Perón

Joseph A. Page

Fragmento

Índice
  • Cubierta
  • Portada
  • Dedicatoria
  • Prólogo en el 40º aniversario de la muerte de Perón
  • Prólogo a la edición revisada de 1998
  • Prólogo a la primera edición
  • Introducción
    • 1. El terremoto de San Juan
    • 2. La Argentina de Perón
  • Primera parte. Génesis de un líder (1895-1942)
    • 3. Los años formativos
    • 4. Maestro, autor, viajero
  • Segunda parte. El Coronel (1943-1946)
    • 5. La Revolución de 1943
    • 6. La seducción de los hombres de armas
    • 7. La seducción de la clase obrera
    • 8. Problemas con Washington
    • 9. La aparición de Evita
    • 10. El estigma nazi-fascista
    • 11. Spruille Braden
    • 12. La oposición se moviliza
    • 13. Remoción
    • 14. El arresto
    • 15. El 17 de octubre
    • 16. La campaña presidencial
  • Tercera parte. La primera presidencia (1946-1952)
    • 17. Un nuevo comienzo
    • 18. Consolidación política
    • 19. En busca de la independencia económica
    • 20. La estatización de los gremios
    • 21. La Tercera Posición
    • 22. La gira por Europa
    • 23. La “peronización” de la Constitución
    • 24. Acallar la discordancia
    • 25. El justicialismo y su conductor
    • 26. En el pináculo
    • 27. Evita y la vicepresidencia
    • 28. La reelección
    • 29. La muerte de Evita
  • Cuarta parte. La segunda presidencia (1952-1955)
    • 30. El sabor del terror
    • 31. En busca de amigos en el extranjero
    • 32. En busca del capital extranjero
    • 33. La etapa sibarítica
    • 34. El conflicto con la Iglesia
    • 35. El comienzo del fin
    • 36. La Revolución Libertadora
  • Quinta parte. El exilio (1955-1973)
    • 37. La huida al Paraguay
    • 38. Isabel y Panamá
    • 39. Interludio en Venezuela
    • 40. La tregua dominicana
    • 41. España
    • 42. “Operación Retorno”
    • 43. Vandor vs. Perón
    • 44. López Rega
    • 45. La Revolución Argentina
    • 46. El Cordobazo
    • 47. El caos y la violencia
    • 48. Lanusse vs. Perón: Fase 1
    • 49. Lanusse vs. Perón: Fase 2
    • 50. Un salto al vacío
  • Sexta parte. La tercera presidencia y la caída del peronismo (1973-1976)
    • 51. Cámpora en la Casa Rosada
    • 52. El regreso definitivo
    • 53. “Perón al poder”
    • 54. La muerte del conductor
    • 55. Los diez años siguientes
  • Epílogo
  • Notas
  • Bibliografía
  • Créditos

PRÓLOGO EN EL 40° ANIVERSARIO DE
LA MUERTE DE PERÓN

Hace cuarenta años, una era llegó a su fin cuando el presidente Juan Domingo Perón pasó a la eternidad. Durante las últimas tres décadas de su vida había dominado la arena política de la República Argentina, para bien o para mal, según uno mire su historia bajo el cristal del peronismo o del antiperonismo.

Perón: una biografía fue publicado por primera vez en la República Argentina hace treinta años. La editorial y el autor querían ofrecer un relato, equilibrado y sin prejuicios, de la larga y azarosa vida de Juan Domingo Perón. La intención del biógrafo era tratar de reflejar la perspectiva de un observador de afuera, libre de cualquier actitud preconcebida hacia el personaje, y dejar que los hechos hablaran por sí mismos, aunque sabía muy bien que, de la misma forma que el vino conserva el sabor del terreno y de la uva, él no iba a poder evitar que sus propios valores y formas de pensar impregnaran su trabajo. Y porque el libro había sido escrito en inglés, para un público norteamericano, el autor podía garantizar distancia, exhaustiva explicación y desapego.

Las versiones en castellano han tenido una larga vida en sucesivas ediciones y esta nueva reimpresión la prolongará aún más. Es de esperar que este tomo que sale a luz para celebrar la efeméride permitirá que una nueva generación de lectores y también quienes que ya están familiarizados con el texto reflexionen sobre el legado de Perón. Ojalá encuentren inspiración para sopesar la manera en que Perón ha influenciado (o dejado de influenciar) al movimiento político que todavía en algunas instancias lleva su nombre y al país que en una época tuvo estampado el sello de su genio y figura. Ojalá lo lean como una invitación abierta, una convocatoria a emprender un ejercicio intelectual que puede ser aún vigente y atrayente, me refiero al reto de formularse las muchas preguntas que surgen a partir de la carrera política de Perón.

Aunque han pasado cuatro décadas desde los tiempos en que comencé a trabajar en la biografía, a veces me sorprendo a mí mismo cayendo en tales reflexiones, muchas de las cuales siguen siendo temas para un debate legítimo. Por ejemplo, después de releer los capítulos que tratan de la primera presidencia de Perón, cuando él recién había creado el movimiento justicialista, no pude evitar sentirme nuevamente perplejo ante la manera en que el peronismo posterior a la era de Perón pudo haber adoptado no sólo una forma de neoliberalismo sino también una forma de neopopulismo de izquierda en un lapso de relativamente pocos años. Ambos experimentos produjeron períodos de inestabilidad y profundos desacuerdos internos. Si en las décadas que han corrido desde su muerte el movimiento que fue su obra se ha asemejado, a menudo, a un barco que anda a la deriva en mares embravecidos, me he preguntado hasta qué punto el responsable de ello no fue su primer capitán, quien prefería navegar sin un mapa y confiar en su instinto y su experiencia para enfrentar cualquier tipo de circunstancia que se le presentara; y no he podido dejar de especular con que él, quizás, perdió una oportunidad de desarrollar una doctrina política, económica y social coherente que hubiera podido formar la base de una “Tercera Posición” que funcionara y que pudiera trascender los eslóganes de turno y que, finalmente, se hubiera prestado a ser institucionalizada y lograr viabilidad al largo plazo.

Tal doctrina hubiera podido ofrecer al mundo una alternativa a dos sistemas: por un lado, vemos el capitalismo desbocado que ha producido en los Estados Unidos una brecha cada vez mayor entre los ricos y los pobres y una concentración de la riqueza en manos de una pequeña fracción de la población; por el otro, está el socialismo sofocante que ni siquiera puede llenar las necesidades básicas del pueblo. En otras palabras, concebir un gran plan que pudiera convocar a la iniciativa privada a trabajar por el bien común de toda la comunidad al servicio de la justicia social y económica. Perón tenía un nombre apropiado para tal doctrina pero, en mi opinión, nunca tuvo éxito en dotarla de vida y sustancia. Lo que es muy irónico es que se pueden detectar vestigios de esa doctrina en los pronunciamientos del actual obispo de Roma, a quien muchos se refieren como “el papa peronista”.

Estoy seguro de que los lectores, en este siglo XXI, cuando la República Argentina enfrenta realidades insoslayables y complejas, se sentirán perplejos ante muchos otros enigmas que les harán repensar y sopesar la relevancia de Perón y de la forma clásica del peronismo que él promovió. En tal instancia, Perón: una biografía podría servir como punto de partida y marco de referencia. En lo que hace a mí mismo, el comprender a Juan Domingo Perón continúa siendo una labor en pleno progreso y el personaje no ha perdido su capacidad de fascinarme.

JOSEPH A. PAGE

Washington, DC, mayo de 2014

PRÓLOGO A LA EDICIÓN REVISADA DE 1998

Durante el prolongado tiempo que dediqué a la investigación y escritura de la biografía de Juan Domingo Perón, nunca se me pasó por la mente la idea de que un día mi trabajo sería publicado en castellano, en la Argentina. La dictadura militar que gobernaba el país en aquellos años no daba muestras de ser transitoria y la probabilidad de que ese régimen totalitario fuera a tolerar un libro serio sobre Perón era de cero. Pero los hechos desmintieron mis predicciones pesimistas y con el regreso a la democracia y al gobierno civil, y en el albor de un renacimiento de la libertad de prensa, Perón: una biografía llegó a las librerías y a la lista de best-sellers.

Lo que me ha dado una satisfacción aún mayor es la recepción que ha tenido el libro por parte de aquellos a quienes les estaba dedicado. Mientras realizaba mis investigaciones, un grupo de gente joven me cobijó bajo sus alas y me brindó el apoyo y aliento que necesitaba. Su entusiasmo a menudo los llevó a cometer actos imprudentes. Recuerdo maravillado que uno de los muchachos tomó “prestadas” de su casa unas cartas que Perón le había escrito a uno de sus familiares, se las amarró a las piernas y, ocultas bajo sus pantalones, me las trajo para que las leyera. Hizo esto en un momento en el que si los agentes de la dictadura militar lo hubieran detenido —y descubierto lo que llevaba— él habría estado en grave peligro.

En agradecimiento a todos ellos, dediqué mi libro al futuro de Argentina, a los muchachos y muchachas que merecían recibir de su país y de sus mayores un legado de mejores esperanzas que las que, por 1983, se vislumbraban. Y no estuve errado en mi dádiva por lo menos en un sentido: los jóvenes siguen brindándome una enorme gratificación. Durante la gira de promoción del libro, en 1984, tuve una recepción tan cálida de parte de estudiantes de las universidades de Rosario y Tucumán que quedé profundamente emocionado. En mi más reciente viaje a Buenos Aires, mi fe en la juventud de la Argentina se renovó durante una reunión que tuve en el Instituto Nacional Juan Domingo Perón con alumnos que habían leído mi libro como texto de historia, jóvenes curiosos cuyas observaciones y preguntas agudas me impresionaron mucho. Mi respeto y estima por la juventud argentina es hoy más sólido que nunca y por ello les dedico nuevamente mi libro.

Para quien ha publicado una biografía siempre le llega el momento de querer agregar algo a la obra terminada. Ello sucede, a veces, cuando se encuentra embarcado en la promoción del libro y personas desconocidas se le acercan para contarle anécdotas de sus contactos con el sujeto de la biografía, o para mostrarle objetos que en una época le pertenecieron al personaje central o a otras figuras del período histórico de la biografía. Ocurre a menudo cuando se abren archivos personales que se habían mantenido inaccesibles y también acontece cuando el libro es analizado por los críticos y cuando es citado por otros autores. Pero querer no siempre es poder, y la dura realidad es que son muy pocos los autores que pueden revisar su obra una vez que ésta ha salido de sus manos.

Por ello, considero un enorme privilegio que mi libro pueda llegar al público en esta nueva edición. El texto publicado en 1984 ha sido alterado sólo mínimamente —y, en verdad, una de las mayores sorpresas de la tarea de revisión fue descubrir que el tenor y estilo de la obra habían envejecido muy bien—. Los agregados que el lector encontrará en la nueva edición son notas a pie de página que iluminan aspectos y acontecimientos desconocidos hace quince años. También he redactado un Epílogo que discurre sobre lo que el tiempo le ha dado y quitado al personaje y lo que la Historia ha confirmado sobre su visión. Con una cierta intrepidez me permito, además, sugerir lo que será el futuro de ciertos aspectos del peronismo.

La nueva edición no hubiera podido llegar a ser realidad de no haber contado yo con la ayuda, paciencia e inspiración de mi incomparable y querida traductora, con quien quedo profundamente en deuda.

JOSEPH A. PAGE

Washington, DC, diciembre de 1998

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

Juan Domingo Perón presenta obstáculos formidables a sus biógrafos. Dejó detrás de sí relativamente poca documentación confiable sobre su prolongada vida pública, tal vez pensando que iba a quedar mejor ante los ojos de la posteridad si los juicios que se emitieran sobre su persona no tenían fundamento en hechos reales. Sus muchos libros, panfletos, artículos, discursos, cartas y charlas grabadas están tan impregnados de contradicciones, exageraciones y falsedad que deben ser utilizados con extremo cuidado.

Mucho de este material, además, está fuera del acceso de los investigadores. Largas reminiscencias que él grabó en España aún no han salido a la luz. Los archivos personales de su primera y segunda presidencia, según las últimas informaciones, estaban siendo comidos por las ratas en el depósito de un juzgado de los Tribunales de Buenos Aires. La enorme cantidad de correspondencia del período del exilio está bajo llave en su casa de Madrid o desapareció junto con su último secretario privado, José López Rega. Algunas fuentes de información secundaria —libros, diarios, revistas y folletos— sólo se encuentran dispersas en varias colecciones privadas.

De la gran cantidad de testigos de la extraordinaria carrera política de Perón, unos pocos no quieren hablar por discreción, desconfianza o miedo; otros dicen que algún día escribirán sus propias memorias; otros están participando activamente en política y eso colorea sus testimonios. Todos ellos luchan, a menudo en vano, contra el poderoso mito peronista que irremediablemente confunde realidad con ilusión.

La muerte sigue reclamando a los participantes clave y a muchos observadores. En el curso de la preparación de este libro, Domingo Mercante, Spruille Braden, José Gelbard, Héctor Cámpora y Ricardo Balbín, entre otros, dejaron de existir.

El biógrafo ha tratado de superar todas estas dificultades combinando la persistencia de siete años de trabajo con una suerte extraordinaria para conseguir materiales informativos y entrevistas, con cientos de documentos que le fueron cedidos bajo el Freedom of Information Act por el Departamento de Estado, el FBI, la CIA y la Agencia de Informaciones de Defensa (DIA), y con lo que es aun más importante: la ayuda de una cantidad de individuos.

