Cosas bonitas

Hunter Biden

Fragmento

Prólogo. «¿Dónde está Hunter?»

Prólogo

«¿Dónde está Hunter?»

Cuando, en noviembre de 2019, empecé a escribir este libro desde la calma relativa de mi despacho, me hallaba en medio de una tormenta política cuyas consecuencias alterarían el rumbo de la historia.

El presidente de Estados Unidos me calumniaba casi a diario desde el jardín sur de la Casa Blanca. Invocaba mi nombre en los mítines para arengar a sus bases. «¿Dónde está Hunter?» sustituyó a «¡Enciérrala!» como su lema publicitario predilecto. Si querías, incluso podías comprar una camiseta de ¿DÓNDE ESTÁ HUNTER? directamente en su página de campaña: veinticinco dólares, tallas de la S a la 3XL.

Poco después de que esa llamada a las armas se convirtiera en parte de su repertorio habitual, aparecieron simpatizantes con gorras rojas de MAGA[1] a la entrada de la casa que tenía alquilada en Los Ángeles con mi mujer, Melissa, en aquel momento embarazada de cinco meses. Gritaban con megáfonos y blandían carteles en los que yo aparecía como el protagonista de los libros ¿Dónde está Wally? Las gorras de color rojo sangre y los fotógrafos nos seguían en coche. Para ahuyentarlos, nosotros y algunos vecinos llamamos a la policía. Sin embargo, las amenazas —entre ellas un mensaje anónimo enviado a mi hija cuando estaba en la escuela para advertirle que sabían dónde vivía— nos obligaron a buscar un lugar más seguro. Melissa estaba aterrada, por ella, por nosotros y por nuestro bebé.

Me convertí en la encarnación del temor de Donald Trump a no ser reelegido. Este difundió teorías conspiratorias ya desmentidas sobre mi trabajo en Ucrania y China, a pesar de que sus hijos se habían embolsado varios millones en China y Rusia y de que su director de campaña estaba en la cárcel por blanquear millones de dólares desde Ucrania. Hizo todo esto mientras su política exterior en la sombra, encabezada por su abogado personal, Rudy Giuliani, se desarrollaba a la vista de todos.

Era una táctica bastante predecible, salida directamente del manual de estrategia de Roy Cohn, su mentor en las malas artes y gran mago del macartismo. Yo esperaba que el presidente ahondara mucho antes en lo personal para sacar provecho de los demonios y adicciones con los que he batallado durante años. Al principio, cuando menos, dejó esa táctica en manos de sus secuaces. Una mañana, mientras trabajaba en el libro, vi en la televisión a Matt Gaetz, un congresista de Florida y esbirro de Trump, leyendo un extracto de una revista que detallaba mi adicción y citando el informe del Comité de la Cámara de Representantes sobre el Poder Judicial relativo a la normativa sobre procesos de destitución.

—No quiero menospreciar los problemas de nadie con el consumo de drogas... —dijo Gaetz, sonriendo ante las cámaras mientras menospreciaba mis problemas con el consumo de drogas—. Repito, no estoy... juzgando las dificultades por las que pasa nadie en su vida personal —insistió mientras juzgaba mi vida personal.

Estamos hablando de una persona que fue arrestada por conducir el BMW de su papá bajo los efectos del alcohol y que más tarde logró que se retiraran los cargos misteriosamente. Lo que haga falta para mantener viva la narrativa de la telerrealidad.

Tampoco es que nada de eso importe en un clima político orwelliano en el que todo está patas arriba. Trump pensaba que si podía destruirme a mí, y por extensión a mi padre, lograría acabar con cualquier candidato decente de ambos partidos a la vez que desviaba la atención de su conducta corrupta.

¿Dónde está Hunter?

Aquí estoy. Me he enfrentado a cosas peores y he sobrevivido. He conocido los extremos del éxito y la ruina. Teniendo en cuenta que mi madre y mi hermana pequeña murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía dos años, que mi padre sufrió un aneurisma cerebral y una embolia que pusieron su vida en peligro cuando no había cumplido aún los cincuenta y que mi hermano falleció demasiado joven de un horrible cáncer cerebral, provengo de una familia forjada por la tragedia y unida por un amor extraordinario e inquebrantable.

