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Historia de la droga en la Argentina

Mauro Federico
Ignacio Ramírez

Fragmento

PALABRAS INICIALES

De acuerdo con la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS), “droga es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, produce una alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central de un individuo, modificando su conciencia, su estado de ánimo o sus procesos de pensamiento”. Además, una droga es susceptible de crear dependencia, ya sea psicológica o física, y su abuso tiene consecuencias negativas para el cuerpo.

Bajo esta denominación se encuentran todas las sustancias psicoactivas, tanto las consideradas legales (como las bebidas alcohólicas, el tabaco y los fármacos hipnosedantes) como ilegales por las convenciones y tratados (marihuana, cocaína, anfetaminas y heroína, entre otras).

A pesar de esta arbitraria clasificación, el consumo de las principales drogas legales es una causa importante de mortalidad y discapacidad en los países desarrollados, por lo que su legalidad o ilegalidad no se corresponde con su posible peligrosidad sino más bien con decisiones adoptadas por quienes firman esos acuerdos marco, o sea los propios funcionarios de los gobiernos que participan de esas convenciones.

Una de las consecuencias de estas resoluciones ha sido el nacimiento de un monumental negocio basado en el control del mercado negro erigido a partir de las restricciones impuestas, que ha dado lugar al surgimiento de millonarias organizaciones transnacionales dedicadas al tráfico de estupefacientes.

La droga está entre nosotros. Muy cerca. Todas las familias se hallan directa o indirectamente relacionadas con alguna víctima del consumo problemático y sus efectos colaterales: cárcel, muerte, psiquiátrico o comunidad terapéutica.

Combinar la adicción a las drogas con la ambición por maximizar ganancias es un cóctel peligroso para una sociedad que ha visto crecer sostenidamente durante las últimas cinco décadas el consumo de estupefacientes y ha sufrido las consecuencias que esta expansión tiene en los sectores de mayor vulnerabilidad social.

Este crecimiento exponencial tiene responsables. Y las políticas antinarcóticos dispuestas por los Estados Unidos a través de sus agencias para regular ese mercado ilegal no son ajenas. A fines de la década del setenta, 36 millones de estadounidenses consumían la cocaína que producían los cárteles colombianos de Cali y Medellín. Diez años después, la Drug Enforcement Administration (DEA), junto al Comando Sur del Ejército norteamericano, promovió la ofensiva final contra esos cárteles con el claro objetivo de controlar la oferta y regular el grueso de los recursos económicos generados por la venta de droga a los consumidores propios, además del derivado de la exportación hacia Europa.

La Argentina se convirtió en una plataforma ideal para enviar la cocaína con destino europeo. Así surgieron las primeras organizaciones de narcos locales que democratizaron el consumo. Pero esta historia tiene razones y causas cuya comprensión permite entender por qué es muy importante la relación entre los usuarios de drogas y el Estado. Un vínculo que, como se describe en este libro, ha variado significativamente a lo largo de los últimos cien años, a partir de los vaivenes legales, las decisiones políticas y el accionar de las fuerzas represivas instruidas para transformar al adicto en el enemigo y al traficante en socio.

La Argentina tuvo de todo: la época legal hasta los años veinte, la etapa de seudocontrol hasta los sesenta, la persecución al consumidor hasta fines de los ochenta y la llegada de los cárteles a partir de los noventa.

Esta investigación —realizada durante casi dos años— contiene relatos extraídos de las crónicas de época, una pormenorizada búsqueda bibliográfica, el análisis de documentos fundamentales, el testimonio de protagonistas excluyentes y el contexto socio-político de cada período analizado que permitirá al lector internarse en los vericuetos de este siglo perdido en el intento por regular desde el Estado la relación entre el uso, el abuso y el tráfico de drogas. Algo que está en el corazón mismo del sistema capitalista, en el que la matriz sigue siendo la misma: consumidores consumidos, soldaditos inmolados en el altar del salvaje mercantilismo escondido detrás del narcotráfico que, junto al tráfico de armas, completan un ciclo de acumulación de dinero fresco e ilegal destinado a financiar a la política que esté dispuesta a garantizar su impunidad.

Este es un libro necesario para entender que el destino de las generaciones futuras también depende de lo que hagamos con aquello que sabemos que nos pasa en la actualidad. Compartir el resultado de esta investigación, persigue un objetivo primordial: hacerlos cómplices de este conocimiento. Después de leer este libro ya no podrán alegar que no lo sabían. Están advertidos.

PRIMERAS PROHIBICIONES
(1910-1920)

CAPÍTULO 1
Cien años de represión

Decirle a un fumador en estado continuo de euforia que se está degradando equivale a decirle a un pedazo de mármol que está siendo deteriorado por Miguel Ángel, a un pedazo de tela que está siendo manchado por Rafael, a una hoja de papel que está siendo borroneada por Shakespeare o al silencio que está siendo interrumpido por Bach.

JEAN COCTEAU

EL DIARIO DE UN ADICTO

R.C. había vivido con peligrosa intensidad los últimos seis años de los cuarenta y tres que figuraban en su documento. Sin embargo, para entender la clave de su angustiante situación, los psiquiatras del Hospicio de las Mercedes debieron remontarse a su primera infancia. Hasta llegaron a analizar su cuadro genealógico completo y las patologías de sus familiares directos para diagnosticar, finalmente, que R.C. era víctima de una “morfinomanía” que lo transformaba en un “degenerado constitucional, con apetencia tóxica”.

Así lo describieron los profesionales que suscribieron el informe fechado el 8 de agosto de 1918, elevado a requerimiento del juez interviniente en la causa judicial en la que se lo investigaba por su “accionar criminal”. Se trata del primer registro pericial de la historia criminal argentina donde se detallan minuciosamente las características físicas y psíquicas de una persona adicta a las drogas y su relación con las “conductas sociales pasibles de punición”.

