NOTA PRELIMINAR
La masacre del 16 de junio de 1955 tiene una continuidad política y en sus componentes personales, continuidad que serpentea por un camino plagado de sangre de mártires populares y tiene su gran desemboque criminal el 24 de marzo de 1976.
EDUARDO LUIS DUHALDE
Coincidiendo con esta primera edición se cumplirán sesenta años del tema central que motiva la novela: el bombardeo a una ciudad abierta, por aviadores navales y de la Fuerza Aérea Argentina, que costó la vida a 400 personas y heridas a más de mil. Con la elección de la ficción histórica como género, retomo el camino iniciado con Juan y Eva, intentando la aproximación a quienes protagonizaron de modos diferentes, antagónicos, intencionales o casuales, la sangrienta jornada.
Es innegable que ambas novelas refieren a extremos opuestos de un mismo drama.
En la presente, el bombardeo actúa como la contracara de aquel “big bang” amoroso del primer peronismo. En esta, lo explosivo deja de ser metáfora y se corporiza en una realidad, que la mera enumeración de víctimas y consecuencias congela hasta la insensibilidad. Si el romance entre Perón y Evita fue el prólogo del peronismo, el bombardeo fue el anticipo de su derrocamiento.
Fueron varios los invitados al programa Puerto Cultura que mencionaron alguna relación directa e indirecta con el episodio. Entre ellos, destaco al granadero clase 1934 Diego Ignacio Bermúdez López, a Horacio Verbitsky, a Estela de Carlotto y a Luis Landriscina, cuyo hermano mayor, Pascual, murió en la jornada mientras iba a tramitar un crédito del Banco Industrial para su carpintería. Todo un símbolo doloroso de lo que se pretendió destruir en la jornada.
La ficción se nutre de fuentes históricas, algunas de ellas increíbles al punto de parecer fruto de una morbosa imaginación. Los verdaderos protagonistas conviven con otros ficcionales, aunque siempre inspirados por la realidad. En este último caso he modificado los nombres. Los comentarios finales intentan referenciar El bombardeo con hechos posteriores de nuestra Historia.
Las fuentes incluyen la casi la totalidad de escritos, documentos, prensa, archivos, narración oral y fílmica existente sobre el tema, por lo que omito nombrarlos en su totalidad. Destaco en especial las memorias del general Franklin Lucero (El precio de la lealtad) y las de su antagonista en la jornada, el almirante Aníbal Olivieri, ministro de Marina sublevado (Dos veces rebelde). También a Norberto Galasso, en su reportaje al padre Hernán Benítez (Yo fui el confesor de Eva Perón). El libro del mencionado granadero Bermúdez (Adelante granaderos), que nos permite recordar a los nueve granaderos caídos el 16 de junio defendiendo la Constitución. Un documento digno de destacar es el realizado por el Archivo Nacional de la Memoria en 2010 (“Bombardeo del 16 de junio de 1955”), con prólogo del entonces secretario de Derechos Humanos, el doctor Eduardo Luis Duhalde, a quien rindo homenaje con el epígrafe de esta nota. Necesarios son, para quien quiera profundizar sobre el tema, los libros de Gonzalo L. Chaves (La masacre de Plaza de Mayo), de Daniel Cichero (Bombas sobre Buenos Aires) y de Pedro Victorio Bevilacqua (Hay que matar a Perón). Para los que quieran encuadrar los hechos en un contexto más amplio, nunca dejaré de recomendar Revolución y Contrarrevolución en la Argentina de Jorge Abelardo Ramos, la biografía de Perón de Norberto Galasso y los escritos de Enrique Pavón Pereyra, el más consecuente biógrafo de Perón. Sus tres tomos de fascículos “Perón, el hombre del destino” me ayudaron a adentrarme en el subsuelo del Ministerio de Ejército, donde el entonces presidente aguantó los bombazos junto con un reducido grupo de funcionarios y de anónimos soldados, mate cocido mediante y fumándose un “criollito”.
Las fuentes orales se remontan a mi niñez, cuando mi tío Tití, periodista y locutor de Radio El Mundo, me contó su experiencia en la Plaza y en la Casa Rosada, bajo el fuego de los sublevados. Volvió a relatar los hechos durante años y yo lo dejaba hacer, confirmando que siempre se repetían las mismas circunstancias, reafirmando así su veracidad. La mujer que, con una pierna mutilada, permanecía sentada y resignada en la Plaza, la “vi” primero en el relato de Tití, para luego encontrarla tal cual me fue descripta en una foto en Internet. La coincidencia entre ambas me permitió escuchar su voz, relatada por mi tío: ¿Que podés hacer por mí, hermano?
Me alienta pensar que algo hizo por ella al traérmela en su relato para hacerla renacer como heroína trágica en la novela.
Debo agradecer, además, la paciente y rigurosa corrección de María José Verna, quien también contribuyó en la investigación histórica y la transcripción de Sofía Arruguete.
Como en todos mis emprendimientos de los últimos años, la amistad y el acompañamiento de Patricia Valdez y Fabián Blanco y el respaldo de la editorial, en las personas de Javier López Llovet y Glenda Vieites. En los meses de un tiempo en que descubrí a los más solidarios amigos, la compañía de José “Pepe” Albistur, Fernando “Chino” Navarro, Víctor Bassuk, Marcelo Altmark, Alejandra Castiglioni, Jorge “Topo” Devoto, Renato Miari, Julio Fernández Baraibar, repito: Julio Fernández Baraibar y Juan Carlos “Tano” Biani, fiel custodio de la salud de tantos compañeros. Todos ellos compartieron mis obsesiones sobre el tema y me alentaron a escribir.
Una mención especial: el amoroso e “implacable” asesoramiento literario e histórico de Sabrina Saidj, cuyos conocimientos sobre la historia del peronismo son, además de rigurosos, sorprendentes, teniendo en cuenta su nacionalidad francesa (cuántos argentinos, “propios y extraños”, que afirman referenciarse en el peronismo, ignoran casi todo sobre su historia).
Con alegría doy la bienvenida a mi hija Paloma, que dejó de ser testigo involuntario de mis aventuras narrativas, para ser el último año mi más joven crítica y lectora.
Me anima aportar, con El bombardeo, a la memoria de un hecho que intentó enmascararse precisamente porque su magnitud da la medida del odio y la salvaje imprudencia que son capaces de desplegar quienes no pueden imponer en las urnas sus designios.
JORGE COSCIA
Junio de 2015
NO MATEN A UN GENERAL
PRÓLOGO EN SEIS ACTOS
Estimado General Vergara Ruzo:
Tal como le comenté personalmente, le hago llegar este trabajo, que intenta ser un aporte sobre hechos no demasiado revelados por nuestra historiografía.
Sé que por sus ocupaciones, no ha podido concederme un tiempito alrededor de una botella de vino riojano (mi tierra y la de algunos protagonistas de estas líneas).
Usted es un vecino de Catamarca, y ambos somos provincianos anclados en esta inmensa Buenos Aires.
Soy tan solo un jubilado de nuestra Flota Mercante, “un gaucho convocado al timón”, aficionado a la Historia, y usted, un hombre de armas, dedicado a ordenar la compleja maquinaria de un ejército moderno.
Como decía un general francés, cuyo nombre he olvidado: “Nada desorganiza más a un ejército que la guerra”.
Le dejo entonces mi trabajo; es solo un borrador del libro que estoy preparando sobre temas de historia militar.
Se preguntará qué extraño interés me ha llevado a reflexionar sobre el máximo grado militar y la muerte, en estos tiempos también revueltos, en los que, por otra parte, tenemos un Presidente que porta las mismas jinetas de los que motivaron mi investigación.
Espero no aburrirlo con estas reflexiones de un hombre al que las canas le han dado tanto conocimiento como los viajes.
