Soy tu hombre. La vida de Leonard Cohen

Sylvie Simmons

Fragmento

cap-2

1

Nacido con traje

When I’m with you

I want to be the kind of hero

I wanted to be

when I was seven years old

a perfect man

who kills.

«The Reason I Write»,

Selected Poems, 1956-1968

El chófer se desvió de la carretera principal a la altura de la sinagoga que ocupaba casi toda la manzana, dejó atrás la iglesia de San Matías, en la esquina opuesta, y subió por la colina. En la parte de atrás del automóvil viajaban una mujer —veintisiete años, atractiva, de facciones marcadas, vestida con elegancia— y su hijo recién nacido. Las calles por las que pasaban eran hermosas y bien trazadas, con árboles perfectamente alineados. Grandes casas de ladrillo y piedra, que bien podrían derrumbarse bajo el peso de su presunción, parecían flotar sin esfuerzo en las laderas. Aproximadamente a mitad de la cuesta el conductor tomó una calle transversal y se detuvo frente a una casa situada al final de la calle, en el 599 de la avenue Belmont. Era una casa grande de estilo inglés, sólida y de aspecto solemne, cuyo ladrillo oscuro quedaba suavizado por una galería enmarcada de blanco en la parte delantera, y en la trasera por el parque Murray, unos catorce acres de césped, árboles y arriates, con unas magníficas vistas del río San Lorenzo a un lado y del centro de Montreal al otro. El chófer se bajó del coche y abrió la puerta de atrás, y Leonard hizo su entrada por los blancos escalones delanteros en el hogar familiar.

Leonard Norman Cohen nació el 21 de septiembre de 1934 en el hospital Royal Victoria, una mole de piedra gris situada en Westmount, un barrio acomodado de Montreal, Canadá. Según los registros, fue a las 6.45 de la mañana de un viernes. Según la historia, ocurrió a mitad de camino entre la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Echando la cuenta, Leonard fue concebido entre el final de la Hanucá y la Navidad, durante uno de los inviernos subárticos que su ciudad natal lograba alumbrar con tanta regularidad como brío. Se crió en una casa de trajes.

Nathan Cohen, el padre de Leonard, era un próspero judío canadiense que tenía un negocio de ropa de calidad. La Freedman Company era conocida por sus trajes de etiqueta, y a Nathan le gustaba vestir con elegancia hasta en los actos informales. En el atuendo, como en las casas, prefería el elegante estilo inglés, que lucía acompañado de polainas y atenuaba con una flor en el ojal, y, cuando su mala salud lo hizo necesario, con un bastón de plata. Masha Cohen, la madre de Leonard, era dieciséis años menor que su marido, judía de ascendencia rusa e hija de un rabino, y había inmigrado hacía poco a Canadá. Se casó con Nathan no mucho después de su llegada a Montreal, en 1927. Dos años más tarde daba a luz a la primogénita de sus dos hijos, Esther, la hermana de Leonard.

Las primeras fotografías de Masha y Nathan lo muestran a él como un hombre fornido, de rostro y espalda cuadrados. Ella, más delgada y una cabeza más alta, es, en cambio, toda círculos y curvas. La expresión del rostro de Masha es a la vez infantil y regia, mientras que Nathan aparece rígido y taciturno. Aun cuando no fuera esa la pose adecuada ante la cámara para un cabeza de familia de la época, sin duda Nathan era más reservado, y más anglicanizado, que su cálida y emocional esposa rusa. De bebé, Leonard —rechoncho y de rostro cuadrado— era la viva imagen de su padre, pero conforme fue creciendo adquirió la cara en forma acorazonada de su madre, su espeso cabello ondulado y sus ojos profundos, oscuros y caídos. De su padre heredó la estatura, la pulcritud, la decencia y la afición a los trajes; de su madre, el carisma, la melancolía y la música. Masha siempre cantaba cuando andaba por casa, en ruso y en yidis más que en inglés, viejas canciones populares sentimentales que había aprendido de niña. Cantando con una buena voz de contralto, y acompañada de violines imaginarios, pasaba de la alegría a la melancolía y viceversa. Leonard la calificaría de «chejoviana».[1] «Reía y lloraba con toda el alma», diría Leonard,[2] una emoción seguía a la otra en rápida sucesión. Masha Cohen no era una mujer nostálgica, no hablaba mucho del país que había dejado atrás, pero llevaba su pasado en forma de canciones.

Los residentes de Westmount eran anglocanadienses protestantes acomodados, de clase media alta, y judíos canadienses de segunda o tercera generación. En una ciudad absolutamente marcada por la división y la separación, se metía en el mismo saco a judíos y protestantes por la sencilla razón de que no eran ni franceses ni católicos. Antes de la denominada «revolución silenciosa» de Quebec, en la década de 1960, y antes de que el francés se convirtiera en la lengua oficial de la provincia, los únicos franceses en Westmount eran los empleados domésticos. Los Cohen tenían una criada, Mary, aunque era católica irlandesa. También tenían una niñera, a la que Leonard y su hermana llamaban Nursie, y un jardinero negro llamado Kerry, que asimismo hacía las veces de chófer de la familia. (El hermano de Kerry desempeñaba el mismo trabajo en casa del hermano pequeño de Nathan, Horace.) No es ningún secreto que Leonard tuvo un origen privilegiado. Nunca ha negado que nació en la parte rica de la ciudad, nunca ha renunciado a su educación, renegado de su familia, cambiado de nombre ni pretendido ser alguien distinto de quien era. Pertenecía a una familia adinerada, aunque sin duda las había más ricas en Westmount. A diferencia de las mansiones de Upper Belmont, la casa de los Cohen, aunque grande, era semiadosada, y su coche, aunque conducido por un chófer, era un Pontiac, no un Cadillac.

Pero lo que tenían los Cohen, y muy pocos llegaban a igualar, era prestigio social. La familia en la que nació Leonard era distinguida e importante, una de las familias judías más prominentes de Montreal. Los antepasados de Leonard habían construido sinagogas y fundado periódicos en Canadá. Habían financiado y presidido una dilatada lista de sociedades y asociaciones filantrópicas judías. El bisabuelo de Leonard, Lazarus Cohen, fue el primero de la familia que llegó a Canadá. En Lituania, que cuando él nació, en la década de 1840, formaba parte de Rusia, Lazarus había sido profesor en una escuela rabínica de Wylkowyski (hoy Vilkaviškis), una de las más rigurosas yeshivot del país. Cuando rondaba la veintena dejó a su esposa y a su hijo de corta edad para probar fortuna. Tras una breve estancia en Escocia, cogió un barco rumbo a Canadá y recaló en Ontario, en una pequeña población llamada Maberly, donde a fuerza de trabajo logró pasar de mozo en un almacén de madera a dueño de una empresa de carbón llamada L. Cohen and Son. El hijo era Lyon, el futuro padre de Nathan, a quien Lazarus mandó a buscar, junto con su madre, dos años después. Con el tiempo la familia se trasladó a Montreal, donde Lazarus se convirtió en el presidente de una fundición de latón y creó una próspera empresa de dragados.

Cuando en 1860 Lazarus Cohen llegó a Canadá, la población judía del país era minúscula. A mediados del siglo XIX había menos de quinientos judíos en Montreal, mientras que a mediados de la década de 1880, cuando Lazarus asumió la presidencia de la sinagoga de la congregación Shaar Hashomayim, eran más de cinco mil. Los pogromos rusos habían provocado una oleada de inmigración, de modo que a finales del siglo XIX su número se había duplicado. Montreal se convirtió en la sede de la comunidad judía canadiense, y Lazarus, con su larga barba blanca de aspecto bíblico y su cabeza descubierta, era una figura conocida en su comunidad. Además de construir una sinagoga, Lazarus fundó y dirigió varias organizaciones para ayudar a los colonos y futuros inmigrantes judíos, e incluso llegó a viajar, en representación de la Asociación de la Colonización Judía de Montreal, a Palestina (donde compró tierras ya en 1884). El hermano pequeño de Lazarus, el rabino Tzvi Hirsch Cohen, que se unió a él en Canadá poco después, se convertiría en el gran rabino de Montreal.

En 1914, cuando Lyon Cohen sucedió a su padre en la presidencia de Shaar Hashomayim, la sinagoga podía enorgullecerse de ser la mayor congregación de una ciudad cuya población judía sumaba alrededor de cuarenta mil personas. En 1922, al quedarse pequeño el viejo local, la sinagoga se trasladó a un nuevo edificio en Westmount que ocupaba casi una manzana entera, a solo unos minutos colina abajo de la casa de la avenue Belmont. Doce años después, Nathan y Masha añadían a su único hijo varón al «registro de nacimientos de la corporación de judíos ingleses, alemanes y polacos de Montreal» de la sinagoga, dando a Leonard su nombre judío de Eliezer, que significa «Dios es mi auxilio».