No me voy a ningún sitio. No soy un souvenir ni una atracción secundaria de un momento de la historia, que es como intentan pintarme los caricaturescos ataques. No soy Billy Carter ni Roger Clinton, que Dios los bendiga. No soy Eric Trump ni Donald Trump Jr. Yo he trabajado para personas que no eran mi padre, he ascendido y caído solo. Este libro lo dejará bien claro.

Para que quede constancia:

Soy un padre de cincuenta y un años que ayudó a criar a tres hermosas niñas, dos de las cuales están en la universidad y una se licenció el año pasado en Derecho, y ahora tengo un niño de un año. Estoy graduado por la facultad de Derecho de Yale y por Georgetown, donde también he trabajado como docente en el máster de la Escuela de Relaciones Internacionales.

He sido directivo de una de las instituciones financieras más importantes del país (desde entonces adquirida por Bank of America), he fundado multinacionales y he sido asesor de Boies Schiller Flexner, que representa a muchas de las organizaciones más grandes y sofisticadas del mundo.

He formado parte del consejo de administración de Amtrak (nombrado por el presidente republicano George W. Bush) y he presidido la junta directiva del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Estados Unidos, una organización sin ánimo de lucro que participa en la misión más importante del planeta en la lucha contra el hambre. En mi condición de voluntario del PMA, he viajado a campos de refugiados y zonas devastadas por desastres naturales en diferentes lugares del mundo: Siria, Kenia y Filipinas. He estado con familias traumatizadas en casas hechas con contenedores de aluminio y después he informado a miembros del Congreso, o directamente a jefes de Estado, sobre la mejor manera de ofrecer una ayuda rápida para salvar vidas.

Antes de eso representé a universidades jesuitas. Contribuí a obtener financiación para clínicas dentales móviles en Detroit, una ciudad carente de servicios sanitarios, para programas de formación extraescolar en barrios de Filadelfia con pocos recursos y para un centro de salud mental destinado a veteranos necesitados y discapacitados de Cincinnati.

Adonde quiero llegar es a que he desempeñado trabajos serios para personas serias. No cabe duda de que mi apellido me ha abierto puertas, pero mis cualificaciones y logros hablan por sí solos. Era imposible que esos logros no se solaparan en ocasiones con las esferas de influencia de mi padre durante sus dos legislaturas como vicepresidente. Sin embargo, lo que sí juzgué erróneamente fue la idea de que Trump llegaría a presidente y, una vez en el cargo, actuaría con impunidad y sed de venganza para conseguir réditos políticos.

Eso es responsabilidad mía. Eso es responsabilidad de todos nosotros.

Y aún hay más:

También soy alcohólico y drogadicto. He comprado crack en las calles de Washington D. C. y lo he cocinado yo mismo en el bungalow de un hotel de Los Ángeles. He estado tan desesperado por beber que no podía recorrer la manzana que había entre la licorería y mi apartamento sin abrir la botella para echar un trago. En solo cinco años se rompió mi matrimonio, que había durado dos décadas, me apuntaron a la cara con armas de fuego y, en un momento dado, desaparecí del mapa para vivir en moteles Super 8 de cincuenta y nueve dólares la noche junto a la I-95, con lo que asusté a mi familia incluso más que a mí mismo.

Esta gran caída llegó poco después de que abrazara a mi hermano, Beau, el mejor amigo que he tenido nunca y la persona a la que más quería en el mundo, cuando dio su último aliento. Beau y yo hablamos prácticamente todos los días de nuestra vida. Aunque de adultos discutíamos casi tanto como reíamos, nunca acabábamos una conversación sin que uno de los dos dijera «te quiero» y el otro respondiera «yo a ti también».

Nunca me he sentido más solo que tras la muerte de Beau. Perdí la esperanza.

Desde entonces he salido de ese agujero oscuro y desolador. Tal desenlace era impensable a principios de 2019. Mi recuperación no habría sido posible sin el amor incondicional de mi padre y el perpetuo cariño de mi hermano, que ha persistido después de su muerte.

El amor que nos profesamos mi padre, Beau y yo, el amor más profundo que he conocido nunca, es la esencia de estas memorias. Es un amor que me permitió salir adelante estos cinco años rodeado de demonios personales y de las grandes presiones del mundo exterior, sin olvidar la furia desatada de un presidente.