Sabrá entonces disculparme; por ser usted el único general al que he accedido y que he tratado, es a quien hago llegar esta investigación sobre el modo en que la violencia política ha ensangrentado los máximos galones de la Patria. Espero por ello, con confesa impaciencia, tenga a bien transmitirme su sincera opinión sobre mis papeles.
Sin más y con mis mejores deseos.
FERMÍN RAMOS
Vecino y un servidor
Buenos Aires, 15 de enero de 1955
APUNTES PARA LA HISTORIA
DEL EJÉRCITO ARGENTINO
por F. Ramos
Los generales muertos en las luchas civiles argentinas
I
El primer general argentino muerto por heridas recibidas en combate fue Martín Miguel de Güemes. El salteño había sido nombrado por San Martín en junio de 1820 general en jefe del Ejército de Observación. Había llevado adelante una guerra sin cuartel contra las tropas españolas que intentaban invadir desde el Alto Perú las actuales provincias argentinas de Salta y Jujuy. La resistencia de Güemes y de otros comandantes guerrilleros del Alto Perú (hoy Bolivia) permitió a San Martín atacar por mar el corazón del Imperio español en América del Sur: el Virreinato del Perú.
Cierto es que Güemes es más recordado como jefe de una desordenada montonera que como lo que realmente fue: un político en armas.
Gobernador de Salta, llevó adelante una guerra total, y conformó su fuerza como una milicia popular. Batalló con sus gauchos y ejerció el poder en consecuencia, irritando por eso a las oligarquías criollas, privilegiadas durante el virreinato y descontentas con esa lucha revolucionaria que les expropiaba bienes y propiedades. Esa clase sin patria enfrentó entonces a Güemes y se alió al general Pedro de Olañeta, jefe de las fuerzas realistas.
Merecieron los salteños traidores el mote de godos, como se les decía a los españoles. Con el respaldo de su servil Cabildo, esta elite logró la destitución del general Güemes.
En mayo de 1821, Güemes recuperó la ciudad de Salta. La “gente decente” no dudó en convertirse en el “Caballo de Troya” que facilitó la invasión de Olañeta y la caída de Salta en manos enemigas. En ese combate fue herido Güemes, que murió diez días después en brazos de sus gauchos. La lucha de la Independencia se entreveraba para entonces con las guerras internas y civiles marcadas siempre por el signo de lo social y el combate contra entrecruzadas hegemonías.
Por eso, no sería Güemes el último general muerto en el doble juego de la traición y la violencia.
II
Cerca de esos días en que murió Güemes, el embalsamador Manuel Rodríguez pasó la siguiente factura:
Por 12 pesos de espíritu de vino rectificado. Más 10 pesos de ídem alcanforado. Por 20 pesos de mi trabajo personal, por las operaciones que he ejecutado con la expresada cabeza, como son, la del trépano y demás cirúrgicas (sic), cuyo valor es sumamente ínfimo como lo decantará cualesquiera facultativo en el dicho ramo. Importe pesos cuarenta y dos.
La cabeza mencionada por el embalsamador pertenecía al general Francisco Ramírez, conocido como el “Supremo Entrerriano”. Fue asesinado de un pistoletazo y decapitado por una partida de gauchos que respondían a quien había sido su aliado santafecino, el brigadier general Estanislao López. Juntos, habían derrotado en 1820 a las tropas porteñas en la batalla de Cepeda.
Juntos también habían vencido al general José Gervasio Artigas, su mentor e inspirador de las luchas por el federalismo, obligándolo a un exilio definitivo en el Paraguay.
La riqueza de la ciudad puerto de Buenos Aires pudo más que la justa causa federal de los vencedores de Cepeda. Con astucia los porteños remontaron esa derrota y dividieron a los aliados Ramírez y López con maniobras en las que no fue ajeno el entonces rico estanciero bonaerense Juan Manuel de Rosas. Miles de cabezas de ganado fueron el pago a Estanislao López para que no consolidara la victoria de Cepeda. La causa federal, corrompida con reses y dinero, tendría así su propia guerra interna, que se sumaba a las luchas civiles, cuando todavía las fuerzas de Bolívar y San Martín intentaban expulsar a los realistas del Perú. Ramírez había querido librar una doble guerra contra los portugueses, que ocupaban la Banda Oriental, y contra Buenos Aires, que miraba para otro lado y temía más a los caudillos del Litoral que a los lusitanos. El resultado fue un rápido desgaste de sus fuerzas, que lo llevaron a la retirada, acompañado de su mítica mujer, a quien llamaban La Delfina.
En San Francisco del Chañar, Pancho Ramírez fue rodeado por una partida de cordobeses, al mando del caudillo Juan Bautista Bustos, aliado de López. Enterado Ramírez de que la Delfina había caído en manos de sus enemigos, dio la vuelta para rescatarla; romántica decisión que pagó con su vida.
La Delfina vivió para contarlo, lo mismo que su lugarteniente oriental, Anacleto Medina, testigo de los hechos, que aunque analfabeto, llegó a general, en las interminables luchas civiles uruguayas. El iletrado comandante Anacleto dictó a su secretario, décadas después de aquellos hechos, las vicisitudes de la muerte de Ramírez:
En ese momento salieron de entre los palmares dos fuertes divisiones, las cuales se interpusieron y me cortaron de modo que me impidieron la incorporación al general… Entre tanto yo no podía saber cuál había sido la suerte del general, cuando se me presentó un soldado de su escolta, y acercándose a mí, me dijo: “Comandante, póngase a la cabeza de la fuerza, que a nuestro general lo han muerto”, enseguida aparecen cuatro soldados más de los nuestros, que traían a la mujer que acompañaba al general, a la que habían salvado de entre los enemigos.
Reiteraciones del destino, el narrador de la muerte del Supremo Entrerriano Ramírez, don Anacleto Medina, de origen guaraní, nacido en las misiones jesuíticas orientales, veterano de las luchas artiguistas, murió también en combate con el máximo rango militar de general. El 17 de julio de 1871 tenía 83 años y, casi ciego, montaba a caballo como segundo jefe del ejército del partido Blanco que comandaba el general Timoteo Aparicio.
Anacleto Medina estaba tan deteriorado por la vejez, que se le caían los párpados. Usaba por ello, unos palitos para sostenerlos. En el campo de Manantiales de San Juan, cerca de la ciudad de Colonia, en Uruguay, ya definida adversamente la batalla, no vio que se aproximaba una partida enemiga, por habérsele caído los palillos.
—¡Dispare, general, que el enemigo está encima! —le advirtió su ayudante, un muchacho de nombre Viana.
—¡El general Medina no dispara, jovencito! —fue su respuesta.
Es probable que llevara tiempo envidiando la muerte épica de aquel otro, su general Ramírez. Le bolearon el caballo y, a poco de liarlo, cayeron sobre él los lanceros del gobierno del presidente colorado Lorenzo Batlle, abuelo del actual presidente uruguayo Luis Batlle Berres.
Luego de muerto el general Anacleto Medina, mutilaron y descuartizaron su cadáver. Esto ocurrió cincuenta años después de la muerte de su jefe, Pancho Ramírez, prueba de la larga persistencia de las luchas civiles que comenzaron a poco de iniciada la guerra por la Independencia. Murió también en el combate de Manantiales el leal secretario y escriba de Medina, Gerónimo Machado. ¿Habrá presentido Machado, cuando escribía los hechos del final de Pancho Ramírez, que su jefe le dictaba los trazos de su propia muerte?