Debido a la naturaleza controvertible del tema no puedo citar por nombre a la mayor parte de los argentinos que hicieron todo lo posible por ayudarme. Siempre estaré agradecido por su calor y generosidad. No sería justo citar sólo a unos pocos; por ello quisiera transmitir mi reconocimiento más sincero a todos aquellos que me permitieron consultar sus bibliotecas privadas, archivos, correspondencia y películas; a los que me abrieron algunas puertas; a los que me llevaron a Lobos, a la quinta presidencial de Olivos y a la casa de Perón en Puerta de Hierro y en Vicente López, y, también a los intelectuales, políticos, militares, estudiantes, dirigentes gremiales, hombres de negocios, periodistas y simples ciudadanos argentinos que pasaron muchas horas explicándome las realidades de su país.

También quisiera dar público agradecimiento a los muchos funcionarios y empleados del gobierno de los Estados Unidos, tanto en la Argentina como en Washington, que me ayudaron y a los corresponsales extranjeros acreditados en Buenos Aires y en Madrid, quienes me dieron pistas y sugerencias valiosas.

Me gustaría dejar constancia de mi deuda intelectual hacia Hugo Gambini, Félix Luna, Marysa Navarro, Robert Potash y Wayne Smith, cuyos escritos lúcidos y equilibrados fueron ayudas indispensables.

Una palabra de agradecimiento a James Buchanan por leer y criticar partes del manuscrito y a Martha Gil-Montero, cuya sensibilidad y buen ojo para los detalles ayudaron mucho a mejorar la versión final.

Debo reconocer el mérito de mi maestro de castellano en el Boston School of Modern Languages, profesor Peña, quien fue el primero en hacerme ver la trascendencia de los sucesos del 17 de octubre de 1945; el de mi editor Jonathan Galassi, quien concibió el proyecto y tuvo la paciencia de seguirlo en todas las etapas; el de mi representante literario, Carl D. Brandt, por su aliento sostenido; el del decano David D. McCarthy, por su apoyo permanente, y el del más famoso peronólogo del mundo, Enrique Pavón Pereyra, quien con su entusiasmo irreprimible mantuvo mi espíritu enardecido.

Finalmente, debo dejar en claro que asumo única y total responsabilidad por todos los juicios emitidos en este libro.

JOSEPH A. PAGE

Washington, DC, mayo de 1983

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1
El terremoto de San Juan

En la noche del sábado 15 de enero de 1944 un terremoto destruyó en 25 segundos la ciudad de San Juan.1 Fue el peor desastre natural acaecido en el país y una de las catástrofes más devastadoras del continente americano, con un saldo de víctimas por encima de los 10.000 muertos. Los edificios fueron sacudidos y las arañas de la luz vibraron hasta en Buenos Aires, la Capital, a más de 1.000 kilómetros de distancia del epicentro.

Los relatos con detalles de la dimensión del daño, sin embargo, empezaron a llegar a Buenos Aires sólo en la tarde del domingo. A través de una emisora de radio controlada por el gobierno, la voz poderosa y nasal de un coronel del ejército hizo un llamado dramático al país pidiendo medicinas, ropas, alimentos, dinero y sangre.2 En el decimoquinto aniversario de la tragedia, una revista argentina comentaría que aquel discurso marcó el comienzo de “su largo monólogo de una década”.3

Mientras el presidente de la República, general Pedro P. Ramírez, ordenaba la clausura de todos los lugares de diversión pública y la emisión de noticias y música sacra por las radios, el coronel Juan Domingo Perón tomaba a su cargo la tarea de dar alivio a los problemas de San Juan. Unos pocos meses antes había sido nombrado jefe del Departamento Nacional de Trabajo, un oscuro apéndice del Ministerio del Interior, que él logró elevar al nivel de Secretaría, nominalmente responsable sólo ante el Presidente pero, de hecho, independiente. La tragedia de San Juan brindó al coronel y su nueva Secretaría de Trabajo y Previsión la oportunidad de ser reconocidos de inmediato a nivel nacional.

El terremoto asimismo sirvió para forjar un fuerte espíritu de unidad en un país asediado desde siempre por divisiones sociales, económicas y políticas. El sentimiento de simpatía por las víctimas acercó a la gente como ningún otro hecho lo había logrado en el pasado cercano. Cuando el coronel Perón pidió sangre, los donantes que se presentaron superaron las posibilidades de atención.4 Cuando pidió la participación de todos los ciudadanos, tanto hombres como mujeres ofrecieron su ayuda. Era la primera vez que las mujeres argentinas asumían su responsabilidad ciudadana a nivel nacional.

Por supuesto que los cínicos de siempre acusaron al gobierno militar de aprovechar el súbito espíritu de unidad para fortificar su débil ascendiente sobre el pueblo. Pero estaban equivocados. Ellos no veían lo que Perón percibía con claridad, es decir que, con un estímulo y conducción adecuados, los argentinos podían trabajar juntos y estar a la altura de cualquier desafío.

El general Ramírez visitó San Juan el 19 de enero y asistió a una misa por los sobrevivientes en la plaza 25 de Mayo. En las ruinas de la torre de la catedral del siglo XVIII el reloj se había detenido a las 8.48 como triste recordatorio y permaneció así hasta que la dañada estructura cayó demolida. En el momento mismo en que el presidente hacía su presentación, un temblor ominoso estremeció la tierra y por un breve momento la multitud fue conmovida por el pánico. Ramírez pidió calma y el temblor cedió.5

Perón permaneció en Buenos Aires para movilizar el programa de ayuda y reunió a representantes de la industria privada a fin de estimular la donación de fondos. Utilizó su posición como secretario del ministro de Guerra para coordinar la ayuda militar a las regiones afectadas. En las oficinas de la Secretaría de Trabajo y Previsión erigió un centro para la recepción de alimentos, ropas y dinero e hizo instalar, en la base del Obelisco situado en la intersección de las avenidas Corrientes y 9 de Julio, la réplica de un termómetro gigante para registrar el progreso de la campaña de colecta de dinero.

Entre otras, Perón solicitó la ayuda de los actores y actrices del país. Preparó presentaciones de luminarias de la escena, el cine y la radio, en las calles de Buenos Aires. El momento culminante de la campaña tendría lugar un sábado a la hora en que los porteños salen de compras o a pasear. El día indicado, resplandeciente en su uniforme blanco y dorado y luciendo una amplia sonrisa —que pronto le ganaría el apodo peyorativo de “Coronel Kolynos”—, el esbelto y atractivo viudo encabezó una procesión de cautivantes actrices y cadetes militares en impecables uniformes. A pesar del calor pegajoso del verano, la multitud se congregó alrededor del coronel y su séquito. No siempre el hombre de la calle podía codearse con Libertad Lamarque, Blanca Podestá y Silvana Roth. La colecta fue un éxito total.

Perdida en el manojo de estrellas y vedettes que constituían el entourage del coronel Perón, asomaba una actriz joven llamada Eva Duarte. Aunque no poseía gran belleza ni atractivo ni talentos especiales, Eva Duarte (Evita para sus amigos) había sido dotada con una tenacidad que la había conducido desde una oscura ciudad provincial a una carrera teatral, cinematográfica y radial. Ese día su destino se uniría al de Juan Perón y la energía que sería liberada a través de tal alianza iba a cambiar la historia argentina.

Las precisas circunstancias del primer encuentro están actualmente envueltas en el mito.6 En conversaciones grabadas a principios de la década del 60, Perón declaró haber reparado en Eva cuando la joven tomó la palabra en una reunión de artistas y actores convocados para discutir la colecta del sábado.7 Posteriormente, él afirmaría que Eva llamó su atención al permanecer una vez terminada la reunión para ayudar en los detalles de la organización del acto.8 Cualquiera sea la verdad sobre si el coronel la conoció en aquella oportunidad o no, lo seguro es que el encuentro crucial ocurrió durante una función de gala a beneficio de las obras de San Juan, realizada el sábado 22 de enero por la noche en el Luna Park.

Las puertas del gran recinto deportivo situado en el nacimiento de la avenida Corrientes fueron abiertas temprano para dar paso a las multitudes ansiosas de conseguir buena ubicación. El acto duraría hasta las dos de la madrugada y las últimas cuatro horas fueron emitidas en vivo por Radio Nacional. Ni siquiera la opresiva humedad ambiente pudo marchitar el espíritu del público. Muchos de los mismos artistas que acompañaron a Perón en la colecta callejera participaron en el espectáculo del Luna Park.

Perón llegó a las diez de la noche con la comitiva del presidente Ramírez. Eva Duarte ya estaba sentada en primera fila, al lado de su escolta y viejo amigo, el teniente coronel Aníbal Imbert. Perón respondió al clamor de la concurrencia con sus manos en alto, exhibió su eterna sonrisa y saludó al coronel Imbert, quien a su vez lo presentó formalmente a Eva Duarte, probablemente a insistencia de la estrella. Perón y Eva terminaron sentados lado a lado.

El presidente Ramírez y el coronel Perón hicieron sus discursos y, cuando el acto hubo concluido y Perón se retiró del Luna Park, Eva Duarte lo acompañaba tomada de su brazo. El magnetismo que los unía resultó ser un fluido poderoso. Poco tiempo después, la estrella y el coronel —de veinticuatro y cuarenta y ocho años respectivamente— estaban viviendo juntos. Permanecerían virtualmente inseparables hasta la muerte prematura de ella en 1952.

Para Juan Perón, el terremoto de San Juan fue un envío del cielo que aceleró su vertiginoso ascenso a la gloria. En el plazo de dos años y medio, luego de sobrevivir a una caída pasajera que podría haberlo fácilmente destruido y de infligir una decisiva derrota a la poderosa y sólida oposición, se convertiría en el presidente constitucional de la Argentina. Perón permanecería en el ejercicio del cargo durante más de nueve años como el líder autoritario de un movimiento genuinamente popular, debiendo alejarse del país como consecuencia de un levantamiento que derrocó su gobierno en septiembre de 1955. Debería sufrir un prolongado exilio que al final lo llevaría a Madrid, desde donde planificó su sorprendente renacer político. En 1973, a la edad de setenta y ocho años, asumiría el rol de salvador de la patria y retornaría triunfal a su país para ser investido con la primera magistratura. Antes de terminar el año moriría, dejando una nación tristemente dividida.

Perón imprimió su marca en la Argentina como nadie más lo pudo hacer. Mientras él permanecía perpetuamente enigmático y constantemente por encima de las convenciones, obligó a sus compatriotas a definirse como peronistas o antiperonistas. En un país lleno de pasiones, él despertó emociones de intensidad volcánica pero, por su parte, rara vez demostró apasionamiento. (Como diría un periodista español en el día de su muerte, “Amaba a sus perros y era amado por una gran parte del país”.9) En un medio cultural impregnado de machismo, Perón nunca demostró su hombría a través de la paternidad, transformó a su segunda y tercera mujeres en figuras políticas y, a menudo, hacía alarde de su naturaleza no-violenta.

Perón ha confundido a los observadores políticos que trataban de clasificarlo de fascista, de dictador personalista, de populista y hasta de izquierdista. En opinión de los políticos de los Estados Unidos, Perón fue considerado primero un neonazi que debía ser apartado del continente a cualquier precio; luego, un presidente que servía para que los intereses económicos norteamericanos progresaran; más tarde fue otro dictador latino que mancillaba el mundo libre, y, en la última instancia, la postrer esperanza para la Argentina frente a la perspectiva de la amenaza izquierdista o la guerra civil.

Genial en su uso de la contradicción, Perón elevó el ejercicio de la ambigüedad política hasta una forma artística. Predicó la revolución, pero revolucionó solamente las expectativas. Tempranamente favoreció la unión de los países latinoamericanos y la no alineación de las naciones del Tercer Mundo, pero al mismo tiempo sembró el miedo al expansionismo argentino y mantuvo al país dentro de los parámetros establecidos por la política exterior norteamericana. A la par que cultivaba una imagen de seriedad intelectual, durante su vida despreció la intelectualidad y a pesar de tener plena prueba de la mediocridad de sus acólitos, permitía ser endiosado con una adulación insensata.

La sombra amenazadora de la violencia, un factor constante en el desarrollo de la historia argentina, persiguió a Perón a prudente distancia. Los desmanes de hordas desatadas y el toque relámpago del asesinato político a menudo servirían a sus objetivos, sin mancharlo con la responsabilidad directa por los hechos. Algunos lo llamarían santo y otros creerían que era el diablo encarnado. Perón se vería a sí mismo como más allá del bien y del mal.10)

El paralelo político más similar a Perón en la historia de los Estados Unidos es Huey Long, el pintoresco y controvertido “Kingfish”, cuyo nombre y memoria todavía figuran en la vida política del estado de Louisiana después de más de medio siglo de su muerte.11 Aunque existen más contrastes que parecidos entre los dos líderes populares (y la diferencia principal —y más increíble— radica en la suerte que le permitió a Perón salvarse de una muerte violenta como la que terminó prematuramente con la carrera de Long), ambos fueron el producto de un ambiente cultural y social único. No se puede comprender el fenómeno Long sin evaluar las raíces que le dieron origen. Y lo mismo es válido en el caso de Perón.

CAPÍTULO 2
La Argentina de Perón

La República Argentina —el octavo país del mundo en cuanto a su superficie y, en Sudamérica, segundo sólo después de Brasil— se extiende desde una selva subtropical al norte, hasta la desoladora y ventosa isla de Tierra del Fuego en el extremo sur del continente y, desde la majestuosa cordillera de los Andes a lo largo de la frontera con Chile, hasta un litoral marítimo de 4.000 kilómetros sobre el océano Atlántico. Al banquete geográfico que significan todos sus tipos de paisaje se suma la obra del hombre en Buenos Aires, una de las grandes ciudades del mundo.