Por supuesto, es una historia de amor de los Biden, lo cual significa que es complicada: trágica, humana, emocional, imperecedera, sumamente trascendental y, en última instancia, redentora. Continúa pase lo que pase. A menudo, mi padre dice que Beau era su alma y que yo soy su corazón, lo cual es acertado.

He pensado con frecuencia en estas palabras, pues guardan relación con mi vida. Beau también era mi alma. He aprendido que es concebible vivir sin alma mientras el corazón siga latiendo. Sin embargo, averiguar cómo vivir cuando te han arrancado el corazón, cuando está tan sumamente apagado que te ves comprando crack en plena noche detrás de una gasolinera de Nashville (Tennessee), o anhelando las pequeñas botellas de licor del minibar de tu hotel mientras te encuentras en un palacio de Amán con el rey de Jordania, es un proceso más problemático.

Aún hay millones de personas instaladas en ese lugar oscuro que yo habitaba, o en uno mucho peor. Puede que sus circunstancias sean diferentes y sus recursos, mucho más escasos, pero el dolor, la vergüenza y la desesperanza de la adicción son iguales para todos. Yo viví en esos moteles llenos de consumidores de crack. Me juntaba con «esa» gente, rastreaba las calles con ellos y me agarraba unos colocones de la hostia con ellos. Por eso comprendo perfectamente a las personas que luchan solo por llegar de un momento al siguiente.

No obstante, incluso en los peores momentos de mi adicción, cuando acababa en los sitios más miserables, encontré cosas extraordinarias. Recibí la generosidad de personas a las que la sociedad considera parias. Finalmente comprendí que todos estamos conectados por una humanidad común, e incluso por un Creador común.

La mía es una trayectoria inverosímil en quienes hacen una confesión de esta índole. Lo entiendo, creedme. Sin embargo, por desesperada, peligrosa y lunática que suela ser esta trayectoria, también está llena de conexiones básicas y alentadoras.

Quiero que aquellos que siguen viviendo en el agujero negro del alcoholismo y la drogadicción se vean reflejados en mis penurias y hallen esperanza en mi huida, al menos hasta la fecha. Todos estamos solos en nuestra adicción. No importa cuánto dinero tengas, quiénes sean tus amigos o de qué familia provengas. Al final, todos tenemos que enfrentarnos a ella por nosotros mismos: primero un día, luego otro y luego el siguiente.

Y quiero poner de relieve, con honestidad, humildad y no poco asombro, que el amor familiar fue mi única defensa eficaz contra los numerosos demonios a los que hice frente.

Escribir este libro no fue fácil. A veces fue catártico; otras, un detonante. En más de una ocasión me he levantado de la mesa mientras plasmaba recuerdos sobre mis últimos cuatro años deambulando por la jungla del alcoholismo y la adicción al crack, unos recuerdos demasiado imponentes, demasiado inquietantes o todavía demasiado cercanos y que no me daban tregua. Hubo veces en las que literalmente temblaba, se me encogía el estómago y me sudaba la frente de una manera que me resultaba demasiado familiar.

Trabajando en las primeras partes de este libro, cuando aún no llevaba ni un año sobrio, el crack seguía siendo lo primero en lo que pensaba al despertar. Me convertí en una especie de recreador de una guerra febril, repasando meticulosamente los rituales de mi adicción, sus patéticos pasos uno tras otro, pero sin drogas y con Melissa durmiendo a mi lado. Extendía el brazo hacia la mesita situada junto a la cama buscando un trozo de crack. Me imaginaba encontrando uno e introduciéndolo en una pipa, llevándomela a los labios, encendiéndola con un mechero y experimentando una sensación de bienestar total y absoluto. Era lo más atractivo y tentador...

Entonces tomaba conciencia y paraba. Melissa se despertaba y daba comienzo un nuevo día libre de todo aquello. Mi padre me llamaba desde algún acto de la campaña para las primarias en Iowa, Texas o Pensilvania. Mi hija mayor me llamaba desde la facultad de Derecho en Nueva York para volver a preguntarme si había leído el trabajo que me había enviado para que lo repasara. Un halcón, provocador, bromista y hermoso, revoloteaba sobre el desfiladero que se atisba desde mi ventana, y yo solo podía pensar en Beau. Por muy lejos que hubiera llegado, los malos tiempos siempre parecían andar al acecho.

