NOTICIA PRELIMINAR
Las peripecias de un nombre
Durante mucho tiempo, en Europa, las gentes solían pronunciar y escribir los nombres extranjeros según la fonética y entonación de su propia lengua. Un apellido inglés o francés no tenía el mismo sonido en España que en Italia o Alemania, y por tanto cada uno lo escribía y pronunciaba a su manera. Así, por ejemplo, en Inglaterra, el navegante genovés Giovanni Gaboto era conocido como John Cabot. En Francia, el portugués Fernão de Magalhaes era llamado Magellan, mientras que en España se lo nombraba Magallanes. En la propia España sobran los ejemplos al respecto: el célebre cardenal francés Pierre d’Ailly es Pedro Aliaco; el cronista italiano Pietro Martire d’Anghiera es Pedro Mártir de Anglería; Niccolo Macchiavelli es Nicolás Maquiavelo y hasta el genovés Christoforo Colombo se traduce al habla española como Cristóbal Colón.
Con respecto al personaje que se retrata en este libro ocurre otro tanto. Si bien nació en Florencia bajo el nombre de Amerigo Vespucci, el mundo de habla hispana lo transfiguró en Américo Vespucio. Sin embargo, en vida del navegante florentino, su nombre dio tantas vueltas y revueltas que vale la pena enumerarlas.
Amerigo Vespucci fue bautizado en la Iglesia de Sancta Lucia di Ognissanti el 18 de marzo de 1454. Es curioso que llevara el nombre de Amerigo, ya que pese a los usos de la época y a la extrema religiosidad de su familia, no era aquél un nombre que apareciera en el santoral cristiano. Amerigo es una deformación toscana del nombre godo Amalarico, que a su vez proviene de Aymerillot y de Amaury. Pero además, el propio Amerigo no soñaba que de ahí en más, por razones de pronunciación, por mera torpeza o simplemente a causa de la anarquía ortográfica de la época, su nombre y su apellido serían distorsionados hasta el hartazgo.
En documentos pertenecientes a los siglos XV y XVI, es posible hallar al menos una veintena de formas distintas de escribir su nombre. Pasemos lista a algunas de ellas. En una carta escrita por el piloto español Alonso de Hojeda aparece mencionado como Morigo Vespuche, aunque el mismo Hojeda, algunos años después, lo llama Emerigo Vespuche. Hieronimo Vianello, secretario del embajador florentino en España, lo nombra como Almerigo Vespuchi. El propio Cristóbal Colón, en una carta dirigida a su hijo Diego, se refiere al florentino como Amerigo Vespuchy. De igual modo, en una misiva escrita por el célebre cardenal Cisneros, aparece como Amerrigo Vespucio. Poco más tarde, en su libro Paesi novamente ritrovati, Francazio de Montalboddo lo deforma aun más llamándolo Alberutio Vesputio, lo cual parece causar una suerte de “arrastre” de errores, pues de ahí en adelante algunos otros lo mencionarán como Alberico Vesputio. Pero aún hay más. El embajador veneciano Lunardo Ca Masser va más lejos que nadie y le inventa un nombre: en una carta escrita de su puño y letra, Amerigo es mencionado como Francesco Amerigo, sin que haya la menor razón que justifique ese primer nombre. Otro embajador veneciano, Francesco Corner, lo deforma aún más al llamarlo Almerico. Algún tiempo después, cuando el rey Fernando el Católico le concede el título de Piloto Mayor de España, dicta una real cédula en la que lo nombra Amerigo Despuchi. Poco después, otra cédula real le asigna un sueldo de 50.000 maravedíes al año y allí aparece como Amérigo de Espuche. Sin embargo, ese mismo día le es otorgado un aumento de 25.000 maravedíes, pero su nombre, acaso escrito por algún otro secretario, es ahora Amérigo Vispuche.
Naturalmente, a toda esta colección de errores es preciso añadir las muchas formas verbales de pronunciación, que suman otras tantas variantes al nombre de Amerigo. En Sevilla, por ejemplo, donde las gentes de pueblo se guiaban por oídas y fonéticas, el navegante florentino era conocido como Espuche, Vespuche, Espuchi, Bespuche, Bespucio y otras tantas formas similares.
Pero todavía hay más. Como se sabe, durante muchos siglos el idioma latín fue utilizado como una suerte de lengua universal entre los círculos ilustrados. Los más grandes pensadores y poetas solían escribir sus obras en aquel idioma inmortal, el mismo de César, Virgilio y Séneca. Muchos de ellos, asimismo, gustaban de latinizar su propio nombre, como si llamarse Erasmus en vez de Erasmo fuera señal de mayor celebridad y prestigio. Pues bien, Amerigo no escapó a la tradición, y una vez más su nombre fue objeto de mezcolanzas, revoltijos y mutaciones. Por ejemplo, en la Cosmographiae introductio, el librito en que los monjes del monasterio de Saint Dié bautizaron a América en su honor, se lo llama Americu Vesputiu. Martin Waldseemüller, el autor del mapa que acompaña al libro, escribe su nombre como Americi Vespuci. Giovanni del Giocondo, al traducir los viajes de Amerigo al latín, se refiere a él como Alberic Vespucci. Y otros muchos autores de la época lo llaman Americus Vespuccius, Americi Vesputti, Albericus Vespucius y demás variantes.
