Máxima (Edición Actualizada)

Soledad Ferrari

Fragmento

Prefacio

Prefacio

Había una vez una bella niñita, rubia y cachetona, de ojos vivaces, que festejaba revoleando una pequeña bandera argentina de nylon. ¿Qué festejaba esa niñita? Argentina, su país, había ganado el Mundial de Fútbol 78. Iba, revoleando eufórica su banderita, subida a la caja de una camioneta, junto a sus primos. No podemos recordar bien a quién pertenecía esa camioneta… Tal vez a su tío Bochín, capataz de un campo en Urquiza; tal vez al tío Jorgito, médico veterinario. Estamos seguros de que no era de su padre, Jorge Coqui Zorreguieta, que por entonces manejaba una Fiat 1500 rural. Sí recordamos qué era lo que cantaba esa niñita: “El que no salta es holandés, el que no salta es holandés”. Y la camioneta se zarandeaba con los saltos de los chicos mientras avanzaba a paso de hombre por la calle Florida, en caravana, rumbo a la plaza central de Pergamino, la pujante ciudad bonaerense donde vivía la familia materna de la feliz rubiecita. En Pergamino, como en todos los pueblos y todas las ciudades del país, la gente cantaba ese canto tribunero: “El que no salta es holandés, el que no salta es holandés”. Lo había inventado un par de horas antes la hinchada argentina, en el suplementario del partido final, después de que Daniel Bertoni marcara el definitivo 3 a 1 contra Holanda, y las sesenta mil almas que llenaban el estadio Monumental, incluido el general Jorge Rafael Videla en su palco de presidente de facto, saltaban y cantaban eufóricas, como aquella niña en Pergamino: “El que no salta es holandés, el que no salta es holandés”.

Pasaron veinticuatro años, hasta que un invernal sábado de 2002, bien lejos de esa patria, aquella niñita, ya crecida, se hizo princesa. Vaya paradoja: su príncipe azul será algún día el rey de Holanda. Willem Alexander Claus George Ferdinand, príncipe de Orange, príncipe de los Países Bajos, príncipe de Orange-Nassau, Jonkheer van Amsberg, tenía once años cuando el seleccionado holandés perdió esa final y él lloró frente al televisor.

Llantos… En este libro encontrará otros llantos, muchas lágrimas. Lágrimas de Máxima, que fluyeron sin contención el día de su boda. Lágrimas de su abuela Carmenza, el día que supo que su hija vivía con un señor “casado”. Lágrimas de su ex novio, Dieter, cuando Máxima lo dejó, enamorada de Willem Alexander. Lágrimas de su madre, María Pame, el día que supo que no podría asistir al casamiento de Máxima. Lágrimas de su padre, Coqui, cuando escuchó “Adiós, Nonino”, el tango que ella eligió como código secreto para honrarlo aquel 2 de febrero de 2002 en el Beurs van Berlage de Ámsterdam.

Pero también encontrará muchas sonrisas. Toda una especialidad de la princesa. Su sonrisa es la más famosa de Holanda. Máxima es allí la mujer más popular, incluso es más popular que la mismísima reina. Y eso se debe en buena medida a esa frescura natural que no lleva en sus genes ningún otro integrante de la realeza europea. Su ecuación es casi perfecta: frescura, jamás vulgaridad; glamour, nunca frivolidad; gracia, jamás torpeza; desenvoltura, nunca insolencia. En definitiva: Máxima encontró la fórmula para explotar su espontaneidad justo hasta ese límite donde el protocolo lo permite.

Eso no se aprende en ninguna escuela. En todo caso, es la consecuencia de su vida. En el Northlands, el costoso colegio adonde sus padres la mandaron a fuerza de ajetreos económicos inauditos, le brindaron una educación globalizada y le dieron un sentido de pertenencia a la elite porteña que la hace sentir cómoda incluso dentro de palacios que no imaginó siquiera pisar. De la madre heredó la belleza, del padre la innata capacidad de seducción y de ambos el deseo congénito de ascender socialmente. Los fines de semana en Pergamino le aportaron esa cosa un poco campechana, de niña accesible, que tan bien le sienta; los juegos de lucha en el charco de barro que se formaba en el jardín de su tía Tatila la prepararon de alguna manera extraña para sobrevivir a las conjuras palaciegas. Porque Máxima demostró también ser muy astuta, condición indispensable para resistir a esas complicadas tramas que se multiplican desde la Edad Media incluso entre las mejores familias reales del mundo. Pesadas maquinarias que llevaron a la bulimia a Sarah Ferguson, a la inestabilidad a Lady Di, a la anorexia a Victoria de Suecia, a la rebeldía obtusa a Stephanie de Mónaco, a la depresión severa a la princesa Masako de Japón, a la renuncia y huida al príncipe Friso de Holanda.

Las raíces eran fuertes: frescura, glamour, gracia, desenvoltura. Sin embargo, ni siquiera con eso alcanza. A una princesa se la construye, se la prepara. No es nada fácil, por supuesto. Se trata de un programa riguroso, exacto, detallista, por momentos extenuante. La protagonista: Máxima Zorreguieta. La ideóloga y tutora: la reina Beatrix. El objetivo: asfaltar su camino hacia el trono de Holanda.

