Padre Mario

Jorge Zicolillo

Fragmento

CAPÍTULO I
El reino de este mundo

A las nueve de la mañana del frío 19 de agosto de 1992, Eduardo Bauzá llegó a la Casa de Gobierno calculando mentalmente los réditos políticos que habría de cosechar el menemismo ese mediodía en Olivos. El asado, alrededor del cual se reuniría buena parte del sindicalismo opositor, había sido cuidadosamente preparado como excusa por el longilíneo secretario del presidente para que su jefe pudiese pegarle la última vuelta de tuerca al alineamiento de los popes cegetistas tras el proyecto de Menem.

Sin embargo, en las primeras horas de ese helado día de agosto, algo había ocurrido que habría de triturar sin misericordia los planes puntillosamente trazados por el obediente secretario general de la Presidencia. Para Bauzá, el silencio y la oscuridad reinantes en el amplio despacho presidencial, a esa hora de la mañana, fueron la primera señal de que algo no estaba funcionando como debía.

Entró en su oficina, y una notita garabateada sobre un papel amarillo le corroboró parte de lo que temía. “Flaco, el Presi está algo indispuesto y no va a poder asistir al asado de hoy. Pide que arregles las cosas”, decía sin más la esquela.

Con gesto de desagrado, el secretario político de Menem estrujó el papel y, mientras llamaba por el intercomunicador a su secretaria, procuraba adivinar qué cuestión tan importante se había atravesado en el camino del riojano. Bauzá no tenía dudas de que lo de la indisposición era apenas una pirueta verbal para evadir políticamente el compromiso. Ignoraba que esa mañana, quince minutos antes de que dieran las seis, en el Sanatorio de La Trinidad, la coqueta clínica del doctor Mazza, había muerto José Mario Pantaleo; había muerto nada menos que el padre Mario.

Y si bien es cierto que ni Bauzá ni muchos de los políticos que por entonces rodeaban a Menem fueron capaces de comprender por qué el presidente había deshecho un compromiso político de tamaña envergadura para asistir al velorio de un pobre cura de González Catán, también es real que, esa mañana de agosto, el riojano no dudó un solo instante a la hora de asignar prioridades.

Es que para Carlos Menem, aquel hombre menudo de 77 años e inexplicable cara de niño que yacía en el féretro había significado mucho más que un mero consejero espiritual. Mucho más que un padre cálido y protector en tiempos de desesperanzas.

Por eso, cuando a media mañana el helicóptero presidencial se posó en el terrenito en que solía hacerlo muchos domingos durante los últimos dos años, un Menem demudado y lívido descendió del aparato. Anduvo pesadamente las ocho cuadras que separan al descampado de la iglesia, y se paró frente al cajón incapaz de darle crédito a sus propios ojos.

El presidente no era el único que procuraba infructuosamente hallar una respuesta a lo que parecía inexplicable. Durante ese raro 19 de agosto, y los dos días que lo sucedieron, más de quince mil personas pasaron atónitas o desesperadas frente al féretro severamente custodiado por los miembros de la Fundación José Mario Pantaleo. Porque para todos ellos, y también para el presidente, el padre Mario estaba más cerca de los ángeles que de los hombres. Y a los ángeles no les cabe la muerte...

Cinco hectáreas de una construcción cerrada, en las que se apiñan una iglesia, un policlínico para los vecinos, una guardería para chicos, un centro para discapacitados y un centro de recreación para ancianos, conformaban, acaso, lo que José Mario Pantaleo dejaba para siempre a los ojos de la gente que no lo había conocido. Lo otro, en cambio, lo legendario, lo mágico o lo milagroso, todo lo que lo envolvió como una rara capa de misterio durante toda su vida, eso pertenecía ya a la memoria colectiva.

Y allí, en esas cinco hectáreas testimoniales, el padre Mario estaba siendo velado aquella mañana de agosto. En el altar mayor, cercado por los bancos de la iglesia, el féretro soportaría varias embestidas de quienes aspiraban, cuanto menos, a rozar con un rosario o cualquier otro objeto querido el cuerpo del padre de los milagros.

También, desde ese último lugar en la Tierra, el alma de Mario Pantaleo debió haber escuchado la larga lista de oradores que despidieron sus restos mortales.

Un cura pequeñito y lloroso, de una iglesia de La Tablada, pidiéndole perdón por no haber creído en él, y un Carlos Menem que, turbado por el dolor, contaría frente a las quince mil personas una historia que había atesorado durante muchos meses aportaron, acaso, los testimonios más impresionantes que se escucharon durante esos tres días en González Catán.

