Con razón ella estuvo la vida entera enojada con su padre, al punto de no querer verlo ni hablarle ni nada. Sí, porque este hombre se casó por el civil y por la iglesia con mi abuela Genoveva pero la abandonó cuando estaba gruesa de mi mamá. Una crueldad. Este abuelo se llamaba Miguel, Miguel Girón, y se fue para siempre a Santa Fe, a Tostado. Mi abuela en cuanto pudo partió a buscarlo y lo encontró y ahí estuvieron juntos una semana. Ella se habrá ilusionado, claro. Pero él la convenció con martingalas para que se volviera a Tucumán: la mandó engañada, prometiéndole que pronto iría a buscarla. Mintió: nunca más volvió. Pobre mi abuela, tan jovencita y abandonada. ¿Por qué harán estas cosas los hombres? Bueno, los hombres y... a veces las mujeres. El caso es que mi abuela Genoveva se volvió a Tucumán con la ilusión y con algo más, con la semilla de mi tía María Ángela en su vientre. Quedó preñada en esa semana de falsas ilusiones y engaños.

Razones para el odio no le faltaron a mi mamá. Ella le escribió varias veces a su padre y nunca tuvo contestación. Yo también le escribí varias veces, y tampoco. Hasta que hubo una última carta que sí fue respondida, pero no por mi abuelo, sino por el comisario del pueblo. Le decía a mi mamá redondamente: Mire señora, el señor Miguel Girón reconoce que es su papá, pero no quiere saber más nada de usted. No quiere que le escriba más y no quiere verla tampoco. Es cosa de no creer, pero hay tantos hombres que por propia voluntad se les desaparecen a sus hijos. Con los años yo y mi hijo Fabián padecimos un dolor parecido...

Pero la vida tiene sus vueltas. No todo tiene que ser sufrimiento. Mi abuelo Girón armó otra familia en Tostado, tuvo más hijas, desconocidas para nosotros. Y como el mundo no es chico sino chiquito, pasó esto: en el año 80 yo estaba de gira en Israel. Una noche viene una mujer y me dice: Me llamo Rivska, yo soy tu tía, vivo en Haifa. Yo dije esto es una joda, qué está pasando acá. Ella sigue: Vos sos Marta. ¿Acaso no tenés en Santa Fe un abuelo que se llama Miguel Girón? Ahí me desayuné y me di cuenta que la mano venía en serio. Pero yo no sabía que tenía una tía, y en Israel. Al rato me entero de eso y de otras hermanas más, todas hijas del segundo matrimonio de mi abuelo. Dos años antes de la muerte de mi mamá, vino a la Argentina esa media hermana de Israel, se juntó con las otras dos medias hermanas y se fueron a conocer a mi mamá a su casa, en Tucumán. ¡Lo que fue eso!: las cuatro juntas, felices como criaturas, haciéndose bromas, contándose sus vidas, cocinando, comiendo, jugando a la lotería, viviendo en un puñadito de días lo que el padre ingrato y abandonador no les había permitido vivir en setenta años.

Para que la felicidad fuera completa, después la llevé a mi mamá a Israel. Y allí otra vez se abrazaban y lloraban y reían como niñas, esas hermanas tantos años distanciadas. Allí también conocí a una prima... Que Rivska era tía mía es indudable porque se larga a cantar y canta como yo, canta bien, se peina y se pone los anteojos como yo y toca el bombo y tiene un éxito bárbaro. Ella tiene dos nietitos que la acompañan, uno toca el charango y el otro el bombo.

Sí, muy chiquito es el mundo. La maldad de Miguel Girón no pudo deshacer el vínculo de esas hermanas que no se conocían. Tía Rivska me contó que no era un buen tipo este viejo; también la hizo sufrir mucho a su madre. Será porque él, después de todo, tenía ese oscuro secreto del abandono fermentando muy adentro de su alma. Por suerte mi abuela encontró a un hombre bueno, mi abuelo Florentino, y vivió con él hasta que los dos murieron de viejitos. La muerte siempre es odiosa, pero recibida así juntitos, vaya y pase, es otra cosa.

(

Mercedes, antes de cambiar de tema supongamos: aquí, ahora, tenés a tu abuelo Miguel Girón. ¿Qué le decís?

—Que se vaya a la mismísima... No no no, no le digo eso. Mi mamá nos ha enseñado a respetar a los mayores. Me daría un sopapo mi mamá si completo la frase.

No le decís eso, ¿qué le decís en cambio?