Lyon Cohen fue, como su padre, un empresario de gran éxito, concretamente en los sectores de la ropa y los seguros. También siguió los pasos de Lazarus en el servicio a la comunidad, y cuando todavía no había cumplido los veinte años fue nombrado secretario de la Asociación Anglojudía. Más tarde pasaría a fundar un centro comunitario judío y un sanatorio, y dirigiría campañas de ayuda a las víctimas de los pogromos. Lyon ocupó asimismo altos cargos en el Instituto Barón de Hirsch, la Asociación de la Colonización Judía y la primera organización sionista de Canadá. Viajó al Vaticano en representación de su comunidad para entrevistarse con el Papa y fue cofundador del primer periódico anglojudío de Canadá, The Jewish Times, en el que colaboró con algún que otro artículo. Además, a los dieciséis años había escrito una obra de teatro titulada Esther, que produjo él mismo y en la que también actuó. Leonard no conoció a su abuelo —tenía dos años cuando Lyon murió—, pero siempre sintió un fuerte vínculo con él, que se fue intensificando con el paso de los años. Los principios de Lyon, su ética del trabajo y su creencia en «la aristocracia del intelecto»,[3] como él la denominaba siempre, encajaban muy bien con las convicciones de Leonard.

Lyon fue también un leal patriota canadiense, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial organizó una campaña de reclutamiento para animar a los judíos de Montreal a alistarse en el ejército canadiense. Los primeros en enrolarse fueron sus hijos Nathan y Horace (el tercero, Lawrence, era demasiado joven). El teniente Nathan Cohen, número 3.080.887, fue uno de los primeros oficiales judíos del ejército canadiense. A Leonard le gustaba ver las fotos de su padre en uniforme. Sin embargo, tras regresar de la guerra Nathan sufriría períodos recurrentes de mala salud que le dejarían cada vez más inválido. Es posible que por eso Nathan, pese a ser el primogénito del primogénito, no siguiera la tradición familiar de ejercer la presidencia de la sinagoga ni de muchas otras actividades. Aunque en teoría era el presidente de la Freedman Company, el negocio lo dirigía en gran medida su hermano Horace. Tampoco era un intelectual ni un erudito religioso como sus antepasados. Las estanterías de madera oscura de la casa de la avenue Belmont albergaban una impresionante colección encuadernada en piel de las obras de los grandes poetas ingleses —Chaucer, Wordsworth, Byron—, que había sido el regalo de bar mitzvá de Nathan, pero sus lomos permanecieron intactos hasta que Leonard los cogió para leerlos. Nathan —diría Leonard— prefería el Reader’s Digest, pero «su corazón era cultivado; él era un caballero».[4] En cuanto a la religión, Nathan era «un judío conservador, nada fanático, sin ideología ni dogma, cuya vida se componía puramente de hábito doméstico y vínculos con la comunidad». En casa de Nathan no se hablaba de religión, ni se pensaba en ella siquiera. «No se mencionaba más de lo que un pez menciona la presencia del agua.»[5] Simplemente estaba ahí, en su tradición, en su gente.

El padre de Masha, el rabino Solomon Klonitzki-Kline, era un reputado erudito religioso. Había sido director de una escuela de estudios talmúdicos en Kaunas, Lituania, a unas cincuenta millas de la población donde vino al mundo Lazarus. Era autor de dos libros, Léxico de homónimos hebreos y Tesauro de interpretaciones talmúdicas, que le valieron el sobrenombre de Sar HaDikdook, el «Príncipe de los Gramáticos». Cuando la persecución de los judíos hizo insostenible la vida en Lituania, se trasladó a Estados Unidos, donde ya vivía una de sus hijas, casada con un estadounidense. Masha, por su parte, se había ido a Canadá, donde encontró empleo como enfermera. Cuando el permiso de trabajo de Masha expiró, Solomon pidió ayuda a su yerno estadounidense, lo que le llevó a entrar en contacto con el comité de reasentamiento de Lyon Cohen. La posterior amistad entre el rabino y Lyon permitió que Masha y Nathan se conocieran y se casaran.

De pequeño, Leonard oía hablar del abuelo Kline más de lo que le veía, ya que el rabino pasaba la mayor parte del tiempo en Estados Unidos. Masha le contaba a Leonard cómo la gente recorría centenares de millas para oír hablar a su abuelo. Le decía que tenía fama de ser un gran jinete, y a Leonard le complacía especialmente esa información. Le gustaba que la suya fuera una familia de gente importante, pero él era un niño y a sus ojos las proezas físicas primaban sobre el intelecto. Leonard planeaba ingresar en la academia militar cuando fuera lo bastante mayor. Nathan le dijo que podía hacerlo. Leonard quería combatir en guerras y ganar medallas, como había hecho su padre antes de convertirse en aquel inválido al que a veces le costaba incluso subir la escalera y que se quedaba en casa en lugar de ir al trabajo, al cuidado de la madre de Leonard. Durante toda la primera infancia de Leonard, Nathan estaba enfermo a menudo. Pero el muchacho tenía la prueba de que antaño su padre había sido un guerrero: Nathan conservaba su arma de la Primera Guerra Mundial, que guardaba en la mesilla de noche. Un día, cuando no había nadie alrededor, Leonard se deslizó en el dormitorio de sus padres. Abrió la mesilla y sacó el arma. Era un arma grande, del calibre 38, que llevaba grabado en el cañón el nombre de su padre, junto con el rango y regimiento. Al mecerla en su manita, Leonard se estremeció, impresionado por su peso y por el contacto del frío metal sobre la piel.

La del 599 de la avenue Belmont era una vivienda animada, una vivienda de costumbres ordenadas, y el centro del universo del joven Leonard. Cualquier cosa que el muchacho necesitara o quisiera hacer orbitaba estrechamente alrededor de ella. Sus tíos y primos vivían cerca. Tanto la sinagoga, adonde Leonard iba los sábados por la mañana con la familia y los domingos para asistir a la escuela dominical, como la escuela hebrea a la que acudía dos tardes a la semana se hallaban a corta distancia colina abajo. Y lo mismo ocurría con sus escuelas regladas, primero la Escuela Elemental Roslyn y más tarde el Instituto Westmount. El parque Murray Hill, donde Leonard jugaba en verano y hacía muñecos de nieve en invierno, se hallaba justo debajo de la ventana de su habitación.

La comunidad judía de Westmount estaba muy unida. Por otro lado, era una comunidad minoritaria en un barrio protestante de habla inglesa, que representaba en sí mismo una minoría, aunque poderosa, en una ciudad y una provincia pobladas en gran parte por franceses católicos, que a su vez constituían una minoría en Canadá. Todo el mundo se sentía forastero de una u otra forma, y todo el mundo sentía que pertenecía a algo importante. Era «un ambiente mental romántico y de complicidad», diría Leonard, un lugar de «sangre y tierra y destino. Ese es el paisaje en el que crecí, y me resulta muy natural».[6]

Puede que la comunidad de Leonard, a media ciudad de distancia del barrio judío de inmigrantes de clase obrera surgido en torno a Saint Urbain (que serviría de telón de fondo a las novelas de Mordecai Richler), pareciera estar herméticamente sellada, pero desde luego no era así. La cruz en la cima del Mont-Royal; Mary, la criada de la familia, santiguándose; las celebraciones de Pascua y navidades en la escuela…, todo ello formaba parte del paisaje de juventud de Leonard tanto como las velas del sabat que su padre encendía los viernes por la tarde y la imponente sinagoga al pie de la colina, en cuyas paredes el bisabuelo y el abuelo de Leonard le contemplaban desde grandes retratos enmarcados y le recordaban la distinción de su sangre.

Leonard recordaba que había «una intensa vida familiar».[7] Los Cohen se reunían con frecuencia: en la sinagoga, en el trabajo, y una vez a la semana en casa de la abuela paterna de Leonard.

Todos los sábados por la tarde, alrededor de las cuatro, Martha, su fiel criada, empujaba un carrito con té y pequeños sándwiches, pasteles y bizcochos —cuenta David Cohen, un primo de Leonard dos años mayor que él y al que se sentía particularmente unido—. Nunca te invitaban, y tú nunca preguntabas si podías ir, pero sabías que ella «recibía». Suena muy arcaico, pero estaba muy bien.

