Padre Mario. Sanaciones desde el cielo

Jorge Zicolillo

Fragmento

INTRODUCCIÓN

José Mario Pantaleo nació el 1° de agosto de 1915 en Pistoia, en la provincia de Firenze, en la región de la Toscana.

Hijo de un pujante empresario de la industria de la seda y la cosmética, Enrico Pantaleo, y de Ida Melani, una hermosa mujer con voz de soprano, el pequeño José Mario vio la luz entre los muros de un palacio propiedad de su padre. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial, desatada un año antes de que Mario llegase al mundo, pronto sumió en la ruina a la acaudalada familia Pantaleo, tanto como a buena parte de la pujante burguesía italiana de la época.

Así, en febrero de 1927, Mario —que ya había padecido una terrible neumonía que lo puso al borde de la muerte— y su familia se embarcaron hacia la Argentina. Enrico tenía a su hermano Salvador viviendo en la ciudad de Córdoba, y calculó que aquel podía ser un buen destino para huir del hambre y de las balas.

Asociados, los hermanos Pantaleo instalaron una fábrica de jabón, pero el emprendimiento no funcionó. La salvaje crisis económica de los 30 asolaba a la Argentina, y dos años más tarde Enrico e Ida regresaron a Italia, dejando en la casita cordobesa de la calle Yapeyú a sus cuatro hijos —Andrés, Mario, Inés y Salvador—, que volverían a su patria recién al promediar 1931.

Por entonces, Mario ya vislumbraba su propio destino: el sacerdocio.

Así, el 3 de diciembre de 1944, José Mario Pantaleo completaba sus estudios en el seminario de Mattera y se transformaba en sacerdote católico.

Sin destino asignado en su patria, y ante la noticia de que monseñor Antonio Caggiano, entonces máximo jefe de la Iglesia argentina, le había solicitado al Papa sacerdotes para su tierra, el joven padre Mario no dudó: ése sería su destino.

La mañana del 4 de marzo de 1948 José Mario Pantaleo desembarcó en el puerto de Buenos Aires, y se encontró con Caggiano. Su primer destino fue la provincia de Santa Fe: sería el nuevo vicario de la iglesia de San Pedro, en Casilda. Un año más tarde fue trasladado a la iglesia de la Guardia, en Rosario, y poco tiempo después a Aceval, un pueblito cercano a la bulliciosa ciudad santafecina.

Al promediar 1951, Mario fue nombrado capellán del Hospital Provincial de Rosario, entonces Hospital Eva Perón. Allí, el padre Pantaleo conocería a tres personas con las que estaría unido a lo largo de su vida: Juan Lo Celso, director del hospital; un joven médico llamado Escalante de Larrechea y Perla Garaveli. Perla pasaría a ser el ángel guardián que lo acompañaría hasta su muerte.

Ya en 1958, Mario decidió viajar a Buenos Aires para estudiar filosofía, uno de sus postergados amores; le escribió una carta a Caggiano solicitándole el traslado, y ese mismo año ocupó su cargo en el Hospital Ferroviario, su primer destino porteño, y el inicio de la etapa que lo convertiría en leyenda. Aquél fue, además, el tiempo en el que, con sus magros ahorros, decidió comprar un pequeño terreno en González Catán para tener su propia casa.

Sin embargo, un dilema lo agobiaba: desde Mattera debía llegarle la incardinación, o sea, el derecho para poder celebrar misa, y esto seguía sin ocurrir.

Hasta 1969, cuando Mario abandona el Hospital Ferroviario, el sacerdote no sólo oficiaba de capellán allí sino también en el Hospital Santojanni, y era asistente de Monseñor Petralito en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, pero ya no era desconocido: varios hechos de sanación tomaron estado público, y su paso por la iglesia de Barrio Norte, con el sonado caso de Arturo Capdevilla, habría de incrementar su popularidad.

El 26 de julio de 1974, el cura de Pistoia realizó su primer viaje a Europa en busca de recursos económicos que le permitiesen seguir llevando adelante su obra en González Catán, y casi al terminar el año una donación de Eugenia Lardo le permitió adquirir la casa de Carlos Calvo 2360, donde comenzó a atender metódicamente a quienes llegaban hasta él en busca de sanación.

El 8 de diciembre de 1975, con Mario Pantaleo envuelto en la batalla para lograr la incardinación, se inauguró por fin la moderna iglesia Cristo Caminante, esa que había sido alzada en aquel terreno de González Catán, merced a los aportes tanto de quienes querían al cura de Pistoia como de quienes llegaban a él en busca de una sanación.

Al concluir mayo del año siguiente, mediante la intervención del monseñor alemán Antón Herre, y del mismísimo cardenal Eduardo Pironio, asesor del Papa en el Vaticano, el dichoso permiso para celebrar misa llegó a Buenos Aires.

