Antes de que me olvide

Marcelo Ramos
Luis Brandoni

Fragmento

CON BETO

Este no puede ser sino un prólogo heterodoxo. No antecede a un libro de narrativa, ensayo, poesía o cualquier otro género que haga más factible el distanciamiento crítico entre prologuista y autor. Al tratarse, como me explicó Beto, de un libro “de recuerdos”, solo me cabe transcribir aquellos que nos unen. Mis recuerdos de Beto tal como los siento hoy a la distancia. Pero creo que debo empezar subrayando que estas líneas estarán referidas a un actor. A un gran actor. De una especie, a mi juicio, en extinción, que en nuestro país tiene sus últimos exponentes en él y en Pepe Soriano. Me refiero a los que, contando con instrumentos actorales que les permiten transitar con excelencia por gran parte del teatro “culto”, tienen una especial capacidad de observación y reproducción de rasgos y conductas de la tipología popular. Y a los que ese don extraordinario los convierte en artistas adorados por los sectores masivos del público. Un público que los vive como cómplices, como parte de su familia. La carrera de Beto en teatro, cine y televisión contiene una variedad de incursiones exitosas en espacios interpretativos que dan cuenta, por su diversidad y repercusión, de esa particularidad de su talento.

Dicho esto, trataré de concentrarme en ordenar y reproducir los recuerdos de tantos años que nos vinculan. En ciertos casos muy lejanos, con las consiguientes posibilidades de errores y omisiones por las que, desde ya, pido disculpas a Beto y a los lectores. Y ese pedido de disculpas lo hago extensivo a las descripciones autorreferenciales inevitablemente abundantes.

Mi primera imagen de Beto es la de un joven actor actuando en un pequeño teatro del Once…, creo que se llamaba Artea. En un espectáculo que vagamente recuerdo como modesto; las apariciones de Beto iluminaban literalmente la escena. Era imposible no reparar en él y, como en mi caso, no registrar su nombre para siempre.

Esto ocurrió a mediados de los años sesenta.

Nos conocimos. Comenzamos a vernos casi todos los días en el bowling que quedaba en la cuadra del Teatro San Martín. Era un curioso espacio de confluencia para seres tan disímiles como los hermanos Sofovich, Rodolfo Walsh, los periodistas de la revista Gente o el filósofo Oscar Masotta, donde se mezclaban actores incipientes con otros consagrados y también —lo que no era irrelevante— con chicas preciosas, sin duda más convocantes que los partidos de bowling que allí disputábamos.

En ese café comencé a disfrutar de su alegría y de su exuberante vitalidad.

En 1968 se produjeron nuestros primeros encuentros profesionales: juntos formamos parte del elenco de una espantosa película titulada Somos los mejores, que culminaba con el partido de fútbol que en Inglaterra disputaron Estudiantes de La Plata y Manchester United. La obscena concesión que suponía integrar su elenco se compensaba para nosotros con el hecho —casi mágico para esa época— de que nos permitía viajar a Europa. En mi caso por primera vez. Él ya había estado en París un poco antes, en una gira de la Comedia Nacional, por lo que, allí, su sentido de la orientación y su diversificada curiosidad lo convirtieron en un formidable guía. Esa película también nos permitió pasear por Roma, donde, contra el más elemental sentido común, Beto se empeñó en conducir un automóvil alquilado, lo que nos generó peligrosos extravíos, ingresos de contramano sembrando el pánico en aterrados peatones y muchos otros incidentes que le provocaban desopilantes ataques de furia.

De ese viaje me queda, además, el recuerdo de una conducta que vería reiterada en Beto varias veces en los años posteriores. Con nosotros viajaba el entonces adolescente Emilio Disi, también integrante del elenco, a quien durante el trayecto se le declaró una tremenda infección en un ojo. Inmediatamente, Beto se hizo cargo de la situación. Lo llevó a un hospital y en su pobre francés, muy inferior al que él suponía dominar, manejó el diálogo con médicos y enfermeras. Cuando observó que estaban a punto de aplicarle a Emilio una inyección en la frente, Beto huyó espantado por la impresión que le causó.

Poco después me inicié como director con un ciclo de versiones televisivas de novelas clásicas y románticas titulado Las grandes novelas, y Beto fue el primer actor al que convoqué a su elenco. Creo que ese programa sirvió quizás —aunque no totalmente— para purgar el escarnio de nuestra participación en Somos los mejores. En el caso de Beto, con sus espléndidas interpretaciones en Tiempos difíciles de Dickens, Los Maia de Eça de Queiroz, El retrato de Dorian Gray de Wilde, Resurrección de Tolstoi y La piedra lunar de Wilkie Collins.

Ensayábamos todos los días tres o cuatro horas desde las nueve de la mañana. El horario de ensayo, que era el que el canal nos destinaba, enfurecía al noctámbulo Beto y nos provocó algunas rispideces. Pero hacer ese programa nos hacía muy felices. A mí, por la puesta en marcha de una vocación definitiva, tratando de plasmar en la pantalla imágenes que me acompañaban desde mis lecturas infantiles, y a los actores —exigidos mucho más que lo habitual—, porque se sentían orgullosos de sus inusuales personajes y del prestigio que lográbamos trasladando a la televisión títulos de Flaubert o Dostoievski.

El programa nos acercó mucho. Esa es la época en que comenzó nuestra amistad. Nuestras personalidades no podían ser más diferentes, pero nos unía la pasión por el teatro y el cine, el tango y el fútbol. Compartíamos fines de semana en una quinta en la que, durante los partidos que allí se jugaban, Beto protagonizaba situaciones comiquísimas cuando, al recibir la pelota, relataba un imaginario partido del que participaba formando parte —y no irrelevante— del equipo de sus amores: River Plate. Remedando el estilo de los relatores radiales vociferaba: “… recibe la pelota Walter Gómez… Este se la pasa a Labruna… Labruna se la da a Brandoni… Avanza Brandoni a toda velocidad… Deja a dos rivales en el camino” (afirmación esta última a la que sus habilidades futbolísticas convertían en altamente improbable).

Para esa época, ya tenía clara mi decisión de dirigir teatro, cine y ópera. Y el sistema de trabajo que compartíamos con Beto en Las grandes novelas, más lo que hoy vivo como una muestra de candor, me hizo pensar en establecer en el futuro una labor esencialmente grupal, en la creación de un grupo de trabajo que, feliz y armoniosamente, enriquecería sus talentos individuales con la experiencia colectiva.

Para el debut teatral del proyectado grupo había pensado en Las criadas de Jean Genet, encarando una versión en la que —como proponía su autor— los roles femeninos fueran interpretados por hombres. Del elenco de Las grandes novelas formaban parte Héctor Alterio y Walter Vidarte, excelentes actores con los que la diaria convivencia era óptima. De modo que, caminando por la quinta donde él realizaba sus imaginarias proezas futbolísticas, le propuse a Beto integrar con ellos el reparto de esa obra, pieza fundacional de un grupo que denominamos Compañía de Buenos Aires.

Un indudable punto de referencia era, para nosotros, Gente de Teatro, el grupo que dirigía David Stivel y que presentaba sus espectáculos teatrales simultáneamente con su programa de televisión Cosa juzgada.

Estaba claro que sus actores tenían una popularidad que, comparativamente, convertía a la Compañía de Buenos Aires en lo que hoy se definiría como un grupo de “teatro alternativo”.

Es probable que en nuestras entusiastas proyecciones futuras de la iniciativa participaran también algunos prejuicios de corte machistas, pero en principio, la integración excluyentemente masculina del grupo se justificaba por el hecho de que su debut solo requería actores hombres.