Todo ello habla del habitual manipuleo de copistas, traductores e impresores y, por supuesto, del escaso interés de los copistas de aquellos años por mantener las formas correctas del lenguaje y la escritura. Pero además, sugiere la extraña conclusión de que sólo por casualidad el Nuevo Mundo ha recibido el nombre de América. Cuando el monje Martin Waldseemüller bautizó de ese modo a las Indias Occidentales, tenía ante sus ojos una carta de Vespucci traducida al latín en la que éste figuraba como Americu Vesputiu. De ahí que pensara en llamar América al nuevo continente, afeminando el nombre de Americu, del mismo modo que Europa y Asia habían recibido sus nombres de mujeres. Pero Waldseemüller, como hemos visto, podía haber tenido ante sí cualquier otra variante del nombre de Amerigo, en cuyo caso nuestro continente podría llamarse Americia, Alberica, Albericia, Almeriga, Almerica, Ameriga, Meriga, Amerriga o Alberutia.
En lo que a este libro se refiere, pese a haberse hispanizado y aceptado la forma Américo Vespucio, conservaremos la grafía original italiana, esto es, Amerigo Vespucci. Así fue conocido siempre entre sus familiares y compatriotas, amén de que el nombre Amerigo posee, a nuestro juicio, un sonido más agradable y musical que su análogo español. No obstante, y vaya una curiosidad más, tampoco es literalmente correcto llamar Amerigo a nuestro personaje, pues en el acta de bautismo de la Iglesia de Ognissanti, ¡el poco ilustrado párroco anotó su nombre como Amerigho!
Una sombra anda tras mis pasos. Me persigue como un lobo, me acosa, me hostiga, acecha a cada rincón, busca importunar mis días y mortificar mi espíritu. Es la sombra de la más injusta y deshonrosa difamación. Mi nombre ha debido y aún debe soportar el más largo rosario de calumnias que pueda tolerar hombre alguno. ¿Qué no se ha dicho de mí? He sido tildado de advenedizo, de presuntuoso, de ladrón, de usurpador. Por todo el mundo ha corrido la infame patraña de que he falseado datos y alterado la fecha de mis viajes, de que he escrito libros espurios y cartas fraudulentas. Alguien ha dicho de mí que hasta he querido robarme un continente. Otros más crueles aún han pretendido borrarme de la faz de la Tierra: “¡Ese Amerigo nunca existió! —han dicho—. ¡Es una invención, una siniestra invención para dañar la fama del Almirante Colombo!”
Pero aquí estoy, en mis últimos años, dispuesto a tomar la pluma de una vez y conjurar los mil y un rumores que pesan sobre mi persona.
Sé que es una tarea difícil. De ordinario he sido un hombre discreto y cauteloso, un espíritu fino y sensato que jamás ha buscado la riña o la controversia. Pero ahora la sangre me hierve a causa de la indignación. Escribo con mano afiebrada y temblorosa, mi pulso se enardece, mis ojos brillan, a veces rasgo el papel con la irritación propia de quien ha sido humillado y tenido por falsario.
Debo decir que nunca he perseguido la fama ni he corrido en pos de tesoros o riquezas. Apenas he sido un hombre común, un buen piloto quizás, aunque sin mucho de héroe. Sin embargo, ha caído sobre mí todo el peso de la degradación. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de semejante ensañamiento hacia mi persona? ¿Quién ha querido mostrarme como un hábil estafador y un rufián que ha pretendido anunciarse a todos como el verdadero descubridor del Nuevo Mundo, y despojar así de aquella gloria al insigne Almirante don Christoforo Colombo?
La historia es extensa y caprichosa. Un muy erudito fraile ha sido el primer eslabón de esta cadena de leyendas y engaños. Sostuvo, sin más argumentos que su propia tozudez, que yo pretendí arrogarme el descubrimiento del Nuevo Continente, que oculté la empresa del gran Almirante genovés, que mandé a fraguar mapas y escritos enteros en favor de esa mentira. Y a los desatinos de aquel fraile no tardaron en sumarse otros muchos, como el de cierto oficial de la Corona española que me trató de embaucador, o como aquel conocido sabio, prestigioso coleccionista de documentos, que me acusó de haberme atribuido el mando de una flota, cosa que jamás me atribuí, que dio por falso uno de mis viajes al Nuevo Mundo, apoyado en una oscura fuente apócrifa, y que me endilgó el penoso título de usurpador al afirmar que bauticé a América con mi nombre, cuando en modo alguno tuve yo que ver con ello.
Pero eso no es todo. Visto que yo debía ser un aprovechado, algunos se permitieron incurrir en disparates. Hubo quien puso en tela de juicio mis viajes al servicio de la Corona española, pues a su entender, el rey Fernando el Católico jamás habría confiado tales expediciones a un extranjero como yo. Por cierto, olvidaba este caballero que Colombo era italiano y Magallanes portugués, y sin embargo ambos habían trabajado para España.
