La salud de Diego. La verdadera historia

Nelson Castro

Fragmento

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Prólogo

“A mitad del andar de nuestra vida

perdido me encontré en selva oscura

porque la recta senda estaba extraviada”.

Dante Alighieri, Canto I, La Divina Comedia

Cuando Diego Armando Maradona deslumbró al mundo con su memorable gol a los ingleses, la droga ya había entrado en su vida. Pocos eran los que lo sabían. Debieron pasar algunos años para que esa triste realidad llegara a la esfera pública. No hubo ámbito que escapara al estrépito producido por esa noticia, que generó —como siempre— interminables polémicas pasionales. Lo que nadie imaginó, sin embargo, fue el laberinto de autodestrucción por el que, a partir de ese momento, transcurriría la existencia del Diez.

A la edad de 30 años, la mitad exacta de lo que sería su vida, el ídolo se encontró perdido en esa oscura selva de las adicciones de la que nunca pudo salir. No estaba tan lejano aquel mediodía del ٢٢ de junio de ١٩٨٦ cuando una multitud extasiada en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, y millones de personas frente a las pantallas de televisión, vieron cómo esa zurda dotada de una magia prodigiosa dejaba atrás a la mitad del equipo inglés y convertía, a los once minutos del segundo tiempo, ese gol inolvidable. Fue su momento de gloria.

No fue el primer deportista de elite —ni será el último— en sucumbir ante la tentación de las drogas que, como la manzana de Adán, en medio de ese olimpo al que los lleva el don quasi divino de sus talentos y habilidades, transforma sus vidas en un verdadero infierno.

El brasileño Manuel Francisco dos Santos, Garrincha, considerado por muchos como el mejor puntero derecho de la historia, padeció las adicciones al tabaco y al alcohol, y falleció en Río de Janeiro el 20 de enero de 1983 —a los 50 años— a causa de congestión pulmonar y pancreatitis ocurridas en un contexto de alcoholismo crónico.

El británico George Best, otro puntero derecho cuyo nombre apareció en la lista de los jugadores más grandes del mundo FIFA 10, fue adicto al alcohol, que le causó una cirrosis hepática por la cual debió someterse a un trasplante de hígado. Falleció en Londres a la edad de 59 años, el 25 de noviembre de 2005, debido a una infección provocada por una sobredosis de los inmunosupresores que tomaba para evitar el rechazo de su órgano trasplantado. Verdadera ironía del destino: quince años después, el 25 de noviembre de 2020, el inglés Paul Gascoigne, talentoso mediocampista que de tanto en tanto era noticia por aparecer en la vía pública ebrio y casi desnudo, debió abandonar la práctica del fútbol como resultado del deterioro producido por su adicción al alcohol.

No fue fácil hacer este libro sobre las enfermedades de Diego Armando Maradona. Varios colegas a los que mucho valoro contribuyeron a su génesis: Rodrigo Alegre, Sergio Farella, Cecilia Boufflet e Ignacio Ortelli.

Hubo que bucear en archivos no siempre disponibles. Hubo que reunir toda la información médica desde el comienzo hasta el final de la azarosa vida del Diez. Su historia clínica es un verdadero vademécum donde conviven las lesiones osteomusculares del principio de su carrera junto a las patologías producidas por sus adicciones. Fue adicto a la cocaína, al alcohol, a la comida y al sexo.

Maradona, además, fue un paciente muy difícil para la mayoría de los médicos que lo trataron en los momentos más dramáticos de su vida.

Habría sido imposible acometer este desafío si no hubiera contado con el trabajo descollante de Pablo Corso y Juan Manuel Lombardero, cuyos entusiasmo, pasión, nivel de información, rigurosidad, minuciosidad y perseverancia fueron fundamentales para encontrar documentos, ubicar protagonistas y chequear repetidamente datos clave de esta dramática historia. Así fue como, por ejemplo, Pablo rescató del olvido y contactó —poco antes de su fallecimiento— al doctor Roberto Paladino, que atendió a Maradona en sus comienzos, y Juan Manuel llegó al doctor Carlos Chaux, quien le realizó el bypass gástrico y contó cosas que aún no se sabían de aquellas dos operaciones. Fue este verdadero trabajo de equipo lo que permitió reconstruir con todo detalle el historial médico de Maradona y su circunstancia. Ha sido para mí un auténtico privilegio trabajar con ellos en estos meses intensos y apasionantes.

El lector encontrará una información médica profusa que fue chequeada con todas las fuentes de ese ámbito vinculadas al caso a lo largo de los años. Hemos buscado presentarla de una forma sencilla y explicativa, limitando los tecnicismos a lo mínimo e indispensable. Vaya el agradecimiento para todos los que dieron su testimonio on the record y para quienes lo hicieron off the record.

Intentamos hablar tanto con el doctor Leopoldo Luque como con la doctora Agustina Cosachov. de los dos aceptó.

Aunque todo lo escrito aquí es real, la historia que el lector está a punto de comenzar tiene ribetes novelescos y, por momentos, supera cualquier ficción imaginable, porque, a la inversa del camino del Dante en La Divina Comedia —que lo lleva del infierno al paraíso—, la vida de Maradona transcurrió por el camino de la droga y las adicciones, un infierno que lo destruyó.