El documento —publicado en Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal— da cuenta de los procedimientos efectuados con el paciente luego de su ingreso al hospital psiquiátrico y revela datos de su historia clínica y personal que permiten al lector configurarse una idea de quién era ese despojo humano que el 20 de abril de 1918 había llegado hasta el hospicio sin demasiada esperanza de sobrevida.

De acuerdo a ese registro, R.C. había nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino el 28 de febrero de 1875. Era viudo, de profesión médico y grado de “instrucción superior, procediendo de una familia de buen abolengo social, cuya situación pecuniaria fue más que desahogada”. Entre los antecedentes de enfermedades sufridas por los miembros de su cuadro genealógico, se hallaron patologías tales como “degeneración hereditaria manifiesta, neuro-artritismo, neuropatías diversas, alcoholismo, alienación mental y tuberculosis”.

En materia de antecedentes, la detallada descripción de su personalidad refiere que “tuvo un desarrollo mental excelente, que fue muy inteligente y aplicado, caracterizándose por su espíritu claro, brillante y perspicaz” a la vez que “un temperamento nervioso bien definido; irascible al extremo, impulsivo hasta la violencia y la agresividad”. En su legajo universitario consta que se había recibido de médico el último año del siglo XIX y que se había desempeñado como jefe de clínica en el hospital Rivadavia. Luego de casarse, en 1910 sufrió una serie de golpes emocionales como la muerte de su madre luego de una enfermedad prolongada y una bancarrota económica que le provocaron una gran depresión. Sumido en ese proceso depresivo, R.C. se trasladó a la localidad santafesina de Wheelwright, donde permaneció hasta la muerte de su esposa en 1916, momento en el que decidió regresar a Buenos Aires.

Al ser internado en el Hospicio de las Mercedes, R.C. declaró que “a raíz de una fractura de la rodilla izquierda que le provocó agudos dolores” comenzó a inyectarse “hipodérmicas de morfina”. Las dosis, que al principio eran de un centigramo, ascendieron rápidamente a tres por resultar insuficientes, hasta llegar a un máximo de cincuenta centigramos diarios. El continuo suministro de esta sustancia transformó a R.C. en un morfinómano, razón por la cual terminó internado en el hospicio y encausado por la justicia.

Y en este punto hay que detenerse para entender cuál era la concepción médico-legal imperante en aquellos primeros años del siglo XX en los que las sustancias alucinógenas comenzaban a transformarse en uno de los “principales flagelos de la humanidad”. El proceso de demonización de la droga, o cómo un hombre de bien puede transformarse en una lacra social sólo por ser adicto a una sustancia, queda evidenciado en las conclusiones del caso R.C.: “Recorriendo la historia del sujeto, vémosle rodeado desde la cuna de todos los halagos del bienestar financiero y social; brillante estudiante, médico distinguido; dotado en apariencia de todos los atributos susceptibles a armarlo poderosamente para la lucha por la existencia. Y luego, no sin un penoso sentimiento conmiserativo, vemos a esa personalidad inteligente desmedrarse rápida y seguramente por la intervención de un tóxico cuyo abuso le llevará, de derrumbe en derrumbe, al despojo progresivo de lo más elevado y noble de sus sentimientos intrínsecos; así vemos afectarse, primeramente, el sentido moral, tanto más vulnerable cuanto que ha aparecido más tardíamente en la evolución funcional de cerebro, y luego, en mayor o menor intensidad, en el conjunto de los procesos psíquicos superiores, cuyo conjunto, más o menos armónico, constituye la personalidad. Y en esta carrera al abismo, donde el pensamiento se turba, la moralidad naufraga, la afectividad se embota y la voluntad queda vencida, la personalidad psíquica se desorienta, descompuesta en funciones inaptas para operar aisladamente, emancipándose así de toda norma de lógica y conducta”.

LAS FLORES DEL MAL

El opio tiene una larga historia. Por más de siete mil años los humanos han cultivado la papaver somniferum —un tipo de amapola, conocida vulgarmente como adormidera— que le da origen a esta sustancia. Este cultivo es oriundo del sur y este del Mediterráneo, en Europa, donde fue domesticado por primera vez. Se ha encontrado evidencia de su uso hacia finales de la Edad de Piedra (año 5700 a.C.) en asentamientos cercanos a los ríos Rin, Ródano, Po y Danubio, en el lago Bracciano (al norte de Roma) y en Alemania. Para el 3400 a.C. los sumerios en la Mesopotamia llamaban “Gil” (felicidad) al opio y “Hul Gil” (planta de la alegría) a la adormidera. El conocimiento sobre este cultivo fue traspasado a los asirios, a los babilonios y, finalmente, a los egipcios. Para el año 1300 a.C. en Egipto se cultivaba el opium thebacium, llamado así por la ciudad de Tebas, lugar desde donde lo comercializaban. Durante esa época los efectos del opio se consideraban mágicos o místicos. Unos 800 años más tarde, el médico griego Hipócrates le dio la definición de analgésico y antihemorrágico. Fue Alejandro Magno quien llevó el opio a Persia y a la India, hasta que finalmente fue introducido en China por los comerciantes árabes en el 400 a.C.

Durante la Edad Media, cuando todo lo que provenía del Oriente era considerado demoníaco, el opio fue prohibido en Europa. Sin embargo, el gran desarrollo de la navegación reintrodujo la droga a comienzos del siglo XVI, de la mano de navegantes portugueses. Para 1522 otro médico, Paracelso, elaboró un brebaje alcohólico en base al opio que él mismo describió como analgésico potente que debía usarse con moderación. Lo llamó láudano. Esta preparación fue utilizada hasta el siglo XIX para tratar una amplia gama de enfermedades.