El 18 de agosto de 1978 se constituyó, legalmente hablando, la Fundación José Mario Pantaleo, y meses después se vendió la casa de la calle Carlos Calvo, y se adquirió la popularmente conocida como “Artigas”, una propiedad surcada por la humedad y las goteras, ubicada en barrio de Flores (Artigas 1351).

También en ese año, el cura de Pistoia regresó a los ámbitos universitarios: comenzó la carrera de Psicología en la Universidad Kennedy, que habrá de concluir dos años más tarde.

En 1981, en su primer viaje a la India, conoció a la Madre Teresa, y en agosto de 1983 la Fundación Pantaleo puso en marcha un viejo anhelo del padre Mario: el moderno edificio en el que habría de funcionar una clínica para atender las necesidades sanitarias del barrio, una construcción de media manzana de extensión y dos plantas de alto, con cuatro áreas totalmente equipadas —clínica, ginecología, pediatría y odontología.

El sueño del cura de Pistoia se completaría 24 meses más tarde cuando la Fundación logró inaugurar una escuela, en un enorme edificio recién alzado.

A partir de entonces, el predio de González Catán comienza a ser objeto de curiosidad y veneración. Varios micros partían desde Congreso, llegaban a González Catán a media mañana y recorrían la obra de “el cura de los milagros”: iglesia, escuela primaria, guardería, sanatorio, recreación de ancianos, panadería, huerta y taller de costura. Pronto se sumaría también el taller para discapacitados.

Al promediar 1988 se inauguró el Centro de Atención para Mayores, en la última parte del sueño que Mario vería en vida. También en ese año, el cura de Pistoia mudó su atención de la casa de Artigas a Mariano Acosta 1353; allí, los primeros contingentes de personas en busca de sanación comenzaban a llegar cerca de las 7 de la tarde, y munidos de bolsas de dormir o frazadas reservaban su turno hasta las seis de la mañana, cuando Mario comenzaba a atender.

En 1990, Mario Pantaleo recibió en González Catán a la ex reina María José de Saboya y a su hija Beatriz. También en ese año —el 10 de mayo— la Fundación fue visitada por primera vez por un presidente de la Nación (Carlos Saúl Menem).

A comienzos del año siguiente, la panadería y fábrica de pastas “Centro Blanco”, pensada para paliar la desocupación de la zona, pero que hasta el momento no había logrado trasponer la venta directa, la provisión a algunos negocios de la zona y un contrato con la municipalidad, firmó un acuerdo con la empresa Mercedes Benz de la Argentina, logrando un enorme salto cuantitativo en su producción.

El 25 de mayo de 1992, Juan Pablo II le concedió una audiencia para el día 27 de ese mes, pero el cura de Pistoia, enfermo y casi sin poder respirar, debió faltar a la cita, y el 12 de julio, ya de regreso en Buenos Aires, fue internado en la clínica La Trinidad, de donde ya no volvería a salir con vida.

José Mario Pantaleo murió el 19 de agosto de 1992, a la edad de 77 años.

Había confraternizado con escritores de la talla de Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. Entre los artistas plásticos fue amigo personal de Raúl Soldi —quien pintó el interior de la iglesia Cristo Caminante— y de Vito Campanella; Jorge Guinzburg, Juan Alberto Badía y Facundo Cabral se contaron entre algunos de los hombres del espectáculo que lo rodearon. Franco Macri y el directorio de Mercedes Benz de la Argentina fueron quienes más fuertemente apoyaron su obra con donaciones. Por otro lado, Carlos Menem, Virginia Lago, el propio Jorge Guinzburg y María Lorenza Alfonsín estuvieron entre las celebridades que se beneficiaron con sus “manos milagrosas”.

Acaso, la mejor definición de lo que fue el padre Mario es la de Ernesto Sabato, cuando escribió:

“Innumerables personas amigas, dignas de absoluto crédito, sanaron por sus milagrosas manos. Su esencial bondad y su preocupación por los necesitados se manifestaron en la extraordinaria obra social que logró levantar gracias a la ayuda de todos los que curó… Era un hombre singularísimo, inteligente, generoso sin límites, y será recordado siempre por todos aquellos que tuvieron vínculo con él”.

I. PADRE MARIO

El penetrante aroma salitroso del mar Tirreno se colaba por las ventanas abiertas del palacio de la familia Pantaleo cuando el fin del verano fue sorprendido por dos gritos de vida: el de Ida Melani y el del tercer hijo del opulento matrimonio italiano: José Mario.

