I
Se llamaba Carlos Díaz Loyola y nació en Licantén, a las orillas del río Mataquito, cuando el fantasma del presidente José Manuel Balmaceda recorría los campos como un ectoplasma tibio, hecho de culpa y promesa. También llegó a ser conocido como Pablo de Rokha, nombre con el que reemplazó al de Carlos poco antes de la década del veinte, en el momento en que se convirtió en un escritor furioso al que nadie supo leer muy bien, porque él mismo era una vanguardia privada, un ejército de sí mismo y la fábula de una genealogía. En esa heráldica inventada, fue el patriarca de su propio clan y avanzó por su época como una bola de demolición, rompiendo y perdiendo todo a la vez mientras escribía una obra que lo instalaría como uno de los cuatro grandes de la poesía chilena del siglo XX. Los otros, que eran Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, fueron sus amigos y enemigos y nunca supieron muy bien qué hacer con él, ni cómo entender su obra que era atroz, tremenda y suponía un gesto radical para los demás (los lectores, la cultura chilena, la historia completa de la literatura) pero sobre todo para sí mismo. De este modo, tuvo un clan y una revista y viajó por el país y el mundo y se quedó solo y puso fin a su vida en 1968 cuando nada tenía mucho sentido porque todo lo que había conocido ya no estaba y no le quedaban fuerzas para aguantar lo que viniese.
Antes, escribió y publicó varias decenas de libros, casi todos volúmenes donde la poesía se confundía con el ensayo y la novela. Allí, la diatriba muchas veces alcanzó la condición de arte perfecto aunque De Rokha ante todo es recordado por un poema largo donde describe el mapa de Chile como una mesa interminable llena de comidas típicas, al modo de una fiesta que se extiende a través de las provincias. También dirigió empresas y fue profesor y político, aunque trabajó mucho tiempo como vendedor viajero, cargando con cuadros y libros a lo largo del territorio. Escribió sobre Satanás, Jesucristo, Moisés y Mahoma. Leyó a la vez a Nietzsche, Schopenhauer y Walt Whitman y luego los cambió por Marx y Mao Tse-Tung, a quienes entendió como otras vanguardias poéticas. Cosechó enemigos y detractores y vivió mascando una rabia oscura, hecha de la conciencia del desamparo y de la falta de reconocimiento popular. Cuando en 1965 le dieron el Premio Nacional de Literatura ya era tarde. Su mujer y el mayor de sus hijos habían muerto y sus poemas existían como rumores y susurros; eran apenas visibles, como una leyenda que se mezclaba con los mitos de su personalidad y el eco de sus propias palabras; la suya era una poesía que exigía del lector variadas formas de compromiso.
Un resumen de su vida no alcanza. Sus numerosos libros, donde destacan Los gemidos, Escritura de Raimundo Contreras, Arenga sobre el arte, Genio del pueblo o Acero de invierno, siguen leyéndose como textos vivos y radicales, mientras que sus amigos y compañeros de ruta, como el crítico literario Juan de Luigi, el poeta Guillermo Quiñonez, el escritor Mario Ferrero o el pintor Abelardo Paschín, parecen haberse hundido en el río del olvido, del mismo modo que buena parte de esa cultura chilena a la que él exigió una comprensión y una altura que nunca recibió de vuelta.
Sobre el final, De Rokha aguantó hasta que no le quedó nada o casi nada. Siempre había aspirado a volverse un patriarca y muchas veces escribía como tal. Parecía vociferar solo, siempre dispuesto a abrazar de vuelta a quien escuchase sus gritos. Ahí estaba su herencia, esa habilidad para aglutinar tras de sí a los perdedores, los solitarios, los revolucionarios, los locos, los surrealistas, los chinos, los pobres o los olvidados como si fuesen miembros de su propia familia. Esa era su pandilla salvaje, su multitud. Ese era su ejército, su legión, su grupo de amigos. Su clan, una banda de malditos y fracasados, de autores invisibles, de héroes oscuros y poetas inéditos. Aquel culto exigía despreciar las mieles del éxito e insistir en el valor moral o revolucionario de la literatura como un fuego exterminador de cualquier falsedad, de cualquier impostura. Porque De Rokha fue el rey secreto de esa tierra imaginaria y el jefe de una familia que era más que una familia.
