La Voluntad 1. El valor del cambio (1966 - 1969)

Martín Caparrós
Eduardo Alfredo Anguita

Fragmento

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sorpresas

Ya pasaron algo más de tres décadas desde que empezamos a pensarlo, y este libro nos sigue sorprendiendo. Nos sorprendió, primero, cuando descubrimos que las personas que entrevistábamos tenían tantas ganas de abrir puertas, tanta sed de contar. Nos sorprendió al ver cómo la época se hacía más y más rica, más compleja cuanto más la trabajábamos. Y nos sorprendió, por eso, cuando fuimos entendiendo que el volumen previsto no alcanzaría y notamos, con cierto desconcierto, cómo las páginas —virtuales— se acumulaban y terminaban convirtiéndose en aquellos tres tomos repletos de historias.

Nos sorprendió, entonces, que una editorial y un editor —Norma, Fernando Fagnani— confiaran en esos mamotretos. Y más nos sorprendió cuando salió a la calle y, pese a su aspecto disuasorio, gente quiso leerlo, prestarlo, robarlo, marcarlo, comentarlo. Y nos siguió sorprendiendo más tarde, cuando otra editorial y otros editores —Planeta, Ignacio Iraola, Paula Perez Alonso— lo volvieron a publicar en una edición conmemorativa de tres tomos que luego se convirtió en otra de cinco.

Si faltaba alguna sorpresa más, llegó en plena pandemia. Esta vez fue Ana Laura Pérez, editora de Penguin Random House, que cree en una nueva publicación.

En tantos años La Voluntad nunca dejó de sorprendernos: siempre estuvo en la calle y se volvió una de las formas en que jóvenes descubrieron y viejos recordaron unos tiempos que ahora regresaron al centro del debate. Y produjo, por fin, otra sorpresa: una rara comunidad, estrecha, tácita, entre sus protagonistas. A todos ellos, los «personajes de La Voluntad», que nos sorprendieron con su confianza y su entusiasmo, queremos volver a agradecer y dedicar estas páginas. Y muy especialmente a los que ya no están: Cacho El Kadri, Elvio Vitali, Felipe Alberti, Nicolás Casullo, Luis Venencio, Daniel Egea, Alejandro Ferreyra y Horacio González.

Exagerando, como siempre, Cacho, que en aquellos días salía de un infarto, dijo en la presentación del primer tomo que después de ver La Voluntad ya podía morirse tranquilo: que su vida estaba en alguna parte. Es, quizás, la función más amable, más entrañable de la historia. Ojalá haya sido un poco cierto.

E. A. – M. C.

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Los setenta, los noventa y este presente

por Eduardo Anguita

Corría 1994, hace como veintisiete años, cuando surgió la idea de escribir unos relatos sobre las huellas de haber emprendido la lucha armada. Sobre cómo había sido para muchos de los protagonistas de la militancia de los sesenta y setenta haberse involucrado en acciones de sabotaje, resistencia o acciones guerrilleras. Lo conversamos Martín y yo varias veces y, al menos para mí, era un desafío tanto narrativo como personal y psicológico: a los 17 me había incorporado al PRT-ERP y pocos años después caía preso por haber participado de la toma de un cuartel del Ejército. Era volver sobre las propias huellas en unos años donde campeaban ideas y valores poco menos que retrógrados. Eran tiempos donde los represores y los genocidas habían sido beneficiados por leyes impulsadas por Raúl Alfonsín y muchos de ellos fueron indultados por Carlos Menem.

En ese contexto fue que decidí aceptar el convite y nos pusimos a trabajar. Nos internamos en un camino que se fue ensanchando a medida que conversábamos con algunos de los protagonistas de aquellos años. Reducirlo a la lucha armada y a la juventud de los protagonistas era estrechar lo que podríamos llamar la investigación, o los temas a tratar. Pero era una marca de la época demasiado fuerte. Hicimos un muestreo de quiénes podían ser representativos de aquellos tiempos y empezamos con las entrevistas. No con la idea de transcribir sus dichos sino de tomar esas historias para contar, escena por escena, cuadro por cuadro, casi como si se hubiera tratado de una película. No alcanzaba con reproducir los imperativos morales que cualquier militante pudiera dar como motivo de su decisión de entregar las horas del día a cambio de nada y, más aún, la posibilidad cierta de perder la vida. Importaban las pequeñas cosas, incluso las de aspecto banal, aquellas que pudieran poner de relieve la singularidad de cada vida y los matices genuinos que, en definitiva, pudieran componer una trama donde lo colectivo, el relato coral, no igualara lo distinto.

Con el correr del tiempo —sumando también algunos casos de gente militante que no hubiera apoyado la lucha armada—, el recorrido de aquellos años permitía recrear el despelote de ideas, propuestas, adhesiones, marchas y contramarchas del país, de las organizaciones, de «la generación», como solía atribuirse a la lucha de esos años. Lo de una lucha generacional no dejaba de ser una hipocresía: hubo miles y miles de jóvenes que no tuvieron nada que ver con la guerrilla, ni con el socialismo, ni con el peronismo revolucionario y, más allá del juicio de valor que le merezca a cada uno, la política y la resistencia a las dictaduras no eran patrimonio de toda la juventud.

La singularidad de las historias, entonces, podía resultar de algún modo representativa de lo vivido por otros. Sin embargo, valen porque son irrepetibles. Curiosamente son más repetibles las lecturas, las interpretaciones y reinterpretaciones que se hacen de los textos que los acontecimientos que cada cual vivió y vive.

En aquellos sesenta y setenta, hubo protagonistas que habían sobrevivido a las peleas de la resistencia peronista o a otras experiencias de lucha. Y que, como quienes militaron en las organizaciones armadas, fueron cambiando de ideas, de agrupaciones, incluso mudándose a otras que resultaban giros de 180 grados, vistos con la mirada de aquellos años. No pocos de los que estaban hermanados se trataban luego de traidores y, un tiempo después, se hermanaban porque creían que los nuevos tiempos requerían nuevos alineamientos. Otros, en cambio, creyeron —o creen— que no deben buscarse pretextos y es preciso seguir con las ideas y las convicciones originales.

Había de todo, como en botica, para emprender la búsqueda, para hacerse preguntas y, sobre todo, para escuchar y tratar de narrarlo. Eso, al menos para mí, resultaba atractivo y me daba oxígeno: era una manera de sortear la inevitable frustración de la derrota, los compañeros desaparecidos o muertos, las familias diezmadas. Y el bajón, además, de toparse con ese relato, en boca de tanta gente, de que fulano o mengana estaba desaparecido por haber figurado en una agenda.

El trabajo nos llevó bastante tiempo, más de tres años desde el inicio hasta que salió el tercer tomo. Visto a la distancia, me queda una imagen muy fuerte de cuando empezamos a escribir las historias posteriores al golpe de Estado del 76. Porque, si no hubiéramos contado los inicios de las militancias y de las vidas de las más de veinte personas que componen el coro de La Voluntad, la frustración podría haberme llevado a una especie de parálisis. Trato de explicarlo: en casi todos los casos, los años iniciales de la militancia estaban poblados de momentos de felicidad, de esperanza, de logros. Habría sido quizás imposible —al menos para mí— entregarme a escribir la tragedia en pequeñas escenas. Los comienzos de las militancias de las personas que se sentaron horas y horas con nosotros fueron clave para marcar un ritmo, para que el relato respire, para enhebrar estilo. Sin eso, contar la tragedia hubiera sido distinto. Sobre todo porque en las páginas de La Voluntad no está la opinión de los autores ni la opinión de quienes fueron entrevistados, cuyas historias contamos. En todo caso, la opinión de los entrevistados fue la decisión de contarnos y la de los autores fue contarlas.

No fueron decisiones inocentes: en la Argentina hubo un intento de destruir por completo la determinación de cambiar un sistema social, político y económico profundamente injusto. No pocos siguen militando para esas horribles causas.

Una de las cosas que me da tranquilidad al respecto es que en estos textos se plasmó la subjetividad de los protagonistas y también las propuestas, programas y prácticas que buscaban cambiar el orden injusto de cosas que había y sigue habiendo en estas tierras.

Mucho de aquello puede ayudar a alumbrar cambios indispensables en la Argentina. Por eso, junto a las fotos de los imberbes y las chicas de aspecto adolescente, están el programa de la CGT de los Argentinos, o los proyectos de leyes de principios del gobierno de Héctor Cámpora que contemplaban cambios drásticos en los impuestos a tierras improductivas, al comercio exterior, el rol del Estado, el sistema financiero, la participación de los trabajadores en la producción y los salarios. Es decir, en estas páginas se complementan las vidas personales y el contexto del país y del mundo.

En cada época se dan situaciones y acontecimientos irrepetibles. En ese sentido, lo vivido en los años en los que se desarrolla La Voluntad es tremendamente singular en la historia de la Argentina y del resto de los países latinoamericanos donde hubo movimientos y luchas semejantes. Pero, al menos a mi juicio, la lucha por una sociedad justa así como por un orden político y moral íntegro interpela al presente.

