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PRÓLOGO
En uno de los tantos barcos que arribaron a las costas argentinas a fines del siglo XIX, llegó Abraham ben Gershon Gerchunoff a Buenos Aires. Tenía siete años y era el menor en una familia que procedía de la Zona de Residencia del Imperio ruso y que hablaba ídish. En algún momento, quizá en el Hotel de Inmigrantes mismo, le cambiaron el nombre por Alberto Gerchunoff. Poco tiempo después, ya en el campo argentino, eligió el castellano como idioma propio. De ahí en adelante —nuevo nombre, nueva lengua—, su vida se puede narrar sobre la base de logros: sobresalir en el colegio más prestigioso del país, publicar en el diario más moderno de América Latina antes de los dieciocho años, dirigir un diario antes de los veinte, escribir un best seller antes de los treinta, redactar cientos de artículos y decenas de libros, ser nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras, fundar el diario El Mundo y liderar la campaña latinoamericana de apoyo a la creación del Estado de Israel. También se puede narrar desde sus amigos y corresponsales, muchos de los cuales tuvieron más reconocimiento público que él: Jean Jaurès, Marcel Proust, Jorge Luis Borges, Ramón del Valle Inclán, Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Roberto J. Payró, Manuel Manucho Mujica Lainez, Waldo Frank, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Stefan Zweig, Alfonsina Storni, Lisandro de la Torre, Pedro Henríquez Ureña, Arturo Alessandri, Rómulo Gallegos, Pablo Neruda, Marta Brunet. Los documentos sucesorios conservados en el Archivo Judicial situado en la Avenida de los Inmigrantes en la ciudad de Buenos Aires, muy cerca de donde desembarcó como niño ruso, dan cuenta del recorrido que fue su vida: no legó propiedades, pero sí muchísima obra, un inconmensurable aporte a la cultura repartido en libros, revistas y diarios, y en la batalla cotidiana por usar la palabra para mantener un sentido ético de la vida y apoyar las causas justas.
En una sociedad como la de Buenos Aires, siempre atenta a la cultura francesa, Gerchunoff se declaró muy temprano apasionado lector de la literatura española. El Quijote fue su guía, su libro de cabecera, su espacio de sosiego. Quijotescamente se enroló en todas las luchas que consideró honradas: la independencia de Cuba, la Revolución rusa, la República Española, la independencia de la India, la creación del Estado de Israel. Criticó con encono el imperialismo norteamericano, la violencia contra los cristeros en México, la segregación en Estados Unidos, la neutralidad argentina en las dos guerras mundiales, el fascismo y el nazismo. Cabal ciudadano del mundo, ninguna lucha política para lograr justicia le resultaba ajena. Hijo del mundo judío de Europa Oriental, se desgarró presenciando desde lejos su destrucción y dedicó los últimos años de su vida a la creación de un hogar para alojar a los sobrevivientes de la catástrofe.
Es imposible recorrer los diarios y las revistas de la primera mitad del siglo XX sin toparse con su nombre. Gerchunoff se multiplicaba: viajaba por todo el continente dando conferencias o reportando lo que veía para los lectores de La Nación, cocinaba, leía, traducía, iba al teatro, al cine. Según Baldomero Sanín Cano, era un hombre que hablaba para unos pocos en Buenos Aires mientras lo escuchaba, complacido, el continente.1
Por su parte, Borges afirmaba que Gerchunoff siempre encontraba la palabra justa y que hablaba con la misma precisión con la que escribía.2
Como muchos de los niños judíos nacidos en el Imperio ruso hacia fines del siglo XIX, Gerchunoff hizo de América su casa. Antes de la adolescencia, se sacudió el pasado europeo y se metió de lleno en la vida argentina. Murió una tarde de marzo de 1950 en la ciudad de Buenos Aires, a pasos del diario La Nación, donde había trabajado durante más de cuarenta años y donde aún hoy se lo recuerda como uno de los reporteros más emblemáticos.
Como una figura internacional, surgió de un contexto despojado y pobrísimo, inimaginable para muchos de sus compañeros de redacción y lectores. Nacido a miles de kilómetros del país donde creció, su infancia estuvo marcada por los vaivenes y las privaciones de la migración y por el asesinato de su padre a pocos meses de desembarcar en Buenos Aires. A los trece años, cuando llegó a la capital desde las colonias agrícolas judías de la provincia de Entre Ríos, Gerchunoff ya parecía haberse creado una vida propia y diferente.
La de Gerchunoff es una historia netamente argentina. Hay pocas sociedades en el mundo donde se podría concebir semejante aceleramiento del ascenso social no como excepción, sino como norma.