Gran parte de estas ofensas, he de decirlo, se debieron a mi condición de extranjero. A muchos españoles no les cayó en gracia que las tierras del Nuevo Mundo llevaran el nombre de un florentino. Pero si tal hostilidad se desató en los reinos de España, no menos injurias he recibido en otras latitudes. Un inglés dijo de mí que era “un feliz impostor”, y cierto renombrado poeta del Nuevo Mundo me dedicó tales invectivas que merecen citarse por entero: “Extraña que toda América —escribió este señor— deba llevar el nombre de un ladrón, Amerigo Vespucci, negociante de conservas en Sevilla, que salió en 1499 como subalterno de Hojeda, y cuyo puesto más elevado en el escalafón naval fue el de segundo contramaestre en una expedición que nunca se dio a la vela, pero quien se dio trazas para suplantar en este mundo mentiroso a Colombo y bautizar la mitad del globo con su propio nombre de embaucador”.
Siento que mi pluma vacila. No es sencillo deshacer la maraña de errores, tropiezos y falsedades que se me han adjudicado. Hay quien me llama “novelista mentiroso”, “personaje fatuo”, “navegante como los había a montones”. Pero eso no es todo. Otras lenguas han dicho que no he sido el primero en avistar la tierra del Brasil, y que jamás he estado en Portugal o prestado servicio alguno a esa Corona. Por otra parte, mis mis cartas de viaje han desvelado a muchos eruditos. Se las ha husmeado al derecho y al revés en busca de errores, de faltas, de contradicciones, de plagios. Algunos doctores han querido ver en ellas una mera repetición de las crónicas de Marco Polo o de algún otro célebre viajero. Tratados hay en los que se analiza mi escritura, mis modismos literarios, mi lenguaje. Más de una vez se me han achacado erratas que, en realidad, debieran atribuirse al descuido o la impericia de copistas, traductores, secretarios o imprenteros. Y otros han llegado a borrar la cuestión de un plumazo dando por falsos y espurios mis escritos más importantes.
¿Cómo será posible deshacer la comedia de errores que aquel buen fraile ha tejido con su ignorancia, o tal vez movido por oscuros motivos políticos?
Es hora de que yo mismo dé a conocer mi alegato.
1
¡Ah, las maravillas del Oriente! ¿Quién no soñaba entonces con las maravillas del Oriente? ¿Quién no amaba el agua de rosa de Damasco, la canela de Sumatra, las cenizas vegetales de Beyruth, el ámbar, el incienso, la mirra? Toda Florencia vivía fascinada por las extravagantes mercancías del Asia. Había una atracción de hechizo por la nuez moscada, el azafrán, los perfumes, el bálsamo. De Oriente parecía llegar una brisa misteriosa, un mágico perfume que inundaba la ciudad y prestaba un singular encanto a sus calles. Había mosaicos bizantinos en las Iglesias, mármoles de colores en los pisos, alfombras de Persia, cortinajes adamascados. Pero si algo ponía a arder el deseo de los florentinos era la pimienta. No sólo daba un toque de refinamiento a la mesa de los ricos y los nobles, sino que era recetada por los médicos y apreciada por los embajadores, que la obsequiaban en sus visitas diplomáticas. Pimienta se daba en pago de mercancías, en pago de tributos y prebendas, o como parte del sueldo de los cónsules, oficiales y soldados de la ciudad.
¡Pimienta, canela, ámbar, azafrán, colmillos de elefante, polvo de oro, piedras exóticas! Todo ello venía del Oriente y hacía las delicias de cada florentino. Pero además, ¿quién de nosotros no imaginaba verse alguna vez en aquellas comarcas lejanas, viajar por esos paraísos de misterio y visitar los reinos del Gran Khan, repletos de magia y fantasía, hechos de la exquisita materia de los sueños?
Hacía casi dos siglos que Marco Polo había cautivado a todo el mundo con su libro acerca del Oriente. Desde entonces, en cada florentino vivía un trotamundos, un alma errabunda que anhelaba echarse al mar y abandonarse a la aventura. Aquel librito era un verdadero compendio de los tesoros orientales. El veneciano revivía sus veinticuatro años en las tierras del Asia y hablaba de tantas y tan increíbles maravillas que toda Florencia se embriagaba con sus descripciones. Los hombres soñaban con los perfumes del Oriente, con el rico sabor de las especias, con la desnudez ambarina de una abultada y ondulante cortesana. Recuerdo haber leído aquellas páginas con tal embeleso que apenas conseguía despegar los ojos del libro.
Solía encerrarme en la biblioteca de mi tío Giorgio Antonio y hojear aquel libro hasta altas horas de la noche. Allí mis ojos vislumbraban los infinitos reinos del Gran Khan. Mi mente volaba hacia aquellas legendarias regiones, tierras de extrañas costumbres, de criaturas mágicas, de animales tan fabulosos como la jirafa, de pueblos y ciudades cuyos nombres trataba yo de retener en la memoria: Fugiu, Cambaluc, Sindufu, Coigangiu, Campcio. A cada instante alzaba mis ojos del libro y repetía en voz alta aquellos nombres que inundaban mis oídos como una música misteriosa. Me parecía descubrir en el aire el sonido de las flautas persas, de los cascabeles, de los panderos de Mossul. Desde siempre me había prometido remedar alguna vez las proezas del veneciano: ver con mis propios ojos los grandes palacios, las riquezas del Khan, la tumba de Santo Tomás el apóstol, los hombres que eran capaces de abandonar un viaje si oían a otro estornudar y los brahmanes que, según contaba Marco Polo, alcanzaban edades tan extraordinarias que muchos de ellos superaban la centuria. Mientras descorría aquellas páginas iba entrando en un raro estado de fascinación. Ya casi no existía nada a mi alrededor. Sólo vibraban los sonidos del Oriente y las imágenes de aquellas comarcas lejanas, demasiado remotas, pero que parecían atraerme con su canto de sirena.