Esta es la historia de mi viaje, desde allí hasta aquí.

1. Diecisiete minutos

1

Diecisiete minutos

Desconectamos a Beau del soporte vital la mañana del 29 de mayo de 2015. Estaba inconsciente y apenas respiraba. Los médicos de la unidad de críticos del Hospital Militar Nacional Walter Reed, en Bethesda (Maryland), nos dijeron que fallecería horas después de retirarle el tubo de traqueotomía. Yo sabía que resistiría más. Beau era así, y me senté junto a su cama, sosteniéndole la mano.

También estaban allí multitud de familiares, veinticuatro Biden que entraban y salían de la habitación y recorrían los pasillos del hospital sumidos en sus pensamientos, esperando. Yo no me aparté de Beau.

La mañana dio paso a la tarde, y después a la noche, y después a la madrugada. Volvió a salir el sol, cuya luz apenas se filtraba entre las cortinas de la habitación. Fueron momentos confusos y dolorosos: en una misma oración deseaba un milagro y el final del sufrimiento de mi hermano.

Las horas transcurrían lentamente y yo no dejaba de hablarle. Le susurré al oído lo mucho que lo quería. Le dije que sabía lo mucho que él me quería a mí. Le dije que siempre estaríamos juntos, que nada podría separarnos jamás. Le dije lo orgulloso que estaba de él, que había peleado muy duro para soportar operaciones, radiaciones y un último tratamiento experimental que consistió en inyectarle en el tumor cerebral un virus manipulado genéticamente.

Nunca tuvo posibilidades.

Tenía cuarenta y seis años.

Sin embargo, desde el momento del diagnóstico, hacía menos de dos años, y durante muchos de esos tratamientos, el mantra que Beau me repetía eran dos palabras: «Cosas bonitas». Insistía en que, cuando mejorara, dedicaríamos nuestra vida a apreciar y cultivar la belleza infinita del mundo. «Cosas bonitas» se convirtió en un cajón de sastre para definir relaciones, lugares y momentos, para todo. Cuando aquello terminara, decía, fundaríamos juntos un bufete de abogados y solo trabajaríamos en «cosas bonitas». Nos meceríamos en el porche de la casa de nuestros padres y contemplaríamos las «cosas bonitas» que nos rodeaban. Nos deleitaríamos en las «cosas bonitas» en las que se convertirían nuestros hijos y familias a cada paso del camino.

Era nuestro lenguaje en clave para una nueva manera de ver la vida. Nunca más volveríamos a cansarnos demasiado, a distraernos demasiado, a mostrarnos demasiado cínicos ni desviarnos del camino por algún obstáculo inesperado, y miraríamos, veríamos, amaríamos.

«Te quiero. Te quiero. Te quiero.»

Conservo un solo recuerdo del momento más temprano y relevante de mi vida. No estoy seguro de hasta qué punto se trata de una mezcolanza de historias familiares y noticias que he oído y leído en estos años y hasta qué punto es un recuerdo reprimido que finalmente sale a la luz.

Pero es gráfico.

Es del 18 de diciembre de 1972. Mi padre acababa de ser elegido senador por Delaware. Cumplió treinta años tres semanas después de las elecciones y apenas superaba la edad mínima que exigía el Senado cuando prestó juramento en enero. Aquel día estaba en Washington D. C. entrevistando al futuro personal de su nueva oficina. Mi madre, Neilia —hermosa, brillante y de su misma edad—, nos había llevado a mí, a mi hermano mayor, Beau, y a nuestra hermana pequeña, Naomi, a comprar un árbol de Navidad cerca de nuestra desvencijada casa de Wilmington.

Beau tenía casi cuatro años; yo casi tres. Nacimos con un año y un día de diferencia. Nuestra madre prácticamente no descansó entre uno y otro.

En mi imaginación, esto es lo que sucede acto seguido:

Yo iba sentado en la parte trasera de nuestra espaciosa furgoneta Chevy blanca, detrás de mi madre. Beau iba a mi lado, detrás de Naomi, a la que ambos llamábamos Caspy. Era pálida y regordeta, y parecía que hubiera salido de la nada en nuestra familia trece meses antes. Le pusimos ese apodo por uno de nuestros personajes de dibujos animados favoritos, Casper, el fantasma bueno. Dormía profundamente en un moisés en el asiento delantero.

