
Alfonso
—¡Mae, Mae… Hannah!… Jajajaja… ¡Mae, Agnes…! ¡Vengan, rápido! ¿Está Walter en casa? ¡Jajajajaja! ¡Mejor que no lo vea Dennis, jajajaja… es muy, jajaja… es muy… creerá que el circo ha llegado a la puerta de nuestra casa! Jajajaja…
Con ceño fruncido, la señora Bridget se levantó del sofá de un salto por los gritos de la mayor de sus hijas. ¿Qué estaba pasando para que lanzara semejantes gritos en una casa silenciosa y de vida apacible como la de los Coughlin? Primero pensó que algo malo ocurría en la calle, pero las risas de Anne le quitaron de la cabeza la preocupación de que algún peligro los amenazara. ¡En ese barrio nunca pasaba nada! Sin embargo, el alboroto era inusitado. ¿Qué había alterado de esa manera a una muchacha tranquila como Anne? No entendía de qué podría reírse tanto, y Anne se reía y reía con fuerza. Las hermanas corrieron hacia la cocina —allí estaba Anne—, donde había una ventana que daba a la calle.
Minutos antes, ella estaba ordenando los tarros de galletitas buscando las de vainilla que le encantaban y oyó unas palmadas, como si alguien estuviera llamando. Al principio no le dio importancia mientras seguía buscando las galletitas de vainilla, pero el sonido de esas palmadas terminó por cansarla, entonces se asomó. A medida que se acercaba a la ventana y descorría las cortinas estampadas de cuadraditos celestes y blancos, lo vio. Con los ruidos de las palmadas se había visto alterada porque lo normal era que tocaran la aldaba de la puerta principal, pero la figura del hombre que llamaba hizo que casi se ahogara de risa. Anne se reía y, cuando sus hermanas al fin la vieron, saltaba como un chimpancé. No, no era la Anne que ellos conocían. ¿Qué le había pasado? Ya su risa había dejado de ser contagiosa, pues no resultaba graciosa. En un momento, Agnes comenzó a asustarse, a pensar que a su hermana mayor podría haberle dado algún ataque de locura hilarante, como había escuchado alguna vez que sucedía con personas que no estaban bien de la cabeza. Pero ¡no su hermana! La última en llegar para ver el portento fue Mae, que se estaba arreglando para salir. Fueron a asistir a Anne, que apenas podía respirar, menos hablar, y señalaba con su brazo la ventana. Todos dejaron a Anne, que casi cae al piso, y fueron a mirar por la ventana justo en el momento en que llegaba su madre, que vio a sus hijos agrupados sobre el vidrio y a Anne que se agarraba la panza de la risa.
La casa de la familia, un monoambiente, quedaba en una linda calle, tranquila, con vecinos irlandeses —como ellos—, callados y tranquilos. Eran viviendas adosadas, es decir que las casas en hilera compartían las paredes laterales, todas ellas tenían ventanas con visillos, con puntillas y cristales que parecían espejos por lo limpios que estaban.
Bridget pedía calma con su tenue voz, preocupada ahora por lo que dirían los vecinos. Era impropio semejante escándalo y, sobre todo, semejantes risas. No podía siquiera imaginar la causa de ese desenfrenado comportamiento de Anne, nada menos que ella, la más sensata de sus hijas junto con Mae.
Ya era casi la hora de comenzar a preparar la cena, y ella, en lugar de ocuparse de sus obligaciones, saltaba como una loca desternillándose de risa. Mae se asomó entre las cabezas de sus hermanos para ver la calle, y su semblante cambió. Se apartó casi de inmediato de la ventana. Su madre fue la única que notó que el rostro de su hija se había transformado por completo. Era la única que ya no sonreía, y Bridget hasta vio que de repente se había puesto triste. ¿Qué podía causar risa en la mayoría de sus hijos y aflicción en Mae, la más delicada y, por qué no, la más bonita de las hijas Coughlin?
Mae es un nombre de niña, de origen inglés, que significa “amargo” o “perla”. Eso era ella, una perla. Mae deriva de mayo, el nombre del mes elegido por su conexión con Maia, la diosa romana del crecimiento y la maternidad. Mae se puede utilizar como apodo para los nombres de Mary y Margaret. Mae West, la diva de Hollywood, había nacido como Mary. Las ortografías alternativas incluían May, Mei y Maye. Mae fue un nombre de moda hasta 1920, muy popular en la historia del cine temprano, con actrices principales como Mae Clarke, Mae Marsh, Mae Busch y Mae Murray. Fue la figura de Mae West la que hizo que el nombre cambiara de dulce a sofisticado.