Recuerdo que a veces llegaban a Florencia algunos viajeros venidos del Oriente. Arribaban al puerto de Pisa en naves tan cargadas de mercancías y artículos que parecían a punto de hundirse. En las plazas se alborotaban las gentes para verlos, para contemplar sus tesoros, para oír sus historias de países lejanos. Yo solía llegarme hasta allí y admirarlos como se admira a un sabio, a un descubridor de otros mundos, a un mago que posee secretos y arcanos desconocidos. Aquellos viajeros hablaban de países de ensueño que parecían sacados de una fábula. Más tarde corría yo hacia lo del tío Giorgio Antonio, volvía a encerrarme en su biblioteca y hurgaba entre sus bellísimos mapas de colores. Poco a poco empezaba a reconocer un sitio aquí, una ciudad allá, la boca de un gran río cuyo nombre había oído de labios de aquel viajero esa misma tarde. A veces, el tío Giorgio Antonio se aparecía de improviso en medio de la noche.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —me preguntaba.
Yo levantaba mis ojos y descubría su ventruda silueta junto a la puerta de la biblioteca. El tío Giorgio Antonio sonreía con una mueca de ternura. Era un hombre bajo, rechoncho, de nariz prominente y ojos vivaces. Su figura apenas cabía entre el remolino de libros, mapas, globos terráqueos e instrumentos que atestaban la biblioteca. En su mirada estaba la inconfundible expresión del hombre contemplativo, del estudioso. Era un mirar sereno y reflexivo, pero había un perpetuo gesto de asombro en sus ojos, una leve chispa de curiosidad que siempre estaba encendida como una llama votiva.
—Cipango —decía yo—. El hombre que estaba hoy en la plaza habló del Cipango.
—Es una isla —me explicaba el tío Giorgio Antonio mientras sus ojos se iluminaban de entusiasmo—. Es una isla muy lejana, más allá del mar de la China.
—¿Y es cierto que en ella hay un palacio todo de oro?
—Pues eso dicen...
Giorgio Antonio era una persona sumamente piadosa. Solía afirmar que en la vida de todo hombre sólo existen dos opciones: casarse o meterse a fraile. Y él mismo había elegido meterse a fraile, porque las mujeres no parecían despertarle el menor interés. Lo que en verdad animaba su entusiasmo era el mundo de los libros, las colecciones de mapas, almanaques e instrumentos que atesoraba en su biblioteca y estudiaba con vocación de sabio. Desde tiempo atrás se ocupaba de mi educación. Me enseñaba geografía, latín, matemáticas, cosmografía y algo de retórica, pero también me instaba a escribir un cuaderno de ejercicios morales del que siempre he extraído valiosas enseñanzas para mi vida.
En la penumbra de la biblioteca, Giorgio Antonio parecía moverse como una inmensa mole negra. De vez en cuando abría un viejo cofre de roble y se ponía a hurgar dentro de él. Allí guardaba tesoros increíbles: un astrolabio, un compás, varios artilugios mecánicos, manuales de astrología, talismanes, unas viejas cartas de marear y antiguallas de todo tipo. De pronto sus manos extraían desde el fondo un antiguo mapamundi circular y lo desplegaban sobre el escritorio. Yo quedaba deslumbrado ante aquella obra de arte de la cartografía. Observaba las tres partes en que por entonces estaba dividido el mundo: Europa, Asia y África, veía la línea equinoccial, la rosa de los vientos, la hermosa profusión de dibujos y miniaturas que iluminaban cada vértice del planisferio. Allí el artista que había ilustrado los ornamentos había puesto el rostro de Ptolomeo. En el mar aparecían figuras de sirenas y dragones, monstruos mitológicos que estremecían por su aterradora estampa. A un costado, en finísima letra gótica, se leía el nombre del cartógrafo: Andreas Walsperger, 1448.
Entonces el tío Giorgio Antonio sonreía una vez más, posaba delicadamente su dedo sobre una pequeña isla y decía:
—Cipango, aquí está el Cipango.
Y yo quedaba envuelto en una fantástica ensoñación. Aquel nombre cobraba una encantadora resonancia en mis oídos. El viajero de la tarde había contado insólitas maravillas acerca de aquel lugar. Había dicho que allí abundaban los unicornios, las perlas rojas, tanto oro que las gentes no sabían qué hacer con él y, por supuesto, aquel espléndido palacio cuyos muros, pisos y techos estaban revestidos de una capa de oro fino de casi tres dedos de espesor. El propio Marco Polo había revelado que tantas eran las riquezas del Cipango que hasta el Gran Khan de la China, alguna vez, había enviado una flota entera para invadirlo. Sin embargo, sus pretensiones habían fracasado, pues allí el viento de Tramontana era tan furioso que los barcos habían terminado por estrellarse unos contra otros.
