Prefacio
Este libro comienza años antes de haber sido escrito. Mi curiosidad intelectual se inicia con la lectura de un artículo en una revista local ya desaparecida que sintetiza partes de una obra publicada en inglés en 1944 por un autor argentino escasamente conocido o estudiado en el país, Félix J. Weil.1 Tan poco conocido, que aquel que lo divulga lo considera «[…] el mejor especialista norteamericano en cuestiones argentinas».2
Pasaron los años. Con el retorno de la democracia, estando a cargo de una cátedra de historia económica en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, sentí la necesidad de publicar un libro que sirviera de guía a los alumnos, porque en los nefastos años de la dictadura militar se había producido un hueco en la literatura existente y muchas obras de valor estaban olvidadas o superadas por el tiempo. Realicé entonces una recopilación de trabajos propios y de otros especialistas en el tema, incluyendo también algunos ensayos de épocas pasadas, prácticamente olvidados. Entre ellos, dos capítulos enteros del libro de Weil, donde el autor aparece con toda su fuerza hablándonos de los obstáculos que imponía la tierra del estanciero y de la necesidad imperiosa de acelerar el proceso de industrialización.3
No era todo. Poco a poco fui enterándome de su vida y de sus otros trabajos, y más tarde de la vida de su padre, Hermann. Entonces surgieron dos historias enlazadas entre Alemania y la Argentina y pensé en escribir un libro sobre Félix que incluyera a ambos Weil.
En cuanto al resultado final de esta obra, debo agradecer a quienes colaboraron de una u otra manera en ella facilitando su elaboración. Mi primera biografía y el retrato de una época.
A Ricardo Lazzari, cuya asistencia fue muy valiosa, sobre todo en la búsqueda de documentación y bibliografía, y en la confección de informes y cuadros estadísticos.
A Hans-Michael Trautwein, profesor de la Universidad de Oldemburg, en Alemania, con el que compartimos un panel en un congreso de ESHET (asociación que reúne a economistas del pensamiento económico europeos y latinoamericanos), organizado en Buenos Aires. El profesor Trautwein fue esencial en la búsqueda desinteresada de información en su país permitiéndome acceder a documentación original que enriqueció notablemente la que ya poseía.
A Jorge Schvarzer, otro gran impulsor de la figura de Weil, que realizó libros indispensables sobre la industrialización argentina. Con él colaboramos en el Grupo Fénix y fuimos colegas y vecinos próximos en el ámbito de la Facultad de Ciencias Económicas.
A Alfredo José Schwarcz, que tradujo la mayor parte de la documentación y de la bibliografía escrita en el idioma de Goethe, además de ser uno de aquellos que comprenden mejor la problemática de los judíos alemanes o de lengua alemana en la Argentina.4
A Andrés Musacchio, con quien realizamos trabajos conjuntos sobre el complejo mundo germánico que nos permitieron conocerlo mucho más a fondo.
A Cristian Buchrucker, un estudioso del nazismo, los fascismos europeos, las distintas variantes del nacionalismo vernáculo y el peronismo, que personalmente y a través de sus obras me ayudó a diferenciar esos fenómenos políticos.
Al historiador británico Roger Gravil, que me brindó su amistad y su perspicaz conocimiento del negocio de las grandes compañías de granos en la Argentina.
A Carlos Abraham Weil, cuyo padre era primo de Félix y es a la vez sobrino de otro personaje del mundo de los cereales, Alfredo Hirsch. Sus recuerdos de la historia de la empresa en la que trabajó su padre, sus referencias al mundo familiar de los Weil y de los Hirsch y al desarrollo agrario argentino fueron importantes, así como los documentos, fotos y hasta filmes, que me entregó generosamente. A su vez, Sofía I. Weil de Speroni, que todavía trabaja en oficinas del legendario Edificio Safico, brindó datos útiles, como lo hicieron en sendas entrevistas Roberto Alemann y Alfredo Bauer.
Merece una consideración especial Eduardo Grüner, que leyó el manuscrito y cuyo extenso conocimiento de la filosofía de algunos de los principales referentes de la Escuela de Frankfurt fue esclarecedor. También Hans Appenzeller, el erudito de Steinsfurt y de la familia Weil en Alemania, por sus trabajos sobre Hermann, el padre de Félix.
No podemos dejar de señalar, por último, a los que hicieron posible esta obra desde el punto de vista editorial. A Romina De León, que contribuyó en diversos aspectos técnicos; a Diego Mileo, por su apoyo; y a Roberto Montes, mi editor, que se entusiasmó con el tema y nos alentó a continuar el trabajo, hoy devenido en libro, sobre la base de un escueto guión.
De todos modos, lo que van a leer es de mi absoluta responsabilidad y, en especial, un resultado de mi obsesión por sus personajes.
1 Félix J. Weil, «La Argentina en vísperas del peronismo», Fichas de la Investigación Social, vol. 2, n.º 7, octubre de 1965, pp. 48-60, dirigida por Milcíades Peña. El artículo contenía partes seleccionadas como si fuera un todo (sin aclararlo) del libro de Weil, Argentine Riddle.
2 Milcíades Peña, Historia del pueblo argentino, Emecé, Buenos Aires, 2012, p. 468. Es cierto que en 1945 Weil se naturalizó estadounidense, pero eso importaba sólo a los efectos de su radicación en ese país; era un intelectual argentino educado en Alemania.
3 Mario Rapoport (comp.), Economía e historia. Contribuciones a la historia económica argentina, Tesis-Norma, Buenos Aires, 1988. Posteriormente publiqué en diversas revistas y periódicos una serie de artículos sobre Weil: «Crecimiento espontáneo o crecimiento dirigido: el mirador de los años 40», Hoy, diario de La Plata, 7 de febrero de 2005; «La tierra del estanciero», Página/12, 13 de julio de 2008; «El enigma argentino», Página/12, 21 de noviembre de 2010; «Félix Weil y la Escuela de Frankfurt», BAE, 24 de noviembre de 2011; «Un economista olvidado y las enseñanzas de la experiencia de los años 30 y 40», BAE, 13 de abril de 2012; «Malvinas dos opiniones no muy conocidas», BAE, 4 de septiembre de 2012. También presenté en congresos o jornadas los siguientes trabajos: «El economista y su época. Una aventura intelectual en el siglo XX» (The Economist and his Times, An Intelectual Adventure in Twentieth Century), Jornadas ESHET, Buenos Aires, 3 de noviembre de 2012; «El enigma Weil: los avatares de un pensador marginado», Jornadas ESHET, Buenos Aires, 3 de noviembre de 2012 (en colaboración con Ricardo Lazzari); «Félix J. Weil: de comerciante de granos a intelectual de izquierda en Argentina y Alemania», XV Jornadas de Historia de las Relaciones Internacionales de la Argentina.
4 Alfredo José Schwarcz, Y a pesar de todo… Los judíos de habla alemana en la Argentina, GEL, Buenos Aires, 1991. Algunos textos fueron traducidos por la licenciada Linda Rebmann.
Introducción
UN INTELECTUAL DE SU ÉPOCA1
En la Argentina existen aún algunos velos que debemos levantar si pretendemos entender mejor nuestra propia historia, como aquel que cubre la figura casi olvidada hasta hace pocos años de Félix José Weil, un intelectual y mecenas argentino, hijo de un rico comerciante de granos judío-alemán que hizo su fortuna en el país. Weil es conocido sobre todo por haber financiado en Alemania, antes de la llegada del nazismo, un instituto de estudios sociales, económicos y filosóficos que dio origen a la famosa Escuela de Frankfurt, integrada por prestigiosos pensadores europeos de izquierda, cuya influencia trascendió en los movimientos estudiantiles de 1968 y fue objeto de numerosos estudios a los que remitimos al lector.2 En este libro el relato se centra en torno a la persona de Weil, sus labores institucionales, sus compromisos políticos y sus contribuciones intelectuales.
Comprende también la historia de su padre, Hermann, y de la compañía de exportación de granos que constituyó la génesis de su fabulosa fortuna, así como la incidencia y forma de actuar de ese tipo de empresas en el boom agroexportador de fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Hermann, de orígenes humildes, fue un personaje igualmente notable tanto por sus emprendimientos empresariales en la Argentina, donde especulación e ingenio jugaron a la par, como por su vinculación con el imperio alemán durante la guerra o su posterior apoyo a las iniciativas contestatarias de su hijo.
Un elemento común de las publicaciones sobre la Escuela de Frankfurt es que, por lo general, toman a Félix sólo como su mecenas, no como una figura destacada intelectualmente entre sus miembros. Habría que preguntarse, como veremos a lo largo del libro, si esa aserción es cierta. «Félix Weil, hijo de un millonario, funda un instituto de marxismo con la esperanza de poderlo entregar algún día a un victorioso Estado alemán de consejos obreros.» Con esa frase, que encabeza el primer capítulo de su gran obra sobre la Escuela de Frankfurt, Rolf Wiggershaus da por definido y casi terminado el rol de Weil en ella. Por suerte no fue así, de lo contrario este libro y la investigación apasionante que lo precedió no tendrían sentido. Lo más extraño, quizá porque sus trabajos escritos se centraron sobre todo en la Argentina, es que aquí tampoco resultó debidamente valorado.