Un tercio de la población de la Argentina se aglomera alrededor de Buenos Aires, dando lugar a un fenómeno de extrema macrocefalia. El distinguido historiador británico James Bryce, en 1912, constató que tal concentración hace de Buenos Aires “un gigante y le da una influencia comparable a la de París en Francia”.1 El complejo de superioridad de los porteños que refleja esta preeminencia fue solidificado a través de décadas de lucha civil con las provincias y es, por lo tanto, causa de resentimiento para el resto de los argentinos.

Los orígenes de la ciudad de Buenos Aires fueron humildes pero ya en 1938 el poeta norteamericano Archibald MacLeish podía decir:

[Buenos Aires] es una gran ciudad en la medida en que los antiguos definían las grandes ciudades: una población fuerte, famosa por sus buenos jinetes y la belleza de sus mujeres. Es una gran ciudad de la misma forma que París y Londres son grandes ciudades. Es una metrópoli cosmopolita del siglo XX con todos los componentes, muchedumbres, avenidas, parques, subterráneos, pianistas en gira artística, confusión de lenguas, chirridos de frenos, resplandecientes salas cinematográficas... impudencia de maniquíes de yeso en los escaparates en los negocios de lingerie, cadencias de bandas de jazz a las dos de la madrugada sobre los techos de casas de apartamentos a media luz.2

El corazón de la Argentina está en una planicie ovalada, un quinto de la superficie total del país, que los argentinos llaman pampa y que, según un dicho popular, “puede ser cruzada con un arado sin nunca encontrar una sola piedra”.3

Un puñado de individuos agresivos, atraídos por la promesa de riqueza fácil, reclamaron derechos sobre la posesión de la pampa. Las economías de escala, a la par que la tradición española del latifundio, produjeron la concentración de la tenencia de la tierra en manos de unos pocos estancieros, cuya cultura, espíritu e intereses económicos diferían de los que poseían los porteños. De entre las filas de los estancieros surgieron los caudillos locales, señores casi feudales, que gobernaron de manera autocrática, durante los turbulentos años de las luchas por la independencia. Aunque su origen fue a menudo modesto, los descendientes de estos primeros estancieros gradualmente formaron una elite oligárquica cuyo poder económico y político dominaría la nación durante mucho tiempo.

La pampa produjo también el gaucho, a quien James Bryce define así:

Era por encima de todo un jinete, que no desmontaba su caballo más que para echarse a dormir a su lado... su indumentaria era el poncho —un cuadrado de tela de lana con una abertura para pasar la cabeza— y un par de pantalones. Podía vivir de casi nada y no conocía la fatiga. En torno a él gira todo el romancero de las Pampas, porque se lo consideraba como la encarnación de las primitivas virtudes: audacia, tolerancia y lealtad.4

Valentía, independencia, cordialidad y la inclinación a hacer favores desde siempre han embellecido la imagen del gaucho. Su primera lealtad era hacia el caudillo local. Las guerras intestinas que convulsionaron a la Argentina durante el comienzo del siglo XIX enfrentaron a estos caudillos y sus gauchos con los porteños. Los primeros —llamados federales— favorecían una confederación, y los segundos —los unitarios— deseaban un fuerte gobierno central en Buenos Aires, mientras, a la par, promovían ideas europeístas sobre modernización.

En 1835, luego de un período de creciente anarquía, un caudillo de la provincia de Buenos Aires asumió el poder federal. Juan Manuel de Rosas fue una leyenda en vida, un adalid mitológico cuya destreza física y sus talentos como jinete inspiraban la devoción de sus múltiples seguidores. Rosas conquistó el control político del país entero y durante diecisiete años impuso su voluntad con mano de hierro. En el contexto de un período de violencia, hizo uso sistemático y extenso del terror, pero logró unir a la Argentina. En 1852 otro caudillo del interior hizo causa común con los intereses de Buenos Aires y encabezó un levantamiento que obligó a Rosas a huir a Inglaterra.

Quienes consideraban a Rosas un tirano sanguinario percibían la lucha como una contienda entre civilización y barbarie, pero esta perspectiva, en el mejor de los casos, era una simplificación extrema. Los seguidores de Rosas rechazaban el modelo europeizante de Buenos Aires y exaltaban los valores criollos tradicionales. Resistían la dominación de porteños de galera que, en su opinión, explotaban las riquezas de la pampa para comprar artículos europeos, que no beneficiaban al resto del país, mientras las necesidades legítimas del poblador del interior quedaban insatisfechas. La caída de Rosas en definitiva no resolvió el conflicto: meramente alteró el equilibrio del poder.

Después de la derrota de Rosas hubo cambios dramáticos en la pampa: nuevas técnicas de cría de ganado, los ferrocarriles y el desarrollo de la industria frigorífica convirtieron a la Argentina en una de las grandes naciones productoras de ganado del mundo. Llegaron inmigrantes de Italia y España y también llegó el capital, principalmente de Inglaterra, con su impulso vital. El historiador inglés George Pendle observó que “al final del siglo... la pampa, de hecho, había sido domada, organizada y virtualmente ensillada a la economía de la lejana Gran Bretaña”.5 Las pocas familias con el monopolio de la mejor tierra se enriquecieron de manera exorbitante, mostrando al mundo exterior el estereotipo del argentino rico.

El gaucho, mientras tanto, se esfumaba de la superficie de la pampa para resurgir como una figura heroica en el panteón de la psique argentina. En 1872, José Hernández publicó su poema épico Martín Fierro, la saga de un gaucho y sus luchas por la sobrevivencia y el autorrespeto frente a las restricciones impuestas por una autoridad represiva y corrupta. El poema idealiza el áspero individualismo del gaucho y su apasionada devoción por la libertad y, paralelamente, deplora los intentos de los poderosos de imponer una forma extraña de civilización para perpetuar la injusticia en nombre del progreso.

El espíritu del poema Martín Fierro y la protesta que simboliza de alguna manera pasaron intactos a la era industrial y se convirtieron en la expresión de descontento que saturaba a una clase de argentinos muy diferente: los obreros fabriles que padecían un sentimiento de marginalidad. Ellos atrajeron a un defensor llamado Juan Domingo Perón, quien ante los ojos de aliados y enemigos era un segundo Rosas y también, quizás, el mágico cumplimiento de la profecía encerrada en los siguientes versos del Martín Fierro:

Tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo

o hasta que venga algún criollo

en esta tierra a mandar.6

Otra región del país merece mención. La meseta del sur, llamada Patagonia, contiene sólo el 1 por ciento de la población en un cuarto del territorio continental argentino. Es una tierra árida, con cielos nebulosos, y azotada por vientos que John Gunther definió como “una fábrica de lana y corderos”7 por sus estancias inmensas con innumerables ovejas.

Aunque los argentinos la consideran una especie de Siberia, la Patagonia ha comenzado a atraer a los conocedores como lugar de turismo. Esto no mitiga el preocupante aislamiento geográfico de la región; sus habitantes, en la gran mayoría, provienen de Chile, forzando al país a mantener una posición defensiva frente a la posibilidad de expansionismo chileno.

Entre las características salientes que hacen que el pueblo argentino se diferencie del resto de los latinoamericanos están la baja densidad demográfica, la estructura racial y el factor de la inmigración europea. En un continente donde la infección del exceso de población se viene propagando desde hace tiempo, la Argentina está en tercer lugar —detrás de Paraguay y Bolivia— en la lista de naciones de baja densidad demográfica. En 1820 se estimaba un número de pobladores de alrededor de medio millón. El primer censo nacional fue realizado en 1869 y el resultado indicó la cifra de 1.800.000. Recuentos posteriores hicieron subir la suma a 4 millones de habitantes en 1895, 8 millones en 1914, 16 millones en 1947, 20 millones en 1960 y 23 millones en 1970.8 Desde 1900 hasta 1965 el crecimiento promedio anual fue de 2,5 por ciento, y en la década 1960-1970 se redujo al 1,5 por ciento.9

El grado de urbanización, el nivel de educación y el ingreso per cápita relativamente alto han sido los responsables del lento crecimiento demográfico argentino. Entre el censo de 1895 y el de 1914, la población urbana creció del 37 por ciento al 53 por ciento del total, y en 1970 se estimaba que llegaba al 69 por ciento.10 El sistema educacional, que mejoró enormemente durante el boom de finales del siglo XIX, produjo un índice de alfabetismo de más del 90 por ciento. El nivel de ingresos de los argentinos fue tradicionalmente el más alto del continente. Todo ello contribuyó a que los habitantes de la ciudad procrearan a más tardía edad que los pobladores del campo, y a que, por ende, tuvieran menos hijos.11

Con la excepción de Uruguay, posiblemente no hay otro país en Sudamérica con un porcentaje mayor de blancos dentro de la población general, que la Argentina. El país siguió un proceso de blanqueo que necesitó dos siglos para llegar a tal resultado, y que comenzó con el colonizador español que se radicó en lo que hoy es suelo argentino y se mezcló con la mujer nativa, prácticamente por necesidad, ya que los conquistadores y colonizadores no llegaron acompañados por sus parejas. Por otra parte, la necesidad de mano de obra en el campo trajo, como consecuencia, el transporte de esclavos desde África. Buenos Aires se convirtió en el centro de la trata —ilegal pero lucrativa— de esclavos. Al terminar el período colonial, la población del país era 60 por ciento española o mestiza, 30 por ciento india y 10 por ciento negra o mulata.12

Durante el siglo XIX tres fenómenos demográficos se desarrollaron casi a la par. Los negros y mulatos fueron absorbidos por el resto de la población y en pocas generaciones desaparecieron. Las campañas militares contra las tribus de indios que vivían en la pampa virtualmente liquidaron a casi toda la población nativa, a punto tal que, en el censo de 1947, el porcentaje de indios era menos de 5 por ciento con tendencia a seguir disminuyendo.13 Finalmente, en la segunda mitad del siglo XIX, la Argentina abrió sus puertas a la inmigración europea. Entre 1856 y 1896, la llegada de oleadas de españoles e italianos, que totalizaron por lo menos 6 millones, marcó la aceleración de un flujo cuyo efecto máximo tuvo lugar en 1914, cuando los extranjeros llegaron a constituir el 30 por ciento de la población argentina.14

Hay problemas de definición que impiden estimar el porcentaje exacto que corresponde a la raza blanca en la Argentina, pero la cifra debe estar por encima del 90 por ciento. Esta realidad ha cultivado el sentimiento de superioridad que lleva a los argentinos a creerse europeos y no latinoamericanos. Sin embargo, el desarrollo político y económico del país no ha correspondido a esta autopercepción un tanto exagerada y, como consecuencia, ha generado un profundo sentimiento de inseguridad.

Los inmigrantes aprovecharon la movilidad social y económica para establecerse como la columna vertebral de la considerable clase media argentina. Los italianos, que constituyeron alrededor del 42 por ciento del influjo total,15 afectaron considerablemente el estilo de vida argentino, especialmente en ciertos giros del lenguaje y el llamado lunfardo. Los inmigrantes españoles, en segundo lugar en magnitud, fortificaron los vínculos de hispanidad acentuando la unión cultural, intelectual y sentimental con la madre patria.

De Alemania y Gran Bretaña llegaron otros contingentes importantes. La comunidad judía de Buenos Aires es la más numerosa de Latinoamérica y una de las más importantes del mundo.16 En 1930, como respuesta a la depresión, la Argentina cerró sus puertas a la inmigración masiva. Después de la Segunda Guerra Mundial, irrumpió una nueva corriente inmigratoria, esta vez formada por individuos de las clases bajas e indigentes de los países vecinos que migraban atraídos por las reconocidas oportunidades económicas de Buenos Aires.

La gran mayoría de los argentinos profesa la fe católica. La Iglesia mantiene una presencia conspicua en muchos de los aspectos ceremoniales de la vida argentina y proyecta su fuerte influencia en el comportamiento social, las normas éticas y el contenido de la educación. El catolicismo argentino es, generalmente, tradicional y conservador, pero ha demostrado una cierta elasticidad con las clases bajas rurales y tolera benignamente su falta de ortodoxia que, a menudo, tiene origen en creencias indígenas. La gente del campo que emigró a Buenos Aires sigue aferrada a su devoción por figuras tales como Ceferino Namuncurá y la Madre María.

Durante las luchas por la independencia, la alta jerarquía eclesiástica argentina estuvo del lado de la Corona española mientras los curas de las parroquias apoyaban la revolución.17 A pesar del desprestigio de la Iglesia —derivado de la postura de los altos grados— la Constitución de 1853 no disminuyó su posición de privilegio. Al mismo tiempo que garantizaba plena libertad religiosa, la Constitución dejó establecido que el catolicismo sería la religión del Estado y que el presidente de la República debía ser católico. El liberalismo que abonó el crecimiento económico argentino durante fines del siglo XIX contenía elementos de anticlericalismo, pero su única manifestación concreta fue la promulgación de la ley de 1884 de educación laica, que prohibía la enseñanza de religión en las escuelas públicas.

Las complejidades de la personalidad colectiva de los argentinos podrían fácilmente llenar un volumen. Un breve esbozo de ciertos trazos comunes es imprescindible, sin embargo, para comprender el fenómeno Perón.