Un domingo de otoño de 1990 —comenzó diciendo Menem, como si algún duende de la memoria le susurrase cada palabra—, llegué a González Catán muy temprano. El padre Mario me había invitado a almorzar, pero no eran, seguramente, los fideos que prometiera amasar con sus propias manos los que me arrastraron hasta su casa a las nueve de la mañana. En realidad —dijo el entonces presidente modulando apenas la voz—, hacía varios días que una suerte de temor difuso y pernicioso me recorría el pecho de modo inexplicable. La angustia había comenzado una tarde en que, dando una entrevista, sentí que la voz se me apagaba irremediablemente. Al día siguiente de ese episodio, mi médico ordenó una serie de estudios para saber qué le pasaba a mi garganta. Luego de unas cuantas pruebas detectaron unos nódulos que debían ser operados si aspiraba a continuar con mi carrera política. Debo reconocer que, pese a las palabras tranquilizadoras del doctor Tfeli, la cosa no me pareció chiste. Y, además, todos sabemos lo que se siente frente a la perspectiva de una intervención quirúrgica. Aquella inquietud fue, quizá, la que ese domingo de otoño me había conducido hasta González Catán tan temprano. Mario tenía la rara capacidad de proveerme de la calma que, en momentos muy difíciles, uno no puede obtener por sí mismo. Y aquél era, sin dudas, uno de esos momentos.

Ese domingo cocinamos, bromeamos, nos tiramos harina como dos chicos, y tuvimos un largo y conversado almuerzo. Sin embargo, recién al caer la tarde, y estando ya por ascender al helicóptero que me llevaría de regreso a Olivos, casi como al pasar, saqué el tema que tanto me preocupaba: “Rece por mí, padre —le dije como sin darle importancia—, el miércoles me van a operar de unos nódulos, y usted sabe lo importante que es para un político su voz”. Mario, entonces, se me acercó, pasó sus manos por delante de mi garganta y me indicó con precisión milimétrica el lugar en el que estaban los nódulos. Luego volvió a pasar las manos, sin tocarme, y murmuró una oración. Hecho esto, me dio una palmada en el hombro y me dijo: “No se preocupe por nada... y manténgame al tanto”.

El martes anterior al día de la operación, me volvieron a hacer una radiografía para saber cómo habían evolucionado los nódulos. Pero, para enorme sorpresa de los médicos, ya no estaban. Habían desaparecido inexplicablemente, y mi garganta estaba intacta.

Mistificado o reprobado, amado o sospechado, por unos y por otros, José Mario Pantaleo había sido, antes que nada, un pastor en toda la extensión del término. Una guitarra que, como él mismo decía, era ejecutada por El Guitarrero que estaba arriba. Pero ese instrumento había sonado en todo momento con la música de los que lo necesitaban. Y quizá por puro reconocimiento a esa realidad de plomo que destilaba todo González Catán, fue que, pese a las sordas controversias que caracterizaran la siempre difícil relación del padre Mario con la Iglesia, en su velorio, siete sacerdotes más el obispo de San Justo concelebraron misa en la iglesia que Pantaleo había fundado. En esa capilla a la que bautizara Cristo Caminante, nombre inexistente para la Iglesia, que lo obligó a acudir al mismísimo papa para que autorizara tal denominación.

La mañana del 20 de agosto de 1992, el país entero sabía ya que había muerto el legendario padre Mario. Tras los ecos de la prensa, políticos de toda filiación comenzaron a desembarcar pomposamente en el lejano barrio del Oeste. El dulce aroma del reconocimiento popular hacia ese personaje arltiano los atrajo prestamente. Y con ellos, una tonelada de coronas de flores como símbolo de los gestos diplomáticos que suelen llegar cuando sirven para poco. Del justicialismo al MODIN, y de los socialistas a los radicales, los hombres de la cosa pública tomaron contacto, ese día, con la obra del huraño cura italiano. Y menos de un mes después, el Parlamento en pleno, en sesión especial, declararía de interés nacional la obra del padre Mario. “Fue el primer milagro del padre después de muerto”, susurraría días más tarde Eduardo Menem, en alusión a la infrecuente unanimidad parlamentaria.

Pero Mario, acaso burlándose socarronamente desde el más allá del protocolo de los políticos vernáculos, parecía dispuesto a regalarles un último mensaje cómplice a quienes sí habían estado verdaderamente a su lado en tiempo de estrecheces.

La tarde del segundo día del velorio —cuenta Perla (Aracelis Gallardo de Garavelli)—, Elena Ramos, una de las más cercanas colaboradoras del padre, se acercó y me mostró el anillo que el padre usaba y que, aparentemente por razones de seguridad o higiene, le habían quitado en la clínica. “Deberíamos volver a ponérselo”, me sugirió Elena.