En su caso, sus vivencias personales y su toma de conciencia sobre los cambios políticos, económicos e ideológicos que se produjeron en el mundo con la Primera Guerra Mundial y las revoluciones rusa y alemana, tendrán sobre él una influencia decisiva que lo llevaría a romper con su medio y a destinar su fortuna a actividades académicas y militantes donde se sostenían principios contrarios a sus propios intereses personales.
Su vida, que parece extraída de una novela, incluye su niñez en Buenos Aires; una educación secundaria y universitaria en Alemania; su participación a favor de su país de adopción en la Primera Guerra Mundial; su adhesión al marxismo; su intervención después de la guerra en actividades revolucionarias en Europa y América del Sur; la creación del Instituto de Investigación Social de Frankfurt; sus vínculos con la Rusia soviética; el retorno a su país de origen en 1920, que dio por resultado un trabajo sobre la clase obrera argentina; su colaboración en la Argentina de los años treinta con el equipo económico de un gobierno conservador y fraudulento, representante de la vieja oligarquía que él condenaba, pero entre quienes tenía algunos amigos; y la publicación, en 1944, en Estados Unidos, donde se radicó hasta su muerte, de un notable y controvertido libro, Argentine Riddle.3
En ese texto realiza un precursor y polémico análisis histórico y de la coyuntura argentina de entonces, en el cual se interroga acerca de lo que podría ocurrir en el país luego de la experiencia de la crisis mundial y de la guerra.
Argentine Riddle muestra sus cualidades de economista e historiador, y pertenece a lo mejor de lo escrito sobre el país para su época, aunque sostenga una discutible propuesta de crear un vínculo especial con Estados Unidos, existan en él errores en la interpretación de algunos hechos clave y hoy, a la luz de la bibliografía aparecida posteriormente, podamos hacer un balance más crítico de su contenido. Su análisis descarnado sobre la cuestión agraria y la industrialización, así como su enfoque interdisciplinario, todavía tienen valor y constituyen uno de sus mayores méritos.
A ese libro se agregan artículos y reseñas sobre problemas de la industrialización en América Latina y sobre la economía y la política de la primera presidencia de Perón, además de una serie de trabajos en torno a cuestiones más técnicas de la implementación del impuesto a los réditos en la Argentina.
También realizó varios ensayos y artículos polémicos con respecto a temas económicos y políticos clave de su época, algunos con planteos teóricos, otros de divulgación: el proceso de socialización, el capitalismo de Estado y la planificación económica, el nazismo, la experiencia soviética, el New Deal. Editó trabajos de Rosa Luxemburgo y acerca del antisemitismo, y estuvo involucrado en la publicación de las obras de Marx y Engels en alemán. Otras ideas se las guardó para sus memorias, como muchos de sus juicios sobre el comercio de cereales y su posición frente al marxismo y la Teoría Crítica elaborada en el marco de la Escuela de Frankfurt.
El estudio de esos textos se incluye en este libro y ellos demuestran que no sólo escribió sobre su país natal, aunque este fuera el centro de su interés. Sin embargo, salvo excepciones, tanto sobre su obra en general como sobre su vida casi novelesca, sólo se escribieron en la Argentina artículos periodísticos o de tono biográfico. En Alemania, en cambio, hubo algunas contribuciones más significativas.4 Con todo, cabe destacar que casi setenta años más tarde la Biblioteca Nacional publicó su obra principal traducida al español con el nombre de El enigma argentino. Y a su vez, en octubre de 2010 se realizó en Frankfurt, mediante una carta de intención firmada por la presidenta argentina, un acuerdo con el Instituto de Investigación Social fundado por Weil a fin de establecer un espacio de investigación y actualización del pensamiento de la Escuela en nuestro país. En estas páginas, basados en buena parte en una documentación inédita o poco conocida, seguiremos los principales rasgos de la vida de Félix J. Weil y de la labor intelectual que desarrolló en Argentina, Alemania y Estados Unidos.
Incluye este propósito realizar una historia de lo acontecido durante la República de Weimar y el largo período que va de la Primera Guerra Mundial a la llegada del nazismo al poder, y otros acontencimientos significativos que vivieron los Weil, pero no hacer un nuevo análisis de la Escuela de Frankfurt, que cuenta con una bibliografía abundante. Si bien mostramos los debates que Félix tuvo con otros miembros de la Escuela o autores fuera de ella, cuyas opiniones también exponemos, lo hacemos siempre en función de resaltar sus propias ideas.
El libro respeta cierta ilación cronológica, aunque a veces el orden de los sucesos no interesa tanto y se enfocan temas o cuestiones más que la sucesión de acontecimientos. La cronología comparada que se incluye al final de este libro nos permitirá completar esas referencias.
Estamos frente a una vida compleja y contradictoria que requiere, para entenderla mejor, comenzar desde el principio y enlazarla con la historia misma del país donde Félix J. Weil nació y donde su padre labró su fortuna.
1 Véase Martin Jay, La imaginación dialéctica. Historia de la Escuela de Frankfurt y el Instituto de Investigación Social (1923-1950), Taurus, Madrid, 1989; Rolf Wiggershaus, La Escuela de Fráncfort, FCE, Buenos Aires, 2011. Son los libros más importantes sobre la historia y pensamiento de los miembros de la Escuela. Para destacar su vigencia actual la Presidenta argentina, Cristina Kirchner, firmó en Frankfurt, en octubre de 2010, una carta de intención con el Instituto de Investigación Social a fin de establecer un espacio de investigación y actualización del pensamiento de la Escuela en la Argentina.
2 El título del libro «bolchevique de salón» era un apodo que el mismo Weil irónicamente se daba y que fue también utilizado a su respecto por otros conocidos suyos. Era un nombre frecuente en la Alemania de la época para mencionar a aquellos que eran revolucionarios sólo de palabra. En verdad, no fue el caso, como veremos, de Weil, pero llegó a aceptarlo.
3 Félix J. Weil, Argentine Riddle, The John Day Company, Nueva York, 1944 (El enigma argentino, Colección Los Raros, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2010).
4 La revista Debate del 28-11-2011, a través de un artículo de Oscar Finkelstein del 28-11-2011 y otro de Michael Maiden del 15-10-2011, ofrece un panorama sucinto de su vida. Véase además: Osvaldo Álvarez Guerrero, «Félix J. Weil: Marxismo y aristocracia», Desmemoria, n.º 8, 1995, pp. 30-34; y Horacio Tarcus (dir.), Diccionario biográfico de la izquierda argentina. De los anarquistas a la «nueva izquierda» (1870-1976), Emecé, Buenos Aires, 2007, pp. 705-708. Los ensayos más importantes sobre su vida y obra fueron el fruto de dos tesis doctorales alemanas, traducidas al español: Helmut R. Eisenbach, «Los orígenes argentinos de la Escuela de Francfort, 1.ª parte, Millonario, agitador y doctorante»; y Martin Traine, «Los orígenes argentinos de la Escuela de Francfort, 2ª parte. El enigma de Félix: Argentina», publicados en Espacios de crítica y producción, n.º 15, diciembre de 1994-marzo de 1995, y n.º 16, julio-agosto de 1995, respectivamente, que constituyen capítulos de tesis doctorales realizadas en Alemania. Son útiles también dos artículos de Manuel Fernández López sobre la Escuela de Frankfurt, Página/12, 10-12-2006, y el prólogo a El enigma argentino, libro publicado en español, de Daniel Scarfó.
Capítulo I
El emporio agroexportador
LOS VÍNCULOS CON GRAN BRETAÑA Y LOS INTERESES ALEMANES
En el festejo del primer centenario, en un libro editado en inglés para ser vendido en el exterior como una guía para inversores, se reconocía que la prosperidad argentina de la época estaba ligada en gran parte a las ventajas de una pródiga naturaleza, y se citaba a un senador de ilustre apellido que en un discurso parlamentario decía sin tapujos: «Es la Providencia la que nos ha dado el más grande ministro de Hacienda que hemos conocido, nuestro fértil suelo y nuestro claro cielo».1 Se refería, por supuesto, a la Pampa Húmeda, pero resumía el pensamiento de toda una elite. Los recursos estaban, las tierras las tenían, y con capital y trabajo ajeno la naturaleza florecería, al menos para algunos, con el brillo de las libras y del oro.
La base de sustentación de esa «pujante» Argentina agroexportadora, que duró desde finales del siglo XIX hasta la crisis mundial de los años treinta, tal como lo señaló el mismo Félix Weil, que la conocía profundamente, era una estructura socioeconómica donde las ventajas relativas por sus ricos y abundantes recursos naturales favorecían a unos pocos. La propiedad de la tierra, la principal fuente de riqueza, estaba muy concentrada, y la mayor parte de los inmigrantes y de la población nativa llevaba una existencia precaria en el campo, y algo mejor pero con grandes desigualdades en los centros urbanos. Lo cierto es que aquella no fue una «época dorada» para todos.
