Máxima. La construcción de una reina

Paula Galloni

Fragmento

PRÓLOGO

Existen en el mundo veintiocho soberanos que reinan sobre sus países como reyes absolutos o como monarcas constitucionales. En los tiempos que corren, para muchos podría parecer algo extraño e incluso anacrónico que casi una treintena de seres humanos viva rodeada de lujos y privilegios solo por haber nacido en una cuna elegida. Es comprensible que, para aquellos que consideran a la monarquía como algo pasado de moda, suene irracional que estos hombres y mujeres llamen la atención más por cómo visten que por el motivo de sus apariciones, que generen respeto sin ser cuestionados y sean admirados por el simple hecho de existir. Pero es un hecho y nadie puede negarlo, las monarquías mueven masas.

Dos mil millones de personas alrededor del mundo vieron por televisión la boda del príncipe William y Kate Middleton, la mayor audiencia que se conoce hasta el día de hoy. Eso, sin contar que las actividades más triviales de las familias reales del mundo ocupan muchas de las páginas de la revista ¡HOLA!, la biblia del corazón y el semanario de habla hispana más vendido del planeta. Los republicanos se mofan y los intelectuales lo cuestionan. Pero ¿cuántas personas, al ser invitadas, se negarían a sentarse a comer con un rey?

Los sociólogos y antropólogos se han interesado mucho en este misterio y, a lo largo del tiempo, dieron diferentes explicaciones que en general tienen que ver con la fascinación de la gente por su pasado. Porque reyes y reinas son hitos esenciales de la historia. Sus diversos períodos son identificados por sus nombres y estilos; y sus raíces, reconocidas y desconocidas, están inevitablemente entrelazadas con las de sus pueblos. Las monarquías conforman el más antiguo de los sistemas de gobierno. Existen desde hace seis mil años y fueron, son y serán alimento para la fantasía. Evolucionaron a la par de los Estados que representan: a pesar de que los gobiernos elegidos les quitaron algo de su dinamismo, también crearon salvaguardas contra sus abusos. ¿En qué consiste, entonces, la acción de un rey? Conservar cuatro derechos para con su gobierno: estar enterado de todo lo que acontece en su reino, ser consultado, alentar y advertir. Y un soberano con buen juicio no debería anhelar ningún otro.

Por supuesto, cada monarquía tiene su propia historia y la de los Países Bajos podríamos decir que es paradójica. Allí los reyes sucedieron a doscientos años de república entre el siglo XVI y el siglo XVIII en los que los Orange-Nassau, la familia reinante hasta el día de hoy, eran estatúderes (gobernadores) de la República de los Siete Países Bajos Unidos después de haber atravesado un siglo de interminables escándalos, adversidades, disputas, matrimonios al borde de la ruptura y ceremonias dichosas celebradas en un ambiente convulso. Holanda es el país del decoro y de la tranquilidad, pero, sobre todo, del dominio de sí mismo. La dinastía que reina sobre su territorio fue creada por Guillermo I el Taciturno en 1533 para gobernar con hombres fuertes y cultos. Hoy, casi cinco siglos después, uno de sus descendientes ocupa el trono de este país calvinista en el que los ministros se desplazan en bicicleta y donde la austeridad y la responsabilidad ciudadana son apreciadas como grandes virtudes.

Para algunos historiadores contemporáneos lo que sucede en Holanda con la realeza es un enigma. Aun siendo disímil el tipo de vida que llevan sus habitantes con el de los Orange-Nassau, el respeto que genera la investidura permanece. Puede que para muchos sea motivo suficiente conocer que la monarquía, el sistema político caído en desuso desde el fin de la Primera Guerra Mundial, no solamente logró sobrevivir en las regiones más desarrolladas y democráticas del planeta, sino que parece prosperar sobre todo en las zonas más ricas e igualitarias de Europa. Los números lo demuestran: el cuarenta por ciento de los treinta miembros que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el club de los países más ricos del planeta, son monarquías.