La idea me pareció atinada, pero mientras aprobaba la moción, evaluaba la dificultad que habría de conllevar el colocarle ese rosario vasco a veinticuatro horas de su muerte. Nos acercamos al féretro y le tomamos, al padre, una de las manos para proceder con la operación. La sorpresa, entonces, fue descomunal. Sus manos estaban blandas y tibias. Me apresuré a tocarle el rostro para ver si el raro fenómeno se repetía en todo el cuerpo. Pero la cara, en cambio, ya había adquirido el rigor mortis que tiene cualquier cadáver pasadas las veinticuatro horas. Ninguno de los médicos presentes pudo explicarme satisfactoriamente semejante rareza. Yo creo que Dios quiso conservar cálidas hasta último momento esas manos que tanto bien habían hecho.

Cerca del mediodía del 21 de agosto de 1992, una caravana de vehículos, de un par de kilómetros de largo, emprendió camino hacia la Recoleta. No sería ésa la última morada de José Mario Pantaleo. Pero allí quedarían sus restos hasta que estuviese listo el mausoleo que comenzaría a construirse en González Catán. A la sazón, la familia Mayou había prestado su panteón para que el legendario Mario aguardase el momento de regresar al lugar donde había pedido ser enterrado. Entretanto, en el selecto cementerio de Barrio Norte, tanto como en el lejano barrio del Oeste, una multitud aguardaba el féretro que contenía el cuerpo del padre de los milagros.

Pero en la puerta misma del cementerio, la figura casi espectral de un anciano esperaba con los ojos inquietos la llegada del cortejo. Estaba allí desde la mañana temprano, soportando el frío de ese viernes de agosto. Con zapatillas de paño negras, pantalones de franela, blazer, bufanda y una gorra azul, el hombre había llegado para despedir por última vez a su mejor amigo. No lloró. Se limitó, apenas, a seguir con paso vacilante a ese cortejo fúnebre que casi no había reparado en su magra presencia. Allí, en esa caja de madera oscura que pasaba indolente frente a sus ojos, iba el cuerpo sin vida de quien, durante tantas tardes de invierno, había logrado atemperarle las angustias que suele acarrear la creación. Por eso, precisamente, no pudo llorar. Porque toda pena era ya insuficiente. ¿De qué valía el llanto si, desde esa misma mañana, Raúl Soldi supo que, desaparecido su mejor amigo, ya no tendría más consuelo?

YO NACÍ EN UN PALACIO

Hijo de una poderosa familia italiana, ese hombre bajo, rollizo y de fuego en la mirada, que aquel viernes de agosto dejara desvalido para siempre al genial Raúl Soldi, había nacido el primero de agosto de 1915 en Pistoia, una hermosa ciudad de la Toscana en la provincia de Firenze. El palacio donde el pequeño José Mario viera la luz por primera vez, situado en el barrio de la Commenda, fuera de los muros de la antigua ciudad, y frente a la hermosa plaza de Santo Stefano, había sido adquirido muchos años antes por el pujante empresario de la industria de la seda y de la cosmética que era Enrico Pantaleo, padre del recién llegado.

Pero José Mario no estaba signado por un destino de comodidad y holgura burguesas. La sangrienta e interminable Primera Guerra Mundial había comenzado un año antes de que Giuseppe llegase al mundo, y una larga y dolorosa noche comenzaba a abatirse sobre la familia Pantaleo, como sobre millones de familias de la Europa bélica de aquel entonces.

Acaso, los primeros registros emocionales que el pequeño Giuseppe habría de tener a causa de la guerra, y que lo acompañarían para siempre, estaban fuertemente vinculados con la soledad. Tiempos de urgencias, de miseria y muerte; José Mario no pudo, como sus hermanos, crecer junto a la cálida presencia de sus padres. La imagen de una nodriza hacendosa, pero visceralmente lejana, llegaría una y otra vez a su memoria, casi hasta el último minuto de su vida.

Y tal vez, también, porque la dificultad final de Ida Melani, la hermosa mujer con dulce voz de soprano que concibiera a Giuseppe, coincidió, casi, con el comienzo de la guerra, fue que el último vástago de la familia Pantaleo no gozó nunca de la sólida salud que caracterizara al resto de los integrantes de la familia. Una pertinaz afección en el sistema respiratorio conviviría —a veces traumáticamente— con quien sería llamado el padre de los milagros.

Corría el año 1919, Mario tenía apenas cuatro años, y una terrible neumonía lo puso entre la vida y la muerte —cuenta Inés Pantaleo, hermana de Mario—. Recuerdo que la implacable afección avanzaba irremediablemente sin que los médicos pudiesen hacer absolutamente nada por detenerla. Mi madre pasaba días y noches enteras junto a la cama de Giuseppe, porque el desenlace parecía inminente. Y así fue que una de esas noches, precisamente aquella en la que todos pensaron que el pequeño no llegaría a ver el día siguiente, mi madre observó de repente una luz que se filtraba por la ventana en plena noche. Y sobre la cabeza de Giuseppe se recortó la imagen de Santa Teresita. Mi padre, que en ese momento estaba también en el cuarto, creyó que la Santa venía a llevarse a su hijo. Pero mi madre, en cambio, recibió la milagrosa presencia como la señal de que Santa Teresita había decidido salvar al pequeño Giuseppe. Lo cierto —concluye Inés—, es que, para mi padre, el hecho de que Santa Teresita hubiera ido a buscarlo y, finalmente, no se lo hubiese llevado, obligaba para siempre a mi pequeño hermano a servir a la Iglesia.

