Los dueños de la pelota

Federico Yañez

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

A Flor y Guada, sin su amor y paciencia este libro no hubiese sido posible.

El poder y la pasión
por Reynaldo Sietecase

“Dime cómo juegas y te diré quién eres.” La definición de Eduardo Galeano reúne verdad y belleza a la hora de contar las diferentes maneras de jugar. Tomás Eloy Martínez, otro gran maestro, utilizaba la misma idea para definir el oficio de periodista: “Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mí mismo, no puedo ser fiel a quienes me lean”. Las dos frases me remiten a Federico Yañez, alguien que escribe y juega como es: riguroso, valiente y honesto. Un periodista que comprendió que el deporte no solo moviliza pasiones sino también ambición política, intereses oscuros y montañas de dinero. Se puede contar el lado B del deporte sin menospreciar las alegrías que provoca una pelota cuando se pone en movimiento. De eso trata este libro.

Yañez sabe que el fútbol, el deporte en general, convoca el entusiasmo de millones de personas en cualquier lugar del planeta al límite de lo irracional. Nadie discute su capacidad para movilizar y conmover. Esa misma potencia también habilita la alienación masiva y los más diversos negociados. Sobre la base de esta convicción es que desarrolla su trabajo. Hace años que revela y analiza las conexiones entre dirigentes, barras bravas y empresarios. Eso lo hace distinto en el universo del periodismo deportivo. Es la diferencia entre narrar lo que pasa e investigar por qué pasan las cosas que pasan.

Yañez traza doce perfiles de los dirigentes argentinos más relevantes. Construye así un mapa implacable con base en nombres propios. Este libro es un retrato del poder detrás de la pasión. Políticos, sindicalistas, empresarios, funcionarios judiciales en busca de legitimación popular. También ex deportistas que buscan capitalizar el haber estado antes del otro lado de la línea de juego. Cuenta la manera en que las comisiones directivas de los clubes y las federaciones se convirtieron en refugio y, en algunos casos, en plataformas destinadas a ganar poder, dinero e influencia.

Desde Daniel Angelici, presidente de Boca y número dos de la AFA, empresario del juego y operador judicial del presidente Mauricio Macri. Hasta Claudio Tapia, cabeza de la AFA, vicepresidente segundo de Conmebol y sindicalista. Pasando por Rodolfo D’Onofrio, presidente de River y empresario de seguros, o el beligerante Hugo Moyano, líder sindical y mandamás del club Independiente. O Matías Lammens, presidente de San Lorenzo, empresario amigo de Marcelo Tinelli, con aspiraciones de gobernar la Ciudad de Buenos Aires, y el poderoso Gerardo Werthein, presidente del Comité Olímpico Argentino y miembro del Comité Olímpico Internacional, cuyo grupo empresarial tiene intereses en el agro, la energía, los seguros y la tecnología, entre otros.

Los dueños de la pelota es un aporte decisivo para comprender, en su totalidad, la compleja relación entre política, negocios y deporte. Un acercamiento imprescindible a las razones ocultas de doce personajes que eligieron trepar por la escalera del juego para consolidar su poder y proyectarlo más allá de los estadios.

Prólogo

Históricamente estamos acostumbrados a la figura de los dirigentes deportivos. Sea en pequeños clubes barriales o grandes centros polideportivos, su presencia no nos resulta ajena, menos en un país donde la idea de la práctica del deporte está profundamente ligada a ellos. A diferencia de otros países como Australia o Estados Unidos, que nutren sus campeonatos nacionales desde los torneos universitarios, Argentina está inscripta en la línea de los clubes.

Es, o era, común que el presidente sea un vecino, el padre de un amigo, un ex jugador o cualquier persona cuya vida social transcurriera en el club. Las identidades barriales se forjaron a partir de los clubes, fundados por inmigrantes, anarquistas, empleados del ferrocarril, estudiantes, ex socios desencantados, y en sus nombres dejaban claros su idea de entidad: La Unión, Progreso, Ferrocarril, un prócer, el nombre del pueblo o la ciudad son algunos de los ejemplos.