La abuela de Leonard tenía un piso en una de las suntuosas casas de la rue Sherbrooke, en Attwater, que era donde terminaban todos los desfiles que se celebraban en Montreal. Como el de la festividad de «San Juan Bautista, que era de los grandes, antes de que la situación política en Montreal se complicara, y que nosotros mirábamos desde el hermoso ventanal de su sala de estar», añade. Su abuela era en muchos aspectos una dama victoriana, «pero, aunque todo parezca arcaica y pasado de moda, era también una señora bastante avanzada». Causó una profunda impresión en Leonard, que más tarde describiría aquellas meriendas en su primera novela, The Favourite Game.

En ese mismo libro, Leonard presentaría a los hombres mayores de su familia como serios y formales. Pero no todos lo eran. Entre los miembros más pintorescos de la familia figuraba el primo Lazzy, es decir, Lazarus, el hermano mayor de David. Leonard consideraba a Lazzy «un hombre de mundo, familiarizado con las coristas, los clubes nocturnos y los artistas».[8] Había también un primo de una generación anterior, Edgar, primo carnal de Nathan, un hombre de negocios con inclinaciones literarias. Muchos años después, Edgar H. Cohen escribiría Mademoiselle Libertine: A Portrait of Ninon de Lanclos, una biografía, publicada en 1970, de una cortesana, escritora y musa del siglo XVII entre cuyos amantes se contaron Voltaire y Molière, y que después de pasar un tiempo en un convento resurgió para crear una escuela donde los jóvenes nobles franceses pudieran aprender técnicas eróticas. Leonard y Edgar estaban «muy unidos», dice David Cohen.

La de Leonard era una vida estable y segura en una época insegura e inestable. Unos días antes de su quinto cumpleaños, Alemania invadió Polonia y se inició la Segunda Guerra Mundial. Más cerca de casa, en 1942 se produjo una concentración antisemita en el boulevard Saint-Laurent —la calle mayor, como la llamaban los lugareños—, que constituía la línea divisoria tradicional entre la Montreal inglesa y la francesa. Estaba encabezada por el movimiento nacionalista francés de Montreal, que incluía a partidarios del régimen de Vichy en Francia. Una afirmación particularmente ridícula de la organización era que los judíos se habían quedado con el negocio textil para obligar a las recatadas jóvenes francocanadienses a llevar «vestidos indecorosos al estilo de Nueva York».[9] Durante la concentración, se rompieron escaparates de varias tiendas y colmados judíos del boulevard Saint-Laurent y se hicieron pintadas racistas en las paredes. Pero para un niño de siete años que vivía en Westmount y se sentaba en su habitación a leer cómics de Superman, ese era otro mundo. «Europa, la guerra, la lucha social —diría Leonard—, nada de eso parecía afectarnos.»[10]

Vivió despreocupadamente los años de su primera infancia, haciendo todo lo que se requería de él —lavarse las manos, portarse bien, vestirse para cenar, sacar buenas notas, formar parte del equipo de hockey, llevar los zapatos limpios y dejarlos perfectamente alineados bajo la cama por las noches— sin mostrar ningún signo inquietante de santidad o de genialidad. Ni tampoco de melancolía. Las películas caseras filmadas por Nathan, gran aficionado a la cámara, muestran a un niño feliz y sonriente que pedalea en su triciclo por la calle, camina de la mano de su hermana o juega con su perro, un terrier escocés negro llamado Tinkie. Al principio su madre había puesto al animal un nombre más solemne, Tovarich, que en ruso significa «camarada», pero su padre lo había vetado. Nathan era ya consciente de que en aquella pequeña y anglicanizada comunidad judeocanadiense Masha destacaba por su origen ruso, su acento, su inglés imperfecto y su gran personalidad. «No se consideraba una buena idea mostrarse apasionado con algo», diría Leonard, ni llamar la atención. «Nos enseñaron —cuenta el primo David— a ser muy circunspectos.»

En enero de 1944, el padre de Leonard murió a la edad de cincuenta y dos años. Leonard tenía nueve. Unos catorce años después, en dos relatos inéditos titulados «Ceremonies» y «My Sister’s Birthday»,[11] Leonard describiría lo ocurrido. «Nursie nos dio la noticia.» Sentada a la mesa de la cocina, con las manos sobre el regazo, la niñera informó a Leonard y a Esther de que aquella mañana no irían a la escuela porque su padre había muerto durante la noche. Debían guardar silencio, añadió, porque su madre todavía dormía. El entierro sería al día siguiente. «Entonces caí en la cuenta de qué día era —escribiría Leonard—. ¡Pero no puede ser mañana, Nursie: es el cumpleaños de mi hermana!»

A las nueve de la mañana siguiente se presentaron seis hombres que transportaron el ataúd a la sala de estar. Lo dejaron junto al sofá de piel Chesterfield. Masha ordenó a la criada que enjabonara todos los espejos de la casa. Al mediodía empezó a llegar gente, sacudiéndose la nieve de las botas y los abrigos: familia, amigos, trabajadores de la fábrica… El ataúd estaba abierto. Leonard miró dentro. Nathan estaba envuelto en un taled plateado, con la cara muy blanca y el bigote muy negro. Leonard pensó que su padre parecía molesto. El tío Horace, que dirigía la Freedman Company junto con Nathan y que había servido con él en la Gran Guerra, le susurró: «Tenemos que ser como soldados». Por la noche, cuando Esther le preguntó a Leonard si se había atrevido a mirar a su padre muerto, ambos confesaron que lo habían hecho y convinieron en que parecía que le hubieran teñido el bigote. Leonard terminaría sus dos relatos con la misma línea: «No llores —le dije. Creo que fue mi mejor momento—. Por favor, es tu cumpleaños».

Una tercera versión del acontecimiento aparecería en The Favourite Game. En este caso era una historia más serena, en parte debido a que la escritura de Leonard había madurado considerablemente en el tiempo transcurrido entre aquellos dos relatos abandonados y su primera novela, y en parte a la distancia que proporcionaba el hecho de que en esta última se atribuyera la narración a un personaje ficticio (aunque Leonard ha confirmado que ocurrió tal como él lo escribió en el libro).[12] Esta vez el episodio concluye con el muchacho cogiendo una de las pajaritas del dormitorio de su padre, abriéndola y ocultando en su interior un pedacito de papel en el que había escrito algo. Al día siguiente, en su propia ceremonia privada, el niño cava un hoyo y la entierra en el jardín bajo la nieve. Leonard ha afirmado después que eso fue lo primero que escribió en su vida, que no recuerda qué anotó y que estuvo «cavando en el jardín durante años, buscándolo. Tal vez eso sea lo único que hago: buscar esa nota».[13]

Es un acto tan cargado de simbolismo —convertir por primera vez en su vida la escritura en un rito— que resulta tentador tomar al pie de la letra esas palabras procedentes de una entrevista de 1980, aunque lo más probable es que fueran simplemente una de las numerosas buenas frases con las que Leonard siempre obsequiaba a sus entrevistadores. Los niños a menudo se ven arrastrados hacia lo místico y las ceremonias secretas. Y si bien Leonard ha dicho que de niño no tenía «ningún interés particular en la religión», excepto «dos o tres veces en que fuimos a escuchar a un coro»,[14] al mismo tiempo era muy consciente de que él era un kohen, un miembro de una casta sacerdotal, descendiente por línea paterna de Aarón, el hermano de Moisés, y nacido para oficiar. «Cuando me decían que yo era un kohen, me lo creía. No lo consideraba una información accesoria —contaría—. Quería vivir ese mundo. Quería ser el que alzaba la Torá… Yo era un niño pequeño, y todo cuanto me decían sobre esos asuntos hallaba eco en mí.»[15]

Aun así, de niño mostró poco interés por la sinagoga que habían fundado sus antepasados. La escuela hebrea, según contaría, «le aburría», y Wilfred Shuchat, que fue nombrado rabino de Shaar Hashomayim en 1948, parece confirmarlo. Leonard «estaba bien» como estudiante, dice el anciano rabino, «pero sus conocimientos no eran lo interesante. Era su personalidad, el modo en que interpretaba las cosas. Era muy creativo».