Volver a esos años a través de la escritura, de la lectura, de recordar las músicas y las películas que se veían, pero también de las formas de participación social y política, es muy bueno. Tiene tragos amargos, demasiados dolores y pérdidas, pero ningún motivo legítimo para dar vuelta la página o quedarse con relatos canallas de los dos demonios o esas visiones naïves que pretenden embellecer todo; eso es un buen bálsamo para no pensar ni reconstruir las tensiones de aquellos años. Por ejemplo, todavía, para muchos es más fácil hablar de los crímenes de la dictadura que meterse en lo que fue el terrorismo de Estado con las Tres A. Y el hecho de que los militantes no hayan (hayamos) sido demonios no significa que todo fue maravilloso. La valentía y la honestidad pueden conjugarse para contar las cosas. Espero que estas páginas hayan estado a la altura de eso. Por los que no están y todavía las Madres y las Abuelas buscan. Por los que están y fueron parte de aquel entramado. Por los hijos y nietos que encuentran en estos y en tantos otros relatos algún retazo de la vida de sus padres y abuelos. Y también por cualquiera que desee internarse en la vida de los otros.

No sé si habrá más gente interesada hoy en rastrear historias de los setenta que cuando salieron las primeras ediciones de La Voluntad. Cada cual es libre de nutrirse de la historia de la manera que quiera o que pueda. Pero si hubiera que buscar parámetros para tiempos distintos, a fines de los noventa, las militancias pasadas nutrían la pelea contra la entrega menemista. Hoy no alcanza con decir que hay un proyecto nacional y con eso intentar dividir territorios entre propios y ajenos. La Argentina prepandemia ya resultaba de una desigualdad inimaginable. Las injusticias y desigualdades actuales aumentaron.

Si La Voluntad sirve para señalar las cosas que hay que cambiar, quien escribe estas líneas se sentirá conforme.

Agosto de 2021

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Lecturas de una historia

por Martín Caparrós

Queda dicho: ya pasaron veinticinco años. Casi treinta desde que empezamos a trabajar en este libro. Son pocos, treinta años, en términos históricos —pero la Argentina sabe sacarle al tiempo un jugo inesperado. Quizás estos treinta años no sirvieron para mucho; sí, sin duda, para con txt-dchar a quien decía que no hay nada más cambiante que el pasado.

Cuando empezamos a trabajar en este libro, en pleno menemismo, le pedí, entre otros, a un veterano de la izquierda peronista —mucho tiempo de militancia, mucho tiempo de cárcel— que me contara su historia para incluirla aquí. Él, entonces, se negó porque «lamentablemente, si uno quiere hacer política en la Argentina actual —dijo, y él quería— no puede hablar de esas cosas». Mucho después, en pleno kirchnerismo, lo vi en la Televisión Pública contando aquellas historias de lucha con lujo de detalles —y pensé que entonces ya podía decir que «si uno quiere hacer política en la Argentina actual, debe hablar de esas cosas».

El pasado, decíamos, cambia tanto. Los vaivenes de la historia de la militancia revolucionaria de los años sesenta y setenta —las lecturas posibles de La Voluntad— no escapan a esa regla. Al contrario: es uno de esos períodos cuyo recuerdo dura, insiste. La historia recuerda sobre todo esos momentos en que muchas personas deciden, de un modo u otro, que quieren algo tanto que están dispuestos a morir por eso: cuando la opción de la muerte entra en escena. Para bien o para mal —para bien y para mal— es algo que sucede muy de tanto en tanto: que generaciones enteras no conocen.

Esa historia recorrió, en sus inicios, tres fases bien distintas con un lugar común: las tres fueron escritas por los derrotados. Desde el principio —y durante mucho tiempo— los ricos argentinos, que conservaron su poder gracias a la intervención militar, tuvieron que aceptar —o quizás promover, como forma de depositar todas las culpas en un sector bien acotado— que esa intervención fuera demonizada y, así, la constitución del relato no quedó en manos de los que ganaron sino de los que perdimos. Hasta que llegó la fase actual, más compleja, más peleada.

Ya he intentado periodizar y definir esas fases. Quiero retomar —reproducir en parte— esos intentos. Las fechas y descripciones son, como suelen, esquemáticas, tan discutibles como todo el resto:

1977-1995: EL MILITANTE COMO VÍCTIMA. Cuando las primeras Madres de Plaza de Mayo empezaron a recorrer despachos y vicarías pidiendo por sus hijos, lo último que podían hacer era reconocer la militancia de esos jóvenes —que, además, en muchos casos ignoraban. Así que los presentaron como ingenuos que habían caído víctimas de la maldad extrema de un aluvión de perros sanguinarios.

Esta forma pasó a su vez a los organismos de derechos humanos y cristalizó en el Nunca Más: en ese texto, los secuestrados y asesinados son personas que no tienen historia previa, que solo se narran en la medida en que son secuestrados y asesinados. Por eso el discurso común empezó a llamarlos, colectivamente, los desaparecidos. En ese relato —que ya empezaba a llamarse LaMemoria— todo el acento estaba puesto en la maldad incomprensible de los malos; al disimular la elección política de los reprimidos, la versión diluía la finalidad política de la represión. La negación era también una defensa de los deudos: muchos seguían temiendo que si identificaban a las víctimas como militantes, justificaban —de algún modo— sus asesinatos. Era la forma progre, defensiva, del algo habrán hecho, por algo será. Cuando empezamos a trabajar en este libro todavía regía la idea del militante como víctima.

1996-2003: EL MILITANTE COMO MILITANTE. Frente a eso, algunos decíamos que recordar a esos hombres y mujeres como objeto de las decisiones de sus verdugos y no como sujetos de sus propias decisiones era un modo de «volver a desaparecer a los desaparecidos» —en la medida en que los privaba de su historia, los transformaba en otros. La Voluntad fue uno de los intentos de recuperar las historias de quienes hasta entonces solo habían sido víctimas; se empezó a saber más sobre sus vidas y sus esperanzas, y se empezó a aceptar que la mayoría de las víctimas de la dictadura lo fueron porque habían elegido pelear por una forma de sociedad radicalmente distinta de la que defendían los militares.

Esa nueva forma de LaMemoria permitió dar a esas historias un sentido más general —más político—, y permitió también recordar que los asesinos no mataban por perversión sino por preservar una forma social y económica, que triunfó y fue la base de la Argentina contemporánea. Eso era lo más difícil de aceptar: implicaba admitir que nuestro país es el que es porque aquellos militares derrotaron a aquellos militantes, que su dictadura no fue un paréntesis en nuestra historia sino la fundación de nuestra sociedad actual, que vivimos los resultados —¿los frutos?— de ese proceso, y que los triunfadores de hoy les deben en sus triunfos.

En esta etapa, de todas formas, quedó pendiente una discusión más seria y documentada sobre los proyectos y prácticas de los militantes revolucionarios, sus aciertos y errores.

2004-2010: el militante como héroe indefinido. Cuando llegaron al gobierno, los doctores Kirchner empezaron a reivindicar a los militantes setentistas como su referencia histórica, su precedente heroico. Para eso tuvieron que falsear esas historias: como no tenían ninguna intención de retomar las convicciones socialistas que habían llevado a esos hombres y mujeres a la muerte, los transformaron en unos raros activistas nacionalistas progres: revindicaron su militancia pero la vaciaron de su contenido y su proyecto. Los convirtieron en portaestandartes de un vaguísimo «cambio», de la búsqueda de una «sociedad mejor» —como si alguien buscara alguna vez una peor. Así, neutralizados, esos militantes podían ser usados como mito de origen de un gobierno que trataba de reconstruir el Estado burgués argentino para que pudiera funcionar dentro del capitalismo globalizado —y conservar su poder.

LaMemoria sirvió, durante este período, para justificar escaramuzas del gobierno contra otros sectores con los que estuvo aliado y después se peleó, como el Grupo Clarín. Con su estrategia, los Kirchner crearon una confusión fundamental: que con ellos los montoneros mandaban, que ese gobierno era la concreción de las voluntades de aquellos hombres y mujeres. Era sorprendente: cualquier comparación veloz de las ideas políticas de unos y otros muestra la diferencia abismal entre esos militantes que querían un mundo sin ricos y estos ricos empresarios que entienden la necesidad de cierta presencia del Estado, cierta asistencia social para mantener el statu quo, las diferencias, las injusticias brutas. Pero en una sociedad sin proyecto, donde cualquier posibilidad de construcción fue reemplazada por el pragmatismo más banal, la retórica puede ocupar el lugar de la política, y algunos intelectuales se conformaron con ese poco de oratoria y cerraron los ojos a la realidad que la rodeaba: se dejaron arrullar. Ellos ayudaron también a que el equívoco se difundiera y prosperara; por sus grietas se filtró la última fase de LaMemoria.

2010: el militante como monto patotero. Fue la primera escrita por los vencedores: una novedad que compite y se complementa con la anterior. La apropiación kirchnerista de aquella historia catalizó el cambio incipiente en las formas de pensar la militancia de los sesenta y setenta. La identificación entre este presente y ese pasado permite a los portavoces de la derecha revisar las formas predominantes de LaMemoria. El carácter intocable, casi sacralizado, de aquellas víctimas se deshizo al convertirlas en peones de la retórica política actual.