En un siglo donde la literatura se consolidó muchas veces como una serie de operaciones y relaciones públicas, él perdió casi todas las partidas. «Yo soy como el fracaso total del mundo, ¡oh Pueblos! /El canto frente a frente al mismo Satanás, /dialoga con la ciencia tremenda de los muertos, /y mi dolor chorrea de sangre la ciudad», anotó en uno de sus primeros poemas y se dedicó a cumplir esa declaración a rajatabla por el resto de sus días.
II
Coyhaique. Duerme. El viaje ha sido agitado. Queda poco. Afuera está la niebla. Afuera está el frío. El sur de Chile es una tormenta. Este es el lugar donde se termina todo: el viaje, la picaresca, la epopeya trashumante de libros y cuadros. Por ahora Pablo de Rokha duerme. Ha cenado bien. Atravesó el sur. Cruzó la isla de Chiloé. Sobrevivió a un temporal. Pueblo tras pueblo atrajo a los amigos y enemigos. La familia se quedó en Santiago, esperando. Todos en una casa con un patio grande, una casa chilena, una casa vieja que pudo parecerse a las de su infancia.
Antes, pasó por una tormenta. Estuvo a punto de naufragar. En medio de la lluvia, el viento, las olas y los relámpagos, salió a la cubierta y sacó dos pistolas. La pequeña se la pasó a su amigo y biógrafo Mario Ferrero, quien lo acompañaba y que contaría la historia años después en un libro de crónicas. La otra se la quedó él, una Smith & Wesson calibre 44, cacha nacarada. Un arma legendaria que era el recuerdo del recuerdo de una guerra. En medio de la tormenta, De Rokha miró a Ferrero. Le dijo que tenían que suicidarse. Ferrero lo miró de vuelta. El barco se sacudió, casi se dio vuelta mientras caía sobre el mar agitado, atravesando olas parecían muros de un cemento negro cuyo contacto podía astillar la madera. Entonces los llamaron desde la cabina. El capitán quería hablar con ellos. El capitán se apellidaba Aldana. Cada uno llevaba su arma en la mano. Aplazaban lo inevitable, de ésta no salían vivos. En la cabina, Aldana les sirvió whisky. Bebieron los tres. El trago los calmó. El alcohol hizo aparecer una valentía estoica, una calma artificial.
Nadie se va a morir por ahora, nadie va a naufragar, dijo Aldana. He visto cosas peores, acotó. Ellos lo escucharon. El barco dejó la tormenta, siguieron el viaje, guardaron las armas.
Ahora, más y más al sur, Pablo de Rokha duerme sentado sobre la cama. Se ha acostumbrado a hacerlo así. Ferrero dirá que duerme como los huasos. En verdad, duerme como si estuviera atento al ruido del mundo, alerta ante lo que puede pasar. Duerme como si no pudiese cerrar los ojos nunca. Tiene la ventana abierta. Le gusta el aire fresco. No soporta el encierro. Quizá sueña con el eco de los pasos de sus hijos rebotando en los pasillos de una casa gigante. Quizá sueña con su esposa o con su padre o su madre. Quizá no sueña nada. Afuera la niebla invade la calle y devora la luz. No anda nadie. Es tan densa que entra por la ventana. Amanece. La oscuridad comienza a irse. Abre los ojos verdes lentamente, se despereza en la soledad de la pieza. Siente un ruido. O dos. Un canto. Un graznido. Prende la lámpara del velador. Una delgada lámina de humedad cubre los paquetes con libros, la maleta negra donde lleva los cuadros que le quedan.