Leonard no lloró por el fallecimiento de su padre; lloró más cuando murió su perro Tinkie unos años después. «No experimenté un sentimiento profundo de pérdida —diría en una entrevista en 1991—, tal vez porque estuvo muy enfermo durante toda mi infancia. Parecía natural que muriera. Era débil y murió. Quizá es que tengo el corazón frío.»[16]

Es verdad que desde el verano anterior Nathan había estado entrando y saliendo del hospital Royal Victoria. Si también es verdad que la pérdida de su padre no tuvo un gran efecto en Leonard, lo cierto es que con nueve años no era tan pequeño como para que no le dejara huella. Algo debió de cambiar en su interior: quizá la conciencia, por primera vez, de la transitoriedad, o una certeza triste, una grieta por donde penetraron la inseguridad o la soledad. Leonard ha dicho, y escrito, que durante este importante episodio de su infancia fue consciente sobre todo del cambio de estatus que le confirió. Mientras su padre yacía en el ataúd en la sala de estar, su tío Horace le había llevado aparte para decirle que ahora él, Leonard, era el hombre de la casa, y que las mujeres —su madre y su hermana Esther, que entonces tenía catorce años— eran responsabilidad suya. «Aquello me llenó de orgullo —escribiría Leonard en “Ceremonies”—. Me sentí como el joven príncipe consagrado de alguna dinastía amada por el pueblo. Yo era el primogénito del primogénito.»[17]

cap-3

2

Casa de mujeres

En su primera adolescencia, Leonard desarrolló un notable interés por la hipnosis. Compró un librito de bolsillo, de autor anónimo, que tenía el largo título de 25 lecciones sobre hipnotismo: cómo convertirse en un experto operador y se atribuía la extravagante pretensión de ser «El CURSO más perfecto, completo, fácil de aprender y exhaustivo del mundo, que abarca la ciencia de la curación magnética, la telepatía, la adivinación del pensamiento, la hipnosis clarividente, el mesmerismo, el magnetismo animal y otras ciencias afines». En la portada, bajo un tosco bosquejo de una dama victoriana hipnotizada por un caballero desgreñado y bigotudo, Leonard escribió su nombre en tinta con su mejor letra, y a continuación inició sus estudios.

Resultó que Leonard poseía un talento natural para el hipnotismo. Tras tener un éxito inmediato con los animales domésticos, decidió pasar a los empleados domésticos y eligió a la criada de la familia como su primer sujeto humano. Siguiendo sus instrucciones, la joven se sentó en el sofá Chesterfield. Leonard acercó una silla y, tal como indicaba el libro, le dijo con voz suave que relajara los músculos y le mirara a los ojos. Cogió un lápiz y lo movió lentamente delante de su cara, de un lado a otro, de un lado a otro, hasta que logró ponerla en trance. Desatendiendo —o, depende de cómo se interprete, siguiendo— el precepto del autor de que sus enseñanzas debían utilizarse solo con fines educativos, Leonard le indicó a la criada que se desnudara.

¡Qué gran momento debió de representar para el adolescente Leonard aquella acertada fusión de sabiduría arcana y deseo sexual! ¡Estar sentado junto a una mujer desnuda, en su propia casa, convencido de que él mismo había conseguido que aquello sucediera simplemente por medio del talento, el estudio, el dominio de un arte y la imposición de su voluntad! Sin embargo, cuando vio que le costaba despertarla, Leonard sintió pánico. Le aterrorizaba que su madre llegara a casa y los pillara, aunque cabe imaginar que eso solo habría vuelto aún más exquisitamente «leonardcoheniana» aquella mezcla embriagadora de sensaciones al añadirle cierto sentimiento de inminente fatalidad, desesperación y pérdida.

El segundo capítulo del manual de hipnotismo podría haber sido escrito perfectamente como un consejo profesional para el cantante y artista en el que se convertiría Leonard. Advertía contra cualquier apariencia de frivolidad e indicaba: «Su semblante debe ser imperturbable, firme y severo. Manténgase tranquilo en todas sus acciones. Deje que su voz baje poco a poco, hasta que sea apenas un susurro. Haga una o dos pausas. Si trata de apresurarse, fracasará».[1]

Cuando con veintitantos años Leonard recreara el episodio en The Favourite Game, escribiría: «Él nunca había visto a una mujer desnuda… Se sentía asombrado, feliz y aterrorizado ante todas las autoridades espirituales del universo. Luego se puso cómodo para mirarla. Aquello era lo que había esperado ver durante tanto tiempo. No se sintió, ni se ha sentido nunca, decepcionado».[2] Por más que atribuyera estos sentimientos a su álter ego de ficción, es difícil imaginar que no fueran los del propio Leonard. Décadas después, diría: «No creo que un hombre supere nunca esa primera visión de la mujer desnuda. Creo que es Eva contemplándole, que es la mañana y el rocío sobre la piel. Y creo que es el principal contenido de la imaginación de todo hombre. Todas las tristes aventuras de la pornografía y el amor y la canción son solo pasos en el camino hacia esa visión sagrada».[3] Por cierto, la criada tocaba el ukelele, un instrumento que su álter ego de ficción tomó por un laúd, al tiempo que, por extensión, tomaba a la muchacha por un ángel. Y todo el mundo sabe que los ángeles desnudos tienen acceso a la divinidad.

«Leonard siempre se quejaba de que no había chicas. De que no podía conocer chicas —cuenta Mort Rosengarten—. Y esa era siempre una queja seria.» Rosengarten es escultor y el más antiguo amigo de Leonard. En él se inspira el personaje de Krantz, el mejor amigo del protagonista de The Favourite Game.

Hay que recordar —dice Rosengarten en voz baja, apenas audible por encima del zumbido del respirador que su enfisema le obliga a usar— que por entonces nos criábamos de una forma totalmente segregada. En la escuela, los chicos estaban en una parte y las chicas en otra, y no había interacción de ningún tipo, y como en nuestro comportamiento no coincidíamos con la sociedad convencional de nuestros iguales en Westmount, tampoco teníamos acceso a aquellas mujeres, puesto que ellas iban por un camino determinado. Pero yo siempre pensaba que Leonard tenía suerte, que él sabía y entendía algo de mujeres porque vivía en una casa de mujeres, su hermana Esther y su madre. Yo no sabía nada de mujeres; solo tenía un hermano, y mi madre no revelaba ninguno de sus secretos acerca de lo que hacían las mujeres. Así que siempre nos quejábamos.

Rosengarten vive en una pequeña y precaria casa adosada de dos plantas con una bañera en la cocina, cerca del parque de Portugal, junto a la calle principal. Cuando se trasladó aquí hace cuarenta años, era un barrio obrero de inmigrantes. Pese a los signos de aburguesamiento y a las tiendas y cafés de moda, los viejos colmados judíos con mostradores de formica que Mort y Leonard solían frecuentar siguen ahí. Era un mundo muy distinto al Westmount de sus privilegiados orígenes. Mort creció en Upper Belmont, unas quinientas yardas más arriba y un estrato económico por encima de Lower Belmont, donde tenía su residencia la familia Cohen. Aunque el dinero hace mucho tiempo que se esfumó, los Rosengarten habían sido extremadamente ricos; tenían dos Cadillac y una hacienda en los Cantons-de-l’Est, a algo menos de sesenta millas de Montreal. Leonard y Mort se conocieron y se hicieron amigos en territorio neutral, cuando Mort tenía diez años y Leonard nueve. Fue en un campamento de verano en junio de 1944, cinco meses después de la muerte del padre de Leonard.

Desde hacía mucho tiempo los Cohen pasaban juntos la temporada estival en la costa de Maine, Estados Unidos. Sin embargo en los veranos de 1940 y 1941, cuando Canadá estaba en guerra con Alemania pero Estados Unidos aún no se había incorporado al conflicto, los canadienses juzgaron más prudente pasar las vacaciones en su país debido a la imposición estadounidense de restricciones monetarias. Un sitio de veraneo muy popular eran los montes Laurentinos, al norte de Montreal. El escritor Mordecai Richler lo describiría como «un verdadero paraíso judío, unos [montes] Catskills de segunda fila»,[4] con hoteles y posadas donde los ancianos con kipá chismorreaban en yidis en la acera opuesta a la bolera «solo para gentiles». Para los jóvenes de la edad de Leonard había numerosos campamentos de verano en los lagos que rodeaban la población de Sainte-Agathe. El campamento Hiawatha ofrecía a sus jóvenes pupilos el habitual menú de aire fresco, dormitorios en cabañas, duchas comunes, artes y oficios, campos de deportes e insectos que picaban; pero «era terrible», dice Rosengarten con sentimiento. «Su mayor preocupación era tranquilizar a los padres asegurándoles que nunca nos metíamos en ninguna clase de aventura. Yo tuve que ir varios años, pero Leonard solo fue un verano; su madre encontró un campamento más sensato donde enseñaban a nadar y a ir en canoa»; por cierto, la natación era una actividad que entusiasmaba a Leonard y se le daba muy bien. Una factura detallada del campamento Hiawatha de 1944 parece confirmar la mala opinión de Rosengarten sobre las actividades que se ofrecían: la asignación de Leonard se había gastado en la tienda de golosinas, en papel de escribir, en sellos, en un corte de pelo y en un billete de tren para ir a casa.[5]

Leonard y Mort compartían algo más que su próspero origen judío en Westmount. Ninguno de los dos tenía en su vida una figura paterna propiamente dicha —el padre de Leonard había muerto y el de Mort se ausentaba a menudo—, y ambos tenían madres que, sin duda alguna según los valores de la sociedad judía de Westmount en la década de 1940, eran poco convencionales. La de Mort procedía de una familia de clase trabajadora y se consideraba a sí misma «moderna». La de Leonard era una inmigrante rusa y bastante más joven que su difunto marido. Si el acento y el carácter expansivo de Masha no le habían asegurado ya cierto aislamiento respecto a las otras madres con hijos pequeños en aquella reducida comunidad provinciana, probablemente lo haría el hecho de que fuera una viuda joven y atractiva que vestía de forma llamativa. Pero la amistad entre Leonard y Mort se afianzaría cuatro años después, cuando ambos asistieran al mismo instituto.