Acaso fue la severa impresión dejada por aquella escena en los padres del pequeño Giuseppe esa noche fatídica la que convenció a don Enrico Pantaleo de que su hijo debía consagrarse a servir a Dios, por lo que, de un modo u otro, lo indujo a tomar ese camino. O quizá lo determinante para Mario fue la cercana presencia de un tío sacerdote. Lo cierto es que el niño Pantaleo comenzó a jugar a que celebraba misa. Parado frente a una pequeña mesa ratona, Giuseppe colocaba una servilleta, se munía de una copa de agua y un pedazo de pan, y comenzaba a imitar puntualmente los gestos de un sacerdote a la hora de la misa.

Mientras tanto, en Italia, el modelo político se derrumbaba irremediablemente bajo el peso de sus contradicciones, y la situación económica de don Enrico Pantaleo, así como la de todos los empresarios y comerciantes que no lucraban con la necesidad y la muerte que siembra la guerra, se volvió desesperante. Había llegado, entonces, la hora de abandonar la patria.

Y una lluviosa mañana de febrero de 1927, la familia Pantaleo, a bordo de un enorme buque de bandera italiana, puso proa hacia la lejana e inimaginable Argentina. No había sido casual la elección del desconocido país americano. En Córdoba, un hermano de Enrico, Salvador, vivía desde el momento en que la vieja Europa dio los primeros síntomas de transformarse en un infierno de hambre y muerte. Mario, por entonces, era ya un preadolescente de 12 años que habría de enterarse, muy lejos de su suelo natal, de que estaba destinado a cargar para siempre una cruz pesada y dolorosa: el asma. Aquella rara noche en el palacio de Pistoia, sus pulmones, irreversiblemente dañados, cobijaron la forma que adoptaría la muerte sesenta y cinco años más tarde.

Pero de ese primer período en la Argentina que dejaría en Mario profundas improntas espirituales, al punto de hacerlo regresar más tarde, transformado ya en un sacerdote católico, quedaron para el joven Pantaleo las nítidas imágenes del Colegio Pio X de Artes y Oficios de la calle 9 de Julio 1008, en el que vivió durante todo el tiempo que residió en la Argentina. Empobrecido, su padre había debido trasladarse a la ciudad de Córdoba para poder conseguir un trabajo que le permitiese sobrevivir en el nuevo país, y sólo este colegio salesiano le posibilitaba a Enrico cumplir con lo que prescribieran los médicos la tarde en que Mario tuvo el primer ataque de asma. Sólo el clima de Córdoba lo ayudaría a mejorarse.

Asociado con Salvador, Enrico invirtió los últimos ahorros que traía de Italia en una fábrica de jabón. Pero las cosas no fueron bien para los hermanos Pantaleo. Desprovisto de reservas económicas y en un país absolutamente nuevo y distinto para él, el padre del joven Mario debió hacer frente a la salvaje crisis económica de los años treinta. La misma que arrastró al desastre aun a quienes conocían al dedillo los códigos de la economía argentina. De modo que, dos años más tarde, Ida y Enrico regresaron a Italia, dejando en el nuevo país a sus cuatro hijos: Andrés, Mario, Inés y Salvador.

La tarde en que Enrico y su mujer abandonaron la casa cordobesa de la calle Yapeyú al 800 en el barrio San Vicente, los hermanos Pantaleo sintieron que, acaso, no iban a volver a verse jamás. Se estrecharon en un abrazo, y Salvador se comprometió a ocuparse de los chicos hasta que Enrico rehiciera su posición en la lejana Pistoia. Así ocurrió.

Durante dos años, a partir de esa tarde de 1929, cada sábado a la mañana, Isabel Saldaño y Salvador Pantaleo pasaban por la calle Yapeyú a recoger a los tres varones y desde allí, juntos, marchaban hacia López y Planes 2950, al colegio Santa Margarita de Cortona en donde estudiaba la pequeña Inés. Mucho tiempo después, al regresar a la Argentina, Mario recordaría con su tía (Salvador había muerto ya) aquellos dulces fines de semana.

Por fin, al promediar 1931, los Pantaleo cordobeses recibieron la carta definitiva de Pistoia: “que regresen los niños”. Y al concluir ese año, los cuatro hermanos iniciaron el retorno. Pero Giuseppe ya sabía cuál habría de ser su camino al llegar a Italia: el sacerdocio. Y el seminario de Arezzo lo estaba aguardando.