Debo decir que en aquellos años todo el Oriente era un vasto escenario de sorpresas para mí. Entre otros muchos prodigios, el tío Giorgio Antonio solía hablarme del misterioso fray Giovanni, señor de tan vastos dominios en la India que, según decían los viajeros, tomaba cuatro meses atravesarlos en línea recta. Había en sus tierras una extraña fauna de criaturas insólitas. En una vieja crónica, el mismo fray Giovanni hablaba de camellos y lobos rojos que poblaban sus comarcas; contaba de leones negros y pájaros tan grandes que eran capaces de atrapar a un buey entre sus garras, llevarlo por los aires y darlo como alimento a sus polluelos. Y era allí donde habitaba el ave fénix, retozaban unicornios blancos, rojos y negros, vivían escarabajos del tamaño de una tortuga y volaban unas extrañísimas aves que, en cierto momento de sus vidas, elegían suicidarse estrellándose de pico entre las rocas. Fray Giovanni poseía además un inmenso palacio cuyos muros eran de sardonio y piedra cornalina. Las ventanas eran de cristal puro, las mesas de oro y amatista, los aparadores de marfil y las salas y dormitorios de ónix. Y tan vasto era el poderío del fraile que hasta el bodeguero de palacio era arzobispo, el senescal era rey, el chambelán un alto miembro del clero y los sirvientes cortesanos.
—¿Sueñas con ir allá alguna vez? —me preguntaba el tío Giorgio Antonio.
Yo asentía sin quitar mis ojos del mapamundi. Tenía un espíritu demasiado soñador, tanto era así que ya me veía embarcado en una nave cuya proa rompía las olas del mar Índico en dirección al Oriente.
Pero de pronto volvía a resonar la voz de Giorgio Antonio:
—¿Y por qué no hacia el Occidente?
Yo abría mis ojos de asombro. ¿Hacia el Occidente? ¿Pero era posible que hubiese algo más allá de las costas españolas? Siempre había oído que allí, según rezaban los mapas, se acababa la tierra conocida y empezaba el Mare Ignotum, aquel inmenso océano desconocido al que nadie se había aventurado jamás. ¿Podía haber algo más allá? ¿No existía en el extremo más occidental de la península española un cabo llamado Finisterre, el “fin de la tierra”?
—¿Hacia el Occidente? —repetía yo—. ¿Pero hay alguna tierra o alguna isla en medio del océano Atlántico?
Giorgio Antonio sonreía con algo de picardía.
—Tal vez, sobrino —murmuraba—. Aún nos queda mucho por saber de este mundo.
El tío Giorgio Antonio me sorprendía a veces con ideas extravagantes. Decía que los antiguos habían intuido la existencia de tierras ignotas, de islas y continentes situados más allá de las Columnas de Hércules. Muchos sabios doctores sostenían que el mundo no acababa allá en las costas ibéricas, que debía existir algún país remoto en medio del Atlántico, un país que hasta entonces había permanecido en las sombras. Se conocían muchas crónicas y leyendas referidas a aquel misterioso lugar. Quizás estuviera allí la tierra de las Hespérides de la que hablaban los griegos, tal vez los reinos de San Brandán que mencionaban los libros medievales, acaso la Antilia, o por qué no la Atlántida, aquel extraño continente que, según la leyenda, el mar se había tragado en el curso de una pavorosa noche. Conocía yo aquella historia a través de Platón, quien a su vez la había escuchado de labios de un viejo sacerdote egipcio. Decía el sabio de Atenas que alguna vez había existido una gran isla flotante más allá de las Columnas de Hércules. Era una tierra fértil y muy abundante en metales preciosos. Existía en ella un gran imperio cuyo rey, Atlas, se decía hijo del mismísimo Poseidón y gobernaba sobre una comunidad de hombres sabios y virtuosos. Pero alguna vez los habitantes de la Atlántida degeneraron arrastrados por el vicio y las pasiones humanas. Y fue entonces que Zeus les envió un furioso terremoto, tan violento que en una sola y espantosa noche la isla toda se hundió en el mar para siempre. Sólo quedaron sus restos, manojos de hierbas y algas flotando sobre el océano.
—¿Y es cierto que ha existido esa tierra? —preguntaba yo.
—Si no lo es, merecería serlo —opinaba Giorgio Antonio, y con un ligero mohín en sus labios añadía—: Aunque algunos sostienen que el viejo Platón era un tanto dado a las fantasías...
No ignoraba mi tío que muchos hombres de ciencia tenían a aquella historia como una simple ficción, una de esas tantas alegorías de que gustaba echar mano el viejo Platón para asombrar a sus discípulos. No obstante, él mismo se dejaba subyugar por el encanto de la historia. Fuera o no verdad, se sentía atraído al pensar que tal vez hubiera todo un fabuloso continente durmiendo bajo las aguas del océano.
—¿Y la Antilia? —volvía a preguntar yo.
—¡Ah, la anti-isla! —exclamaba Giorgio Antonio con un ademán de misterio—. ¡Cuántas cosas extrañas se han dicho de ella! La historia, mi querido sobrino, dice que hace muchísimo tiempo hubo siete obispos portugueses que se embarcaron hacia Poniente huyendo del peligro musulmán. Navegaron varios días al ocaso y por fin dieron con una hermosa isla en la que fundaron siete espléndidas ciudades. Por desgracia no conocemos su nombre, pero ha sido siempre tan misteriosa que se ha hablado de ella como de una anti-isla.