Del lado de los ganadores se había conformado una oligarquía que tenía una «renta extraordinaria» en el ámbito mundial, derivada de la fertilidad del suelo pampeano y del clima benigno. Asimismo los capitales y las empresas que llegaron del exterior para crear la infraestructura que el esquema agroexportador requería tuvieron grandes ganancias. El alto grado de pobreza de gran parte la población también fue remarcado por varios autores.
Raúl Prebisch pone de relieve esta situación, veinte años después del exhaustivo informe realizado por el catalán Bialet Massé en 1904 sobre el estado de las clases trabajadores en el interior del país —elaborado para un Código de Trabajo que jamás vio la luz—, el cual reveló la amplitud de esa pobreza.2
En una conferencia que pronunció en abril de 1924, en Melbourne, donde había ido a estudiar el sistema impositivo australiano, dijo: «Como resultado de la gran desigualdad en la distribución de la riqueza [en mi país], las más altas clases sociales viven en muy buenas condiciones, mientras la gente obrera y la parte más baja de la clase media llevan en general una existencia muy difícil […] sus oportunidades educacionales son escasas […] [y deben vivir] en muy incómodas e insalubres condiciones en míseras viviendas de las grandes ciudades, mientras muy cerca de ellos la gente despliega su opulencia en brillantes y costosas residencias o espléndidos palacios […].3 Durante todo el siglo pasado —añadió— […] la cría de ganados fue la ocupación aristocrática de los argentinos adinerados, quienes llevaban una vida fácil y alegre en la ciudad de Buenos Aires y gastaban frecuentemente en París su dinero, proveniente por lo común del privilegio territorial».4
En Canadá y Australia, países a los que se suele referir para explicar las deficiencias del desarrollo argentino partiendo de situaciones en su origen parecidas —condiciones mundiales favorables y recursos naturales excedentarios—, la expansión económica coincidió con una distribución de ingresos más equitativa. También hubo allí políticas de Estado que estimularon el desarrollo de industrias propias desde fines del siglo XIX. Carl Solberg señala que, hacia 1930, «Canadá ya se estaba convirtiendo en un importante país industrial […] En Toronto el empleo en la industria se duplicó durante la década de 1880 […] y cuando comienza la Primera Guerra Mundial la mayoría de los bienes de consumo se fabricaba en Canadá». En el período 1896-1900 las importaciones canadienses en libras esterlinas de material ferroviario británico eran sólo el 15% de las que correspondieron en aquella época al mismo tipo de equipamiento que importaba la Argentina. En Australia, por su parte, se implementaron tempranamente medidas que mejoraron el bienestar de la población de menores recursos.5
El tardío abandono del esquema de acumulación predominantemente agroexportador para iniciar un sendero de industrialización, a diferencia de lo que ocurrió en esos países, es un tema que siempre concitó la atención de muchos estudiosos argentinos y de otros lares, y fue una de las preocupaciones principales del mismo Weil, así como la inexistencia de medidas de inclusión y protección social tendientes a disminuir la disparidad de ingresos y mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.
Por otra parte, esas elites en el poder tuvieron tempranamente un vínculo especial con Gran Bretaña que se consolidó en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Estas relaciones se asentaban tanto en la economía como en la política y la cultura, hasta el punto que las elites dirigentes creyeron formar parte del mismo imperio británico. Un fenómeno que expresaban abiertamente muchos de sus miembros para los que «las palabras “made in England” [eran] algo que todos los argentinos aprecian en su verdadero valor».6 El título de un libro, escrito por importantes investigadores y profesores ingleses, lo da a entender a la inversa, con nostalgia, desde el otro lado del Atlántico: The Land that England Lost (La tierra que perdió Inglaterra).7
En sus memorias, Félix J. Weil asevera que la Argentina era un país políticamente independiente pero semicolonial en lo económico y, como tal, explotado al igual que las demás colonias británicas. Recordaba así unas palabras del príncipe de Gales, futuro rey de Inglaterra: «Estoy interiormente preparado para el día en que el imperio pierda la India, y nunca lo podremos evitar. Pero les digo abiertamente: de la Argentina no nos vamos a desprender por propia voluntad».8
Los intereses británicos estaban relacionados con una gran variedad de actividades económicas, como el transporte ferroviario y el naviero, los puertos, las exportaciones industriales, el sistema financiero y los empréstitos. A su vez, el refinamiento del ganado y la industria frigorífica serían la base de su vinculación con los estancieros, transformándose Gran Bretaña en el principal mercado de las carnes argentinas, a la vez que en el principal proveedor de manufacturas y bienes de capital. La Argentina mantuvo así, por casi un siglo, relaciones privilegiadas con el Reino Unido, que llegó a tener el 60% del total de las inversiones extranjeras en el país y un tercio del comercio exterior, además de una considerable influencia política.
Félix Weil describe, con mucho colorido, esa vinculación en el caso de los ferrocarriles, un sector donde lo ingleses contaban, salvo pocas excepciones, con un predominio absoluto. «Durante un largo período —dice Weil— hasta los jefes de estación eran ingleses, los cuales dominaban escasamente el idioma castellano y tampoco mostraban interés en mejorarlo. La red ferroviaria se caracterizaba por no ser precisamente una red, sino que, a modo de los rayos de una rueda, comunicaba a los pueblos del interior con los puertos, pero no a los pueblos entre sí. Para llegar o mandar mercadería a un lugar que tal vez estaba sólo a cincuenta kilómetros de distancia, pero que pertenecía a otro ramal, había que viajar cientos de kilómetros hacia el puerto para luego volver por otra línea férrea otros tantos cientos de kilómetros.» Esta visión recuerda —seguramente la toma también de él— la idea de «país abanico» de Alejandro Bunge, con epicentro en Retiro y Puerto Madero.9
Si bien otros países europeos no alcanzaron el nivel de los ingleses, también tuvieron fuertes vínculos con la Argentina, lo que explica rivalidades y competencias en las que estaban involucrados intereses internos, como sucederá durante la Primera Guerra Mundial. Francia, Bélgica y Alemania no sólo fueron importantes clientes del país, superando incluso como compradores a Gran Bretaña hasta los últimos años del siglo XIX, sino que realizaron inversiones en distintos sectores de la economía.
Cuando en la primera década del siglo XX el dominio británico resultaba indiscutible, tuvo que soportar entonces a la potencia emergente de la época, Estados Unidos, que comenzó a superar a su madre patria en el comercio exterior y en las inversiones. Estas últimas eran además producto de una nueva revolución industrial que desplazó los más anticuados productos ingleses por bienes sustitutos o de mayor tecnología. El mismo fenómeno ocurrió en toda América Latina.10

Del conjunto de inversiones extranjeras en la Argentina, en 1914 Inglaterra participaba con el 59,31%; Alemania, con el 7,66%; Estados Unidos, con el 1,2%; y Europa continental, con el 31,77%, principalmente Francia (9%), Bélgica, Holanda, Portugal y Suiza. En 1927 ya se notaba el notable avance de Estados Unidos (14,2%) y la declinación británica (57,65%), mientras que Alemania recuperó posiciones después de las pérdidas sufridas por la Primera Guerra Mundial (7,92%) y Europa continental había disminuido al 20,42%.11
En la Argentina los británicos dominaban ramas sensibles de la estructura productiva local. Sin embargo, su predominio no alcanzó un sector tan importante dentro del esquema agroexportador como el agrícola. Por el contrario, el control de la producción y la comercialización de los cereales argentinos quedarían en manos de grandes compañías exportadoras de Europa continental, principalmente de origen alemán, que lograron apropiarse de parte de la renta agraria argentina.
Las disputas entre los intereses británicos y alemanes dentro de la economía local formaban parte de una pugna de carácter global por el control de las materias primas necesarias para su desarrollo industrial, situación que recrudecería durante la Primera Guerra Mundial. A pesar de la posición neutral adoptada por el gobierno, la Argentina sería escenario de un duro conflicto comercial en el cual las compañías exportadoras de cereales tendrían un rol crucial.