La finísima garúa es otro polvo que se posa sobre las cosas, es otro testimonio del tiempo. Entonces sonríe. Una luz fluorescente y lechosa se cuela desde la calle. Entonces se pone de pie y mira el suelo. Un par de pajaritos pasean por el piso de madera, buscando en las junturas de las tablas enceradas algo que picar. En el marco de la ventana, una avutarda levanta las alas y las sacude. Él escucha las plumas, escucha la pequeña agitación de los huesos del pájaro, el modo en que se despereza y se pone tenso. La avutarda estira las alas. Desde afuera no viene ningún ruido. Se prepara. Antes de irse y volar hacia la luz que está en el centro de la niebla, entona un graznido que bien puede ser un grajeo. Su canto parece el de una voz humana.
La fotografía está ajada. Alguien la dobló, se rompió en alguna parte. Una arruga la corta por la mitad en una división imaginaria. En la foto, los padres y los hijos de la familia Díaz Loyola lucen asombrados, como buena parte de quienes han sido retratados en esas imágenes antiguas donde los rostros del pasado sobreviven a los naufragios del recuerdo. La antigüedad no impide fijarse en los detalles. La foto está en un blog familiar, administrado por los descendientes de Elena, la pequeña niña que está de pie sostenida por el padre, que se llama José Ignacio Díaz.
A la izquierda de la imagen, otra niña lleva una guirnalda de flores en la cabeza. Más allá, cierta luz blanca parece borrar todo detalle de la ropa del bebé que Laura Loyola, su madre, sostiene en los brazos. Al otro lado, en el extremo derecho, otro de los niños parece echarse hacia atrás, quizás asustado por las instrucciones del fotógrafo. José Ignacio está en una silla de madera con el respaldo recto. Lleva chaleco bajo la chaqueta y vemos la cadena de un reloj cruzándole el pecho. Laura tiene la sonrisa doblada. La línea del labio cae hacia el lado como si conociera algo que los otros desconocen. Ambos parecen muy jóvenes porque son en realidad muy jóvenes: cuando se casaron, en octubre de 1892, ella tenía diecisiete años y él veintiuno.
Carlos, el primogénito, está en el centro de todo, sentado en un pequeño piso acolchado y con las piernas cruzadas. Viste botines y calcetines a rayas. Además de su madre, parece ser el único que no le teme a la foto. Tiene la cabeza levantada y mira a la cámara de modo directo como si supiese algo que los otros desconocen. La nitidez parece concentrarse en él. El punctum de la imagen, ese lugar secreto desde donde todo se desmorona o implosiona, está en su rostro, aunque el niño aún no sepa que será conocido como Pablo de Rokha, ni que le dirán el Amigo Piedra, ni que tendrá una máscara llamada Raimundo Contreras, ni que firmará sus primeros textos como Job Díaz, ni que será el macho anciano, el hombre casado, Juan el Carpintero y el antagonista principal de la literatura chilena durante buena parte del siglo.
No lo sabe. El siglo XIX aún no termina. En la imagen, el niño mira desde el centro exacto de la imagen algo que bien puede ser el futuro o la nada. Está vestido de domingo mientras abre los ojos al destello del flash de magnesio y no le teme al golpe de la luz que lo graba para siempre.
Vuelvo a la foto. Trato de escuchar en ella los pasos de un fantasma venidero. Ahí, la literatura chilena es un rumor o un murmullo. Luego será otras cosas: un vómito, una diatriba, un poema de amor, una elegía, un arma, un lamento, un grito. Entonces, ¿qué nos impulsa a leer a De Rokha, a tratar de entender su escritura, a revisarlo como un oráculo deforme y tremendo?