Así, la idea del kirchnerismo como heredero de los setenta facilitó dos reescrituras concurrentes de esta historia. Una que retoma, gracias a la guerrillitita dialéctica de estos años, la noción de que aquellos militantes eran más que nada violentos: una crítica moral que vuelve a poner todo el acento de aquella historia en la violencia, ninguno en la política. A los diversos conservadores argentinos les conviene una versión en que la violencia sea la única forma en que se manifiesta la voluntad de cambio real, para demonizar esa voluntad —en nombre de la paz y de la democracia. Y otra que dice, en síntesis, que si esto era lo que aquellos militantes querían hacer, menos mal que perdieron: que «ahora que gobiernan, miren lo que hacen». Durante años la presión social obligó a la derecha argentina a aceptar esa imagen del joven bien intencionado que murió por sus convicciones; gracias a los desaguisados kirchneristas sintieron que podían relanzar la imagen de la militancia setentista que sus medios y su propaganda armaron en 1975 para justificar la matanza: los militantes como seres violentos, peligrosos, falsos, resentidos, llenos de odio y codicia, que merecían lo que estaba por pasarles. Es el opuesto simétrico —parejamente falso— de la versión angélica de los primeros años. Cuando ya parecía imposible, los sectores que ganaron, con el golpe de 1976, la batalla social, económica y política, lanzaron su contraataque cultural para controlar también las formas de LaMemoria. En esta nueva imagen (re)emergente, los montoneros de ayer se parecen a los gobernantes de hoy: falaces, autoritarios, autorreferentes, gritan consignas justicieras mientras hacen cosas muy distintas —y vuelven a ser, por lo tanto, un blanco fácil. Por eso creo que el kirchnerismo ha vuelto, de otro modo, a desaparecer a los desaparecidos. En ese contexto se publica esta nueva edición de La Voluntad. Ojalá sirva para contribuir a deshacer esta confusión, aclarar las diferencias, repensar las lecturas: debatir.

Agosto de 2021

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La Voluntad es un intento de reconstrucción histórica de la militancia política en la Argentina en los años sesenta y setenta. Y, también, la tentativa de ofrecer un panorama general de la cultura y la vida en esos años. La Voluntad es la historia de una cantidad de personas, muy distintas entre sí, que decidieron arriesgar todo lo que tenían para construir una sociedad que consideraban más justa.

Elegimos las historias que la componen para que ofrecieran un cuadro de las corrientes y espacios sociales de la época. La elección siempre se puede discutir; por otro lado, no todos los que contactamos quisieron dar su testimonio. Pero creemos que la veintena de relatos que se cruzan en su trama muestran cómo era la vida cotidiana, los intereses, odios, convicciones, objetivos, miedos y satisfacciones de los que eligieron ese camino.

La Voluntad es el resultado de años de trabajo. Para escribirla, hicimos unas veinticinco entrevistas de muchas horas cada una y revisamos numerosos archivos. Pero el libro, sin duda, está incompleto. Hay muchas cosas que todavía no se pueden contar en la Argentina contemporánea. O que no se pueden saber, porque sus protagonistas están muertos.

Esas cosas, por supuesto, forman parte importante de este libro. Pero hay mucho que sí se puede contar, aunque hasta ahora muy pocos lo hayan hecho. Todo lo que se relata aquí es, hasta donde sabemos, cierto, y ha sido chequeado cuidadosamente. Solo fueron cambiados unos pocos nombres, en situaciones que no se alteran por eso. El resto es historia.

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A Matilde Vara,

desaparecida el 24 de julio de 1978:

en su memoria

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UNO

La marcha, por fin, dejó paso a las palabras:

—Nos dirigimos al pueblo de la República en nombre del Ejército, la Armada Nacional y la Fuerza Aérea con el objeto de informar sobre las causas de la Revolución Argentina. El gobierno que acaba de ser sustituido...

La voz del mayor Ramón Camps, ayudante del general Pascual Pistarini en la comandancia en jefe del Ejército, sonaba enérgica, pero la noticia no sorprendió a nadie. Las palabras de la radio se ensuciaban con chirridos de fondo. Eran más de las once de la mañana del martes 28 de junio de 1966, y en la calle hacía frío. En el cuartito de celadores de tercer año, en el último piso del Colegio Nacional de Buenos Aires, también hacía frío. En esos días, el gobierno de Arturo Illia se había ido desarmando de a poco; en esos días, todos comentaban lo que estaba por pasar como si ya hubiera pasado.

—La división de los argentinos y la existencia de rígidas estructuras políticas y económicas anacrónicas aniquilan y obstruyen el esfuerzo de la comunidad. Hoy, como en todas las etapas decisivas de nuestra historia, las fuerzas armadas, interpretando el más alto interés común, asumen la responsabilidad irrenunciable de asegurar la unión nacional y posibilitar el bienestar general…

Graciela Daleo no había ido al Buenos Aires porque, aunque lo habían hecho mixto, ese colegio era cosa de hombres. Por eso, cuando terminó la primaria, sus padres ni pensaron en que dejara el colegio de monjas para seguir los pasos de su hermano mayor, que estaba haciendo segundo año en el Nacional. Sin embargo, cuando salió del secundario y se anotó en Sociología, tuvo que cursar un par de materias en los venerables claustros de la calle Bolívar. Esa mañana, al ir para su clase, Graciela Daleo había cruzado la Plaza de Mayo: en la recova del Cabildo los Patricios mantenían su plumaje habitual, pero el resto de la plaza estaba ocupado por tropas del Regimiento 3 de Infantería en uniforme de fajina. Había tanquetas y ametralladoras desplegadas.

El profesor no llegaba. Graciela estaba con su amiga Beatriz y empezaron a impacientarse. Su hermano, que ya estudiaba Ciencias Exactas, era celador en el colegio; las dos amigas decidieron ir a verlo, por si sabía algo más. Lo encontraron en el cuarto de celadores del claustro de tercero, escuchando la radio. La pieza era chiquita, oscura, y había un retrato de Belgrano; la radio era una Spica de otro celador, rubio, de ojos celestes. El celador comentó que le había costado conseguir pilas, que no había pilas en toda la ciudad. El celador se llamaba Sampayo y gritaba que por fin, que de una vez por todos los militares se habían decidido a hacer lo que tenían que hacer y terminar con la tortuga Illia. Sampayo tenía un traje azul impecable y mocasines marrones de Guido, doble suela: Graciela lo miraba sorprendida y no entendía por qué ese muchacho tan buen mozo decía semejantes cosas. Ella lo conocía y sabía que, además, era un buen cristiano. Pensó en contestarle pero no supo qué. Su hermano se callaba la boca. Graciela, vagamente, supuso que algo estaba empezando, y trató de imaginar en qué cambiaría su vida con la novedad. En la radio, la proclama seguía.

—Para ello era indispensable eliminar la falacia de una legalidad formal y estéril, bajo cuyo amparo se ejecutó una política de división y enfrentamiento que hizo ilusoria la posibilidad del esfuerzo conjunto y renunció a la autoridad de tal suerte que las fuerzas armadas, más que sustituir a un poder, vienen a ocupar un vacío de tal autoridad y conducción antes de que decaiga para siempre la dignidad argentina…

Todo estaba sucediendo como lo habían previsto muchos. La revista Con txt-dchado lo había relatado varios meses antes, en su edición del 23 de diciembre de 1965: «El 1º de julio de 1966, a las ocho de la mañana, luego del anuncio —formulado por radio— algunos camiones del Ejército estaban detenidos con tropas, en los puntos estratégicos del centro, frente a las estaciones de ferrocarril y a la puerta de los principales edificios públicos. La Gendarmería Nacional había cortado los accesos a Plaza de Mayo. El último habitante radical de la Casa Rosada se había retirado tranquilamente a las siete de la mañana. A las once, los comunicados fueron reemplazados por una proclama que decía: “Frente a la ineficacia de un gobierno que, luego de estancar al país lo ha llevado a la más grave crisis económica y financiera de su historia, promoviendo el caos social y quebrantando la solidaridad nacional, las fuerzas armadas se han hecho cargo del poder para asegurar la existencia misma de la Nación. Un prestigioso jefe, retirado desde hace algunos meses del servicio activo, ha sido invitado por las autoridades militares para ocupar la jefatura del Estado...”». La realidad, ese 28 de junio, se había adaptado al pronóstico.

El presidente Arturo Illia había sido elegido en 1963 con el 25,1 por ciento de los votos, gracias a la proscripción del peronismo; ya en 1964 algunos militares empezaron a conspirar contra él. Uno de los grupos estaba orientado por el general Julio Alsogaray, entonces director de Gendarmería. Como el general Juan Carlos Onganía, comandante en jefe del Ejército, le dijo que «por el momento no concretaran nada y que mantuvieran su actividad al margen de la institución», las reuniones siguieron en casas de civiles; entre ellas, la del hermano del general, el ingeniero Álvaro Alsogaray.