—¿Y dónde queda? —insistía yo.
Giorgio Antonio permanecía en silencio un instante. Su rostro mofletudo se arrugaba en una mueca de incertidumbre. Fijaba sus ojos en el mapamundi con suma atención, enarcaba las cejas y por fin se encogía de hombros.
—Pues quién sabe —respondía a media voz—. Algunos la sitúan aquí o allá; otros dicen haberla visto aparecer y desaparecer en distintos lugares, como si fuera una isla fantasma...
Yo sentía una leve crispación. Me aterraba la idea de una isla fantasma, un pedazo de tierra al que imaginaba como un escenario de brumas tenebrosas y monstruos que acechaban desde la oscuridad. Sin embargo, al mismo tiempo me descubría maravillado por esa visión. Había algo en mí que me atraía hacia los arcanos del mundo, como si fuera uno de esos oscuros alquimistas que persiguen los secretos más recónditos de la naturaleza.
Mientras tanto, mi tío Giorgio Antonio seguía fascinándome con sus enseñanzas. Era un hombre apasionado y misterioso a la vez. Gustaba de mostrarse algo enigmático y oscuro, tal como aquellos antiguos oráculos que desorientaban a los hombres con acertijos y adivinanzas. De vez en cuando solía tentar mi curiosidad con una sabia mezcla de hechizo y erudición, pues sabía que de esa forma lograba cautivar mi interés. Él mismo era un voraz lector que se hundía entre los libros como si fueran arcones repletos de misterios y sorpresas. Cada tanto se encerraba en su biblioteca entre curiosos tratados de cosmografía o alquimia, y sólo emergía de allí uno o dos días más tarde, con el rostro agobiado y los ojos enrojecidos por la lectura. Era además un gran admirador del sabio Toscanelli, con quien había compartido deliciosas charlas en las academias de Florencia. El propio Toscanelli, de quien yo sabía muy poco por entonces, también era uno de esos espíritus agudos y vivaces que sólo aparecen de cuando en cuando. Toda su vida estaba envuelta en una nube de incógnitas. Decían algunos que se alimentaba sólo de vegetales, que jamás bebía vino y que hasta poseía dones de adivinación. Había reunido una enorme colección de mapas y manuscritos valiosísimos en su biblioteca. Toda Florencia lo tenía como el más capaz de los astrónomos, el mejor cosmógrafo y el más renombrado médico. Algunas veces yo lo veía caminar sobre la orilla opuesta del Arno. Recuerdo que me intrigaba su aire de eterna ensoñación, ese andar lento y pensativo de quien va ensimismado en sus delirios. Me gustaba pensar que alguna vez cruzaría yo el río y pasearía junto al sabio, y ambos hablaríamos de las rutas hacia el Occidente, y de las tierras que allí se encuentran, y de los mapas, y de las naves, y de los mares...
Cuando por fin llegaba la noche, en la biblioteca, el tío Giorgio Antonio apagaba las velas y toda la habitación quedaba a oscuras. En aquellas noches claras el cielo se llenaba de tantas estrellas que parecía un gran manto luminoso. Algún rayo de luna se colaba a través de la ventana y dibujaba los contornos de la biblioteca. En la penumbra se advertía la fan tasmagórica silueta de una esfera armilar, las agujas de un astrolabio, los muchos libros apretujados entre los anaqueles. Toda la habitación se teñía de un raro gris lunar. En silencio, Giorgio Antonio enrollaba cuidadosamente el mapamundi de Walsperger y lo devolvía a su cofre. Luego me llevaba hasta la ventana y señalaba la constelación de la Osa Menor, un pequeño enjambre de siete estrellas en el septentrión de la bóveda celeste.
—Esa que ves allá es la Estrella Polar —decía—. Está siempre en dirección al norte. Si alguna vez debes pilotear un barco en alta mar, ella te será de gran utilidad para orientarte.
En mi mente se iluminaba un mar de siete colores. De pronto me veía una vez más sobre el alcázar de un galeón y aferrado a un timonel. Bajo velas hinchadas por el viento la nave cabeceaba entre espumas que le acariciaban el casco. En la línea del horizonte aparecían tierras desconocidas. El aire se estremecía con el perfume de islas nuevas, de países nunca vistos. Olía a canela, a laurel, a azafrán, a pimienta. Yo me sentía extasiado ante aquella escena imaginaria. Era como una hermosa alucinación que avivaba mis sentidos, con aquellos olores vegetales que me parecía husmear en el aire y que recordaban la sutil fragancia de las islas de la Especiería.
—¡Eh, despierta! —susurraba Giorgio Antonio.
Yo sacudía mi rostro y parecía volver de un sueño.
—He visto islas y países nuevos —murmuraba algo obnubilado.
—Has estado soñando despierto, sobrino.
—¡Pero pude olerlos! ¡Pude sentir el aroma de la tierra desnuda!
—Lo que has sentido —sonreía el tío Giorgio Antonio— es el perfume de los sueños...
