Miguel de Cervantes

Jordi Gràcia

Fragmento

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PRÓLOGO

 

 

 

Cuando ya nada importaba demasiado, y cuando nadie esperaba nada de él, ni siquiera él mismo, Cervantes imaginó un relato inimaginable e imposible, sobre todo en su tiempo y casi en el nuestro también. El descubrimiento de don Quijote hizo a su autor dueño de una invención que cuajó más allá de sus 50 años, porque solo con la madurez encontró en la novela el taller de la ironía y la libertad para contar la realidad. Supo entonces desatarse de los dogmas de todos, incluidos los suyos, y, sin saber bien cómo, exprimió las virtudes del soldado católico y luchador que había sido en un libro sin ley, genuinamente nuevo e inimitable (o, por lo menos, no imitado) durante ciento cincuenta años. Se adelantó a su tiempo en la invención de un artefacto que duplicaba la realidad mientras la imitaba y desmontaba cualquier coartada que redujese a razones simples o totalizadoras la complejidad de lo real. Cervantes se acababa de inventar el modo de pensar moderno a través de una novela cómica que subvertía o, como mínimo, dejaba en suspenso la convicción entonces universal de que las cosas no pueden ser dos cosas a la vez.

Si no me hubiese vuelto loco del todo con tanto Cervantes, diría que esta biografía intenta explicar las condiciones que hacen posible semejante extravagancia, a través de una vida contada sin ficción ni fantasía, pero sí con la imaginación del novelista que no soy. No sé si de veras ha salido eso, y ni siquiera estoy muy seguro de haber salido indemne de la inmersión en su mundo durante los dos últimos años. Sí sé que he querido inyectar el ritmo del relato en la biografía de un iluso escarmentado por la experiencia pero libre del rencor del desengaño. Sé también que no existirían las condiciones de la plenitud de Cervantes, nacido en 1547, sin otras tantas condiciones previas, sin el soldado juvenil por vocación y convicción, sin la fe en sí mismo para fugarse cuatro veces de Argel y fracasar las cuatro, entre 1575 y 1580, sin la fatiga del recaudador para la Hacienda pública durante más de diez interminables años y, por supuesto, sin el éxito y la inmediata frustración del dramaturgo que siempre quiso ser. El Cervantes de sus mejores novelas, sin embargo, parece vivir fuera de su tiempo para saltar al centro del nuestro, allí donde la ironía es la respuesta que los ideales y el buen sentido dan a las paradojas de la experiencia, donde el humor es condición de la inteligencia y la verdad es esquiva y es exacta al mismo tiempo: irónica y cervantina.

 

 

LA IMAGINACIÓN MORAL

 

Este libro cuenta la vida de Cervantes narrada a pie de calle, con el punto de vista emplazado en la cabeza del escritor, como si dispusiésemos de una cámara subjetiva que lo atrapase en sus virajes y sus revueltas, en las rectas y en las curvas. La cámara subjetiva no fantasea pero sí usa la imaginación moral, que enfoca más lejos o más cerca, se detiene aquí o allí, sospecha, explora y pregunta, pero no ficcionaliza ni fantasea. Imagina, porque sin imaginación no hay biografía, y Cervantes fue tan real y genial como normal y corriente, tan jovial y burlón como estricto y comprometido, además de pasmosamente inteligente.

Su única intimidad ha estado siempre tan a la vista de todos que hemos creído a Cervantes sin intimidad. Es en sus personajes donde hay que aprender a leerla porque está, está en las emociones y los desvaríos, en su amor por el bien y su terror a los excesos del bien, en el placer de la imaginación y la efusividad del humor. Su intimidad está a la vista y casi desnuda mientras propaga sin desmayo la emancipación de las mujeres de sus dueños (padres o esposos), mientras defiende las causas de la nobleza intemporal contra el interés caduco, mientras pone el humor por encima de la solemnidad o mete en el corazón de las buenas ideas la sombra del escepticismo y de la impotencia, haciéndonos más sabios sin dejar de reír, con la sospecha continua de que nada es tan grave que no merezca un par de palabras más, una última burla desdramatizadora: la conquista de la ironía.

En su obra habla poco en primera persona pero la literatura habla siempre de forma compleja e indirecta del yo del escritor. Y ese yo se viste y desnuda, se desviste y vuelve a vestirse a través de una ficción que nunca es neutra o plana o previsible sino creativa y reflexiva, original e intencionada. Si el primer Quijote de 1605 es una gran novela al borde de sus sesenta años, el segundo Quijote es, además de otra gran novela, un libro de pensamiento porque a Cervantes las ideas y la meditación misma sobre la existencia se le derraman como ficciones. En esos relatos está el Cervantes real, multiplicado y reducido, burlado y ensalzado, entusiasta y melancólico, crítico y autocrítico: escarmentado y feliz. La identificación de su vida en su obra de ficción es un procedimiento tan falso y tan infeliz que ha pasado a mejor vida hace muchos años. Pero es un disparate descartar que su obra de ficción proyecta, recrea y transmite hasta el presente su personalidad y su temperamento a través de la literatura, antes y después de la insólita libertad de procedimientos narrativos y de voces del primer Quijote y del segundo Quijote, fraguados en la misma genialidad y sin embargo diferentes: en el primero está la causa impensada del segundo, más genial que el primero.

Este tramo último de su biografía sigue siendo un misterio. En poco más de diez años, hasta su muerte en 1616, escribe de nueva planta dos obras maestras y las Novelas ejemplares, que es otra obra maestra, como si se instalase fuera de su tiempo y se adelantase al nuestro. El misterio aumenta cuando el lector intuye que en esos años Cervantes descubre el modo de injertar en la ficción el asalto de la realidad vivida, el acoso de una experiencia que empapa cada página sin que nada de ese asalto rompa la campana neumática de la ficción ni desde luego disuelva el mecanismo irónico fundamental del Quijote al imaginar a un hombre inequívocamente loco e inequívocamente cuerdo. Nada deshace el equívoco o la ironía perpetua, ni siquiera cuando la novela aborda conflictos graves de su tiempo o sorpresas tan dolorosas como la aparición de un Quijote apócrifo que continúa la historia bajo el seudónimo de Avellaneda.

Desde entonces, nada en su obra puede reducirse a lecciones mecánicas o sermones de predicador. Con el secreto impulso de una libertad total con respecto a sí mismo y a los demás, nace el escritor que conquista una mirada compleja e irónica sobre el mundo a partir del hombre que aprendió escribiendo a ser él mismo, siendo varios a la vez, sin miedo a ninguno de ellos ni excesiva reverencia al más desaforado ni al más cuerdo. Sin el Cervantes idealista, dogmático y unívoco de la juventud nunca hubiese existido el autor descreído del idealismo simplificador, irreductiblemente seguro tanto del bien como de la buena fe, irrenunciablemente fiel a la fantasía de imaginar un mundo mejor. Cervantes escribió el Quijote sin haber dejado de ser del todo un hombre quijotesco.