Sociológicamente se entiende que la identidad del país está aferrada a eventos que giran en torno a los Orange-Nassau. El Koningsdag, o Día del Rey, es una fiesta nacional donde toda Holanda se prepara para celebrar (a lo grande) el cumpleaños de su monarca. Ese día, no existe calle donde no flamee su bandera, la gente se disfraza con prendas naranjas, el color nacional, se organizan recitales a toda hora y mientras los canales de Ámsterdam se atestan de botes con pasajeros que cargan carteles, flores y lucen coronas, la familia real al completo viaja a alguno de los cuarenta y siete municipios, donde estrechan manos, se sacan selfis y comparten alguna tradición típica del lugar. Hay un clima festivo y todos se sienten protagonistas, aunque lo que se celebra es el cumpleaños una sola persona, la más importante del reino.

Ese sentido de pertenencia puede que excuse la contradicción de la cultura holandesa con esta forma de gobierno. En la naturaleza misma de los neerlandeses, que llevan una vida que es un ejemplo de fe, rigor y ahorro cotidiano, son ellos mismos los que se alegran al ver al menos a uno de los suyos viviendo como todos ellos hubieran deseado hacerlo.

Con esa teoría suena creíble que Máxima Zorreguieta, actual reina consorte de los Países Bajos, sea hoy la figura más popular de la familia real y, probablemente, una de las personas más influyentes de los altos círculos del poder en el país. Por su pasado de plebeya, además de por su carisma, el pueblo de su marido la etiquetó inmediatamente como una mujer simple y accesible. Pero ¿será así? La respuesta está en este libro, pero todo depende de los ojos que lo lean.

Esta biografía no autorizada nació después de que sus autores siguieran y escribieran infinidad de notas sobre Máxima durante casi diez años. Pero el manual de estilo del medio para el que lo hacían se enfocaba en mostrar que los reyes llevan vidas extraordinarias en magníficos palacios decorados con obras maestras acumuladas a lo largo de los siglos. Y que esos protagonistas cuando se casan, se dirigen al Parlamento o reciben a algún jefe de Estado, se trasladan en fastuosas y doradas carrozas: el Rey con su ostentoso uniforme y la Reina, magníficamente vestida, luciendo alguna de las tiaras del fabuloso y costosísimo cofre real. Nada genera más fascinación que contemplar a esas criaturas disfrazadas de deidades ostentando un mundo de lujo, banquetes interminables y opulencia. La descripción de la felicidad, lo que la historia nos enseñó sobre perfección. Pero a fin de cuentas, los reyes y las reinas son seres humanos como el resto de los mortales. Aunque su estilo de vida sea único, también sienten tristeza, sufren desgracias y enfrentan problemas cotidianos. Es desde esa mirada que a estos autores les interesa abordar la vida de Máxima de Holanda.

Desde antes de convertirse en princesa, la argentina que se convirtió en la mujer del rey Guillermo Alejandro entendió que los miembros de la realeza son populares porque su única función es la de conservar de manera prudente pero categórica la unidad nacional. Por eso su boda con el príncipe heredero de Holanda atañó a toda la nación neerlandesa, y la participación de su padre en el gobierno dictatorial de Jorge Rafael Videla se convirtió en una problemática de Estado.

De acuerdo con la prensa rosa, todos los reyes son apuestos, inteligentes, audaces, llenos de virtudes y muy poderosos. Por supuesto Guillermo Alejandro y Máxima no son la excepción. Siempre se muestran cariñosos y cercanos a su pueblo, son grandes aficionados al deporte, también padres modernos a la vez que conservadores y, ante todo, felices. Pero la vida de Máxima Zorreguieta no siempre fue un lecho de rosas. Su vida requiere de un análisis exhaustivo para entender que la persona en la que se convirtió es una consecuencia de mucho esfuerzo, principalmente por esconder algunas partes de su vida.