Mario, por entonces, era ya un muchacho que sin saberlo se estaba despidiendo para siempre de sus padres. A diferencia de sus hermanos, no había podido disfrutarlos como hubiese merecido cualquier chico de su edad. Y esa carencia se convertiría, con los años, en un angustioso pozo negro que habría de devorarse parte de la alegría. Y por eso, también, ese cura atrevido, que solía guapearle a la vida y a la muerte, nunca dejó definitivamente de ser un niño.

La helada mañana del 3 de diciembre de 1944 José Mario Pantaleo se convirtió en sacerdote católico. Tenía apenas 29 años pero ya había sumado muchas deudas y acreencias con la vida.

Esa mañana, en el seminario de Matera, Mario supo también que pagaría con creces lo que adeudaba. Pero que, en cambio, buena parte de lo que la vida le debía no habría de cobrarlo jamás. Por eso, cuando cinco días después celebró su primera misa en Matera, no rogó por sí mismo. No le hacía falta. Su destino estaba casi trazado. No en Italia. Y acaso, también eso sabía por anticipado el joven Mario Pantaleo.

Pero de su país, el que habría de abandonar para siempre poco tiempo después, algunas imágenes y algunas escenas quedarían talladas a perpetuidad en el corazón de ese hombre al que la alegría había esquivado casi prolijamente: el Golfo de Salerno, con el penetrante olor a salitre y el turbador azul del mar Tirreno. Las voces duras, ásperas e irreverentes de los pescadores napolitanos, esas que, cada tanto, cuando el desasosiego se volvía intolerable en el opaco gris de González Catán, regresaban como un salitroso bálsamo para atemperar los dolores del alma, para ofrecer un codiciado retazo de calma. Y también, los ojos verdes de su madre. Los ojos y la voz dulce de esa mujer hermosa a la que nunca había dejado de extrañar. Otro país lo aguardaba. Otra gente. Otros sueños.

Porque en Italia, el joven sacerdote, recién ordenado, no tenía un destino asignado. Y Mario Pantaleo no había llegado hasta ese punto de su vida simplemente para lucir una sotana que poco significaba por sí sola.

De modo que cuando una tarde de otoño uno de sus superiores le hizo saber que Monseñor Caggiano, el máximo jefe de la Iglesia de un país pobre y lejano de Sudamérica, le había pedido al papa, casi angustiosamente, ¡sacerdotes para la Argentina, por Dios!, Mario no vaciló un instante. Aquél era su destino.

No sabía, no imaginaba siquiera, el vínculo profundo y visceral que habría de establecer con el melancólico territorio latinoamericano que había conocido siendo aún un adolescente. La Argentina: un país tan metafísico como incomprensible.

LA TIERRA PROMETIDA

El 4 de marzo de 1948 amaneció con un cielo plomizo y una ventisca fría que sacudía la modorra a los porteños. El puerto de Buenos Aires estaba tan poblado como de costumbre y una suerte de abulia envolvía a los hombres que, a las seis de la mañana —la hora en que amarró el enorme buque italiano—, relevaban a quienes terminaban de cumplir el turno anterior. Una escarcha blanca tapizaba el manto de pasto que rodeaba la plaza Pedro de Mendoza, y Mario sintió que esta vez debería vivir el invierno más largo de su vida. En Nápoles, pocos días antes de embarcarse hacia la Argentina, el verano había comenzado recién a dar las primeras muestras de vida tras un invierno salvaje y una primavera esquiva. Estaba visto que José Mario Pantaleo no disfrutaría del calor ese año.

Con el sueño cambiado y los ojos todavía hinchados por la vigilia, Mario procuró reconocer de un vistazo aquel puerto bullicioso que había guardado su memoria adolescente. Nada estaba como entonces, o cuanto menos, los recuerdos le eran más infieles de lo que él mismo creía. Pero no pensó mucho más tiempo en eso. Una rara ansiedad y acaso un temor difuso envolvían a ese cura enjuto, de gestos rápidos y mirada brillante. Un manojo de proyectos e ilusiones pesaba en su valija mucho más que la poca ropa que había traído hasta este país interminable.

Salió del puerto sorteando a duras penas esa burocracia administrativa que jamás habría de entender, y puso proa hacia el obispado procurando adivinar cómo sería Caggiano, y cuál el destino que finalmente le asignarían.

El cardenal primado Antonio Caggiano no era, precisamente, un comandante comprensivo. Calvo, regordete, y con un sentido del humor casi ausente, el jefe máximo de la Iglesia argentina ejercía su poder con mano de hierro, y sin ocuparse demasiado en mirar para los costados. Severo, ortodoxo y acuciado por una tropa que disminuía con los meses, Caggiano administraba su tiempo sin generosidad.