Estrenamos en el teatro de la Sociedad Hebraica Argentina en 1970, con una bella escenografía y vestuario de Claudio Segovia. Y Las criadas se constituyó en un antes y un después para nuestras vidas. La dimensión del éxito era tan desmesurada que superaba nuestra posibilidad de comprensión. Es cierto que se presentó en una época en la que el teatro tenía más espectadores que en la actualidad. Pero aun así, que un espectáculo que transgredía de tal forma los vínculos convencionales entre actores y público, con un elenco prestigioso pero no popular, tuviera seiscientos o setecientos espectadores por noche de martes a domingo, era tan placentero como desconcertante.

Beto era particularmente feliz con ese éxito. Exaltado, consultaba la marcha de la venta anticipada y gritaba de alegría ante las muchas funciones que ostentaban el cartelito de “No hay más localidades”. Y su actuación era francamente magnífica. Recuerdo el silencio de la sala cuando, al levantarse el telón, se lo veía sentado ante un espejo, con una peluca femenina que convivía con su pecho desnudo y sus faldas, medias y zapatos de mujer. Obviamente, al comenzar los ensayos “con ropa”, al verse por primera vez vestidos de mujeres, era imposible evitar la risa que esas apariencias nos provocaban. Pero también existía la preocupante hipótesis de reacciones similares por parte del público al contemplarlos. Nada de eso ocurrió. Durante los treinta segundos que transcurrían entre la aparición de Beto ante el espejo y el ingreso de Walter, con quien comenzaba el diálogo, el silencio era absoluto y estaba cargado de una fascinación casi hipnótica que continuaba durante toda la representación.

Pero no todo era tan maravilloso como parecía. En uno de los programas radiales en los que fuimos entrevistados antes del estreno, en cierto momento, el periodista nos describió como “el grupo de Renán”. Al instante fue corregido por Beto: “No somos ‘el grupo de Renán’… Somos la Compañía de Buenos Aires”. Más allá de que la aclaración era objetivamente correcta, me llamó la atención la dureza del tono en que había sido formulada.

Pero lo peor ocurrió después. Para suceder a Las criadas habíamos elegido una espléndida, intensa y poética obra de Germán Rozenmacher: Simón, el caballero de Indias, obviamente para ponerla en escena en el mismo teatro que nos había albergado y donde tan bien nos había ido. Pasó que su trama, profundamente vinculada a la identidad judía, generó cierta preocupación en algunos dirigentes de la Sociedad Hebraica Argentina. Temían la reacción que algunas situaciones de la pieza podían provocar en sus asociados. Por lo cual, con delicadeza y sin planteárnoslo como una imposición, se nos sugirió que la postergáramos por un tiempo y que esa temporada la reemplazáramos por otra. Creyendo que para nosotros lo prioritario era nuestra continuidad como grupo, con malhumor nos resignamos. Fue entonces que Vidarte me hizo conocer la obra de Roger Vitrac Víctor o los niños en el poder, la mayor expresión teatral que produjo el surrealismo. Me entusiasmó, también a Alterio, y nos dispusimos a ensayarla. Para completar el elenco incorporamos, entre otros, a Ana María Picchio, Zulema Katz y Ulises Dumont. Como en Las criadas, Claudio Segovia se encargaría de la escenografía y el vestuario, y Beto sería su protagonista.

Hasta ese momento, sospechaba que él no compartía el entusiasmo que la obra suscitaba en el resto del grupo. Pero de todos modos, fue muy sorprendente su pedido de una reunión formal en la que, con la incomodidad del caso pero con toda claridad y firmeza, expuso su disconformidad con la elección, agregando que a su juicio era un dato más de la tendencia estética “elitista” que yo transmitía al grupo. Planteó luego una valorización de la producción teatral argentina, que en su opinión debía ser el núcleo ideológico de nuestro trabajo, para luego informarnos que, al concluir Víctor…, dejaría el grupo para destinar su futuro a lo que intensamente sentía como un mandato: interpretar piezas de autores nacionales. Recuerdo que, por unos instantes, mi sorpresa me enmudeció. También Alterio permaneció en silencio. No así Vidarte, quien de manera frontal y enérgica —con una tensión que quizás revelaba viejos conflictos—, le planteó que, si su resolución final era dejar el grupo, debía hacerlo en ese momento y no después de interpretar al protagonista de la obra que la había provocado. Con igual tensión y energía, Beto respondió que se marchaba en ese mismo instante. Y así lo hizo. Fue entonces reemplazado en su papel por Víctor Laplace.

Debo aclarar que de todos los que conformábamos el grupo, hasta ese momento Beto era el único a quien yo consideraba un amigo, por lo que su despedida significaba, para mí, además de una tremenda pérdida en lo artístico, un duro conflicto personal y una dolorosa ruptura en lo afectivo.

Se inició entre nosotros un distanciamiento que duró varios años.

Pero es imposible no mencionar la enorme coherencia que su carrera posterior tuvo con la declaración de principios que formuló en su renuncia a la Compañía de Buenos Aires. Fueron años consagrados totalmente a la búsqueda y proyección de lo mejor de la dramaturgia argentina. Quien lo haya visto no podrá olvidar sus interpretaciones en obras como Chúmbale, Convivencia, El viejo criado (¡qué obra y qué trabajo!), o aquella con la que cobró su vieja deuda pendiente: Simón, el caballero de Indias.

Pero más allá de lo que podríamos definir como “diferencias artísticas”, lo que yo torpemente no había advertido en ese momento, era que también Beto necesitaba, de manera vigorosa y profunda, expresar una condición de liderazgo para la que estaba altamente dotado. Del mismo modo que Alterio llegó a ser estrella sin habérselo propuesto, Beto sí quería serlo. Y era inevitable que lo consiguiera. Por talento, por ambición y por energía.

Durante los tres años siguientes, la carrera de Beto se afianzó en la doble dimensión a la que aspirábamos todos: el prestigio y la popularidad. Se convirtió en una auténtica “figura”. En esos tres años nos encontramos en pocas oportunidades. No sin una cierta tensión inicial que fue atenuándose con el tiempo. Creo que porque, finalmente, nuestro afecto y mutuo respeto seguían indemnes y prevalecieron por sobre cualquier otra eventualidad.

Hasta que en 1974 tuvo lugar mi debut como director cinematográfico con La tregua, sobre guion de Aída Bortnik basado en la novela homónima de Mario Benedetti. Luego de algunas circunstancias en las que el azar tuvo un rol importante, convoqué a Beto para interpretar al hijo mayor del protagonista que encarnaba Alterio. Sus hermanos menores eran Marilina Ross y Oscar Martínez. Y ese elenco maravilloso que integraban, entre otros, con Ana María Picchio, Luis Politti, Carlos Carella, Walter Vidarte, Hugo Arana, Cipe Lincovsky, Aldo Barbero, Antonio Gasalla, Norma Aleandro, Lautaro Murúa, Nelly Prono, Juan José Camero y China Zorrilla, produjo una verdadera fiesta actoral en la pantalla, de la que todavía muchos se acuerdan.

Mi homenaje y agradecimiento hacia todo ese elenco irrepetible me acompañarán por siempre. En el caso de Beto en particular, se complementan además con el hecho de haber significado la entrañable recuperación de nuestra amistad.

El curso de nuestro vínculo durante los años siguientes estuvo inevitablemente insertado en el dramatismo de las horas que vivió el país. Beto, como figura del espectáculo, pero también como secretario de la Asociación Argentina de Actores, vivió presiones y amenazas de muerte que lo empujaron al exilio.