“La adormidera produce una droga, de la que se dice cura, aunque mata como un sable”, aseguraba el célebre médico chino Li-Shi-Chang en 1578. Aún entonces no se comprendía totalmente el mecanismo de la adicción al opio. Hasta que el farmacéutico alemán Friedrich Sertürner en 1806 logró aislar un alcaloide que se encontraba presente en la sustancia en una concentración superior al 15% y al que bautizó morfina, en honor al dios griego de los sueños, Morfeo, ya que esta sustancia producía una somnolencia intensa. Este compuesto activo fue comercializado como analgésico por Sertürner y su compañía en 1817. También fue utilizado en el tratamiento para la adicción al alcohol y al opio. Pero fue la empresa farmacéutica Merck la que construyó los cimientos de su imperio vendiendo morfina al por mayor. Tanto que la producción alemana de esta sustancia en 1869 era de unas dos toneladas y en 1871 alcanzó las cinco toneladas. Su uso se popularizó cuando el ingeniero Charles Pravaz inventó la jeringa y se extendió aún más con el desarrollo del procedimiento hipodérmico patentado por Alexander Wood. Durante la Guerra Civil norteamericana unos 400.000 soldados se convirtieron en adictos a la morfina luego de haberla conocido por primera vez, ya que se transformó en el analgésico de preferencia para mitigar los dolores provocados por las heridas bélicas.

Mientras los científicos le iban encontrando diferentes usos a los opiáceos, el comercio internacional de estas sustancias fue objeto de sucesivas controversias políticas que llegaron a extremos bélicos durante el siglo XIX. El opio era producido en China desde el siglo XV. Se mezclaba con tabaco en un proceso inventado por los españoles, que luego fue dominado por los holandeses en el siglo XVII y generalizado de forma masiva por los británicos en el XVIII. Para ellos el opio era el mercado ideal que los ayudaría a compensar su balanza comercial con Oriente. Por eso fomentaron el contrabando desde la India hacia China. William Jardine, un médico y comerciante escocés que por entonces se había transformado en el principal narcotraficante británico de opio, aseguraba en una carta dirigida a un dignatario chino:

Sin compras formales ni negociaciones tediosas, he insistido firmemente para que me autorice a tomar posesión y retener todo lo necesario y el escuadrón naval bajo su comando es capaz de todo aquello, como toda fuerza naval o militar que pudiera mandarse desde la Madre Patria. Cuando todo esto esté cumplido, la negociación puede comenzar. Usted coge mi opio, yo su isla, estamos empatados y vivimos en paz. Usted no puede proteger las bordas de sus barcos de piratas o bucaneros. Yo puedo. Así que entendámonos y estudiemos cómo promover nuestros mutuos intereses.1

Pero al observar los problemas de salud y sociales vinculados con la adicción, el emperador Daoguang prohibió la venta y el consumo de opio en 1829, lo cual generó un serio conflicto diplomático y comercial con el Reino Unido. En febrero de 1839, Daoguang le encomendó a uno de sus funcionarios de mayor confianza, Lin Hse Tsu, que apelara a un último recurso para evitar la guerra. El mandatario le envió una carta a la reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del intercambio internacional y no comercializara con sustancias tóxicas:

Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. Ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente. Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado.2

Los puentes estaban rotos. Así estallaron las Guerras del Opio, también conocidas como las guerras anglo-chinas, conflictos que enfrentaron a varias potencias europeas (encabezadas por el Reino Unido) con la Dinastía Qing. La primera duró de 1839 a 1842, mientras que la segunda estalló en 1856 y terminó en 1860, el punto culminante de la disputa comercial entre los imperios chino y británico.

La derrota de los chinos en ambas guerras forzó al Emperador a tolerar el comercio de opio y a ceder la estratégica Hong Kong al Reino Unido tras la firma del tratado de Nankin. Tantas fueron las ganancias que generó el tráfico de opio que en el año 1865 los ingleses crearon la banca HSBC (The Hongkong and Shanghai Banking Corporation). Por su parte, Portugal también forzó términos de intercambio desiguales a China y obtuvo la ampliación del estratégico territorio de Macao, bajo control portugués desde el siglo XVI. Este proceso desembocó en sucesivas rebeliones, hasta la caída de la Dinastía Qing en 1912, lo que terminó con el relativo aislamiento chino respecto de Occidente.

Otra droga derivada del opio muy consumida a finales del siglo XIX fue la heroína, aislada por el químico alemán Heinrich Dreser en 1883, cuya comercialización permitió a otra futura gran farmacéutica de nuestros días, la Bayer, convertirse en la próspera multinacional que hoy conocemos.

En 1912 Bayer lanza la campaña de su jarabe de heroína para calmar la tos en época invernal. Al cabo de varios meses se descubrió que la heroína se transformaba en morfina cuando llegaba al hígado, lo que la hacía muy adictiva y perjudicial para su consumo. Por eso en 1913, apenas un año después de comercializada, el laboratorio alemán la eliminó de su producción, volviéndose posteriormente famoso por producir aspirina, la droga emblema de la casa.

Lo mismo sucedió con la cocaína, sustancia aislada de la planta de coca por Albert Niemann en 1869 y alabada por Sigmund Freud, un usuario habitual de “la dama blanca”. El empleo medicinal de la cocaína en el último cuarto del siglo XIX fue amplio y habitual. Desde 1884 se utilizaba en terapias de oftalmología y podía adquirirse en las farmacias.