Por ello, el primer encuentro que Mario tuvo esa mañana de junio con su superior máximo no fue en modo alguno prometedor. Ocupado, como siempre, y con el humor agriado, como de costumbre, Caggiano no le destinó al sacerdote italiano más que una seca bienvenida protocolar, tras lo cual se limitó a informarle sucintamente el destino al que había sido asignado. Sin dudas, para el cardenal primado de la Argentina había sido un trago amargo el haber tenido que pedirle al papa la provisión de ministros para su Iglesia. A los ojos del Vaticano, la falta de vocación por tomar los hábitos que manifestaban los jóvenes en un determinado país no hablaba bien, precisamente, de la cúpula eclesiástica de ese estado. Y es posible que, para Caggiano, tanto José Mario Pantaleo como el magro puñado de sacerdotes extranjeros que acudieron al llamado del cardenal argentino hayan representado, más que un alivio operativo, el símbolo de la impotencia de su administración.

Pero como, en realidad, no eran relaciones públicas lo que José Mario Pantaleo había venido a hacer a la Argentina, aquel áspero y frustrante encuentro con quien habría de ser su máximo jefe, si bien lo incomodó en el momento, no dejó huellas visibles en el ánimo de Pantaleo. O por lo menos, Mario no supo de las marcas que había dejado esa reunión hasta algún tiempo después.

Lo cierto es que, con su castellano difuso, su temperamento explosivo y su mirada siempre brillante, el recién llegado padre Mario se convirtió en el nuevo vicario de la iglesia de San Pedro, en Casilda. No estaría demasiado tiempo en esa bulliciosa y pequeña ciudad santafesina ayudando al anciano párroco titular. Porque un año después fue trasladado a la iglesia de La Guardia, en Rosario, y al poco tiempo a Acebal, un pueblito cercano a la enorme ciudad santafesina.

Al promediar 1951, ese sacerdote flaco, bajito y movedizo fue, por fin, nombrado capellán del Hospital Provincial de Rosario, entonces Hospital Eva Perón. Allí, en esa ciudad, en la que estaría alrededor de un año asistiendo a los enfermos y celebrando misa, Mario habría de conocer a tres de las personas con quienes estaría profundamente unido a lo largo de su vida: el director del hospital, Juan Lo Celso, un joven médico llamado Escalante de Larrechea, y Perla Garavelli. Con Escalante compartiría comida y techo, no sólo durante esa breve estadía en Rosario, sino cada vez que el padre Pantaleo regresó a ese sitio. Perla, en cambio, se transformaría en la mujer que habría de acompañarlo codo a codo hasta su muerte.

Yo vivía en Rosario —cuenta Perla Garavelli, quien se convertiría acaso en el fenómeno de curación más resonante del padre Mario— junto a mi marido, que, como médico recién recibido, estaba haciendo su residencia en el Hospital de Caridad. Una tarde, fui a dar una mano porque había huelga de enfermeros, y me mandaron a llevarle fruta a un muchacho llamado Demetrio Antoniadis, que estaba muy mal a causa de una quemadura generalizada en todo el cuerpo, como producto de un accidente con su moto. Junto a la cama de Demetrio había un sacerdote leyendo en voz alta en lo que supuse era griego. Entonces, me retiré y esperé a que el sacerdote terminase. Cuando hubo concluido, me acerqué y le pregunté a Demetrio si efectivamente sabía griego. “No —respondió el muchacho—. Yo soy hijo de griegos, no hablo el idioma y, encima, lo que el padre me lee es “La Ilíada” en griego clásico. Pero yo lo dejo porque me suena como una música. Es, en definitiva, el idioma de mis antepasados.” Así conocí al padre Mario, al que no volvería a ver hasta mucho tiempo más tarde.

Ocurrió que, algunos años después de aquel encuentro, yo comencé a padecer de una dolencia en el útero que los médicos diagnosticaron como fibroma (o al menos eso me dijeron a mí). Debían operarme, pero a causa de una persistente hemorragia, la intervención quirúrgica no era posible. El tiempo pasaba, la hemorragia permanente no podía ser detenida y mi salud se agravaba día a día. La medicación oncológica rápidamente me hizo saber que lo que yo tenía no era un fibroma sino un cáncer.

Una tarde, y estando ya en una situación casi límite, una amiga, estudiante de medicina precisamente, me llamó por teléfono y me propuso ir a ver a un tal padre Mario, que por entonces atendía en una casa de la calle Santa Fe. Yo me enojé bastante con ella por proponerme ese tipo de soluciones mágicas. Sin embargo, fue mi propio marido quien me alentó a que fuera. “No vas a perder nada —me dijo—, y a veces... quién sabe.” Fuimos. El lugar en el que atendía era una habitación grande llena de sillas contra las paredes. Y el cura, al que reconocí rápidamente, avanzaba, paciente por paciente. Apenas los miraba a la cara. Imponía las manos en el lugar afectado y decía algunas palabras, o sencillamente se quedaba mudo. Luego pasaba al siguiente. Cuando llegó a mí, sin decir nada, bajó sus manos hasta mi vientre (sin tocarlo), y allí se quedó un instante sin mirarme; fumando y fumando como era su costumbre.