Si bien el punto de partida es la historia de la reina consorte de Holanda, esta atañe a muchas personas más. De su infancia en Buenos Aires se puede concluir que fue “linda”, pero aún existen secretos familiares que pesan y son una carga para ella. Al descubrir sus días en Nueva York el lector notará que su experiencia fue de lo más divertida y aun así muy poco se sabe al respecto. Posiblemente, por eso mismo. También se puede descubrir cómo las relaciones amorosas previas a Guillermo Alejandro no fueron cruciales, tampoco sólidas, más bien insípidas. Estos son algunos de los motivos que explicarían por qué Máxima nunca quiso que su entorno contara, oficialmente, anécdotas y experiencias con ella. Revelarlos anularía el misterio que hay en su vida previa a ser una princesa y, a sus ojos, la convertiría en alguien más real pero menos atractivo para el público que la aclama a diario. Puede que el prejuicio con el que fue educada la llevará pensar que, de descubrirse sus orígenes, todo empeoraría.

Por intermedio de una ardua investigación, los autores hablaron con personas que conocieron o conocen a Máxima Zorreguieta. Algunos en profundidad, otros más superficialmente. En definitiva, por intermedio de testimonios indagaron el camino que tuvo que recorrer para convertirse en lo que para muchos es alguien que está en un nivel superior, y así entender no solamente cómo es la vida de una reina consorte, sino analizar si su rol está a la altura de las circunstancias y de las expectativas de los holandeses.

Máxima llegó a ser popular porque acató ciertas normas tácitas. Entendió que no puede opinar públicamente sobre política y que su función, que está totalmente condicionada a la de su marido, está por encima de todos los partidos. Dicho esto, es evidente que aún le cuesta comprender que ella no es la soberana y que debe cumplir asiduamente con los deberes que impone su cargo de reina consorte. Debe aprender a aceptar la publicidad y a admitir que todos y cada uno de los actos que realiza son del dominio público y jamás deben ser censurados, no solamente porque atenta contra la transparencia sino porque se contrapone con los principios democráticos que defiende la Constitución neerlandesa.

“¿Qué es la responsabilidad? Es renunciar siempre, siempre, siempre a tu interés propio por el interés general. Para mí, como reina, lo de los demás tiene que ser mucho más importante que lo mío”, dijo la reina Sofía de España en la biografía autorizada que Pilar Urbano escribió sobre ella.

Algo sobre lo que Máxima aún tiene mucho por aprender.

I
Una infancia burguesa

Contra la verdad hay siempre una defensa: negarla, transformarla en mentira. Sabían hacerlo con tanto arte, era la prueba de prestidigitación que todos ellos lograron mejor a lo largo de sus opulentas vidas. Porque además todos son ricos o viven como ricos. No, todos no. Pero los pobres del grupo eran los más intransigentes, se aferraban con sus débiles fuerzas a la tradición familiar.

SILVINA BULLRICH, Los burgueses

Una “hija natural”, así fue considerada Máxima Zorreguieta al nacer. Llegó al mundo el lunes 17 de mayo de 1971, a las ocho y cinco de la noche, en la nueva sede de la Clínica del Sol sobre la calle Coronel Díaz, en el barrio de Recoleta, y a pocas cuadras del Registro Civil donde fue inscripta tiempo después. Ese día, Máxima llegó en brazos de su padre, Jorge Horacio Zorreguieta, que junto a su madre María del Carmen Cerruti compartían la vergüenza de no tener una libreta de matrimonio donde inscribir a su hija. Si bien llevaban dos años de pareja (y casi el mismo tiempo de concubinato), la ley 17.711 solo permitía el divorcio de mutuo acuerdo. En 1968 se había sancionado para evitar tener que demostrar la culpa de alguno de los contrayentes.