Pero lo verdaderamente sorprendente es lo que sucede a Cervantes después de publicar el Quijote de 1605. El éxito de ese libro ha creado una falsa imagen de sí mismo en los demás y lo ha convertido en un autor con el que Cervantes no se identifica o en el que se reconoce solo en parte. Ese libro es de humor y está lleno de bromas, no encaja con nada ni obedece a género alguno de entonces, pero ni él es don Quijote, como tantos parecen pensar, ni ha renunciado en absoluto a la literatura seria de su tiempo. Siente que hay algo íntimamente denigrante y hasta vejatorio en leer en el Quijote a un Cervantes disparatado y tan sin tino como el caballero y como el escudero, mientras encadenan chistes y calamidades. Pero está a tiempo de disipar ese equívoco y, mejor aún, está a tiempo de escribir el negativo o la contracara del primer Quijote para desplegar en el segundo, y con el mismo mecanismo turbador de fondo, con la misma libertad del primero, la experiencia y los afanes de Cervantes con una transparencia nueva y una ironía que permea de arriba abajo el libro entero.

Pero el primer asalto contra la opinión común y contra la malevolencia de demasiados, incluido Lope de Vega, Cervantes no lo da con el segundo Quijote de 1615 sino con un libro serio y cómico, además de enteramente original y nuevo, las Novelas ejemplares, terminadas en 1612. Mientras tanto, escribe en clave de farsa el guiñolesco retrato de su sociedad literaria en forma de Viaje del Parnaso y escribe la que Cervantes siente que es su auténtica novela total, el Persiles, terminada a las puertas de la muerte en 1616. Es el último peldaño para culminar su obra y rectificar su empobrecida y deformada imagen de autor cómico a través de la literatura más alta de su tiempo, inyectada con las energías intelectuales que ha descubierto en el Quijote. El Persiles es su novela total, eso creyó sin duda él, como lo creyó su propio tiempo. Uno y otros se equivocaban, pero esa es parte de la historia que cuenta esta biografía.

Como este libro no es una historia de la literatura, el lector no va a hallar apartados dedicados a tratar de La Galatea o del teatro o del Persiles. Cada una de sus obras se explica vertebrada con su vida y de forma intermitente y secuencial. He querido ser fiel a los tiempos de la invención y la escritura de las obras antes que al tiempo de su publicación (y de ahí que el índice final incluya los títulos de las obras para orientar al lector sobre los lugares en que me ocupo de ellas). Para gran parte de su obra solo podemos abrir una amplia pamela de conjeturas cronológicas e intuiciones inverificables. De muy pocas novelas breves conocemos una fecha segura de redacción y con el teatro asaltan las mismas incertidumbres, incluso agravadas. Apenas de unas pocas comedias sabemos cuándo las escribe o las contrata, y solo estamos seguros del momento en que decide reunirlas en un buen tomo de comedias y entremeses muy mal impreso, tan tarde como en 1615, Ocho comedias y ocho entremeses. Hay indicios muy seguros de una escritura acelerada a partir de determinado momento, como sucede con el segundo Quijiote, y a veces es casi patente la ansiedad de reunir materiales dispersos, como en los últimos tramos del Persiles, que aparece, ya póstuma, en 1617.

Y todavía una cosa más, con algo de confidencia un punto aprensiva. A nadie puede acabar de convencer esta biografía porque nadie ha sido más convincente sobre Cervantes que Cervantes mismo; ninguno de sus lectores reales y asiduos va a renunciar a su Cervantes por el Cervantes de otro, aunque disipe equívocos o interprete mejor o peor esto o aquello. Nada podrá suplir al Cervantes que cada cual ha visto en su obra, como relámpago intuitivo o como lenta decantación. Es una derrota anunciada del biógrafo, pero también es una renuncia íntimamente escogida para desactivar la ansiedad de narrar un Cervantes inobjetable y universal que no existe.

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1. LOS PRIMEROS SUSTOS

 

 

 

En casa nadie olvidó el verano de 1552, y menos que nadie los cuatro hijos de Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas, Andrea, Luisa, Miguel y Rodrigo. Mientras Leonor espera de un momento a otro el nacimiento del quinto niño, el padre espera lo peor porque no ha sido capaz de devolver un préstamo ya vencido. El juez ha ordenado el embargo de sus bienes, o lo que quedase de sus bienes, este 4 de julio en que los alguaciles entran en casa para llevárselo todo, y todo es todo, las sábanas y las mantas, los cuatro colchones, el jubón, el sayo y las «calzas amarillas», la mesa de nogal y sus bancos, también el «banco de sentar, de pino», y otras dos «sábanas de Ruan» con otros tres «colchones buenos», la caja de cuchillos dorados y los zapatos de terciopelo, el arca con más ropa de casa, la «capa negra llana» y otro sayo de lo mismo, «aforrado de tafetán». No han dejado ni el sombrero que llaman chapeo, «de terciopelo con un cordón de seda», ni el «cofrecillo con joyas» y ni siquiera al «niño Jesús en una caja de madera».

Parecen los restos de un naufragio y algo de esto hay porque desde que pusieron los pies en Valladolid las cosas parecen ir en caída libre, como si ya no quedase ni rastro de la antigua prosperidad que habían disfrutado en Alcalá de Henares en las últimas dos décadas. Ni la fortuna ni el juez perdonan, porque decide meter en la cárcel a Rodrigo hasta que pague la deuda, y Leonor da a luz a una niña que llamarán Magdalena. Los buenos tiempos se habían acabado sin que Rodrigo hubiese encontrado la vía de remontar una vida y a una familia. Su oficio como médico de primeros auxilios, seguramente aprendido ya de mayor, no daba para vivir, o quizá no podía competir ni con los licenciados que salían de la Universidad de Alcalá ni con la reputada familia de médicos de su mujer, los Torreblanca, poco entusiastas de la boda de Leonor con Rodrigo. Tampoco parecía haber logrado nada muy sólido ahora en Valladolid. No sabemos exactamente cuándo, pero las cosas empezaron a estropearse a medida que avanzaba la década de los cuarenta, a medida que nacían los niños, a medida también que la protección posible de su padre, Juan de Cervantes, había ido evaporándose.

Hasta entonces, sin embargo, habían disfrutado de una posición holgada que arrancaba de la mejor etapa de Juan de Cervantes como administrador de bienes oficiales de casas nobles o por cuenta del rey. Había sabido acertar con los señores y los oficios y sobre todo acertó a ingresar en el consejo privado del duque del Infantado hacia 1529. Tras múltiples complicaciones, tanto él como su hija María obtuvieron una indemnización astronómica de seiscientos mil maravedíes que permitió a la familia instalarse en Alcalá hacia 1530 y al principio de toda buena fortuna. Allí se casaron Rodrigo y Leonor en 1540, cuando amigos y vecinos recordaban a los Cervantes como «personas muy bien ataviadas y acompañadas muy honradamente de criados y vestidos, y toda su casa», con «muchas sedas y otros ricos atavíos, y con buenos caballos, pajes y mozos de espuelas, y con otros servicios y fantasías» para participar, como hace la buena sociedad, en las justas y los juegos de cañas. Juan mantuvo su itinerancia profesional que lo lleva siempre lejos de su mujer, con «oficios en ciertas ciudades y villas, por su majestad», o por particulares nobles, como el duque de Sesa, que lo designa alcalde mayor de Baena y de su condado de Cabra, e incluso ha tenido «cargos de juez de los bienes confiscados por la Santa Inquisición». Por supuesto, eso no se da a «persona que tenga raza ninguna de judíos» ni se da desde luego a quien venga de la baja extracción social que paga impuestos, los «pecheros» comunes y corrientes. Pero «nunca se cobraron ni repartieron» esos impuestos a Juan ni a Rodrigo por «ser tales hijosdalgo».