El Instituto Westmount, un gran edificio de piedra gris con exuberante césped y un blasón con una divisa latina (Dux Vitae Ratio, «La razón es la guía de la vida»), daba la impresión de haberse escapado a hurtadillas de Cambridge y trasladado en avión a Canadá en mitad de la noche, harto ya de pasar siglos formando la mente de mozalbetes británicos de buena cuna. Era una escuela protestante, relativamente joven, fundada en 1873 en un edificio mucho más modesto, pese a lo cual se contaba entre las escuelas más antiguas de habla inglesa de Quebec. En la época en que asistió Leonard, los alumnos judíos representaban entre una cuarta y una tercera parte de la población escolar. Reinaba un ambiente general de tolerancia —o indiferencia— religiosa, los dos grupos, judíos y protestantes, se mezclaban y relacionaban, los miembros de uno acudían a las fiestas del otro. «Nosotros iniciábamos nuestras vacaciones judías cuando ellos empezaban el curso y celebrábamos las vacaciones cristianas —dice Rona Feldman, compañera de clase de Leonard—. Muchos de nosotros estábamos en el coro y en las representaciones de Navidad.» La niñera católica de Leonard, que lo acompañaba a la escuela todas las mañanas —por más que, como señalaba Mort Rosengarten, estuviera «a una manzana de distancia: la familia de Leonard era de una especie muy formal»—, lo había llevado consigo a la iglesia en el pasado. «Yo amo a Jesús —afirmó en una ocasión Leonard—. Siempre ha sido así, hasta de niño —añadió—, pero me lo guardaba para mí, no me levantaba en la shul [sinagoga] para decir: “Amo a Jesús”.»[6]

A los trece años, Leonard celebró su bar mitzvá, la mayoría de edad judía. Bajo la atenta mirada de sus tíos y primos, todo un batallón de Cohen, se subió a un escabel —era bajo para su edad, así que era la única forma de que pudiera ver— y leyó la Torá por primera vez en la sinagoga que habían fundado y presidido sus antepasados. «Había muchos miembros de su familia —recuerda el rabino Shuchat, que le había impartido las clases preparatorias del bar mitzvá—, aunque a Leonard le resultó muy duro, porque su padre no estaba allí», pronunciar la habitual oración de liberación. Pero desde el inicio de la guerra todo el mundo parecía echar de menos a alguien o algo. «Había racionamiento y cupones para ciertos productos como la carne —recuerda Rona Feldman—, en la escuela vendían sellos de ahorros de la guerra y algunas clases competían entre sí por ver quién compraba más sellos de ahorros de la guerra cada semana. Una chica que venía a la escuela con nosotros formaba parte de un programa de niños enviados a diferentes sitios para que estuvieran a salvo durante la guerra, y todos conocíamos a familias que tenían a miembros en el extranjero, ya fuera en el ejército de tierra o en las fuerzas aéreas.» Cuando terminó el conflicto, aparecieron aquellas fotos desgarradoras de las víctimas de los campos de concentración. La guerra fue «algo muy grande para nosotros —decía Mort Rosengarten refiriéndose a sí mismo y a Leonard—. Fue un factor absolutamente importante en nuestra sensibilidad».

El verano de 1948, que marcó el paso de la Escuela Elemental Roslyn al Instituto Westmount, transcurrió de nuevo en un campamento estival. Entre los recuerdos del campamento Wabi-Kon que figuran en los archivos de Leonard se hallan un certificado de natación y seguridad en el agua, así como un documento escrito en letra clara por una mano infantil y firmado por Leonard y otros seis muchachos. Era un pacto entre colegiales, que rezaba así: «No debemos pelearnos y tenemos que intentar llevarnos mejor. Tenemos que apreciar más las cosas. Debemos ser mejores deportistas y tener más ánimo. No hemos de mangonearnos unos a otros. No debemos usar un lenguaje soez».[7] Incluso habían inventado una lista de castigos, que iban desde quedarse sin cenar hasta irse a la cama media hora antes.

Esta formalidad e idealismo infantiles poseían una inocencia casi propia de las novelas de Enid Blyton. No obstante, de regreso a su habitación en la avenue Belmont, Leonard pensaba en las chicas: recortaba fotos de modelos de las revistas de su madre y se asomaba a la ventana para ver cómo el viento levantaba las faldas de las mujeres que pasaban por el parque Murray Hill o las pegaba deliciosamente a sus muslos. En las contraportadas de sus cómics estudiaba los anuncios de Charles Atlas que prometían a los adolescentes enclenques como él la clase de músculos que hacen falta para cortejar a una chica. Leonard era bajo para su edad y había encontrado un nuevo uso para los pañuelos de papel, con los que hacía bolitas que se ponía en los zapatos a modo de alzas. A Leonard le molestaba ser más bajo que sus amigos —algunas de sus compañeras de clase del instituto le sacaban una cabeza—, pero empezó a darse cuenta de que podía ganarse a las chicas «con historias y conversación». En The Favourite Game, su álter ego «empezó a pensar en sí mismo como el Diminuto Conspirador, el Enano Astuto».[8] Según recuerda Rona Feldman, Leonard era de hecho «extremadamente popular» entre las muchachas de su clase, aunque, debido a su estatura, «la mayoría de las chicas pensaban que era adorable más que un tío bueno. Solo recuerdo que era muy dulce. Tenía la misma sonrisa que ahora, una especie de media sonrisa, más bien tímida, ¡y cuando sonreía era tan auténtico…!, ¡era tan agradable verle reír…! Creo que era muy querido».

A los trece años Leonard se aficionó a salir tarde por las noches, dos o tres veces por semana, para vagar solo por las calles más sórdidas de Montreal. Antes de que se construyera el paseo Marítimo del San Lorenzo, Montreal había sido una importante ciudad portuaria, el lugar donde todos los cargamentos destinados a la Norteamérica central se descargaban de los buques transatlánticos y se cargaban en barcazas que los transportaban hasta los Grandes Lagos, o bien se enviaban por ferrocarril hacia el oeste. Por las noches, la ciudad bullía de marineros, estibadores y pasajeros de los cruceros que atracaban en el puerto, y para recibirlos había incontables bares que incumplían abiertamente la ley que les obligaba a cerrar a las tres de la madrugada. Los periódicos anunciaban espectáculos en la rue Sainte-Catherine que empezaban a las cuatro de la mañana y terminaban justo antes del alba. Había clubes de jazz, clubes de blues, cines, bares donde la única música que se tocaba era el denominado country québécois, y cafés con máquinas de discos cuyo contenido Leonard llegó a saberse de memoria.