Pero en esos dos años, la situación se había precipitado. El gobierno radical estaba desgastado por las protestas sindicales y por las críticas de las grandes centrales empresarias que reclamaban una liberalización de la economía. Los planes de lucha de la Confederación General del Trabajo (CGT), con reivindicaciones salariales y políticas, habían provocado malestar en las corporaciones empresarias y en las fuerzas armadas, que acusaban al gobierno radical de no reprimirlos con firmeza. Las grandes empresas también se quejaban por la caída de las reservas del Banco Central y se oponían al control de cambios que frenaba el aumento del dólar oficial. Y protestaban por el control de precios que trataba de frenar la inflación.

El capital transnacional se quejaba de las medidas «de corte estatista». Uno de sus principales caballitos de batalla era que gobierno radical había anulado los contratos petroleros txt-dchados durante la presidencia de Arturo Frondizi —que permitían un rol más activo de las empresas extranjeras en detrimento de la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF)— y había limitado la salida de capitales. La anulación de contratos petroleros había traído como consecuencia la sanción de organismos financieros internacionales y se había desalentado la inversión externa. Por otro lado, Illia se había ganado enemistad furiosa de los grandes laboratorios farmacéuticos con la Ley Oñativia, que regulaba los precios de los medicamentos y creaba comisiones fiscalizadoras de los costos y la calidad de los productos. Los grandes laboratorios no las aceptaron. En cambio, empezaron a publicar solicitadas contra Illia y a tejer alianzas para que desaparecieran los controles del Estado.

En junio de 1966, hacía meses que la campaña no tenía respiros. Públicamente, se basaba en la acusación de ineficiencia del gobierno: el presidente Illia era presentado como una tortuga incapaz de tomar «las decisiones que el país necesitaba».

Después de una semana de tensión, al final de la tarde del lunes 27, el secretario de Guerra de Illia leyó un comunicado por el que destituía al general Pistarini, comandante en jefe del Ejército y cabeza de la conspiración, y reasumía el comando del arma; poco más tarde, el Ejército lanzó otro comunicado diciendo que la orden presidencial «carecía completamente de valor». Durante la noche el coronel D’Elía, jefe de los Granaderos, le había ofrecido a Illia el apoyo de su cuerpo:

—Gracias, coronel. Pero no quiero derramamientos de sangre.

Le dijo Illia, y lo despidió con un apretón de manos. Hacia las siete de la mañana del martes 28 se presentó en la Casa Rosada el general Alsogaray acompañado por los coroneles Prémoli y Perlinger. Iban desarmados pero los respaldaban las tropas en la calle y una compañía de la Policía Federal. Illia estaba en su despacho, rodeado por sus hijos, su yerno y dos docenas de colaboradores. Estaba autografiando fotos suyas y se las repartía. Todos simularon ignorar a los militares. La luz entraba gris por las ventanas y se mezclaba con las lámparas que nadie había apagado. Alsogaray intentó su tono más marcial:

—Doctor Illia, suspenda un momento, por favor.

El Presidente no le hizo caso y el militar agarró la pila de fotos. Por un momento, los dos forcejearon por encima del escritorio. El general se cuadró y le dijo:

—Doctor Illia, le vengo a pedir su renuncia en nombre de los comandantes en jefe.

Arturo Illia se sentó y se tomó su tiempo. Estaba encorvado y ojeroso. Las caricaturas solían mostrarlo como un hombre irresoluto, cansino, pero esos eran sus últimos minutos de poder y quizás quisiera disfrutarlos:

—Pero, general, usted no puede hacer esto. El pueblo les confía las armas para que ustedes protejan las instituciones y garanticen su libertad, y van a traicionarlo una vez más. ¿Me comprende?

Alsogaray le dijo que lo comprendía como quien tolera la rabieta de un chico que igual va a tener que irse a la cama.

—¿Desea trasladarse a la residencia de Olivos o a otro lado?

—Pero, general, ¿cómo me puede decir esto? A ustedes no les asiste ningún derecho. ¿Qué me puede importar adónde voy a ir? Lo que importa es el pueblo y ustedes lo están avasallando...

El general se estaba cansando. Se acercó al Presidente e hizo ademán de agarrarlo del brazo.

—Doctor Illia, usted me obliga a emplear un medio que no deseaba de ninguna manera; lo lamento…

Gustavo Soler, el yerno de Illia, quiso interponerse; el coronel Perlinger lo paró con un empujón. El general llamó a los policías, que avanzaron en uniforme de fajina, con bastones y pistolas lanzagases. Algunos de los colaboradores de Illia trataban de resistirse, pero los policías siguieron adelante. El Presidente les gritaba, casi desaforado:

—¡Ustedes son unos vendidos, sirven a cualquier dictadura y no son capaces de defender a un gobierno democrático!

Minutos después, la compañía policial había desalojado a todo el mundo.

«Por eso, en este trascendental e histórico acto, la Junta Revolucionaria constituida por los Comandantes en Jefe de las tres Fuerzas Armadas de la Patria, han resuelto:

»1. Destituir de sus cargos al actual presidente y vicepresidente de la República y a los gobernadores y vicegobernadores de todas las provincias.

»2. Disolver el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales.

»3. Separar de sus cargos a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y al procurador general de la Nación.

»4. Designar de inmediato a los nuevos miembros de la Corte Suprema de Justicia y al procurador general de la Nación.

»5. Disolver todos los partidos políticos del país.

»6. Poner en vigencia el estatuto de la Revolución.

»7. Fijar los objetivos políticos de la Nación (fines revolucionarios).

»Asimismo, en nombre de las Fuerzas Armadas de la Nación anunciamos que ejercerá el cargo de presidente de la República Argentina el señor teniente general Juan Carlos Onganía, quien prestará juramento de práctica en cuanto se adopten los recaudos necesarios para organizar tan trascendental ceremonia.

»Nadie más que la Nación entera es la destinataria de este hecho, que ampara a todos los ciudadanos por igual, sin otras exclusiones que cualquier clase de extremismos, siempre repugnantes a nuestra acendrada vocación de libertad. Hace ya mucho que los habitantes de esta tierra bendita no nos reconocemos por nuestro propio nombre: argentinos.

»Unámonos alrededor de los grandes principios de nuestra tradición occidental y cristiana que no hace muchos años hizo de nuestra patria el orgullo de América e invocando la protección de Dios iniciemos todos juntos la marcha hacia el encuentro del gran destino argentino.

»Que así sea».

Terminó diciendo, marcial, la voz del mayor Ramón Camps en todas las emisoras de radio y televisión del país, unificadas en la cadena nacional.

Los golpes de Estado no eran algo raro. Desde 1930 había habido muchos, pero solían presentarse como una interrupción: las fuerzas armadas detectaban un supuesto «vacío de poder» y lo ocupaban con el propósito supuesto de volver a llamar a elecciones y reponer el orden constitucional. La legitimidad seguía estando en la Constitución. El golpe de Onganía no fue así: los militares presentaron un proyecto de país y decidieron que, para ponerlo en marcha, se quedarían en el poder el tiempo necesario. Era un planteo nuevo. Y buscaba su legitimidad en la validez de sus objetivos. Compartía con otro tipo de revoluciones esa característica de creer y proclamar que la grandeza de sus fines alcanzaba para justificar el empleo de cualquier medio. En realidad, era una idea muy difundida en esos días —no solo entre la izquierda—, como cada vez que un sector social supone que aquello que propone es tan importante, está tan de acuerdo con el sentido de la historia, o las verdades últimas de la religión o la filosofía, que hay que ponerlo en marcha como sea. Así empezó, el 28 de junio de 1966, la Revolución Argentina.

Graciela Daleo había nacido en 1948 en Huanguelén, al sur de la provincia de Buenos Aires. Su padre era el hijo de un inmigrante siciliano que había trabajado en la construcción del ferrocarril y de una napolitana enérgica. Su madre era hija de inmigrantes gallegos que se habían establecido en la Capital y llego a estudiar Odontología, en una época en que las mujeres no hacían esas cosas. Cuando se recibió, la madre de Graciela fue a instalarse a Huanguelén, donde no había dentista, y allí conoció al señor Daleo. En ese entonces, el señor era un militante conservador que trabajaba en la municipalidad y se gastaba sus ahorros en casimires ingleses; gran defensor del fraude patriótico, organizaba, cada vez que había elecciones, el locro y el vino que se les daba a los peones antes de llevarlos a votar por el caudillo de la zona. En 1945, el señor Daleo era el delegado municipal de Huanguelén; cuando el peronismo llegó al gobierno trató de ganarse a estos punteros pueblerinos para armar su estructura en la provincia, pero el señor Daleo se negó y, a los pocos años, la familia emigró a la Capital. Fue a mediados de 1948, cuando Graciela era un bebé.

En Buenos Aires, la familia se instaló en una casa grande y vieja del barrio de Floresta, que había sido de los abuelos maternos, con padre, madre, hermano, tía, tía abuela y una mucama que se llamaba Liberata. Liberata era zamba, correntina y peronista, y los chicos Daleo dormían con un retrato de Eva Perón bajo la almohada.