Todo apunta a que el abuelo se alejó muy pronto de la familia de Alcalá y no asiste al bautizo de ninguno de los hijos de Rodrigo y Leonor, y han sido ya unos cuantos en los últimos años. Nació primero un Juan que murió enseguida, pero sí sobrevivieron los demás. Andrea nace en 1544, Luisa en 1546, Miguel en 1547 y todavía Rodrigo en 1550, apenas unos meses antes de marchar hacia Valladolid y acabar dando el prolífico padre con sus huesos en la cárcel. Ese mismo verano de 1552, Juan de Cervantes se incorpora a un nuevo empleo como letrado en el cabildo de Córdoba y juez de bienes confiscados por la Santa Inquisición. Y mantiene sin duda una ya prolongada autonomía con respecto a su mujer porque vive con otra (y sin hijos y sin nietos). Que debió ser hombre de temperamento es completamente seguro porque al menos a sus cincuenta años tuvo que hacer frente a una denuncia por torturas y a la condena del juez a pagar a su víctima veinte ducados por haberlo atado, y «desnudo como estaba», le «apretó por su mano de la una parte muy reciamente los cordeles y de la otra estiraba», mientras el hombre pedía que no le «despedazasen y atormentasen así» porque Juan de Cervantes, como teniente de corregidor, lo hacía «más con ánimo de hacerme daño y de atormentarme mis carnes que no con celo de administrar justicia», apretándole los cordeles hasta que se le «hincaron bien por la carne», de tal manera que estuvo «muchos días malo y muy atormentado de sus miembros», incapaz de «hacer cosa ninguna ni me podía valer de dolor».

No deja de ser enternecedor el empeño de Rodrigo en este Valladolid de 1552 por hacerse valer como hidalgo «notorio de padre y abuelo de solar conocido», que no «ha ni debe estar preso por deudas» conforme a las leyes de Castilla. Debería ser la razón fundamental para sacarlo de la cárcel, pero ni accede el juez ni es fácil demostrar esa hidalguía sin ejecutoria que la pruebe, y él no la tiene. Habrá aprendido su oficio de «médico cirujano» ya sobre los 30 años, aunque apenas han sido cuatro cosas para salir del paso, corregir una luxación, limpiar una herida y suturar aquí o allá, pero no mucho más, o no mucho más que lo aprendido casi de forma autodidacta. En casa tiene, o tenía hasta hace unas horas, tres libros: uno es la Gramática de Nebrija, otro es «de cirujía», que equivale a algo más que primeros auxilios pero muy lejos de nuestra cirugía, y el otro es el «libro de las cuatro enfermedades». Y se han llevado también la espada y la vihuela, porque aunque Rodrigo ha ido quedándose sordo, los amigos lo recuerdan tocándola con buena mano.

No queda más remedio que volver a Alcalá, que es donde se queda la familia en los años siguientes, mientras Rodrigo viaja a Córdoba, sospechamos que solo o sin los hijos, a buscar el auxilio del padre. Allí parece obtener algunos mínimos encargos a través de Juan o bien a través de su hermano Andrés. Desde esos años es alcalde de Cabra, sin duda por mediación de su padre Juan, que estuvo al servicio del dueño del pueblo, el duque de Sesa, además de actuar como corregidor de Osuna, que pertenece también al mismo noble. Como mínimo, se han salvado todos, pequeños y mayores, del olor a chamusquina de los 27 libros que la Inquisición quemó en ceremonia pública y ostentosa en Valladolid, por no hablar de otra chamusquina peor en uno de los autos de fe más vistosos de la época, con asistencia de Felipe II, aunque solo estaba empezando la época dorada de ese popular espectáculo, con asistencia de turistas y general expectación nerviosa, al menos de algunos de los convocados por pregón público.

En Cabra va a seguir Andrés de Cervantes hasta el fin de los tiempos, casado desde 1557, y probablemente auxilia por entonces a Rodrigo, que parece gestionar algunas casas en Sevilla por cuenta de Andrés y aparece entonces todavía como «médico cirujano». La hija mayor, Andrea, ha pasado algunas temporadas fuera de Alcalá y en compañía de la abuela Leonor, en Córdoba. Cuando muere en 1557 (un año después de morir su marido), deja como herederos a sus tres hijos, Rodrigo, Andrés y María, pero también destina una parte de la herencia expresamente a «mi nieta» Andrea, que tiene ahora 13 años. A su otra hija, Catalina, no puede dejarle pedazo alguno de la herencia porque es monja en el convento de la Concepción. Y además de encargar misas para unos y otros (solo seis para el «licenciado Juan de Cervantes»), también se acuerda previsora y providencialmente de los frailes de la «redención de cristianos cautivos en tierra de moros», y asigna cuatro maravedíes a cada una de las órdenes que se encargan de ello: Nuestra Señora de la Merced, de la Cruzada y de la Trinidad.

 

 

LOS ESCRITORIOS DE ANDREA

 

La gestión de las casas de Andrés ha llevado a Rodrigo a Sevilla. Vive en el barrio de San Miguel y allí ha trabado amistad con Alonso Getino de Guzmán. Es uno de los actores de la compañía de teatro de Lope de Rueda, vecino del mismo barrio y un renovador importante del teatro de la época. También intenta Rodrigo algún otro negocio con amigos como Pedro Suárez de Leyva, o al menos ambos se obligan a pagar una importante suma, casi veinte mil maravedíes (unos quinientos setenta ducados), a un mercader cordobés por «treinta y siete varas de paño negro veinticuatreno» y «una vara de tafetán», quizá para las labores de costura que realiza Andrea, que vive con él en Sevilla ahora.

Previsiblemente está ahí también Miguel, que quizá pasase algunas temporadas con su padre, como había hecho Andrea con su abuela en Córdoba. Hacia 1560 Miguel tiene 13 años (nació en septiembre de 1547, seguramente el 29, que es San Miguel, pero no lo bautizan hasta tan tarde como el 9 de octubre), y, si está en Sevilla, ha acudido sin ninguna duda con algún amigo, con Alonso Getino mismo o por su cuenta, a algunas de las representaciones de Lope de Rueda. O al menos Cervantes no olvidaría para el resto de su vida su teatro, que evoca con detalle y entusiasmo cuando él mismo sabe ya qué es disfrutar del teatro, y cuando se siente capaz de reivindicar «la bondad de sus versos» porque algunos «me quedaron en la memoria». Y vistos «ahora, en la edad madura que tengo, hallo de ser verdad lo que he dicho» y no solo impresión juvenil de principiante. Lope de Rueda será siempre para Cervantes «admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá, ninguno le ha llevado ventaja».