De pronto, entonces, yo sentí que la hemorragia se detenía como por arte de magia:

—¡Padre, la hemorragia se detuvo! —balbucí, sin poder creerlo.

—¡Claro! —contestó él, como si hubiera querido decirme: “¿Qué esperabas?”.

Días después, los médicos volvieron a verme, comprobando efectivamente que la hemorragia se había detenido, sin explicación alguna. Ese cura me había salvado la vida.

El primer destino que Monseñor Caggiano le había asignado al padre Mario fue una suerte de oasis para el cura italiano recién llegado. Allí Mario no sólo tejió amistades muy profundas, sino que estableció un fuerte contacto con el rectorado de la Facultad de Medicina local, al punto de que el juramento hipocrático que hoy hacen los egresados de esa facultad fue traducido del griego precisamente por el sacerdote de Pistoia. También allí Mario obtuvo la reválida de su título de bachiller, que por algún motivo había quedado en Italia.

Con una pequeña motito que había logrado adquirir con los pocos ahorros traídos desde su país, quien habría de ser el fundador de la iglesia Cristo Caminante recorría Rosario en una tarea social que sobrepasaba holgadamente sus obligaciones como capellán del hospital. Eran las primeras muestras de lo que el padre Pantaleo entendía como función de la Iglesia dentro de la comunidad en la que se encontrase. Sin contacto ideológico alguno con la Iglesia latinoamericana tercermundista, que por entonces bocetaba sus primeros ensayos de organización, el padre Mario latía, al menos para la mirada de la cúpula, con pulsaciones parecidas.

En ese mismo tiempo, en Buenos Aires, se estaba ordenando sacerdote Nicolás Grenon, sobrino del influyente obispo Grenon, precisamente. La suerte de Mario, entonces, aunque él lo ignoraba, estaba echada. Porque el obispo le pediría a Caggiano el destino de Mario para su sobrino, a lo que el jefe máximo de Iglesia argentina habría de acceder sin remordimientos. La movida, para Mario, importaría un desagradable y oscuro enroque político, y así se lo haría saber personalmente a Caggiano.

La encendida protesta, claro, habría de tener tanto de sanguíneo y leal como de antipolítico. Y ese mismo día, Mario Pantaleo comenzó a pagar el oneroso precio que se suele oblar por la falta de sumisión.

La iglesia de Rufino fue el nuevo y apartado destino en el que Mario debería pagar sus culpas durante más de dos años.

Pero para detener a José Mario Pantaleo no bastaba, indudablemente, con la decisión del mismísimo cardenal primado de la Argentina. Mario, un italiano intempestivo y arrollador, que había aprendido —muy dolorosamente, acaso— a enfrentar la pobreza y el desamparo desde chico, era, también, un político inteligente. Sabía que en la Iglesia, como en cualquier institución en la que se juega poder, las buenas alianzas suelen ser las llaves con las que se abren las puertas más firmemente clausuradas. Y allí estuvo el pasaporte que lo devolvió a Buenos Aires.

No era antojadiza la urgente necesidad del cura de Pistoia por regresar a una gran ciudad. Otra vocación, la de filósofo, lo embargaba desde adolescente. Sería una deuda que habría de llevarse a la tumba. Cuanto menos la de dedicarse por completo a la filosofía. Pero esa tarde de mediados de 1958, Mario Pantaleo le comunicó solemnemente a Caggiano, por medio de una cargada misiva, que había decidido viajar a Buenos Aires para estudiar la carrera que tanto amaba. Entretanto, sus bien tejidos contactos de Rufino se ocuparon de asegurar la benevolencia del áspero cardenal primado.

El Hospital Ferroviario, primer destino porteño de quien habría de convertirse con el tiempo en uno de los más cercanos contertulios de Jorge Luis Borges, marcaba para Mario Pantaleo el inicio de la etapa que lo transformaría en mito. Esa que le permitiría erigirse en el confidente de uno de los mayores escritores argentinos.

El padre Mario conoció a Borges allá por 1984 —cuenta Perla Garavelli—. Fue por intermedio de Ángel Gashu, un diputado peronista de origen japonés, que se atendía desde hacía mucho tiempo con el padre Mario, y que estaba convencido de que, acaso, el padre sería capaz de ayudar a Borges con su ceguera. Y si bien en todo momento Mario le aclaró a Gashu que nada podía hacer por la enfermedad de Borges, la insistencia del diputado hizo que un día Mario, Borges, María Kodama, Gashu y yo nos encontráramos para almorzar en la Asociación Japonesa que, por entonces, quedaba en Independencia al 1500. Ese día se acordó que el padre visitaría al escritor todos los martes.