De repente vi que mi madre volvía la cabeza hacia la derecha. No recuerdo nada, excepto su perfil: su mirada, la expresión de su boca. Simplemente giró la cabeza. En ese instante, mi hermano se lanzó, o fue lanzado, hacia mí.

Y ya está. Fue rápido, convulso y caótico. Cuando el coche entró en un cruce nos arrolló un tráiler cargado de mazorcas de maíz.

Mi madre y mi hermana pequeña murieron casi en el acto. A Beau lo sacaron de entre el amasijo de hierros con una pierna rota y otras muchas lesiones. Yo sufrí una fractura craneal grave.

Lo siguiente que recuerdo es que desperté en un hospital y vi a Beau en la cama contigua, vendado y con una férula de tracción. Parecía que acabaran de propinarle una paliza en el parque, y no dejaba de repetirme dos palabras:

—Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Esta es la historia de nuestros orígenes. Beau se convirtió en mi mejor amigo, mi alma gemela y mi guía desde los que prácticamente serían los primeros momentos conscientes de mi vida.

Tres semanas después, en nuestra habitación del hospital, papá juró su cargo como senador.

Beau había sido fiscal general de Delaware durante dos legislaturas y era padre de una niña y un niño pequeños cuando los médicos le diagnosticaron un glioblastoma multiforme, un cáncer cerebral.

Probablemente el tumor llevaba al menos tres años incubándose en su interior. En otoño de 2010, más o menos un año después de su regreso de un despliegue en Irak, Beau se quejaba de dolores de cabeza, entumecimiento y parálisis. En aquel momento, los médicos atribuyeron los síntomas a una apoplejía.

A partir de entonces vigilamos cómo evolucionaba. Parecía que algo no iba bien. Beau les decía en broma a sus amigos que de repente oía música. Para mí no era una broma; resultaba inquietante. Él no entendía por qué, pero, volviendo la vista atrás, estoy convencido de que el tumor estaba afectando a una parte de su cerebro que provocaba alucinaciones auditivas: un cuerpo extraño que toca una neurona que a su vez activa otra y, de repente, estás oyendo a Johnny Cash de fondo. Eso era lo que estaba experimentando Beau.

Finalmente, a primera hora de una cálida noche de agosto de 2013, en un pequeño hospital de Michigan City (Indiana), vi horrorizado cómo Beau sufría una crisis convulsiva. Ello confirmó que en su estado intervenían otras fuerzas siniestras. El día anterior, Beau había realizado el trayecto de once horas en coche desde Delaware que hacía cada año, acompañado de su mujer y sus hijos, para pasar las vacaciones conmigo y mi familia en el lago Michigan, cerca de donde se crio Kathleen, mi esposa por aquel entonces. Yo había llegado a la casa de verano aquel mismo día, tras pasar el fin de semana en la Reserva de la Armada de Estados Unidos en Norfolk (Virginia), y estaba cambiándome de ropa para reunirme con los demás en casa de la prima de Kathleen, situada a una manzana de distancia, cuando vi a Beau y su familia en el camino de entrada. A su alrededor, todos parecían aterrados.

Beau insistió en que se encontraba bien, pero era evidente que tenía dificultades y se le veía encorvado e inestable. Lo llevamos al hospital, donde los técnicos estaban a punto de practicarle una resonancia magnética cuando padeció el ataque. Fue espantoso, como salido de El exorcista. La violencia que estalló dentro de su cuerpo se expresaba en convulsiones y contracciones; casi podías ver la tormenta que rugía en su cerebro. Me pareció que duraba una eternidad, y me sentía impotente. Quería absorber el dolor de mi hermano, pero no podía hacer nada.

Nada.

Cuando finalmente amainó la tormenta, Beau fue trasladado en un helicóptero medicalizado al Northwestern Memorial Hospital de Chicago. Su mujer, Hallie, y yo fuimos en mi coche y, pisando el acelerador a fondo, recorrimos el trayecto de setenta minutos en la mitad de tiempo. Cuando llegamos, a Beau le habían hecho una resonancia magnética. El médico nos mostró el resultado.

Me sentí aliviado. Había visto tantas imágenes del cerebro de Beau desde su apoplejía que creía saber con toda seguridad lo que estaba ocurriendo.