Una característica, de profundo impacto en la vida política, es el excesivo individualismo que proviene, en gran parte, de la obsesión con el sentido de la dignidad personal, propio de las culturas latinas. El comportamiento agresivo para manejar, el rechazo por la disciplina de esperar turno en una cola y un estilo futbolístico que exalta el brillo individual y la improvisación en detrimento del juego de equipo, son algunas de las manifestaciones de esta tendencia. Cada argentino no sólo tiene sus propias ideas políticas sino que está convencido de la sabiduría irrebatible de las mismas. Como resultado de ello rechazan la posibilidad de compromiso y tienden hacia extremismos retóricos y de comportamiento. Estos factores, unidos a la enfermiza suspicacia que los argentinos tienen por sus compatriotas, limitan la viabilidad de las instituciones democráticas y conllevan una predisposición hacia formas autoritarias de gobierno.

El aislamiento geográfico es otro elemento clave que condiciona la psique argentina a través de dos factores alienantes. El primero es la distancia tremenda que separa a la Argentina del resto de la civilización occidental.18 La ciudad de Buenos Aires está situada a más de 9.000 kilómetros de Nueva York y casi a 11.200 kilómetros de París. Los argentinos tienen una tendencia a percibir Europa y los Estados Unidos a través de una lupa que distorsiona la importancia tanto de los acontecimientos como de las opiniones, lo que produce en ellos una pérdida de perspectiva y reacciones paranoicas cuando los extranjeros los critican o los ignoran.

El segundo es el sentido de soledad que impone la inmensidad de la pampa. El porteño se siente aislado al borde de una llanura inculta y alejado de los centros culturales y de poder; por su parte, el habitante del campo se encuentra perdido en la chatura de la pampa interminable. El resultado es una sensación de impotencia y fatalismo, de tristeza y frustración, temas que el tango a menudo insinúa en sus estrofas.

Ligada a esta soledad espiritual de los argentinos hay una profunda sentimentalidad. Los argentinos aman al débil y al fracasado. Algunos de los políticos más venerados fueron en su época perdedores que lucharon infructuosamente por ideales imposibles. El club de fútbol Boca Juniors, surgido en un distrito de clase obrera del Gran Buenos Aires —muy semejante a los antiguos Brooklyn Dodgers, un equipo de béisbol norteamericano—, atrae una devoción feroz a pesar de su impredecible, y a menudo inconsistente, actuación. (Una visita a Buenos Aires queda incompleta si uno no se detiene a pasar una tarde en la Bombonera, el estadio de Boca.) El cantor de tangos Carlos Gardel, quien fuera víctima de un accidente fatal de aviación en 1935, sigue siendo un ídolo cuya popularidad aumenta. (De Gardel se dice: “Cada día canta mejor”. Su tumba, situada en el cementerio de la Chacarita, está siempre adornada con flores de sus leales admiradores. Una estatua de tres metros de alto lo presenta en pose y sonriente listo para irrumpir en una canción y tiene siempre un clavel natural en la solapa. En una de mis visitas comprobé que su mano sostenía un cigarrillo encendido.)

Este poderoso mosaico de sentimientos, combinado con ciertos aspectos perversos del catolicismo mediterráneo, produce una preocupación casi maniática —cercana a la necrofilia— respecto de la muerte. Es costumbre argentina celebrar homenajes y servicios especiales en los aniversarios de fallecimientos; los funerales han constituido grandes momentos de la historia argentina.

Una fisonomía digna de tener en cuenta es el valor que los argentinos asignan a las apariencias. El aspecto personal con frecuencia es considerado como indicativo de la clase social de cada cual y por lo tanto el argentino (y especialmente el porteño) dedica cuidadosa atención a su atuendo. El arreglo meticuloso es endémico. Ciertos giros del lenguaje preñados de formalidades corteses —que a menudo parecen excesivas a los extranjeros— son parte esencial del ritual social.

Juan Perón fue indudablemente un fenómeno argentino sólo comprensible en el contexto del cual surgió. La mayor parte de los errores de interpretación respecto de su vida provienen de cierta ineptitud para aprehender esta verdad. Es más, la relación entre el hombre y su país fue habitualmente simbiótica. No sería una exageración sugerir que Perón fue la Argentina y la Argentina fue Perón.

PRIMERA PARTE

GÉNESIS DE UN LÍDER
(1895-1942)

CAPÍTULO 3
Los años formativos

Hay pocas sorpresas en la llanura oceánica que cubre la mayor parte de la provincia de Buenos Aires, y Lobos no es precisamente una de ellas.1 La pequeña población se levanta, inconspicua, 100 kilómetros al sudoeste de la Capital. Al entrar, uno debe pasar frente a un templo mormón y una placita dedicada a Carlos Gardel. Las antenas de televisión crecen como hongos encima de los hogares modestos.

Puede suceder en Lobos que, al caer la tarde de un día sábado, un gaucho curtido cruce una intersección, cigarrillo en mano, botas negras lustradas con esmero, ancho cinturón tachonado de monedas de plata, pañuelo rojo al cuello en contraste con su camisa verde a cuadros, listo para pasar una noche en el pueblo. Puede suceder que una mujer con rizadores, en bicicleta, marche en la misma dirección.

En la primavera de 1970 Lobos apareció en las noticias porque un grupo de promotores intentó organizar un festival de música de rock en los terrenos del club local. Sospechando que se trataba de hippies, el gobierno provincial abortó sus propósitos y Lobos perdió su oportunidad de convertirse en el Woodstock de la Argentina.2 Pero, aun sin la notoriedad de haber albergado un acto tan extravagante, el pueblo ya había asegurado su lugar en los libros de historia argentina.

En 1980, un edificio modesto situado al 1380 de la calle Buenos Aires, a varias cuadras de la plaza principal, servía de sede al Instituto Superior de Formación Docente. Su puerta conservaba huellas de placas —retiradas no mucho tiempo antes— que en otras épocas conmemoraban el sitio de nacimiento de Juan D. Perón. No había quedado inscripción alguna para marcar el lugar. En ocasiones, tales como el aniversario de su muerte, la gente depositaba contra la pared coronas o canastas de flores, pero las autoridades se encargaban de retirarlas de inmediato.

Juan Domingo Perón vino al mundo en Lobos, el 8 de octubre de 1895. Hay evidencia suficiente que probaría que sus padres no estaban casados en el momento de su alumbramiento. Una fe de bautismo publicada en 1955 se refiere a él como “hijo natural”.3 Su certificado de nacimiento, que serviría para establecer su ilegitimidad, no figura en su legajo militar.4 Ciertos rasgos de resentimiento que Perón mostró más tarde en su vida podrían derivar de las circunstancias de su concepción.

Las raíces de la familia paterna se remontan a Cerdeña, lugar de nacimiento del bisabuelo de Juan Domingo. Éste contrajo matrimonio con una dama de origen escocés y se radicó en Buenos Aires.5 El abuelo, Tomás Liberato Perón, se casó con una uruguaya cuyos antepasados eran vasco-franceses. La madre de Juan Domingo, una muchacha del campo, era criolla con mezcla de sangre india y española.

El único miembro distinguido del árbol familiar fue el abuelo de Juan Domingo, Tomás Perón.6 Como médico, sirvió en el Senado, fue presidente del Consejo Nacional de Higiene, estuvo incorporado al ejército durante la guerra con el Paraguay, ejerció la docencia y viajó al exterior. Se dice que fue el primer argentino que desarrolló una vacuna antirrábica. Ninguna de estas actividades, sin embargo, lo premió financieramente. Después de la muerte del doctor Perón en 1889 —a la edad de cincuenta y cinco años— el Congreso Nacional votó una pensión especial para su viuda.7

Uno de sus hijos, Mario Tomás, estaba estudiando medicina cuando se produjo su fallecimiento. Tal vez debido a problemas de salud y, sin duda alguna por razones de preferencia personal,8 decidió abandonar esa carrera y trasladarse al campo. Tenía veintitrés años cuando llegó a Lobos en 1890 para convertirse en empleado público y arrendatario. Allí conoció, se enamoró, cohabitó y después de varios años tomó por esposa a Juana Sosa Toledo, una campesina adolescente. La pareja tuvo dos hijos, Mario Avelino, nacido en 1891, y, cuatro años más tarde, Juan Domingo.*

El pueblo de Lobos debe su existencia a un fuerte erigido en la época colonial como parte de una cadena de fortines para detener el avance de los indios. Era también una parada en una de las primeras líneas ferroviarias construidas por los ingleses y, hacia fines de siglo, se enorgullecía de tener una escuela, una oficina postal, un juzgado de paz y una sucursal bancaria.

Los pocos años que el pequeño Juan Domingo pasó en Lobos parecen haber transcurrido sin sobresaltos. Existieron los traumas típicos de la infancia: caerse a un pozo, por ejemplo, y ser rescatado por su madre, que quedó aterrada luego del incidente. Mucho más usuales eran las bromas, tales como asustar a una sirvienta con la calavera de Juan Moreira, un bandido legendario.9 Juan Domingo aprendió temprano a cabalgar y tomaba mate en la cocina con los peones.

Hacia fines del siglo, al empeorar las condiciones económicas, Mario Tomás descubrió que el tipo de vida rural que llevaba en Lobos no le satisfacía. (Su hijo comentaría luego que él “decía que eso ya no era campo”.)10 Resolvió abandonar Lobos y buscar fortuna en la desoladora meseta patagónica. Luego de firmar contrato con una compañía que desde Buenos Aires administraba enormes extensiones de tierra adecuada para la cría de ovejas, hizo arreglos para que sus peones y caballos se trasladaran caminando mientras él hacía el viaje en barco hasta el punto de destino donde se reunirían. La estancia llamada Chank Aike estaba situada al noroeste de la ciudad de Río Gallegos, en el extremo sur de la Patagonia. Juana y los niños se quedaron en Lobos en casa de parientes. Éste fue el primer —luego habría otros— distanciamiento doméstico para Juan Domingo.

Un año después de su partida, Mario Tomás ya estaba suficientemente instalado en su nuevo ambiente como para llamar a su mujer y sus hijos, quienes en un barco de la Marina recorrieron los 1.500 kilómetros hasta Río Gallegos. Desde allí completaron la peregrinación a Chank Aike. Para los dos chicos el viaje significó la apertura a un nuevo mundo lleno de imágenes y sonidos desconocidos, rebosante de vicisitudes y aventuras. En este nuevo hogar, el pequeño Juan Domingo recibió el primer regalo paterno, un rifle calibre 22, con el que aprendió a cazar. También adquirió conocimientos sobre cría de ovejas y comenzó a apreciar la labor de los perros de la estancia. Su alta estima por los caninos duraría para siempre, al igual que los efectos de un quiste hidatídico transmitido por uno de los perros de su padre.11

En la Patagonia, las condiciones de vida de los peones de estancia eran opresivas. La mayoría eran chilotes, los menos eran inmigrantes europeos, pero para todos ellos era casi imposible poseer su propia tierra ya que la tenencia estaba concentrada en poder de unas pocas corporaciones y familias y, en cuanto a protección legal contra malos tratos por los propietarios y sus agentes, no tenían ninguna.12 Este ambiente de injusticia debió impresionar a Juan Domingo, pero es imposible saber hasta qué extremo.

Los años en Chank Aike pusieron a prueba a la familia Perón. Los inviernos patagónicos son excepcionalmente largos y severos. Nieve y bajísimas temperaturas a menudo acompañan al viento que es permanente. En una oportunidad Juancito estuvo cerca de la tragedia cuando a raíz de haber estado expuesto al frío se le congelaron dos dedos de los pies, lo que tuvo sólo la mínima consecuencia de que perdiera las uñas. Pronto estuvo recuperado.13 Hasta que en 1904 el invierno fue tan extremo, aun para lo que suelen ser los inviernos en la Patagonia, que, con la estancia arruinada, Mario Tomás se convenció de que debía buscar cuarteles más propicios. Trasladó su familia al norte de la Patagonia, y en Chubut se lanzó nuevamente a ganarse la vida como modesto estanciero.

Los recuerdos que Perón tiene de su madre luchando en medio de tales adversidades reflejan una formidable matrona sin aprensiones ni timideces respecto de la vida primitiva. “Veíamos en ella al jefe de la casa, pero también al médico, al consejero y al amigo de todos los que tenían alguna necesidad... No teníamos secretos con ella, y cuando fumábamos a escondidas, no nos cuidábamos de su presencia.14 Su talento para las artes curativas —que luego la llevaría a ejercer de comadrona— era la gran admiración de Juan Domingo. En ocasiones hacía de asistente cuando ella prodigaba primeros auxilios —tratamiento que, en regiones de frontera, equivalían a la práctica de la medicina— y no es extraño que Perón heredara su templanza en asuntos de las artes de curar. Cuando marido e hijos salían de caza, esta mujer curtida los acompañaba a caballo. Con su cara redonda y su fuerte estructura física, ella representó para el hijo menor la figura dominante de la familia.

Mario Tomás parece haber sido un padre estricto, que no ponía objeciones al uso del látigo o las manos para rectificar la conducta de sus descendientes. Perón se refiere a él como “un hombre austero”.15 La poca evidencia disponible hace difícil descubrir la existencia de fuertes lazos de cariño entre padre e hijo. La marca característica de Mario Tomás era su incesante y aparentemente indolente fuga hacia la vida rural. En Chubut se trasladó de pueblo en pueblo antes de instalarse en una estancia del interior. Para entonces, Juancito ya había sido enviado a una escuela en Buenos Aires.