Con el tiempo los clubes se convirtieron también en plataformas políticas o espacios de legitimación para funcionarios en declive. Basta con revisar las comisiones directivas de los principales clubes del país para encontrarse con los nombres de diputados, senadores, intendentes, gobernadores, jueces, fiscales, sindicalistas o empresarios con ideologías muy variadas, pero unidos detrás de un color. Y muchas veces, de un interés.

En la campaña presidencial de 2015 los tres principales candidatos tenían una impronta deportiva: Sergio Massa, forjado en Chacarita Juniors bajo el ala de Luis Barrionuevo, esposo de su mentora, Graciela Camaño, pero catapultado por los éxitos de Tigre, el club al que llegó de la mano de su suegro, Fernando Galmarini, secretario de Deportes de Carlos Menem; Daniel Scioli, de pasado en la motonáutica, también secretario de Turismo y Deporte de Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, y con la impronta del club Villa La Ñata, cuyo estadio inauguró en 2013 y en cuyo equipo de futsal todavía juega; y Mauricio Macri, el primer presidente de un club que llega a la Presidencia de Nación. En sus doce años en Boca el equipo ganó dieciséis títulos y también quiso impulsar la sociedades anónimas en los clubes, aunque no pudo. Todavía.

Sin embargo, para la mayor parte de la sociedad y seguramente a nivel histórico, la principal referencia sea la de Julio Humberto Grondona. En sus inicios, don Julio respondió a ese ideal “Luna de Avellaneda”, el del club forjado y cuidado por sus socios. El 11 de enero de 1957 fue uno de los fundadores de Arsenal Fútbol Club, en Sarandí. Fue su primer presidente y, con el propósito de aunar criterios y acercar a los vecinos, estos fundadores tomaron los colores de los clubes más importantes de la zona: el celeste de Racing y el rojo de Independiente, el club que lo iba a lanzar a las grandes ligas en los años 70.

Grondona entendió como pocos y antes que muchos que no era necesario tener un cargo político para ser poderoso. El sentimiento no entiende de razón y el fútbol puede doblegar al político más encumbrado. Cuatro presidentes de facto, cinco elegidos en las urnas y cuatro interinos fueron el saldo de treinta y cinco años en la cima de la Asociación del Fútbol Argentino, que solo se terminaron porque la biología hizo su curso. Grondona asumió cuando Jorge Rafael Videla transitaba su tercer año como dictador y murió un año antes del final del mandato de Cristina Fernández.

Curiosamente, el único gobierno que intentó hacerle contrapeso fue el de Raúl Alfonsín, radical como él. En vano fueron los esfuerzos del secretario de Deportes Rodolfo O’Reilly, a pedido de Alfonsín, para sacar a Carlos Salvador Bilardo del seleccionado de fútbol antes del Mundial de 1986. “Michingo, vos dedicate al rugby que del fútbol me encargo yo”, fue la respuesta de Grondona. Del otro lado, la que más le dio fue el de Cristina Fernández, con el contrato del Fútbol Para Todos. Pero todos intentaron tenerlo cerca, o al menos, no confrontarlo.

Grondona fue el único dirigente que sobrevivió tantos años y que asumió durante la dictadura. El que más se le acerca fue el coronel Antonio Rodríguez, que hasta 2005 fue el presidente del Comité Olímpico Argentino. Tras la salida de Rodríguez asumió Julio Cassanello, nombrado intendente de Quilmes entre 1979 y 1982 y que en 2008, tras los Juegos Olímpicos de Beijing, tuvo que renunciar por la presión pública por su pasado procesista. La diferencia fue que a Rodríguez lo nombró la dictadura, mientras que a Grondona o designaron los clubes, pero con el respaldo del contraalmirante Carlos Lacoste, a quien luego sucedió en la FIFA. Lacoste era primo hermano de la esposa de Videla, hombre de confianza de Emilio Massera y amigo de Leopoldo Galtieri.

Lacoste era el hombre que Massera puso en la Comisión de Apoyo al Mundial 1978, luego Ente Autárquico Mundial 78, como segundo del general Omar Actis, que fue asesinado el 19 de agosto de 1976 cuando salía de su departamento en Wilde. En el libro Almirante Lacoste. ¿Quién mató al general Actis?, el periodista Eugenio Menéndez lo señala como el autor intelectual del homicidio. A partir de ahí tomó el control del organismo que controlaba el dinero del torneo, y enormes sospechas quedaron plantadas en torno de Lacoste. El presupuesto del torneo era de 70 millones de dólares y el gasto total osciló entre 520 y 700 millones. Cuatro años después España solo necesitó 120 millones de dólares para su Mundial.