En el caso de la figura de Félix J. Weil y de la trayectoria de su familia, que analizaremos más adelante, requiere un párrafo especial mencionar brevemente el peso de los intereses alemanes y de la comunidad de ese origen en el país en el período entre las dos guerras mundiales. Los inmigrantes germanos, entre los que se contaba el padre de Félix, alcanzaban —según el Censo Nacional de 1895— sólo el 1,7% de la población extranjera. Pero pronto esa comunidad se ampliaría con sus descendientes y la llegada de nuevos inmigrantes, abarcando individuos o familias de todas las clases sociales, desde profesionales, intelectuales, comerciantes y empresarios, hasta agricultores y obreros. Aproximadamente 60 mil inmigrantes provenientes de Alemania llegaron a la Argentina hacia 1914, y en 1940 residían 50 mil alemanes y 200 mil ciudadanos con ese origen.12
Entre los empresarios de esa procedencia que lograron desde fines del siglo XIX dirigir algunas industrias o casas financieras relevantes, podemos señalar a Otto Bemberg, que hacia 1864 creó la más importante industria cervecera local, y a Ernesto Tornquist, dueño de la principal casa bancaria privada nacional de la primera mitad del siglo XX.13 Uno de los grupos de mayor peso en la historia económica argentina, analizado en especial más adelante, formado por Ernesto Bunge y Jorge Born, viene de Amberes, Bélgica, pero es de origen alemán y en él la influencia germana, sobre todo con la incorporación de Alfredo Hirsch, será muy relevante.14
Dos grandes bancos, el Banco Alemán Transatlántico y el Banco Germánico de América del Sur, fueron fundados hacia fines del siglo XIX y principios del XX respectivamente; la primera inversión en la industria de la electricidad data de 1898 y la primera compañía de seguros se creó en 1899. La lista negra de empresas enemigas que dio a conocer el gobierno de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, entre las que se hallaba la de los Weil, indicaba en total la existencia de 160 compañías de origen germano.15
Por su repercusión política, un caso destacado resultó el matrimonio de la hija del ex presidente Carlos Pellegrini con el doctor Martín Meyer, perteneciente a importantes intereses financieros alemanes en el país. Su hijo, Carlos Meyer Pellegrini, fue interventor de la provincia de Buenos Aires y presidente de la CADE, la principal compañía de electricidad de la Capital Federal, cuyo origen provenía de la CATE (Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad), que en 1929 vendió la empresa, luego transformada, en 1935, en CADE.16
La prensa en idioma alemán en la Argentina, aunque giraba en torno a unos pocos títulos, tuvo considerable peso, como el Deutsche La Plata Zeitung (1870), que predicó una línea de defensa de los derechos de esa colectividad pero que durante la Segunda Guerra Mundial simpatizó con el nazismo, y el Argentinisches Tageblatt, fundado en Santa Fe en 1874 y luego trasladado a Buenos Aires, que dirigido por Ernesto F. Alemann exhibió una clara postura antinazi, apoyó a la colonia alemana refugiada del Tercer Reich y tuvo una fuerte presencia en la numerosa colonia de alemanes de origen judío.17 Varios industriales, empresarios y funcionarios gubernamentales eran hijos o nietos de alemanes o estaban emparentados con familias alemanas, y en las principales universidades había profesores de origen alemán, como Otto Krause, cuyo nombre lleva todavía una de las principales escuelas secundarias públicas de Buenos Aires. En lo que se refiere a las escuelas privadas de habla alemana, se destacan la Cangallo Schule, creada en 1898, y más tarde el Colegio Pestalozzi, fundado en 1934, que Félix Weil, entre otros, ayudó a financiar.
El mismo Otto Krause, un economista, dijo en 1919: «En este momento, Argentina ha llegado a ser para Alemania uno de los más importantes, sino el más importante de los países extranjeros en tres aspectos: primero, como nuestro proveedor de las más necesarias materias primas; segundo, como área de mercado natural para los productos de nuestra industria; tercero, como un apropiado lugar para nuestra inmigración».18
La influencia militar alemana, estudiada por muchos autores, fue importante desde el momento en que el Ejército Argentino siguió el modelo prusiano a comienzos del siglo XX, con instructores militares alemanes y viajes de oficiales argentinos al país europeo.19 Más controvertida resulta sobre todo por la posición argentina en la Segunda Guerra Mundial, la penetración del nazismo en la colectividad alemana y en el país, para lo cual hay que referenciarse, además de los dos libros de Newton ya citados, a los trabajos de la CEANA y a otras obras más recientes.20
La relación económica entre las dos naciones también era significativa: en 1913 Alemania fue el segundo partenaire comercial de la Argentina. Las importaciones germanas constituían el 17% del comercio total de importación y las exportaciones hacia aquel país, el 12% del total de bienes exportados. Esto sumaba un intercambio global de 333 millones de pesos, más de la mitad del intercambio de anglo-argentino y un tercio más que el estadounidense. En algunos rubros de importación, como en el caso de productos de hierro y acero, Alemania encabezaba las estadísticas. En la industria de la construcción (Geopé), la química y farmacéutica, la de textiles, la de metales y maquinarias y en muchos otros rubros, existían empresas de origen alemán. Siemens, AEG, Thyssen, Stinnes, Krupp, entre otras grandes compañías, tenían sucursales en la Argentina. El capital alemán volvió a recobrarse, como dijimos, de muchas de sus posiciones perdidas en la Primera Guerra Mundial al llegar la nueva contienda.21
Tanto es así que en 1934 el gobierno nazi envió una delegación a Sudamérica encabezada por Otto Kiep, que llegó a la Argentina en junio de ese año. Después de complicadas negociaciones, el 28 de noviembre se firmó un convenio comercial y de pagos, de intercambio compensado, donde ambos países se comprometieron a que sus importadores tuvieran un tipo de cambio tan favorable como el de cualquier otra nación. El convenio con Alemania fortaleció la clásica división internacional del trabajo, de intercambio de materias primas por productos manufacturados. El Tercer Reich se convirtió, a partir de 1937, en el principal comprador de carne congelada argentina, absorbiendo alrededor del 50% de dichas exportaciones, y su importancia como comprador de cereales y lino también se incrementó significativamente. Aun así, el comercio no logró retornar a los volúmenes de la década del veinte. Con la Segunda Guerra Mundial, finalmente, el comercio bilateral se interrumpió casi en forma total.22
Existen diferentes y encontradas estimaciones sobre el capital alemán en la Argentina en la última época de la República de Weimar y con la llegada de los nazis al poder.
Para hacer una comparación (la CEPAL no brinda datos desde 1931 para Alemania pero sí para Estados Unidos y Gran Bretaña), los británicos tenían 1.679 millones de dólares y los norteamericanos, 629 millones. Las cifras de Sommi para los capitales alemanes han sido consideradas por varios investigadores totalmente exageradas. Y las del CIAA (Comité de Actividades Antiargentinas de la Cámara de Diputados de la Nación), irrisorias, de modo que lo más adecuado sería calcular unos 300 millones, la mitad de las de Estados Unidos.

Por otra parte, las corrientes socialistas o marxistas que llegaron al país con los inmigrantes tuvieron también algo que ver con la vida de Félix Weil, lo cual se refleja en sus escritos. Cabe señalar la creación del Club Vorwärts o Verein Vorwärts (Unidos Adelante), el 1º de enero de 1882, primera organización obrera argentina nutrida de obreros alemanes expulsados de su tierra por las leyes antisocialistas de Bismarck.23 La entidad estuvo representada por el dirigente alemán Wilhelm Liebknecht en la reunión de partidos socialistas y laboristas que se hizo en 1889, en París, de la que surgió la Segunda Internacional, y contaba entre sus miembros iniciales a Augusto Kühn, emigrado de Alemania por las leyes de Bismarck y quien años más tarde sería uno de los fundadores del Partido Socialista Internacional, antecesor del Partido Comunista Argentino, y luego dirigente de este último.24 A su vez, Germán Avé Lallemant, ingeniero y director del periódico El Obrero, fundado en diciembre de 1890, era un marxista confeso que se carteaba con Friedrich Engels.25
Como señala Alfredo Bauer, la iniciativa de celebrar en la Argentina el 1º de mayo (Día de los Trabajadores en el mundo) surgió del Club Vörwarts. El 30 de marzo se aprobó un manifiesto que resolvió como tareas inmediatas: (1) conmemorar con un mitin el 1º de mayo en el Prado Español; (2) crear una federación de obreros en el país; (3) editar un periódico que defendiera la clase obrera; (4) dirigir un petitorio al Congreso para que sancionase leyes sociales.26
La inmigración judía es también de sumo interés, ya que el mismo Weil señala en el tercer capítulo de su libro a las colonias patrocinadas por el Barón Hirsch, donde surgió la denominación «gauchos judíos», como un ejemplo para la democratización de la propiedad de la tierra. A pesar de haber sido bautizado católico, Weil reconocía sus orígenes judíos y su pertenencia a esa comunidad; también tenía muy en cuenta fenómenos de antisemitismo que atravesaron distintas etapas de la historia argentina.27
Esa inmigración dio lugar a través de sus descendientes a muchos intelectuales de nota en distintas disciplinas: científicos, médicos, economistas, historiadores, juristas, editores, educadores, profesores universitarios, filósofos, periodistas, psicoanalistas, artistas, literatos, músicos, como lo recoge un libro para los tiempos actuales, aunque sus figuras y obras tuvieron una proyección en la sociedad desde fines del siglo XIX, una de cuyos ejemplos fue justamente Félix J. Weil.28
La inmigración judío-alemana fue analizada, de manera penetrante por Alfredo José Schwarcz, basado en más de trescientas cincuenta historias de vida, especialmente de aquellos que pudieron escapar del horror del nazismo luego de su llegada al poder. Pero el libro abarca mucho más que los testimonios vivientes: revisa toda la historia de los judíos alemanes desde sus vivencias en su tierra natal hasta su adaptación y experiencias en la Argentina. El desarraigo, los recuerdos dolorosos, sus aportes al nuevo país, sus formas de vida y sus particularidades con relación al resto de la comunidad judía dan una explicación inteligente y vívida de la llamada simbiosis judeo-alemana.29 Un fenómeno que en otra época y de otra manera vivieron también los Weil en su paso por la Argentina, aunque Hermann regresó a Alemania, sobre todo por razones de salud. Además, el resto de su familia permaneció en el país.