Durante los primeros años en Chank Aike, uno de los mejores amigos de Mario Tomás se trasladó a la estancia para dirigir los estudios de los niños, pero para cumplir con el requisito de educación formal, Mario Avelino y Juan Domingo tuvieron que hacer el largo viaje de regreso a Buenos Aires, un mundo de distancia de donde estaban sus padres. En 1904, Juancito fue inscripto en una escuela primaria en el centro de la ciudad y se instaló allí con unos parientes de su abuela paterna. Más tarde estudiaría en otras dos escuelas de Olivos. Su hermano, mientras tanto, había regresado a la Patagonia luego de contraer pleuresía. Se quedaría allí siguiendo los pasos de su bucólico padre mientras Juancito perseveraba en la Capital. Sólo durante las vacaciones, el menor podía reunirse con su familia en Chubut.

Las dificultades de adaptación a la vida capitalina, la transición de la libertad sin restricciones de la estancia a la disciplina de las aulas y la necesidad de arreglárselas solo sin el apoyo de la familia inmediata fueron desafíos que el niño enfrentó y superó. Más tarde recordaría: “A los diez años yo no pensaba como un niño sino casi como un hombre. En Buenos Aires me manejé solo y las faldas de mi madre o de mi abuela no me atraían como a otros chicos de mi edad. Pretendía ser un hombre y procedía como tal. Es lógico que, a más de 2.000 kilómetros de mi casa tenía muchas oportunidades de probarme”.16 El gauchito se convirtió en un mocetón, alto para su edad, apasionado por los deportes, que pasaba a duras penas de grado.

Al cumplir quince años, obedeciendo los deseos de su padre de que siguiera los pasos del famoso abuelo, cursó las materias que le permitirían ingresar a la carrera de medicina en la universidad. Su rumbo cambió totalmente, de repente, cuando rindió —y aprobó— el examen de ingreso al Colegio Militar. (La razón que luego daría para tal cambio sería que algunos de sus compañeros, habiendo decidido seguir la carrera militar, lo convencieron también a él.17) Mario Tomás le dio la bendición y el 1° de marzo de 1911 Juan D. Perón se puso el uniforme de cadete militar.**

El ejército había sido reformado18 recientemente a fin de fortalecer su capacidad de defensa del territorio nacional frente a lo que se percibía como una amenaza de parte de Chile. Para acentuar el profesionalismo del cuerpo de oficiales se les exigía, como prerrequisito, haberse graduado del Colegio Militar. Entre otras novedades, estaba el uso generalizado de oficiales alemanes en los programas de entrenamiento, cambio determinado por la idea de que las necesidades militares de la Argentina podían ser llenadas de manera más adecuada por la estrategia ofensiva del ejército germánico que por el concepto de defensa estática propiciado por los franceses.19 Hasta producirse el estallido de la Segunda Guerra Mundial, fueron esos instructores venidos de Alemania los que enseñaron a cientos de oficiales y cadetes. En el Colegio, los ejercicios físicos y el manejo de las armas se realizaban al estilo alemán y un capitán alemán ocupaba la posición de attaché.

La vida militar no presentó mayores dificultades para el joven Perón. Habiendo sobrevivido en la Patagonia, el entrenamiento físico a que eran sometidos los cadetes no le hacía mella. La parte que más le atraía era la camaradería de los cuarteles. Como nunca había conocido lo que era un ambiente familiar seguro, la institución a la que pasó a pertenecer le ofreció un sustituto para llenar ese vacío. Perón fue un alumno medio.20 Se graduó como subteniente el 13 de diciembre de 1913 y optó por la carrera de infantería.

El ejército estaba dividido por la rivalidad entre sus dos ramas más importantes y esta decisión lo ubicó en uno de los frentes de lucha. La caballería, con una gloriosa tradición que se remontaba a la guerra de la Independencia, atraía a los jóvenes de clase media alta que habían aprendido a montar a caballo en las casas de campo familiares; la infantería era elegida por muchachos de clase media baja, generalmente hijos de inmigrantes.21 Las luchas políticas internas del cuerpo de oficiales más tarde reflejarían esta división.

La primera fase de la carrera militar de Juan D. Perón careció de brillo. Durante cinco años sirvió en un regimiento de infantería asentado en los puertos fluviales de Paraná y Santa Fe, al nordeste del país. Sus informes sobre aptitud física22 muestran calificaciones de “muy bueno”; los grados más altos son sobresaliente y excelente, y muy bueno está en tercer lugar. También registran una serie de infracciones menores a reglas indeterminadas. Uno de sus superiores lo calificó de “oficial de porvenir”, pero el jefe del regimiento expresó reservas debido a sus problemas disciplinarios.

Durante un breve destino en el arsenal de guerra de Buenos Aires, sus calificaciones descendieron a “bueno” (excepto por un “muy bueno” en manejo de la bayoneta). Sin embargo, hacia fines de 1919 parece haber mejorado algo pues su legajo militar ostenta la observación: “Es un instructor excelente”.23

En 1920 fue transferido a la Escuela de Suboficiales en los cuarteles de Campo de Mayo, en las afueras de Buenos Aires. Muchachos de todos los rincones del país, muchos de origen humilde, convergían allí para entrenarse para una vida en el ejército y, quizás, para tener la oportunidad de ingresar en el Colegio Militar. Este destino convirtió al joven teniente en maestro y líder.

Los comentarios de su jefe de batallón pintan un nuevo Perón: “Es robusto, de buena presencia y correcta actitud militar; animado y resuelto, transmite su fibra militar a la tropa a la que instruye. Vive intensamente su profesión y está siempre dispuesto a hacer más. Sobresaliente instructor y muy buen conductor de tropas”.24

Carlos V. Aloé, quien luego se convertiría en uno de los más leales y serviles acólitos de Perón, ingresó en la Escuela en 1922 y estuvo destinado a la misma compañía que el teniente. “Perón tenía un gran magnetismo y realmente se preocupaba por sus hombres”, recordaría Aloé. “Si alguno no podía salir el domingo por falta de dinero, él le prestaba lo necesario.”25 Aloé confirmó la total dedicación de Perón a su trabajo. “Él vivía la vida... no solamente del cuartel, sino la vida de sus aspirantes, de su compañía... Él vivía en el cuartel, y salía únicamente los sábados, francos, etcétera... era un verdadero padre para nosotros.”26 Otro subordinado diría: “Nos enseñaba a comer; muchos de nosotros carecíamos de buenos modales y él nos educaba al respecto”.27 Había comenzado a brotar un verdadero talento para la docencia y la comunicación.

En esos años en la Escuela de Suboficiales, Perón publicó sus primeros trabajos en la forma de contribuciones gráficas a la traducción del alemán de un libro de ejercicios para soldados y también un par de capítulos para un manual destinado a aspirantes a suboficial. (Uno de los capítulos se refería a la higiene personal y contenía consejos tan elementales como “Lávese las manos”.28)

Dos características que le depararían mucho provecho durante el resto de su vida comenzaron a afirmarse en este período. Una era su capacidad de trabajo y la otra, su carisma. Su preocupación por las necesidades personales de los demás constituía un importante componente de esta última. También contribuía a lo que Perón, en un momento de autoanálisis, llamaría “la espontaneidad y el repentismo puramente campesinos”.29 Había algo diferente y refrescante en su manera de hablar franca y sin pretensiones. Sin embargo, esta capacidad de atraer cohabitaba con una necesidad de mantener al prójimo a discreta distancia. Perón rara vez usaba el tuteo para dirigirse a la gente; hubiera indicado intimidad.

Fue también durante este intervalo que su pasión por los deportes le atrajo beneficios para su carrera. Cambió y mejoró el programa de educación física de la Escuela, introduciendo la práctica de básquet en el ejército y promoviendo la adopción de una amplia serie de deportes. Un esbozo biográfico hecho por la embajada de los Estados Unidos menciona que “él acostumbraba desafiar —y derrotar— a los vencedores de pruebas de atletismo y torneos de box que estaban bajo sus órdenes”.30 Fotografías de la época muestran a un garrido capitán (había sido promovido en 1924) sobresaliendo por encima de sus discípulos, mientras los supervisaba en sus juegos.31

El deporte favorito de Perón era la esgrima y logró ser bastante diestro a pesar de que natura lo había dotado con brazos cortos en proporción al resto de su cuerpo. Llegó a ser campeón del ejército y hasta participó en torneos en el aristocrático Jockey Club de Buenos Aires.32

El arte viril de la defensa personal era relativamente nuevo en la Argentina y Perón se convirtió en un aficionado.33 Siendo muy joven, en Paraná, participó en la fundación de un club de box. En esa ocasión, a fin de recolectar fondos, organizó una pelea entre uno de sus ayudantes y un marinero británico que estaba de visita. El asistente amaneció enfermo el día del encuentro y Perón se ofreció a sustituirlo. Él era mucho más alto que el inglés, quien peleaba encogido. El primer golpe del argentino fue a dar sobre la cabeza del adversario y resultó en un hueso roto en su mano derecha. Durante el resto de la pelea, Perón recibió constante castigo y una vez terminado todo, en lugar de recurrir a la atención médica, dejó que la naturaleza restañara sus heridas. El metacarpo fracturado se soldó a su debido tiempo, dejando una deformidad acentuada que Gene Tunney, el ex campeón mundial, al estrechar la mano de Perón muchos años más tarde, de inmediato reconoció como un accidente de boxeo.34

El 12 de marzo de 1926, Perón fue enviado a la Escuela Superior de Guerra. La Escuela había sido fundada en 1900 con el propósito de elevar el nivel profesional del cuerpo militar.35 Ofrecía cursos destinados a oficiales de nivel medio, previos a sus destinos con mando dentro de los cuadros del ejército. Perón pasó allí cerca de tres años haciendo cursos intensivos.

Algunos meses después de iniciar sus estudios en la Escuela, Perón fue invitado a una recepción para oficiales realizada en el sector porteño de Palermo, y allí conoció a una joven de barrio de diecisiete años. Aurelia Tizón, o Potota, como la llamaba su familia, era maestra de guitarra. Rubia, pequeña y atractiva, proveniente de una familia respetable de clase media —su padre, Cipriano Tizón, tenía un negocio de fotografía—, Potota merecía sólo comentarios favorables. Tocaba también el piano y según un compañero suyo de la escuela primaria, Julián Sancerni Jiménez (eminente caudillo político de Palermo), “ella era muy distinguida, muy bien”.36 En seguida de producido el encuentro, Perón y Aurelia Tizón se pusieron de novios y el 5 de enero de 1929 se casaron.

La juventud de Aurelia y la diferencia de edad de catorce años entre ellos no constituyen factores inusuales en las prácticas matrimoniales argentinas. Perón no había demostrado hasta entonces interés alguno por contraer nupcias, ni había estado envuelto en importantes aventuras de tipo romántico, presumiblemente debido a su total dedicación a la vida militar. Sin embargo era la norma que los oficiales del ejército se casaran con jóvenes de clase media y se asentaran. Perón, sin duda, estaba listo para seguir esta regla.

Otro aspecto digno de mención es el regreso a Buenos Aires, en esta época, de sus padres. Mario Tomás, finalmente decepcionado de Chubut, había dejado al hijo mayor a cargo de la estancia. Antes de su boda, Perón alternaba días en la residencia de sus padres en Flores con períodos en un departamento alquilado por un grupo de oficiales en un lugar más céntrico. Dos meses antes de la ceremonia y a un día de su sexagésimo cuarto cumpleaños, Mario Tomás murió, y con ello finalizó un intervalo de estabilidad familiar para su hijo.37

Al terminar la década de 1920, oleadas de la Gran Depresión se desplazaban a través de las enormes distancias que separan a la Argentina del resto del mundo, y el país estaba a punto de sufrir una transformación radical: el capitán Juan D. Perón estaría en la primera fila para observarlo todo.

CAPÍTULO 4
Maestro, autor, viajero

La crisis que la Argentina sufrió en 1930 cerró un breve interludio democrático que siguió luego de una etapa de gobiernos conservadores. Un año después del derrocamiento de Rosas en 1852, una Convención Nacional adoptó una Constitución cuyo modelo, en gran parte, había sido la constitución de los Estados Unidos.1 A continuación, una serie de presidentes electos se embarcaron en la tarea de unificar la nación, asegurar sus fronteras y promover ideas de modernización.2 Los medios utilizados para desarrollar el país fueron el liberalismo económico, la inmigración y mejoras en la educación de las masas. El poder real nunca salió de las manos de la elite oligárquica que controlaba la economía. Debajo de las formas democráticas yacía la naturaleza autocrática de un sistema basado en el fraude electoral y la coerción.

La clase media, cuyas filas se iban expandiendo con un contingente de inmigrantes de movilidad ascendente, se encontró separada de toda participación verdadera en el quehacer político. La primera protesta dramática contra esta exclusión ocurrió en 1890, cuando un grupo de intelectuales formaron una organización que llamaron la Unión Cívica y, sin éxito, intentaron derrocar el gobierno por la fuerza. De las cenizas de este fracaso surgió un nuevo partido político, la Unión Cívica Radical. Las protestas de los radicales contra el fraude institucionalizado y varios levantamientos fallidos ejercieron tanta presión que en 1912 el Congreso aprobó una ley sancionando el voto secreto, la obligatoriedad del sufragio para miembros del sexo masculino y el registro honesto de votantes. Los radicales ganaron la siguiente elección, cuatro años más tarde.