Pero no fue el caso de Coqui, como apodaban al señor Zorreguieta. Él no podía separarse “de derecho” de su primera mujer, Marta López Gil, porque ella tenía mucho para ganar y él mucho para perder. La ley decía que si uno de los contrayentes no aceptaba el divorcio por mutuo acuerdo se iniciaba un juicio extenso buscando probar la culpabilidad de uno de los cónyuges y las consecuencias para el “culpable” serían perder todos los bienes y, en algunos casos extremos, no tener derecho a ver a sus hijos. Así es que nunca inició el trámite y como consecuencia, para las actas, esa bebé que tenía en brazos podía llevar su apellido, pero no sería considerada una hija legítima, sino “natural”, nomenclatura utilizada para remarcar que esa beba había sido concebida fuera del matrimonio y, por lo tanto, fuera de la ley.

Lucharon contra todos los prejuicios de la época. Además de que Jorge estaba separado pero casado, se llevaban dieciséis años entre sí, una significativa diferencia de edad que la sociedad argentina miraba con recelo. Incluso la familia Cerruti no aceptó fácilmente la relación.

En Pergamino, donde nació María Pame, sobrenombre que adquirió María del Carmen en su infancia, los abuelos de Máxima, Jorge Horacio Cerruti y María del Carmen Carricart, o Tata y Carmenza para los íntimos, respectivamente, ocultaron todo lo que pudieron el romance de su primogénita con un hombre casado que, además, tenía tres hijas: María, Ángeles y Dolores.

Carmenza le tenía prohibido a sus otros hijos que les contaran a sus amigos que su hermana estaba de novia con un hombre mayor. Ellos eran Jorge Horacio, María Marcela, María Rita y María Cecilia conocida por todos como Tatila, las tías maternas de Máxima. Al principio, no fue tan difícil de ocultar. Como María Pame vivía en Capital Federal, desde hacía ya varios meses, les fue fácil evitar que su círculo social más íntimo, integrado por una gran comunidad de católicos practicantes, conociese la noticia y se dispersara como la pólvora. Pero a comienzos de 1970, durante el casamiento de Tatila, su hermana menor, María del Carmen, apareció en escena como una “reina”, tomando la mano de Jorge y preparada para contar su historia de amor a todo aquel que preguntase.

Así fue como en Pergamino empezó a circular la versión de que la mayor de las Cerruti se había mudado a Buenos Aires los últimos meses de 1967 para trabajar durante ese verano como niñera de las hijas de Jorge Zorreguieta y Marta López Gil.

“Muchos descreen de esa versión, pero yo la encontré en Mar del Plata cuidando a las tres nenas de Zorreguieta. Se notaba que estaba trabajando”, contó una vecina de su ciudad natal. Más tarde, Coqui le habría ofrecido un lugar en su oficina de despachante de aduana como secretaria, mientras en paralelo transitaba las penurias de un matrimonio en ruinas. En ese contexto la relación de Jorge y María, como la llamaba él, fue rompiendo los límites de lo laboral para transformarse en algo sentimental.

A Coqui ya lo conocían en Pergamino. Era un asiduo visitante de la zona desde principios de los sesenta. Primero, apareció como un jugador de polo en los torneos que se organizaban los fines de semana en distintas estancias de la zona.

“Él llegó aquí por su vinculación con los Marín Moreno, que tenían un campo en la zona de General Gelly, muy cerca de Pergamino, se llamaba Las Escobas. Cacho Marín Moreno era médico y su concuñado. Estaba casado con Graciela López Gil, la hermana de Marta. Además de administrar el campo que era de su suegro, Cacho había fundado un club de polo con el mismo nombre. Coqui era uno de los que venían a jugar. Era un polo amateur, de estancia, pero Jorge era un tipo muy simpático y entrador, con una personalidad muy llamativa. Las mujeres lo definían como un seductor, siempre iba impecable”, contó un vecino de la familia Cerruti de toda la vida.