«Es difícil evaluar —dice Schwarcz— hasta qué punto se produjo una verdadera integración a la Argentina por parte de este grupo inmigratorio y su descendencia […] Considero específicamente característico de este grupo —agrega— un profundo sentimiento de frustración que traían consigo: en los países de origen en los que vivían, se sentían absolutamente integrados hasta que apareció el nazismo y los arrojó al vacío. Esta experiencia dolorosa los ha marcado a fuego y de alguna manera les transmitieron a sus hijos argentinos sus dudas y reservas sobre la posibilidad —e inclusive conveniencia— de integrarse al nuevo país. En muchos casos desarrollaron una forma de inserción que tiene que ver más con una conducta adaptativa que con una verdadera integración.»30
Dos testimonios parecen irrefutables con respecto a la integración de los judíos en Alemania antes de la llegada del nazismo. Decía en 1880 el político judío alemán Ludwig Bamberger: «Con ningún otro pueblo se han consustanciado los judíos —se podrá decir se han identificado— tan estrechamente como con los alemanes. Se han germanizado no solamente en suelo alemán, sino mucho más allá de las fronteras de Alemania […] Los judíos europeos no se han arraigado a ningún idioma como al alemán, y quien dice idioma dice espíritu». A su vez, reconociendo que esa comunión había terminado, el filósofo Martin Buber señalaba en 1933: «Entre todas las comuniones con los pueblos en las cuales se adentró el judaísmo, ninguna tuvo, a pesar de todo, un resultado tan fructífero como la judeo-alemana».31 Quizá por eso el sentimiento ambivalente, pese a la tragedia del Holocausto, persistió largo tiempo entre los judíos alemanes argentinos y de otras partes del mundo. En el país, recién con la llegada de Hitler al poder, cuando la mayor parte de la comunidad de origen alemán no judía adhirió al nazismo, se creó una entidad separada de la comunidad judeo-alemana, la Asociación Filantrópica Argentina, mientras que en el resto de la colectividad judía ya existían numerosas instituciones comunitarias.
Los Weil pueden incluirse en este caso de simbiosis judeo-alemana, sobre todo porque pertenecen a una generación anterior al nazismo. Cierto es que Hermann, el padre, colaboró estrechamente con el Káiser en Alemania, pero es interesante constatar, y surge de las mismas memorias de Félix, que algunos de sus años más felices este los pasó en la lejana (para un mundo eurocéntrico) república del Plata. Al fin de cuentas, pese a haber tenido una vida superactiva en Alemania y otros países, finalmente casi toda su obra está dedicada a la Argentina. En su espíritu, la balanza terminó inclinándose hacia el lugar que lo vio nacer. La guerra, la revolución, sus amistades intelectuales europeas, el nazismo, la experiencia en Estados Unidos, sin duda lo marcaron, pero siempre siguió soñando con las amplias llanuras de espigas doradas donde transcurrió su infancia.
LA GANADERÍA Y EL BOOM DE LA EXPORTACIÓN DE CEREALES
En la historia económica argentina se ha dado por lo general mayor relevancia, desde el punto de vista de los intereses involucrados en su expansión, en su influencia política y en su vínculo con la metrópoli imperial, a la ganadería que a la agricultura. La mayoría de los autores explica que si bien desde el punto de vista de la producción y de las exportaciones los productos agrícolas, particularmente los cerealeros, jugaron un papel decisivo en el desarrollo económico argentino, y sobre todo de la Pampa Húmeda, desde fines del siglo XIX ese protagonismo fue secundario al del negocio ganadero. Dice Horacio Giberti: «Fue la ganadería no sólo factor preponderante en el desarrollo nacional sino causa de la estructura económica».32
Este fenómeno tiene varias razones bien conocidas. La primera de ellas se debe a la introducción y a la difusión de animales que se adaptaron rápidamente y poblaron las entonces casi desiertas pampas argentinas, constituyendo pronto, gracias a su valor comercial, un elemento central del consumo interno y, sobre todo, de las exportaciones de la región.
Como comisario encargado de delimitar las fronteras españolas, Félix de Azara llegó a esta región en 1781 y se quedó en ella veinte años. Desde aquí le decía al rey de España que Su Majestad tenía en este territorio una inmensa riqueza que nadie había sabido explotar: «Tiene campos inmensos donde pueden pacer 40 millones de ganados y 40.000 habitantes que le saquen los cueros para vuestra Majestad».33
Tanto el vacuno como el lanar y las distintas transformaciones que experimentaron —saladero y frigorífico en el caso del vacuno; explotación de las lanas y luego de carnes en el del ovino— van a darle la razón a Azara al constituirse en la base de la economía regional.
La expansión de la ganadería es el principal objetivo de las llamadas «campañas del desierto» que comenzaron en la época colonial y prosiguieron luego de la independencia. «Campañas» que eran un eufemismo para justificar el desplazamiento y la supresión de los indígenas al sur de Buenos Aires y en otras regiones del país, y representaban más bien una de las formas del reparto de tierras que originaron la constitución de grandes estancias ganaderas.
Otra de las formas de ese reparto fue la Ley de Enfiteusis, de 1826, dictada durante el gobierno de Rivadavia y que comenzó a aplicarse un par de años antes en la provincia de Buenos Aires. Esta establecía un sistema proveniente de una figura jurídica del Derecho romano. La enfiteusis suponía cesiones temporales de vastas extensiones de tierras públicas a cambio del pago de un canon determinado con el propósito de garantizar la deuda externa y obtener recursos fiscales.34
Mediante ambas formas, que completaban y ampliaban las mercedes reales de la época colonial o las llamadas vaquerías, a partir de las cuales muchos ganaderos propietarios de vacunos se apropiaron de tierras que usaban para pastoreo y no tenían dueño, se terminó de dibujar un mapa de la propiedad rural en la fértil Pampa Húmeda, que abarca un inmenso territorio y varias provincias con centro en la de Buenos Aires.
Hacia 1880, cuando se produjo un flujo masivo de inmigrantes ese mapa ya estaba fijado y el acceso a la propiedad en el campo, al menos en las mejores zonas, era prácticamente imposible. El Censo Nacional de 1914 muestra en las grandes explotaciones ganaderas de más de 5.000 hectáreas que el 5% de sus tenedores tenía el 55% de la superficie total de esas explotaciones. Se fueron conformando así grandes latifundios cuya permanencia iba a constatar todavía Félix Weil en la segunda mitad del siglo XX.
La inserción de la Argentina en la esfera del imperio colonial inglés iba a estar centrada en el desarrollo de la ganadería y las carnes argentinas, que el creciente consumo de la población británica requería y no podía recibir ni en cantidad ni en calidad de sus colonias. Ese interés se potenció con la aparición del frigorífico y el perfeccionamiento del transporte marítimo. De ese modo, poco a poco se fueron introduciendo razas ganaderas provenientes de la metrópoli imperial, muy superiores a las criollas, lo que obligó a mejorar las pasturas. Con estos nuevos elementos, el ganado vacuno argentino iba a transformarse en uno de los mejores del mundo, sino en el mejor.
El desarrollo de la agricultura estuvo así subordinado al de la ganadería, salvo en la primeras colonizaciones en esencia agrícolas previas a los años ochenta, principalmente en las provincias de Santa Fe y Entre Ríos, que conformaron la llamada «pampa gringa», donde la tierra se entregó en propiedad a inmigrantes seleccionados y limitados en número que llegaban atraídos por esos procesos de colonización. Luego, cuando el país se constituyó definitivamente, los gobiernos locales sólo impulsaron la inmigración de «brazos» y la compra de tierras era imposible para los inmigrantes empobrecidos que masivamente arribaron de Europa para trabajarlas. Los casos aislados en la década del noventa, como la colonización judía del Barón de Hirsch que menciona Félix Weil, se debían a que estaban bien financiadas desde el exterior. Aun así, la agricultura fue en un principio la principal beneficiaria de las transformaciones productivas y la ampliación de los mercados consumidores en el mundo, potenciando el desarrollo ganadero, mucho más lento pero cuyos beneficios eran también más importantes.