Durante todos esos años, la política solo era un tema esporádico en nuestras conversaciones. No formaba parte de nuestras vidas. Esta no pretende ser la descripción de un mérito; simplemente, una información sobre lo que, por aquellos años, eran nuestros intereses. Pero, para Beto, eso se modificó sustancialmente en 1982. Recuerdo con claridad las circunstancias. Cenando con un grupo de amigos, en un momento dado preguntó: “¿Alguno de ustedes escuchó alguna vez a Raúl Alfonsín? Ese tipo me gusta mucho”.

Después de lo cual, agregó precisiones elogiosas acerca del Dr. Alfonsín que indicaban, a la vez, atracción por su figura y conocimiento de sus proyectos. Nunca lo había visto hablar de política con tanta vehemencia y convicción. Finalmente, concluyó: “Estoy pensando en afiliarme”. Pocos días después, me informó telefónicamente que lo había hecho.

Ese es el comienzo de un aspecto en el que Beto transformó su vida agregándole una nueva y trascendente identidad: la del militante —y, como no podía ser de otro modo tratándose de él— apasionado y comprometido. Estableció con Alfonsín un vínculo leal y afectuoso hasta el final de la vida de ese demócrata ejemplar.

Su admiración y cariño eran tales, que inocentes comentarios que pudieran hacérsele, del tipo: “Hoy lo vi muy ojeroso a Alfonsín”, provocaban instantáneamente en sus ojos un destello de alerta. Estaba tratando de descifrar si la frase contenía algún componente desfavorable para su ídolo, para en ese caso darle su merecido al atrevido. Dialéctico o de otro tipo.

Muchas veces me tocó participar en discusiones con gente que, desde la ignorancia o la mala fe, lo caracterizaban como comunista o peronista. Pero en los últimos años, el tiempo y la intensidad de su militancia han terminado con cualquier posible equívoco. Aunque haya muchos otros, él es “el actor radical” por excelencia, lo cual incluye pagar el precio que inevitablemente eso trae aparejado.

Y fue para esa época que, a través de su trabajo en el área cultural del gobierno radical, Beto pudo concretar un viejo sueño: presentar en el Teatro Colón a la orquesta de Osvaldo Pugliese. Debe haber sido una de las noches más felices de su vida.

Ya he mencionado el tango como parte importante del vínculo que nos unía. Hablábamos mucho de orquestas y de cantores. Y entre las maravillosas orquestas que el género ostentaba, la de Osvaldo Pugliese era su pasión.

Una tarde en que nos encontramos casualmente en la calle me preguntó: “¿Escuchaste el último disco de Pugliese? Vení, vamos a casa a escucharlo”.

Ya en su casa, después de oír los primeros temas, me dijo: “Escuchá, escuchá ‘La mariposa’”. A continuación, tomó asiento; sus brazos se abrieron; entre ellos instaló cuidadosamente un bandoneón y, con religioso recogimiento, comenzó a tocarlo junto con la orquesta. Sus ojos entrecerrados por la emoción… De sus labios emergía un sonido cada vez más poderoso: “Zzzzumm… Zzzzzumm… Zzzzummm”. De pronto, sus pies comenzaron a golpear el piso rítmicamente. Primero con suavidad para luego, cuando el final se aproximaba, hacerlo con gran ímpetu, junto con los cada vez más estruendosos “Zzzummmm”, que culminaron con un impecable “sol do”.

Solo entonces, agotado, comenzó a desconcentrarse. Parecía satisfecho. Tenía buenos motivos para estarlo. Su interpretación había sido maravillosa.

Pero se equivocan si imaginan que las habilidades tangueras de Beto se reducen a su magistral dominio del bandoneón. También es un cantor nacional afinado y de buen gusto. Hace unos años nos juntamos en Punta del Este y, acompañados por dos graves guitarristas orientales, interpretamos un variado repertorio que, lamentablemente, no pudo ser disfrutado por nadie, ya que estábamos solos. Todo indicaría que nuestro encuentro tuvo menores repercusiones para el tango que las que en su momento tuvieron Gardel y Razzano, pero fue para Beto el comienzo de una carrera como solista que ya le ha brindado merecidas satisfacciones. Si se les da la oportunidad, pídanle que les interprete su mayor éxito: “Vieja viola”, el bonito tango de Humberto Correa. Les va a gustar.

En los ochenta y noventa, junto con su demandante actividad partidaria, Beto tuvo enormes éxitos televisivos que lo convirtieron en uno de nuestros actores más populares.

Volvimos a encontrarnos profesionalmente cuando formó parte del elenco de mi película El sueño de los héroes. Su labor fue conmovedora. Su máscara expresiva, su gestualidad, los patéticos sonidos que emitía interpretando un personaje mudo, fueron del todo magistrales.

En el trabajo, el último reencuentro (hasta ahora), fue con Un enemigo del pueblo. Yo ignoraba que se trataba de un personaje soñado por él. Cuando me disponía a dirigirla, me lo informó con absoluta levedad. Fue muy placentero para mí resolver óptimamente la elección del actor para interpretar semejante rol, y a la vez concretar el sueño de un amigo querido.

Mentiría si omitiera el hecho de que me asaltaban dudas sobre cómo funcionaría la inserción de Beto en el contexto del teatro oficial donde se representaría la obra, con códigos diferentes a los que él manejaba como “figura” del teatro comercial. La experiencia fue buenísima. Y la relación de Beto con el resto de sus compañeros fue afectuosa y cordial.

Releyendo estas líneas, reparo en que sus lectores podrían reprocharme falsedad al recordar mi vínculo con un poco probable ejemplar de santo. No aparecen en su descripción rasgos criticables ni hago mención de defectos. No dudo que los tiene. Quizás muchos. Pero en tantos años de relación no he sido depositario ni víctima de ellos. De ninguna conducta improcedente o censurable. Su retirada de la Compañía de Buenos Aires, no lo fue. Irse del grupo le permitió convertir en realidad profundas convicciones y poner en marcha su destino. Puedo sí referirme a las rabietas que me provocaban sus llegadas tarde a los ensayos de Las grandes novelas; o a mi certeza de que no estudiaba suficientemente sus textos; o a las dolorosas convulsiones que me provocaron algunas desafinaciones en su interpretación de “Los mareados”. Pero qué importancia tienen ante imágenes como las de una noche gélida de filmación de El sueño de los héroes (en el bosque Peralta Ramos, cercano a La Plata), cuando Beto se me aproximó trayendo consigo bufanda y sombrero y me los entregó advirtiendo certeramente: “Te estás muriendo de frío, flaco”. “¿Y vos?”. “No, yo puedo estar en el camión del equipo; vos estás todo el tiempo al descampado”. Y tengo más imágenes de ese tipo.

Recuerdo a Beto trasladando en silla de ruedas a un querido amigo común que había sufrido una hemiplejia, hablándole al oído y haciéndolo reír con sus bromas. Como me hizo reír a mí cuando me visitó en mi convalecencia de una enfermedad que había deteriorado mi ánimo tremendamente. Fueron mis primeras risas en mucho tiempo y solo alguien como él podía inspirarlas. También lo recuerdo en su coche rojo manejando y cantando junto a sus adoradas hijas, que entonces eran chiquitas. Era hermoso verlos cantar. O cuando viajó especialmente desde Roma a Madrid para cenar conmigo y un grupo de amigos en una gran noche de mi vida, luego del estreno de Lady Macbeth.

En fin. Hemos llegado al presente. Por suerte, este lo encuentra en un momento feliz personal y profesionalmente. Nos seguiremos viendo. Cada tanto, como fue siempre. Aunque nos veamos poco, los dos sabemos, como buenos tangueros, que de ser necesario podemos contar con el otro.