Leonard escribió sobre sus paseos nocturnos en una obra inédita, fechada a finales de la década de 1950, titulada «The Juke-Box Heart: Excerpt From A Journal». «Cuando tenía unos trece años hacía lo mismo que mis amigos hasta que ellos se acostaban, y luego andaba millas y millas a lo largo de la rue Sainte-Catherine, como un amante de la noche, asomándome a cafeterías con mesas de mármol donde los hombres llevaban abrigo hasta en verano.» Había cierta inocencia infantil en la descripción de sus primeros vagabundeos, en los que observaba detenidamente los escaparates de las tiendas de artículos de broma «para catalogar la magia y los trucos, las cucarachas de goma, los aparatos que producían un zumbido al estrechar la mano…». Mientras caminaba se imaginaba que ya era un hombre de veintitantos años, «con gabardina, sombrero desgastado encasquetado sobre unos ojos intensos, una historia de injusticia en el corazón, un rostro demasiado noble para la venganza, recorriendo la noche a lo largo de algún húmedo bulevar, seguido por la compasión de incontables espectadores…, amado por dos o tres hermosas mujeres que nunca podrían tenerlo». Tal vez estuviera describiendo a un personaje de uno de los cómics que leía o de una de las películas de detectives privados que había visto, puesto que por entonces Leonard era ya un cinéfilo. Pero tras agregar a la mezcla una cita de Baudelaire fue lo bastante autocrítico para añadir: «Este texto me abochorna. Tengo suficiente sentido del humor para ver a un joven siendo infiel a Stendhal, entregado a la autodramatización, que sale para tratar de bajar una incómoda erección. Quizá la masturbación habría sido más eficaz y menos fatigosa».[9]

Leonard caminaba despacio por delante de las trabajadoras de la calle pero, a pesar de la necesidad y el anhelo que mostraban sus ojos, las prostitutas miraban por encima de su cabeza para llamar a los hombres que pasaban ofreciéndoles lo que Leonard había empezado a querer más que ninguna otra cosa. El mundo de su imaginación debió de crecer enormemente en aquella época, junto con una estimulante sensación de posibilidad, pero también un sentimiento de aislamiento, una conciencia de la melancolía. Dice Mort Rosengarten, que al cabo de un tiempo acompañaría a su amigo en sus aventuras nocturnas:

Leonard parecía muy joven, y yo también. Pero te podían servir en los bares; a las chicas, a los trece. Por entonces la cosa era muy abierta y también muy corrupta. Muchos de aquellos bares estaban controlados por la mafia, tenían que pagar a alguien para conseguir una licencia, y lo mismo pasaba con las tabernas, que eran bares que únicamente servían cerveza y solo a hombres, no se permitía la entrada a mujeres, y había montones de ellos porque eran el sitio más barato donde beber. Podías entrar a las seis de la mañana y estaba lleno de gente. Leonard no tenía que salir de casa a escondidas; ambos veníamos de hogares en los que nadie se preocupaba realmente de eso o de dónde estábamos. Pero la comunidad judía de Westmount era bastante pequeña y con un ambiente muy protegido, un sentimiento muy fuerte de identidad de grupo, todos esos jóvenes se conocían unos a otros. Así que él se iba a la rue Sainte-Catherine para experimentar lo que no habíamos visto o no nos habían permitido hacer nunca.

Mientras ocurría esto, también las fronteras musicales de Leonard comenzaban a ampliarse. A instancias de su madre había empezado a tomar lecciones de piano, no porque hubiera mostrado algún interés o talento especiales en ese ámbito, sino porque su madre le animaba a casi todo y las clases de piano estaban de moda. El piano no fue el primer instrumento musical de Leonard —en la escuela primaria había tocado una tonette de baquelita, una especie de flauta dulce—, y no perseveró mucho tiempo. Practicar los ejercicios que la señorita MacDougal, la profesora, le mandaba hacer en casa le resultaba aburrido y solitario. Él prefería el clarinete, que tocaba en la banda del instituto junto a Mort, quien a su vez había escapado a las lecciones de piano eligiendo el trombón. Leonard participaba en varias actividades extraescolares. Había sido elegido presidente del consejo de estudiantes y formaba parte de la dirección del grupo de teatro, así como del consejo de redacción responsable del anuario del instituto, Vox Ducum, una revista que podría enorgullecerse de haber sido la primera en publicar uno de los relatos de Leonard. «Kill or be Killed» apareció en sus páginas en 1950.

Rosengarten recuerda: «Leonard era siempre muy elocuente y sabía dirigirse a grupos de personas». Un informe del campamento Wabi-Kon fechado en agosto de 1949 señalaba que «Lenny es el líder de la cabaña y es respetado por todos los miembros de esta. Es el chico más popular de la unidad y es amable con todos [y] apreciado por todo el personal».[*] Al mismo tiempo, los amigos de la escuela recordarían a Leonard como un muchacho tímido, entregado a la solitaria ocupación de escribir poesía, alguien que desviaba la atención más que atraerla. Nancy Bacal, otra íntima amiga que conoce a Leonard desde la infancia, lo recuerda en aquel período como «alguien especial, pero de una manera discreta. Es una aparente contradicción: asume el mando de forma natural, pero al mismo tiempo permanece invisible. Su intensidad y poder operan por debajo de la superficie». Una curiosa mezcla la de esa naturaleza pública y privada, pero por lo visto fue viable; desde luego, perduró.

El big bang de Leonard, el momento en que poesía, música, deseo sexual y anhelo espiritual chocaron y se fusionaron en él por primera vez, ocurrió en 1950, entre su decimoquinto y su decimosexto cumpleaños. Leonard estaba en una tienda de libros de segunda mano, curioseando en los estantes, cuando se tropezó con The Selected Poems of Federico García Lorca. Al hojearlo, se detuvo en el poema «Gacela of the Morning Market». El poema hizo que se le erizara el vello. Leonard había experimentado antes esa sensación oyendo el poder y la belleza de los versos leídos en voz alta en la sinagoga, otro depósito de secretos. Lorca era un español, un homosexual y un antifascista declarado, que había sido ejecutado por los nacionales cuando Leonard tenía dos años. Pero «el universo que revelaba [le] parecía muy conocido» a Leonard y sus palabras iluminaban «un paisaje por el que creías que solo tú transitabas».[10] Parte de aquel paisaje era la soledad. Como el propio Leonard trató de explicar más de tres años después: «Cuando algo se decía de una manera determinada, parecía abarcar el cosmos. No solo mi corazón, sino todo corazón estaba implicado, y la soledad se disolvía y sentías que tú eras esa criatura doliente en medio de un cosmos doliente, y que el dolor estaba bien. No solo estaba bien, sino que era el modo en que abarcabas el sol y la luna». Se sintió, según sus propias palabras, «completamente enganchado».[11]

Lorca era dramaturgo y recopilador de antiguas canciones populares españolas además de poeta, y sus poemas eran oscuros, melodiosos, elegíacos y emocionalmente intensos, sinceros y al mismo tiempo automitificadores. Escribía como si la canción y la poesía participaran del mismo aliento. Con su amor por la cultura gitana y su temperamento depresivo, mostró a Leonard la aflicción, el romanticismo y la dignidad del flamenco. Y con su postura política le mostró la dignidad, el romanticismo y la aflicción de la guerra civil española. A Leonard le complació mucho conocer ambas cosas.

Leonard empezó a escribir poemas en serio. «Quería responder a aquellos poemas —contaba—. Cada poema que nos afecta es como una llamada que necesita una respuesta, queremos responder con nuestra propia historia.»[12] Él no intentaba imitar a Lorca —«No me atrevería», declaró—, pero sentía que Lorca le había dado permiso para encontrar su propia voz y le había enseñado qué hacer con ella, que era «no lamentarse nunca a la ligera».[13] En años posteriores, siempre que los entrevistadores le preguntaran qué le había llevado a la poesía, Leonard ofrecería una razón más prosaica: conseguir mujeres. Ver la propia belleza reafirmada en verso por alguien ha tenido siempre un gran atractivo para las féminas, y antes de que apareciera el rock & roll los poetas tenían el monopolio en ese sentido. Pero en realidad, para un muchacho de su edad, generación y origen, «todo estaba en mi imaginación —contaba Leonard—. Estábamos hambrientos. No era como hoy, no te acostabas con tu novia. Yo solo quería abrazar a alguien».[14]

A los quince años, más o menos al mismo tiempo que descubría la poesía de Lorca, Leonard compró por doce dólares canadienses una guitarra española en una casa de empeños de la rue Craig. Descubrió que podía tocar algunos acordes muy rudimentarios casi de inmediato con las cuatro primeras cuerdas gracias a que antes había tenido (como la criada hipnotizada de The Favourite Game) un ukelele. Había aprendido por sí solo a tocar el ukelele —del mismo modo que había aprendido hipnosis por sí solo— con un manual, un famoso libro de 1928 del músico estadounidense Roy Smeck, apodado el Mago de las Cuerdas.

Creo que se lo mencioné al primo Lazzy, que se mostraba muy amable conmigo tras la muerte de mi padre: me llevaba a ver partidos de béisbol en el estadio del equipo de Montreal, los Montreal Royals, que fue el primer equipo en el que jugó Jackie Robinson. Me dijo: «Roy Smeck viene al Morocco», un club nocturno de Montreal. «¿Te gustaría conocerle?» Yo no podía ir a escucharle, porque no se permitía entrar a un niño en un club nocturno, pero él me llevó a la habitación de hotel de Roy Smeck y conocí al gran Roy Smeck.[15]

En el verano de 1950, cuando Leonard se marchó de nuevo a un campamento de verano —el Sunshine, en Sainte-Marguerite—, se llevó consigo la guitarra. Allí empezaría a tocar canciones populares y descubriría las posibilidades del instrumento en lo relativo a su vida social.