Con el ejemplo de su cuñado, a Zorreguieta la vida de campo le empezó a parecer atractiva. Así que primero colaboró con la administración de la estancia Las Ranas, otra propiedad de los López Gil donde él y su mujer tenían mayor injerencia que en Las Escobas. A Marta López Gil no le interesaba generar vínculo con las cooperativas, contratistas o inversores, y delegó la misión en su marido, que empezó a viajar al campo con mayor frecuencia. A pesar de ser un hombre de ciudad y tener una oficina de despachante de aduana con otros dos socios —Jorge Macall, marido de su hermana Alina, y Ofilio Cabanillas—, a Jorge le apasionaba la naturaleza y la producción agropecuaria fue el vínculo perfecto con ella.

Tal es así que, gracias a sus buenas ideas e iniciativa por mejorar las condiciones de los pequeños y medianos productores, la Sociedad Rural de Pergamino le ofreció el puesto de representante ante la Comisión Coordinadora de Entidades Agropecuarias. La ambición lo llevó lejos. Quienes conocieron a Jorge a nivel laboral sostienen que cuando descubrió su capacidad de lobista, poco le importó seguir representando a los dueños de estancias pequeñas y medianas, como la de su exsuegro. Quería escalar en el mundo de los agropecuarios, y sin tener estudios ni pertenecer a una familia de campo lo logró.

En 1966 se convirtió en el secretario-tesorero de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), una organización patronal integrada por más de trescientas sociedades rurales de todo el país, que es una de las cuatro patas de la Mesa de Enlace Agropecuaria junto a la Sociedad Rural Argentina, la Federación Agraria Argentina y Coninagro. Con ese currículum conoció a Jorge Horacio Cerruti, con quien comenzó a tener gente en común, entre ellos su hija María del Carmen, a quien se cruzaba durante los fines de semana en el polo. Ella era una joven que llamaba la atención porque siempre vestía muy bien y tenía mucho carácter. También era una mujer seria y determinante.

Al contrario del resto de los de su edad, los Cerruti no eran socios de ninguno de los cinco clubes de la zona (en ese momento existían el Club Gimnasia y Esgrima, el Sirio Libanés, el Argentino, el Sports y el Juventud) y para María no era un plan divertido organizar salidas con sus amigas del Colegio Del Huerto. Ella, durante los sábados y los domingos, cumplía con la agenda que su madre le confeccionaba hábilmente: encuentros en estancias, partidos amateurs, paseos a caballo y domingos de misa. De eso se trataba su vida social. Así terminó teniendo mayor afinidad con los porteños que aparecían en Pergamino para deleitarse con el mundo de los caballos.

“No eran pergaminenses nativos los Cerruti. Marcela jugaba al polo y su hermano Jorge Horacio, ya de chico, tenía especial interés por los caballos. La gente de las estancias era, en su mayoría, oriunda de Buenos Aires. Había una vinculación muy fuerte entre la gente de campo y el grupo del polo. Los Cerruti eran conocidos por los de Pergamino, pero tenían este tipo de relaciones en las periferias”, explicó un veterinario oriundo del lugar, contemporáneo de María Pame.

Los actuales habitantes de Pergamino tienen pocos recuerdos de la familia Cerruti Carricart porque con el correr de los años se fueron dispersando.

“María del Carmen se fue a los veintitrés años a Buenos Aires. Marcela vive en el sur y administra uno de los campos de su sobrina Máxima, por sus dotes y conocimientos sobre la hacienda, y antes fue jefa de laboratorio de genética de la Sociedad Rural Argentina. Jorge Horacio, que es veterinario, enviudó y se fue a vivir a San Nicolás, donde volvió a formar pareja. María Rita es nutricionista y ahora vive en Pergamino habiendo estado radicada un tiempo en Buenos Aires y otro en Bariloche. Tatila vivió en un campo a veinte kilómetros porque el padre de su marido (Bochín Coronel) era el mayordomo de la estancia de los Maguire, en la localidad de Urquiza. Después quedó viuda y Rita le ofreció mudarse con ella. Dividieron la casa para que cada una tenga independencia y estén cerca al mismo tiempo”, así lo describe una pergaminense de toda la vida.