El día que murió Eva Perón, el señor Daleo apareció en la cocina con una corbata plateada que parecía la de los casamientos. Graciela tenía cuatro años y le preguntó si iba a una fiesta; su padre le dijo que tenía que ir al velorio de esa mujer: era probable que para él fuese una fiesta. Pero en los años siguientes, cada 26 de julio, Liberata llevaba a los dos hermanos a ponerle flores a Evita en un altarcito que le habían hecho en una terminal de tranvías a pocas cuadras de su casa. El Quique, un vecino que ya debía tener diez años, les decía que Perón era un demagogo. Graciela le decía que Perón era bueno, que les daba juguetes a los chicos y repartía pan dulce.

—Bueno, eso es ser un demagogo. Reparte cosas para que nosotros digamos que él es bueno. Eso es un demagogo.

Graciela tenía siete años pero empezó a repetir que Perón era un demagogo: Liberata estaba perdiendo su ascendiente. Su mamá la llevaba a misa en la iglesia de San José de Flores para pedirle al Sagrado Corazón que salvara al pueblo argentino, y el 16 de junio vio pasar camiones que llevaban peronistas hacia Plaza de Mayo. Los rumores de golpe circulaban más y más y en su casa compraron fideos, aceite y galletas de sémola, para resistir lo que viniera. Pero en esos días su padre tuvo un infarto y la agitación política pasó a segundo plano, hasta el 16 de septiembre, en que la casa se llenó de festejos. Los chicos recortaron del diario una foto del general Eduardo Lonardi y la pegaron en la pared, felices porque un buen cristiano había salvado a la patria. Cuando Graciela volvió a la escuela, lo primero que hizo su maestra monja fue hacerles sacar el libro de lectura y arrancar una hoja que hablaba del 17 de octubre de 1945 y otra que contaba cómo el 26 de julio de 1952, Dios había llamado a Eva Perón para tenerla junto a Él. Liberata, a todo esto, se encerró en su habitación y tardó casi dos días en salir.

A fines de 1965 Graciela Daleo estaba por cumplir 18 años y acababa de terminar su bachillerato normal en el Espíritu Santo de Floresta, un colegio más bien preconciliar, conservador. Para ese entonces ya había pasado su etapa más mística, pero a los 12 años estaba convencida de que iba a ser monja misionera: había elegido la orden de las Carmelitas Descalzas y no paraba de rezar por los paganitos del África. Los paganitos del África eran una de las preocupaciones principales de las hermanas del Espíritu Santo: había que convertirlos, enseñarles a bañarse con frecuencia y, si se podía, mitigar su pobreza, aunque en el colegio les enseñaban que, como pobres que eran, eran «bienaventurados, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Graciela fue ahorrando una moneda aquí y otra allá hasta que juntó los diez pesos que la convertirían en madrina de un paganito del África. Por lo cual las monjas le dieron una estampita que decía, detrás, «Recuerdo del bautismo de Juanito Nkengué». También vendía rifas, revistas, participaba en colectas y rezaba mucho. En esos días se enteró de que a los chicos no los traía la cigüeña.

Su hermano le contaba esas cosas. Una vez encontraron, en su casa, un libro que se llamaba Lo que tus hijos deben saber, que tenía una cigüeña tachada en la tapa. Lo leían a escondidas y lo entendían a medias. Durante un tiempo creyeron que el parto consistía en que la madre cagaba a su niño; también aprendieron que, cuando un hombre engañaba a su mujer y fornicaba con una que ya había fornicado con otro hombre, al traidor le entraba por el pito la «leche guascosa» del anterior y se moría. El mundo estaba lleno de asechanzas.

Graciela era muy buena alumna, un poco rebelde, y leía con fruición. En su casa había bastantes libros, pero muchos —El fantasma de la Ópera, Amalia— los tuvo que leer a escondidas. En esos días su familia ya se había mudado a un departamento de tres ambientes en la Paternal, porque los sueldos de sus padres no daban para lujos; en esos días, Graciela era una adolescente granujienta que se sentía moderadamente fea y a veces planchaba en las fiestas que organizaban sus compañeras del colegio, pero cuidaba mucho su aspecto. Solía usar guantes y unos trajecitos muy correctos: su modelo de elegancia era Jacqueline Kennedy, pero ponerse sus primeros tacos altos, a los 14, fue todo un triunfo contra la censura materna y la suya propia. Igual que el maquillaje, los corpiños o las medias de nylon. Para no hablar de la batalla que significó que su madre, por fin, le permitiera dejarse el pelo largo. En esos bailes lo que más sonaba era el Club del Clan, Palito Ortega, los Wawancó. Empezaban a aparecer los Beatles y los mayores a su alrededor decían que eran un poco raritos, por lo del flequillo. Eydie Gormé y el trío Los Panchos o Cuco Sánchez eran para apretar, pero con moderación temerosa del pecado.

A sus 15 años, Graciela se confesaba y comulgaba todas las semanas; fue entonces cuando el Concilio Vaticano II cambió la liturgia y los curas empezaron a decir misa en castellano y mirando a los fieles: fue un cambio importante. Graciela participaba en actividades de la Acción Católica, el Coro de Ángeles, el Apostolado de la Oración, las Hijas de María y, cuando estaba en quinto año, las monjas del Espíritu Santo la empezaron a llevar, junto con otras compañeras de clase, a la villa miseria de Retiro, Villa Comunicaciones, donde jugaban con los chicos y les hacían teatro: Remeditos donando sus joyas para la campaña de San Martín, por ejemplo, u otras situaciones edificantes que tomaban del Billiken. Graciela descubrió un mundo extraño, y empezó a olvidarse de los paganitos del África.

En esos días, también, Graciela había empezado a frecuentar a los compañeros del colegio de su hermano, que le llevaban un par de años. Al principio le daban pánico: los muchachos estudiaban en el living y Graciela se pasaba horas juntando el coraje necesario para pasar hacia la cocina y decirles buenas tardes. De a poco, empezaron a invitarla a sus fiestas. Era un grupo más intelectualizado que el de sus compañeras del Espíritu Santo y Graciela estaba más cómoda: le parecía que con ellos sí podía hablar de «cosas inteligentes» y que no les importaba tanto su supuesta fealdad. Con ellos iba al cine algunos sábados y, al cabo de un tiempo, la invitaron a participar en sus reuniones del Movimiento Familiar Cristiano. Se encontraban una vez por mes en la casa de uno de ellos, discutían un tema que alguien había preparado y que solía tener cierto contenido social; después se armaba el baile. La música era más in: Petula Clark, The Mamas and The Papas, y ahora sí mucho Beatles. Aunque el primer tema que Graciela bailó con Jorge fue «El baile del ladrillo», de Rita Pavone.

Jorge era el hijo de un empresario próspero, alto, flaco, un poco desgarbado, ligeramente distante y místico, que ya estaba militando en la Juventud Estudiantil Católica (JEC) que animaba el padre Carlos Mugica. Graciela lo adoraba en silencio: ya antes había tenido dos amores imposibles, que nunca lo supieron. Graciela y Jorge se veían mucho, eran muy amigos, pero ella nunca se atrevía a confesarle amor. Él le hablaba de una forma distinta de asumir el compromiso cristiano, que consistía en trabajar junto a los pobres. De a poco, el pecado empezó a cambiar de signo: era pecaminoso no aceptar un compromiso social, no amar al prójimo como a sí mismo. El amor a Dios se realizaba dando todo por los demás. Aunque la cuestión no era tan simple: seguía habiendo, por supuesto, otras formas de ser cristiana.

Cuando cursaba quinto año, Graciela tuvo que decir el discurso del 25 de Mayo en el acto del colegio. Lo empezó citando un libro sobre el comunismo, de un tal Ezequiel Volpe, que le habían dado las monjas:

—Todas las revoluciones nacieron de la desesperación. La revolución es una manera de fugar hacia adelante, un engaño para los pobres que creen que cualquier situación es mejor que la que están viviendo.

En agosto fue a un retiro espiritual. El cura, un jesuita de voz tronante, predicaba la aspiración a la perfección; Graciela, estaba claro, quería ser una perfecta católica. El cura explicaba que, para un hombre, la posibilidad de la perfección estaba en tomar los hábitos. Una mujer, en cambio, podía acercarse todo lo posible a la perfección si se hacía monja pero, si no llegaba a eso, siempre podía quedarse soltera y dedicar su vida al Señor. O en el peor de los casos, casarse y tener todos los hijos que Dios le mandara y rezar para que se hicieran curas y monjas. Graciela, enamorada, ya no pensaba en ser monja, y le pidió una entrevista al jesuita. Le dijo que cuando era chica quería hacerse monja, pero que ahora tenía dudas, porque le gustaban los muchachos y eso...

—¿Cuántos años tenías cuando querías hacerte monja, hija mía?

La interrumpió el jesuita.

—No sé, 12, 13...

—Esa es la edad en que se definen las vocaciones.