Cuando nos despedíamos, ya bien entrada la noche, mi tío solía insistirme con su rosario de enseñanzas morales. Me recordaba el ser prudente, modesto, virtuoso y, por sobre todas las cosas, madrugador. En mi cuaderno de ejercicios, que escribía yo bajo su tutela, podía leerse el siguiente consejo:
Levántate temprano en la mañana, y no te dejes dominar por el mucho sueño, ¡oh, joven, que no has hecho sino divertirte, bailar y tocar música! No permanezcas ocioso. Trabaja antes de que envejezcas, de que te falten las fuerzas y te sientas infeliz y descontento. Porque si te esfuerzas en ser virtuoso antes de que la muerte venga a llamarte o se te acerque la vejez, créeme, te digo, que morirás feliz, y luego gozarás eternamente en la gloria de los santos, donde ninguno enferma, ni envejece, ni muere.
Aquélla era para mi tío la más sabia de las recomendaciones. Él mismo transitaba su vida con la austeridad de un asceta. Casi siempre se acostaba muy temprano en la noche y antes de que saliera el sol ya andaba enredado entre sus libros y mapas. La mayoría de las veces comía en su misma biblioteca para no desperdiciar un ápice de tiempo, y si alguna licencia se permitía de cuando en cuando era una botella de Chianti a la que saboreaba hasta la última gota como si fuera un elixir.
Todo ello intentaba transmitírmelo como si yo fuera su discípulo preferido, o acaso el hijo que nunca tuvo ni tendría. Pero amén de tales exhortaciones, todas ellas siempre justas y bienintencionadas, había una en especial que jamás olvidaba repetirme:
—No cuentes a tu padre nada de lo que hemos hablado.
Tales reparos, he de decirlo, estaban plenamente justificados, puesto que Ser Nastagio Vespucci, mi padre, quería de todo para su hijo menos que anduviera con la cabeza volando por otras latitudes. No veía con buenos ojos las veleidades de los cosmógrafos, ni aprobaba las abstrusas porfías de doctores y eruditos. Quería para mí un futuro de negociante, de mercader, de hombre que llevara adelante los negocios de la familia y no anduviera en remotas ensoñaciones que mucho alimentarían el espíritu, pero que nunca llevarían un ducado a mis bolsillos. El único de mis cuatro hermanos que había sido enviado a la Universidad era Antonio, el mayor, que tal como indicaban los hábitos era el natural destinatario de las glorias, los privilegios y hasta el mayor cariño y atención de mis padres. Acabó por heredar el título de notario y hacer buena carrera dentro de la Signoria de Florencia. Mis otros dos hermanos, Girolamo y Bernardo, casi no contaban en la familia. El primero se había largado a vivir de monje a Rhodas apenas supo valerse por sí mismo, y el segundo, a quien mejor que a nadie calzaba el papel de mendigo, era un pobre vagabundo aventurero que ya hacía tiempo se había marchado hacia Hungría a intentar fortuna.
Sólo yo, por tanto, gozaba del magro favor del destino. Pesaba sobre mí la maldición del rey Midas, obligado a transformar en oro todo lo que tocase. Pero no sabía mi padre, ni yo tampoco por entonces, que las secretas lecciones de mi tío Giorgio Antonio comenzaban a guiarme lentamente hacia el mar, hacia tierras desconocidas, hacia aquel fascinante mundo que se erguía más allá de las Columnas de Hércules.
2
Florencia es una pequeña y majestuosa perla. Tan pequeña que un caminante, andando a paso tranquilo, puede recorrerla en algo más de una hora. Sin embargo, he de confesar que entre sus sólidas murallas, entre ese robusto cordón de piedras que la resguarda de sus enemigos, puede un hombre hallar el cielo y el infierno a cada paso. Por toda la ciudad hay barrios coloridos, árboles y huertos llenos de flores, pero también se acumula la inmundicia, el hedor de las tejedurías y la enviciada atmósfera de una ciudadela de veinte mil almas que hierve al ritmo de sus talleres. Acaso podrá el caminante extasiarse ante los bellos jardines y palacios, disfrutar de balcones pintorescos y tropezar con la casa de Sandro Botticelli o el taller de Leonardo da Vinci. Pero entre calle y calle sentirá el aire apestando a estiércol, verá los muchos enjambres de moscas que revolotean entre los basurales y deberá cubrirse las narices ante el horrible olor del cuero podrido y la lana estacionada. Quizás el mejor testigo de la sordidez florentina sea el propio río Arno. Sus aguas entran limpias y claras por Levante, pero se alejan hacia Poniente como si fuesen una cloaca oleosa repleta de tintes y desperdicios. En las mismas entrañas de la ciudad hay callejuelas tan sucias, tan tortuosas y llenas de animales sueltos que es toda una odisea andar por ellas. Flota allí el húmedo olor de las curtiembres, y no puede uno avanzar un paso sin apretarse el vientre como si estuviese en medio de un estercolero.
¡Ah, cuán grandes serán las miserias de esta ciudad, que hasta el propio Dante las ha cantado en un verso! “Alégrate, Florencia —ha dicho nuestro poeta—, que tu nombre es famoso en todo el Infierno”.