III
Siguió a Güemes y a Ramírez en sus trágicos destinos de muerte violenta el general Facundo Quiroga, asesinado en la provincia de Córdoba, en el paraje de Barranca Yaco, en una emboscada llevada adelante por el capitán José Santos Pérez, brazo ejecutor de los caudillos José Vicente y Guillermo Reynafé. No eran godos sus asesinos, ni partidarios del bando unitario. Expresaban las rencillas entre federales que continuaban en aquel año 1835, en que Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, imponía su ordenada visión de estanciero para el proyecto federal.
El 16 de febrero de 1835, no hubo un combate en Barranca Yaco, sino una emboscada anunciada que Facundo desestimó, convencido de que ante una mirada suya nadie se atrevería a enfrentarlo. No en vano merecía el apodo de “Tigre de los Llanos”, y sus soldados, el de “capiangos”, las criaturas infernales de la “Salamanca”, mitad felinos, mitad humanos.
La traición volvió a ser eficaz. Al llegar los jinetes conducidos por el capitán cordobés Santos Pérez, Quiroga se asomó al carruaje preguntando: “¿Quién manda esta partida?”.
La respuesta fue un tiro en el ojo que se completó con el tradicional degüello al que eran afectos los criollos. Quiroga alcanzó a gritar “¡No maten a un general!”, en el improbable instante entre sus dos heridas mortales o tal vez antes, como si las jinetas fueran una coraza contra el atentado. Al enterarse, Rosas escribió con exaltada prosa: “Miserables, ya lo verán: Ahora el sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones”, por lo que se podría deducir que la sangre nacional fue argentina antes que la república misma, que entonces se reconocía como Provincias Unidas.
Es bien sabido entonces que el general Facundo Quiroga murió asesinado y sin ninguna oportunidad de utilizar sus trabucos ni su espada.
IV
El siguiente general en caer abatido por una bala fue el unitario Juan Galo de Lavalle.
Nacido un 17 de octubre de 1797, el nombre de Galo le venía como expresión del orgullo paterno, hidalgo descendiente de los condes franceses de La Vallée. El hermano mayor de su padre, José Antonio de Lavalle y Cortés, conde de Premio Real, testimoniaba una ascendencia que se remontaba, por parte de la abuela paterna, al mismísimo conquistador de México, Hernán Cortés.
Juan Galo de Lavalle había ganado sus propios laureles en las guerras de la independencia, donde había combatido como lugarteniente de José de San Martín y Simón Bolívar.
Participó en las batallas de Chacabuco, Maipú, Riobamba y Pichincha, y fue nombrado general por el Libertador argentino en persona.
Pero sus méritos militares no tuvieron equivalencia con su saber político, lo que le hizo merecedor del mote “la espada sin cabeza”.
Honrando su porteñidad, peleó durante las guerras civiles en el bando unitario y, luego de derrotar al coronel Dorrego, gobernador y jefe popular de su provincia, lo mandó fusilar sin demasiado trámite, siguiendo el consejo de la elite de civilizados mercaderes de la ciudad de Buenos Aires.
A partir de entonces, comenzaría un largo camino signado por la derrota, como si hubiera agotado en las luchas previas por la Independencia el crédito de la victoria.
No murió en la batalla, que lleva el raro nombre de Quebracho Herrado, en la que fue vencido por el oriental Manuel Oribe, lugarteniente de Rosas.
Logró escapar hacia las provincias del Norte rumbo al Alto Perú que lo había visto victorioso en desiguales combates contra los godos.
Su muerte es un misterio, contado en infinidad de relatos: desde una bala que atravesó una puerta o el ojo de su cerradura hasta la más improbable a manos de su amante cautiva, Damasita Boedo, sobrina y prima de dos fusilados por el propio Lavalle.
El general, a contramano de sus tiempos, era más afecto al plomo de las balas que al filo de los degüellos. (Oribe, se decía, buscaba ese destino para el general unitario.)
Otra versión se atrevió a murmurar un suicidio, ocultado por sus lugartenientes por ser un pecado mortal o, peor aún, una forma inconfesable de la cobardía de un gran jefe.
Lo cierto es que hubo una bala en su garganta.
Tampoco murió Lavalle, general y soldado, en un franco combate.
Esteban Echeverría escribiría en su poema “Avellaneda”:
Todo estaba en su mano y lo ha perdido.
Lavalle es una espada sin cabeza.
Sobre nosotros, entretanto, pesa,
su prestigio fatal, y obrando inerte,
nos lleva a la derrota y a la muerte.
Lavalle, el precursor de las derrotas.
¡Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era,
para echar sobre sí, cosas tan grandes.
V
Siguiendo con el tema, adjunto una interesante carta del sargento Ricardo Vera, captor del general Peñaloza, en la que, como testigo directo, detalla las vicisitudes de su muerte.
Señor Director de La Revista de la Biblioteca
Estimado señor y amigo:
(…)
Las cosas pasaron así: el año 1863, después del combate de Caucete entre las fuerzas de Peñaloza y la división nacional que mandaba el sargento mayor don Pablo Irrazábal, en el cual las primeras fueron derrotadas —el entonces coronel y actual general don José Miguel Arredondo, jefe superior de las fuerzas nacionales expedicionarias contra las montoneras—, desprendió en persecución de Peñaloza una división al mando del mismo sargento mayor don Pablo Irrazábal, en la cual yo venía como jefe de vanguardia.
Esta división, a marchas forzadas, se dirigió a los Llanos de esta Provincia, y en uno de los días del mes de noviembre, cuya fecha no recuerdo con precisión, se dio alcance a los fugitivos de Olta, donde Peñaloza acababa de hacer campamento general para reunir y organizar nuevamente sus fuerzas deshechas en el combate de Caucete.
La sorpresa fue completa, pues nuestras fuerzas, favorecidas por una lluvia que caía en aquel día, pudieron descender desde la montaña a la población de Olta sin ser sentidas por el enemigo.
A mí, como jefe de vanguardia, cúpome el primer puesto en el ataque, que fue llevado por la vanguardia a mis órdenes con la rapidez y la energía que el caso lo requería.
Llegar a gran galope, rodear la casa donde estaba acampando el general Peñaloza y la fuerza que lo acompañaba, fue obra de un instante, quedando todos detenidos por un cerco de soldados en la casa aquella.
Yo mismo, que llegué de los primeros, fui quien personalmente intimé rendición al general Peñaloza, que a la sazón se encontraba sentado en un catre y con un mate en la mano.
El general ni los suyos hicieron resistencia alguna, entregándose presos en el acto, con excepción de los pocos que pudieron huir por las huertas y en dirección al monte.
Recuerdo, como si hoy mismo hubiera sucedido, que, a mi intimación de rendirse, el general contestó más o menos en estos términos: “Estoy rendido”, y me pasó su puñal, que era la única arma que tenía en ese momento.
Después de tranquilizarlo con las palabras más comedidas, púsele centinela de vista, enviando el parte ocurrido a mi jefe superior el sargento mayor don Pablo Irrazábal, que aún no había llegado, porque con el grueso de la división venía media legua atrás.
Una hora después el mayor Irrazábal llegaba de galope a la casa donde yo mantenía preso al legendario caudillo de las montoneras riojanas.
Llegar, preguntar por el preso y pasarlo de un lanzazo fue obra de un segundo, dando orden a los soldados que lo custodiaban que concluyeran con el herido, como en efecto verificaran con una descarga de carabinas que le hicieron.
En aquel momento supremo yo procuré evitar la muerte de Peñaloza, interponiéndome entre él y la lanza de Irrazábal; pero todo fue inútil, porque ni tuve tiempo para parar el golpe, ni podía hacerlo tampoco en mi condición de subalterno del que ejecutaba aquel atentado.
Hago la historia estricta y fiel de lo ocurrido, como lo acreditan las cuatro cartas que le acompaño, de testigos presenciales en aquel suceso, uno de ellos don Nicolás Peñaloza, primo hermano de la víctima de Olta, y como pueden atestiguar el general don José Miguel Arredondo y los demás que han actuado en aquella época.