—Es por el infarto —dije, refiriéndome a la parte del cerebro que había quedado dañada por la apoplejía. Se manifestaba como una sombra descolorida.

El cirujano, uno de los mejores del país, soltó un suspiro compasivo.

—Hunter —dijo en tono solemne—, creo que es un tumor.

—Imposible —insistí—. Es exactamente... Llevo más de un año viendo estas imágenes. Ahí es donde se produjo la apoplejía, justo en este punto.

—Bueno, eso no lo sé —respondió el cirujano—, pero esto parece un tumor.

Llevamos a Beau a casa y lo trasladamos al hospital de la Universidad Thomas Jefferson, cerca de allí, en Filadelfia, donde confirmaron el tumor.

Días después, Beau y yo embarcamos en un avión rumbo a Houston para ver a un neurocirujano del MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas.

El glioblastoma multiforme es un horror malvado e implacable. Después de la primera intervención, los médicos le dijeron a Beau que la operación había sido un éxito, que habían extirpado todo el tumor visible, pero que era el tipo de cáncer más agresivo, el peor posible. A Beau nadie le habló de números —de probabilidades—, así que pregunté cuando nos quedamos a solas papá, el cirujano y yo en una habitación. Después hice una búsqueda en internet para cerciorarme de que la tasa de supervivencia que nos había dado el médico era correcta: menos del 1 por ciento. Los pacientes normalmente sobreviven de catorce a dieciocho meses después del diagnóstico y, entre los que superan los cinco años, pocos gozan de lo que se considera una calidad de vida soportable.

Era una sentencia de muerte.

Pasé rápidamente de la incredulidad al enojo, convencido de que los médicos no habían detectado el tumor cuando concluyeron que había sufrido una apoplejía. ¿Habría cambiado el resultado si lo hubieran descubierto antes? Esta es otra pregunta imposible de responder.

Ahora, Beau y yo nos hallábamos en la misma posición irresoluble en la que se encuentran muchos pacientes y familiares después de un diagnóstico tan desesperanzador. Nos empecinamos en lo que, casi con total seguridad, era una apuesta perdedora. Incapaces de hacer otra cosa, o tal vez reacios o demasiado asustados, encaramos con un optimismo luchador los procedimientos que recomendaban los médicos de Beau. En los veintiún meses posteriores, entre estos tratamientos hubo dos operaciones de cerebro, quimioterapia y unas sesiones brutales de radioterapia. Nada de ello sirvió al final.

Si tuviera que empezar de cero otra vez, jamás habría aceptado someter a Beau al protocolo estándar, y habría evitado sobre todo la radioterapia. Teniendo en cuenta las irrisorias posibilidades de que volviera a ser el de antes y el dolor y el perjuicio que le provocó —dificultades para hablar, incapacidad para calzarse los zapatos—, fue algo rayano en el barbarismo. Sin embargo, en ese momento, cuando estás en manos de profesionales tan brillantes, entregados y comprensivos, parece que valga la pena probar incluso la más ínfima posibilidad.

Nuestro último recurso era una opción de alto riesgo con recompensas inciertas: inyectarle en el cerebro un agente biológico desarrollado por un investigador de oncología con financiación del MD Anderson. Sabíamos que las probabilidades de frenar el avance del cáncer eran casi nulas, pero esperábamos un milagro.

Esperar un milagro es un oxímoron. Por definición, un milagro es algo con lo que una persona racional no puede contar. Por tanto, se requiere una especie de disociación forzada para distanciarte del pensamiento racional en un momento en el que solo estás inmerso en decisiones calculadas y racionales. En el caso de Beau, eso abarcaba desde programar su procesión de visitas médicas hasta controlar su dieta o determinar quién lo ayudaría a vestirse. Esas banalidades no tardaron en formar una suerte de improvisado altar dedicado a lo místico, lo mágico y lo inexplicable. Sabíamos que ese procedimiento era un último recurso, un auténtico avemaría.

La época anterior a esta última medida desesperada y el período relativamente breve que la siguió serían los últimos días sublimes que pasé con mi hermano.

Beau y yo viajamos a Houston la semana antes de esa última operación en el MD Anderson. Nos hospedamos en la suite de un hotel situado a menos de dos kilómetros del hospital, e íbamos a pie cada día para la batería de pruebas y medicamentos con que lo preparaban de cara a la cirugía. Mamá y papá llegarían el día de la operación.