Graciela se quedó en silencio: estaba asustada y pensaba que quizás el cura tuviera razón. El jesuita aprovechó el momento:

—Y, sobre todo, no te dejes tentar por el demonio, hija mía. El sexo es el arma más sibilina del demonio. El hombre es fuego y la mujer estopa; viene el diablo y sopla, y la mujer se consume para siempre en las llamas infernales.

Había, visiblemente, formas muy distintas de servir al Señor. Graciela tenía que decidirse. Jorge le contaba cómo había sido su primera misión, el año anterior, en Alejandra, un pueblito de hacheros en el norte de Santa Fe. El padre de Jorge tenía como cien mil hectáreas de obrajes en Santa Fe y el Chaco: él conocía bien la zona. Jorge le contó que, en esos días, había llegado a verlos una mujer muy pobre con su hijita enferma, y que en el pueblo no había farmacia ni manera de conseguir los remedios que la nena necesitaba. Y que la mujer se sentó ahí, junto a ellos, con su hijita en brazos, hasta que la nena se murió. Cuando lo contaba, Jorge no podía dejar de llorar. Poco después, escribió unos versos en los que hablaba de esa muerte: «Aquella muerte, sin saber, salvó su vida», decía el poema, hablando de la suya propia que, a partir de entonces, había cambiado de sentido, le decía, y a Graciela también se le escapaban lágrimas. En diciembre de 1965, cuando Jorge le preguntó si quería acompañar a un grupo de la Acción Misionera Argentina que iba a un pueblo de hacheros miserables en el norte de Santa Fe, Graciela no tardó un minuto en decirle que sí.

Junio de 1966. Juan Carlos Onganía era un general de Caballería de 52 años, que había comandado la fracción azul del Ejército: el sector más pro americano, industrialista y plebeyo de la fuerza, dispuesto a dialogar con un peronismo sin Perón. Estaba casado con María Emilia Green Urien, tenía dos hijos varones y tres mujeres y sólidas convicciones católicas. La Nación lo definía como «un fanático de la disciplina y el orden», que respetaba por sobre todas las cosas la costumbre de «hacer el asadito de los domingos». Algunos de sus oficiales, en cambio, lo llamaban el «Caño», por lo recto y por lo hueco. Poco después de asumir el mando, Onganía dio su primer traspié en público: se presentó en la inauguración de la Exposición Rural en un landó de 1910 escoltado por lacayos de librea. El gesto, casi imperial, fue muy mal recibido.

Cuando el general Onganía se apoderó del gobierno, la Argentina tenía 23 millones de habitantes, una inflación anual del 30 por ciento, y los aumentos salariales compensaban las subas de los precios: el salario real se mantenía sin grandes variaciones. El dólar acababa de ser devaluado en un 8 por ciento: en el mercado oficial se cotizaba a 205 pesos, y un poco más en el mercado libre. El producto bruto interno, que había crecido un 20 por ciento en los dos primeros años de gobierno radical, se había estancado en la primera mitad de 1966. Y la participación de los trabajadores en la distribución de la riqueza era del 38,1 por ciento: mucho más bajo que el 46,4 de 1950, pero más alto que el 36,5 de 1964. La desocupación alcanzaba al 6 por ciento de la población activa.

Al cabo de unos días de consultas y negociaciones, Onganía nombró a un representante del gran capital nacional en la cartera económica: Jorge Salimei, 40 años, directivo de Sasetru, con una fortuna personal de 6000 millones de pesos (alrededor de 30 millones de dólares), miembro del Instituto de Economía de Mercado orientado por Álvaro Alsogaray, el flamante embajador argentino en Washington. Sin embargo, Salimei proponía cierta intervención del Estado en la política económica. Su designación tuvo el apoyo entusiasta de la Unión Industrial Argentina (UIA), la Confederación General Económica, la Asociación para la Defensa de la Libre Empresa y la Sociedad Rural. En esos días, por decreto, Onganía barrió con las comisiones fiscalizadoras y los precios regulados de los medicamentos.

A mediados de agosto, Salimei devaluó la moneda: el nuevo precio del dólar era 215 pesos. Para darle apoyo financiero, las autoridades del Fondo Monetario Internacional (FMI) dispusieron que el aporte argentino al organismo internacional creciera de 280 millones de dólares a 350 millones. La cuarta parte de esos 70 millones de aporte, de acuerdo con el convenio, debía ser en oro. Era la condición para los préstamos que empezaron a llegar.

El micro traqueteaba con batifondo de motor recalentado y Graciela no terminaba de entender lo que le decía su compañero de asiento. Más atrás una beba lloraba sin parar; el conductor escuchaba chamamés a volumen indecente. Su compañero casi gritaba:

—La refracción de los rayos de la luna produce un efecto que...

Graciela, decididamente no conseguía oírlo. El muchacho se calló un momento. Graciela estaba sentada del lado de la ventanilla, bien abierta, pero lo único que entraba era un aire caliente y pegajoso. Graciela se atajaba el pelo con las manos: ya lo tenía bastante largo, y le preocupaba que fuera a enredársele en la cara a su compañero de asiento. Quién sabe qué podría pensar. De pronto la beba se calmó y el muchacho pudo seguir con su perorata sobre astrofísica elemental. Graciela hacía todo lo posible por mostrarle interés:

—Sin embargo la percepción que tenemos de la luz de la luna no corresponde a la forma en que...

El muchacho tenía 18 años, era más bien gordo, de cara ancha, cejas gruesas y una sonrisa agradable: se llamaba Mario Firmenich y formaba parte de la JEC del Nacional Buenos Aires, donde estaba por entrar a sexto año. Graciela lo había conocido un par de semanas antes, en una de las reuniones preparatorias de la misión. En las reuniones le habían explicado en qué consistiría el trabajo misional y la conveniencia de llevar un sombrero de paja. Graciela no se había resignado a dejar en Buenos Aires sus medias de nylon ni su muñeca de peluche. Aunque también metió, en su bolso marinero, un par de alpargatas.

La misión estaba organizada por la Acción Misionera Argentina, dirigida por monseñor Rodolfo Bufano, que, tiempo después, los expulsaría a todos por comunistas. El jefe sería el Flaco Jorge —que a esa altura era el presidente de la JEC— y también iría, como asesor espiritual, el padre Mugica. Carlos Mugica era, ya entonces, un pionero del diálogo con los marxistas. Las estructuras eclesiásticas seguían siendo las mismas, pero algunos sacerdotes trataban de cambiarles el uso.

Mario ya había renunciado a sus discursos astrofísicos, y dormitaba transpirando. Los chamamés del chofer habían dejado paso a otras canciones:

—Hoy te traigo de regalo/ un collar de caracolas/ con colores milenarios/ que he juntado para vos…/ ¡Qué lindo que es el amor/ después de haber trabajado al sol!

En el resto del micro se repartían doce o trece compañeros de misión, hombres y mujeres. Graciela solo conocía a otro muchacho, flaco, petiso, un poco demasiado serio, al que también había visto en las reuniones previas: siempre andaba con Mario y se llamaba Carlos Ramus. También había una monja muy joven, 25 o 26 años, rubia, menudita, que se llamaba Justina Bresán e iba vestida como todos; era la primera vez que Graciela veía a una monja vestida de civil.

Después de quince horas, el micro los dejó en Reconquista; de ahí, un camión los llevó hasta Tartagal. Graciela nunca había visto un lugar como ese: Tartagal era un rosario de cuarenta o cincuenta ranchitos dispersos, un pueblo fantasma de La Forestal, la compañía que dominó por muchos años la explotación obrajera del nordeste argentino. Cuando cerró, la compañía había dejado pueblos que ya tenían cómo sostenerse. En Tartagal había mucho polvo, formas de la miseria, chicos harapientos una escuelita donde dormían las mujeres, y un galpón donde dormían los hombres. Tenían unos catres de lona y no había espiral que alcanzara para ahuyentar a los insectos.

Cada mañana, Graciela reunía a un grupo de chicos de pueblo y les enseñaba el catecismo. Graciela se había recibido de catequista en su colegio y había practicado con chicos de Floresta pero en ese pueblo, entonces, sentada bajo un árbol y rodeada de chicos desarrapados, le parecía que estaba entendiendo cuál era la verdadera tarea del cristiano. Se sentía una especie de Jesús predicando a los niños.

Los demás se dividían en parejas y salían a visitar vecinos, dispersos por el monte. A veces tenían que ir a caballo; por las tardes, Graciela acompañaba a unos u otros. Cuando tenía que ir muy lejos, le prestaban una yegua percherona que acababa de parir, con su potrillo que la seguía detrás. Los ranchos tenían tres paredes de adobe, techo de paja y piso de tierra, y la dieta habitual de sus habitantes era mate y galleta. Pero recibían a los muchachos de la Capital con el mayor esmero: una tarde, una señora que quiso agasajarlos los convidó con dulce de batata. Graciela odiaba el dulce de batata, pero ya le habían dicho que era una ofensa rechazarles algo, así que se lo tragó como parte del continuo sacrificio del cristiano. En las visitas, los misioneros hablaban con los pobladores de Dios y su bondad y les preguntaba por sus problemas más urgentes.