¿Cuánto del rostro de ese niño que mira la cámara sobrevivirá en las imágenes del adulto? ¿Serán los mismos ojos los que están detrás de los lentes gruesos que usará en 1965, en el retrato de su rostro que le tomó Tito Vásquez Pedemonte? Es difícil saber. La lengua de Pablo de Rokha es un infierno que se inventa sus propios círculos y se replica a sí misma una y otra vez. Mientras, retorna a sus orígenes y obsesiones, los que son los materiales de su voz, que revisa de modo neurótico. Son ecos. El laberinto de su acento también es el de su memoria.
III
Pablo de Rokha trató de relatar sus primeros años a fines de la década del treinta. Lo hizo en las páginas de Multitud, la revista de la que era director-gerente y donde participaba buena parte de su familia y amigos. Ese proyecto era una ficción llamada Clase Media, un roman à clef acerca de los paisajes de su infancia. No la terminó nunca pero décadas después esos textos se convirtieron en parte importante de El Amigo Piedra, su autobiografía, donde se unieron a otros papeles, todos transcritos por su yerno Mahfúd Massís (esposo de su hija Lukó) para un volumen cuya versión final fue editada por el crítico Naín Nómez para la editorial Pehuén en 1989.
Esa condición híbrida define al libro, que es extraño y quizás frustrante, pues no cumple con ninguna de las expectativas que se le pueden exigir a un volumen de estas características, desplegando un sinnúmero de líneas paralelas. Ahí, lo que el poeta recuerda fluye como un torrente de agua turbia que arrasa el paisaje y los rostros y las vidas de él y los suyos mientras los expone en carne viva.
Collage póstumo donde podemos reconocer los hilos y los silencios que unen sus distintas partes, en El Amigo Piedra la invención y el recuerdo son lo mismo, relatos tardíos, fragmentos cuyo racconto quedó inconcluso. En él, la infancia es la patria que no abandona porque también son sus muertos y sus monstruos, sus pesadillas. Es la bruma que recorre el racconto de esos primeros días, donde el siglo XIX aún no termina y en donde todo es motivo de asombro. De Rokha, que todavía no se nombra como tal, recuerda a su familia, de la que compone un relato coral que excede los lazos de sangre. Su escritura es densa, huye por las ramas, y se pierde en el paisaje o más bien se encuentra en él.
El poeta focaliza paulatinamente su relato, y toma cuerpo en la medida en que escribe de ello. Ahí, no hay distancias entre los hechos y la invención. Desaparecido el mundo de su infancia, desaparecidos sus padres y los lugares donde creció, el pasado solo puede ser reconstruido como literatura. Así, sus espectros familiares son personajes y apenas resisten como pedazos de habla, funcionan como puras siluetas perdidas en un mundo de brumas. De este modo, si Nabokov usaba Habla, memoria como el modo de revivir un universo que había sido borrado por la revolución bolchevique, El Amigo Piedra describe al poeta como el habitante de un universo mítico y trágico, tan desmesurado como frágil, hecho de los restos de un orden que el fin del siglo XIX ha decretado como extinto y que para nosotros solo sobrevivirá como literatura.
Ahí, el poeta no quiere explicarse. No lo necesita, como tampoco requiere que lo presenten de modo alguno. El gesto autobiográfico es una remembranza cuya fluidez no esquiva el desvío: las digresiones del relato son un ramal extinto en la línea del tren de un camino rural. Contar su propia vida equivale a narrarse a sí mismo como una leyenda en ciernes, a dominar el lenguaje de lo perdido, que también es el de su comunidad. Es recordar lo que sucede con la tierra y el paisaje, con ese drama social donde no falta el hálito lírico. Pero no es un viaje agradable. No supone pacto o reconciliación alguna. Quizás porque lo que está ahí es la voluntad de quien considera su propia voz como la de un patriarca en ese registro de un universo que solo puede sobrevivir como relato, como un viaje contra la extinción.
Para De Rokha, su biografía no puede ser sino un misterio abierto, algo susceptible de ser exhibido como una hazaña o una tragedia o una historia del siglo; una trampa hecha de sombras, siempre.