(…)
Lo saluda afectuosamente su servidor y amigo.
RICARDO VERA
La Rioja, febrero 12 de 1890
Antes de la clarificadora carta del anciano Vera, el autor del Martín Fierro, José Hernández, escribió en 1863 su visión de la muerte del “Chacho” y sus consecuencias:
La sangre de Peñaloza clama venganza, y la venganza será cumplida, sangrienta, como el hecho que la provoca, reparadora como lo exige la moral, la justicia y la humanidad ultrajada con ese cruento asesinato. La historia de los crímenes no está completa. El general Urquiza vive aún, y el general Urquiza tiene también que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal. Tiemble ya el general Urquiza; que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello, allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido unitario.
VI
A pesar de la premonitoria carta de José Hernández, que preveía el asesinato del general Justo José de Urquiza, este no fue víctima del previsible puñal de los unitarios, sino de una bala federal, completada por la faena del cuchillo de un coronel llamado Simón Luengo.
Una partida de 104 hombres llegó hasta el lujoso palacio San José, en Entre Ríos, al grito de “¡Viva López Jordán!”; nadie sabrá nunca si era para secuestrar o para matar al general entrerriano. Lo cierto es que ocurrió lo segundo.
No hubo combate para un hombre acorralado en su propia casa por un grupo de cinco, que al mando del mencionado Simón Luengo, se atrevieron a ingresar en la mansión, en la que mateaba Urquiza, cerca de su mujer y su hija. El general alcanzó a herir de un disparo a uno de los agresores antes o después de gritar “¡No se mata así a un hombre en su casa, canallas!”.
La historia de esa muerte se amasó en tres décadas de guerras civiles, en las que Urquiza pasó de ser uno de los aliados estratégicos de Rosas a vencerlo en Caseros con la ayuda del ejército del emperador esclavista del Brasil.
Curiosamente, se transformó en la esperanza federal del interior, frente a los persistentes intentos de Buenos Aires de mandar sobre los “veinte ranchos”, como llamaba la dirigencia porteña a las provincias.
Urquiza doblegó al jefe porteño, el general Bartolomé Mitre, en dos oportunidades, Cepeda y Pavón.
Sin embargo, su eficaz caballería entrerriana, la fuerza más invencible de su tiempo, debió retroceder en Pavón, ante la inesperada retirada de su jefe. Era como si la batalla ya estuviera concertada.
“Me iré del campo, pero después de humillar a estos porteños de mierda”, le escuchó decir uno de sus escoltas.
¿No sabía Urquiza que la peor humillación deviene de la traición?
Una traición que lo llevó a la peregrina idea de que todo se arreglaba con el retiro en su feudo.
“Que manden los porteños, que se embromen con arbitrar las cosas del país y las mañas de este pueblo. Yo seré señor en el suelo que pise y disfrutaré la paz de mi tierra y de mi gente. No más guerras. No se puede vencer a los amigos de los más poderosos”, habría dicho en los días en que transó la suerte de media América del Sur, vendiendo su caballada entrerriana a emisarios del banquero Barón de Mauá, al servicio del emperador del Brasil.
“Hoy no hay en Entre Ríos un solo paisano por sencillo que sea que no esté penetrado de que el general Urquiza no es ni ha sido federal ni unitario, sino mercader de sangre humana”, escribía Juan Coronado en 1866.
Lo hizo pensando en la guerra del Paraguay, donde hubieran querido ir a combatir los entrerrianos, codo a codo con los paraguayos, contra el porteño Mitre y el emperador esclavista.
Rosas, quien soñaba con humillar al Imperio brasileño con la doble pinza de los dos ejércitos federales bajo su mando (el de Urquiza en el Litoral y el de Oribe en la Banda Oriental, que se pensaba argentina), miró ya no con soberbia de estanciero, sino con mansedumbre de viejo granjero exiliado en Inglaterra la tragedia sudamericana y escribió la carta que se adjunta:
Sr. Don Federico Terrero
Junio 5 de 1870
Mi querido Federico:
(…) Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica la historia de las repúblicas del Plata ha debido extrañar el desgraciado fin de su Excelencia el señor capitán general Urquiza.
Por el contrario, lo admirable e inaudito es su permanencia en el poder, por grado siempre bajando, a virtud de sus hechos contrarios a su crédito, a sus amigos políticos, y favorables a sus enemigos.
Pocos años después de la altura de su poder, desde cuando ordenó la devolución de mis propiedades, y muy principalmente después de la batalla de Pavón, le he escrito varias veces dándole consejo en orden a la seguridad de su persona, su fortuna y a efecto de prevenir desgracias en su familia.
En mi larga carta, después de esa batalla le dije que habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos, con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política; su vida y su fortuna, no estaban seguras, si permanecía en la provincia entrerriana.
Que yo, en su caso, reduciría a dinero mis propiedades, y lo pondría en el Banco de Inglaterra para vivir de su renta en el posible sosiego, con mi familia.
Últimamente, poco antes de la triste noticia de su asesinato, le escribí, por complacerlo, dándole consejos implícitos en orden a su testamento, para prevenir después de su muerte desgracias a su buena compañera y a sus hijos…
(…)
Que Dios ilumine la marcha pública de los primeros hombres de esas repúblicas y tenga piedad de todos son los votos de tu agradecido amigo.
ROSAS
Curiosa alianza la de los liberales argentinos, como Mitre o Sarmiento, obsesionados por la libertad y la república, peleando en realidad del lado de una monarquía imperial y esclavista. Eran como Abraham Lincoln pero a la inversa, en una tierra en la que ganaría el sur, con discurso del norte.
A diferencia de Lavalle, quien soñó con una muerte en batalla, o del general oriental Anacleto Medina, que cayó en la batalla de Manantiales al grito de “¡Yo no disparo!”, el general Urquiza, imaginó dar su último suspiro, ya anciano, en el lecho, rodeado de los suyos y amparado por una descomunal riqueza. Él había disparado en la batalla de Pavón, ¿por cobarde, por ambicioso o por pacificador de unas provincias mal unidas? Lo cierto es que su disparada desgarró aún más a la pobre Sudamérica, con miles de gauchos muertos, cuya sangre convocó Sarmiento a no escatimar, y con un millón de víctimas, hombres, mujeres y niños, en el Paraguay de Solano López.
La escena del Palacio San José, con su mujer Dolores Costa y su hija Lola arrastrando el cuerpo malherido de Urquiza hacia su cuarto, mientras lo apuñalaba Simón Luengo, habla de un último intento de sus mujeres para cumplir con el sueño del entrerriano de morir entre las sábanas. Urquiza tuvo la única fortuna de ignorar que en esos minutos, no lejos de allí, también eran asesinados sus dos hijos.
Tampoco murió en batalla el general Urquiza, el 11 de abril de 1870.
Aquí se interrumpían las páginas del extraño ensayo inconcluso de Fermín Ramos.
Libro uno
Corpus Christi
LA IDEA
—¡Qué lindo sería imaginar la Casa Rosada como Pearl Harbor! —pensó el capitán de fragata Jorge Alfredo Bassi en su camarote del crucero 17 de Octubre durante un viaje de instrucción.
Lo pondría en palabras muchas veces en el círculo de sus camaradas más confiables en aquel año 1953. Era un entusiasta lector de temas militares y había disfrutado en el Boletín Naval de un escrito titulado “Yo mandé el ataque aéreo contra Pearl Harbor”, del almirante japonés Mitsuo Fuchida. El artículo circulaba de mano en mano en ese buque insignia de la flota naval argentina, cuyo nombre recordaba la gesta que había llevado al coronel Juan Domingo Perón al gobierno. El buque en cuestión había tenido una vida anterior con el nombre de US Phoenix y había sido una de las pocas naves sobrevivientes del bombardeo nipón a la base naval del Pacífico Sur de los Estados Unidos. Era una pieza clave de la flota argentina, y su origen operaba en la cabeza de Bassi como una señal inspiradora, en la que los norteamericanos atacados por Japón se transmutaban en la odiada figura de Perón.