Pero volvamos a su profesión; porque creo que estas líneas deben concluir con una reflexión sobre su singular talento. Ese que lo diferencia de otros grandes. Y por eso les pregunto a los lectores: ¿cuántos actores argentinos conocen que puedan provocar un estallido de risa en una sala como cuando, en 100 veces no debo, desesperado por el embarazo de su hija quinceañera, vocifera: “¡Le llenaron la cocina de huuumo!”; o provocar una ovación de la sala con su emocionado discurso como el Dr. Stockmann en Un enemigo del pueblo? Beto puede.

SERGIO RENÁN
diciembre de 2009

MORIRSE ES FÁCIL

Uno de mis más queridos amigos me ofrece la enorme oportunidad de prologar sus memorias. Hace meses que miro la pantalla en blanco, sin saber cómo empezar. El desafío es doble. Por un lado, transmitir mi infinita (así lo parece hasta ahora, ya que crece día a día) admiración por este gigante. Pero además, el placer orgásmico que provoca la lectura de sus Memorias. Que son muchas y están intactas.

¿Por dónde empezar? Quizás por el simple método cronológico. Y pido mil perdones a todos los lectores por la autorreferencia. Es que no puedo disociar a Beto de mi crecimiento como ser humano y cineasta. Es ahí donde mi admiración se mezcla con mi amor.

La primera vez que vi a este inmenso actor fue en un sketch de un programa cómico. Finales de los sesenta, principios de los setenta. El personaje era un chanta de café que insultaba (le hacía bullying, bah, pero entonces se decía “tomar de punto”) a un pobre gil de la mesa. Pero ante cada humillación agregaba un “No te calenté, es una broma”. Y cuando finalmente el gil contestaba con una broma sobre la hermana de Brandoni, este reaccionaba con violencia, y se justificaba con el latiguillo “¿A vos te gusta que te toquen a tu hermana?”. Al estilo de la televisión argentina que durante décadas fue una usina de latiguillos y frases que pasaron a formar parte de nuestra charla, hasta hoy. Como la “Argentina, año verde” del gran Cammarota, “¿A vos te gusta que te toquen a tu hermana?” la sigo esgrimiendo cada vez que algo me saca de quicio. Esto que cuento, que parece banal, era una oda a la comedia en manos de Beto. Ese cruel gastador, pero querible y gracioso, solo podía cobrar vida en sus manos.

Es que la comedia es como el Mundial de la Actuación. Solo los mejores pueden hacerla. Un gran comediante es SIEMPRE un gran actor dramático. Un gran actor dramático no es siempre un buen comediante. Cuenta la leyenda que un enorme actor inglés estaba en su lecho de muerte. Un discípulo se acerca acongojado, y le pregunta: “¿Es difícil morirse, Maestro?”. “¿Morirse? Morirse es fácil. La Comedia es difícil.” Beto es, además, un maestro de la Comedia, y fue así como lo conocí.

Corte a 1974. La mejor película de la historia argentina se estrena sin fanfarria. La tregua iba a ser un ícono del cine argentino. Allí fui con mis catorce años a verla. En un mes la había visto siete veces. Es difícil destacar a un actor en especial en medio del catálogo del Gran Actor que es esa película. Una película que era a la vez homenaje y semillero. Pero Beto, una vez más, Beto, la clava en el ángulo. Con un personaje pasivo, derrotado, cínico y descreído que en el momento final, gracias a la magia conjunta de Sergio Renán y Beto Brandoni, se convierte en el único rayo de luz y esperanza de la película. Bastó una frase, y un tono de cariño mínimo que solo puede dosificar un alquimista, para que el llanto de este pibe de catorce años surgiera por primera vez en un cine. La emoción que provocaba aquel al que conocía por el “¿A vos te gusta que te toquen a tu hermana?” era impensada. ¿Cómo podía un tipo que me había hecho reír a carcajadas, emocionarme de esa manera? Las cosas empezaban a ser más complejas de lo que parecían. No era Comedia y Drama. Se podían mezclar las dos. Y a los catorce años, cuando todo empieza a complejizarse, esta revelación era una lección de vida. Bortnik, Renán y Brandoni, una delantera de la emoción, lo habían logrado.

Luego vinieron La Patagonia rebelde, Juan que reía y tantas otras. Mi admiración por Beto crecía de la mano de mi amor por el cine. Y así llegamos a 1979.

Ya no recuerdo por qué fui a ver Convivencia, de Oscar Viale, al Teatro Regina. Seguramente sería la presencia de Beto, que en ese momento ya era para mí el mejor actor argentino. Aunque era raro que este fanático del cine, flamante estudiante de la disciplina, fuera solo al teatro. Pero ocurrió. Y en ese momento nació mi otra gran pasión. De nuevo de la mano de Beto.

Convivencia me marcó para siempre. La vi tres veces en un mes. El hombre que había logrado hacerme llorar de risa en un programa de televisión, y de emoción en una película, aquí estaba logrando las dos cosas EN LA MISMA OBRA. No lo podía creer. Era magia. No podía ser otra cosa. ¿Cómo se hace? Por supuesto, luego supe que detrás de esa emoción hay todo un equipo. Un autor genial, en este caso Oscar Viale, un director mítico como Roberto Durán, y la magia de un elenco enorme. Pero era Beto el que lograba el truco del mago, ese de arrancarte carcajadas y ponerte un nudo en la garganta en un lapso de segundos. Gracias a él, el teatro se convirtió en mi pasión. Era natural que mi debut como director teatral fuera con él, pero para eso tendría que esperar solamente treinta y cuatro años.

Beto convirtió en su hogar todos los medios. La televisión, el cine y el teatro. Generador de frases y momentos icónicos (“Tres empanadas” es la mejor escena de comedia de los últimos cincuenta años de cine), es una presencia permanente en el cine argentino. Pero es en teatro donde se lo puede ver en todo su esplendor.

Desde su debut en 1964, no pasó UN SOLO AÑO en el que Beto no estuviera sobre un escenario. Cincuenta y cinco años de teatro constante, sin pausa. Una enorme parte de esos años representando autores argentinos. Convirtiendo el buen teatro en éxitos comerciales. Fue de la mano de Oscar Viale que tuvo sus grandes éxitos, Chúmbale y Convivencia. Pero también conmovió con Nelly Fernández Tiscornia en Made in Lanús, un clásico del teatro argentino.

Hasta ahora hablamos de su tarea como actor. Pero hay otra dimensión insoslayable de Beto. Su compromiso con el país, su labor política. Dirigió el sindicato de actores durante la dictadura, cuando el peligro era real y los dirigentes no cobraban. Cuando era puro amor por su artesanía y por la república. Cuando las balas repiqueteaban por el costado. Luego fue asesor del presidente Alfonsín en Cultura, y en 1997, diputado de la nación, representando a otra de sus grandes pasiones, el partido radical. De eso habla, y mucho, en estas memorias. Es todo apasionante.

Y luego nos conocimos. Temblando como un chico empecé a trabajar con él en El hombre de tu vida. El personaje era un desafío. Un cura. Un cura que había encontrado su vocación a los cuarenta años, y que antes de eso “Confieso que he vivido”. El personaje iba a ser el consultor, amigo, psicólogo y mentor del personaje de Guillermo Francella, y como tal, iba a tocar temas muy espinosos, especialmente para un sacerdote progresista. Creamos el personaje con la idea de que apareciera en una o dos escenas por capítulo. Para el cuarto capítulo, y gracias a su actuación, ya era uno de los protagonistas. Susceptible a las tentaciones de la carne, el amor, la amistad, y manejando siempre un área gris de la moralidad, pero nunca saliéndose de su personaje. El hombre de tu vida tuvo varias versiones en el mundo, y en todas ese personaje fue suavizado, homogeneizado, y algún capítulo (como aquel en el que se enamora), eliminado. Pero si alguien quiere ver lo grande que es Beto como actor, solo tiene que ver cualquier versión de El hombre de tu vida y comparar esa actuación con las otras. Es sublime, graciosa, tierna, conmovedora, dramática.

