Mi libro enterrado

Mauro Libertella

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo. Me acuerdo de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar supe que a la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un instante al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama, inconsciente hacía horas.

Con mi tío y mi hermana le dábamos de tomar un líquido medicinal, hecho para suplir las proteínas de lo que hacía días ya no podía comer. La escena era terrible, porque el deterioro físico se imponía con toda su visibilidad; estaba muy flaco, postrado, y tenía la mirada perdida. Y sin embargo, lo recuerdo todo con levedad y ternura, sin estridencias. Tomaba tragos cortos de un vaso de vidrio que nosotros inclinábamos en su boca: era un autómata en su último gesto de supervivencia. Tomá un poco más, tomá un poco más, le pedíamos nosotros, obstinados, repitiéndolo como una plegaria. El último trago le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo vi morir, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Supongo que fue una linda forma de morir, entre sus libros y en su propia casa, donde en sus últimos años ya había estado muriéndose de a poco.

La enfermedad que lo terminó de matar actuó con velocidad. Había pasado un mes y medio, dos meses, desde la primera internación hasta ese mediodía de octubre. Me acuerdo llegando al hospital, una mañana de invierno, y perdiéndome por los pasillos hasta dar con la sala de guardia. Le habían asignado la última cama, contra la ventana, y él esperaba sentado, vestido, mirando a la calle, con el bolso a sus pies. Esa mañana se había despertado con dolores, armó el bolso y se fue en colectivo al hospital. Me llamó desde un teléfono público cuando le sugirieron, con palabras poco exactas pero enfáticas, que se tendría que quedar unos días para estudiar bien lo que pasaba. Cuando lo vi desde lejos, al fondo de ese gran salón con camas, me pareció un inmigrante que llegaba con su bolso de la vieja Europa. Había algo anacrónico en su ropa, y su cara había envejecido con una r

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