La historia del piloto aeronaval Fuchida emocionaba a sus colegas argentinos. Después de sobrevivir a la guerra, e incluso escapar por horas de la bomba atómica de Hiroshima, “había vivido para contarla”. La culpa de no haber muerto honorablemente como un kamikaze lo transformó en un nacionalista antinorteamericano. Avanzada la posguerra, había conocido a otro piloto del país enemigo, exprisionero en Japón, luego de ser derribado su B-29 en los suburbios de Tokio. Influido por su antiguo enemigo, con quien lo unía el deshonor de la derrota, se había convertido al cristianismo. Por esta simbiosis cultural, Fuchida era un oriental occidentalizado y un ejemplo para los aviadores católicos argentinos indignados con Perón y su política religiosa.
El japonés había encabezado la primera escuadrilla en el ataque sorpresa a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y lanzado el mítico grito en clave de “¡Tora Tora Tora!”, destinado a advertir al almirante Isoroku Yamamoto, comandante de la flota naval nipona, del comienzo del bombardeo.
La palabra reunía distintos significados y un mismo simbolismo: ‘to’, como la primera sílaba de atacar, y ‘ra’, de torpedo. Juntas significaban ‘tigre’.
El “tigre” japonés torpedeó en su ataque a la flota norteamericana e inició así el hundimiento de Japón en la guerra que culminaría con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki cuatro años después.
—¡La Casa Rosada como Pearl Harbor! —repetía Bassi, y eso despertaba risas y entusiasmos que expresaban una ideología, con raíces profundas, tanto en la oficialidad naval como en un sector amplio de la sociedad argentina.
La broma sobre el Pearl Harbor argentino dejó de serlo cuando supo de la idea el capitán de fragata Francisco Manrique, ferviente antiperonista. ¿Por qué no podía ser la Casa Rosada blanco de un ataque aeronaval bien coordinado si “el plan” había funcionado contra la gran potencia norteamericana en 1941? Como explicaba Fuchida en su artículo, los Estados Unidos habían tenido la fortuna de sacar al mar abierto sus portaviones poco antes. Más allá del hecho puntual, la operación había sido un éxito. Además, bromeaban, “la Casa Rosada no podía zarpar”. Bastaba con atrapar a su “nefasto almirante” adentro, para acabar así con “la segunda tiranía”.
—Todo volvería a su cauce: la Argentina pastoril e ilustrada. El granero del mundo. Una sociedad donde cada uno estaría en su lugar, sin los desbordes y las prepotencias de una chusma ensoberbecida. El respeto a la autoridad emanada del mérito profesional y el prestigio del apellido. El respeto a la Iglesia y a las instituciones. La recuperación de la dignidad y la libertad perdidas en diez años de dictadura. ¿Qué otra salida existe para terminar con un régimen autoritario que, mediante la demagogia y las prebendas con los sectores más humildes, sume a la República en la inmoralidad y el oprobio? —argumentaba con entusiasmo revolucionario el capitán Manrique, definiendo el ideario de los “zeros” criollos.
Al peronismo parecía imposible ganarle en las urnas, como había quedado demostrado en la última elección. Para hombres como Manrique, los valores de la democracia correspondían a ideas solo cualitativas, propias de los más elevados sectores de la sociedad, y no a los resultados cuantitativos de una compulsa. ¿Qué era la Marina sino la salvaguarda de esos valores?
—Perón, Pearl Harbor, sí, suena lindo —dijo el capitán de fragata Néstor Noriega cuando comentó la idea su camarada Antonio Rivolta. Noriega era piloto aeronaval, y pronto se transformó en el principal impulsor de un plan que necesitaba aviones para concretarse. Precisamente, era el subjefe de una de las principales escuadrillas de la Fuerza, asentada en la base de Punta Indio.
También había leído con interés el artículo del Boletín Naval y se imaginó a sí mismo encabezando su escuadrilla como lo había hecho Fuchida en diciembre de 1941. Había visto hacía muy poco De aquí a la eternidad, la película que narraba los hechos de Pearl Harbor, y más que escandalizarse como su esposa por los revuelcos de Montgomery Clift con Deborah Kerr en las playas de Hawái, se había emocionado con el coraje de esos pilotos nipones que se lanzaban sobre los acorazados yanquis, erizados de cañones.
—¡Qué experiencia maravillosa! Una escuadrilla disciplinada y decidida dirigiendo sus torpedos y bombas hacia esos blancos imponentes, cargados de troneras y forrados de acero. ¡Tora, Tora, Tora!
El plan se fue armando rápidamente en afiebrados encuentros entre los marinos.
Describían con detalle la operación de ataque: los aviones sobrevolarían la Casa de Gobierno para intimar la rendición del Presidente. De no ceder, pondrían en marcha la segunda etapa de ataque directo, con el apoyo de fuerzas navales de tierra.
Todos los complotados de 1953 eran oficiales jóvenes, convencidos de que los convocaba una misión trascendente. Algo que daría sentido a sus vidas de oficiales, condenados de lo contrario a un destino de entrenamientos rutinarios y obediencias burocráticas. Sin contar la humillación de verse compelidos a obedecer a un gobierno que representaba la antípoda de sus ideales basados en la pundonorosa educación democrática y liberal que habían recibido en sus hogares, la escuela y la Academia Naval.
Las bombas de sus máquinas voladoras habían empezado a armarse mucho antes, cuando desde su formación se inoculó la idea de una Argentina civilizada y en orden, imponiéndose a la “barbarie”.
A ninguno de estos oficiales se le ocurrió pensar cómo había terminado aquello que comenzó en Pearl Harbor.
Después de todo, y con la ayuda de dos bombas atómicas y la consecuencia de dos millones y medio de compatriotas muertos en la guerra, Fuchida había devenido en un disciplinado admirador de sus vencedores y en un ferviente cristiano.
La idea se fue debilitando por la falta de contacto del grupo inicial con los cuadros del alto mando de la Armada. Necesitaban llegar más arriba, para poder saltar desde las nubes sobre el corazón del peronismo. Como los japoneses en 1941, precisaban un Yamamoto argentino: un almirante con el ánimo decidido e impoluto, a semejanza de su uniforme blanco.
LA ADVERTENCIA
El 4 de junio de 1953, Perón llegó antes del mediodía a la vecina ciudad bonaerense de Avellaneda en un embanderado tren presidencial. Pegada a la Capital Federal y recostada sobre el Riachuelo que las separaba, era una de las barriadas suburbanas que más había aportado, con los trabajadores de las fábricas y talleres, a su ascenso político.
Se disponía a inaugurar una obra monumental: el viaducto Sarandí, que luego de seis años de trabajo, permitiría que el Ferrocarril Roca pasara por encima de la transitada Avenida Mitre.
En el breve viaje en tren desde la estación Constitución, lo había acompañado una nutrida comitiva de funcionarios, militares, legisladores y dirigentes sindicales. Su presencia había movilizado una muchedumbre entusiasta, que mostraba pancartas de distintos gremios y una única adhesión política expresada en su nombre. Vestía de civil y todavía llevaba el brazalete de luto por la muerte de su segunda esposa, poco menos de un año atrás.