Pero además conocí la otra dimensión de Beto. La que no mencioné hasta ahora. Conocí al ser humano detrás del actor y del político. Apasionado, irrefrenable, entusiasta, efusivo, por siempre joven. Incapaz de rendirse, o de bajar los brazos. Apoyando y aplaudiendo a todo el que se lo merecía sin importar su rango. Y sin importar su rango, criticando frontalmente a todo el que no respondía a su alta vara. Con Beto no importa el título, el puesto ni el rango. Solo importa la calidad profesional y humana.

Y llegó Parque Lezama. Iba a ser mi primera dirección de una obra teatral. Quién mejor que Beto para representar a León Schwartz, otro indomable. Junto a Eduardo Blanco formaron un dúo que fue aplaudido como estrellas de rock durante ya casi novecientas funciones, en toda la Argentina y Madrid.

Desde ese palco del primer piso del Teatro Liceo, podía admirar a Beto en todo su esplendor. Ese hombre que hizo reír, llorar, emocionar, apasionar, conmover y aplaudir a generaciones de argentinos. Pero tan importante como poder verlo transformarse todas las noches, era tomar un café antes. Comentar el país. Aprender de él. Ver su sufrimiento frente al desagradecimiento, su enojo frente al atropello, sus ganas de luchar siempre, de nunca bajar los brazos. Es un enorme placer cuando uno conoce a la persona que admiró durante años y esa persona resulta ser mejor aún que lo esperado.

Una anécdota lo pinta de cuerpo y alma. El día del balotaje del año 2015 estábamos con Parque Lezama en Montevideo. Legalmente estaba excusado de votar. El sábado anterior tuvieron dos funciones. Las funciones de Parque Lezama son agotadoras para Beto y Eduardo. El sábado termina a las dos de la mañana, luego de cuatro horas muy demandantes de dos funciones. Ese domingo de las elecciones, Beto se tomó un avión, votó en Buenos Aires, volvió en Buquebus, e hizo dos funciones la noche del domingo. Simplemente, no podía faltar a esa cita ineludible. Su voto valía. Su voto VALÍA.

Como toda su historia. En este libro, que es también la historia del teatro y el país de los últimos sesenta años. Es un libro para aprender, para regocijarse, para emocionarse. Es para amantes del teatro y amantes del compromiso. Es el backstage de las últimas seis décadas de nuestro país. En él van a poder ver a uno de sus protagonistas, cabeza de compañía, actor de carácter y creador. Un actor, un político y un hombre como muy muy pocos.

“Aprovechenló”, ya no hacen gente así.

JUAN JOSÉ CAMPANELLA

diciembre de 2019

CAPÍTULO I
El principio de todo

“Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”.

Antonio Porchia

Nací en Dock Sud, partido de Avellaneda. El parto se produjo en un sanatorio de la avenida Belgrano; no sé si eso estuvo programado, pero lo que sí supe después, fue que el 16 de abril de 1940, dos días antes de que yo viera la luz, aconteció la más grande inundación del siglo XX en esa zona. El auto de mi papá estaba bajo el agua, pero veinticuatro horas antes del parto ya podía circular “la chancha”, que era un ómnibus a diésel que resistió al fenómeno y así pudieron llevar a mi madre a Avellaneda, donde la situación no era tan grave.

Mi mamá, Luisa Valentina Emiliani, era ama de casa. Mi padre, José Domingo Brandoni, empleado administrativo; trabajó desde los catorce años. Solamente había cursado la escuela primaria, pero era una persona muy competente. Le gustaban “los números” y era idóneo en contabilidad, lo que le permitió ingresar en el Banco de Italia y Río de La Plata, por entonces la segunda institución bancaria más importante de la Argentina después del Nación. Tres cosas caracterizaban a mi viejo: era un gran trabajador, sumamente capaz y muy honesto.

Mis padres eran argentinos y mis cuatro abuelos italianos, de la región de Le Marche, en una localidad cercana a la ciudad capital, Ancona. A doce kilómetros de allí hay un pequeño pueblo llamado Numana, donde aún hoy tengo parientes.

Probablemente la primera foto de Luis Brandoni: en brazos de su padre, a los pocos meses de edad.

Cuando viajé a Italia viví la alegría, claro, de conocerlos, pero mis recuerdos infantiles no estaban allí. Mis lazos pasaban por la materfamilias de ese grupo, Maddalena, la hermana mayor de mi papá. Ella también había nacido en la Argentina, pero cuando se casó viajó a Italia junto a su marido para conocer a sus suegros; sorprendidos por la Primera Guerra Mundial, se vieron retenidos por la contienda y terminaron estableciéndose en ese país. Era yo quien leía en la mesa las cartas que mi tía Maddalena enviaba. Mi viejo no podía, se ahogaba en llanto; por eso tomé esa tarea a mi cargo con el mismo resultado: terminaba llorando.

Mi abuelo materno fue empleado del ferrocarril; era guinchero, o sea, cargaba y descargaba los barcos amarrados en el propio Dock Sud (Dique Sur). El paterno, a quien no conocí, tenía también un oficio vinculado con el agua: era uno de los tantos boteros que cruzaban el Riachuelo desde La Boca hasta la Isla Maciel.

Gerardo José era mi hermano, nueve años mayor. Falleció hace poco, en 2015. Un tipo multifacético. Estudió canto lírico en la Escuela del Teatro Colón, al tiempo que, para ganarse unos mangos, ingresó en el coro Mancuso y, formando parte de él, participó en aquella memorable puesta de Mi bella dama, que se dio en el Teatro El Nacional, con Rosita Quintana, José Cibrián y Dringue Farías, allá por 1961. Permaneció muchos años en ese coro actuando en importantes revistas y comedias musicales porteñas con Mariano Mores. Eso le dio cierta continuidad laboral pero, al mismo tiempo, le hizo perder la oportunidad de debutar en el Colón. Más tarde fue administrador de muchas compañías teatrales. Cumpliendo esa función estuvimos juntos cuando hice Las criadas y Chúmbale, por ejemplo.

La escuela primaria la hice en el centro porque mi viejo tenía la oficina en Cangallo y Reconquista. Iba todas las mañanas y volvía a casa para almorzar. Mi papá me llevaba y me traía. Los dos primeros años los hice en la Escuela San Martín, ubicada en San Martín entre Corrientes y Lavalle. De segundo a sexto grado fui a la Escuela de Catedral al Norte José Manuel Estrada, en Reconquista entre Corrientes y Lavalle; un edificio histórico (se trata del establecimiento educativo más antiguo de la ciudad, inaugurado por Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda) al que suelo volver de tanto en tanto. Esto explica que los amigos de la infancia, los “de jugar”, digamos, fueran los “del Doque”, no los compañeros de la escuela, que vivían alejados.

De ese colegio recuerdo que cada vez que llegaba tarde, la maestra sellaba mi cuaderno con un lapidario “Llegó tarde”. Me traumatizaba tanto que por las noches soñaba con el Puente Avellaneda —que estaba levantado para dejar pasar los barcos que entraban al Riachuelo—, y yo imaginaba que intentaba cruzarlo en una suerte de red colgante sin lograr nunca mi propósito. ¡Qué pesadilla tan angustiante!