—Le digo que abandonar a una mujer estando gruesa de un hijo, ¡eso no se hace!... Aunque no, tampoco eso le digo. Mejor le pregunto: ¿cómo es posible hacer algo así?, ¿cómo es posible dormir, comer y vivir soltando para siempre a una hija y a otra hija?

)

La de mi papá y mi mamá sí que es una historia de amor para siempre. Sí, ya sé, parezco pavota; todos dicen que es imposible el amor para siempre. Yo digo que puede ser imposible, pero deja de ser imposible cuando entre el hombre y la mujer hay amor verdadero. Mi papá y mi mamá nunca se aburrieron de quererse, nunca. Y eso, yo y mis hermanos y mi Fabián lo vimos.

No sé bien cómo se conocieron mi papá y mi mamá... o sí sé, me lo contaron un día, mientras tomábamos mate después de dormir la siesta: ellos estaban en un velorio de angelito y en los velorios de angelito del norte se juega el juego del botón, se canta, todo es muy ingenuo. En el juego del botón están todos sentados con los puños cerrados y hay alguien que tiene el botón en una mano. Y hay que adivinar. Se trata de mirar a los ojos, de semblantear... Mi papá fue mirando las caras y al llegar a mi madre dijo muy respetuoso: La señorita tiene el botón. Mi madre lo tenía. Ahí empezó todo. Mi mamá era señorita, aunque había tenido una hija de soltera, Clara Rosa Girón, siete años me llevaba a mí. Mi abuela Genoveva, que acostumbraba a criar hijos de padres que no se hacían cargo, la criaba a Clara Rosa; la Chocha le decíamos.

Para mi madre tener esa hija fue algo muy fuerte. Porque era una mujer brava, de agallas, inteligente aunque casi sin libros, pero estamos hablando de una madre soltera del año 1928... Indudablemente mi mamá sin saberlo era una feminista, una adelantada como lo fue Alfonsina Storni. Hoy cualquier chica soltera tiene un hijo, en aquellos años era una cruz y un estigma. El caso es que la señorita Ema Girón quiso que su hija se llamara Clara Rosa Girón. Y mi mamá salió adelante porque se encontró con mi papá, un hombre muy bueno, muy respetuoso, nada que ver con esos atorrantes renegados sin corazón. Mi papá con los años quiso darle su apellido a Clara Rosa y mi mamá lo agradeció, pero no lo aceptó: No, Tucho, porque vos no sos el padre de la Chocha.

El matrimonio de mis padres resultó muy sólido porque se ayudaron los dos y vivieron todo parejamente, los dos trabajaban afuera y adentro de la casa. Mi mamá no era la mujer que sólo sirve para preñarse, sacar hijos y ser una sirvienta. En todo estaba a la par.

Del amor de mis padres nacieron cuatro hijos, el primero se murió al año, de no sé qué enfermedad... ¿Miguelito se llamaba?, si mi mamá estuviera cerca me lo diría... Ella no está pero sí está mi hermano Cacho, el más chico... ¡Cachoooo! Vení. Contá. Pero presentáte antes. ¿Cómo era que se llamaba ese hermanito que se murió antes que yo naciera?

CACHO SOSA:

Me llamo Fernando del Valle Sosa, me dicen Cacho, nací el 24 del 3 del 40, cinco años después que la Marta. Soy el menor. El hermanito que se murió no sé cómo se llamaba, le decían Coquito. Vivió sólo siete meses, y mi mamá ya estuvo de encargue de la Marta, que nació al año siguiente, en el 35. Nuestro hermanito ha muerto por los calores; al tener desarreglo de vientre se ha deshidratado. Una colitis, una diarrea hasta secarse. En aquel tiempo en el norte morían muchos chicos así. Bueno, en aquel tiempo y ahora ni hablar. Cuando ha pasado lo de Coquito nosotros vivíamos en Pasaje San Roque 344, que era la casa de los abuelos paternos, Miguel Sosa y Mercedes Ruiz. Por ella a la Marta le pusieron también Mercedes. Estos abuelos venían de Matarás, una parte muy salavinera de Santiago de Estero, al este. En la casa de ellos hemos vivido hasta julio del 52. Mercedes tenía diecisiete años entonces. Nuestro abuelo Miguel primero trabajaba en una finca de Paraíso, y después en la compañía de electricidad cuando se instala en la ciudad. Aquella casa era modesta, pero al menos casa era. Tenía un patio enorme con un árbol grandísimo que nos daba mucha sombra en tremendos veranos muy secos. Entonces no llovía casi nunca. El árbol era una morera, y por ese árbol podríamos haber muerto. Pero gracias a él tuvimos por fin nuestra casa propia.