Nelson Castro

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Capítulo 1

De Fiorito a cebollita

(1960-1975)

Primeros años. La familia y el sacrificio de los padres. Hacinados cerca de la quema. Pasos iniciales en el potrero y presentación en Los Cebollitas. Ganar kilos y masa muscular. La influencia de Francisco Cornejo. El doctor Paladino, “un fenómeno”. La primera lesión importante. “Una jeringa grande con una aguja enorme”.

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Es bárbaro recorrer el pasado cuando venís de muy abajo y sabés que todo lo que fuiste, sos o serás, es nada más que lucha.

Diego Maradona, Yo soy el Diego de la gente

Dalma y Diego —o Tota y Chitoro— tenían 13 años cuando se conocieron en una comparsa en el pueblo correntino de Esquina. Hija de Salvadora Cariolicci y de Román Edisto Franco, Dalma emigró a principios de los 50 a Villa Fiorito (Lomas de Zamora), casi una villa miseria, que sin embargo prometía posibilidades de progreso. La acompañó Ana, su hija mayor. Ya acomodada, convocó a Chitoro, hijo de Saturnino Maradona y Lucía Dora Vallejo. Lanchero y futbolista amateur de pegada violenta, se había quedado en el pueblo con Rita, la menor.

Hacia mitad de esa década, Diego empezó a trabajar en Tritumol, una empresa de molienda de huesos, de cuatro de la mañana a tres de la tarde. Ganaba poco y hacía todas las horas extra posibles. Tota se multiplicaba como ama de casa; tenía que levantarse a la madrugada para lavar los guardapolvos y las medias: no tenían de recambio.

Después de otras dos nenas (María Rosa y Elsa), tuvieron a su primer varón. La noche del sábado 29 de octubre de 1960, y a pesar de la panza de nueve meses, habían ido a un baile. El entretenimiento duró poco. Enseguida debieron salir a toda velocidad rumbo al Policlínico Gregorio Aráoz Alfaro, en Lanús, al que todos seguían llamando Hospital Evita. Con 31 años, Tota parió a Diego Armando Maradona, “Pelusa”, el domingo 30 a las 7:05. El nacimiento quedó registrado en el acta 1477.

Tras vivir en un par de casillas alquiladas, los Maradona llegaron a una casa chica en Azamor 523, cerca de la quema de Fiorito. Tenía —todavía tiene— paredes de material y techo de chapa. Una sala con piso de cemento alisado funcionaba como cocina y comedor, y las dos habitaciones tenían piso de ladrillo. La de los chicos medía dos por dos. Como llegaron a ser ocho (después de Diego nacieron Raúl, Hugo y Claudia), era medio metro cuadrado para cada uno. En vez de puertas, había cortinas hechas con bolsas de arpillera. Al fondo, un baño de madera. Adelante, un patio de tierra sobre una calle, también de tierra, con huellas de carro. “Llovía más adentro que afuera”, recordaría años después Diego, que también bromeaba al decir “yo nací en un barrio privado: privado de luz, de agua, de teléfono y de gas”. Era una vida de extremos: mucho calor en verano y mucho frío en invierno.

Cuando recién empezaba a caminar, el joven Maradona cayó al pozo ciego de la casa. “¡Sacá la cabeza de la mierda!”, lo conminó entonces su tío Cirilo, siempre de acuerdo con el hispano-británico. A los tres años pateó su primera pelota. Se la había regalado su primo Beto Zárate. Antes de irse a trabajar, Chitoro lo veía abrazándola mientras dormía. Aunque toda su familia era de Boca, Diego —admirador de Ricardo Bochini— se reconocería hasta bien entrada la adolescencia como hincha de Independiente.

La precariedad de Fiorito hizo que Diego empezara a entrenar antes de jugar. Todos los días iba hasta la única canilla de la cuadra con dos tachos de veinte litros, que habían sido de aceite YPF, y juntaba agua para cocinar, limpiar y bañarse. “Así empecé a hacer pesas”, rememoraría. En su biografía reconoce que “si se podía comer se comía, y si no, no”, aunque en otro pasaje asegura que nunca le faltó: “Por eso tenía buenas piernas, aunque era flaquito”.

A los seis años comenzó a patear la pelota en un potrero de tierra dura, en la zona conocida como Siete Canchitas. Sábado y domingo, bajo el rayo de sol de las dos de la tarde y hasta que se iba la luz. De lunes a viernes arrancaba a las cinco, cuando salía de la Escuela Remedios de Escalada, donde cursó hasta sexto grado, antes de pasarse a la San Martín, de Lomas, donde empezaría Comercial con la perspectiva de ser contador. En partidos que muchas veces se jugaban por plata, defendía los colores de Estrella Roja. En el poco tiempo libre que le quedaba, vendía barriletes con un amigo. Cuando podía, Chitoro le compraba zapatillas. Para su enojo, el hijo las rompía en tiempo récord. “Mi viejo me fajaba”, se sinceraría Diego años después. “Eran otros tiempos y eran otras costumbres”. El biógrafo Jimmy Burns, además, describe a Don Diego como un hombre de buena garganta para el vino.