¿Todavía ibas a campamentos de verano a los quince años?

Yo era monitor. Era un campamento de la comunidad judía para chicos que no podían permitirse los costosos campamentos de verano, y dio la casualidad de que el director que habían contratado, un estadounidense, era socialista. Estaba de parte de los norcoreanos en la guerra de Corea, que acababa de estallar. Por entonces los socialistas eran los únicos que tocaban la guitarra y cantaban canciones populares; sentían que tenían la obligación ideológica de aprenderse las canciones y repetirlas. De modo que apareció un ejemplar de The People’s Songbook. ¿Lo conoces? Un gran cancionero, con todos los acordes y las tablaturas, y aquel verano leí el libro muchas, muchas veces, junto con Alfie Magerman, que era sobrino del director y tenía marchamo socialista —su padre era un líder sindical— y una guitarra. Empecé a aprender guitarra leyendo aquel cancionero de cabo a rabo muchas, muchas veces durante el verano. Me emocionaban aquellas letras. Muchas de ellas no eran más que canciones populares corrientes reescritas. «His Truth Goes Marching On» fue transformada por los socialistas en «In our hands is placed a power / Greater than their hoarded gold / Greater than the might of Adam / Multiplied a millionfold / We will give birth to a new world / From the ashes of the old / For the union makes us strong / Solidarity Forever / Solidarity Forever / Solidarity Forever / For the union makes us strong». Había muchas canciones de los wobblies,[*] no sé si conoces el movimiento…, un sindicato socialista internacional. Canciones maravillosas. «There once was a union maid / Who never was afraid / Of goons and ginks and company finks / And deputy sheriffs that made the raid… No you can’t scare me I’m stickin’ with the union». Una gran canción.

Si se puede medir el entusiasmo de un hombre por la longitud de una respuesta, es evidente que Leonard estaba entusiasmado. Unos cincuenta años después de su estancia en el campamento Sunshine, todavía podía cantar de memoria el Songbook de principio a fin.[*] En 1950 la guitarra no llevaba aparejada toda la inmensa iconografía y magnetismo sexual que adquiriría más tarde, pero Leonard aprendió rápidamente que el hecho de que la tocara no repelía a las chicas. Una fotografía de grupo tomada en el campamento de verano muestra a un Leonard adolescente, aunque todavía bajo, un poco rechoncho y vestido con ropa que ningún hombre llevaría nunca en público —pantalones cortos y polo blancos, zapatos negros y calcetines blancos—, con la muchacha más rubia y atractiva sentada a su lado, y las rodillas de ambos tocándose.

De regreso en Westmount, Leonard prosiguió sus investigaciones sobre música popular: Woody Guthrie, Leadbelly, cantantes de folk canadienses, baladas de frontera escocesas,[*] flamenco… «Fue cuando empecé a encontrar la música que me gustaba.»[16] Un día, en el parque Murray Hill, se tropezó con un joven de cabello negro que tocaba junto a las pistas de tenis una triste melodía española con una guitarra acústica. Un grupo de mujeres se había congregado en torno al músico. Leonard se dio cuenta de que, de algún modo misterioso, «las estaba cortejando» con su música.[17] También él se sintió cautivado. Se quedó a escuchar, y en un momento apropiado le preguntó al joven si le importaría enseñarle a tocar. Resultó que el joven era español y no entendía el inglés. Por medio de una combinación de gestos y francés chapurreado, Leonard consiguió el número de teléfono de la casa de huéspedes del centro de la ciudad donde el español tenía alquilado un cuarto, junto con la promesa de que este iría al 599 de la avenue Belmont a darle clases.

En su primera visita, el español cogió la guitarra de Leonard y la examinó. No estaba mal, le dijo. Tras afinarla, tocó una rápida progresión flamenca y sacó del instrumento un sonido que Leonard nunca había creído posible. Luego le devolvió la guitarra y le indicó que tocara él. Después de aquella actuación, Leonard no deseaba interpretar una de las canciones populares que había aprendido, así que declinó la invitación alegando que no sabía. El joven colocó los dedos de Leonard sobre los trastes y le enseñó a hacer algunos acordes. Luego se marchó prometiendo que regresaría al día siguiente.

En la segunda clase, el español empezó a enseñarle la progresión flamenca de seis acordes que había tocado el día anterior, y en la tercera Leonard comenzó a aprender la técnica del trémolo. Practicó con diligencia, poniéndose frente a un espejo e imitando el modo en que el joven sostenía la guitarra cuando tocaba. El día de la cuarta clase, el joven profesor no se presentó. Cuando Leonard llamó al número de la pensión, la casera contestó al teléfono. El guitarrista había muerto, le dijo. Se había suicidado.

«Yo no sabía nada de aquel hombre, por qué había venido a Montreal, por qué había aparecido en aquella pista de tenis, por qué se había quitado la vida —declararía Leonard, unos sesenta años después, ante un público de dignatarios en España—, pero aquellos seis acordes, aquella pauta de guitarra, han constituido la base de todas mis canciones y de toda mi música.»[18]

En Montreal, en 1950, la vida familiar de Leonard había dado un nuevo giro. Su madre había vuelto a casarse. Su nuevo marido, Harry Ostrow, era farmacéutico, «un hombre muy dulce e inepto, un tío simpático», tal como lo recuerda David Cohen, el primo de Leonard, y al parecer tenía con este una relación cordial pero distante. Casualmente, también al segundo marido de Masha se le diagnosticaría una grave enfermedad. Como su madre estaba preocupada por la perspectiva de tener que cuidar a otro hombre enfermo, y su hermana, que ya contaba veinte años, tenía otras cosas en que pensar aparte de su hermano adolescente, Leonard pudo campar a sus anchas. Cuando no estaba en clase o entregado a alguna actividad extraescolar, escribía poemas en su dormitorio o, cada vez con mayor frecuencia, recorría las calles de Montreal con Mort.

Con dieciséis años Mort ya tenía la edad legal para conducir, así que cogía uno de los dos Cadillac de la familia y bajaba por la colina hasta la casa de Leonard. «Una de nuestras actividades favoritas era recorrer en coche las calles de Montreal a las cuatro de la madrugada, sobre todo la parte más vieja de la ciudad, a lo largo del puerto y hacia el extremo este, donde estaban las refinerías de petróleo —cuenta Rosengarten—. Buscábamos chicas; creíamos que en la calle, a las cuatro de la madrugada, esas hermosas chicas estarían paseando por ahí, esperándonos. Obviamente no había ni un alma.» Las noches en que nevaba con fuerza y las calles estaban vacías, salían en coche igualmente, con la calefacción encendida, para dirigirse hacia el este, a los Cantons-de-l’Est, o hacia el norte, a los montes Laurentinos, y el Cadillac, con Mort al volante, abría una franja negra entre los profundos ventisqueros como si fuera Moisés practicando su truco del mar Rojo. Y hablaban de chicas, hablaban de todo.

«No los ataba nada. Podían probar todas las posibilidades. Pasaban zumbando ante árboles que tardaban cien años en crecer. Atravesaban como un rayo poblaciones donde los hombres vivían su vida entera… En la ciudad, sus familias crecían como vides… Ellos huían de la mayoría de edad, del verdadero bar mitzvá, de la verdadera iniciación, de la verdadera y perversa circuncisión que la sociedad amenazaba con infligir mediante los límites y la aburrida rutina —escribiría Leonard recreando en la ficción aquellos paseos nocturnos con Mort—. La carretera estaba vacía. Ellos eran los dos únicos que huían y esa certeza profundizó más su amistad.»[19]

cap-4

3

Veinte mil versos

Las calles en torno a la Universidad McGill llevaban nombres de augustos personajes británicos —Peel, Stanley, McTavish—, y sus edificios habían sido construidos por sólidos y pétreos escoceses en sólida piedra escocesa. Había cierto aire de Oxbridge en la grandiosa biblioteca y en el aún más grandioso edificio de letras, en cuya cúpula ondeaba a media asta la bandera de McGill cuando moría uno de sus miembros. El espacioso patio interior estaba bordeado por árboles altos y delgados que se mantenían perfectamente erguidos incluso cuando cargaban con el peso de la nieve. Más allá de las verjas de hierro había mansiones victorianas, algunas convertidas en casas de huéspedes donde vivían los estudiantes. Si alguien hubiera dicho que el Imperio británico se gobernaba desde McGill, habría sido comprensible creerle; en septiembre de 1951, cuando Leonard empezó a asistir a McGill el día de su decimoséptimo cumpleaños, aquella era la más perfecta ciudad decimonónica intramuros de toda Norteamérica.