Pero más allá de aquellos engorros, Florencia ha sido la cuna de mi familia desde hace siglos. Hoy en día no puede uno andar entre sus apretados muros sin tropezar con algún Vespucci a cada paso. Es la mía una de esas grandes familias cuyos miembros están desparramados por todos los rincones de la ciudad. Entre mis parientes hay diplomáticos, viajeros, cortesanos, gentes de negocios, varios frailes predicadores, algunos artistas de renombre, y casi no existe un solo Vespucci cuya vida no se cruce con los destinos de la ciudad.
Pero diré que hablar de Florencia es, por sobre todas las cosas, hablar de los Medici. Acaso no haya en toda la redondez de la Tierra una familia tan rica y poderosa. En Italia son los más altos miembros del Gremio de Banqueros y Cambistas. Poseen un sinfín de bancos en Roma, Milán, Pisa, Génova y Venecia. Pero sus negocios también han cruzado las fronteras y prosperado en el resto de Europa. Los Medici tienen casas comerciales en Lyon, Amberes, Brujas, Aviñón, Lubeck, Ginebra, Londres, Valencia y Barcelona. En los últimos años, algunos de sus agentes han procurado establecer lazos en el África y en Oriente, de modo que ahora la familia ha llegado a clavar sus garras en Alejandría y hasta en la propia Constantinopla.
Como era de esperarse, en Florencia y gran parte de Italia los Medici hacen y deshacen a su antojo. Dan príncipes a la república, obispos a la Iglesia y papas al trono de San Pedro. Manejan con tal astucia los hilos del poder que, gracias a sus mañas e influencias, hasta un aprendiz de pelagatos puede llegar a pontífice. Y no es ésta una exageración de mi parte. Tal fue el caso de Giovanni de Medici, el hijo del gran Lorenzo, quien alcanzó el trono papal a través de arreglos, favores y artimañas urdidas por su familia. Es posible que de otro modo jamás llegara a ser más que un fraile de provincia, pues el tal Giovanni no era hombre de muchas luces. Sin embargo, a nadie debe asombrar que alcanzara el trono de Roma, pues en virtud de aquellos mismos arreglos y favores, ya a los siete años de edad había recibido la tonsura y a los trece era cardenal.
Habida cuenta del poder de los Medici, desde hace casi un siglo el problema de todo florentino ha sido siempre el mismo: estar a favor o en contra de la familia. Quienes eligen su protección deben vivir en un eterno estado de obsecuencia. Si uno es poeta habrá de plasmar las hazañas de la familia en un verso; si es escultor deberá inmortalizarlos en la piedra; y si su oficio es la pintura no tendrá más remedio que retratarlos en un fresco. Pero quienes se oponen a los Medici —y hay quien se arriesga a semejante locura— pueden terminar sus días con un puñal atravesado en la espalda, una soga amarrada al cuello, o tal vez los estragos de algún veneno en las tripas, ya que en el manejo del cianuro, la cicuta y el láudano hay sobrados expertos entre los miembros de la familia.
No obstante, no se puede hablar de los Medici sin mencionar al más extraordinario de todos ellos: me refiero a Lorenzo, a quien todo el mundo siempre ha apodado el Magnífico. En los años de mi juventud, Lorenzo era el hombre más célebre y ambicioso de Florencia, pero también el más amado y odiado entre todos los mortales. Media ciudad le rendía culto como a un dios, y la otra media ambicionaba rebanarle el cuello. Mientras tanto, el gran Lorenzo repartía su valioso tiempo entre la política, los negocios y el arte. Gobernaba la ciudad con mano de hierro, manejaba con ojo de águila sus bancos y casas comerciales, y amén de ello se había convertido en el más generoso protector de los artistas florentinos. Pese a tantas y tan arduas ocupaciones, no era infrecuente verlo animando una mascarada o metido en fiestas y torneos. Y por si aquello no fuera suficiente, aún se daba tiempo para escribir poesías y componer himnos y canciones de carnaval.
Lorenzo el Magnífico era, como todo florentino, un apasionado de las justas de caballería. Jamás perdía oportunidad de intervenir en alguna de ellas. Aún recuerdo su donosa estampa de caballero entrando a la plaza de Santa Croce, ornada de gala para celebrar aquellos legendarios combates. Llegaba montado a caballo y precedido por una veintena de escuderos. Todo él era una espléndida figura que deslumbraba con su presencia. Calzaba un jubón de terciopelo púrpura, gorro negro emplumado y una capa engastada con brillantes y rubíes. Un gran manantial de trescientas perlas envolvía la gualdrapa del caballo. A lo ancho de toda la plaza había flores y guirnaldas de varios colores, mientras una orquesta de músicos animaba la jornada con sus flautas, laúdes y tambores. En uno de los palcos solía estar la bella Lucrezia Donati, a quien el Magnífico amaba profundamente pese a ser la esposa de otro caballero, un tal Niccolo Ardingheli, que prefería ignorar el asunto por miedo a perder la cabeza. De pronto rompían las trompetas y comenzaba la justa. Eran trece competidores que se enfrentaban entre sí, trece valientes guerreros que trababan sus lanzas en medio de la gritería del público. Uno a uno iban chocando sobre la arena. El sol hacía brillar sus armaduras por entre la polvareda que levantaban los caballo