* * *

Un día de marzo de 1969, su compañero de grado Gregorio “Goyo” Carrizo le preguntó si quería probarse en Argentinos Juniors. La tarde del sábado siguiente, mientras evaluaba sobre el pasto mojado de Parque Saavedra a los chicos de la categoría 60 para sumar a las inferiores, el entrenador Francisco Cornejo se maravilló con un “enano” de ocho años que dominaba la pelota como de los que había conocido. Más tarde lo recordaría “chiquito y flaquito”, callado, “un chico más de la villa con muchas ganas de jugar”. Con el permiso de sus padres, Diego se sumó al plantel y Cornejo rompió por primera vez la regla de no poner de titular a un jugador recién incorporado.

Hubiera sido imposible avanzar en esos primeros años sin el gran esfuerzo que hizo su familia. Cuando ya era un hombre de 54 años, Maradona hizo una sentida reivindicación:

Mi papá iba a trabajar a las cuatro de la mañana, todos los días. Yo me entrenaba miércoles y viernes, y recuerdo que los colectivos venían llenos porque la gente volvía de trabajar. No te iban a dar el asiento. Entonces, él se agarraba del pasamano y yo me metía ahí abajo. Se recostaba sobre mí y dormía tan profundamente que lo tenía que despertar yo. Como me siento orgulloso de mi mamá, que le dolía el estómago todas las noches para que nosotros pudiéramos comer. También me siento orgulloso de mi papá, quien siempre me dio la oportunidad de jugar al fútbol, pese a todas las dificultades del mundo. Había meses que tenía que ir a pedir plata para poder pagarme el colectivo para que yo pudiera entrenarme. La vida del futbolista no es fácil. Lo único que cuenta es la familia.

Cornejo quería que sus jugadores tuvieran un desarrollo armónico, una dieta equilibrada y un físico que les permitiera jugar y crecer. Con Diego hizo lo que hacía con la mayoría de ellos: llevarlos a una revisación con el doctor Roberto Paladino, médico del plantel de Huracán y de figuras del boxeo como Ringo Bonavena y —años después— Carlos Monzón. Era la primera vez que Maradona pisaba un consultorio privado. “No es como el hospital, don Francis”, decía sorprendido. Paladino, que atendía en el barrio porteño de Almagro, a los pacientes de Cornejo no les cobraba. Estaba convencido de que debían pagar solo quienes podían. “Cuando veo el físico de un deportista, sobre todo si es un pibe, lo primero que pienso es cómo mejorarlo. Cómo hacer para que sea más fuerte”, argumentaba.

“Póngamelo en forma a este pibe, ‘tordo’, que es un fenómeno”, pidió Cornejo. “Me insistía en que no era un malabarista, sino un jugador extraordinario, como que había visto”, decía Paladino. “Después lo comprobé en la cancha”. Aunque Cornejo aseguraba que aquella primera visita había sido una semana después de conocer a Diego, Paladino lo recordaba con 10 u 11 años. Sí coincidía en que “era bajo y chiquito, no había llegado a la edad de desarrollo”. De trato serio pero cercano, lo pesó, lo midió y lo revisó. “Es un pibe sano”, diagnosticó. “Le faltan peso y contextura física para jugar al fútbol en serio. Hay que hacerle ganar kilos y masa muscular”.

Aunque aclaraba que lo vio bien alimentado, Paladino puso manos a la obra enseguida. “Me dijo que solo comía carne esporádicamente. Tendría que haber consumido una mayor cantidad de proteínas. Lógicamente, lo que más había en su casa eran hidratos como las pastas. Le facilitamos todo para que el crecimiento fuera mejor”.

Esa tarde, Cornejo y Diego se fueron del consultorio con una muestra gratuita de suplementos vitamínicos y un recetario. “Aminoácidos, vitamina B12 y ciproheptadina”, precisó Paladino. Los primeros se encargan de generar proteínas; la segunda es indispensable para el funcionamiento del tejido nervioso y la maduración de los glóbulos rojos; la tercera es un antiserotoninérgico con propiedades antihistamínicas usado para abrir el apetito. “Dale esto y traémelo en dos meses”, indicó Paladino. Como el frasco se terminó en una semana, Tota y Chitoro empezaron a pagar la suplementación de su bolsillo: estaban convencidos de que Diego tenía futuro en el fútbol. Menos de un mes después, ya mostraba más energía en los entrenamientos. Cada dos o tres meses volvía al consultorio para confirmar, revisar o actualizar el tratamiento.

Aunque ya no recordaba los detalles, Paladino confirmó que la situación comenzó a mejorar: “Notaba que los cambios eran positivos, sobre todo en el desarrollo físico: Diego ganaba musculatura. Por supuesto, también colaboraba la parte física que él hacía en los entrenamientos”.

La fuerza y la resistencia se le volvieron insumos imprescindibles para enfrentar el rigor de los partidos, donde los rivales lo castigaban cada vez más. Maradona era la estrella indiscutida de Los Cebollitas, una máquina de ataque organizado, pelota al ras y habilidad indescifrable que llegó a ganar 136 partidos seguidos. El capitán y número 10 sobresalía —a pesar de sus 12 años— cuando lo ponían a jugar en categorías tres años mayores. Si las cosas iban mal, saltaba del banco a la cancha y casi siempre daba vuelta el resultado. Su desempeño sería crucial en la conquista de los torneos de Novena, Octava y Evita.