Tres meses antes, Leonard se había graduado en el Instituto Westmount. Vox Ducum, el anuario que había ayudado a publicar, contenía dos fotos suyas. Una era una foto de grupo en la que un Leonard de dieciséis años sonreía satisfecho en el centro de la primera fila, sobre un pie que rezaba con inaudita familiaridad: «Len Cohen, presidente del Consejo de Estudiantes». La segunda fotografía, más formal, acompañaba a su entrada en el anuario y mostraba a Leonard con traje y mirada ausente. Como dictaba la tradición del anuario, la entrada de Leonard se abría con una conmovedora cita: «No podemos conquistar el miedo, pero podemos doblegarnos ante él de tal manera que seamos más grandes que él». A continuación pasaba a enumerar lo que más aborrecía («la máquina de Coca-Cola»), su afición («la fotografía»), sus pasatiempos («dirigir canciones en los descansos») y su ambición: «ser un orador de fama mundial». Bajo el epígrafe «Prototipo», Leonard se definía como «el hombrecillo que siempre está ahí». El texto se cerraba con una impresionante lista de sus actividades en el instituto: la presidencia del Consejo de Estudiantes, un puesto en el consejo de redacción de Vox Ducum, la pertenencia al Club Menorah, al Club de Arte, al Club de Acontecimientos Actuales y a la YMHA (la Asociación de Jóvenes Hebreos), y animador en encuentros deportivos. En apariencia, era un joven de dieciséis años con mucha seguridad en sí mismo, atemperada por una gran dosis de la necesaria capacidad para reírse de uno mismo propia de los canadienses. A fin de cuentas, un triunfador. No cabía sino esperar que el próximo paso fuera McGill, la principal universidad de habla inglesa de la provincia.[1]

Durante su primer año en McGill, Leonard estudió letras en general y luego pasó a las matemáticas, el comercio, las ciencias políticas y el derecho. Más exactamente, según su propio relato, leía, bebía, tocaba música y se saltaba todas las clases que podía. A juzgar por su nota media de graduación —un 56,4 por ciento—, esta vez, en contra de su costumbre, no se quedaba corto en su descripción. Leonard tuvo un rendimiento decepcionante en su materia favorita, la literatura inglesa, y no le fue mejor en francés, una asignatura que —según su amigo y compañero de estudios (hoy rector de McGill) Arnold Steinberg— eligió «porque los dos habíamos oído decir que era fácil de aprobar. Yo la suspendí, y el francés de Leonard era ciertamente mínimo. Nunca nos lo tomamos en serio». En el programa no figuraban ni Baudelaire ni Rimbaud, y se pasaron el año entero estudiando un libro sobre una pareja de jóvenes aristócratas rusos blancos que tras la revolución habían tenido que trasladarse a París y trabajar como criados para una familia francesa. Escrita por el dramaturgo francés Jacques Deval, la obra se titulaba Tovarich, como el nombre original de Tinkie, el terrier escocés de Leonard.[*]

Esta insensibilidad hacia la lengua de la mitad de la población de su ciudad natal no era en absoluto exclusiva de Leonard y sus amigos. Los anglófonos de Montreal —en particular los residentes de un enclave privilegiado como Westmount, del que McGill era una extensión no menos privilegiada— tenían muy poco trato con la población francófona, exceptuando las muchachas francocanadienses que habían empezado a afluir a la ciudad procedentes del campo en la década de 1930, durante la Gran Depresión, para trabajar como criadas. La actitud general con respecto al bilingüismo en aquella época no era muy distinta, aunque sí menos relacionada con la divinidad, a la de la primera mujer gobernadora de Texas, Miriam «Ma» Ferguson: «Si el inglés fue lo bastante bueno para Jesucristo, es lo bastante bueno para todo el mundo». A los montrealeses de habla inglesa de aquel tiempo el francés les habría parecido una lengua extranjera tanto como a cualquier escolar inglés, y además la habrían aprendido con profesores anglohablantes, puesto que a los de habla francesa no se les permitía trabajar en las escuelas anglófonas (y viceversa).

«Los franceses eran invisibles —cuenta Mort Rosengarten—. Por aquel entonces teníamos dos consejos escolares en Montreal, el católico, que era francófono, y el protestante, que era anglófono, y los judíos, que en un momento dado tuvieron su propio consejo escolar, decidieron unir su suerte a la de los protestantes. No solo iban a escuelas distintas, sino que además tenían diferentes horarios de clase, de manera que los niños nunca estaban en la calle al mismo tiempo, así que de hecho nunca tenías contacto con ellos. Era muy extraño.» Tanto Mort como Steinberg llevaban ya un año en McGill, el primero estudiando arte y el segundo comercio, cuando llegó Leonard. En lo que este destacó en la universidad, al igual que antes en el Instituto Westmount, fue en las actividades extraescolares. Como si quisiera seguir los pasos del abuelo Lyon, acumuló puestos en comités, afiliaciones a clubes y presidencias.

Junto con sus compañeros de McGill, Leonard fue inscrito automáticamente en el Club de Debate, una actividad en la que sobresalió especialmente. Tenía un talento natural, además de gusto, para usar el lenguaje con precisión. Le resultaba fácil desarrollar una argumentación que podía reflejar o no sus más íntimos pensamientos pero que, gracias a su oído de poeta, sonaba convincente, o cuando menos buena, y lograba persuadir a su auditorio. Pese a ser un joven tímido, no tenía reparo en saltar a la palestra y hablar en público; precisamente la oratoria fue la única materia en la que obtuvo un sobresaliente en McGill. En su primer año allí, Leonard ganó el concurso Bovey Shield para el equipo de debate de su universidad; en el segundo año fue elegido secretario del Club de Debate; en el tercero ascendió al cargo de vicepresidente, y en su cuarto y último año, al de presidente.

Leonard y Mort se unieron a una fraternidad judía del campus llamada Zeta Beta Tau (ZBT), de la que Leonard se convirtió también en presidente, y con bastante rapidez. Un certificado confirma que su elección tuvo lugar el 31 de enero de 1952, solo cuatro meses después de su primer día en McGill.[2] Al igual que las demás fraternidades, ZBT tenía su propio cancionero, compuesto por canciones de marcha festivas de las que mejoran con el alcohol, y Leonard se sabía la letra de todas ellas. Las fraternidades y las presidencias podrían parecer actividades sorprendentemente pro sistema para un joven que había mostrado tendencias socialistas y una inclinación poética. Sin embargo, como señala Arnold Steinberg, Leonard «no es ni ha sido nunca antisistema, solo que no ha hecho nunca lo que hace el sistema. Pero eso no le convierte en antisistema. De toda la gente que conocía, Leonard era con mucho el más formal. No formal en el trato con los demás; tenía un encanto irresistible, resultaba muy, muy atractivo. Pero en sus modales, su forma de vestir, su manera de hablar, tenía un enfoque muy convencional de las cosas».

Los informes de los campamentos de verano habían descrito a Leonard como una persona limpia, ordenada y cortés, y lo era. «Nos educaron así —afirma David Cohen, el primo de Leonard—. Constantemente nos enseñaban a cuidar los modales, a decir “sí, señor” y “gracias”, a levantarnos cuando un adulto entraba en la habitación y todas esas buenas maneras.» En cuanto a la formalidad en el vestir, ya entonces Leonard tenía fama de ir siempre de veinticinco alfileres (aunque, maestro de la modestia como era, él habría insistido en que solo iba de veinticuatro). Mort compartía la afición de Leonard por los buenos trajes. Dado que sus respectivas familias se dedicaban al sector textil, podían satisfacer sus gustos.

«De adolescentes diseñábamos nuestra propia ropa, que era muy peculiar —cuenta Rosengarten— y en general más conservadora que las modas populares en la época. Yo tenía acceso a un sastre que me confeccionaba los trajes según mi idea de cómo debían ser, y Leonard les decía qué quería. Yo incluso me mandaba hacer las camisas, pero era sobre todo porque tenía el cuello muy delgado y no encontraba camisas de adultos de mi talla.» David Cohen recuerda a Mort en la sala de billar del Centro Estudiantil con un cigarrillo en la comisura de la boca y las mangas de su camisa hecha a medida protegidas con manguitos. «En algunos aspectos —prosigue Rosengarten—

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