El líder del partido —y nuevo presidente— es uno de los personajes más fascinantes de la historia argentina moderna. Hipólito Yrigoyen era hijo natural de un herrero vasco.3 De índole reservada y taciturna, hizo un culto de estos rasgos durante la fase conspiratoria de la UCR. No era amigo de discursos ni de apariciones en público, sino que se manejaba a través de alianzas personales y negociaciones mano a mano, lo que erigió a su alrededor un amplio núcleo de seguidores leales. Ni siquiera su elevación al cargo de presidente alteró el estilo de vida ascético que era su sello identificatorio. Sumner Welles, quien fuera encargado de negocios de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires durante el tiempo de Yrigoyen, descubrió que él poseía

una enorme fortaleza innata y una grandeza de carácter inherente, que sus características físicas peculiares —cabeza en forma de ananá, una máscara mongólica con unas hilachas a los lados de la boca que le servían de bigotes y una mirada evasiva— no podían ocultar.4

Su sobrenombre era “El Peludo”, por el animal. Ya tenía sesenta y cuatro años cuando asumió el cargo de presidente.

Aparte de ampliar el proceso político, la victoria radical no anunció ningún dramático asalto a la estructura de poder existente. El partido no tenía ni el deseo ni la imaginación necesarios para traducir sus impulsos nacionalistas del campo de la retórica al de la acción efectiva. Los integrantes de la clase media urbana, que en su mayoría eran asalariados, identificaron su propio poder económico con la prosperidad de la elite. Esto significaba que un gobierno que respondía principalmente a las necesidades de la clase media perpetuaría un sistema económico que estaba basado en las exportaciones de granos y carne, la importación de artículos manufacturados y captación de capitales extranjeros, en lugar de adoptar políticas de estímulo al desarrollo de la industria local. Aparte de estabilidad, los radicales ofrecían a la clase media el acceso a un número creciente de empleos de gobierno. El partido tenía poco que fuera de sustancia para ofrecer a los trabajadores urbanos.

El estilo de El Peludo, eventualmente, precipitó un cisma latente en el partido y la formación de una facción radical opuesta al personalismo característico de su gobierno. La Constitución argentina, por entonces, establecía períodos presidenciales de seis años sin posibilidad de reelección inmediata. En 1922, un radical del grupo llamado antipersonalista fue elegido presidente. Yrigoyen se negó a retirarse de la política y seis años más tarde, a los setenta y seis años, una vez más asumió la primera magistratura. La expansión de la depresión fue demasiado para su avanzada edad (algunos dicen que estaba senil) y la oposición resultante de sus maniobras poco claras y sus métodos más y más autocráticos generó el caos político.

El Ejército Argentino no podía escapar a la turbulencia de esos tiempos.

El gobierno de Yrigoyen había perturbado profundamente el cuerpo militar con sus poco sutiles despliegues de favoritismo político en el momento de las promociones y otros asuntos relativos a la oficialidad.5 El uso del ejército durante las intervenciones a las provincias tampoco era del gusto de los militares. Esto dividió a las fuerzas castrenses en facciones pro y antiyrigoyenistas y expuso a estos últimos a las propuestas tentadoras de los opositores políticos al régimen, quienes estaban ansiosos de conquistar el apoyo militar para sus intentos de derrocar a Yrigoyen. El Peludo podía contar con muy poco capital moral para contrarrestar estos cantos de sirena, ya que los radicales, en el pasado, también habían tratado de provocar intervenciones militares contra los gobiernos conservadores.

Al comenzar 1930, dos grupos dentro del Ejército estaban considerando seriamente la salida golpista.6 Uno de ellos, aglutinado detrás del general José F. Uriburu —un valiente y respetado oficial de caballería que había sido formado en Alemania, había actuado como diputado por el Partido Conservador y cuya familia estaba vinculada a la aristocracia—, representaba la influencia de los nacionalistas ultracatólicos y de aquellos que abogaban por la supresión de los partidos políticos y el establecimiento de un sistema autoritario de gobierno basado en las teorías en boga en Italia, España y Francia. El miembro más distinguido de la otra facción era el general Agustín P. Justo, un ex ministro de Guerra durante la etapa antipersonalista del gobierno radical (1922-1928) y un líder carismático. Su grupo ambicionaba devolver al país la vigencia plena de la Constitución bajo autoridad civil y curar los males de la economía administrando dosis aun más poderosas del liberalismo económico del siglo XIX.

En medio de esta convulsión el capitán Juan D. Perón se graduó de la Escuela Superior de Guerra y el 26 de enero de 1929 obtuvo un destino en el Estado Mayor General del Ejército. Aunque Perón aseguraba haber votado por Yrigoyen en 19167 y se había casado con un miembro de una familia moderadamente activa en el Partido Radical,8 el aroma a conspiración pronto se le haría irresistible.9

En junio de 1930, un mayor conocido suyo desde años atrás lo persuadió a asistir a una reunión privada en la cual el general Uriburu arengaría a un grupo de oficiales. Perón encontró en el líder “un perfecto caballero y un hombre de bien”,10 y quedó muy bien impresionado. Aunque comprendía perfectamente las ideas políticas ultraconservadoras que Uriburu abrazaba, su determinación de apoyarlo no se basó en ningún compromiso político; sólo problemas tácticos monopolizaban sus propósitos.

Durante julio y agosto, Perón trabajó a fin de solidificar y ampliar el movimiento. Su falta de éxito lo desencantó tanto como la incompetencia y desorganización de los oficiales que rodeaban a Uriburu. Una de sus tareas, asegurar la participación de la Escuela de Suboficiales, fracasó debido a medidas contraproducentes dictadas por el Ministerio de Guerra en apoyo del gobierno. Como Perón tampoco esperaba la adhesión de los poderosos cuarteles de Campo de Mayo, el 3 de septiembre renunció —verbalmente— a participar activamente en el movimiento.

Su disociación duró menos de veinticuatro horas. Al día siguiente se reunió con los mismos oficiales con quienes antes había estado en contacto a fin de unificar el ejército bajo el mando de Uriburu pero que habían permanecido con la facción más numerosa —y opositora al gobierno— encabezada por el general Justo. Estos oficiales favorecían la destitución de Yrigoyen pero no estaban listos para el golpe. Su mayor desavenencia con el grupo de Uriburu era el propósito de excluir a los civiles del futuro gobierno, paso que abriría la posibilidad de control militar total. Por todo ello muchos oficiales no adherían a la conjura inminente. Perón decidió apostar a favor de la facción pro Justo. No está claro si su cambio se debió a que prefería los designios políticos de Justo o a que deseaba estar del lado de los que él pensaba que serían los triunfadores.

El número real de tropas que marcharon hacia la capital en rebelión era más bien modesto. Uriburu condujo a los cadetes y oficiales del Colegio Militar y a otro pequeño grupo de soldados. El gobierno de Yrigoyen sin embargo no contaba con apoyo militar alguno y las reacciones de las unidades acuarteladas en la ciudad no serían evidentes hasta último momento. Mientras la columna encabezada por Uriburu avanzaba hacia el centro de Buenos Aires, sólo una bandita de francotiradores civiles los hostigó al pasar frente a la estructura palaciega que albergaba las Obras Sanitarias municipales y al aproximarse al edificio del Congreso.

El capitán Perón tuvo una participación marginal en el desarrollo de los acontecimientos. El día 6 por la mañana visitó varias unidades militares de la zona y las instó a permanecer en sus cuarteles. También se aseguró el uso de un carro blindado y con él se abrió paso entre el fuego de artillería que reverberaba en las proximidades del Congreso a lo largo de las calles tomadas por los civiles que aprobaban el golpe. Su destino era la Casa de Gobierno en la histórica Plaza de Mayo. El edificio, conocido como la Casa Rosada, está ubicado en una barranca a un costado de la plaza rectangular. A su derecha se encuentra la mole del Banco de la Nación y la estructura neoclásica de la Catedral. La Casa Rosada fue originariamente construida como el anexo a un fuerte que —en los tiempos en que las aguas barrosas del Río de la Plata cubrían lo que ahora es tierra firme— reposaba sobre la orilla.

Al llegar Perón a la Casa Rosada y abandonar la protección de su vehículo blindado, tuvo que enfrentar lo que mucho más tarde llamaría un “populacho ensoberbecido” que golpeaba las puertas.11 Era la primera vez que ponía sus pies en el edificio y vio hordas inciviles desplazándose por los salones. Luego de ayudar a crear un estado parecido al orden, regresó a su carro blindado y lo condujo lentamente por la Avenida de Mayo hacia el Congreso, donde el ruido de disparos aislados indicaba que un manojo de civiles partidarios del gobierno persistía en defenderlo.

Perón pasó el resto del día y la mayor parte de la noche patrullando la ciudad para prevenir disturbios entre la población civil. Luego se enorgullecería de haber salvado del fuego varios edificios, incluso un hotel. Esta experiencia directa sería olvidada varias décadas más tarde cuando procuraría eludir la responsabilidad por haber fallado en controlar el comportamiento de las masas.

El análisis que Perón hizo de lo que luego se llamaría la Revolución del 30, otorgaba un valor determinante a las acciones de gran número de porteños que salieron a la calle en apoyo del golpe. Desde su perspectiva, el general Uriburu habría enfrentado problemas grandes cuando los francotiradores detuvieron a sus cadetes en las cercanías del Congreso. “Sólo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de ‘viva la revolución’...”12 Lo dudoso de esta conclusión tiene menos importancia que su influencia sobre sus futuras actividades respecto de la movilización de masas.

La caída de Yrigoyen, quien fue trasladado a la isla de Martín García en el nacimiento del Río de la Plata, puso término a la seguidilla de presidentes elegidos constitucionalmente (aunque también a veces en forma fraudulenta) que databa del año 1862. Algunos días después de la revolución, la Corte Suprema de Justicia de la Argentina reconoció legalmente al nuevo gobierno provisional. Quedaría sentado un precedente desafortunado. Mucho más ominosa sería la abierta toma del poder político por parte del Ejército.

Un día después de la revolución, Perón fue designado secretario privado del nuevo ministro de Guerra, pero no duraría mucho en el cargo. El general Uriburu, luego de autoproclamarse presidente provisional, purgó inmediatamente de la administración pública todos los elementos pro Justo, en cuyas filas militaba Perón por entonces. El 28 de octubre, el presidente firmó un decreto que separaba a Perón del cargo oficial y lo nombraba profesor de historia militar en la Escuela Superior de Guerra. Antes de asumir su nuevo puesto en 1931, el joven capitán debió participar durante dos meses como integrante de una comisión, en la investigación de denuncias sobre penetración extranjera de las fronteras del norte de la Argentina.13 Quizás éste fue su castigo por haberse cambiado de bando.

Mientras Perón patrullaba la zona limítrofe con Bolivia, el presidente Uriburu trataba, sin éxito, de imponer sus ideas reformistas sobre el pueblo argentino, pero sus políticas y propuestas ultraderechistas despertaron tanta resistencia que finalmente se vio forzado a llamar a elecciones para noviembre de 1931.14 Al hacerlo, proscribió la participación de la Unión Cívica Radical. Los conservadores se reorganizaron dentro de una entidad llamada el Partido Demócrata Nacional y forjaron una alianza electoral, junto con radicales antipersonalistas y un grupo de socialistas, que se conocería como la Concordancia, y que tendría como candidato presidencial al general Justo. Con la complicidad de la policía —que ignoró el fraude reinante durante los comicios—, Justo derrotó la coalición de los partidos Socialista y Demócrata Progresista, marcando con ello el comienzo de lo que los argentinos denominarían “la década infame”.

Juan Perón fue ascendido a mayor el 31 de diciembre de 1931. Su designación en la Escuela Superior de Guerra no lo mantenía totalmente ocupado; también servía como ayudante del jefe del Estado Mayor y ayudante de campo del ministro de Guerra, distinguiéndose por su actuación en estos cargos más que el resto de oficiales de su camada. Sin embargo, el trabajo más importante de estos años fue el que desarrolló en la Escuela Superior de Guerra, puliendo su talento docente y publicando varios libros de historia militar.

El eminente historiador británico George Pendle señaló que “Perón no era ni un militar ni un político, sino más bien un estudiante y luego un profesor... cuando llegó al poder continuó enseñando, a su manera, a través de sus disertaciones al pueblo”.15 La subestimación del talento político de Perón por parte de Pendle es discutible, pero su percepción del lado didáctico es genialmente acertada. La experiencia docente en la Escuela Superior de Guerra significó una etapa crucial en la preparación de Perón para su carrera política. Lo hizo sentir a gusto de pie frente a los espectadores y le dio coherencia para expresar sus ideas, lo hizo además ducho en la improvisación. El ámbito militar no concedía mérito especial al estilo de retórica elegante y elaborada típica de los políticos civiles, muchos de los cuales habían aprendido sus técnicas en las polémicas universitarias. El estilo directo de Perón lo diferenciaba de ellos de una manera que mucha gente encontraba positiva. Pasaría una gran parte de su vida dando conferencias ante audiencias grandes o pequeñas, aspecto de su carrera que sería poco valorado por algunos observadores.

Los años en la Escuela también marcaron el nacimiento de Perón como autor.16 Su primera aventura literaria mencionable había aparecido en un periódico militar en 1928 y estaba dedicada a las campañas de la Independencia del Libertador argentino, general José de San Martín, en el territorio actual de Perú. Como profesor publicó tres libros de historia militar: El frente oriental de la guerra mundial en 1914, en 1932; Apuntes de historia militar, un año más tarde; y un estudio en dos tomos sobre la guerra ruso-japonesa en 1934 y 1935. Luego de alejarse de la Escuela, continuaría su trabajo como historiador militar produciendo artículos sobre las distintas campañas de San Martín y la guerra franco-prusiana de 1870.