El rostro de Evita aparecía ese día como siempre en los carteles de bienvenida desplegados para la ocasión. Seguía a su lado con la fuerza de una devoción que no cesaba de crecer. Una enorme pancarta proclamaba con letras azules y blancas “Perón cumple”, la consigna que antes solía ir junto a la frase “Evita dignifica”, y que había sido pergeñada por el imaginativo y leal secretario de Prensa y Difusión de Perón, Raúl Alejandro Apold.
El arzobispo de la arquidiócesis de la Ciudad Eva Perón bendijo la obra con palabras tan rutinarias como su modo mezquino de salpicar sobre el cemento del viaducto el agua bendita. Perón se preguntó si ese hombre con sotana no sería un “contrera”, como solían llamar los peronistas a los opositores, cada vez más activos y atrevidos en su accionar. Muchos sacerdotes empezaban a serlo, poniendo fin de modo paulatino a un romance entre el poder político y el religioso, que con mutuas concesiones había comenzado tempranamente, diez años antes, cuando el nombre de Perón todavía era solo un murmullo que sonaba en los cuarteles. Los celos por la creciente veneración popular de Eva, además de complejos entretejidos sociales y políticos, iban distanciando a los aliados del ’46, cuando la curia predicaba en los púlpitos y en sus colegios el respaldo al candidato más confiable, el coronel Perón, frente a la Unión Democrática, que incluía, entre otros, a masones, socialistas y comunistas.
Ángel “Tití” Cossa, periodista y spiker de Radio El Mundo, había logrado ubicarse a algunos metros del palco cuando sintió un tumulto a sus espaldas. Un hombre de uniforme intentaba acercarse al estrado y, al hacerlo, se abría paso entre una multitud abigarrada y celosa de cada metro cuadrado cercano al general.
—¡Pará, che!, ¡¿qué hacés?!
Ángel interpuso su cuerpo menudo ante el impetuoso uniformado, que pugnaba por abrirse paso. El hombre pareció ignorarlo y, con un empujón, lo apartó como quien corre una cortina. Ángel estaba acostumbrado a los actos y a sus desbordes, pero el personaje llamó su atención: era un morocho fornido de edad indescifrable. Por el uniforme parecía suboficial de marina, aunque no supo distinguir si era un cabo o un sargento. Sudaba a raudales a pesar del frío de la mañana y miraba hacia Perón como si allí estuviera la meta de su embestida.
La gente que le abría paso a disgusto lo insultaba, pero el hombre no reaccionaba.
Perón invitó al gobernador de la provincia de Buenos Aires, el mayor Carlos Vicente Aloé, y al intendente de Avellaneda, José García, a descubrir la placa conmemorativa que rezaba:
Viaducto Presidente Perón. Obra de peronistas, fue realizado por el gobierno del Excelentísimo Señor Presidente de la Nación Argentina, General Juan Perón, el 4 de junio de 1953.
Al joven abogado Rodolfo Wacker, conocido como “el duelista”, no se le escapó el gesto de desagrado del arzobispo. Conocedor de las mañas de los “contreras”, descontó que las tres menciones al nombre presidencial en la placa irritaban tanto al cura como el hecho de que su ciudad arzobispal, rebautizada Eva Perón, había perdido su denominación original: La Plata.
Wacker no se equivocaba, el arzobispo murmuró al ceremonial algunas excusas, con el fin de anticipar su salida de la inauguración: —Tengo compromisos en La Plata —dijo y se fue, sin mayores comentarios. Bastante había sido para él tolerar la interpretación colectiva de la marcha peronista.
Todos querían saludar al Presidente, quien luego de cortar la cinta inaugural, empezó a caminar hacia la locomotora Ganz, adornada con el escudo justicialista, que lo aguardaba para su regreso. Fue entonces cuando el cabo Ernesto Asencio comenzó con sus gritos.
—¡General! ¡General!
La voz del suboficial de marina apenas se impuso por sobre el bullicio de la multitud. Perón miró en su dirección.
—¡General! ¡Su ministro de Marina es un traidor! —gritó Asencio con todo el aire que le permitía su condición de trompetista de banda militar.
—¡El almirante Olivieri está conspirando!
Dos hombres de la custodia se interponían, impidiéndole acercarse al Presidente.
De repente, comenzaron a sonar los primeros acordes de la Marcha de San Lorenzo, ahogando las advertencias del cabo Asencio.
Perón murmuró algo a Aloé y siguió caminando.
“El duelista” Wacker, interesado por lo sucedido, se acercó al marino, que seguía gritando:
—¡El almirante Olivieri es un conspirador! ¡La Patria está en peligro!
“El duelista” optó por volver con la comitiva oficial, y se alejó tras el Presidente.
Ángel Cossa intentó aproximarse para oír mejor al marino. Le costaba llegar a su lado.
—¡La Patria está en peligro! —insistía.
Al final, solo Ángel y otros pocos que estaban muy cerca escucharon la última advertencia que lanzó el cabo, mientras los custodios y unos policías se lo llevaban en vilo:
—¡Usted está en peligro, mi General!
LA OBSESIÓN
La idea del aviador naval Jorge Alfredo Bassi de transformar la Casa Rosada en Pearl Harbor fue el punto de partida de una nueva conspiración, cuya finalidad era, en el imaginario de hombres como Raúl Lamuraglia, una sola: matar a Perón.
Bassi se había reunido con el capitán Francisco Manrique para tejer de a poco el primer entramado de una serie de nombres que conformarían el grupo inicial del complot.
Manrique había hablado claramente en una reunión de los más consecuentes confabulados: “Si el año que viene no echamos a Perón, pasamos a la categoría de cabrones”.
A diferencia de los marinos, el multimillonario Raúl Lamuraglia no era militar sino industrial textil. Un hombre de negocios sin los antecedentes patricios de muchos antiperonistas. Su temperamental iniciativa para la actividad empresarial lo había llevado a expandir su riqueza al punto de alcanzar la dirigencia de la Unión Industrial Argentina (UIA). Allí sentó las bases de su persistente antiperonismo: financió la campaña de la Unión Democrática, que enfrentó en las elecciones de 1946 al coronel Perón. Sus suculentos cheques del National City Bank of New York habían tenido como destino sostener el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical y a sus candidatos José P. Tamborini y Enrique Mosca. Uno de esos abultados cheques, depositado en la cuenta del Partido Radical en el Banco Francés, tomó estado público cuando empleados de la entidad simpatizantes de Perón lo fotografiaron y difundieron, dejando a la luz las simpatías de la UIA. Más que ayudar a sus destinatarios, el cheque en cuestión constituyó un invalorable aporte a favor de Perón y de sus argumentos de ser él quien ofrecía una opción distinta de las fuerzas económicas que habían hecho de la Argentina un dominio más del Imperio británico. Salpicado por el escándalo, Lamuraglia fue desde entonces un hombre invariable en su antagonismo hacia Perón, por lo que, además de lograr que dos millones de pesos de la UIA fueran a manos de los radicales, dedicaría los años restantes a aportar sacrificio económico y hasta riesgo personal para terminar con la “lacra” del gobierno de Perón.
La segunda frustración la sufrió el industrial textil al ver que el diario Clarín, al que había ayudado a financiar en 1945 junto con otros dirigentes conservadores, viraba hacia un pragmático respaldo al peronismo. Clarín había apoyado vehementemente a la Unión Democrática en la campaña electoral contra Perón, en consonancia con los principales financistas del diario: además de Lamuraglia, el exgobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Fresco, los hermanos molineros José y Mariano Morixe y el empresario Miguel Machinandiarena, dueño de los estudios de cine San Miguel, que había producido la película La pródiga, protagonizada por Eva Duarte, esperando con eso congraciarse con el ascendente coronel Perón.
Dirigente del Partido Demócrata Nacional, Fresco era también dueño del diario filonazi Cabildo, cuyas reservas de papel contribuyeron a sostener los primeros pasos de Clarín.