Como menor de edad que es Andrea (sin haber cumplido los 25), sabemos que pide en Sevilla, y en marzo de 1565, un procurador legal. No sabemos para qué, pero sí sabemos que Andrea mantiene una relación quizá amorosa pero sin duda carnal con Nicolás de Ovando, que es un joven de familia influyente y sobrino del vicario general. Pero no: Ovando se desdice de su compromiso firmado de matrimonio, y tras romper la relación compensa a la muchacha con otra importante suma de dinero que servirá, entre otras cosas, para criar a la niña que nace de la pareja. Va a llamarse Constanza de Ovando, aunque con los años se hará llamar Constanza de Figueroa. Andrea no ha hecho nada muy distinto de lo que había hecho su tía María años atrás ni de lo que hacen muchas otras mujeres de equivalente posición social y algo de suerte: buscar un enlace ventajoso con un caballero, al menos hasta que el caballero se desdiga del acuerdo y se case como dios manda.

La relevancia del caso en la biografía de su hermano Miguel llega por otro sitio. El tío de Nicolás es Juan de Ovando, que a su vez se va a hacer cargo de una madre desamparada y de su joven hijo desde 1556. El niño quizá ha nacido en Córcega, quizá en Argel, y se llama o se hará llamar Mateo Vázquez, después Mateo Vázquez de Lecca y finalmente Mateo Vázquez de Lecca y Colonna en un crescendo de nombradía y relevancia que retrata bien a un joven que supo usar sus cartas y prosperar rápidamente en el entorno de la corte de Felipe II, hasta ser uno de sus principales secretarios y poderoso rival de otras facciones de la corte (sobre todo la que encarnan la princesa de Eboli y Antonio Pérez).

Ahora Mateo Vázquez es solo un muchacho despierto que tiene la fortuna de entrar al servicio de Juan de Ovando y sobre todo de asistir a la escuela privada que organiza en Sevilla para los servidores de su casa, a finales de esa década, con dos excepcionales maestros jóvenes, Benito Arias Montano y Francisco Pacheco. Durase lo que durase, que fue poco, incluso muy poco, la relación de Andrea con Nicolás, no parece descabellado adivinar al joven Miguel al tanto de lo que hace su hermana mayor —se llevan tres años— y de la crianza misma de Constanza. Y es ya sencillísimo deducir que este Miguel adolescente de 1565 y 1566 estaría informado sobre quién era ese Juan de Ovando cuando llega a Alcalá por entonces para realizar una inspección académica del funcionamiento de la universidad.

Aunque la corte de Felipe II se ha instalado en Madrid desde 1561, Alcalá mantiene el tono de una ciudad rica, culta y hasta sofisticada, con una población flotante y numerosa de estudiantes atraídos por la calidad de la enseñanza tanto de su universidad como de sus academias privadas, en particular la del importante humanista y amigo personal de Francisco de Figueroa, Ambrosio de Morales. Es un lugar óptimo para establecer contactos y nudos de relaciones en el mercado laboral de la época para quienes no pertenecen a la nobleza pero escogen las letras y las leyes como carrera, y no las armas, ni el comercio ni el clericato. Las letras son, sobre todo, la base formativa y cultural de los secretarios, administradores, escribanos y escribientes que necesita la Administración, la Inquisición, los jueces u oidores, en Audiencias, municipios, alcaldías y pueblos. La corte y el poder es el vivero de la gente de letras y leyes destinadas al Consejo de Estado, el Consejo de Castilla, el Consejo de Indias y los distintos ministerios que asesoran a un rey que escucha y lee, como Felipe II. Por eso está en Alcalá ahora Mateo Vázquez, acompañando como paje o secretario a Juan de Ovando, pero además se matricula en octubre de 1564 en los estudios de Filosofía de Alcalá. Enseguida será secretario del Consejo de la Inquisición de Aragón en 1568, además de trabajar para el cardenal Diego de Espinosa cuando accede al rango más alto de poder. Entre los poquísimos textos que se conservan de la etapa del cautiverio de Cervantes en Argel, entre 1575 y 1580, el más importante es la epístola o carta en verso, y de tono muy personal, que Cervantes envió en 1577 a Mateo Vázquez cuando era ya un auténtico hombre de poder de la Corte. Y sabemos que Mateo Vázquez guardó esa carta entre los papeles con algún peso en su biografía.

En torno a sus 20 años, Cervantes puede haber hecho sus primeros pasos formativos en alguna de las academias de Alcalá, o como asistente a las clases particulares de Ambrosio de Morales. Allí reside ahora el primer hijo de Felipe II, el infante Carlos, cada vez más alejado de su padre, y más enfermo, con servidores personales como el poeta y censor Pedro Laínez. Entre su guardia privada figura también un poeta prestigioso que ha abandonado ya la poesía, Francisco de Figueroa, que además mantiene correspondencia personal y una estrecha amistad con Ambrosio de Morales (porque fue alumno, años atrás, de su academia particular en Alcalá).

En su sentido más lato, hay otra corte que se compone de numerosas y entrecruzadas casas nobiliarias, rancias o más nuevas. Rodean al rey, asesoran, influyen y constantemente exhiben la opulencia de su poder. También para eso están los hombres de letras, para servirlos y auxiliarlos escribiendo informes y memoriales, cartas y borradores de cartas, incluso para galantear con versos propios o ajenos y rivalizar en justas poéticas, academias y congregaciones literarias y refinadas. Existen las de palacio, evidentemente, y algunas tienen entre sus miembros a la más alta nobleza, como la que se reúne cerca de las dependencias del infante Carlos, la llaman la «alcobilla» porque gira en torno al duque de Alba, hasta que marche a Flandes entre 1567 y 1568 a imponer tanto la doctrina contrarreformista de Trento como el terror contra los rebeldes calvinistas (y contra el criterio, por cierto, de la hermana de Felipe II, Margarita de Parma). Y todavía funciona en la Corte otra tertulia con su grupo de habituales en torno a Diego Hurtado de Mendoza. Aunque no hay lista de socios que nos auxilie, por ahí anduvieron sin duda servidores del propio infante Carlos como Pedro Laínez, Francisco de Figueroa, Luis Gálvez de Montalvo, y por supuesto el cardenal Diego de Espinosa, que empieza ahora el mejor momento de su trayectoria cortesana, y quizá asomase algún otro joven menos previsible que estos formales empleados de la corte.