El funcionamiento de la agricultura como complemento de la ganadería está ejemplificado en numerosos testimonios de la época. Un informe presentado a la Sociedad Rural en 1887 destaca que, a fin de «asegurar los resultados de la mestización y los engordes [del ganado], se han de generalizar los alfalfares y empezar a explotar más los prados artificiales».35 La agricultura interesaba a los estancieros, mayoritariamente grandes latifundistas, en la medida en que la rotación de cultivos permitía el mejoramiento de las tierras para el posterior pastoreo, a la par que esto aceleraba la expansión cerealera. En una carta de un estanciero, en 1892, se decía que arrendaba su campo a «chacareros italianos por el término de tres años con la obligación de dejar el terreno con alfalfa al finalizar el contrato».36 A ese estanciero le importaba más la alfalfa que el cultivo de granos. La ganadería —señala Tenembaum— orientaba a la agricultura argentina.37
El sistema de tenencia de la tierra en el agro, basado en una subdivisión de las grandes estancias, tuvo como elemento central el arrendamiento en sus distintas formas: por dinero, mediería, aparcería, etcétera. Los millones de inmigrantes llegados al país se incorporaron a tareas agrícolas, que necesitaban abundante mano de obra, aunque no devinieron propietarios, y un porcentaje relativamente alto se convirtió en la llamada inmigración «golondrina» (viniendo y volviendo a sus países de origen) o decidió radicarse en las ciudades. Desde el punto de vista de la producción, la explotación principal era entonces el ganado vacuno, para aprovechar sus cueros y carnes saladas, y el ovino para las lanas; estas últimas fueron el primer rubro de exportación casi hasta fines del siglo. La agricultura, en cambio, estaba destinada sobre todo al mercado interno y los granos eran en buena medida importados.
Esta situación se revirtió luego de la gran crisis financiera de 1890, cuyas causas han sido estudiadas por muchos autores. Las políticas liberales, el despilfarro económico de aquellos que comenzaban a acumular grandes riquezas, el descontrol monetario y especialmente el endeudamiento externo llevaron al país a una situación de bancarrota que involucró a la casa inglesa Baring Brothers, agente financiero del gobierno y responsable en parte de esa situación, que luego propongo sus efectos a otras partes del mundo.
La república sudamericana, que había crecido aceleradamente aprovechando sus propias riquezas naturales y los recursos humanos y financieros que le venían de Europa, entró en default con la caída de bancos y empresas, el empobrecimiento de su población y la paralización de sus importaciones. Hubo dos o tres planes de salvataje por parte de los gobiernos británico y argentino, pero fue finalmente el arreglo hecho por el ministro Romero, en 1893, con la postergación de amortizaciones, baja de intereses y alargamiento de plazos, el que resolvió en pocos años la situación. Ayudó sin duda el comienzo del boom agrícola exportador que iba a involucrar a Weil padre con la avalancha subsiguiente de oro y divisas que, gracias a su compañía de granos, lo harían inmensamente rico.
Esa repentina vuelta de tuerca de la economía local resultaba en gran parte de la fructificación de inversiones realizadas anteriormente en la infraestructura y el sistema de transportes, sobre todo por capitales externos, mayoritariamente británicos, y por la gran inmigración de mano de obra. También era una consecuencia de las necesidades de la propia Europa, varios de cuyos países, sobre todo los del sur del continente, se debatían en profundas crisis agrícolas.
Fue por conveniencia de los estancieros, interesados en mejorar el negocio ganadero, y por la oportunidad que se abrió en los mercados mundiales, no por el ímpetu propio de los mismos granjeros, como en Canadá, que la Argentina se transformó en pocos años en uno de los mayores exportadores de granos del mundo. De exportar 300.000 toneladas en 1888, ocupando el sexto lugar entre los proveedores de esos productos, pasó a vender 4.200.000 en 1907, y llegó a ser la tercera exportadora mundial detrás de Estados Unidos y Rusia. Fue la primera sustitución de importaciones en la historia argentina. En 1888 había 2.000.000 de hectáreas sembradas de trigo y maíz y debían importarse cereales para alimentar a la población, pero para 1913 la cifra había subido a casi 11.000.000.38
Los cambios exhibían una velocidad vertiginosa. El crecimiento principal se iba a dar, sobre todo, en la producción y exportación de trigo y de maíz. En el caso del trigo, el crecimiento de la siembra y de la producción fue muy fuerte en la última década del siglo XIX y la primera del XX, aumentando también en forma notable las exportaciones. De un área sembrada de 1.202.000 hectáreas y una producción de 845.000 toneladas en 1890-1891, se pasó a 6.918.000 hectáreas sembradas y una producción de 5.100.000 toneladas en 1912-1913.
Las exportaciones (sin incluir las harinas) dieron a su vez un salto prodigioso de 345.063 toneladas en 1890 a 2.812.149 en 1913. En los períodos 1905-1909 y 1920-1924, por tomar dos casos antes y después de la guerra sin las distorsiones que esta implica, las exportaciones de trigo y harina de trigo representaron alrededor del 23% de las exportaciones mundiales. Sin embargo, como lo muestra el cuadro n.º 3, en el último de esos períodos Canadá ya superaba a la Argentina en la producción y las exportaciones de este cereal. En el caso del maíz el crecimiento de las exportaciones en el mundo resultó aun mayor. Entre 1905 y 1909 la Argentina detentaba una participación del 33,2%, que pasaría a ser entre 1920 y 1924 del 51%, más de la mitad del mercado mundial. Aunque la Argentina no fue el «granero del orbe», estuvo entre los primeros productores y exportadores hasta la crisis de los años treinta.39
Por esta razón, hacia fines del siglo XIX, junto con la instalación de los primeros frigoríficos, vemos también la de compañías exportadoras de cereales. A pesar de que la vinculación económica y comercial con Inglaterra, tanto en el rubro inversiones como en el comercio exterior, era la más importante, esas compañías tenían su sede principalmente en países de Europa continental y habían comenzado su negocio en las regiones agrícolas del Este europeo, donde algunas ya dominaban el comercio de granos.40

La exportación argentina de cereales adquirió una importancia especial en las corrientes de intercambio mundial por diversas razones. Desde el punto de vista de la oferta, la crisis agrícola europea, agudizada por la aparición de grandes exportadores de granos como Estados Unidos, produjo una revolución en los mercados mundiales que permitió la penetración de países como la Argentina, que ya tenía excedentes para volcar en el mundo. Los precios de los principales productos agrícolas cayeron, lo que disminuyó las producciones locales. Desde el punto de vista de los inmigrantes, existía el doble efecto de ser expulsados económicamente de sus países y atraídos por las nuevas naciones productoras, ofreciendo así una mano de obra barata y necesaria en regiones casi despobladas. A la inversa, las exportaciones argentinas (y de otros productores) agudizaban esa crisis y fomentaban nuevas migraciones.41
En un interesante artículo publicado en Alemania, Hermann Weil añade otros elementos. Uno de ellos fue el aumento de la prima del oro en un 400% (o sea, la fuerte devaluación del peso) después de la crisis de 1890, y la introducción de algunas especies con gran capacidad de aclimatación provenientes de Italia, Hungría, Rusia y Francia.42 Pero Vázquez Presedo es más cauto sobre el primer factor: si es cierto que hubo devaluación, los precios internacionales habían caído fuertemente y lo que explica en parte el incremento de las exportaciones argentinas fueron, además de las ventajas de clima y suelo, los bajos costos de la mano de obra. «El pequeño agricultor de Argentina —dice— se conformaba con condiciones de vida que no hubieran sido aceptables para los productores ingleses y norteamericanos.»43
También contribuyó, en el caso argentino, el hecho de que el consumo interno fuera menor y que los productores locales no poseyeran graneros ni depósitos en los cuales almacenar el cereal o la mercadería desgranada, mientras que los pertenecientes a los compradores y a los exportadores, así como la mayoría de los elevadores, propiedad de los ferrocarriles, sólo podían almacenar el 20% de la carga. «Por lo tanto —como señala Hermann Weil—, la cosecha argentina de cereales [fluía] como una corriente de agua imparable hacia los puertos y hacia las bodegas de los barcos.»44
Además, los embarques locales comenzaban en la época en que Estados Unidos y Canadá no exportaban por el congelamiento de sus aguas. De modo que la ventaja argentina no se debía a innovaciones técnicas o una mejor organización, como luego veremos, sino a la vastedad de sus recursos naturales y al aprovechamiento de un «hueco» en el aprovisionamiento mundial de los cereales, según palabras del mismo Hermann, en los mercados de exportación.