Una tarde, Carlos Ramus volvió alborotado de una de las visitas. Había ido a ver a un hachero al que llamaban Campana, porque cantaba, y se encontró con que la tormenta del día anterior le había volteado el rancho. Campana tenía, como casi todos, muchos hijos; los jóvenes católicos no estaban a favor del control de la natalidad, pero no sabían por qué los pobres no paraban de reproducirse como conejos. Y fue Campana el que le dijo una vez a Carlos que tenía tantos porque se le morían muchos:

—Así, si tengo muchos, alguno me va a quedar pa’ cuando me haga viejo.

Campana era uno de los que más caso les hacía. Pero esa tarde, después del temporal, cuando lo vio llegar a Carlos con su prédica misionera le dijo, sin siquiera gritarle:

—¡Qué me van a hablar de Dios, si mis chicos se me están muriendo de hambre!

Carlos no supo qué contestarle y esa noche, en la cena y, después, en la reunión de reflexión, discutieron la cuestión durante horas.

Comían todos juntos, mucha polenta y, de vez en cuando, un trocito de carne. El tema del compromiso con el otro estaba en todas partes: en el reparto de comida, por ejemplo. Si el que estaba sirviendo se equivocaba y le daba a alguien más que a los demás, el favorecido tenía que devolver ese sobrante. Las comidas tenían cierto aire ritual. Antes de empezar, el cura Mugica bendecía el pan y la mesa, pero la oración terminaba diciendo que pedían pan para los que tenían hambre, y hambre y sed de justicia para los que tenían pan. El cura Carlos Mugica era rubio, con un mechón que le caía sobre la frente, ojos claros y sonrisa solvente: una especie de James Dean sacerdotal, el hijo de una familia aristocrática, que se había ordenado con todos los honores y estaba dejando de lado una carrera eclesiástica promisoria para liderar a los curas tercermundistas. El cura les decía que el hambre y la pobreza no se iban a terminar porque sí:

—La burguesía no va a dejar sus privilegios porque sí, si nadie la obliga.

Decía el cura, y hablaba de una revolución que no era una revolución espiritual sino política. Y que quizás esa revolución tuviera que ser violenta, porque la violencia de arriba engendraba violencia de abajo, y la explotación del hombre por el hombre era la peor violencia que existía. Contra esa violencia de la burguesía, les decía, a veces el pueblo no tiene más remedio que ejercer su propia violencia revolucionaria. Graciela, hasta entonces, no había oído hablar de burguesía ni de revolución: había muchas palabras que le sonaban nuevas. Cada noche, después de comer, se juntaban en la capillita del poblado para la reunión de reflexión. Se iluminaban con faroles de querosén y oían el ruido de grillos y pájaros huyendo. En la capilla, cada uno revisaba su práctica del día, en qué había sido fiel a sus principios y en qué no, en qué había faltado a su entrega. El amor a Dios consistía, decididamente, en el amor al prójimo.

Graciela lloraba mucho en esas charlas: le parecía que el padre Mugica era durísimo, inflexible, y lo peor era que, muchas veces, le parecía que tenía razón. Se miraba a la luz de la doctrina y se veía llena de egoísmo, de maldad, de falta de compromiso con la miseria de sus hermanos. Graciela y los demás estaban descubriendo un mundo y la idea de que ellos también eran responsables de él: que tenían que hacer algo. Había otro cura, más joven, recién ordenado, Martín Spontón, que los trataba con menos dureza, se hacía más fácil hablar con él. Pero también era cierto que, muchas veces, Mugica resultaba brillante, revelador. Les explicaba que había que ligar el compromiso cristiano con el compromiso terrenal, y citaba parábolas como la de Cristo echando a los mercaderes del templo, o el Buen Pastor que se ocupa más de las ovejas descarriadas del rebaño. Graciela entendía que, en vez de estar predicando y rezando entre sus iguales tenía que salir a buscar a los que en verdad la necesitaban y se emocionaba con la visión de su nueva tarea. La imaginaba como una mezcla de misión profética, hecha de conversiones y evangelización, con respuestas cotidianas a las necesidades inmediatas. Mugica, muchas de esas noches, les repetía una frase del profeta Isaías:

—¿Sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las ligaduras de la opresión, liberar al oprimido y romper todo yugo, partir tu pan con el hambriento, acoger en tu casa a los pobres sin hogar, cubrir al que veas desnudo, y tratar misericordiosamente al que es de tu carne. Entonces prorrumpirá tu luz como la aurora y no tardará en brotar tu salvación. Entonces iré detrás de ti y delante de ti irá tu justicia.

Graciela, esas noches, pensaba que no iba a ser capaz de llevar adelante su tarea, de estar a la altura. Mugica, al principio, le metía miedo: le parecía como una estatua inconmovible, rebosante de sus propias convicciones, lleno de exigencias. Mugica parecía decirle todo el tiempo déjalo todo ya, toma tu cruz y sígueme. El Flaco Jorge no podía aliviarla demasiado: como jefe de la misión, estaba muy ocupado con mil cuestiones de organización y funcionamiento. Carlos Ramus también tenía unos principios más bien intratables, al estilo Mugica. Le resultaba más fácil hablar con la Gorda Beatriz, una chica de su edad, de clase alta, muy entusiasta, con quien se estaba haciendo cada vez más amiga, y con Mario. Mario era capaz de escucharla y tratar de entender lo que le decía, en lugar de contestarle con frases hechas y grandes discursos. Mario era un gordito simpático que se llevaba bien con todo el mundo. Graciela le decía que se sentía una miserable porque iba a volver a Buenos Aires y esa gente se iba a quedar ahí.

—Yo me voy a volver, a vivir como una reina, a dormir en una cama caliente todas las noches, y estos pobres hermanos van a seguir acá.

Le decía, y le preguntaba si, ya que era maestra, no debería quedarse con ellos en el pueblo y compartir su hambre y su esperanza. Mario le decía que lo que ellos querían no era vivir como esa gente sino que esa gente no viviera más así. Y que no se arreglaba nada quedándose a compartir su miseria, sino que tenían que hacer lo que pudieran para solucionarla.

—Sí, pero imaginate, vamos a volver a la ciudad y yo voy a volver a usar mis zapatos, voy a volver a ser la de antes.

Insistía Graciela.

—Yo acá uso alpargatas porque caminamos sobre tierra; allá me pongo zapatos porque con alpargatas el cemento te cansa mucho más.

Le contestaba Mario. Mario le servía para bajar a tierra: la ayudaba con argumentos del más raso sentido común, y Graciela se lo agradecía. Aunque seguía más enamorada que nunca del Flaco Jorge. Pero las noches de la misión eran castas y puras. A menudo se reunían alrededor de un fogón, con algunos de los pobladores, a cantar. El número fuerte era el dúo folklórico, ya muy trabajado, de Ramus-Firmenich:

—Vengo del ronco tambor de la luna,/ en la memoria del puro animal./ Soy una astilla de tierra que vuelve/ hacia la oscura raíz mineral.

Cantaban una vidala de Atahualpa Yupanqui. El folklore resultaba, en esos años, complemento natural de las corrientes revisionistas de la historia argentina. También podían cantar «La paloma», o «Angélica, cuando te nombro». O alguna de Cafrune, o la «Zamba del grano de trigo»:

—Mañana voy a ser pan;/ no le tengo miedo al surco,/ mañana voy a ser pan...

Carlos cantaba y tocaba el bombo; Mario, la guitarra. Los pobladores aplaudían con ganas, y Graciela se emocionaba pensando que, al menos ese rato, eran felices. Una de esas noches alguien llegó con una revista Así donde decía que habían matado, en Colombia, a un cura guerrillero, Camilo Torres. Graciela nunca lo había oído nombrar, pero le pareció que Carlos Mugica se había impresionado. Sin embargo, casi no hablaron de esa muerte.

La misión no duró más de un mes, pero Graciela tenía la sensación de que cada día la llenaba de revelaciones. A veces llegaban visitas: un abogado santafesino que recién había terminado su carrera en la Universidad Católica Argentina (UCA) y se había instalado en Reconquista para trabajar con los hacheros, un tal Roberto Perdía. Un grupo de cineastas de la escuela de Santa Fe, dirigida por Fernando Birri, que hacía un documental que se iba a llamar Hachero nomás. Un cura belga, de la hermandad de Foucault, que andaba por ahí con su bolsito al hombro, durmiendo donde le cayera la noche y tratando de mezclarse con los pobres, aunque su castellano era difícil: lo llamaban «el Todoporoso» porque era lo que le salía cuando trataba de decir «Dios Todopoderoso». Llegaba gente, y todos hablaban de lo mismo: hasta cuándo vamos a soportar tanta miseria, esto es intolerable, hay que hacer algo, hay que hacer algo. Graciela escuchaba todo el tiempo la palabra revolución, aunque ya había entendido que no siempre quería decir lo mismo.