Poco tiempo permanecen Rodrigo y los suyos en Alcalá, aunque sí la otra hermana mayor de Miguel, Luisa, porque se hace monja en el convento de la Concepción con 17 años. Pero los demás se van a Madrid con su padre, y allí se instalan hacia 1566 —Cervantes tiene 19 años—. Es en Madrid donde Andrea ha buscado una segunda boda o un segundo compromiso que la saque de pobre sin que prospere el enlace. Con 23 años acepta de Juan Francisco de Localdelo (o Locadelo, que de las dos formas lo nombran) una donación «irrevocable» legalizada y formalizada a 9 de junio de 1568. Se la ofrece para que ella tenga «con que se poder casar y honrar» lo mejor posible, sin impedimentos de nadie, ni de hermanos ni de otros parientes, ya que —dice Localdelo, o Locadelo—, «estando yo ausente de mi natural en esta tierra», porque es italiano, «me ha regalado y curado algunas enfermedades que he tenido», tanto ella como su padre Rodrigo, y ha hecho «por mí en mi utilidad otras muchas cosas de que yo tengo obligación de remunerar y gratificar».

Y lo hace de veras y en forma generosa de acuerdo con un inventario que rematan trescientos hermosos ducados de oro y abren «siete piezas de tafetanes amarillos y colorados, que entre todos hay treinta y seis piernas». Esa donación suena sobre todo a una separación amistosa o acordada, y allí comparece el recuento de ropas ricas y atavíos señoriales, el ajuar de casa con sus platos y sus jarras y sus saleros, varias basquiñas y varios jubones, uno «de tela de oro carmesí», con seis «cofias de oro y plata», y hasta ocho colchones de Ruan con sus sábanas, sus alfombras y su caja de peines «buena de ver», además de un «espejo grande» donde mirarse mientras se peina, se viste y se desviste, todo ofrecido por «las causas susodichas y por otras muchas buenas obras que de ella he recibido», según dice el donante, aunque en este tramo ya no sale por ningún lado el padre de la muchacha. También van en el lote, por cierto, una vihuela que debió sonar en manos de su padre Rodrigo y «dos escritorios, el uno de Flandes y el otro de taracea» y aun una «escribanía de asiento». Es imposible no adivinar a su hermano pequeño Miguel, que ya no tiene nada de pequeño, sino 20 años, metiendo las narices y sus barbas rubias en la vida de la mayor o al menos en la escribanía, en uno de los escritorios o en los dos.

 

 

EJERCICIOS MANUALES

 

No es del todo invención porque en algún sitio ha tenido que escribir Miguel el primoroso soneto que dedica al nacimiento de la infanta Catalina Micaela, en octubre de 1567, como si este muchacho hubiese encontrado algún enlace o alguna posibilidad de poner el pie en la corte, en la periferia de la corte o en sus proximidades. A sus treinta y tantos años, Alonso Getino de Guzmán ya no está en Sevilla con la compañía de Lope de Rueda sino en Madrid y encargado de las fiestas públicas que celebran en la ciudad el nacimiento de la criatura. Y quizá ha sido él quien ha sugerido o animado al joven a escribir su poema sobre la hija de Felipe II y de su tercera mujer, Isabel de Valois, la «serenísima reina» del soneto de Cervantes, que a los 21 años ha dado a luz a una niña pese a que las abrumadoras virtudes que acrisolan a una y a otra dejan al pobre «ser mortal» del poeta sin palabras para el encomio, y así «le va mejor sentir callando / aquello que es difícil de decirse». No se ven sus veinte años por ningún sitio, pero sí deja ese primer soneto la huella de una escolarización más o menos académica porque el poema entero es un correcto y anodino ejercicio común en la enseñanza de las letras de la época. Madrid tiene desde enero de 1568 nuevo catedrático de Gramática y director en la escuela pública, el Estudio de la Villa, Juan López de Hoyos, y con él debió Cervantes empezar sobre sus 21 años a leer e imitar modelos clásicos, que es como se aprendían las letras y la poesía, y allí pudo empezar en el oficio de leer y traducir del latín, a componer y remedar textos antiguos y modernos.

El tinglado de academias y reuniones literarias se pone a prueba de nuevo este mismo año de 1568, pero no para celebrar el nacimiento de una niña sino para llorar la muerte de la madre en octubre. Y es López de Hoyos el hombre de confianza que gestiona la vertiente literaria y, entre otras muchas cosas, encarga nada menos que cuatro poemas a Cervantes, un epitafio, un par de redondillas castellanas y otro poema más extenso y sustancioso, todo recogido al año siguiente en la Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias fúnebres, dedicado al nuevo regente tras la muerte de la reina, Diego de Espinosa. Es ahí donde López de Hoyos alude dos veces al joven, una para llamarlo «mi amado discípulo» y otra posterior «nuestro caro y amado discípulo». Cervantes ha hecho lo posible por esmerarse y en su epitafio asegura que «de la más alegre vida, / la muerte lleva siempre la victoria», aunque nada ni nadie niega, y menos que nadie Cervantes, la «bienaventuranza / que goza nuestra reina esclarecida / en el eterno reino de la gloria».

Los versos se pudieron leer impresos pero antes se vieron en la plaza pública, junto con muchos otros, colocados sobre el «brocado de la tumba» y con «coronas de ciprés en su contorno», como hacían los antiguos para adornar los sepulcros de los reyes y señores, según ha leído López de Hoyos en Lucano. La epístola en que se dirige Cervantes a Diego de Espinosa debió de gustarle al maestro porque elogia su uso «de colores retóricos», y además el encargo consistía en hablar en nombre «de todo el Estudio». Lo hace Cervantes pero esa epístola dirigida a la primera autoridad política del momento no trata de la muerte sino del poder, y no solo va la queja temblorosa por la muerte de la reina y el dolor de Felipe II, sino el elogio entusiasta del rey y de Espinosa mismo, que también es presidente del Consejo de Castilla en 1565, Inquisidor General al año siguiente y hombre clave hasta su muerte en 1572. El llanto se convierte en alegría al confesar casi confidencialmente, «si no os cansáis, señor, ya de escucharme», y si todavía puede anudar «de nuevo el roto hilo» del poema, el consuelo que todos reciben de saber que en los hombros firmes del cardenal Espinosa queda «la carga del cielo y de la tierra» que ahora abate al rey y así el mal del rey «es menos» y también lo es la desventura general.

Cervantes está cerca de López de Hoyos, y López de Hoyos lo está de Espinosa. Con los años, además, el director de la Escuela ha reunido una considerable biblioteca humanística de quinientos volúmenes (que son muchísimos para la época) que incluyen la obra de Erasmo, también la prohibida por el Índice inquisitorial de 1559, como el manual del buen cristiano, el Enchiridion, los éxitos populares del tiempo sobre saberes misceláneos, como los Coloquios de Pero Mexía o las Epístolas familiares de fray Antonio de Guevara, la obra de Luis Vives, clásicos modernos fundamentales como Lorenzo Valla y clásicos grecolatinos que son la base de la formación de cualquiera que haya pasado por la Escuela, aunque sea ya de mayor, como Cervantes (y lo mismo le pasó a su padre, que hizo sus estudios primarios de medicina incluso más tarde, con 30 años): Horacio, Quintiliano, Cicerón, Virgilio con las Églogas y la Eneida, Ovidio y las Metamorfosis al menos, las epístolas de Séneca o los poemas de Catulo o Juvenal. Pero la calle donde está la Escuela seguirá sin empedrar durante muchos años, con Cervantes como usuario asiduo de esa biblioteca, al menos hasta 1569.