Maradona nunca se olvidó de Paladino, aclaró el médico. “En los años siguientes lo vi como amigo en varias oportunidades. Eran charlas de agradecimiento de él. Siempre me decía: ‘Tordo, un fenómeno, eh’”.

* * *

Nada detenía su sed de fútbol. Jugaba siempre y de cualquier manera. Un día, se le cayó y reventó en la calle un sifón que le habían pedido para el almuerzo. Con la sangre manando de un tajo enorme, en el hospital le pusieron siete puntos de sutura y le cubrieron toda la mano con una venda. Contra la recomendación de Cornejo, jugó todo el partido del día siguiente y le hizo cinco goles a Banfield.

Un sábado de 1971 los rivales lograron sacarlo de la cancha por primera vez. Tenía apenas 11 años. Fue en Ramos Mejía, contra el equipo del colegio Don Bosco. “Le habían puesto un grandote que le llevaba como dos cabezas para que lo marcara”, relata Cornejo. Pero el Diez lo pasó durante todo el partido, hasta que a los diez minutos del segundo tiempo fueron a buscar una pelota dividida. “El grandote saltó con la pierna levantada y, cuando caía, le clavó, con la peor intención del mundo, los tapones en la pierna derecha, que Pelusa estaba usando de apoyo, a la altura de la rodilla […] Diego quedó tirado sobre el pasto, sin moverse, agarrándose la rodilla y llorando”, recordaba el entrenador. Aunque a esa altura se había acostumbrado, el dolor hizo que se le llenara la cara de lágrimas.

La rodilla se hinchó muy rápido. Cornejo y Chitoro acordaron que no pasara esos días en Fiorito; debía estar cerca de los médicos de Capital.

Pero al anochecer tenía 40 grados de fiebre y la pierna más hinchada. El primer médico que lo vio fue Mario Bortman, vinculado a Argentinos, quien le indicó un calmante. Diego tenía la pierna dura y la rodilla negra. Seguía con fiebre muy alta, estaba pálido y casi no hablaba. Cuando el doctor sacó “una jeringa grande que tenía una aguja enorme”, según recuerda Cornejo, pidió que lo sujetaran fuerte. Se la clavó arriba de la rodilla y empezó a extraer una sangre negra como aceite quemado. Diego respiraba con bufidos por la nariz. La rodilla se iba deshinchando, aunque seguía pálido y sin hablar. Lo vendaron desde la mitad del muslo hasta la pantorrilla, le recetaron antibióticos y ordenaron reposo.

Aunque la fiebre fue bajando, el golpe había sido tan duro que algunos dudaban de que Diego pudiera volver a jugar. Cornejo buscó una segunda opinión en el traumatólogo Arön David Fiszman, médico del plantel superior de Argentinos, que lo examinó en el vestuario. Lo vio bien. “Lo único que me preocupa es que se mueva mucho, porque este no tiene cara de hacer reposo”, advirtió. En el Hospital Israelita le colocó un yeso desde el muslo hasta el tobillo.

Hubo, incluso, una tercera opinión. La del propio Paladino, que recordó: “Era una distensión tendinosa, una tendinitis. Lo inmovilizaba un poco y caminaba con dificultad. Aunque seguía el tratamiento que le habían dado, sufrió mucho porque lo privaba de jugar”.

Le quitaron el yeso a los dieciocho días. Durante el tiempo en que no pudo estar en la cancha, se quedaba en un costado mirando con cara de sufrimiento. De vuelta en los entrenamientos, tenía miedo de pisar. Cornejo le trabajó la confianza. Cuando no se animaba a poner la pierna frente a los compañeros, lo trataba de “cagón”. Si lo veía bajoneado, lo llevaba aparte y le decía que iba a estar todo bien. Un mes después de que le sacaran el yeso, Diego era casi el de siempre.

Pero siguieron pegándole. Muchas veces, los golpes llegaban más cuando no tenía la pelota que cuando la tenía. Los rivales lo esperaban en escalera; si no lo agarraba el de adelante, lo volteaban los de atrás. En un partido contra Racing le dieron un codazo en la cara que lo dejó tres minutos en el suelo. Pero el sufrimiento traía enseñanzas. Los golpes, creía el descubridor, “lo ayudaron a anticipar aun más las jugadas, a resolver mejor en espacios reducidos, a agudizar todavía más su tremenda habilidad, sabiendo que no se trataba solamente de hacer pasar la pelota sino también de esquivar la pierna fuerte del defensor”. Esa mezcla de barro y sangre forjaría la leyenda.

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Capítulo 2

argentinos

(1976-1980)

Un cuerpo frágil ante las exigencias del profesionalismo.

Esa voluntad indomable. La primera pretemporada.

Una casa para toda la familia. Agasajos y “salidas especiales”. La optimización del físico y el asombro con su juego.

Japón 79. Accidente en la quinta de Moreno.

Primeras señales de alerta.

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Diego Maradona llegó al plantel superior de Argentinos Juniors diez días antes de cumplir los 16 años, contra la voluntad de Francis Cornejo, que pensaba que se estaban quemando etapas con extrema rapidez. El técnico Juan Carlos Montes le había echado el ojo y los dirigentes habían empezado a entrever el fenómeno. También el negocio.