Tuve una infancia plena, feliz. Y fui feliz de veras pese a mis frustraciones por no ser un número uno del fútbol y a mis amores imposibles: de chico ya me enamoraba perdidamente. Pero fue de verdad una etapa dichosa, a veces absolutamente, como cuando los Reyes Magos me dejaron ocho regalos distintos, entre los que estaba un auto italiano a cuerda que andaba para atrás y para adelante. No paraba de jugar con él. O cuando nos íbamos de vacaciones a San Rafael, Mendoza, a la Bodega Balbi, una pequeña finca de la que mi padre era socio minoritario. Pasábamos allí desde febrero hasta la cosecha, hasta que cumplí los doce años; todavía tengo presente el aroma del aire de esa zona. Y el río Diamante: cuando leí Álamos talados de Abelardo Arias, creí que lo había escrito yo.

Por razones azarosas tengo muy bien dividida mi infancia de mi adolescencia. Sucedió que el día de mi cumpleaños número trece nos mudamos de Dock Sud (en la calle Alem 1559, para ser precisos) al barrio de River, en Almirante Daniel de Solier 1162. Ese día se puede decir que marcó el final de mi niñez y el comienzo de mi etapa adolescente.

El pequeño Luis Brandoni en carnaval, disfrazado de Juan Tenorio, bajo la atenta mirada de su madre en el patio de su casa en Dock Sud.

La casa que se hicieron mis viejos, y que habían anhelado tanto, estaba al lado de la del doctor Armando Bevagna, amigo de la infancia de mi padre. Ahí pasé toda mi adolescencia y el bachillerato lo hice en el Colegio Julio Argentino Roca, de la calle Amenábar y Sucre, en Belgrano.

A mitad de mi quinto año del secundario, y por razones disciplinarias, me echaron del Roca y terminé el ciclo en el Instituto Porteño, un colegio privado ubicado en la avenida Cabildo.

El barrio en el que nací era un barrio de tango, y por ende, me crie con esa música. A una cuadra de mi casa, por Leandro Alem, había un club de barrio que se llamaba Rioplatense. Cuando llegaba el calorcito, los muchachos sacaban los parlantes a la calle y se pasaban sin cesar discos de tango.

Mi hermano, que amaba nuestra música, era hincha de Osvaldo Pugliese y me transmitió la pasión. Cuando tenía nueve años, lo vi a Pugliese por primera vez en los bailes de carnaval del Club Independiente. Fui con toda mi familia. ¡Aquello era una gran fiesta! Y a los once logré escurrirme en un baile del Club Sportivo Dock Sud, donde actuaban su orquesta con los cantores Alberto Morán —un pintón tipo Gregory Peck, por el que morían todas las chicas— y Roberto Chanel, y la Jazz de Varela-Varelita. Fui testigo de lo que pasaba con Osvaldo y su música: la gente no bailaba; se acercaban al palco, de pie, y lo escuchaban con devoción. En definitiva, yo no me sumé al tango: el tango formaba parte de mi paisaje y se metió en mí.

Muchos años después, como asesor cultural del presidente Raúl Alfonsín, me permití sugerirle que recibiera a Pugliese el día en que este cumplía ochenta años. Recuerdo que mientras los acompañaba, a él y a Lidia, su mujer, desde la puerta de la Casa de Gobierno hasta el despacho del presidente, el maestro dejó caer una frase llena de ternura: “Es la primera vez que voy a conocer a un Presidente de la República”.

En esa reunión, de la que también participaron el secretario de Cultura, Carlos Gorostiza, y Cecilio Madanes, director del Teatro Colón, se gestó el recital de Osvaldo en esa sala. Iba a realizarse el 15 de diciembre de 1985. Las entradas se agotaron rápido. Vinieron de todo el interior del país y de Uruguay, Brasil, Chile; en fin, todo marchaba sobre ruedas. Llegado el día, ya en los camarines y con la sala colmada, nos enteramos de que el personal de escenario había declarado una huelga de actividades. Pugliese estaba anonadado. Vino un grupo de delegados a explicarle al maestro las razones del paro pero no los dejó terminar. Osvaldo, que era una especie de “santo laico”, les dijo: “¡Toda la vida luché por la clase obrera y hoy, que cumplo ochenta pirulos y me lo festejan acá, ustedes me hacen un paro!”. Claro, era conocida su condición de afiliado al Partido Comunista, tanto como la filiación peronista de los delegados gremiales y también la pertenencia al radicalismo del intendente de la ciudad de Buenos Aires, el doctor Julio César Saguier.

Así terminó aquella conversación, pero no hubo manera: la función se tuvo que suspender. Los empleados tardaron un poquito en salir porque el público se quedó a esperarlos por el lado de la calle Cerrito para decirles “algunas cositas”. Finalmente, el recital se hizo el 26 de diciembre; volvió a llenarse la sala y resultó maravilloso. Tuve el honor de hacer la apertura, recitando un poema conmovedor de Lucho Schwartzman: “A don Osvaldo Pugliese”. Si tuviera que elegir la noche más inolvidable de mi vida, seguramente recordaría esa.

Con Osvaldo Pugliese y Raúl Alfonsín en el despacho presidencial
de la Casa Rosada, el día que Pugliese cumplía 80 años. 1985.

Un día me llamó Lidia Pugliese para decirme que Osvaldo quería dedicarme un tango. Entonces tuve el gusto de ir a su casa con un grabador, mantuvimos una charla muy linda y después fuimos al cuarto donde él tenía el piano. Ahí tocó su versión de un tango y yo lo grabé. Estaba Beba, su hija, que sugirió: “Papá, dedicáselo. Después le damos una copia de la partitura”. Y efectivamente, en el mismo grabador que habíamos llevado, a continuación de la versión en piano de ese tango, Osvaldo me lo dedicó y le puso como título:Pal’ Beto”. Y dejó grabadas unas palabras hermosas. Me fui con el pecho henchido del departamento de Osvaldo, en la avenida Corrientes.

Pasaron los años; la orquesta Color Tango sacó un CD con obras inéditas de Osvaldo y me sorprendí mucho cuando en la lista de los temas aparecíaLa paponia” y, a continuación, “Dedicado al actor Luis Brandoni”. Tiempo después, se le hizo un homenaje a Osvaldo en Montevideo; me invitaron a mí y a la orquesta Color Tango, y aproveché para preguntarles qué había pasado con el título. No sabían. Álvarez, el director de Color Tango, me dijo que la próxima vez que lo grabaran le iban a poner el título original, el que pensó Osvaldo: “Pal’ Beto”.

Aclaremos que el tango, durante mi juventud —en los primeros años de la década de 1960— iniciaría su largo período de decadencia. Pero para finales de los cincuenta todavía reinaba. Recuerdo dos hechos puntuales que me hacen pensarlo: para el día de la primavera de 1958, por ejemplo, fui con mis compañeros del Conservatorio de Arte Dramático a un lugar que se llamaba Bar-Quito, una confitería bailable que quedaba cerca del puerto y donde el tango era la música predilecta. También para esa época, en Córdoba y Maipú, funcionaba una boîte muy paqueta —en el subsuelo— llamada Le Tucán. Me veo allí bailando el tango “Percal” con Marta Bianchi —que luego fue mi mujer—. Pero efectivamente, poco después, el tango entró en un cono de sombras, se lo consideró pasado de moda y como destinado solamente “a los viejos”, ignorando que había nacido acunado por gente muy joven y que muchos de sus más grandes cultores lo eran. Aníbal Troilo, por ejemplo, empezó a tocar profesionalmente a los quince años. Los hermanos Homero y Virgilio Expósito escribieron “Naranjo en flor” cuando el poeta tenía diecisiete y el autor de la música, diecinueve, y si me equivoco me equivoco por poco. El tango fue un furor en la juventud. Pero algo ocurrió en los sesenta, algo que pareció casi un movimiento sistemático que tendía a desarticular nuestra música. Los intereses económicos no deben haber sido ajenos a aquello.