Cervantes ha leído mucho ya, ha leído abundante poesía de cancionero y por supuesto ha leído al autor que más le gusta y le gustará el resto de su vida, Garcilaso de la Vega. Es hoy un buen aprendiz de poeta cortesano, que escribe como debe escribir y para lo que debe escribir: el respaldo al poder en ocasión memorable. Pero el momento dulce que vive el cardenal Espinosa no es nada fácil. Mientras todos lloran la muerte de la reina en este 1568 está fraguándose la más potente rebelión de la población musulmana en Granada y la sierra de las Alpujarras, sublevada con razón la noche de Navidad de 1568 contra la orden del año anterior que suspende y proscribe sus costumbres, hábitos, prácticas religiosas y hasta sus formas de vestir. Como cuenta el poeta, diplomático y amigo de Cervantes, Francisco de Figueroa, mientras está al servicio del conde de Benavente en Valencia en 1569, los moriscos siguen actuando «con soltura y desvergüenza, haciendo todavía sus ceremonias de moros como antes». No parece haber servido de nada la nueva legislación represiva, alentados los moriscos además por lo que parece entonces un poder omnímodo del turco infiel en el Mediterráneo, su control de las rutas marítimas, su pletórica y profesionalizada piratería corsaria y sus secuestros rutinarios de población cristiana, raptada en las costas españolas o interceptada en el mar (generalmente con la ayuda local de otros moriscos compinchados).

Espinosa es partidario de abandonar la tolerancia y las contemplaciones y se inclina por el sector duro del poder dispuesto a acabar con ellos, como el duque de Alba mismo, aunque ahora esté en Flandes para contener ahí las conspiraciones protestantes. El capitán general de Granada es entonces Íñigo López de Mendoza, marqués de Mondéjar, partidario de mantener una estrategia conciliadora que facilite la integración musulmana, y seguramente también su tío, Diego Hurtado de Mendoza, que acaba de llegar a Granada en enero de 1569 represaliado por Felipe II, a pesar de su prestigio y de su ancianidad. En julio, mientras agonizaba el infante Carlos, mantuvo en palacio un duelo primero verbal y después armado con un hombre de la corte, Diego de Leiva, a causa de unos versos burlescos que le atribuyen a Hurtado de Mendoza y que son solo una muestra de los muchos que escribe en el mismo tono, burlón y satírico. El caso es grave porque ambos caballeros se refugian en la iglesia para evitar ser detenidos, como cualquier golfo pillado con las manos en la masa. Pero no se salva ninguno de los dos y esa misma noche a Diego de Leiva le ponen «grillos y cadenas», según un testigo presencial, y a Hurtado de Mendoza el rey ordena encerrarlo en el actual castillo de la Mota, condenarlo a una multa primero y después a que «con sus armas y caballos nos sirvieran por toda la vida en una frontera». Esa frontera es Granada; lo manda para auxiliar a su sobrino, el marqués de Mondéjar, que allí le encarga el mando de la fuerza militar que ha de reprimir la sublevación.

Sin demasiado éxito, porque apenas cuatro meses después, Felipe II envía a don Juan de Austria con su íntimo amigo el duque de Sesa para aplastar la rebelión con una carnicería universalmente reconocida, en particular entre 1570 y 1571, y una masiva deportación de moriscos al norte de Granada y hacia Castilla en condiciones espantosas. Espinosa inspira y ejecuta esta nueva política represiva hasta su muerte en 1572, mientras Diego Hurtado de Mendoza redacta su crónica testimonial de la guerra de Granada, y el maestro Juan López de Hoyos o el poeta Francisco de Figueroa entonan sus alabanzas póstumas. El prestigio de don Juan de Austria, hermano bastardo y reconocido por Felipe II, cuaja y crece, sobre todo entre jóvenes fervorosos de su misma edad, como Cervantes, que sueñan con ser o parecerse al joven héroe.

A Cervantes empieza a faltarle algo. No veo retórica ni mera imitación en las ansias de pelea de esa epístola a Espinosa cuando confiesa Cervantes la frustración de quien «no ha gustado de la guerra» porque vivir así es como si «Dios del cielo le destierra»; es verdad para Cervantes que «no se coronan en la gloria» más que «los capitanes valerosos, / que llevan de sí mismos la victoria». Aunque no existe aún, el soldado ya está ahí porque los modelos que activan su imaginación son esos poetas y soldados. A estos 22 años no está en el centro, pero sí está cerca del centro; nada prefigura hoy a un joven subterráneo o marginal, ni ausente de toda vida cultural o desconectado de lo que sucede en palacio, aunque no pertenezca a su entorno directo. Algunos de sus amigos sí están ahí, y al menos dos de ellos lo son con seguridad, ambos poetas y ambos cortesanos de oficio, Laínez y Figueroa, y sin duda hay otro más, pero más lejos, que es Diego Hurtado de Mendoza. Ahora él es el más joven, mientras Figueroa y Laínez tienen experiencia de corte e incluso internacional; están familiarizados con la literatura de Italia y han sido miembros de academias en las que se discute y se rivaliza con los versos. Viven en Alcalá, con el infante Carlos, entre 1563 y 1564, cuando acaba de llegar también Mateo Vázquez al servicio de Juan de Ovando, y Francisco de Figueroa los acompaña como miembro de la guardia personal de palacio con el cargo que llaman contino, con casa y sueldo importante de cuarenta mil maravedíes anuales. Ese mismo fue el cargo que tuvo Garcilaso y mantuvo el hijo de Garcilaso.

Porque ha empezado a escribir, claro que escribe, como hacen todos los demás, para ir inventándose la nueva literatura de su tiempo. Al menos Figueroa lo hace desde que fue alumno de Ambrosio de Morales en su escuela de Alcalá y sin duda está al tanto de las novedades. Ninguno de ellos ha dejado de leer a Jorge de Montemayor porque todos saben quién es y qué ha hecho: es portugués y es el primero que publica en castellano una renovadora continuación del invento fundacional de Sannazaro, más de medio siglo atrás, cuando publicó L’Arcadia sobre la base de Virgilio como modelo. Ese libro de Montemayor se titula la Diana, aparece en 1559 y reúne prosa y poesía a imitación de los clásicos latinos y los italianos nuevos. Se convierte enseguida en el único long-seller capaz de competir con la literatura más popular de todas, que son los libros de caballerías. En esta moda nueva y atractiva, los personajes no son caballeros ni magos sino pastores y pastoras que parecen cautivar a todos con su panfilismo simulado. Sería bien raro que a Cervantes no le cayese en las manos esa obra cuando Pedro de Robles acaba de publicar, en 1564, la reimpresión más divulgada del libro, en Alcalá. Cervantes tiene entonces 17 años y la alegría de encontrar en el mismo volumen otras obras que no son de Montemayor pero vienen en el mismo paquete para felicidad de todos: la historia morisca de El abencerraje y la hermosa Jarifa, la Fábula de Píramo y Tisbe o los Triunfos de amor de Petrarca.