En una época en que los clubes no solían tener kinesiólogo, en La Paternal incorporaron a Raúl Gismondi, compañero del doctor Arön Fiszman en el Hospital Israelita. “Le dijeron que estaba por subir un chico que era muy bueno y que iban a tener que armar equipos para viajar por todo el país”, explica su yerno Martín Petrelli, ex kinesiólogo de la Selección de José Pekerman. “Lo primero que vio es que Diego tenía deformidades articulares —probablemente interfalángicas— en todos los dedos de los pies. Era una patología de crecimiento conocida como ‘dedos en martillo’”. Se trata de dedos que se doblan sobre sí mismos por la flexión de la articulación del medio.

Para los parámetros de un futbolista profesional, esos pies “estaban como destruidos”, dice Petrelli. “Era común en los chicos que venían de barrios muy humildes, acostumbrados a usar siempre las mismas zapatillas o a que les quedaran chicas”. Maradona, asegura, jugó así durante toda su carrera: “Son cosas estructuradas, nunca se operó”.

El mediocampista Carlos Fren, otro jugador que había acercado Cornejo, encontró más debilidades en el físico del recién llegado: “Era un pibito, menudo y sin tanta musculatura. Después se fue haciendo más morrudo, con más caja y fuerza, gracias al entrenamiento”.

El doctor Fiszman, que lo había atendido cuando todavía era un Cebollita, se sorprendió con ese progreso. En la misma casa donde vivían entonces, cubierto con un tapabocas de Argentinos Juniors, lo confirma su hijo Marcelo: “Mi viejo decía que Diego era un toro. Siempre quería jugar, lesionado o infiltrado. Y siempre iba para adelante, a pesar de ser bajo y morrudito. Se cuidaba y entrenaba mucho”.

Marcelo muestra una foto de esos años: Maradona sobre una cancha de tierra, de pantalón y campera negra, sacando pecho y abrazando a un hombre mayor, calvo y de anteojos, en una pose de cariño y respeto. Diego, y a veces incluso sus hermanos, venían a hacerse atender a este mismo departamento.

Con el tiempo, Gismondi fue coincidiendo con el diagnóstico de Fiszman. “Muscularmente, Diego era un superdotado”, dice Petrelli, que también está a cargo de una diplomatura en Deporte en la UBA. “La cinturita, las piernas, en todo era superior al resto. Tenía tonicidad, buen volumen y fuerza muscular”.

El crack cursaba tercer año del Comercial y tenía edad de Séptima División —le faltaban diez días para cumplir 16 años— cuando debutó en Primera, el miércoles 20 de octubre de 1976. El cronista Miguel Ángel Bertolotto lo recuerda con la mirada vivaz y los rulos rebeldes, el cuerpo retacón pero fibroso bajo una camiseta que le quedaba demasiado grande. Atrevido, habilidoso, sutil y corajudo. Marcelo Fiszman, que gracias a su padre acompañaría a Diego en entrenamientos, concentraciones y viajes, también: “Tenía una porra terrible y una desfachatez para jugar enorme”.

Tres semanas después Maradona hizo sus primeros goles, como visitante de San Lorenzo de Mar del Plata. Mientras dormía en el micro, el médico del club lo miró de reojo y le susurró al secretario general, Alberto Pérez: “¿Sabe este chico lo que va a ser en el mundo?”. En la que se considera su primera entrevista, cuando el periodista Horacio Pagani le sugirió que podía ser peligroso llegar tan rápido, Diego respondió: “Sí, ya lo sé. Pero no me voy a marear. Lo digo en serio. Tengo mucha gente que me aconseja bien”.

* * *

Con miras a la temporada 77, dirigentes y cuerpo técnico de Argentinos Juniors empezaron a diagramar la lista de veintidós jugadores que irían a la pretemporada de Tandil. Cuando se estaba cerrando la nómina, Santiago de Vita —uno de los miembros de la comisión directiva— preguntó: “¿Y no quieren sumar a Dieguito?”. El entrenador Antonio D’Accorso dio el visto bueno y Maradona se hizo la revisación de rutina: radiografía de tórax, análisis de sangre y orina.

El preparador físico Carlos Kenny había regresado al oficio después de una impasse causada por razones familiares y económicas. Las escuelas le daban la estabilidad que no conseguía en el vértigo del fútbol de Primera, pero terminó seducido por el proyecto de Argentinos, que buscaba empezar de nuevo después de sufrir durante varias temporadas. Así lo recuerda desde su casa de Ramos Mejía: “Ni bien lo vi, me di cuenta de que había que ser muy torpe para no saber que estábamos frente a un jugador absolutamente distinto. Tenía un dominio de la técnica individual superior: manejaba y bajaba la pelota como quería. Su potencia física natural era asombrosa. Cuando arrancaba, era difícil pararlo”.

La primera pretemporada en la vida profesional de Maradona estuvo rodeada de calma. Un poco en broma y un poco para mantenerlos bajo control, D’Accorso y Kenny les decían a los jugadores que si querían salir de noche lo hicieran, pero que se cuidaran de las víboras que supuestamente se arrastraban por el parque, a 300 metros de la concentración en el Hotel Colonial.