IV
Tenemos claro esto: Pablo de Rokha nació en la primavera de 1894 en Licantén, una localidad cruzada por el río Mataquito en la provincia de Curicó, a casi trescientos kilómetros de Santiago. No sabemos el día exacto. El acta de bautismo señala que fue el 17 de octubre. Mario Ferrero indica como fecha el 22 de marzo, aunque el mismo poeta menciona otro día en Neruda y yo cuando recuerda haber cumplido sesenta años: el 13 de marzo. Da lo mismo. Su llegada al mundo fue «en llamas, por adentro de los patíbulos que la oligarquía criolla creara en homenaje de los héroes y los mártires del pueblo, a la rivera de gran romántico», anotó en El Amigo Piedra.
Era el primogénito. No sabemos si sus padres eran felices o si eso les importaba. Se habían casado «un domingo muy grande» en una iglesia que olía a arrayán y habían galopado «por el camino real a llamaradas de espuelas y había vino en las tinajas»; llenos de una «felicidad lugareña, eterna, como que está cantada por todas las abuelas en todas las novelas del siglo, de la misma manera y estilo».
El siglo XIX se acababa. Chile salía de una guerra civil que había terminado con miles de muertos, entre los que se contaba hasta el mismo presidente. José Manuel Balmaceda se había pegado un tiro en la Embajada de Argentina en septiembre de 1891 y su recuerdo existía como la constatación de una violencia que cruzaba el mapa de Chile a sangre y fuego. Antes había muerto su hijo Pedro, quien era amigo cercano de Rubén Darío y el hombre con el mejor gusto literario en la república.
En cualquier caso no hay Belle Époque acá. Esto sucede en otro lugar, lejos de la luz de gas y la poesía modernista y las fiestas de la riqueza del salitre. De Rokha cuenta su historia a espaldas de la capital, habla de Licantén, de Pocoa, de los faldeos cordilleranos, de lo que alguna vez fue Talca. Así, mientras en 1897 el escritor francés Paul Groussac describía a Chile y Santiago comparando los ornamentos cursis del Cerro Santa Lucía y el plano de una capital más bien monótona, sin «ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno», De Rokha cuenta esos mismos años como un relato campesino, hecho de pecados familiares, curas lascivos, cuatreros y paisajes donde «un gran aroma a rosas, a aquellas soberbias, eternas rosas amarillas, a rosas té, predomina sobre el aroma de los boldos floridos y los panales y los cerezos».
El río Mataquito era el límite. Alguna vez fue una frontera sur del imperio inca, el lugar donde terminaba el mundo. Lautaro, el héroe mapuche, también murió cerca; su ejército se había desmembrado y el español Francisco de Villagra lo emboscó en medio de una celebración. Pablo de Rokha no habla de eso en la novela de sus memorias. No lo menciona. Tampoco narra la fiesta popular del Baile de los Negros de Lora, que queda solo a diez kilómetros de Licantén. No dice que encontraron ahí una figura de la Virgen y que cada vez que la guardaban en la capilla de Lora, volvía a aparecer cerca de las comunidades indígenas donde la cuidaban. Tampoco se refiere a la procesión de los pifaneros, fieles que tocan unas flautas de madera con chicha adentro y cuyo sonido repetitivo permite que los empellejados, un grupo de acólitos vestidos con pieles de animal, bailen y celebren con una espada en la mano y una fusta en la otra, y protejan a María de los malos espíritus.
Todo eso sucede en Licantén, «villorrio cruel, oscuro, gris, feroz, como cabeza de hiena negra, debajo de sus limonares olorosos», según el poeta. En aquel lugar «domina un feudalismo patriarcal, verdaderamente sanguinario y compasivo a la vez, repleto de la caridad católica que no solamente admite, sino que bendice la explotación ignominiosa del hombre por el hombre y adentro de la cual el sirviente es el perro del amo, pero el perro malcomido, el que se azota y se aplasta y humilla caritativamente», dice mientras el siglo comienza a acabarse, a mutar en algo nuevo. Ya no habrá espacio para ellos, para los ciudadanos de esa clase media campesina a la que describe quizás para traerla de vuelta a la vida, para que deje de ser una legión de rostros de la que no puede despegarse.