Viene a ser poco menos que una antología breve de la mejor literatura de vanguardia, culta y popular y sin desdoro alguno frente a la italiana ni a la latina. El mismo Ambrosio de Morales cree capital la función que la literatura ha de tener en la enseñanza y la formación de los jóvenes. Por eso reprobaba que «tengamos nosotros los españoles en menos nuestra buena poesía, que las otras naciones y sus hombres sabios y santos estiman los suyos». Eso lo escribe hacia 1546, convencido de que después de Boscán y, sobre todo, después de Garcilaso, la poesía española está a la altura de la italiana. Para entonces, Garcilaso lleva muerto diez años pero su poesía por fin circula ya exenta, como el clásico absoluto que es, y sin la compañía de los poemas de Boscán. Cervantes está inmerso en esta fe en la literatura, convencido de esa «divina altivez de la poesía» que, según Luis Gálvez de Montalvo, encarna el divino Figueroa, como lo llaman todos, contra la poesía que un teórico de entonces llama de «rateros y de poco vuelo» (aunque la escriban graves dignidades cortesanas y eclesiásticas).

Pero tanto a los soldados como a los poetas les llegan las desgracias sin querer o se buscan ellos solos las borrascas. Quizá por eso no ha podido ni ver impreso Cervantes ese primer libro que lleva sus cuatro poemas y organizó López de Hoyos. Para entonces, en septiembre de 1569, Cervantes está a punto de salir huyendo de la justicia hacia Italia para no volver en mucho tiempo. Cuando vuelva, ya con treinta y tantos años, habrá de rehacer el hilo roto de lo que fue su vida de escritor sin obra y cortesano sin corte.

 

 

EL HILO ROTO

 

El hilo se partió un mal día del verano de 1569, cuando mantuvo una pelea a espada con un maestro de obras llamado Sigura, y no hubo modo ya de enderezar el rumbo en los próximos años, como si su vida cogiese el aire de novela de aventuras, no de las de caballerías antiguas sino de las nuevas, calcada de las historias que imitan al obispo griego del siglo III, Heliodoro, y sus exóticas Etiópicas. El descubrimiento de ese manuscrito hace unos veintitantos años ha sido un bombazo expandido gracias a la rápida traducción al italiano y al castellano, todos inmersos como lectores y enseguida como autores en aventuras bizantinas parecidas a las que cuenta el obispo griego, plagadas de largos viajes, amores inmarchitables y castos, crudos naufragios, reencuentros inesperados y resistencia a todas las adversidades gracias a la fe.

Una providencia real ha puesto en marcha a 15 de septiembre la maquinaria de la justicia para que un alguacil «vaya a prender a Miguel de Cervantes» y se proceda «en rebeldía» contra él por estar ausente y «haber dado ciertas heridas en esta corte a Antonio de Sigura». Se le condena con «vergüenza pública» a que «le fuese cortada la mano derecha», además de mandarlo al «destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años y otras penas contenidas en la dicha sentencia», que no conservamos o no ha sido hallada. Los alcaldes de la causa contra él, «habiendo sido informados» de que «se andaba por estos nuestros reinos y que estaba en la ciudad de Sevilla y en otras partes, y por ellos visto», ordenan que sea perseguido hasta allí, «y a todas las otras partes, villas y lugares de estos nuestros reinos y señoríos que fuere necesario» para que prendan «el cuerpo del dicho Miguel de Cervantes», y una vez capturado, «y preso con los bienes que tuviere y a buen recaudo», lo lleven «a la cárcel Real de esta nuestra corte» en Madrid.

Por allí no hay rastro de que pasase Cervantes así que escapó —si este condenado Miguel de Cervantes es el nuestro—, entre otras cosas porque sí hay rastro de él un poco más tarde y mucho más lejos que Sevilla, en Italia. Cervantes en su obra posterior explicará no menos de tres veces la diferencia que va de la ofensa a la afrenta: una puede tolerarse porque es involuntaria y hasta puede ser accidental, como las mujeres y los niños pueden ofender y agraviar, pero no pueden afrentar. Eso solo lo puede hacer quien profiere la injuria o la deshonra y la sostiene, con la espada desenvainada, y sin retirar ni la espada ni la afrenta. Me intriga invenciblemente si en esas tres veces está latiendo una forma de la justificación de sí mismo, sin que pueda ni yo ni nadie ir más allá de la conjetura. Es tentador imaginarlo así, justificándose como individuo de honor en la ficción del novelista, pero hay también alguna tentación más que puede hacer a Cervantes ya no víctima solo de su código de honor y época, sino también de su mismísimo apellido. Si tiene razón Astrana Marín, Cervantes puede estar siguiendo ahora el mismo camino que un año atrás, en 1568, ha seguido un pariente suyo, Gonzalo de Cervantes Saavedra, que sale de Córdoba tras batirse en duelo, se embarca con don Juan de Austria y le sigue hasta Lepanto en 1571. Cervantes lo tuvo presente, sin duda, porque años después le elogia ciñéndole «el verde laurel, la verde yedra, / y aun la robusta encina», aunque en los versos deja Cervantes también el aroma de la retranca privada. Le conoce sin duda y de ahí que por mucho que quiera detenerse «en sus loores, / solo sabré deciros que me ensayo / ahora, y que otra vez os diré cosas / tales que las tengáis por milagrosas».

¿Se ha llevado manuscritos y borradores? ¿Se han quedado con alguien los poemas, los sonetos y canciones en marcha, algunas de las églogas a imitación de la moda pastoril, algunos de los romances incluso? Existir, existen porque Cervantes no escribe a sus veinte años únicamente a toque de silbato conmemorativo para bodas, bautizos y muertes, de modo que se los lleve o no, ha ido componiendo cosas porque no cabe imaginar lo contrario, o sería absurdo hacerlo. Lo que vuelve a ser seguro, dentro de lo que cabe, es que Cervantes reclama a su padre, a finales de noviembre de 1569, desde Roma, el certificado de limpieza de sangre que cualquiera necesita para ocupar algún empleo relacionado con la Administración o el servicio a alguna casa noble, como es el caso. Cervantes le pide esa documentación porque está en Roma y necesita probar su condición de ciudadano fiable, hecha abstracción, claro está, de la condena reciente de la que huye. De modo que su padre, Rodrigo, busca los testigos, formaliza las declaraciones y las presenta el 22 de diciembre de 1569. Por supuesto, las declaraciones acreditan que ni él ni la familia son ni moros ni judíos ni conversos ni reconciliados de la Santa Inquisición (es decir, renegados que rectifican), ni tienen la menor causa abierta ni por «el Santo Oficio de la Inquisición, ni por otra ninguna justicia de caso de infamia», lo cual no es del todo exacto, pero no importa. Tanto Alonso Getino de Guzmán como dos italianos con vínculos financieros, Pirro Boqui y Francisco Masoqui, redoblan las seguridades de la sangre y declaran que son «muy buenos cristianos viejos, limpios de toda raíz».