En el doble turno preparativo para la competencia, el preparador físico se manejaba con la fórmula VARF (velocidad, agilidad, resistencia y fuerza) que había aprendido en el Instituto Nacional de Educación Física, al que apenas ingresaban cien aspirantes por año luego de rigurosas pruebas físicas, deportivas, culturales y psicológicas. “Nos imprimieron una marca que tenía que ver con valores, compromiso y juego limpio”, elogia Kenny, que recuerda a maestros como Adolfo Mogilevsky (con experiencia en la Selección) y Jorge Kisten­macher, que hacía hincapié en las prácticas matutinas, las concentraciones y los planes nutricionales.

La rutina de trabajo se diagramó desde esa escuela tradicional y moderna al mismo tiempo. Para evaluar la resistencia, sus jugadores corrían el clásico Test de Cooper: doce minutos alrededor de los cuatrocientos metros de una pista de atletismo. Aunque no estaba entre los punteros, Maradona superaba los tres mil metros, unos trescientos menos que los mejores. En cambio, se lucía en las pruebas de velocidad estilo shuttle run, una ida y vuelta entre dos líneas paralelas, que además considera la agilidad, la coordinación, la aceleración, la flexibilidad y el cambio de dirección. Kenny también lo recuerda como uno de los mejores en los tests de habilidad para saltar, que medían la diferencia entre la marca con tiza que el jugador hacía estando en cuclillas y la que dejaba al saltar.

El “profe” comparte otra foto —posiblemente de agosto del 78— que captura con precisión la pulsión física del Maradona de aquellos años. Con las piernas cruzadas y el torso vuelto hacia su derecha, el Diez está suspendido unos cuarenta y cinco grados por encima del suelo, los brazos extendidos y la mirada fija en una pelota que Kenny sostiene frente a él. Tiene los pómulos hinchados, la boca rígida y los ojos fijos en el balón: pura determinación. “Esa pelota era una medicine ball, grande como una de básquet, que podía pesar hasta cinco kilos. Hacíamos ese ejercicio para trabajar los músculos oblicuos de los abdominales, con cabezazos de ida y de vuelta, veinte veces por cada lateral. Diego andaba muy bien. Era un toro en el arranque y en la forma de encarar con el balón… El cuerpo respondía a todo lo que ordenaba el cerebro. Y tenía una mentalidad ganadora como pocos”.

El profesor recuerda y sigue sorprendiéndose: “La articulación del tobillo, sobre todo en la pierna zurda, parecía la aleta de un pez. Tenía muchísima ductilidad en los movimientos con la pelota al pie: le sacaba los mejores resultados”.

Como cuando se abrazaba a su juguete preferido en Fiorito, eran los años de un Diego sano y de un idilio puro con la pelota, cuando se obsesionaba pateando tiros libres después de los entrenamientos en las concentraciones del Hotel Internacional de Ezeiza.

“Le decíamos que ya estaba. Teníamos miedo de que se lesionara. Pero él seguía. Recorría todo el perímetro del área, haciendo treinta remates desde distintas distancias, que iban siempre al arco. Decía ‘le voy a pegar al travesaño’ y le pegaba, decía ‘la voy a meter al ángulo’ y la metía”.

El entrenamiento sin pelota “le costaba pero lo hacía —reconoce finalmente—. A él le gustaba tener la pelota en los pies”. Tiene grabada su mueca de fastidio un día que la lluvia suspendió la práctica de fútbol. Último en la fila que trotaba por Agronomía, mojado y embarrado hasta el cuello, masticando bronca por el partido frustrado.

* * *

Como cualquier argentino de la época, Diego tuvo que hacer el servicio militar a los 18 años. Pero, ya en esa época, Maradona —aun con el corte de pelo reglamentario— no era cualquier argentino, incluso en esa época. La dictadura, dice Kenny, lo exceptuó de la guardia, el encierro y la rutina sádica que solían sufrir los conscriptos. “Le tocaba unas dos veces por semana a la tarde. Un día iba a sacarse fotos a Casa de Gobierno; otro, a Campo de Mayo. Ese fue su servicio militar. Esas cosas te van dando la sensación de que sos distinto”.

“Ya entonces era un poco rebelde”, concede Marcelo Fiszman, que reconstruye un diálogo entre su padre y el jugador:

—Diego, vos vas a ser muy grande. Cuidate. Si podés, culturalizate. Estudiá algo.

—Doctor, ¿por qué no le va a dar consejos a sus hijos?

Con 16 años y cuatro meses, ese muchacho algo díscolo debutó en la Selección en un amistoso contra Hungría, el 27 de febrero de 1977. Argentina ganó 5-1 y él entró a los veinte minutos del segundo tiempo reemplazando a Leopoldo Luque, verdadera ironía del destino. Otro Leopoldo Luque aparecería en el final de su vida en circunstancias totalmente distintas. El partido se jugó en el estadio de Boca —La Bombonera—, donde el público lo recibió con una ovación, quizá la primera que recibió en la cancha del club de sus amores.