Todos los consultados coinciden en que Jorge Cerruti, el padre de María del Carmen, era un médico anestesista muy respetado, mientras que Carmenza, la madre, era una mujer pretensiosa y con aires de grandeza.

“Jorge trabajaba en la clínica Pergamino, que sigue en funcionamiento. Era un caballero, súper educado, querido por todo el mundo porque era un hombre de modales y amable con todos. Hablaba en voz baja, jamás en voz alta. La señora Carmenza era un ama de casa muy dinámica, con una personalidad totalmente diferente a la de su marido. Muy activa y de mucho carácter”, reveló otro vecino de la familia.

Vivían en una casona vieja, típica del estilo art déco, de enorme patio atrás y techos altísimos. “La calle, anteriormente, se llamó Florida. Después de eso, por temas políticos, los concejales decidieron llamarla Uriburu. Cuando los Cerruti vivían acá se llamaba así. Después, los avatares políticos hicieron que volviese a llamarse Florida, hasta el día de hoy”, cuenta un habitante de nombre Carlos, que aclara que actualmente esa propiedad es la Clínica General Paz.

“Recuerdo que alguna vez entré a la casa de los Cerruti, y aunque para el afuera Carmenza pretendía dar una imagen de mujer de clase alta, eran una familia común y corriente, de clase media trabajadora. Por ejemplo, tenían una soga en el baño donde colgaban los calzones”, aseguró sin tapujos otra oriunda de la ciudad bonaerense que tuvo la posibilidad de visitar la residencia.

“Ser y parecer”, ese parece haber sido el lema de los Cerruti Carricart.

Cuando Coqui se separó definitivamente de Marta López Gil, en 1968, fue un shock para sus amigos porteños, no podían creer el suceso. “Era un escándalo, una cosa vergonzante”, confirmó un conocido, que también contó que cuando se enteró de la noticia le costó descifrar cómo continuarían las relaciones de amistad porque era tan amigo de Coqui como de Marta López Gil.

En aquel entonces, que los matrimonios se separaran y lo hicieran público era casi impensado, aunque en la clase alta, en cierto punto, estaba aceptada una forma de adulterio. Las parejas tenían vidas paralelas, pero socialmente sostenían sus matrimonios. En ese clima tan poco transparente muchos amigos desistieron de seguir compartiendo salidas o comidas con ellos. Una socialité de los setenta que se codeaba con el jet set internacional confesó: “Marta y Coqui venían mucho a comer a casa. Por supuesto, cuando se separaron jamás los volví a invitar”.

Otros tomaron partido por uno u otro. Pero Marta, siendo la protagonista, minimizó el hecho. Alegó que no compartía nada más con su ex, a excepción del amor por sus hijas, y decidió no tomarse en forma personal que su entorno la dejara afuera de los planes por estar separada. Por el contrario, López Gil aprovechó la oportunidad para moverse en un mundo mucho más liberal y menos prejuicioso. Dicen que hoy en día sigue siendo una mujer open mind. “Era bastante hippie. Había estudiado Filósofa y Letras, era escritora, amante de las artes, salía con amigos y fumaba”, aporta una compañera del colegio de sus hijas.

“Las Zorreguieta entraron en quinto grado en el Onésimo Leguizamón, una escuela estatal muy buena de Recoleta, ubicada en Santa Fe y Paraná. María repitió y terminó en el mismo curso que Ángeles. Fuimos muy amigas en la primaria por cosas en común; teníamos campo y vivíamos cerca. Ellas, en Posadas y Rodríguez Peña, en un segundo piso que era rechiquito. Tenía unos muebles divinos, pero apenas entraban en el departamento. Las tres hermanas dormían en el mismo cuarto, donde había una cama cucheta y otra que salía debajo. Sus abuelos maternos eran adinerados, pero su madre prefería la independencia y vivían como podían. Recuerdo que hubo un tiempo que mi mamá no me quería dejar ir a dormir porque los papás se habían separado”, confesó nuestra fuente, que también recuerda a Coqui como un “tipo paquetón, que navegaba y estaba siempre bronceado”.