Dale, Cacho, seguí contando que vos tenés buena memoria para esas cosas.

Fue a principios del 51. Han venido esos vientos que les llaman tornados, vientos tremendos con remolinos. Tal ha sido el viento que ha arrancado la morera de cuajo. Estábamos todos ahí cuando se corta la luz y la morera cae sobre una parte de la casa. Todos en la oscuridad empezamos a nombrarnos, eran como las doce de la noche. Nos llamábamos a los gritos, desesperados, pero había uno que no contestaba, mi hermano Chichí. Ha pasado esto: cuando Chichí ve que la morera cruje y se inclina, él atina a tirarse adentro de una habitación y cierra la puerta. Y allí queda prisionero. Al ver que el Chichí nos faltaba, mi mamá y Mercedes se han puesto a llorar desconsoladas. Pasó un rato, empezamos a apartar ramas, llegamos a la pieza que estaba semiderrumbada y aparece el Chichí, y bueno, se había salvado. Después de esto, gracias a la morera, la Marta ha empezado a diligenciar la casa de Barrio Jardín. Tenía la Marta entonces dieciséis años y ya cantaba y era apreciada por eso en el Partido Peronista. Pensar que la Marta aquella vez también pudo morir aplastada por la morera. Y ya no hubiera cantado más y no hubiera sido famosa y no hubiera actuado ni en el Colón ni en Nueva York ni en Japón ni en el Vaticano ni en Israel.

Sí, Cacho, ahora recuerdo lo de la morera. Cuando gritábamos en la oscuridad y el Chichí no contestaba pensamos lo peor. Y cuando lo vimos sano y salvo todos nos abrazamos y seguimos llorando, pero de alegría. Qué cosa, a veces de un segundo para otro las mismas lágrimas que eran de espanto son de felicidad... Pero Cacho, sabés una cosa, al final te olvidaste de lo más gracioso... Como la casa quedó medio sepultada por la morera hubo que llamar a los bomberos. Aquel fin del mundo duró no más de media hora, de pronto el cielo se despejó y aparecieron muy intensas las estrellas... Resulta que vinieron los bomberos, reacomodaron todo con chapas: la casa quedó como un campamento de indios. Había una larga escalera. No vayan a subir al techo porque es muy peligroso. Lo primero que nos dijeron es lo primero que desobedecimos: ¿te acordás, Cacho?, subió el Chichí y enseguida yo. Cuando nos dijeron que bajáramos, el Chichí, que se veía todas las películas de Tarzán, gritó ¡yo soy Tarzán! y se tiró. Cayó y quedó como muerto. Llamamos a la asistencia pública y Tarzán se despertó.

Voy y vengo, me adelanto demasiado con mis recuerdos. Tengo que retroceder, a ver si me ordeno...

A los pocos meses de la muerte de mi hermanito nací yo, justamente un 9 de julio. A eso de las seis de la mañana se escucharon los cañonazos celebratorios y mi mamá dijo: Parece que esta chica va a ser algo grande. Ella lo presintió, pero sin ambición. Porque ser algo grande significaba irse lejos de la familia. Yo nunca lo imaginé y nunca lo quise. Ya sé que no me creen, pero lo diré hasta que me crean porque es la verdad. Hablando de los 9 de julio, ese día mi mamá nos despertaba con chocolate, era el único lujo que nos podía dar. Recuerdo conmovida el sacrificio que significaba para mi papá comprar por única vez un kilo de masitas para celebrar a la noche la fecha patria y de paso mi cumpleaños. Ni imaginaba yo entonces que años después iba a celebrar mi cumpleaños en Polonia, porque estaba en gira con Los Trovadores y el ballet de Néstor Pérez Fernández.

Fui la primera y única mujer de la familia Sosa. Me cuentan que mi papá se volvió loco de alegría por mí. A los cuarenta y cinco días de mi nacimiento mi mamá quedó embarazada, de Chichí. En menos de dos años tuvo tres hijos. Fue todo tan seguido que se le puso mal la leche y no pudo darme el pecho. Mi padre ayudó mucho entonces, me daba tecitos con leche.

Mi media hermana Chocha murió en 1957, a los veintinueve años. Fue un drama eso. Ahí empezaron para mí las muertes de seres cercanos y queridos. La Chocha murió de manera absurda. Ya casada, desde La Plata había venido a pasar las fiestas en Tucumá

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