En otros aspectos, la vida de Maradona ya estaba cambiando. Las privaciones y los sacrificios de Villa Fiorito empezaban a quedar atrás. Se había mudado a un departamento en Villa del Parque (Argerich 2746), que el club alquiló para él, sus padres y sus cinco hermanos solteros. Ahí conoció a una vecina tímida que lo cautivó: Claudia Villafañe. Se le animó ocho meses después, en un primer baile a mediados de 1977, sobre la cancha de baby fútbol del Club Social y Deportivo Parque.

Después de firmar su primer vínculo profesional, el presidente Próspero Cónsoli le prometió que la prima del contrato sería una casa para la familia. “Tuvo la mejor idea del mundo”, recordaría el jugador años después. Desde el 6 de noviembre de 1978 y hasta fines de 1980, los Maradona vivieron en Lascano 2257, a cuatro cuadras del estadio de Argentinos Juniors. La casa, que hoy funciona como museo, tenía pisos de pinotea, un living, una habitación donde dormían las tres hermanas menores, otra más chica para Raúl y Hugo, y una cocina con mesa de fórmica. En el primer piso, la habitación de Diego: modesta pero privada.

“Estaba muy integrado al barrio, no se enclaustraba. Si veía que los muchachos jugaban a la pelota, salía a la calle y se metía. El fútbol era todo, aunque también era muy pegote con la familia, protector de los hermanos”, recordó el vecino Adolfo Melnik en 2017. “Todas las tardes nos sentábamos a hablar en el escalón. Le gustaban mucho las chicas, eh. Yo le decía: ‘Mirá, Claudia te conoció cuando recién arrancabas. Quiere decir que te quiere. Las otras te van a dar todos los besos que puedan, pero no son lo mismo’”, completaba el socio vcrvaio Alberto Leone.

Mientras tanto, acaso a su pesar, Maradona estaba convirtiéndose en una atracción global. El club capitalizaba a su estrella haciéndolo jugar amistosos entre semana en el interior. Siempre había un edecán o un empresario que lo invitaba a un agasajo y conseguía la foto deseada. Gracias a él, Argentinos ingresó a los torneos de verano que Mar del Plata reservaba a los grandes.

“Un día [su representante, Jorge] Cyterszpiler nos dice que lo necesitaba esa noche para ir al puerto”, recuerda Kenny. “Le pagaron cinco mil dólares”. Hubo otras “salidas especiales”, como la inauguración de un boliche en Chile junto a su compañero Adrián Domenech. “La noche y las mujeres le gustaron siempre. Cuando alguna le bajaba las pestañas, él arremetía. Para bien o para mal, se terminaba haciendo lo que decía. Nadie lo podía llevar de las narices. La sociedad lo elogiaba cada vez más y no había quién le marcara la cancha”.

* * *

A pesar de la rebeldía que empezaba a cimentarse —o quizá precisamente por eso—, Diego disfrutó de una de sus cumbres como futbolista en Argentinos Juniors. Buena parte de los que lo vieron jugar aseguran que fue su mejor etapa. El club había logrado retenerlo pese al interés concreto de varias instituciones, entre ellas Boca, Barcelona y el Sheffield inglés. Maradona tuvo conflictos por reclamarles compensaciones a los dirigentes a causa de esas pérdidas económicas. Aun así, lograron contenerlo, en buena medida gracias a un acuerdo de esponsorización con la aerolínea Austral.

Con la camiseta de los Bichitos Colorados, la figura del fútbol argentino terminaría siendo goleador de cinco campeonatos locales consecutivos, desde 1978 hasta 1980, con 116 tantos en 166 partidos. Era joven, quería jugar siempre, tenía un físico imparable y una capacidad de recuperación asombrosa. Con una media de setenta partidos por año, recién sufrió su primera lesión “oficial” el 7 de septiembre de 1977, después de una marca dura en el 1-1 contra Racing en La Paternal. Estuvo quince días inactivo y se perdió dos partidos.

En el medio de su campaña en Argentinos, llegó la primera consagración en el seleccionado. El campeonato mundial juvenil en Japón 79 lo mostró en una gran versión —aun con los jugadores perdiendo dos kilos por partido debido al calor de Tokio— bajo la conducción de César Luis Menotti, el mismo al que había repudiado cuando lo dejó afuera de los convocados a la Copa del Mundo disputada el año anterior. El Diez, sin embargo, terminó aquel año con un susto grande. La tarde del 24 de diciembre, resbaló y cayó a la pileta de natación (otra versión indicaba que directamente se tiró, sin saber que estaba vacía) en su quinta de Moreno. Podría haber sido gravísimo, pero apenas sufrió contusiones, un corte y mareos. Aunque lo trasladaron al hospital, a las pocas horas ya estaba marcando ocho goles en un partido informal.

Más allá de las patadas, los imponderables y los guiños del azar, su físico se mantuvo pleno: apenas alguna distensión o un desgarro que no solía dejarlo fuera de la cancha más de dos partidos. “Con el tiempo fue teniendo más lesiones, por ejemplo, en los tobillos”, explica Kenny. “Cuando lo agarraban —lo que no era fácil— le pegaban duro. Una vez jugó sin la uña del dedo grande en un partido en Colombia”. Raúl Madero, que se había sumado al staff de Argentinos en 1977, terminó de quitársela en el primer tiempo, y el jugador siguió igual.