Párrafo aparte merece la bebida desarrollada por el farmacéutico John S. Pemberton como solución definitiva para su adicción a la morfina y que en sus inicios contenía hasta nueve miligramos de coca por vaso. La sustancia pasaría a la posteridad por su nombre comercial —Coca-Cola—, pero hacia fines del siglo XIX la cocaína fue reemplazada por la cafeína.

VIGILAR Y CASTIGAR

Las drogas estaban plenamente incorporadas a la vida occidental en el cambio de siglo y gozaban de un gran prestigio entre los científicos y empresas farmacéuticas que veían cómo sus ingresos se incrementaban año tras año con estos nuevos productos, cada vez más industrializados. “Pero en el reverso de la moneda, la sensación entre los gobiernos era que se estaba desarrollando un verdadero problema de salud pública con las drogas, caldo de cultivo de la violencia urbana y la depravación de la sociedad”, sostiene el periodista Javier Domingo en el artículo “100 años de prohibición” publicado en 2012.

A fines del siglo XIX, al aumento de los adictos a todas estas sustancias se sumó una campaña feroz de los periódicos sensacionalistas que magnificaron el problema. “El primer paso fue endurecer la presión impositiva para la importación y distribución de las drogas, lo que no solucionó el problema ya que provocó que se incrementara el tráfico ilegal, al tiempo que se sucedían las conferencias que con el tiempo darían lugar a las primeras legislaciones antidroga”, agrega Domingo.

Con el correr de los años y el avance tecnológico de la química, se constató que los opiáceos y sus derivados causaban una fuerte adicción, por lo que a comienzos del siglo XX comenzaron los controles. En 1907 Gran Bretaña firmó un tratado con China para detener la importación de opio. Al año siguiente, Francia haría lo mismo con su colonia en Indochina, de la misma manera que Canadá lo hizo con su Ley del Opio. En los Estados Unidos, la prestigiosa American Medical Association dio vía libre al uso de la heroína. Los científicos creyeron que era un sustituto efectivo y no adictivo para la morfina.

Ese mismo año, el gobierno federal norteamericano aprobó la Pure Food and Drug Act, exigiendo un cuidadoso etiquetado de todos los remedios patentados, pero no se previó la venta de cocaína y opiáceos, por lo cual los problemas de adicción y violencia no hicieron más que incrementarse. En 1907, el estado de Nueva York dispuso el expendio de cocaína sólo bajo control médico, pero el mercado negro se incrementó, lo que produjo el efecto de abaratar su costo y extender su consumo.

Al mismo tiempo, distintos grupos religiosos impulsaron el movimiento prohibicionista contra las drogas. La distribución legal de los narcóticos fue restringida de modo creciente en los primeros años del siglo XX. En Francia, a partir de 1908 el opio sólo pudo venderse bajo receta y en 1916 quedó prohibida la venta de cocaína. La interdicción se extendió a la fabricación industrial de heroína después de la Primera Guerra Mundial. Dados los beneficios de su comercio y el alto poder adictivo de la sustancia, la medida activó la formación de sociedades criminales específicamente dedicadas a abastecer un mercado cautivo y en expansión.

En 1909 el presidente William Howard Taft aseguró que el consumo de cocaína era el peor problema de drogas jamás sufrido en Estados Unidos. Y apretó aún más con la aprobación de la Smoking Opium Exclusion Act y la organización de la primera gran conferencia internacional sobre el opio, que reunió en Shanghái a trece países ese mismo año. El encuentro no fue todo lo exitoso que se esperaba, ya que no asistió uno de los principales importadores, Turquía, y Persia envió como delegado a un conocido mercader de opio. No obstante, se sentaron las bases para la Segunda Conferencia Internacional del Opio celebrada en 1912 en La Haya. Allí se firmó el primer tratado internacional sobre el control de drogas. La convención acordó que los países firmantes debían “realizar sus mejores esfuerzos para controlar, o para incitar al control, de todas las personas que fabriquen, importen, vendan, distribuyan y exporten morfina, cocaína, y sus respectivos derivados, así como los respectivos locales donde esas personas ejercen esa industria o comercio”.3

En 1914 los estadounidenses aprobaron la Ley Harrison, otra severa regulación que exigía el registro de todos aquellos que importaran, produjeran, traficaran o vendieran opio y hojas de coca, así como cualquiera de sus derivados, una medida que apuntaba centralmente a los médicos y farmacéuticos. Determinadas sustancias se restringieron al ámbito profesional, oportunamente registrados en una agencia controlada por el gobierno federal y previo pago de impuestos. Desde entonces la idea de prohibir el consumo de drogas encontraría terreno fértil.

Para 1915, Estados Unidos, Holanda, China, Honduras y Noruega ya habían establecido en su legislación los postulados de la convención. Pero su implementación fue postergada hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando fue incluida en el Tratado de Versalles que puso fin a las acciones bélicas, de modo que sesenta países se sumaron automáticamente a la convención. En principio se puso énfasis en la regulación del comercio, en lugar de la prohibición del uso de las drogas. El acuerdo incluyó al opio, la morfina, la cocaína y la heroína, pero no reguló las drogas sintéticas. “Mucho tuvo que ver en esta decisión de no regular estas sustancias la presión de la industria farmacéutica dominada por Alemania”, afirma Domingo.

Pero los criterios de aplicación de los postulados convencionales en los diferentes países de Europa no eran iguales. Por ejemplo, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el opio y la cocaína aún eran legales en Reino Unido. El punto de inflexión se produjo un año después del comienzo del conflicto. Como se temía que la cultura del alcohol dañara el esfuerzo bélico, se endureció la legislación en la venta de alcohol. La consecuencia indeseada fue la aparición de un submundo de consumo de drogas. Un reducido grupo de comerciantes del distrito teatral de Londres quedó fuera de la ley y surgió un ambiente en el que se solapaban opio, cocaína y prostitución. En un momento en que Inglaterra era el lugar de paso de centenares de soldados, no debe sorprender que las leyes de emergencia prohibieran el consumo de las drogas.