Hacia el final, a Jorge o a Mugica se les ocurrió que tenían que convocar a una reunión de todos los pobladores. La situación era difícil: los bosques de quebracho estaban agotados, y lo único que se podía sacar era leña de segunda, para hacer carbón, pero el gobierno compraba carbón mineral de Polonia y la mayor parte de la producción se quedaba sin vender. Los muchachos se pasaron un par de días recorriendo los ranchos para llamar a la reunión. Esa noche, en el patio de la escuelita, se juntaron como cien personas. Los hacheros tenían esas caras sin dientes que parecen feroces; hacía calor, el olor era apenas respirable y los faroles de querosén bailaban luces bajas.

—Y que los turcos no nos anden cobrando lo que nos cobran pa’ que les debamos siempre, nosotros, que nos tengan agarrados del cogote…

Los hacheros iban diciendo sus reclamos y alguien tomaba nota: la falta de auxilio médico y remedios, la paga con vales, las mejoras en las viviendas, los caminos, las condiciones de trabajo. Después los copiaron en unas hojas de papel romaní, del que se usaba para las presentaciones legales, y los hacheros fueron pasando a txt-dchar uno por uno: casi todos ponían el dedo, gordote, deformado, y a Graciela le impresionó ver que tenían las huellas digitales muy gastadas.

Un grupo se fue a Reconquista, a presentarle el petitorio a monseñor Iriarte, el obispo local, que pasaba por progresista, y los que se quedaron en Tartagal empezaron a suponer problemas. Una noche, cuando ya estaban a punto de dormirse, las chicas vieron luces cerca de la escuelita y creyeron que los dueños de los obrajes habían mandado matones a atacarlos. La Gorda Beatriz salió con su bata de cuadritos rojos y blancos a avisarles a los varones; se levantaron todos y no encontraron nada. Otra noche, uno de los muchachos del grupo llegó hasta la escuelita y les preguntó dónde estaban Beatriz, Ema y Marta. No aparecían, y se produjo el zafarrancho. Varios agarraron cuchillos de cocina, otros llevaron los faroles, Graciela se armó con un frasco de colonia, y salieron a buscarlas por el monte alrededor. Hasta que oyeron unos gritos:

—¿Qué pasa? ¿Quién anda por ahí? ¡Cuidado, cuidado que se vienen!

Eran las tres ausentes, que se habían quedado charlando en un rincón de la escuela, a oscuras, porque no había velas, y cuando vieron los faroles de los que las buscaban se asustaron creyendo en un ataque. Nunca pasó nada, pero la idea de que lo que estaban haciendo podía provocar un ataque de los patrones ya empezaba a instalarse.

Junio de 1966. A principios de 1966, el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson disponía nuevas escaladas de bombardeos aéreos sobre Hanói, la capital de Vietnam del Norte. Estados Unidos había entrado en la guerra el año anterior para ayudar a sus aliados de Vietnam del Sur, donde gobernaba el general Nguyen Cao Ky. Monjes budistas se quemaban a lo bonzo en las calles de Saigón para reclamar que las tropas norteamericanas dejaran su país.

En marzo de 1966, en Moscú abría sus sesiones el XXIII Congreso del Partido Comunista Soviético (PCUS). Su secretario general, Leonid Brézhnev, predicaba que uno de sus principales objetivos era combatir el culto a la personalidad que había inculcado durante tantos años Iósif Stalin. Para ese entonces, los soviéticos hablaban mucho de la distensión y el diálogo con Occidente.

En China, en cambio, los seguidores de Mao Tse-Tung marchaban por las calles de Pekín y Shangái agitando ejemplares del Libro Rojo: los escritos de Mao que daban la línea de lo que se llamó la Revolución Cultural Proletaria, en abierta ruptura con el «revisionismo socialimperialista» soviético.

Mientras las potencias alimentaban la Guerra Fría, Europa buscaba su lugar en el mundo. El presidente francés, Charles de Gaulle, trataba de distanciarse de los dos bloques hegemónicos. En junio, Francia anunció que se retiraba de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); poco después, De Gaulle hizo una visita oficial a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y, a su vuelta, detonó su primera bomba atómica en el Pacífico, cerca de la isla de Papeete.

En España, el generalísimo Francisco Franco cumplía veintisiete años de gobierno y perseguía cualquier atisbo de expresión cultural. En febrero, por ejemplo, un acto que intentaba conmemorar al poeta republicano Antonio Machado fue reprimido por la policía. Por esos días, otro Paco, también español pero radicado en París, impresionaba al mundo de la moda con sus diseños. Paco Rabanne lanzaba modelos de anteojos de sol gigantes con grandes marcos de plástico y unos vestidos de lentejuelas que también eran de plástico. Los norteamericanos, más prácticos, inundaron el mercado con camisas de fibra poliéster: eran los modelos lavilisto, que se colgaban en una percha de plástico y a la mañana siguiente se ponían de nuevo sobre el cuerpo. Sin necesidad de plancha.

La tecnología de nuevos materiales no terminaba en los plásticos. Cohetes con aleaciones de fórmulas secretas permitieron a los soviéticos despachar una nave, la Luna 9, que se posó en febrero sobre la superficie lunar para hacer fotos del Mar de las Tormentas. Los norteamericanos, en esos días, orientaban sus esfuerzos hacia Marte, adonde mandaron un cohete de exploración sin tripulantes que llegó a fines de mayo.

Dos meses antes, en La Habana, capital del único gobierno socialista latinoamericano, se había dado cita la Conferencia Tricontinental. Delegados de gobiernos, partidos políticos y movimientos guerrilleros latinoamericanos, africanos y asiáticos se congregaron para buscar formas de lucha contra el imperialismo y el colonialismo. África estaba en pleno proceso de descolonización y todo el tiempo aparecían nuevos países independientes que, muchas veces, elegían formas socializantes de gobierno y buscaban alianzas con China o la Unión Soviética.

En Latinoamérica había varios gobiernos militares. En Brasil hacía dos años que mandaba el mariscal Castelo Branco. En Bolivia, donde el Movimiento Nacionalista Revolucionario liderado por Víctor Paz Estenssoro llevaba trece años de proscripción, hubo elecciones hechas a medida para que ganara el oficialista general René Barrientos. En Colombia se mantenía el pacto entre liberales y conservadores y la producción de marihuana ya había superado a la de café, la exportación tradicional. En Centroamérica los regímenes militares eran más que los civiles. Y en la mayoría de esos países había movimientos guerrilleros más o menos poderosos.

—¿Pero entonces, «me» es objeto directo o indirecto?

—Bueno, depende del verbo que lo rige, y del contexto general. Fijate: en esta frase, «me dio un beso», el objeto directo es «un beso»...

Mario lo dijo con su cara más seria; Graciela y Beatriz pensaron que se ruborizaban. Hacía unos días, desde principios de marzo, que Mario las estaba preparando para el examen de ingreso de Sociología, en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Él se había ofrecido: todavía le faltaban unos días para empezar las clases, y las chicas suponían que un alumno del Buenos Aires sabía lo suficiente como para enseñarles sintaxis y análisis gramatical. Casi todas las tardes, en casa de Graciela o de Beatriz, el café con leche salía con subordinadas o circunstanciales de tiempo. En las pausas, seguían hablando de la revolución.

Desde su vuelta de Tartagal, Graciela no paraba de hablar de la revolución. No tenía demasiado claro qué sería, cómo y quién la haría, pero sí que las condiciones de vida de los pobres contradecían del todo la doctrina cristiana, y que solo una revolución podría cambiarlas. Antes de empezar a preparar el ingreso, Graciela había dudado. A fines del año anterior había decidido empezar Sociología en la Universidad Católica Argentina, para ser una verdadera socióloga cristiana, pero después le pareció que era muy cómodo quedarse en la UCA, entre cristianos, y que también iba a cursar en la UBA, para convertir a los comunistas. Iría a la católica por las mañanas, con los suyos, y a la estatal por las tardes, en territorio pagano, en tarea misionera: los comunistas ya no eran el enemigo absoluto, pero había que convencerlos de que también tenían almas y podían salvarlas. Al volver de Tartagal se le cruzó la idea de ir a instalarse como maestra en ese u otro pueblo de desamparados y no la desechó: decidió, por el momento, postergarla. Finalmente, se quedó con la tarea evangelizadora y se inscribió en la carrera de Sociología de la UBA, con su amiga Beatriz. Mario las preparaba:

—Y entonces, en la frase «me dio un beso con pasión», ¿«con pasión» sería un complemento de modo o de medio o instrumento?

La noche de uno de esos días, las dos estudiantes, el maestro siruela y su amigo Carlos Ramus se encontraron para comer en el Adam, un viejo munich de Maipú casi llegando a Retiro. Tenían que discutir cuestiones relacionadas con las misiones pero se quedaron un rato hablando de tonterías en uno de los reservados de madera. Los muchachos estaban excitados. Mario contaba que una chica andaba detrás de un amigo de él y que el amigo le dijo no te tirés que no hay pileta. Todos se rieron. Al rato vino el mozo y les preguntó qué iban a pedir.

—¿Cómo, había que pedir algo?

Dijo Carlos. Más carcajadas y el m

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