Mientras tanto, Pistoia, una hermosa ciudad de la Toscana, no se desentendía de los otros tantos alaridos agónicos que provocó la irrupción de la Primera Gran Guerra. Y sus habitantes, consumidos por tremendo dramatismo, veían cómo se escurrían sus pertenencias como agua por entre las manos. Enrico Pantaleo y toda su familia no escaparían de las consecuencias de la áspera realidad. La guerra traería aparejado el final de su buen pasar y Mario jamás podría llegar a vivirlo.

El fin de la batalla entre los hombres arribó cuatro años más tarde, cuando Mario comenzó la suya. Una terrible neumonía lo puso de cara a la muerte. La bella mujer de ojos verdes lo miraba amargamente y con dulzura entonaba una canción de cuna una de esas noches tristes, mientras velaba el sueño de su pequeño hijo. Y de repente, de la noche oscura emergió una luz que exhaló la vida y fue a posarse sobre la cabeza del niño. En su frente, se recortaba la imagen de Santa Teresita.

El hecho dejó a todos atónitos y, tal vez en una suerte de agradecimiento por haber salvado al pequeño Mario de las garras de la muerte, lo indujeron a consagrarse a Dios. Lo cierto es que esa noche habría de marcar el destino de José Mario Pantaleo. No sólo porque la neumonía había lastimado despiadadamente sus pequeños pulmones dejándole para siempre un tigre furioso en su interior, sino también porque él mismo creía que debía servir a Dios.

Ya desde muy chico, parado frente a una mesa ratona vestida con una servilleta blanca, tomaba una copa de agua y un pedazo de pan y jugaba a celebrar misa.

Años más tarde, entró al seminario de Mattera dispuesto a abrazar lo que había sido su primera vocación. Cuando salió, rondaba en Italia la década del ’40 y la presencia de un sacerdote capuchino que se había transformado en un mito: el Padre Pío.

Pío había sido uno de los primeros representantes de Dios que practicó el arte de la sanación en público. Simbolizaba para los jóvenes de aquella época la imagen romántica y desenfadada de los héroes de novela, pero para el reciente Padre Mario representaba mucho más. Despertaba en él una curiosidad que lo desbordaba y lo transportaba más allá de lo meramente religioso.

Intrigado, averiguó el método que utilizaba el capuchino para visualizar enfermedades o sucesos futuros y, una mañana, se dirigió al confesionario en el que trabajaba. A sus pies, comenzó a relatarle su vida. El Padre Pío lo escuchó atentamente hasta que en un determinado momento lo detuvo bruscamente y, con amabilidad, le pidió que recomenzara. Reiteradas veces sucedió el mismo episodio y, antes de que Mario perdiese su escasa paciencia, el mítico capuchino se le acercó, lo miró profundamente a los ojos y, estrechándolo en un abrazo eterno, le profetizó: “Tú serás como yo”.

Arrastrado por un pedido de Monseñor Caggiano hecho al Papa, en el que solicitaba sacerdotes para la Argentina, el 4 de marzo de 1948 Mario Pantaleo desembarcó en el Puerto de Buenos Aires. La mañana era gris, pero tanto en su maleta como en su alma los proyectos e ilusiones comenzaban a colorear el horizonte.

Su primer destino fue en un pequeño pueblito de Santa Fe. Y a partir de ahí, la peregrinación comenzó.

En alguna estación, ya perdida en la memoria de los tiempos, ofició de capellán en un asilo de ancianos. El destino le interpuso ante sus ojos una imagen que jamás olvidaría y que sería, posiblemente, el detonador de muchos sucesos futuros: tres sacerdotes, encorvados por el peso de los años y desarraigados de sus lugares de pertenencia y de sus afectos, eran consumidos por la vorágine de los días.

Tal vez a partir de esa imagen desgarradora, el joven Mario se prometió que no caminaría los últimos pasos de su vida de esa forma. Y quizá por eso, cuando una cierta tarde supo que los míseros ahorros que tenía le alcanzaban para comprarse un minúsculo terrenito en un desconocido barrio del oeste, hacia allí se dirigió y lo compró. Allí construiría su casa, pero también mucho más que eso.

Mientras tanto, trabajaba en el Hospital Ferroviario, en la iglesia del Pilar, y vivía en los sótanos del Hospital Santojanni. En esos tiempos, ya había hecho muchos amigos, pero el techo y la comida de cada día seguían encarnando una aventura cotidiana.

En el Santojanni, un joyero amigo le enseñó a reparar relojes para ganarse la vida. Y fue también allí donde recordó las palabras del Padre Pío. Los pacientes del hospital le rogaban que apoyase sus manos sobre ellos porque experimentaban un manifiesto alivio. El “gran guitarrero” —como él solía llamarlo— lo había dotado con un hermoso don que le acarrearía por el camino un sinfín de obstáculos: el de reparar los relojes internos de la gente para salvarles la vida.