El preparador físico se refiere al cuadrangular que Argentinos jugó en febrero de 1980 contra Deportivo Pereira, América y Deportivo Cali. Frente a ese primer rival, por culpa de un pisotón, “Diego tenía el dedo gordo del pie derecho inflamado, a la miseria, parecía una morcilla, imposible jugar”, según el recuerdo del entonces entrenador Miguel Ángel “Zurdo” López. Sin embargo, hizo tres goles. Cuando promediaba el segundo tiempo eludió a cuatro rivales, amagó en el área, enganchó y quedó frente al arco. La definición fue exquisita: otro amague de tiro al segundo palo, que finalmente se concretó como un toque corto al primero. Durante mucho tiempo, Maradona lo calificaría como el mejor de su carrera. En esa gira aceptó cenar en una pizzería con Miguel Rodríguez Orejuela, dirigente del América y fundador del Cartel de Cali, que le ofreció un sueldo de 500 mil dólares mensuales con vistas a la Copa Libertadores. La gerenta administrativa, Beatriz Uribe de Borrero, completó la oferta con “un costoso carro blanco”. Diego pidió el doble de sueldo y confesó que quería irse de la Argentina, pero Cyterszpiler avisó más tarde que desistían de la operación.

El 11 de marzo Maradona jugó por primera vez al otro lado de la Cordillera —contra Colo-Colo— en el Estadio Nacional, ante más de 65 mil personas. Los periodistas de la TV chilena, que con 19 años ya lo calificaban como “astro del fútbol mundial”, se deslumbraron con su combinación única de habilidad y potencia física. Pero el partido terminó siendo de todo menos amistoso. Los rivales estaban decididos a demolerlo. Aunque su equipo ganaría 3-2, cuando faltaba apenas un minuto para el final, Leonel Herrera perdió la paciencia ante la habilidad incontenible del Diez, que así recordaba ese momento desde la casa de la calle Lascano:

Arranqué por el costado derecho y cuando iba a lanzar el centro vi dos botines que se me venían encima. Alcancé a frenar el movimiento de la zurda y así pude salvarme de que me cortara en dos. Igualmente, no pude evitar el golpe en la rodilla derecha. Sentí un dolor infernal. Creí que me había roto todo. Mirá… quise levantarme para pelear y no me pude mantener en pie.

Maradona se retorcía de dolor, llevándose el antebrazo izquierdo a la frente, aferrado a la camilla que lo sacó de la cancha. Terminó en la guardia del hospital de urgencias Posta Central, donde le colocaron un yeso desde el muslo hasta el tobillo en forma preventiva. Madero se lo quitó y se sorprendió por una recuperación que iba mejor de lo previsto, pero de todas formas recomendó reposo.

* * *

Ese mismo año, según algunos reportes, Maradona sufrió mononucleosis. Conocida como “la enfermedad del beso” (se transmite por la saliva), es provocada por el virus de Epstein-Barr, y sus síntomas más comunes son fatiga, fiebre y dolor de garganta; a veces se confunde con las anginas.

En agosto El Gráfico reconstruyó un episodio que concuerda en tiempo y lugar: después de brillar en el empate 2-2 contra Quilmes, el martes 12 Diego se levantó de la cama sintiéndose mal. En el espejo “su imagen ondulaba extrañamente y tuvo que llamar a su madre”. Tenía un dolor de cabeza que había pasado de leve a insoportable. La familia volvió a acudir al doctor Madero, que observó la evolución del cuadro: cuarenta grados de fiebre, decaimiento general, falta de apetito y abundante transpiración. Dos días después le hicieron una revisión general en el Hospital Italiano. Aunque no pudo trasladarse por sus propios medios, esa noche volvió a su casa.

Sin embargo, el viernes seguía mal. “Los análisis habían descartado la temida posibilidad de hepatitis, pero al no poder localizarse el virus se decidió internarlo”, precisa la revista. Entonces le diagnosticaron “angina virósica”. Esa tarde, Maradona fue internado en el Hospital Italiano. El cuadro “podría presentar complicaciones hepáticas”, arriesgaba Clarín. Había sido un pedido de Madero, ante la persistencia de la alta temperatura. El domingo se había confirmado “un cuadro anginoso consecuencia de un virus”. El jugador estaba de buen humor, pero pidió a las autoridades del hospital que rechazaran los llamados periodísticos. Al día siguiente le dieron el alta con la indicación de diez días de reposo, que empezó a cumplir en Moreno y continuó en la casa de Lascano.

Tenía “bronca de no poder estar jugando”, reveló en una entrevista, pero no quiso dar más precisiones de lo que estaba atravesando: “Es algo que va en mi intimidad”. Con la recomendación de evitar los esfuerzos, quería volver a jugar, pero sabía que tenía que cuidarse: “Me dijeron que puede ser algo crónico, y yo no quiero tener que estar parado seis meses por culpa de esto”. Fue la ausencia más prolongada de Maradona, que pese a perderse las fechas 36 (1-1 vs. Newell’s), 37 (4-2 vs. River) y 38 (4-1 vs. Tigre) terminó como goleador del campeonato. Argentinos fue subcampeón del Torneo Metropolitano 80 sin su figura, que también quedaría fuera de la primera fecha del Nacional.

Después de más de un mes, el regreso de Maradona —e

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