Había que sacar a relucir sus virtudes y esconder su pasado, o mejor dicho: esconder el pasado de su padre e inventarle un nuevo pasado a la hija. Los medios más vinculados a la Corona lanzaron a correr el mito de la chica rica de la aristocracia argentina que había conquistado al príncipe con esas buenas maneras tan típicas de las clases elegantes. Mandaban a sus corresponsales en los Estados Unidos a averiguar cómo había transcurrido su vida de reina del jet set neoyorquino. Y mandaron a sus corresponsales en Buenos Aires a buscar la supuesta mansión de La Lucila donde había vivido una niñez de cuentos y los campos de miles de hectáreas donde había aprendido a montar en alguno de los estupendos caballos que tenía su padre. Pero no había sido una chica del jet set neoyorquino, sino una simple ejecutiva bancaria. No había tal mansión en La Lucila. No había campos ni grandes manadas de caballos.

Máxima pertenece a una típica familia de clase media argentina. Los Zorreguieta vivieron siempre en un departamento de 120 metros cuadrados, en Barrio Norte, y no tenían estancias propias. Ninguno de los padres es profesional: María Pame ejerció casi toda su vida de ama de casa y Coqui es despachante de aduana, aunque hace mucho que cobra sueldos de lobbysta de los intereses de los grandes productores rurales.

Vaya uno a saber por qué quedó, en Holanda y también en la Argentina, esa sensación: Máxima era una chica de alcurnia y de fortuna. Incluso los genealogistas más reconocidos de Europa le encontraron supuestos lazos con el rey Alfonso III de Portugal y con hidalgos vascos.

Claro está que la verdadera Máxima es mucho más interesante que la Máxima que inventaron las revistas del corazón. Es, además, más fácil enamorarse de ella. De esa plebeya que comía su vianda bajo un roble del jardín del Northlands porque a sus padres no les alcanzaba para pagarle a diario el almuerzo en el comedor escolar. De esa plebeya que fue hija de un importante funcionario de la dictadura y que, de grande y princesa, se reunió en secreto con las Abuelas de Plaza de Mayo para ayudarlas en su búsqueda de nietos robados. De esa plebeya que debió trabajar a destajo para poder financiar su carrera universitaria. De esa plebeya ambiciosa que, como su padre y como soñó su abuela Carmenza, supo rodearse y hacerse amiga de las personas indicadas, y así husmear en una elite social donde la aceptaron a pesar de que los Zorreguieta no eran gente de abolengo ni de dinero. De esa plebeya que se arriesgó a los veinticuatro a una Manhattan salvaje y compleja, viviendo con lo justo en pequeños apartamentos donde comió tantos tallarines que hoy lo recuerda con gracia. De esa plebeya que siempre luchó contra la balanza, un poco desfachatada, mal hablada, divertida, extrovertida, trabajadora, noctámbula, buena amiga de sus amigas, que ama caminar descalza y sentarse a fumar con los ojos cerrados. De esa plebeya, de esa Máxima, es de la que se enamoró el príncipe heredero de la corona de Holanda.

La vio por primera vez en fotos que le envió una amiga en común vía mail. Luego, un mes después, la tomó de la cintura mientras bailaban, bastante atrevido, en una fiesta en Sevilla cuando por fin se conocieron. Y quince días más tarde la fue a visitar de incógnito a Nueva York, en el avión real, para quedarse encerrados todo un fin de semana en su bohemio apartamento de Chelsea.

Cuando Willem Alexander regresó a La Haya, ya sabía que quería convertir a esa mujer en princesa, a pesar de que no podía pronunciar aún su apellido y de que le resultaría imposible señalar en un mapamundi dónde quedaba aquel país del que provenía. Máxima ya sabía que, si quería, podía convertirse en princesa. Y luego en reina. Dependía de ella, de qué parte de su mente ganara la pulseada: si la seducción irresistible del poder y los millones o la libertad del anonimato. A pesar de que no tenía gran experiencia con los hombres, y que en su vida había tenido más fracasos amorosos que éxitos, con aquel muchacho rubio se sintió segura: intuía que lo había enamorado. Y aunque a algún agorero le cueste creerlo, pronto Máxima también se enamoró perdidamente.

“Se llama Máxima, es argentina pero vive en Nueva York. Confiá en mí y no preguntes nada”, le anunció Willem Alexander a su madre. Por la inédita seriedad que registró en el tono de su hijo, la reina Beatrix supo que esa chica era la elegida. Fue entonces cuando empezó el plan de indagación e instrucción. Ese plan es uno de los mayores orgullos de la soberana más rica de Europa, la dueña de una fortuna estimada en 5. 000 millones de dólares y de un poder político del que no goza ninguno de sus reyes vecinos: haber transformado a Máxima en su confiable sucesora, agregándole a su gracia latina la rectitud protestante y germana, tan propia de los Orange-Nassau. Y esa mixtura es la que encanta a los súbditos.

Primero mandó a investigarla. El Servicio Secreto holandés descubrió a una argentina globalizada, educada en un colegio de elite tercermundista, inteligente y tal vez codiciosa. Con una espina difícil de sacar: su padre. A la reina le gustó de inmediato; si hasta parecía holandesa. . . Entonces la mandó a adiestrar. La mudaron a Bruselas, cerquita del reino pero a resguardo de las infidencias. Le pusieron a su disposición un equipo multitudinario y multidisciplinario. Profesores de holandés, catedráticos de historia, especialistas en arte, filósofos, autoridades en monarquía e historia parlamentaria, comunicadores, analistas, economistas, dirigentes políticos, expertos en comunicación y marketing, especialistas en protocolo. Desde aquel día de abril de 1999 en que enamoró al príncipe Willem Alexander, los m

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