A partir de entonces, martes a martes, el padre Mario y yo cada tarde llegábamos hasta Maipú al 900, donde vivía Jorge Luis Borges. Yo me quedaba en una especie de antesala, y Mario y Borges pasaban al living. Desde la antesala, claro, se veía y se escuchaba perfectamente todo lo que allá ocurría. La escena, por lo general, era similar cada tarde: el padre hacía la imposición de manos sobre los ojos de Borges, y luego comenzaba una deliciosa conversación entre ambos que duraba cerca de una hora. Lo único quizá llamativo era la presencia casi permanente de Fanny, la mucama del escritor, que indefectiblemente se las arreglaba para tomar debida nota de todo lo que allí se decía.

El padre Mario sabía que en lo atinente a la ceguera de Borges nada podía hacer, pero como el escritor no se cansaba de decir que creía percibir un mayor resplandor —“pura sugestión”, repetía el padre—, Mario continuaba atendiéndolo y disfrutando de las charlas con ese verdadero sabio que fue Jorge Luis Borges.

Pero una de esas tardes, y ante la innegable turbación de Fanny, la mucama, Borges se decidió a pedirle al padre un consejo que habría de traer cola:

—Padre Mario —le dijo Borges—, me quiero casar con María Kodama. ¿Usted qué piensa al respecto?

—¿Pero usted la ama? —inquirió Mario.

—Mire, padre, María Kodama está a mi lado desde que ella tenía 12 ó 13 años. Es toda una vida lo que me ha dedicado. Además, siento un infinito afecto por esta muchacha maravillosa. Creo, en realidad —le dijo Borges—, que en mi sentimiento hacia ella concentro todos mis amores. Es joven, tanto que la siento como mi hija, y eso me hace pensar que casándome estoy de algún modo protegiendo a esa muchacha que me ha entregado todo. El casamiento, padre, me parece que es la única forma en que puedo dejarle un cierto futuro. Si no lo hiciera así, sé que cuando yo me muera le discutirían cualquier herencia que quisiera legarle.

—Yo creo, entonces —le contestó Mario—, que usted no debe vacilar ni un segundo.

Aquella conversación, que por supuesto escuchó íntegramente Fanny, fue la última que el padre tuvo con Borges. Porque a partir de entonces, cada martes apareció, según la mucama del maestro, algún impedimento para que Borges viese al padre Mario. Meses después nos enteramos de que el escritor y María se habían casado y habían viajado a Ginebra. A la muerte de Borges, y con el conflicto judicial desatado por Fanny contra María, supe por qué Jorge Luis Borges y el padre Mario no pudieron volver a encontrarse.

El arribo de Mario Pantaleo al Hospital Ferroviario trajo consigo un hecho casi providencial que marcaría todo el futuro de ese cura obstinado y arremetedor. En algún destino, cuyo nombre se devoraría el tiempo, Mario había oficiado de capellán en un asilo de ancianos. Allí, la suerte le había puesto frente a los ojos la imagen de tres sacerdotes ancianos que, desarraigados de sus lugares de pertenencia y de sus afectos, consumían amargamente los últimos días de sus vidas. Aquel cuadro plantó en Mario una certeza absoluta: “No pasaré los días finales de mi vida de esa forma”, se prometió a sí mismo.

Por eso, cuando una tarde supo que los míseros ahorros de que disponía le alcanzaban para comprarse un minúsculo terreno en la abandonada lejanía de González Catán, no dudó un solo instante. Allí construiría su casa, el lugar en el que habría de morir. Pero significaría también muchísimo más que eso. Conocer ese territorio en el que parece abdicar cualquier esperanza le hizo saber que en semejante sitio, estragado por la pobreza y la marginalidad, había una tarea que indefectiblemente debía cumplir la Iglesia, ésa a la que él pertenecía.

LOS PRÍNCIPES Y EL MENDIGO

Pero González Catán, lo supo después, pertenecía a la diócesis de San Justo, donde reinaba Monseñor Carreras. Para la Iglesia, no bastaba con que Pantaleo adquiriese, con sus propios ahorros, un terreno, o que construyese eventualmente una capilla. Debía obtener la incardinación, o sea, el derecho a poder celebrar misa. Y en esa diócesis, era un severo obispo el que tenía en sus manos la licencia para rezar. Carreras, enterado de ciertas curaciones milagrosas operadas por Mario, desconfiaba de ese cura enjuto, y se disponía a cerrarle el camino, cuanto menos, en su territorio.

El encuentro c

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