Eran muchos los eclesiásticos que se oponían con todas sus fuerzas a la actividad sanadora que Mario había iniciado y querían entorpecerle el camino. Nada mejor para eso que los complicados trámites burocráticos de los que se vale toda institución poderosa. No le darían la tan preciada incardinación. Sabían que no había nada peor para un sacerdote.

Sin embargo, era imposible detener al inquieto “cura de los milagros”. Si bien tenía una increíble falta de orientación espacial y era capaz de perderse en su propia habitación, sabía muy bien hacia dónde se dirigía. No era de aquellos que se amilanan ante las dificultades ni se quedan sentados llorando las derrotas.

Mientras atendía a la gente que a él se acercaba por algún dolor físico o espiritual, comenzó a construir su casa y su iglesia en el olvidado barrio de González Catán. Asimismo, también inició una firme carrera contra reloj para conseguir la incardinación.

El 8 de diciembre de 1975 presenció la inauguración de la iglesia Cristo Caminante y concibió la emoción y la tristeza por el adiós. La estancia del Padre Mario Pantaleo en la Argentina corría riesgos de acabarse.

Mucho tiempo permaneció vacía hasta que, merced a las tantas buenas alianzas que tejió (y que suelen ser las llaves con las que se abren las puertas más firmemente clausuradas), recibió los permisos para celebrar misa y, además, una alegría inmensa.

Mario entendía a su ministerio como una suma de actos concretos en favor del prójimo. Creía que los sacerdotes no podían limitarse a celebrar misa, aunque no podían dejar de hacerlo. Los representantes de Dios tenían el deber de continuar la labor de Cristo y no el de transformarse en desaprensivos burócratas institucionales que se limitan a pregonar una fe que ni ellos mismos pueden cumplir. Para él, lo importante eran los seres humanos que el Señor había puesto en el mundo. “Ellos son los hijos de Dios”, decía y añadía: “Disciplinados o descarriados, nunca dejamos de amar a nuestros hijos”.

Y porque el primer paso hacia los cielos es tolerar a todos los hombres que “el de arriba” puso en la tierra es que sus brazos estaban siempre abiertos y sus manos, extendidas.

Fue entonces cuando emprendió la construcción de lo que sería el corazón de su Obra. Tiempo después, el 18 de agosto de 1978, constituyó legalmente la Fundación.

Con sus propias manos y las de otros muchos, la Fundación José Mario Pantaleo fue creciendo paso a paso y codo a codo, vertiginosamente. Dieron de comer a los que tenían hambre, sanaron a los enfermos y vistieron a los que tenían frío.

Él decía que ni un centavo de lo que recaudaban le pertenecía: “El dinero no es mío, es de Dios. Y mi obligación es volcarlo a Su obra. Yo soy, tan sólo, una herramienta que él utiliza y debo cumplir con mi trabajo”.

Tanto se empeñó en servir a Dios y a los hombres, tanto se entregó por entero, que ni siquiera cuando una mañana de julio el tigre que permanecía agazapado en su interior saltó y rasguñó irremediablemente sus pulmones se preocupó por su suerte.

Unos meses antes había previsto la fatalidad. Urgente, buscó a un abogado para que le redactase su testamento final, y le preguntó con un nudo en la garganta: “¿Cómo será cuando yo me muera?”. En ese momento no supo la respuesta y siguió caminando, corriendo para no dejar nada en el tintero. Y además viajó nuevamente a la “bella Italia” para despedirse de su tierra y de sus afectos.

Aquella mañana de julio sacó el boleto para el viaje sin retorno. Su inefable ángel guardián, aquella joven Perla Garavelli que había conocido tantos años atrás en un hospital de Rosario y nunca más se alejó de su lado, tampoco lo hizo en esa ocasión.

El hombre que se pasó la vida comunicándose con los demás y corriendo incansablemente para concretar cada uno de sus sueños, estaba en ese momento sin voz ni movimiento. Por medio de lápices y cartones se entendía con Perla para darle las indicaciones finales.

Al principio ella le aseguraba que iban a poder resolver todo cuando él saliese de la clínica. Pero, después, los malos presagios la sobrevolaron y llegó a preguntarle: “¿Qué vamos a hacer, Padre, cuando usted falte?”. Sólo entonces él mismo respondió a la pregunta que en algún momento le hizo al joven abogado rosarino: “Al principio se van a quedar solas, pero después la gente llegará de a miles”.

A los pocos días, la fría y gris mañana del 19 de agosto de 1992, el “guitarrero” decidió dejar sin música a los hombres. Pero no por mucho tiempo...

LA VOZ DEL CARACOL

Marisa Escasany

Muchas voces me nombraron al padre José Mario Pantaleo antes de conocerlo cara a cara. Eso ocurrió seis meses antes de su partida final y fue para mí al

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