El mismo día en que se dio a conocer la victoria peronista, su fundador, Roberto Noble, viró el rumbo editorial.
Desengañado por los frustrados financiamientos electorales y periodísticos, Lamuraglia había encauzado sus esfuerzos hacia otros rumbos. En 1951, había aportado recursos y militancia para apoyar la asonada fallida del general Menéndez, lo que lo llevó a prisión durante un tiempo. Lamuraglia había salido en libertad muy pronto y marchado al Uruguay, donde encontró el clima propicio para descargar su furiosa iniciativa antiperonista.
La recurrente idea de matar a Perón se juntó varias veces con fantasías aeroespaciales.
En 1953, un piloto de la Fuerza Aérea que tripulaba los nuevos aviones a reacción ingleses Gloster Meteor había ofrecido al capitán Francisco Manrique un atrevido plan. Consistía en ametrallar el avión en el que viajaría Perón. El intento falló dada la recurrente desconfianza del Presidente por ese medio de transporte.
En 1954, un grupo de oficiales de la Fuerza Aérea planificó una emboscada: aprovechar una visita oficial a la Séptima Brigada Aérea de Morón, detener a Perón y fusilarlo, dando lugar así a una rebelión cuyas consecuencias fabulaban una liberación del pueblo argentino de “la opresora bota del tirano”. Alertado o no, Perón faltó a la cita, y los complotados, una minoría de pilotos de la fuerza creada por el mismo Perón, deberían esperar entonces otra oportunidad para intentar el magnicidio.
En su exilio uruguayo, el tenaz Lamuraglia tramó otro ardid más expeditivo que financiar votos e invertir en diarios. Paradójicamente, al igual que su fervor antiperonista, su fortuna se había expandido en una década de crecimiento económico. Esto le permitió comprar un avión de combate en los Estados Unidos: un cazabombardero liviano Douglas Dauntless, que a precio de liquidación de posguerra llegó a Montevideo para llevar adelante la temeraria misión.
Tripulado por un aviador naval, el capitán Baroja, el cazabombardero volaría hasta la Plaza de Mayo, en pleno acto de masas, para ametrallar nada menos que el balcón desde el cual, en palabras de Lamuraglia volcadas al efecto en el borrador de una proclama, “el odiado dictador despliega sus artes demagógicas ante su embrutecido pueblo”.
Después de todo, con lo malgastado en las campañas de la Unión Democrática y del radicalismo, en 1946 y 1951, Lamuraglia bien hubiera podido equipar una flotilla completa de aviones de combate.
Sin embargo, el plan quedó sin despegar por las limitaciones en el armado del aparato con los recursos destructivos necesarios para la operación, en un país que, si bien hospitalario con los exiliados antiperonistas, no se prestaba a ser la base de una aventura semejante.
Al igual que muchos opositores a Perón, Lamuraglia se reunía a menudo con referentes del Partido Colorado gobernante en el Uruguay.
El industrial se encontró secretamente, en 1954, con el presidente Batlle Berres en su residencia. Para sorpresa del argentino, el oriental lo alentó a conspirar contra Perón.
—Mire, Lamuraglia, quiero a la Argentina como si fuera mi propio país. Allí viví muchos años, allí nació mi hija Matilde, y conozco sus virtudes y sus debilidades como nadie en el Uruguay. Perón es un tránsfuga que nos embroma a los uruguayos tanto o más que a los argentinos. Cada vez que queremos colocar nuestras vacas, él va y ofrece la carne argentina unos pesos por debajo.
Mientras lo escuchaba, Lamuraglia se quedó observando una foto en la que Batlle Berres aparecía abrazando a Perón bajo la aprobadora mirada de Evita.
El uruguayo se dio cuenta y aclaró:
—Esas son cosas de la diplomacia, mi amigo. Mire esa otra —señaló otra imagen en la que sonreía junto a un hombre muy elegante—. ¿Lo conoce?
—Sí, es Gainza Paz.
—Exacto, Alberto Gainza Paz. Un amigazo. Y una víctima más de la ausencia de libertad en su país. A él le birlaron el diario, con mañas de sinvergüenzas, Perón y sus sindicatos. Ese diario, en el que colaboré como periodista, fue una voz señera de la libertad de expresión en la Argentina. El pobre Alberto se tuvo que escapar en un bote a Carmelo y casi se ahoga por culpa de ese malnacido —explicó el presidente del Uruguay refiriéndose al dueño de La Prensa, expropiado por el gobierno peronista después de un largo conflicto gremial que impedía su salida. Perón lo había asignado a la Confederación General del Trabajo. El periódico que había sido, junto con La Nación, referente de la prensa más conservadora de la Argentina había devenido para entonces en la voz oficialista de los trabajadores.
La reunión con Batlle Berres alentó aún más a Lamuraglia en su férrea voluntad magnicida, pero también lo animó en el deseo de ganar la admiración y el respeto que sus consocios del Yacht Club y del Jockey Club le mezquinaban por ser un advenedizo, un nuevo rico “sin apellido”.
Cuando el empresario escuchó lo del Pearl Harbor porteño, exclamó: “¡École cuá! ¡Es como mi idea del kamikaze sobre el balcón de la Rosada, pero con mucha más envergadura!”.
Instalado de nuevo en Buenos Aires, ofreció su suntuosa quinta de Bella Vista como guarida para la conspiración. A Francisco Manrique y sus cómplices les dio el amparo de su casa solariega, y el capitán le correspondió con un lugar preferencial en la rama civil y política de la confabulación. No solo se trataba de derrocar y matar a Perón, sino de formar un gobierno de “recuperación nacional”, y a Lamuraglia le sobraban en sus negocios y clubes los amigos antiperonistas que tantas veces había socorrido con su generosa billetera.
—Raúl, usted tiene que proponernos un gobierno como la gente, puede ser una terna, con hombres respetables y decididos —le había pedido el capitán Manrique.
En noviembre de 1954, se reunieron en la quinta de Bella Vista del empresario quienes conformaban el núcleo duro del complot: Bassi, Lamuraglia y Manrique.
Se sumaron a la cita nuevos nombres, como el aviador naval capitán de fragata Néstor Noriega, el también piloto, capitán de navío Carlos Bruzzone, el comandante de tropas de la Fuerza Aérea Agustín de la Vega, el excapitán del Ejército Walter Viader, experto en comunicaciones. También, un comandante de la Fuerza Aérea de nombre Dardo Eugenio Ferreyra, y el capitán Julio César Cáceres. Como representante de la civilidad, participaba el doctor Miguel Ángel Zavala Ortiz, reputado dirigente radical, que descreído también de los resultados electorales adversos para su partido, estaba dispuesto a incorporar su esfuerzo a la alternativa insurreccional.
Lamuraglia estaba exultante. No hacía mucho había regresado a la Argentina en el barco de unos contrabandistas de telas, que lo habían trasladado desde la ciudad uruguaya de Carmelo hasta el Tigre. No era la primera vez que entraba o salía con esos métodos, atravesando el laberinto de ríos y canales que ofrecía el Delta del Paraná. En la reunión se encontraba también su fiel secretario Claudio Mejía, exoficial de marina dado de baja en el intento de golpe del general Menéndez, en 1951. Como Lamuraglia era más un hombre de negocios que un político, lo había asistido en la empresa de diseñar el futuro gobierno provisional un primo de su secretario, el estudiante de derecho civil y activo militante Jaime Mejía.
Jaime no había llegado a recibirse de abogado, pero su limitación había sido compensada por dos de sus camaradas de lucha antiperonista: el nacionalista católico Mario Amadeo y el abogado Luis María de Pablo Pardo, respetado en los claustros por sus saberes de constitucionalista.