En el libro Entre la prohibición y la legalización: la experiencia holandesa en políticas de drogas, Marcel de Kort explica por qué las autoridades de su país nunca fueron partidarias de adoptar medidas represivas:

Los holandeses siempre tuvieron dudas acerca del sistema internacional de prohibición y por eso en 1920 calificaron esa política de idealismo destructivo. Las objeciones acerca de la prohibición estaban movidas por el dinero. El comercio internacional de drogas era un buen negocio. Las plantaciones en la isla de Java le otorgaban a la Compañía de las Indias Orientales Holandesas una posición preponderante en el mercado y se reportaban ganancias por 26 millones de florines del opio en 1914, antes de que la convención hubiera entrado en vigor. La cocaína también se demostró como un lucrativo negocio para, al menos, una compañía holandesa que la vendió a ambos bandos durante la Primera Guerra Mundial.4

Para de Kort, sus compatriotas decidieron que “si no los puedes derrotar, únete a ellos”. La participación activa en lo que era considerado un desarrollo indeseado pero inevitable, conduciría más a ayudar a proteger los intereses económicos holandeses que a seguir postergando la decisión. De algún modo, fue el primer paso de un proceso que se desarrollaría durante las primeras décadas del siglo XX y que culminaría con la prohibición total de las drogas en buena parte del mundo. “La política de tolerancia cero posibilitó el surgimiento de toda una red internacional de tráfico y un cambio trascendental en la naturaleza de las bandas callejeras y la asociación delictiva, hasta ese momento muy localizada y dedicada a los tradicionales negocios de la prostitución, el juego y la extorsión”, describe el especialista.

Las consecuencias de este proceso serían la aparición y consolidación de mafias con conexiones trasnacionales, el surgimiento de los cárteles (en Sudamérica y en otros lugares) y un complejo armado de corrupción y violencia que afectaría principalmente a los países involucrados en la producción de drogas.

1 Opio e Imperio: las vidas y carreras de Guillermo Jardine y James Matheson (Grace, 2014: 44).

2 La solución: La legalización de las drogas (Manjón-Cabeza Olmeda, 2013: 44).

3 “El opio: De la farmacopea a la prohibición” (Esteva de Sagrera, 2005: 110).

4 Between Prohibition and Legalization: The Dutch Experiment in Drug Policy (de Kort, 1994: 59).

CAPÍTULO 2
¿Y por casa cómo andamos?

MATRIMONIO Y ALGO MÁS

Hasta el día en que conoció a Raúl, Luisa jamás había probado una gota de alcohol. A sus 21 años era una mujer completamente sana, sin vicios, que había recibido una educación esmerada y que cautivaba por su belleza física y espiritual. Raúl tenía diez años más que Luisa y ejercía la medicina. Al poco tiempo de conocerse se casaron y partieron de viaje de bodas rumbo a Europa. Ese sería el comienzo de la pesadilla.

En los registros de casos judiciales, el expediente del año 1917 figura con la carátula “Doctor X y Señora” y contiene una descripción descarnada de los efectos de la adicción a la morfina y otras sustancias que sufrió esta pareja.

Durante los días transcurridos a bordo del barco que los trasladó a Europa y en los que pasaron recorriendo las diversas ciudades de aquel continente, hicieron una vida misteriosa, siempre encerrados, haciendo uso exagerado de la morfina, hasta el extremo de llamar la atención de sus relaciones ese retraimiento, que hacía un verdadero contraste con el carácter alegre y expansivo que distinguió a la señora hasta la fecha de su enlace. A su regreso, en enero de 1911, la Señora X volvió completamente cambiada, acusando su estado físico un debilitamiento general, un desfallecimiento de sus fuerzas, tan notable que sólo aparentaba una débil silueta de aquella bellísima niña, sana, alegre de cuerpo y alma, que pocos meses antes abandonara inocentemente su hogar, llena de ensueños, en busca de su ideal. Fue durante este período que la Señora X inició el desgaste de la salud de su cuerpo, con el uso y abuso de los tóxicos, lo que no es más que una embriaguez que concluye por someter al sujeto a su influencia venenosa, hasta llevarla al desenlace fatal.5

La justicia le imputa al Señor X ser el “único autor responsable de la transformación física y moral de su esposa, como consecuencia de esa vida anormal impuesta por su marido, que la condujeron a la muerte”. Para los considerandos judiciales, “las consecuencias de esa imposición fue dando sus frutos, cada vez más perniciosos, aislándola, no sólo del lado de la sociedad sino también de su familia, para pasar el tiempo indefinido en el encierro, haciendo olvido y abandono de sus obligaciones, él como miembro de la sociedad y como facultativo, y ella hasta de los más elementales deberes domésticos, repudiando a su propia madre, de quien no quería dejarse ver”.

Según pudo reconstruir la investigación judicial tramitada en los tribunales de la Ciudad de Buenos Aires, y de acuerdo al testimonio de varios conocidos de la pareja, la joven presentaba “infinidad de lesiones anatómicas de la piel provocadas por esas inyecciones que eran efectuadas por su marido ocultamente y con plena conciencia del daño que ocasionaba a la salud de aquella”.