La prosa de Perón no era ni original ni profunda. Tomaba mucho de otros autores (generalmente extranjeros) y se abstenía de imponer su propio intelecto por encima de este material. En la crítica de su estudio sobre la guerra entre Japón y Rusia, uno de sus superiores hizo notar que él simplemente relataba las diferentes campañas “sin formular apreciaciones personales sobre la conducción de las operaciones”.17

En una oportunidad, su forma derivativa de llegar al conocimiento lo puso en aprietos. Un general lo acusó —a él y a un coautor (su profesor de historia militar de la Escuela Superior de Guerra)— de haber omitido citar su nombre en la bibliografía de un artículo. Aparentemente ellos habían usado —sin mencionar las fuentes— una publicación del general. Un tribunal militar de honor ordenó a Perón y a su colega que pidieran excusas.18

La más sugerente de sus publicaciones fue Apuntes de historia militar, un texto preparado especialmente para el curso de historia militar de la Escuela Superior de Guerra. En él, Perón expone el tema de la “nación en armas”, basándose en un concepto enunciado por el general alemán Colman von der Goltz en 1883 en Das Volk in Waffen19 y recogido en la edición argentina del año 1927 en traducción al español. Postulando la inevitabilidad de la guerra como estado natural de la humanidad, Von der Goltz discurría acerca de que las naciones deben permanecer en permanente pie de guerra a fin de asegurar la paz y la tranquilidad y, a la par, desarrollar su política internacional. Perón adoptaba esta premisa como “la teoría más moderna de la defensa nacional”, exigiendo “la movilización y la organización integral... de todos los habitantes”.20

Aunque su interés profesional estaba permanentemente dirigido hacia la historia militar, la Patagonia seguía fascinándolo. Hizo varios viajes a la región y en 1935 y 1936 publicó en forma de libro una curiosa recopilación titulada Toponimia patagónica de etimología araucana. Mientras prestaba servicios al ministro de Guerra dictó una conferencia enfatizando la importancia estratégica del Sur, su vulnerabilidad frente al expansionismo chileno y su abandono por parte del gobierno federal. Poco después (y tal vez como consecuencia de ello), era nombrado agregado militar a la embajada argentina en Santiago de Chile.

Las relaciones argentinas con el país trasandino, en 1936, eran tibias, no sólo por los supuestos designios chilenos sobre la Patagonia, sino como resultado de una antigua disputa sobre el Canal de Beagle (ambos países reclamaban soberanía sobre islotes situados en el extremo oriental del Canal) y porque los esfuerzos argentinos por poner fin a la sangrienta Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay habían lesionado la sensibilidad chilena.

Perón compró un auto de segunda mano para hacer el largo viaje a Mendoza a través del país, y luego continuó hacia Santiago por el paso de Uspallata, al pie del monte Aconcagua, el pico más alto del continente americano. Durante el viaje, enseñó el manejo del revólver a Potota, no porque ella tuviera necesidad, sino para satisfacer sus impulsos pedagógicos. La pareja llegó a destino a fines de marzo.

En su nuevo cargo, Perón hizo uso de su atrayente personalidad y aspecto físico para ganarse amigos entre los chilenos, quienes le dieron el sobrenombre de Che Panimávida (Panimávida era una bebida gaseosa del gusto de Perón). Viajó extensamente, especialmente por el Sur, y visitó la frontera entre Chile y la Argentina, excursión más estratégica que turística. El 31 de diciembre de 1936 fue promovido a teniente coronel.

Las sombras de la sospecha cubrirían su estadía en Chile sólo después de su regreso a Buenos Aires en marzo de 1938. A comienzos de la década del 40, cuando Perón surgió como figura política, sus enemigos darían crédito a una acusación de que el gobierno chileno lo habría expulsado por espionaje.21 La historia creció y algunas exageraciones pronto lo tendrían a Perón atrapado en el acto mismo de pasar información secreta a agentes alemanes en Santiago.22

La realidad del caso, descripta en un artículo de una revista chilena en 194323 y corroborada en un informe enviado en 1938 por el agregado militar norteamericano,24 es más compleja y también más irónica. Parte fundamental del trabajo de un agregado militar —argentino o chileno— era la obtención, por cualquier medio posible, incluido el robo de documentos, de los planes militares del país al cual estaba destinado. Sin duda, en cumplimiento de órdenes superiores, Perón organizó una pequeña red de espionaje para obtener información secreta de las fuerzas armadas chilenas. Sus actividades llamaron la atención de los servicios de Inteligencia militar chilena, pero éstos nunca intentaron detenerlo. Al contrario, esperaron y actuaron en contra de su sucesor, el mayor Eduardo Lonardi.

Una explicación para tal demora se asienta en las implicaciones políticas que se derivarían del incidente. Chile estaba regido entonces por un gobierno de izquierda poco favorable a las demandas de los militares en materia de presupuesto. El descubrimiento de una tentativa argentina de espionaje podría, bien utilizado, coadyuvar al aumento de los gastos para defensa por parte del Congreso chileno. Pero la denuncia debía ser oportuna para lograr el efecto máximo y el momento preciso debió llegar luego del regreso de Perón a la Argentina.25

De acuerdo con el informe del agregado militar de los Estados Unidos, “las sospechas llevaron al servicio de Inteligencia militar chilena y al servicio secreto a aprovechar que Lonardi estaba recién llegado, para llevar a cabo un plan que lo haría caer en una trampa junto con sus colaboradores. Evidentemente, cayeron, tragándose el anzuelo y todo el resto. El plan consistía en ofrecer al agregado militar argentino ciertos datos secretos (supuestamente los planes del Ministerio de Guerra chileno ofensivos y defensivos, en el caso de acciones bélicas contra la Argentina) por el precio de 75.000 pesos chilenos”.26

Los oficiales chilenos se dejaron reclutar por el agente de penetración utilizado por Perón, un ex teniente del ejército chileno, y un sábado por la tarde, el 2 de abril de 1938, entregaron los documentos falsos en el departamento de un matrimonio argentino que también formaba parte del círculo de agentes de Perón. El mayor Lonardi estaba fotografiando los documentos con su máquina Contax —mientras el dinero en efectivo para el pago se hallaba en una pequeña maleta sobre la mesa— cuando un grupo de detectives chilenos irrumpió en la habitación para arrestar a los conspiradores. El mayor Lonardi fue declarado persona no grata y retirado de la agregaduría por su gobierno. El incidente no afectó negativamente la carrera militar de Lonardi pero sí creó resentimiento entre él y Perón. Lonardi debió con razón creer que su antecesor en el cargo pudo sospechar que se encontraba bajo vigilancia y advertirle del peligro. Dos décadas más tarde, Lonardi tendría oportunidad de quedar mano a mano.

El regreso de Perón a Buenos Aires fue estropeado por la enfermedad mortal de Aurelia. En julio la internaron en un sanatorio y la operaron de cáncer uterino. El 10 de septiembre de 1938 Perón enviudaba. El matrimonio había durado diez años y había sido feliz y normal en todos los aspectos, excepto por el hecho de que la pareja no tuvo descendencia.

La pérdida de Aurelia dejó a Perón vacilante. Decidió alejarse de todo, haciendo un viaje de 18.000 kilómetros en automóvil a través de la Patagonia. A principios de 1939 estaba de regreso en Buenos Aires, de nuevo empeñado en tareas administrativas mundanas. Buscaba divertirse ayudando al padre Antonio D’Alessio, su viejo amigo, a organizar competencias atléticas y otras formas de recreación para los niños del vecindario. A esta altura su vida estaba en un pantano emocional del que lo rescató un deus ex machina en la forma de un cargo en Italia.

Años más tarde, Perón diría que el ministro de Guerra le había comentado, en tono de queja, que los agregados militares argentinos en Europa estaban enviando informes inadecuados sobre el inminente estallido de las hostilidades y que él le ordenó trasladarse, como agregado militar, para analizar la situación.27

Esta rememoración pone en evidencia una de las características menos atractivas de su persona: su desprecio absoluto por la verdad. El destino inicial de Perón lo llevó a un regimiento alpino, de instrucción de montaña. Las laderas de los Alpes italianos podrían difícilmente ser consideradas el mejor lugar para recoger valiosa información estratégica.

Usando todavía una banda negra de luto en la chaqueta del uniforme, el teniente coronel Perón se despidió del padre D’Alessio y los niños del barrio que lo acompañaron al puerto y el 17 de febrero de 1939, a bordo del Conte Grande, un transatlántico italiano, partió para Europa. Los dos años que pasó alejado de su país le dejarían impresiones profundas y duraderas.

El legajo de Perón indica que entre el 1° de julio de 1939 y el 31 de mayo de 1940 sirvió en varias unidades alpinas del ejército italiano y asistió a una escuela de alpinismo. Sus instructores mandaron magníficos informes sobre sus aptitudes.* Desde junio de 1940 hasta su regreso en diciembre del mismo año, sirvió de asistente del agregado militar a la embajada argentina en Roma.28

Aunque su legajo oficial no lo confirma, hay indicios de que viajó a Budapest, Berlín, Albania y la frontera ruso-alemana, ingresando brevemente en territorio de la Unión Soviética en tiempos en que el pacto entre Hitler y Stalin aún estaba vigente. Es posible que también haya visitado Francia luego de su rendición a Alemania.29 Estuvo en medio de la multitud que en la Piazza Venezia de Roma escuchó a Benito Mussolini declarar a Italia aliada de Alemania en la guerra30 y, a pesar de sus posteriores afirmaciones en el sentido de que estuvo con Mussolini31 (y también de que le dio consejos)32, ésta es la verdadera distancia que medió en el “contacto” entre Perón y el Duce.

Lo que vio y oyó en Europa debió impresionar a Perón pero no hay ningún testimonio contemporáneo, directo o indirecto, que sirva para establecer lo que realmente sentía y pensaba entonces. La organización y la movilización del pueblo alemán y del pueblo italiano, bajo Hitler y Mussolini, lo fascinaron.33 Él vislumbraba que el sistema alemán y —especialmente— el sistema italiano llevaban hacia una genuina “democracia” social que sería, en su opinión, la onda del futuro en materia política. También tomó, por primera vez, conciencia de la importancia del movimiento sindicalista como resultado, según él, de unos cursos que tomó en Torino.34 Es posible que haya percibido con interés el rol que los sindicatos italianos jugaban en el Estado fascista.

La estadía de Perón en Europa probablemente dejó su influencia, por lo menos, en otros dos aspectos. La utilización por parte de Mussolini del espectáculo de masas como arma política seguramente lo impresionó. Sus contactos en Italia y, quizás en Alemania, lo expusieron al virulento anticomunismo que aportaba mucho del empuje intelectual y emocional a los movimientos fascista y nazi.

Perón no encontró nada moralmente repugnante en la Alemania nazi o la Italia fascista. Vistas bajo su prisma de formación militar, muchas características de ambos sistemas de gobierno eran admirables. El hecho de que los trenes corrieran a horario era muy positivo, mientras la falta de libertad de palabra no lo preocupaba. De forma absolutamente pragmática, él iría adaptando sus diferentes actitudes paralelamente a los acontecimientos y al desenlace de la guerra contrario a Italia y Alemania.

A su regreso pasó por España y vio al país asolado por la destrucción producto de la aún reciente guerra civil. Constantemente evocaría el horror que tales recuerdos le causaban como una justificación para su propio rechazo a cometer actos que pudieran sumergir a la Argentina en una guerra civil. A pesar de sus declaraciones posteriores de que pasó seis meses en España35 lo cierto es que estuvo de paso en ruta hacia Lisboa, donde se embarcó en un navío portugués con destino a Río de Janeiro.36

Llegó a Buenos Aires en los últimos días de 1940, y el 8 de enero de 1941 recibió órdenes de trasladarse a Mendoza para servir como profesor en una escuela de instrucción de montaña del ejército. Luego diría que, a su regreso del extranjero, había dado una serie de conferencias sobre sus impresiones respecto de la situación en Europa y que, como consecuencia, lo mandaron “exiliado” a Mendoza.37

Las posibilidades de que esta explicación no tenga nada que ver con la verdad son altas. El período entre su llegada a la Argentina y su traslado a Mendoza pareciera ser demasiado breve para dar cabida a un ciclo de conferencias, especialmente considerando que Navidad y las celebraciones de la Epifanía caen para la misma época. Por otra parte, un destino en un centro de instrucción de montaña sería el cargo lógico para un oficial que acababa de completar sus estudios en un establecimiento similar en Italia.

Su misión en Mendoza duró un poco más de un año. Perón recibió su promoción a coronel el 31 de diciembre de 1941 y, al mismo tiempo, tomó el mando de un regimiento de tropa de montaña. Dictó clases y dirigió entrenamiento en sus más recientes especialidades: guerra de montaña y esquí. También ayudó a los oficiales jóvenes que se preparaban para estudiar en la Escuela Superior de Guerra. Los vínculos personales que estableció en Mendoza le serían muy útiles más tarde, especialmente su amistad con el general Edelmiro J. Farrell y el teniente coronel Domingo A. Mercante.

Las carreras de Farrell y Perón evidenciaban una marcada similitud.38 Farrell también había servido en el Estado Mayor General y, durante la década de 1920, había estado asimilado a un regimiento alpino en Italia. Por entonces era director del centro de instrucción para tropas de montaña. Pasó gran parte de su vida en Mendoza, le gustaba tocar la guitarra, no se interesaba por los problemas políticos ni sociales y nunca podría ser acusado de rapidez mental.