Así, De Rokha cuenta que Laura, su madre, era «una niña blanca de pelo negro» y que su padre, José Ignacio, tenía los «ojos dulces entre verdes, grises y azulados», los mismos que heredó el poeta. Ambos componían «un matrimonio provinciano, un matrimonio de Clase Media sin dinero de él ni de ella, un matrimonio virginal, romántico, poético».
En ese mundo la fuerza de gravedad es su abuelo, José Domingo Díaz, a quien todos se dirigen «con una gran humildad solapada, vengativa, recelosa». Hombre silencioso, se dice «que no ha sonreído jamás». Es el orden invisible, la estructura que da sentido a las cosas mientras las observa con «sus fieros ojos de acero, cortantes, pequeños, autoritarios, indefinidos», escribe.
El niño Carlos acomoda su mirada. Observa a los suyos, trata de entender el funcionamiento de la rutina diaria, las tensiones invisibles de la familia, la maravilla del mundo campesino que lo define para siempre, el ecosistema de rumores y comidillos del pueblo. Así nace. Así crece. Dice: «Fui lo que mi padre llamaba “un niño enclenque y atrevido”, un soñador triste, débil, flojo y audaz, un planisto decía mi padre, aludiendo a mis eternos proyectos fracasados, un ideador y un engendrador de cosas raras y malas».
Pero también hay belleza ahí. Es la de la postal atesorada de la infancia, la de la epifanía donde la naturaleza se abre. Así lo vemos crecer, lo seguimos en el campo, mientras destellos de su familia y de la gente de Licantén se le cruzan en el racconto. La madre es silente y casi invisible, el padre va en franca caída. José Ignacio Díaz se va hundiendo mientras su hijo escribe de él. En 1897, según consigna Ferrero, es jefe de resguardos de aduanas cordilleranas en el sector de Curillingue, El Melao y Las Lástimas y en 1905 pasará a serlo en Lonquimay. En la mirada de su hijo, José Ignacio desciende de clase, hace malos negocios, acepta trabajos terribles, será explotado por un tal Exequiel Sariego.
A De Rokha, en la novela (y en su memoria) su padre lo llama Job. Su infancia transcurre en un paisaje que está cambiando, que está desapareciendo. Ese mundo es un lugar antiguo y violento, donde las rutinas de la vida en los pequeños pueblos se intercalan con las siluetas de personajes con los que el poeta se topa mientras crece, aprende a andar a caballo y a manejar un arma: campesinos, peones, dueños de fundo despóticos, curas lascivos, bandoleros, policías, asaltantes de caminos. Ahí, la figura de un tal Juan de Dios Alvarado cobra relevancia. Se trata de un tío, pariente metido en amores difíciles y hundido en cierta melancolía, que el niño sigue a la distancia y cuyas anécdotas usa para marcar el paso de los años, como si ese descenso también decretase el funcionamiento del tiempo. Enamorado de una tal Martita, Alvarado padece aquel abandono que solo puede existir en la provincia, el dolor sordo de un mundo donde parece haber desaparecido el tiempo y los días son iguales a otros.
Alvarado volverá varias veces en los libros del poeta, sobre todo en sus últimos años, cuando se dedique a una poesía campesina que será su versión de la historia secreta de Chile. Aparecerá como una de las voces de Genio del pueblo y su sombra tomará la forma de alguien atrapado por una melancolía mórbida y rural y casi invisible.