Pero lo más interesante de este proceso es que, si bien las pericias médicas consideraron que el imputado presentaba síntomas que atenuaban su responsabilidad con relación a la ley penal, para el juez Alfredo Domínguez “aceptar como una resolución judicial los fundamentos del estudio médico, desconociendo las consideraciones y constancias que refieren y comprueban del proceso, la consumación de un grave delito, lenta y fríamente cometido, sería autorizar legalmente la impunidad del vicio y estimular su difusión consagrándolo inatacable por la sociedad, que necesita defenderse contra los males que minan su existencia declarándose la justicia desarmada e impotente en su misión reparadora y defensiva”. Por eso la condena del magistrado, que hizo responsable al doctor X del delito de homicidio y le aplicó prisión preventiva con embargo de sus bienes por cincuenta mil pesos.

EL LARGO CAMINO DE LA LEY

La República Argentina adhirió a la Convención Internacional de La Haya sobre el opio a través de un decreto presidencial del 23 de enero de 1912. Pero sus postulados no entraron en vigencia sino hasta mayo de 1919, cuando el presidente Hipólito Yrigoyen promovió una orden del Departamento Nacional de Higiene restringiendo la importación de opio y otros preparados (cáñamo indiano, heroína, cocaína, y sus sales y derivados) al puerto de la Capital Federal. “Solo podrán importar esos productos las farmacias y droguerías con fines médicos y científicos, las que acreditarán su carácter de tales ante el departamento nacional de higiene con los certificados de los consejos de higiene de las provincias”, imponía la normativa publicada en el Boletín Oficial el 18 de mayo de 1919. Hasta esta restricción, los barcos alemanes y holandeses traían frascos de cocaína Merck y Bayer por millares. Desembarcaban sin riesgo en Buenos Aires y luego la mercadería era redistribuida en el interior del país.

Ese mismo año se reglamentó otra ley muy importante para el control de las sustancias estupefacientes: la que regulaba la actividad farmacéutica. Sin embargo, sólo tuvo vigencia inicialmente en la ciudad de Buenos Aires por no tener su órgano de aplicación —el Departamento Nacional de Higiene— la jurisdicción en todo el territorio de la República. Cada provincia debía manifestar su adhesión a la nueva legislación y poner a disposición de su aplicación la dependencia pública más adecuada a la responsabilidad asumida. El distrito que más demoró en adherir fue la provincia de Buenos Aires, que lo hizo en 1921.

A fines de esta primera década del siglo XX, un joven diputado de la bancada oficialista —sobre cuya obra parlamentaria nos explayaremos en el capítulo siguiente— comenzó a trabajar en lo que sería la primera ley de estupefacientes de la historia argentina. El doctor Leopoldo Bard inició en 1918 una larga ronda de consultas para recabar información sobre los niveles de consumo que se registraban en la Buenos Aires de entonces.

Requerí la opinión del jefe de la policía de la capital, Jacinto Fernández, respecto de este problema de los alcaloides, quien respondió con un completo informe donde dejaba constancia que el uso de estimulantes tóxicos ha aumentado considerablemente en todas las clases sociales. Su persecución resulta difícil porque la venta se hace clandestinamente y como los rendimientos pecuniarios son importantes, abundan los inescrupulosos que hacen el infame tráfico amparados por la falta de una ley que los castigue. El expendio de tóxicos está reglamentado por el Departamento Nacional de Higiene con argucias de mala ley, que les permiten a los inescrupulosos obtener cantidades que más tarde pasan a los revendedores clandestinos.

Según el diagnóstico que Fernández le elevó al diputado Bard, “hay farmacias, consultorios odontológicos y droguerías que venden sin los requisitos legales, o sea sin receta médica, cualquier tóxico por cuya causa han sufrido frecuentemente multas, única penalidad que de acuerdo con la reglamentación les corresponde. Incluso para lucrar más, al polvo de la cocaína le adjuntan ácido bórico, para hacer creer a los pobres enfermos que les dan mayor cantidad de alcaloide, y realizar así una competencia, negocios son negocios”.6

LAS FORMAS DE CONSUMO (Y DE TRÁFICO)

El tráfico minorista era una realidad de los adictos. Que se transformaban en “trafiadictos”. Como el caso de Ricardo Wener, detenido varias veces entre 1912 y 1916 por ser consumidor y explotar el vicio de los demás con el objetivo de costearse el tóxico que consumía. Según su confesión en la Justicia, Wener, también conocido como “Morgan”, obtenía la cocaína a bajo precio de los marineros de los buques extranjeros que llegaban al puerto de Buenos Aires para su posterior reventa.7

Las formas de consumo de las diversas drogas eran variadas: se aspiraban, se inyectaban, se fumaban o se ingerían como píldoras. En menor medida, pero también presentes, estaban el éter y el hachís. La cocaína también se vendía en tubitos de cristal que se utilizaban para envasar las sustancias farmacéuticas.

La excusa para ingresar al circuito era la necesidad de evitar el dolor. Todas estas sustancias funcionaban como anestésicos muy potentes y generalmente eran de uso común en las cirugías. Los llamados “bloqueos anestésicos” eran realizados por médicos a través de inyecciones raquídeas, peridurales y regionales con clorhidrato de cocaína. También durante este período se produjo un verdadero auge de la automedicación con morfina y atropina o escopolamina y se difundió el empleo del aparato de Ombredanne para administrar éter. Los agentes inhalatorios más empleados fueron el éter, el ciclopropano y el óxido nitroso.