¿Para qué pudo querer esos papeles? La única fuente es el propio escritor. Alude a ello años después, de forma sucinta y muy indirecta en la dedicatoria que redacta para su primer libro, La Galatea, en 1584. Allí Cervantes se remonta a los tiempos de su primera juventud, quince años atrás, y dice recordar muy bien, en una incursión autobiográfica fulminante, que estuvo un tiempo en Roma ocupado en el servicio doméstico de un joven eclesiástico, Giulio Acquaviva. En los dos últimos meses de 1568, había residido en España como nuncio extraordinario con motivo de la muerte de la reina Isabel de Valois y conocerlo entonces no es inimaginable. Todavía no es cardenal, lo será a mediados de 1570, tiene la misma edad de Cervantes, y anduvieron en las mismas ceremonias por la muerte de la reina, entre otras cosas porque Cervantes expuso públicamente los poemas que dedicó al asunto siendo el joven amigo de cortesanos como Laínez o Figueroa.

El primer susto con la justicia se lo había llevado de muy niño, a los seis años, con el padre en la cárcel de Valladolid y los bienes embargados. Pero este otro susto a los veinte es peor y más irreparable. Empieza ahora una aventura que no es literaria todavía pero tampoco exactamente deshonrosa; el complemento óptimo de la incipiente vida de las letras es la urgente vida de las armas, como hicieron sus modelos e ideales, y antes que nadie Garcilaso. Algunas otras presencias míticas son también amistosas, como Diego Hurtado de Mendoza, o como los amigos que va a reencontar (o tratar por primera vez) en Italia para hacer lo mismo que él: escribir y combatir por la cristiandad, como Pedro Laínez, Gabriel López Maldonado, Cristóbal de Virués, Pedro Liñán de Riaza o el cronista y biógrafo de Juan de Austria, Juan Rufo. No hay merma alguna de honor en la vida de las armas sino la ruta para conquistarlo de veras.

 

 

EN LA RUTA DEL TURCO

 

El relato más hondo y más conmovedor de lo que hace Cervantes desde 1569 llega a través de su única autobiografía, redactada con treinta años, mientras encadena los tercetos de una epístola dirigida al secretario real Mateo Vázquez en 1577. Es en realidad una pura llamada de auxilio: Cervantes lleva ya mucho tiempo fuera y lejos, «en manos del atolladero» de las cárceles de Argel en esta primavera de 1577, «muriendo / entre bárbara gente descreída» y «la mal lograda juventud perdiendo» desde hace dos años. Su juvenil alistamiento en los tercios de Italia, a los 23 o 24 años y quizá en Nápoles y en el verano de 1571, queda ya muy lejos o al menos tan lejos que incluso le parece que «diez años ha que tiendo y mudo el paso / en servicio» de Felipe II, «ya con descanso, ya cansado y laso», aunque siempre imborrable y hasta físicamente tangible el «dichoso día» en que fue contrario en Lepanto «el hado a la enemiga armada, / cuanto a la nuestra favorable y diestro».

No son diez años los que ha pasado en los tercios, pero sí son diez años de vida militar los que asigna Cervantes al protagonista de una novela corta que escribe años después para inyectar en la ficción algunas de las experiencias centrales de su vida, y sobre todo la militar y la de cautivo. Ese protagonista suyo llegará a ser lo que nunca fue Cervantes, capitán, se llama Ruy Pérez de Viedma y emprende la ruta por mar hacia Génova y el norte de Italia. Allí enlaza con los tercios hacia Flandes y baja después de nuevo hacia Nápoles (la mitad sur de Italia es entonces el reino español de Nápoles) para combatir a otro infiel que no es el protestante del norte sino la «morisma» del sur. Y dice el mismo capitán cautivo de la historia que el suyo será «discurso verdadero» al que no llegan «las mentiras que con curioso y pensado artificio suelen componerse».

Ni ese fue el caso de Cervantes ni esa fue la ruta que hizo él, pero sí encontró en los tercios contra el turco en el Mediterráneo un destino y un oficio en defensa de la cristiandad. Y así se define a sí mismo y por su propia voz cuando quiere contarle a Mateo Vázquez qué ha sido de su vida en los últimos años y por qué es un cautivo en Argel en 1577, que «no fue la causa aquí de mi venida / andar vagando por el mundo» con la «vergüenza y la razón perdida», aunque sea verdad que «el camino más bajo y grosero / he caminado en fría noche oscura». El camino lo ha llevado hasta un Argel donde comparte cárcel y cautiverio con muchos de los soldados que conoció en los primeros días de oficio y en las infinitas horas muertas de Nápoles en 1571, mientras se preparaban las naves entre tabernas bien surtidas de comida y sin duda de mujeres, timbas de juego, dados, naipes y seguramente, como cualquiera de ellos, leal al ocio de la milicia, que es el rumor y la fanfarronería, como mínimo. Allí reencuentra a su hermano Rodrigo —que acaba de llegar con la compañía de Diego de Urbina desde Granada—, a su amigo Gabriel López Maldonado, a un hombre de la montaña del valle de Carriedo, Gabriel de Castañeda, o a un toledano, Diego Castellano —los dos han ascendido a alférez en pocos años: tampoco será el caso de Cervantes—. Todos tienen poco más de veinte años, como él cuando se alista, y todos están dispuestos a servir a las órdenes del rey, sí, pero sobre todo del héroe de Granada y «hermano natural» —como lo llama Cervantes— del rey, Juan de Austria. En Nápoles estarán muchos de los que se reencontrarán en el cautiverio de Argel, y a unos y otros los veremos testificar en favor de sí mismos en un trueque de favores común: Cervantes acredita sus estupendas conductas y ellos acreditan la estupenda conducta de Cervantes. No hace falta creer que todos mienten en todo, aunque todos mientan sin duda.

Y desde luego que se acuerdan ellos como se acuerda Cervantes en 1577 de lo que ya casi todos los demás parecen haber olvidado. La victoria de la armada española sobre la turca en el golfo de Lepanto, en 1571, con más de doscientas galeras por bando, fue «la batalla naval» por antonomasia, y aquel día, según cuenta Pérez de Viedma, el capitán cautivo del relato de Cervantes, «fue para la cristiandad tan dichoso porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar». Es verdad que apenas logró escapar con treinta naves el capitán general de la mar Euch Alí —tras capturar la nave capitana de los caballeros de San Juan de Malta— para refugiarse en Navarino, al sur de Lepanto, y convertirse en el Uchalí legendario del romancero literario (y del propio Cervantes). Pero lo cuenta como testigo de ficción un capitán que, si se identifica enseguida como el hombre más desdichado de la tierra, es porque lo capturaron los turcos aquella misma noche. Lo que sucedió de veras la tarde del 7 de octubre de 1571 es que cayó una fenomenal tormenta que obligó a las naves cristianas a refugiarse varias horas y seguramente a interrumpir el pillaje implacable de una victoria contra el enemigo jurado. Pero vuelve a decir la verdad Cervantes cuando asegura que «m

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