Cuando escribe sobre él y otros (el Rucio Caroca, ayudante de su padre, por ejemplo), el pasado toma la forma de una materia viva y como tal es confusa y violenta. La vida de su familia no es distinta de los hechos del acontecer diario de Licantén, del pequeño pero inmenso mundo de los pueblos y ciudades construidos a orillas del río Mataquito; está todo trenzado, es parte de una misma historia. Se trata de un mundo de relaciones íntimas en crisis, de secretos familiares, de parientes perdidos y aventuras procaces. De Rokha relata sus conflictos de clase, sus mitos campesinos, esas leyendas que solo pueden escucharse en la infancia y que vuelven como algo ominoso, terrible en su amenaza. Ahí no solo caben los padres, el abuelo y Alvarado, también están el cura y un montón de nombres más, los que registra consignando detalles, intrigas, amores y traiciones. Ya no habrá vuelta posible para el niño Job. En un momento, su padre se hará cargo del fundo Pocoa en Corinto y entonces Talca será el destino familiar, lugar donde está la posada de Lucho Contardo (otra figura que volverá después en su poesía) pero también la ciudad donde irá a la escuela básica.
Nunca abandonará este mundo. Juan de Luigi, crítico y amigo suyo, lo resumirá en la silueta que trazará del poeta en el prólogo de Idioma del mundo, a fines de la década del cincuenta. Dirá, en un retrato que aspiraba a ser sintético, que De Rokha era: «un gran huaso a caballo, con poncho, rebenque, sombrero con fiador, corvo y revólver a la cintura [...] Un huaso enamorado de la tierra porque la ha andado paso a paso, tranco a tranco; de lo que el campo produce ha comido su carne y le ha gustado, ha bebido sus vinos y los ha gustado, amado sus mujeres, peleado con sus hombres o estrechado sus manos con amistad».
En ese futuro lejano, Licantén sobrevivirá como una ciudad literaria de la que escribirá para conservarla, aferrándose a ella como otra casa fantasma. En esa novela, la lengua es el único territorio que le queda y existe como espesura, es el follaje de lo olvidado.
V
La escritura es un río que atraviesa el mundo: en los fragmentos manuscritos que conserva la Biblioteca Nacional de El Amigo Piedra podemos intuir cierta calma en la letra, con la que el poeta se lanza hacia atrás para poder narrarse a sí mismo y a su estirpe. La caligrafía de esos originales apenas vacila, no hace correcciones mientras avanza; las tachaduras parecen accidentales y la narración adquiere cierta claridad inesperada. Es como si al relatar su infancia en los años finales del siglo XIX, De Rokha no se permitiese dudar. Y aunque en ella el gesto autobiográfico no se distingue del ficcional, ambos comparten una remembranza cuya fluidez no evita el desvío.
Es el estilo rokhiano in nuce: la oración larga que se retuerce a sí misma, las emociones exageradas al borde de la parodia pero también de la conmoción, el dolor del mundo amplificado a una escala cósmica. La voz del poeta está ahí, es una entonación específica que cruza su obra. A De Rokha es bueno leerlo como si se lo estuviese escuchando. Lo podemos percibir en el modo en que hace las pausas en las enumeraciones; en cómo retiene el aire antes de ir adelante sin red, dispuesto a estrellarse contra todo mientras funda una genealogía o incendia la historia, que inventa para recordar lo que narra, al modo de un mito forjado en la noche que solo puede hablar con los ecos convocados desde la lejanía.
VI
«Talca es imperial. Talca es invernal. Talca es patronal y feudal para mi alma de niño de aldea», dice el poeta sobre la ciudad. Sus padres han comprado una casa en esa ciudad «amurallada y polvorienta» a pocas cuadras de la Escuela nº3 a la que asiste el niño Carlos y cuyo director es José Tomás Jara, padre del poeta Max Jara y primo hermano de Pedro Antonio González, uno de los escritores más importantes y populares del cambio de siglo.
Carlos Díaz Loyola apenas recuerda el lugar. No le importa. El aprendizaje está en otra parte, sigue otros caminos y busca otras cosas. A esas alturas había ya aprendido a disparar, iba y venía de las distintas destinaciones de su padre, y su vida transcurría entre Talca y el fundo Pocoa, que administraba do