La preocupación principal de las autoridades sanitarias era la expansión exponencial que tuvieron los lugares de expendio de estas sustancias. En los considerandos del proyecto elaborado el 10 de junio de 1920, por el diputado radical Juan José Capurro (en el que se proponía reglamentar la importación, exportación y comercialización de sustancias narcóticas) se alude a las “casas dedicadas a otros comercios o locales de espectáculos públicos y aun particulares, donde se venden subrepticiamente estos tóxicos”. Según el reporte, los traficantes “usan una gran habilidad para disimular sus ventas, aprovechándose del deseo del consumidor de satisfacer su vicio y con el aliciente del vendedor que obtiene pingües ganancias por suministrar esos nocivos elementos clandestinamente”. La conclusión a la que arriba Capurro es que la única solución para esta problemática es “prohibir la existencia de estos alcaloides en poder de partículas”.

INMIGRACIÓN Y TOXICOMANÍAS

Los cambios que provocó el proceso inmigratorio de comienzos del siglo XX motorizaron transformaciones sociales, urbanas y políticas que modificaron sustancialmente el perfil de la sociedad de los países receptores. De este modo la inmigración termina siendo el chivo expiatorio de toda anomalía que altere la paz social configurada por las élites. De los barcos no sólo bajan personas sino también ideas e infecciones morales, pensaban las elites de entonces.

Las políticas de drogas no son sólo producto de decisiones gubernamentales fundamentadas en procesos internos sino que amalgaman el discurso internacional con las necesidades de cada país. La asociación “migrantes descastados / grupos sociales marginados / propagadores de ideas políticas extrañas / consumo de drogas” se extiende en el análisis en todos los puntos del planeta. Para el investigador y escritor Thiago Rodrigues, “el racismo, la xenofobia, una matriz de negocios espuria y el moralismo son las raíces del prohibicionismo, que transformó a las drogas y a su regulación en un escenario de conflicto”. Para entender la evolución de este pensamiento, el analista observó la experiencia brasileña de comienzos del siglo XX:

Producto de la caracterización que el sistema hizo de estos sectores, la sociedad comenzó a temerle a esa masa amedrentadora conformada por negros, inmigrantes, migrantes rurales, socialistas, anarquistas, ladrones, prostitutas, operarios, mujeres, hombres y niños de hábitos exóticos y no civilizados que eran la antítesis del progreso y las maravillas del mundo moderno.8

Criminalizar a los consumidores era el objetivo. En este debate se instala el pasaje del estigma social del consumidor como “holgazán, débil de carácter, víctima” a la figura del criminal. Este discurso se irá instalando y será el inicio para que, al menos discursivamente, no sólo se criminalice a los adictos sino que comiencen a verse como propagadores de una enfermedad contagiosa, y convertirse en un foco infeccioso.

Cabe destacar que, en términos cuantitativos, según los expertos consultados por Bard, el número de casos era reducido y no suponía una preocupación significativa hasta el momento en que las tendencias internacionales sugirieron lo contrario. La conclusión a la que llegaron era muy sencilla: lo mejor era actuar preventivamente para evitar el contagio. Atribuir la condición criminal al extranjero resultaba tarea sencilla.

Tanto en el contexto internacional como en el plano local, durante la segunda década del siglo XX se aprecian los primeros intentos de los Estados por ejercer el control del comercio de estupefacientes. La toma de conciencia sobre el problema de salud pública que representaba la liberalización absoluta en el consumo de drogas, llevó a los gobiernos a proponer las regulaciones iniciáticas de un tráfico que, paradójicamente, comenzaría a crecer de manera sostenida al ritmo de las prohibiciones.

5 Conferencia Sanitaria Nacional: Antecedentes, sesiones y conclusiones (Departamento Nacional de Higiene, 1923: 240).

6 Los peligros de la Toxicomanía: Proyecto de ley para la represión del abuso de los alcaloides (Bard, 1923: 336-340).

7 El submundo de las drogas en Buenos Aires: los mercaderes del ensueño y de la muerte (Cortés Conde, 1977: 44-45).

8 Política e drogas nas Américas (Rodrigues, 2004: 63-64).

COMIENZA EL TRÁFICO
(1920-1930)

CAPÍTULO 3
Opio, cocós y morfinas:
costumbres argentinas

LOS AÑOS LOCOS

La década del veinte trajo aparejada una liberación en el pensamiento y el accionar de los jóvenes pertenecientes a los sectores medios y altos de la sociedad que se tradujo en diferentes manifestaciones conductuales y estéticas.

Las mujeres se animaban a usar vestidos de colores, pintarse, cortarse el cabello a lo garçon, y muchas fumaban y bailaban charleston emulando a Josephine Baker; los hombres se divertían cuando concurrían por las noches a cabarets y casas de citas.

El consumo de sustancias como la cocaína, la morfina y el opio otorgaba cierto estatus. Jóvenes aristócratas adictos tenían suficiente fortuna como para vivir sin trabajar y permitirse el consumo de varios gramos diarios de cocaína, que adquirían a buen precio en cualquier botica de barrio o en determinados puestos de venta de cigarrillos y cafés.

Para la opinión pública los vendedores eran considerados lacras, traficantes de venenos, y los diarios publicaban investigaciones denunciando cuevas narcos. Los medios de prensa reclamaban en sus tapas y editoriales mano dura y ley represiva mientras el accionar policial brillaba por su ausencia.

La cocaína y la morfina ocupaban por entonces el primer lugar en el ranking de consumo. Y las historias sobre vendedores y consumidores formaban parte del contenido habitual de las secciones policiales de los diarios.

Por ejemplo se decía que en el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) había un enfermero de nombre Juan que vendía cocaína a veinte pesos el gramo. Con el tiempo fue afianzando una clientela cada vez más importante y continuó vendiendo al por mayor. Hizo fortunas. Vivía como millonario. Incluso andaba en una voituré muy elegante con la que efectuaba delivery de droga a sus clientes más reputados.