En cuanto a su destino, los granos iban principalmente a Inglaterra pero, a diferencia de las carnes, una parte sustancial no quedaba allí. Sólo se dirigían a puertos ingleses para ser despachados hacia otras ciudades europeas. Las estadísticas argentinas, en las que figura un rubro denominado «por órdenes» y no por países, no dan cuenta de esa situación pero los mercados de exportación de granos argentinos estaban, como se comprueba en las estadísticas europeas, mucho más diversificados. «Las cifras del destino de las exportaciones argentinas tienen escaso significado —dice el mencionado Anuario de la SRA— debido a la fuerte proporción de las exportaciones “por órdenes”.» Esto induce a errores de interpretación sobre los balances comerciales con otros países.45
Hermann, que debía de estar bien informado por ser uno de los principales exportadores de granos de la época, proporciona cifras sobre la distribución del comercio de granos en 1920. De 5.000.000 de toneladas despachadas, menos de la mitad fue realmente a Gran Bretaña; 2.000.000 se dirigieron finalmente a Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Holanda, Suiza y los países nórdicos; 200.000 toneladas fueron a Brasil; 50.000 a Sudáfrica; 25.000 a Estados Unidos y Cuba, y 120.000 a diferentes islas del océano Atlántico. La Argentina, además, exportaba a Brasil cerca de 200.000 toneladas de harina y harina de forraje, y el salvado de la molienda iba a Alemania y Escandinavia. El cultivo del lino, de la cebada, de la avena y sobre todo del maíz tuvo también evoluciones similares, aunque los mercados eran diferentes.46
EL OLIGOPOLIO DE LOS GRANOS
Cuatro fueron, según Roger Gravil, las compañías exportadoras de granos que monopolizaron ese negocio en la Argentina: Bunge & Born (belga-alemana), Louis Dreyfus (francesa), Huni & Wormser (franco-suiza) y Weil Hermanos & Co. (también alemana). Entre ellas controlarán en 1915 el 65,5% de mercado. Los propietarios de Dreyfus y de Weil eran de origen judío. En cuanto al resto, dos solamente eran británicas y poseían entre ambas un escaso 9% del total.47
En cambio, Félix J. Weil dice en sus memorias que las tres mayores empresas eran Bunge & Born, Dreyfus y Weil Hermanos, que disponían entre ellas el 85% del mercado, lo que se contrapone con los datos de Gravil, que trabajó con documentos británicos. Es posible que las estimaciones de uno y otro difieran por los años que toman como referencia. Dada la notable diferencia de las fuentes en el cuadro n.º 4 no damos los porcentajes que corresponden a la participación de cada una de ellas pero sí un ranking de su importancia. De cualquier modo, no está en duda que Weil Hermanos era una de las más grandes compañías exportadoras de cereales del país y, desde el punto de vista de los capitales argentinos, la más grande (sólo un octavo era de origen alemán), porque las otras dos eran filiales de empresas internacionales, una germano-belga y otra francesa.48

Félix era, sin embargo, muy crítico con respecto a las prácticas oligopólicas que empleaban las compañías cerealeras: «Cuanto más conocía la estructura interna de la exportación de granos en general y de nuestra firma en particular —afirma—, tanto más crecía en mí el aborrecimiento hacia ese modo de hacer negocios».49 Entre ellas no se hacían la competencia en cuestiones de precios sino que acordaban estos incluso telefónicamente incurriendo en la llamada «conspiracy in restraint of trade» (conspiración para restringir el comercio) —prohibida por la ley antitrust en Estados Unidos— que en la Argentina era algo aceptado, ya que no había leyes antitrust, de manera que resultaba fácil para las grandes compañías manipular el mercado exportador. No era un milagro que sus beneficios subieran rápidamente mediante las maniobras ya mencionadas y aprovechando el boom que les ofrecía la colocación de los granos en los mercados europeos.50 En esto se diferenciaba de Hermann, que si bien reconocía el oligopolio de las compañías cerealeras, tenía una visión más positiva de su papel en los mercados.51
A su vez, los británicos estaban preocupados por otra cosa. Un informe de la Foreign Office de 1913 ponía el acento en el hecho de que las mayores empresas no eran inglesas, manifestando una cierta alarma porque a pesar del creciente predominio de Gran Bretaña sobre la economía argentina, en sus inversiones y en su comercio exterior, esto no incluía un sector tan importante como el agrícola. Lo que dejaba el mercado británico para este tipo de productos en manos de empresas europeas no provenientes del Reino Unido, principalmente alemanas, donde el «elemento judío predominaba», una manifestación sin duda con connotaciones antisemitas. El caso era anómalo con respecto al de la ganadería y el transporte ferroviario y marítimo, bien controlado por intereses de ese país y conformado de acuerdo con sus necesidades y con los de la demanda interna de las islas.52
Sin duda era notable la dependencia que Gran Bretaña tenía de las compras externas de alimentos. Analizando bienes esenciales para la alimentación de la clase obrera británica como la carne, la manteca y el queso, sus importaciones de la Argentina representaron, para el mismo período, un 35,7%, 43,4% y 74,2%, respectivamente, del consumo local de estos productos.53 En este sentido, al menos durante la guerra, el país del Plata fue también una fuente vital de provisión de granos para el Imperio británico, alcanzando más del 25% del trigo y el 50% del maíz importados por las islas.54 De esta manera puede comprenderse la centralidad que el control de la exportación de granos argentinos tenía para las potencias en pugna durante el conflicto bélico.
Además, en aquel documento de 1913 se señalaba que esas grandes exportadoras europeas actuaban en forma de trust, lo que resultaba peligroso ya que llevaba a un dominio de los mercados y encarecía los productos que se dirigían a puertos ingleses, aunque muchos de ellos se repartían hacia otros lugares de Europa.
El británico Roger Gravil y el estadounidense James Scobie fueron de los pocos historiadores que estudiaron el desarrollo agrícola argentino a partir del desempeño de las grandes compañías comercializadoras y exportadoras de granos. También Carlos Brebbia, agregado comercial de la embajada argentina en Roma a fines de los años veinte, escribió un excelente ensayo comparando cómo se manejaban los principales países exportadores e importadores en esa época.55
Otros autores en Estados Unidos y Canadá analizaron, por su parte, la cuestión desde el punto de vista del crédito agrario, lo que remite a un aspecto crucial de la actividad agrícola.56 Como veremos más adelante, las memorias de Félix Weil revelan aspectos desconocidos y sorprendentes del negocio de las grandes exportadoras de cereales.
El rol de esas compañías «concernía no sólo a la comercialización del producto, sino que incluía […] el control del proceso de producción mismo a través de agentes locales» como los acopiadores que luego explicaremos.57 Este modus operandi se debía a que la explotación agrícola no se basaba en la propiedad de la tierra sino en diferentes sistemas de arrendamiento a los inmigrantes que llegaban de Europa en procura de mejorar sus condiciones de vida. En lugar de ello, en Canadá, Estados Unidos y Australia el proceso de asentamiento de los recién llegados fue, por lo general, muy diferente. El ejemplo de Canadá es el más significativo. Allí dos provincias enteras, Saskatchewan y Alberta, repartieron gran parte de sus tierras en propiedad a los inmigrantes, lo que iba a posibilitar el boom de las praderas.58
Siguiendo el detallado análisis de Brebbia, en los años veinte del siglo pasado la agricultura canadiense había perdido ya su perfil doméstico para tomar un «aspecto técnico-industrial», en el que intervenían activamente los agricultores. El trigo se producía con el propósito deliberado de exportarlo y para ello se había establecido un sistema racional que combinaba los intereses de la producción, almacenaje, transporte y venta de las cosechas de una manera que permitía presentarse en los mercados de consumo con ventajas sobre sus competidores. La organización se basaba en la existencia de graneros-silos y en el sistema de transportes. Desde la zona de producción del trigo (Wheatbelt) partían cuatro grandes líneas ferroviarias, hacia el Atlántico y hacia el Pacífico. A lo largo de estas líneas se hacían todas las operaciones necesarias, desde el almacenaje hasta la negociación y financiación. Todo empezaba en los elevadores de campaña en los que el colono canadiense depositaba su trigo y que funcionaban como un banco. Sobre el trigo depositado tenían derecho a pedir un anticipo del 60% del precio del día. Las compañías de elevadores de Canadá disponían de ese trigo para llevarlo hacia los elevadores terminales situados a orillas de los Grandes Lagos y en Vancouver. Allí era revisado por un cuerpo de inspectores oficiales del gobierno que imponían su estandarización definitiva, con lo cual la mercancía perdía su individualidad material para convertirse en un valor de cambio.59
Lo más importante era que el comercio de exportación canadiense había pasado de las compañías privadas a los llamados pools, constituidos por productores reunidos en cooperativas. Los integraban, a fines de los años veinte, más de cien mil colonos de las provincias productoras que controlaban los dos tercios de la producción de trigo y actuaban como reguladores de la oferta, anticipando un precio básico y distribuyendo entre los asociados el excedente obtenido.60
Brebbia agrega «que Argentina estaba aún muy atrasada con respecto a las organizaciones norteamericanas y canadienses». Faltaba «[…] una organización técnica moderna para el transporte y depósito y [se sentía] la ausencia de una organización cooperativa entre productores para defenderla».61
En realidad, el caso de los agricultores argentinos no debe ser evaluado únicamente desde un punto de vista técnico. La mayoría de los productores eran arrendatarios que provenían de familias que nunca fueron propietarias de tierras y nunca lo serían. Carl Taylor, un reconocido sociólogo norteamericano que estudió profundamente el régimen agrario argentino, da cuenta de que la gran mayoría de los inmigrantes que se iniciaban en la actividad agrícola como peones, hacia los años cuarenta (cuando realiza su estudio) sólo habían podido elevarse al estatus de arrendatarios, la jerarquía más alta que alcanzaban dentro de la estructura social.62 Y los que eran desde un principio arrendatarios, continuaban siéndolo.