Por otra parte, no deja de ser extraño que de forma casi paralela se produjera el impacto de nuestro folklore. Yo era gran aficionado a las peñas, tan en boga por entonces. El folklore tuvo una gran presencia en Buenos Aires para ese momento, pero debemos ser justos y señalar que veinte años antes, los que habían hecho punta en el género fueron los Hermanos Ábalos. Y los que tomaron esa posta y años más tarde provocaron el más grande impacto fueron Los Chalchaleros. También pegaron muy fuerte otros ritmos, como la bossa nova, que influyó hasta en el jazz.

El bolero también me gustaba mucho… Antonio Prieto, Roberto Yanés, tantos otros... Por los años cincuenta había un programa radial que se llamaba Tango y bolero, conducido por dos locutores que disputaban permanentemente la primacía de ambos géneros; era el pretexto para pasar un tango y un bolero en forma alternativa. Me enloquecía esa audición.

Como también participé de otros movimientos musicales. Recuerdo que hacia 1955, mi hermano me recomendó que fuera al Cine Astor, ubicado en Corrientes entre Maipú y Esmeralda —que años después pasó a ser el Teatro Astros—, a ver una película llamada Semilla de maldad con Glenn Ford y Sidney Poitier. “Llegá temprano —me recalcó—, porque al comienzo de la proyección vas a escuchar una música que revolucionará al mundo”. Fui, claro. Se apagaban las luces de la sala…, la pantalla en negro y se empezaba a escuchar “Rock Around the Clock” por Bill Halley y sus Cometas. Muchos creen que con esa película se produjo el nacimiento oficial del rock and roll. La gente la iba a ver más de una vez y bailaba en la sala. Es algo inolvidable para mí.

Mi otra pasión desbordante fue el cine. En Avellaneda había ocho salas cinematográficas; a esas iba con mis padres y mi hermano los domingos. En Dock Sud había dos y los miércoles no faltaba al Eden, en la avenida Debenedetti, donde daban las de aventuras y las de cowboys más dos capítulos de las series, como la de Dick Tracy. Era una especie de maratón: una película, otra, un capítulo de la serie, intervalo (para ir a la heladería de al lado); luego, el segundo capítulo y una tercera película. Entrábamos a las dos de la tarde y salíamos a las siete. Aunque nunca era suficiente, claro.

Otro cine era el Select, en la calle Manuel Estévez, dedicado a películas para mayores. Ahí vi mucho cine argentino. Me enloquecía ver los afiches, las fotos en las puertas de la sala. Todo ese mundo me fascinaba.

Recuerdo a Enrique Muiño, Enrique Serrano, Luis Sandrini, Mario Fortuna —inolvidable en la escena de su muerte en la película Dock Sud—, a Los Cinco Grandes del Buen Humor, de los que yo era fanático. A todos ellos debo sumar a un actor que era un vecino connotado de Dock Sud: Severo Fernández, un excelente intérprete.

En cuanto a las actrices, desde luego que por entonces ya “me enamoraba” de algunas de ellas, por ejemplo, de María Esther Gamas, que me parecía hermosa, o de Delia Garcés, con esa belleza tan delicada, tan exquisita. Entre las extranjeras, amé a Pier Angeli, protagonista junto a Vittorio De Sica de Mañana será tarde, película que me dejó idiota por quince días como mínimo. Caminaba por el aire pensando en Pier Angeli, estaba totalmente loco por ella; ¡era divina!

Y mi tercer gran berretín: el fútbol, una pasión que me desvelaba. Éramos hinchas, como se usaba entonces, de dos equipos: uno de Primera B, que era Sportivo Dock Sud —del que mi papá fue presidente—, y de River, porque mi viejo se crio en la Isla Maciel, que es el barrio que está enfrente de La Boca. Ahí la gente era de River o de Boca, porque los dos clubes nacieron en el mismo barrio. Yo me hice de River. Y a los nueve años conocí su cancha. Con el tiempo me mudé a dos cuadras y media, cuestión de seguirlo de cerca.

A esa edad, justamente, soñaba con ser un crack. Me veo correr detrás de la pelota, sufriendo porque no era capaz de jugar tan bien como algunos de los chicos del barrio. Me consolaba, entonces, con otro sufrimiento más dulce. El de pensar en la hija del hielero Natalio, mi primer amor y también mi primera desventura sentimental, porque nunca pude llegar a declararme: el hielero era amigo de mi familia y yo me sentía un traidor, como si estuviera faltando al honor de mi casa.

Mi casa… Ese sí que era un foro social. Todos nos prendíamos a la radio. La televisión no había llegado por allí en la época de mi infancia, por lo que el cine y la radio eran los dos grandes medios populares masivos.

Fui un gran radioescucha. De tarde, al volver de la escuela, no me perdía la novela de Héctor Bates… El león de Francia…, Tarzanito con Oscar Rovito “a la hora de la leche”…, y de noche, ya en la mesa familiar, El radioteatro de Nené Cascallar, con Hilda Bernard y Oscar Casco, que iba por Splendid a las 22 horas. No puedo explicar en palabras hacia qué mundos me transportaba toda esa magia.

Cuando llegó la ansiada televisión, debuté como espectador en la casa de nuestro vecino, Armando Bevagna. Lo primero que vi fue un partido River-Boca en vivo… ¡No podía creerlo, me parecía algo imposible, digno de Julio Verne, qué sé yo!… Poco después mi viejo compró nuestro primer televisor. Me quedaron fijadas muchas imágenes. Veía shows musicales como La familia Gesa, por ejemplo, con Virginia Luque —bellísima— y un hecho poco frecuente en aquellos tiempos: mientras cantaba, el director de cámaras, que era Héctor Ghiggeri, le hacía un primerísimo plano focalizado solo en sus ojos; eso no se había visto nunca aquí. En una ocasión, le censuraron un escote demasiado pronunciado para la época; todos esperamos ver cómo iba a salir en el próximo programa: apareció tapada hasta el cuello, y cuando terminó de cantar la primera canción, como remate, se dio vuelta y tenía un vestido escotado hasta la cintura. ¡Fue una respuesta sensacional!

También veía ciclos de teatro. En uno de ellos, Teatro universal en un acto, vi a Narciso Ibáñez Menta protagonizando El hombre de la flor en la boca de Luigi Pirandello, un hecho artístico imborrable para mí. No me perdía ningún programa de Blackie: ¡inolvidable cuando presentó al pianista ciego Ray Charles! O cuando producía Volver a vivir, donde se homenajeaba a grandes argentinos. Un programa que hacía gala de auténtica emotividad y donde se desarrollaba una gran tarea de investigación; más tarde se lo imitó mucho y mal. Era conducido por Carlos D’Agostino, a quien aprovecho para rendir mi tributo. Él, junto a Ulises Barrera y Fioravanti, me hicieron conocer el castellano; a mí siempre me provocó gran placer escuchar nuestro idioma tan bien expresado, y tuve la pretensión, trunca, de ser un cultor de este.