Lamuraglia rompió el fuego con una solemne alocución sobre los fundamentos morales que los reunían y, sin más trámite, expuso su propuesta de futuro gobierno:
—Hemos pensado un gobierno provisional que ordene el país y que represente lo mejor de los partidos democráticos de la Argentina. Se trata de formar un triunvirato, señores, con hombres de esos grandes partidos que sostienen los valores de la libertad y comprometidos desde siempre en su lucha contra la tiranía.
De inmediato pasó a los nombres:
—El doctor Zavala Ortiz, sin duda, merece ser parte de ese triunvirato por su compromiso y sus valores cívicos —dijo mirando al nombrado, que inclinó la cabeza en gesto de humilde reconocimiento—. Había pensado en Benegas Lynch, pero alegó problemas personales y sugirió al gobernador Adolfo Vicchi. Creo que con buen criterio. Propongo entonces al doctor Vicchi, que como miembro del Partido Demócrata, completa lo más graneado del arco opositor. Aporta, además, su experiencia como exgobernador de Mendoza —agregó.
Adolfo Vicchi era la representación plena de lo que se conocía en Mendoza como un “ganso” o “cotudo”, nombres populares con los que se identificaba a la elite cuyana, una región en la que el bocio (agrandamiento de la papada o coto), producido por la falta de yodo, era en tiempos no tan lejanos una señal endémica de pertenencia al patriciado.
Todos aprobaron el segundo nombre mientras esperaban el tercero.
—Por último, mi propuesta es completar la junta provisional con el profesor Américo Ghioldi.
—¿Un socialista? No me parece —cuestionó sin más el aviador naval Bruzzone.
Enseguida, varios de los presentes terciaron a favor del nombre de quien había sido uno de los presos más notorios del peronismo.
—No se puede dudar de la honorable trayectoria de Ghioldi. Por otro lado, los socialistas respaldaron desde un primer momento, en la Unión Democrática, la lucha contra Perón y sus secuaces —argumentó Zavala Ortiz.
—Los socialistas como Palacios son ateos, y esto lo estamos encarando en defensa de los valores cristianos —insistió Bruzzone.
—Sabemos que muchos socialistas lo son, pero respetan los principios de la libertad. Yo mismo suelo leer La Vanguardia con frecuencia y encuentro en ella los mejores argumentos en contra de la demagogia y el populismo. Además, Ghioldi no es Palacios. Ahí sí tendría mis reservas.
Las palabras del capitán Manrique terminaron con las dudas de su camarada Bruzzone.
El conjunto dio por aprobada la fórmula.
De ese modo, los tres candidatos mencionados por Lamuraglia conseguían el consenso “democrático” con una docena de votos para reemplazar un gobierno que había sido elegido por cuatro millones setecientos mil argentinos de ambos sexos. Las mujeres habían votado por primera vez en una elección presidencial. Evita lo había hecho convaleciente, desde una cama del hospital Juan Domingo Perón, en la localidad de Sarandí, en Avellaneda.
Esa noche no se discutió un programa de gobierno que se daba por entendido en su propuesta central: devolver el “aluvión zoológico” convocado por el peronismo a los sótanos de la historia.
El elegido Zavala Ortiz aportó algo de sensatez al preguntar:
—¿Y los militares? Quiero decir, el Ejército. No se puede llevar a buen término una empresa como esta sin el aporte de oficiales de alto grado.
—Desde ya. Pensamos que la fórmula debe ser complementada con un triunvirato militar, una junta de las tres armas, para llevar adelante las metas militares, antes, durante y después del proceso que estamos proponiendo —explicó Lamuraglia—. Las fuerzas vivas, ya sabemos, están a favor de algo como esto. También los diarios de la democracia —dijo mirando al capitán Noriega, aludiendo a sus lazos familiares con uno de los periódicos “serios” para la oposición.
—La idea es contactar a un jefe militar de alto rango que encabece la revolución —aclaró el capitán Manrique.
—Mientras no nos salga otro Perón —no pudo evitar comentar Zavala Ortiz.
—Lo ideal sería un general del Ejército, que es la fuerza con mayor poder. No se puede prescindir de ella. Sabemos que es la que más responde al gobierno, pero hay oficiales que están hartos de la dictadura. Es imprescindible contactarlos y sumarlos a nuestra causa —explicó el capitán Bassi.
—Pensamos en algunos nombres, como los generales Aramburu o Giovannoni, cuyo prestigio los habilita para liderar la fuerza —comentó Lamuraglia, conocedor como pocos de cualquier probable conspirador contra Perón.
—Esos generales no mandan regimientos, y lo que se necesita es poder de fuego y tropa —cuestionó el comandante de la Fuerza Aérea De la Vega.
—A mí lo que me parece bueno del plan es que, como lo explicó Bassi, no requiere muchos regimientos, sino un golpe de efecto. Una concusión que pegue rápido y fuerte en el corazón del poder. El peronismo es un castillo de naipes. De lo que se trata es de soplarle fuerte a la baraja que lo sostiene —intervino el aviador naval Noriega, mientras en su cabeza resonaban las voces del ataque a Pearl Harbor: ¡Tora, Tora, Tora!
Pocos de los presentes conocían los antecedentes juveniles de juego a la quiniela del exguardiamarina Noriega, práctica prohibida dentro de la Armada que lo había llevado al borde de su baja en la fuerza. Las influencias de su padre, respetado editor y periodista, lo habían rescatado del “despiste”.
—Una concusión… —repitió Noriega.
A Zavala Ortiz le pareció una rareza el término, que correspondía por definición jurídica al delito de exacción ilegal, conocido vulgarmente como coima.
—Este tipo sabrá de aviones, pero lo que es de derecho… Habrá querido decir “conmoción” —murmuró por lo bajo a Lamuraglia, que pareció no escucharlo, entusiasmado como estaba por el clima de la reunión.
Sin embargo, Noriega usaba el término en su significado médico, que definía un traumatismo craneoencefálico, capaz de producir un desmayo en la víctima.
Ese era su mayor deseo: desmayar al gobierno peronista, rompiéndole, en pocas palabras, la cabeza. Conocía el término por su uso en la actividad aérea, que incluía frecuentes casos de pilotos con traumatismos semejantes. La aceleración y desaceleración en los aviones conmocionaba los cráneos al punto de ser “la concusión” un tema común en la capacitación de los aviadores, que, para esos años, comenzaban a reemplazar las viejas gorras de cuero por los modernos cascos de metal usados en los aviones a reacción.
—Esta reunión es solo el comienzo, señores —explicó Bassi—. En una primera etapa se trata de sumar la mayor cantidad de oficiales de alto rango de las tres fuerzas.
—Insisto en que debería haber una conducción militar con el prestigio y el mando necesarios —acotó De la Vega.
—Contaremos con ella, comandante, tenga la plena seguridad —concluyó Manrique y se levantó como dando por terminado el encuentro.
Los presentes abandonaron la quinta en grupos reducidos para evitar sospechas en los alrededores.
Bassi y Noriega fueron de los últimos en irse. Se quedaron un rato más a propuesta del anfitrión. Lamuraglia los convidó con un whisky, tan de contrabando como su propia persona, recién llegados ambos de Carmelo.
—¿Ustedes saben dónde vivo? —les preguntó.
Los dos aviadores navales se miraron sorprendidos.
—Me refiero a en Buenos Aires. Vivo en Recoleta, en la calle Gelly y Obes. Muy cerca de la residencia de ese crápula —les explicó sin que entendieran los marinos el sentido del comentario.
—La zona está muy vigilada —dijo Bassi.
—Si lo sabré. Ni puedo aparecer por ahí. Pero hay otra cosa que también sé. Perón tiene en la cuadra un departamento privado. Y a veces lo usa, ¿me entienden? Desde la muerte