Beau había perdido tantas facultades que tenía que ponerle los calcetines y los zapatos y ayudarlo para ir al baño y entrar y salir de la ducha. Poco después de llegar a Houston discutimos porque intenté instalarle una aplicación en el móvil que lo ayudaría a regular la respiración, que se había vuelto inconstante. Beau se sentía frustrado consigo mismo cuando no podía hacerlo bien, y luego pensaba que yo también me sentía frustrado con él. Me partió el corazón tener que convencerlo de que no era así. Ver que mi hermano mayor era incapaz de seguir las instrucciones de algo tan básico como respirar me causó una tristeza devastadora.

Aquella semana, el tiempo que pasamos juntos osciló entre una especie de quietud expectante y las carcajadas por las cosas más tontas. No mantuvimos conversaciones profundas ni contemplamos que aquello pudiera ser el final; nunca pusimos trabas al tratamiento. No hicimos preparativos por lo que pudiera ocurrir. Por instinto, ambos sabíamos lo que había que hacer. Beau se negaba a prepararse para lo peor, y los demás seguimos su ejemplo.

Como siempre, papá llamaba continuamente para preguntar si todo iba bien y si podía hacer algo. Mis respuestas eran casi siempre las mismas: sí y no. En ellas, papá interpretaba lo que necesitaba. En momentos turbulentos como aquellos, él, Beau y yo podíamos comunicarnos por medio de una especie de frecuencia no verbal que habíamos desarrollado en reveses y tragedias anteriores. Decir mucho más entrañaba el riesgo de romper el hechizo y acabar en un lugar al que ninguno de nosotros quería ir.

No es que no hubiéramos sopesado ideas más realistas. Simplemente, no hacía falta verbalizarlas en ese momento. Tampoco es que no supiera lo que Beau quería para mí o que no fuera consciente de lo que debía hacer. No es que él tuviera respuestas que yo no comprendía o viceversa.

Un tema del que sí hablábamos era cómo gestionar su campaña como candidato a gobernador de Delaware tras la operación. La política corre por la sangre de los Biden. El actual gobernador demócrata tenía un mandato limitado, y Beau había anunciado el año anterior que no se presentaría a la reelección como fiscal general para poder centrarse en la candidatura a gobernador en 2016. La inusual decisión de abandonar el funcionariado a la vez que aspiraba a otro cargo dos años después alimentó las especulaciones sobre su estado de salud. Todos conocíamos las probabilidades estadísticas de su diagnóstico, pero Beau lo afrontaba como si los tratamientos fueran a ser eficaces, y todos actuábamos igual; al carajo las probabilidades.

Aquella semana estábamos más que esperanzados. Para Beau, esa mentalidad era algo que superaba la superstición. Iba cada día al hospital como un peregrino que visita un lugar sacrosanto, convencido de que solo saldría algo bueno de ello, de que podría curarse. Los médicos y el personal sanitario, a la mayoría de los cuales conocíamos bien por sus dos operaciones anteriores allí, se convirtieron en figuras casi sagradas capaces de obrar cosas trascendentales.

Recuerdo especialmente la fascinación de Beau con el anestesiólogo, un tipo fantástico con unos ojos azules de lo más penetrantes; de hecho, eran del mismo azul que los de mi hermano. Despertaba curiosidad en Beau, que hablaba sin parar del efecto calmante que le producían aquellos ojos. Fueron lo último que vio antes de que comenzaran sus dos craneotomías anteriores, y lo primero que vio o de lo primero que fue consciente después. Este anestesiólogo también sedó a Beau antes de las resonancias magnéticas, dado su miedo a los espacios cerrados. Entre ambos parecía reinar un entendimiento tácito cuando se miraban sus respectivas e idénticas piscinas azul oscuro.

En el hotel nos reíamos de las cosas de siempre. Me tumbaba en la cama con Beau, viendo películas por internet y programas de televisión en mi portátil hasta que se quedaba dormido. Nos dábamos atracones de Larry David y Eastbound & Down, dos de las series favoritas de Beau, caracterizadas por el humor demente que tanto le gustaba. Pero incluso en esos momentos se reía un poco menos que antes; ya no parecía divertirse tanto. Le resultaba más difícil seguir las tramas y mantener la

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