También evoco, con mucha nostalgia, a Odol pregunta, el paradigmático programa de preguntas y respuestas. ¡Se paraba el país para ver a Oscar del Priore, que respondía sobre tango, o a Claudio María Domínguez, sobre mitología griega! Uno tenía la certeza de que ese jurado de notables —presidido por el venerable Ulyses Petit de Murat— era garantía de honestidad y corrección. En fin, podría mencionar muchos más, pero la cereza de este postre tiene que ver conmigo y mis pininos en televisión. A comienzo de los años sesenta, cuando se instauró aquí el videotape, hice una pequeña intervención en un programa. La familia en pleno se reunió para verlo, entre ellos mi primer sobrino, Claudio, que para entonces tendría dos o tres años. Cuando me vio en la pantalla, desconcertadísimo, se volvió hacia mí, dirigió nuevamente su mirada a la tele, otra vez a mí… ¡No entendía nada! ¡Era algo inexplicable para él verme en dos lados simultáneamente!

CAPÍTULO II
Cómo nace un actor

“El actor necesita: mente, tronco, garganta, el cariño de sus compañeros y el aplauso del público”.

Mario Fortuna

Salvador del Priore era el nombre verdadero de Juancho, una popular figura radial de los años cuarenta y cincuenta. Los sábados al mediodía conducía un programa por Radio Libertad, que funcionaba en los pisos de arriba de Maipú 555; abajo estaban los estudios de Radio El Mundo. Juancho era exalumno de la Escuela de Catedral al Norte José Manuel Estrada, donde yo estudiaba, y cada tanto iba a repartir invitaciones para su audición. Fui al programa, y cuando nos propusieron participar de ese grupo, me anoté. El sábado siguiente nos hicieron leer unos textos frente al micrófono (¡qué susto!), y comencé a ensayar obras cortas. Era el año 1951, y puede decirse que yo ya había tenido inquietudes relacionadas con la actuación. Había armado un teatro de títeres en una especie de galponcito que estaba al fondo de mi casa; levanté el escenario, fabriqué los muñecos y di forma —de manera muy precaria— a unos diálogos utilizando textos escolares. Sesenta años más tarde, un señor mayor me detuvo en la vereda y me contó que él se encontraba entre el público asistente a esa única función de títeres. Me apena no haberle preguntado su nombre para así recordarlo como mi primer espectador.

El Teatro Infantil Juancho estaba destinado a niños y hecho por niños. Ensayábamos en un salón de la Agrupación Boy Scouts, ubicado en la calle Junín 1445. Se trataba de obras breves; recuerdo alguna de Belisario Roldán. Los sábados, además de participar en el programa, que duraba media hora, también hacíamos pequeñas giras por el Gran Buenos Aires. Ahí fuimos compañeros con Emilio Comte, que más tarde tuvo una intensa actividad radial y televisiva. Permanecí alrededor de un año con Juancho y su grupo. En una ocasión me tocó encarnar al general San Martín, en una obrita corta. Yo estaba totalmente conmovido con la responsabilidad de personificarlo. Hasta el día de hoy recuerdo el olor del pegamento (Mastic) que me ponían para fijarme las patillas. Una vez nos tocó hacer la función en un lugar que me sobrecogió, me asustó. Era el Círculo Militar, un gran palacio, un lugar deslumbrante al que volví a entrar cincuenta y seis años después, cuando un grupo de señoras rotarias me invitó a un almuerzo. Reviví toda esa situación que tanto me había impactado de chico.

Hacia 1957, Ulises Dumont, que era amigo mío del barrio, había conocido a Miguel Ángel Chaine, que integraba el teatro independiente Fray Mocho y había sido, igual que Ulises, alumno del Liceo Militar. Con el propósito de hacer algo en el Círculo de ex-Cadetes de esa institución, Chaine convocó a Dumont y este a mí, para ensayar una obra que se llamaba Futuros imperfectos. Estuvimos preparándola, espaciadamente, durante más de un año, y aquello fue determinante para mí; sentí miedo, vértigo, la sensación sobrecogedora e imponente de que mi vida había tomado un rumbo del que ya no se iba a poder apartar. La sensación de que al aceptar ese papel estaba decidiendo mi vida.

Casi simultáneamente, cuando cursaba el quinto año del bachillerato, Hernando Vázquez Miranda, un compañero del Roca que compartía el pupitre con Ernesto Acher y a quien todavía frecuento, me comentó que estaba estudiando trompeta en un lugar llamado Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico Carlos López Buchardo. “Como vos siempre hablás de actuar, te cuento que ahí enseñan a ser actor”, me dijo. Eso fue fundamental para mí porque yo no sabía por dónde empezar. Un día fui al conservatorio, que por entonces funcionaba en Callao y Las Heras; por la primera avenida se entraba a música y por la segunda, a arte escénico. Me inscribí, di los exámenes a principios de marzo de 1958 —uno de ellos fue el monólogo El mono velludo de Eugene O’Neill—, aprobé, y así empezó mi nueva vida.

El director era nada menos que Antonio Cunill Cabanellas, mentor de ilustres generaciones de intérpretes. Entre mis maestros no puedo olvidar a Néstor Nocera, el mejor docente —del mundo y sus alrededores— de la materia Interpretación, con quien tuve el privilegio de cursar el primer año. Y esto que afirmo yo, lo ratifican todos los que fueron sus alumnos, a quienes él abrió las puertas del misterioso, mágico e irresistible oficio del actor. Su influencia fue tan determinante para todos, que a menudo sentimos que todavía hoy seguimos siendo sus alumnos.

También en esa materia tuve más tarde a Fernando Labat, Camilo Da Passano y Osvaldo Bonet; este último había estado en París, de donde trajo técnicas novedosas que después se utilizaron mucho aquí, como los ejercicios de relajación. Otras disciplinas eran Gimnasia Rítmica, dictada por Madame Sirouyan; Gimnasia Plástica, a cargo de Alberto Dallos; en escenografía, un dúo de oro: Saulo Benavente y Luis Diego Pedreira; María Rosa Gallo estaba al frente de Teatro en Verso; Dora Corti en Psicología del Personaje; Historia del Arte y del Teatro, a cargo de Ángel J. Battistessa, presidente de la Academia Nacional de Letras, y también de otros tres académicos de nota: Alfredo de la Guardia, Juan Carlos Ghiano y Raúl Castagnino. Otra materia era Dicción y Lectura. ¡Lo bien que harían hoy los profesores de actuación si de vez en cuando sugirieran ejercitar la lectura a la vieja usanza! Me refiero a practicar con un lápiz en la boca y que, sin embargo, se entienda perfectamente lo que se emite. Sin olvidar lo fundamental, o sea, que nos inducían a la maravillosa práctica de leer; nunca en mi vida leí tanto como en esos años del conservatorio. Vivíamos internados, casi pupilos.

Todos esos docentes fueron generosos, no solo por lo que nos dieron (a pesar de que ganaban “sumas fabulosas” con sus cátedras, que a decir verdad solo les reportaban prestigio), sino porque nunca privilegiaron su mirada parcial o realización personal por sobre el deber como maestros de ofrecer una visión, lo más objetiva posible, del medio en el que pretendíamos desenvolvernos. Es decir, nos contaron de dónde veníamos, quiénes fueron los que abrieron caminos, quiénes habían sido los mejores exponentes de nuestra riquísima historia teatral y, sobre todo, nos indujeron a tener modelos —tanto en lo artístico como en lo ético— que no eran inalcanzables luminarias del celuloide sino grandes actores argentinos, muchos de los cuales habían pasado por esas aulas, lo que alimentaba, todavía más, la esperanza de emularlos.

Fue también en el conservatorio donde me enseñaron que un actor cumple una funció

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