El sistema de arrendamientos acrecentado por diversos mecanismos de explotación explica, junto a la calidad de los recursos naturales, la sustanciosa renta agraria que obtenían los terratenientes. Una renta diferencial, ricardiana, a escala internacional, que ha sido analizada y debatida en cuanto a sus formas por muchos autores en la Argentina.63
Lo más importante es que los flujos de crédito en Canadá y Argentina respondían al sistema de tenencia de la tierra. Así, mientras los bancos en Canadá financiaban a los farmers, que como propietarios tenían cómo garantizar sus créditos, en la Argentina los agricultores sólo podían acceder a un crédito informal, de corto plazo, en el que (formando parte de la atracción de nuevos inmigrantes) intervenían al principio los terratenientes suministrando animales de trabajo y algún dinero para la adquisición de implementos agrícolas. Pero, luego de ese impulso inicial, pronto prevalecían sectores intermediarios y detrás de ellos las grandes compañías de granos.64
Los agricultores no representaban así una clientela interesante para los bancos porque no tenían ningún respaldo para financiar las cosechas, lo que los privaba también de otros servicios bancarios y dejaba el negocio vacante para las empresas exportadoras. Estas —dice Félix J. Weil— «hacían el favor» a sus clientes, los productores agrícolas, de tomar su dinero y depositarlo en una cuenta que se les habría para resguardarlo. «¿Reconocían buenos intereses? ¡Ni un centavo! Por el contrario, el agricultor les pagaba una elevada suma en gastos de comisión.»65
En la Argentina intervenían también los llamados acopiadores, personajes locales, en su mayoría comerciantes y muchos de ellos dueños de pulperías —almacenes de ramos generales que funcionaban al mismo tiempo como casas de comida y bebida—, que realizaban negocios de distinto tipo. Entre sus múltiples actividades estaba la de arrendar las tierras a los estancieros, subdividirlas y subarrendarlas a los inmigrantes. Su tarea más importante se vinculaba con el crédito agrario, imposible de obtener por el sistema bancario nacional, y con la intermediación con los exportadores para su financiamiento. Pero pocos de los que se dedicaron a este tema incluyen en la apropiación de esa renta a las grandes compañías cerealeras, entre ellas Weil Hermanos. Algunos, como Solberg, calcularon las ganancias de Bunge & Born a fines de la década del veinte en más de un 20% anual sobre el capital invertido, lo que era enorme para la época y sirve de referencia también para estimar las ganancias de las otras cerealeras.66
El capital provenía en última instancia de las compañías exportadoras que disponían de él o lo conseguían fácilmente en Europa. «A medida que el acopiador que financiaba al agricultor se iba metiendo como intermediario —explica Hermann, el principal socio de Weil Hermanos— trataba de conseguir en lo posible grandes adelantos por parte de los exportadores, de manera tal que los verdaderos proveedores del dinero fueron estos últimos.»67
Como señala Scobie, las ganancias eran grandes y las casas exportadoras y los acopiadores terminaron enfrentándose por su porción del negocio. Para él esa fue una de las principales razones por las cuales las casas exportadoras, molestas por la cadena de intermediarios, establecieron sus propias oficinas y agentes en la zona triguera para contratar en forma directa los embarques.68
Hermann reconoce «que muchos grandes exportadores desplegaron una extendida red de empleados propios por todo el país, los cuales compran directamente a los agricultores, a los terratenientes o también a los acopiadores».69 Su hijo Félix fue aún más lejos en la descripción de este fenómeno: no llegó a haber «un solo lugar en el interior [del país] que no contara por lo menos con una filial de alguna de las grandes compañías o incluso de todas ellas», añadiendo que por lo general cumplían también funciones de banqueros.70 En esto padre e hijo concordaban, pero era, como veremos, casi en lo único.
Según Gravil, «los agricultores constituían un grupo débil y marginal en la sociedad argentina».71 Muy pocos poseían o utilizaban pequeños lotes para proveer sus necesidades, algo que por lo general los estancieros no les permitían. De modo que necesitaban endeudarse fuera del sistema bancario y con tasas de interés usurarias.
A esto se le sumaban otras desventajas: muchos de ellos eran iletrados, lo que facilitaba cualquier tipo de estafa en el momento en que se efectuaba el pago de las cosechas; carecían por lo general de viviendas permanentes dado que sus contratos eran breves y las zonas de cultivo rotaban y les impedían estabilizarse en algún lugar; y la gran mayoría no contaba de suficiente capital para comprar maquinarias.
El trabajo en sí era sumamente duro. Se calculaba que el chacarero necesitaba seis caballos de tiro para cada cincuenta hectáreas, además de los que usaba para sus traslados y los de su familia. El chacarero desmalezaba, araba, sembraba y luego miraba al cielo para ver si iba a llover poco, normal o nada; también, si venían langostas u otros depredadores. Tenía que mantener a la familia, los caballos, sus máquinas, sus perros, etcétera. Llegada finalmente la época de la cosecha, se tenía que hacer de las bolsas de arpillera (yute importado de la India) y, con ayuda de la mano de obra golondrina, cosechar, corte y trilla, embolsar, llevar en carros a la estación más cercana, pesar, etcétera.72
Es muy interesante señalar el contrapunto entre los mismos Weil, padre e hijo, con respecto al comportamiento de las compañías de granos hacia los agricultores. Un tema que los separaba se refería a las modalidades que adoptaban las empresas exportadoras para obtener ganancias extraordinarias. La principal consistía en el llamado sistema de venta «a fijar precio». Cuando el agricultor había cosechado todos sus granos, tenía que enviarlos inmediatamente por tren hacia un puerto de exportación, pues no contaban con silos para almacenarlos. Por lo tanto, se veían obligados a venderles en el momento a los exportadores o guardar su mercadería en la estación ferroviaria, pero las cantidades que se podían almacenar de esta manera eran bastante limitadas. Después de la cosecha, el productor no disponía prácticamente de tiempo para esperar que mejoraran los precios. Tenía que embarcar sus cereales lo antes posible o soportar un almacenamiento caro con las desventajas mencionadas.
Para Hermann Weil, el problema era de los exportadores. Estos recibían una prima de riesgo del 1% al 2% sobre el precio del día, porque gran parte del negocio era por adelantado y estaba condicionado por el dinero en efectivo que necesitaban los agricultores para levantar la cosecha, ya que no poseían suficientes medios para pagar los salarios de la siega, la trilla, el transporte de los cereales, las bolsas vacías, etcétera. Por eso vendían una parte de su cosecha antes de la siega, ya sea a un precio fijo o con un «contrato de precio a fijar». Al momento de la entrega efectiva, se descontaba el anticipo pagado. Lógicamente esto implicaba un gran riesgo para el exportador, ya que, mientras el trigo no fuera cosechado, existía la posibilidad de que se malograra la cosecha por influencias climáticas, sin considerar posibles robos o estafas.73
Félix pensaba de manera muy diferente de su padre: «Aquí es donde los “humanitarios” exportadores —cuenta Weil— le ofrecían [al agricultor] una salida: podía entregar sus cereales a un exportador para su embarque inmediato pero sin operación de venta. Es decir, se acordaba un plazo, por ejemplo de 90 días, durante el cual el agricultor elegía, con 24 horas de anticipación, un precio fijo de venta en base a la cotización de apertura del día siguiente. […] Si el productor quería un adelanto, podía obtener el 80% del precio del día, pero para eso tenía que pagar intereses (en vez de que el exportador le pagara intereses sobre el 20% aún no pagado)».74
«El precio fijo» sonaba confiable. ¿Qué podía ser más neutral que el precio de apertura en la bolsa oficial de cereales? En realidad era manipulado por las grandes compañías exportadoras. «Antes de la apertura de la bolsa y una vez más alrededor del mediodía, los tres grandes hablaban entre sí por teléfono —según Félix— y se ponían de acuerdo en el precio a fijar.» Después, inmediatamente en la apertura, uno de los tres le vendía al segundo, una cantidad determinada a un precio 15 centavos por debajo del que correspondía al cierre del día anterior. El segundo la colocaba a ese mismo precio al tercero y este a su vez la revendía al primero. O sea, si ayer el trigo con peso específico de 78 kilogramos valía 11,20 por 100 kilogramos, entonces había al día de hoy en la apertura tres ventas de aproximadamente la misma cantidad de toneladas a 11,05 cada una. Estas transacciones, que por supuesto se hacían de forma encubierta a través de agentes de bolsa, eran seguidas luego por verdaderos vendedores al precio de 11,30, pero el granjero ya no sacaba ningún provecho de eso, ya que para él su precio de venta era el de apertura.75
Hermann Weil creía que después de la guerra las relaciones entre productores y exportadores mejoraron, «[…] los campesinos adquirieron una fortaleza de capital suficiente como para que no necesiten más de esos negocios por adelantado. El pago de los cereales se realiza en el momento de la entrega en la estación de tren, lo cual no es necesariamente sinónimo de exportación. Pero ya que los exportadores tienen que recibir los cereales de los agricultores y pagarles tan rápido como se lo entregan, esto plantea grandes exigencias de capital, las cuales son aún más considerables teniendo en cuenta que no existen depósitos en las estaciones que entreg