Perón había conocido a Mercante durante el período de su carrera pasado en la Escuela de Suboficiales. Renovaron la relación en el oeste, donde Mercante prestaba servicios a las órdenes de Farrell. Mercante era tres años menor que Perón y había impresionado al coronel con su inteligencia cautelosa, su lealtad y capacidad de trabajo.

El 18 de mayo de 1942, Perón fue asignado a la inspección de tropas de montaña, al mando del general Farrell con sede en Buenos Aires. Al poco tiempo Mercante también sería transferido y los dos hombres pronto estarían mezclados en una nueva conspiración militar contra el gobierno. Todo parecía una repetición de 1930, pero esta vez la historia seguiría un curso diferente.

SEGUNDA PARTE
EL CORONEL
(1943-1946)

CAPÍTULO 5
La Revolución de 1943

El curso seguido por los acontecimientos nacionales e internacionales, mientras Perón cumplía destinos en Chile, Italia y las montañas andinas, en breve sacudiría radicalmente a la sociedad argentina. El uso del fraude y de la fuerza por parte de la elite gobernante, así como su persistencia en apoyar políticas económicas que contribuían a la dependencia y dominación extranjeras, habían generado un profundo descontento. Paralelamente, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial estaba despertando pasiones encontradas y renovando un latente conflicto con los Estados Unidos.

El proceso democrático en la Argentina había llegado a la total descomposición durante la década infame.1 A pesar de los excesos emocionales desatados en ocasión de la muerte de Yrigoyen en 1933 y de la transformación de sus funerales en una demostración política de características desconocidas hasta entonces,2 el Partido Radical no había logrado oponer una resistencia efectiva —y motivada por principios— frente al gobierno de la Concordancia. Los radicales seguían divididos, algunos de ellos adhiriendo a la Concordancia y otros absteniéndose de actuar en política. Los socialistas eran fieles a las reglas del juego que los mantenían permanentemente en la oposición, imprimiendo un sello de legitimidad al corrupto régimen. El resultado era una pérdida general de fe en la democracia y los partidos políticos, especialmente entre la juventud.

Las políticas económicas propiciadas por los conservadores durante la década de 1930 favorecían a los grandes estancieros. Producida la depresión, algunas de las naciones integrantes de la comunidad británica exigieron una mayor participación en el mercado inglés, lo que hubiera reducido enormemente las importaciones de carne de la Argentina y hubiera arruinado una economía que ya estaba padeciendo como consecuencia de la crisis mundial. La respuesta de la Argentina en la oportunidad fue negociar un acuerdo que ligaba las economías argentina y británica más estrechamente; los ingleses continuarían la compra de carne de la Argentina a cambio de una reducción en las tarifas en las importaciones provenientes de Gran Bretaña. Los nacionalistas argentinos vieron en el tratado un ejemplo clásico de imperialismo que ponía a la economía agrícola argentina como complemento de la industria británica. Para alimentar el resentimiento hubo además otros incidentes tales como, por ejemplo, la oposición de los ingleses al programa —lanzado por el presidente Justo— de construcción de una muy necesaria red de caminos con el pretexto de que el gobierno argentino entraría en competencia con los ferrocarriles de propiedad británica.3

El control foráneo de la economía era, sin lugar a dudas, algo difícil de aceptar para muchos argentinos. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, virtualmente todas las líneas ferroviarias de la Argentina pertenecían a capitales británicos y casi el 45 por ciento de la industria del país estaba en manos extranjeras. Compañías norteamericanas y suizas tenían control sobre los servicios públicos, la industria automotriz era norteamericana y las mejores firmas de construcción eran alemanas u holandesas. El crítico sector de los frigoríficos estaba dominado por corporaciones de capital no argentino. Es más, los extranjeros no sólo eran los dueños de las industrias básicas sino que también actuaban como sus administradores.4

El grupo nacionalista que apoyaba al general Uriburu en 1930 —y que actuó como oposición a la Concordancia durante la década infame— concentraba en sí sentimientos de desprecio por la democracia, predilección por el autoritarismo, aversión al imperialismo inglés, repugnancia por el comunismo y fervor por un catolicismo de tendencia muy conservadora. Estos nacionalistas de ultraderecha no podían, debido a la incompatibilidad existente con la doctrina católica,5 aceptar, en principio, al totalitarismo nazi —lo que de por sí no significaba que negaran apoyo táctico a los nazis—. De vez en cuando, por otra parte, brotaba en ellos la pasión antisemita y aprovechaban el uso corriente del apelativo ruso —que la gente utilizaba, en general, para referirse a todos los judíos debido a que muchos eran inmigrantes provenientes de Rusia— para evocar al fantasma del comunismo internacional asociándolo a los judíos.6

La década del 30 había sido testigo del surgimiento de una forma más progresista de nacionalismo. Un grupo llamado FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) fue creado en 1935 como respuesta al deseo de un pequeño núcleo de intelectuales jóvenes del Partido Radical que querían ver a sus correligionarios de regreso a la línea trazada por Yrigoyen. Los miembros de FORJA atacaban al imperialismo británico y, asimismo, a la creciente penetración económica del “coloso yanqui” y, sintiéndose desilusionados ante los manejos políticos de los viejos radicales, andaban a la búsqueda de un liderazgo fresco.

El general Justo eligió como su sucesor a Roberto M. Ortiz, un radical antipersonalista de larga trayectoria.7 Por haber servido como abogado de los ferrocarriles ingleses y ministro de Finanzas de Justo, Ortiz tenía el apoyo total de los terratenientes que integraban mayoritariamente la Concordancia. Su compañero de fórmula, Ramón L. Castillo, era un conservador antediluviano. La fórmula Ortiz-Castillo resultó fácilmente triunfadora en los comicios fraudulentos de 1937.

Al asumir la Presidencia, Roberto Ortiz desconcertó a sus seguidores cuando, de inmediato, decidió intervenir en las elecciones provinciales alegando falta de limpieza en lugar de lisa y llanamente perpetuar el fraude. Esta y otras señales de liberalismo político hubieran amenazado el statu quo de no haber mediado una seria dolencia que postró al presidente. Ortiz era diabético y comenzó a perder la vista. En 1940 debió traspasar provisionalmente el mando a Castillo. Renunció al cargo por razones de salud el 24 de junio de 1942 y murió poco después.

Castillo no tardó en poner fin a la tendencia democrática iniciada por Ortiz. El nuevo presidente utilizó el recurso de la intervención federal como mecanismo corruptor de los comicios provinciales. La declaración de guerra al Japón por parte de los Estados Unidos le dio un buen pretexto para imponer el estado de sitio con lo que, legalmente, quedó autorizado a usar una serie de medidas políticas restrictivas.

Tres meses después de la invasión alemana a Polonia, la Segunda Guerra Mundial golpeaba las puertas de la Argentina. Un escuadrón de cruceros británicos atrapó al buque alemán Graf Spee en aguas del Río de la Plata; el 17 de diciembre de 1939, el barco era hundido por su propia tripulación en las cercanías del puerto de Montevideo. Aunque el incidente ocurrió en aguas uruguayas, algunos remolcadores provenientes de Buenos Aires rescataron marineros y los trasladaron a la Argentina para su internación. Este espectáculo sirvió de toque de alerta para los argentinos, quienes debieron comprender que el aislamiento geográfico por sí solo no los protegería del conflicto mundial.

En las etapas iniciales de la guerra peleada en Europa, la neutralidad argentina era absolutamente consonante con la política hemisférica de los Estados Unidos.8 Las relaciones entre ambos países se pusieron tensas sólo después del bombardeo de Pearl Harbor. En una reunión de ministros de Relaciones Exteriores del continente realizada en Río de Janeiro en enero de 1942, la posición de los representantes de la Argentina y Chile frustró el intento norteamericano de asegurar la unidad hemisférica frente a la ruptura de relaciones con los poderes del Eje. La única forma de obtener la unanimidad deseada fue aceptar la demanda argentina en el sentido de que la conferencia resolviera recomendar —en lugar de exigir— el rompimiento de relaciones. Este compromiso hizo desatar la ira del secretario de Estado norteamericano Cordell Hull sobre el delegado de su país a la conferencia, el subsecretario Sumner Welles, quien postulaba un acercamiento más flexible y paciente hacia la postura argentina.9

Como resultado de la conferencia, Argentina y Chile fueron las únicas naciones latinoamericanas que conservaron vínculos con Alemania, Italia y Japón. A raíz de ello comenzó una pequeña guerra fría que mantuvo a los gobiernos de Argentina y Estados Unidos dando zarpazos o ladrándose por casi una década.

La disputa proyectó hacia la superficie ciertos resentimientos que los argentinos habían estado guardando para sí. Las varias intervenciones militares de los Estados Unidos en América latina durante el período del big stick y gunboat diplomacy habían enardecido las sensibilidades de muchos argentinos. Desde que los porteños repelieron a los ingleses durante las invasiones sufridas en la época colonial, la estricta no intervención en los asuntos internos de otras naciones trascendía, para muchos, el mero derecho internacional para convertirse casi en un artículo de fe religiosa. La política del “buen vecino” de Franklin D. Roosevelt había sido aceptada como un paso positivo, pero no había calmado los temores crecientes de que el capital norteamericano reemplazaría con el tiempo al británico como la fuerza dominante de la economía argentina. Los esfuerzos de los Estados Unidos tendientes a promover el panamericanismo siempre habían sido recibidos por los argentinos con grandes sospechas. Para agravar la situación, los norteamericanos decretaron un embargo a la importación de carnes argentinas —por miedo a la contaminación por aftosa— que los sudamericanos interpretaron como una medida proteccionista realmente impuesta por los productores de Estados Unidos.10

Aparte de las irritaciones mínimas sufridas por diplomáticos estadounidenses como resultado del comportamiento argentino durante los años previos a la Segunda Guerra, la actitud dominante entre la gran mayoría de los norteamericanos respecto de Latinoamérica en general, y de la Argentina en particular, era de consumado desinterés. Fue necesario el trauma infligido por Pearl Harbor para que la apatía se transformara en preocupación. Para entonces un ataque del Eje en el continente americano se insinuaba no sólo como un hecho probable sino, en las mentes de algunos, inminente, y los norteamericanos no podían menos que observar ansiosamente sus flancos. Entonces dirigieron su ojos hacia el Sur y descubrieron que el problema prioritario era la Argentina.

A pesar del hecho de que el presidente Castillo hubiera atemperado su neutralidad con promesas de cooperar en los esfuerzos de proteger al hemisferio de un ataque extracontinental, los norteamericanos percibían que la Argentina, en 1942, había comenzado a inclinarse en forma alarmante hacia una postura pro Eje.11 Había agentes alemanes que operaban libremente desde sus puestos en la embajada y otros frentes utilizados para encubrir las actividades de espionaje y que ayudaban a los submarinos a minar la navegación en el Atlántico sur. No era ningún secreto que muchos oficiales argentinos habían sido formados por alemanes e italianos. Los nacionalistas de ultraderecha no hacían nada por ocultar sus antipatías hacia la causa de los Aliados y parecían estar abocados a la tarea de constituir un movimiento político de inspiración nazi o fascista. Por las calles de Buenos Aires se pregonaban periódicos curiosamente pro nazis, obviamente financiados por Berlín.

Debido a la neutralidad de la Argentina, Washington rechazó terminantemente la propuesta de firmar un acuerdo sobre armamentos hecha por una misión militar proveniente de Buenos Aires. En agosto de 1942, Brasil declaró la guerra al Eje y comenzó entonces a recibir de los Estados Unidos, como parte del programa hemisférico de defensa, masivos envíos de armas.12 Esto alarmó a los militares argentinos porque implicaba que el equilibrio de poder en Sudamérica se inclinaría a favor del Brasil. La Argentina pidió ayuda a Berlín, y si bien las vicisitudes de la guerra impidieron que los alemanes proveyeran armamento al Ejército Argentino, el mero requerimiento hizo que el gobierno de los Estados Unidos contemplara a la administración de Castillo con repugnancia.

Los norteamericanos tenían en esta época una percepción simplista de los acontecimientos. Los editorialistas de la prensa amarilla, al igual que los de la Harvard Law Review,13 pregonaban un alarido de alerta respecto del crecimiento del fascismo en el área de influencia de los Estados Unidos. Ninguno, sin embargo, parecía preocupado ante el hecho de que el gobierno del Brasil —que recibía armas norteamericanas— era una dictadura con rasgos fascistoides. La presión seguía intensificándose para forzar al Departamento de Estado a dejar de lado la cortesía diplomática y tomar medidas acerca de la Argentina.

Estos editoriales no traducían la real importancia de la complejidad de la situación. Por ejemplo, el aliado más cercano de los Estados Unidos, Inglaterra, tenía interés en que la Argentina no entrara en la guerra.14 Gran Bretaña aún dependía en alto grado de las importaciones de carnes argentinas y no quería que Castillo pusiera en peligro la neutralidad de sus buques cargueros. Los británicos temían, asimismo, que una ruptura con el Eje ataría a la Argentina, irrevocablemente, al bloque de naciones bajo la hegemonía estadounidense y como consecuencia terminaría para ellos la dominación económica, que según los ingleses sospechaban, ya había empezado a escurrírseles de las manos. En ese sentido la política seguida por el gobierno de Castillo también servía a los intereses de la oligarquía tradicionalmente pro británica.

En los Estados Unidos era moneda corriente la presunción de que los argentinos, en su gran mayoría, se sentían pro Aliados y de que la actitud del gobierno de no unírseles en la lucha contra el Eje no era popular internamente. Lo cierto es que muchos argentinos simpatizaban con los Aliados debido a los lazos tradicionales con

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