Desde Francia llegaban noticias sobre un proceso criminal contra 78 personas, entre ellas médicos, capitalistas farmacéuticos, cocainómanos, morfinómanos, bailarinas, coristas y expendedores de estupefacientes, todos pertenecientes a diferentes clases sociales. Los acontecimientos se habían iniciado con una investigación efectuada por la llamada “Brigada de la Cocó”, una especie de división especial de la policía francesa encargada de luchar contra el tráfico de cocaína. El entonces prefecto de la Sureté (tal como se denomina a la fuerza de seguridad nacional de Francia) Pascal Naudin, coordinó las acciones que permitieron desbaratar una amplia red de narcotraficantes con base en un bar ubicado en pleno centro de París. Durante tres meses el bar fue vigilado cuidadosamente. Fue anotado el nombre, la dirección y la ocupación de todos los que solían frecuentarlo. Cuando por fin se dio la batida y fue arrestado el propietario, se halló una botella acusadora. En ella había alrededor de un kilogramo de cocaína. Pero algo que resultó más interesante fue que el servicio Bertillon de la prefectura de la policía que consiguió, mediante el examen de esa botella, las impresiones digitales de media docena de personas que la habían tenido en sus manos. Durante semanas, los habitués del bar recibieron citaciones urgentes para visitar las oficinas de la policía judicial. “Por un asunto que interesa a usted”, rezaba la notificación enviada. El resultado fue la identificación de cinco huellas dejadas en la botella de cocaína y sus consecuentes detenciones, según señala la noticia aparecida en el diario La Montaña del 16 de abril de 1923.

La adicción al opio y la morfina también se reflejó en la literatura. Así como Charles Baudelaire o Thomas de Quincey con el opio en el siglo XIX, el escritor ruso Mijaíl Bulgákov narró sus experiencias con la morfina. Escrito en 1921 y publicado por primera vez en 1927 en Meditsinkii Rabotnik, una revista rusa, Morfina es el libro donde Bulgákov narra una estremecedora crónica de su propia destrucción a causa del consumo de esta sustancia. “No puedo dejar de alabar a quien por primera vez extrajo la morfina de las cabecitas de las amapolas. Es un verdadero benefactor de la humanidad”, comienza el libro. Y termina: “Me he destruido solamente a mí mismo”. En la trama, de neto corte autobiográfico, afluyen momentos estremecedores: “La muerte de sed es una muerte paradisíaca, beatífica en comparación con la sed de morfina”. Conciente del personaje que dibuja, el autor pone en palabras del protagonista: “En realidad no es un diario sino una historia clínica. Si yo no estuviera marcado por mi formación de médico, afirmaría que normalmente el ser humano sólo puede trabajar después de una inyección de morfina”.

París se había transformado en la ciudad que irradiaba el vicio hacia el resto del mundo. Algunos “niños bien” viajaban a la ciudad de la luz para comprar cocaína y traerla a la Argentina, donde la compartían con amistades y la negociaban con reputados clientes de la aristocracia porteña. La sustancia fue introducida en los sectores menos adinerados por los músicos negros que actuaban en los cafetines y las milongas del Bajo porteño.

El fenómeno ganó popularidad a tal punto que llegó a los tangos. El poeta Manuel Romero, en 1926, escribió la letra de “Tiempos viejos”, en cuyas estrofas decía: “¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquéllos! / Eran otros hombres más hombres los nuestros / No se conocían cocó ni morfina / los muchachos de antes no usaban gomina”. A la sustancia muchas veces se la llamaba directamente cocaína, aunque más a menudo cocó y prisé —del francés priser, que significa aspirar, esnifar—, como en el famoso tango Che papusa oí de Enrique Cadícamo (1927): “Que por raro esnobismo tomás prisé”.

EL TÓPICO SERENUNS

En los archivos criminales de la policía figuran sus apodos: Manco y Toro. Antes de transformarse en los líderes de la primera organización narcocriminal de la historia argentina, los hermanos Freddi atendían una farmacia en una esquina céntrica de Buenos Aires. Como tantos otros por aquellos agitados años veinte, se dedicaban a la venta de estupefacientes. Empezaron vendiendo al menudeo, pero llegaron a conformar una gran cartera de clientes a los que les sacaban mucho dinero por alimentarles el vicio proveyéndoles la cocaína que la dupla compraba a las droguerías. El gran movimiento atrajo la atención de la policía, a la que inicialmente sobornaron, pero el negocio crecía y se hacía difícil ocultarlo. Entonces al Manco se le ocurrió una idea: crear un tópico destinado a curar las manqueras de los caballos que contuviera en su fórmula altas dosis de cocaína y de otros alcaloides, para así justificar los cada vez más abultados pedidos a las droguerías. Así nació el tópico Serenuns. A modo de pantalla, los hermanos abrieron un local propio de venta al público en la zona de Bajo Belgrano, donde supuestamente se dedicaban a la difusión del medicamento veterinario en los numerosos studs y caballerizas de la zona.

La particularidad de esta organización es que los Freddi no vendían la droga pues tenían cientos de expendedores que lo hacían por ellos. Ni bien les llegaba la mercadería, la trasladaban al domicilio de otro cómplice llamado Jaime Brunelli, alias “El Chileno”, que vivía en Lanús Oeste. Hasta allí concurrían los expendedores minoristas a hacer sus compras. La investigación policial siguió a varios de estos comerciantes y logró reconstruir la cadena de comercialización hasta dar con el traficante que ingresaba la droga a la Argentina.

El 6 de julio de 1925 se desbarató la banda en medio de una operación de traficantes donde participaban los Freddi. Fue en una vivienda cercana al Parque Chacabuco. Se secuestraron cuatro kilos de cocaína de máxima pureza, una gran cantidad para la época. Los hermanos fueron procesa

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