A pesar de su simpatía, también tenía la capacidad de hacer preguntas incómodas. “Cuando supo que mi familia tenía campo me preguntó cuántas hectáreas eran. ¡Esas preguntas no se hacen nunca en la vida! Son de mal gusto. Sin contar que yo tenía once años”, agregó.

Para quienes conocieron y vivieron la relación entre Jorge y Marta, el cambio de pareja que hizo Zorreguieta fue radical. López Gil era una mujer intelectual perteneciente a la clase media alta, que había elegido una vida discreta, sin excentricidades ni lujos. María del Carmen, por el contrario, era una chica muy joven, de clase media, oriunda de una ciudad bonaerense, y su madre le había inculcado la idea de que era importante casarse con un hombre que tuviera resuelto su futuro económico.

A su manera, María Pame fue una rebelde, o por lo menos para sus padres. Se enamoró tan profundamente de Coqui que cuando se mudaron al departamento de la calle Uriburu 1253, en el piso 7 D, a principios de 1970, enseguida pensaron en tener un hijo. La condición que puso María fue la de casarse. Descubrieron que la única manera era contrayendo unión matrimonial vía México, Uruguay o Paraguay, donde la legislación argentina no podía presentar oposición. Entonces, Jorge podría tener un documento indicando su casamiento civil en otro país a pesar de tener un matrimonio en la Argentina. Además, no había necesidad de viajar, podían casarse por apoderado, es decir por intermedio de un estudio jurídico en Buenos Aires. Finalmente en junio de ese año oficializaron su amor.

Entonces sí, comenzaron a buscar un bebé que llegó muy rápido. Dos meses después de su casamiento María Pame supo que estaba embarazada. Primero se lo contaron a las hijas de Jorge, y para sorpresa de María, las mayores, que atravesaban la preadolescencia, lo tomaron muy bien y fue un alivio para ella. Pudo focalizarse en su embarazo y dejar de lado los chispazos que tenía con las chicas por el desorden que dejaban cada vez que los visitaban. Con Dolores la relación era distinta porque tenía apenas seis años, y desde que la había conocido, siendo su niñera, disfrutaba mucho cuando la cuidaba; sentía que practicaba con la maternidad.

Cuando nació Máxima, en mayo de 1971, la vida de Jorge Zorreguieta comenzaba a solucionarse. Al poco tiempo, fue convocado a una reunión en la Sociedad Rural Argentina donde le ofrecieron el puesto de secretario. Este trabajo terminó de conectarlo con las familias más poderosas del país, como los Blaquier. Su amistad con Carlos Pedro, al frente del ingenio azucarero Ledesma, le abriría un abanico de oportunidades laborales en sus peores momentos.

Con los años, las aspiraciones de María del Carmen fueron creciendo, asemejándose a las que supo tener su propia madre, Carmenza, y siendo una prueba viva de que lo que se hereda no se hurta. Desde el nacimiento de su primogénita, había decidido que su descendencia fuese a un colegio privado que les permitiese hacerse de buenos contactos para su futuro. Las tres hijas de su marido con Marta López Gil iban a escuelas del Estado, por decisión de su madre, que en cambio les había inculcado una educación pública y laica. Pero Coqui, que había sido imparcial en esa decisión, esta vez coincidió con su actual mujer.

Al año de Máxima, mientras transitaba el embarazo de Martín, su segundo bebé, María Pame quería decidir en qué jardín de infantes anotaría a su primogénita, hecho que se llevó a cabo dos años después, habien

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