El secretario de Hacienda Juan Alemann denunció en reiteradas oportunidades el desmanejo monetario de Lacoste. Incluso fue víctima de un atentado en su casa durante el 6-0 de Argentina a Perú. Cuando Leopoldo Luque convirtió el cuarto gol que le daba al equipo de César Luis Menotti la clasificación a la final, una bomba estalló en la puerta de su casa, como lo contó en el documental Mundial 78. La historia paralela, hecho por Cuatro Cabezas en 2003. Alemann además sugiere que evidentemente había certezas de que Argentina lograría los cuatro goles de diferencia y por eso pusieron el explosivo.

Durante la dictadura el país fue sede de cuatro mundiales: en 1978, los de fútbol y hockey sobre patines masculinos que fueron campeones; en 1981, de hockey femenino, donde las pre Leonas resultaron sextas; y un año después, de vóley masculino, ese torneo donde aparecieron Hugo Conte, Waldo Kantor y Daniel Castellani, y dejó la medalla de bronce y el primer desafío a los militares. En el Luna Park se empezó a escuchar “Se va a acabar la dictadura militar”. También se corrieron nueve grandes premios de Fórmula 1 y catorce torneos masculinos de tenis.

Lacoste también fue nombrado en la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) tras la salida de Santiago Leyden, histórico presidente de Ferro, y de ahí forjó una relación estrecha con João Havelange, presidente de FIFA desde 1974 y sin empacho alguno a la hora de lidiar con dictadores de todos los gustos y colores. En 1994 la revista Playboy los acusó de estar detrás de una red de tráfico de armas. A Lacoste la gracia le duró hasta 1984, cuando, caída la dictadura y gracias a la presión internacional, renunció a su puesto en FIFA. Paradojas del destino, Lacoste murió el 25 de junio de 2004, el día que se cumplían veintiséis años del primer título mundial de fútbol.

Grondona lo sucedió y tardó diez años en forjar su camino a la gloria. De ferretero de Sarandí a vicepresidente del mundo, como le gustaba decir. “Y sin hablar una palabra en inglés”, reafirmaba. En el medio, Diego Maradona fue inmortal en México 86; un subcampeonato en Italia 1990, la dos Copas América de la gestión de Alfio “Coco” Basile y cuatro Copas Libertadores de clubes argentinos fueron el preámbulo del Mundial de Estados Unidos 1994.

Argentina recuperó a Maradona tras quince meses de suspensión, logró atravesar el repechaje contra Australia y llegaba con un candidato temible. Daniel Cerrini, la efedrina y una nueva suspensión demolieron el ánimo de un plantel que quedó eliminado en octavos de final contra Rumania.

Andrés Burgo y Alejandro Wall relataron en El último Maradona la previa, el durante y el post de los controles antidoping al capitán argentino y de cómo podría haber salido indemne. Como lo cuenta el doctor Roberto Peidro, uno de los dos médicos del plantel, hubo dos elementos que podrían haber evitado la suspensión de Maradona. Uno: que la faja del frasco con la muestra tenía escrito “efedrina” y “pseudoefedrina”. El otro: que uno de los médicos que iban a hacer la contraprueba, el español Agustín Rodríguez Cano, preguntó qué le había pasado a Maradona. Como se sabe, en un control antidoping se aplica un concepto de doble ciego, es decir, no se puede saber qué sustancia supuestamente causó el doping ni a quién pertenece. En este caso, se debió hablar de la muestra FIFA 220, pero todos sabían de quién era. Estaba servido para salvarlo. Pero no pasó.

En el libro se muestra cómo Agricol de Bianchetti, abogado de AFA, remarcó que era el jugador y no la institución el que estaba en problemas. Y que no iban a apelar. Grondona, que era vicepresidente de FIFA desde 1988, no quería un conflicto político. En 1998 don Julio fue clave para que Joseph Blatter derrotara al sueco Lennart Johansso

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