Su madre vio desaparecer a Mae por un instante y no se atrevió a acercarse para resolver lo que para ella era un enigma. Luego, en un tiempo que a Bridget le pareció un abrir y cerrar de ojos, Mae reapareció. Ya no tenía la camisa y la pollera con la que iba vestida de entrecasa. Se había colocado el corsé y lucía un vestido que había sido de su hermana mayor y que combinaba con unas botitas marrones de tono oscuro. Tenía el abrigo desabrochado y caminaba hacia la puerta principal sin dirigir su mirada al resto de la familia, mientras se arreglaba —ladeándolo apenas hacia la izquierda— el sombrero de 1,25 dólares, con alas abiertas, que le había regalado su mamá para el último cumpleaños. Los hermanos corrieron hacia su madre y casi la empujaron hacia la ventana para que mirara. Bridget seguía seria, pero se asomó curiosa. Apenas dio un vistazo y volvió a las apuradas hacia Mae.
—¡Mae! —la llamó Bridget con firmeza.
La mujer veía la hermosa figura de su hija en medio de unas imaginarias emanaciones grises que desdibujaban su fisonomía.
Mientras la familia se agrupaba alrededor de Bridget, todos vieron a Mae lista para salir de la casa. Su percepción de madre le hizo ver que con su hija estaba ocurriendo algo que la asustaba. Desde la muerte de su marido era la primera vez que tenía esa sensación de que su mundo se derrumbaba, el que habían planeado con su esposo para sus hijos.
—¿Desde… desde cuándo…? —La señora no completó la frase.
Ya no había risas en la casa, ni Anne saltaba como un monito, ni los otros reían al ver el rostro preocupado y apagado de su madre.
—Mamá, me están esperando, no vendré a cenar, pero no voy a llegar tarde.
Eso fue todo lo que dijo. Abrió la puerta y todos en la casa se agolparon otra vez en la ventana, pero en la del frente. Ya no les importaba que ese tipo incalificable los viera. Iba vestido con un traje verde parajito, con una corbata amarilla, y en la mano tenía el sombrero, que hacía girar con sus dedos índice y pulgar. Lucía una enorme cadena de oro, innecesariamente gruesa y larga —pensaron en la casa—, que remataba en un reloj también de oro, que guardaba en un bolsillo de su chaleco y sacaba a cada rato, como si quisiera que vieran lo grande que era, igual que esa piedra brillante justo debajo del nudo de la horrible corbata amarilla. Cegaba la vista. La camisa era blanca, menos mal, con el cuello alto. ¡Y esa flor verde, desproporcionadamente grande en el ojal del saco, que se parecía a las hojas de un puerro! A la distancia su aspecto era limpio. Los zapatos… ¡de color verde oscuro! Era un pandillero, sin duda. Italiano, sin duda. Un tipo sin gusto para vestir, sin duda. Alto para los de su raza, parecía fuerte. Dennis se empeñaba en entrecerrar los ojos para tratar de distinguir el bulto del arma, porque debía llevar una… Ah, pero era italiano, acaso tuviera escondida una navaja en alguna parte. Los pensamientos de los Coughlin volaban con ese hombre que ni en sus peores sueños hubieran visto frente a su casa y ni locos lo hubieran imaginado relacionado de alguna manera con la bella Mae. ¿Era Mae la que estaba enferma?
—Yo no veo nada —dijo el chico, siempre aguzando la vista para divisar el arma de fuego o el metal de la navaja que, estaba seguro, llevaba ese guido.
Bridget pensó por un momento en lo que dirían sus vecinos. El italiano llevaba suficiente tiempo delante de su casa como para que todos lo hubieran notado.
—¿Qué cosa no ves?
—La pistola…
—No —contestó Anne con aire de superación—. Estos guidos usan navaja. O cómo te creés que le hicieron eso que tiene en la cara.
—¿Qué? ¿Qué tiene en la…? Ah, sí. ¡Uy!
Lo hubiesen distinguido a un kilómetro de distancia por su mal gusto y su forma grosera de andar por la vida. Ya que no tendría la aventura de ver a su hermana apuntada por un arma de fuego, Dennis dijo que sería mejor ir a buscar comida para pájaros y tirársela antes de que subieran al automóvil. Su madre lo reprendió con dureza, y el chico se fue llorando hacia el fondo de la casa.
—¿Qué hace Mae con ese…? ¿A ver si la rapta? —preguntó preocupada Hannah, a punto de tomarse la cabeza con las manos.
—No, no va a raptarla —la tranquilizó Anne, que había entendido todo al ver la cara de tristeza que había puesto Mae ante la reacción de su familia. Fue con Hannah, la abrazó y buscó ser lo más directa posible. —¿No ves que ella va porque quiere? Es una cita, tonta —le dijo Anne, amargada.
Sus palabras cayeron como un balde de agua fría. No todos tenían las ideas tan claras como Anne, pero esa palabra que pronunció, “cita”, fue como sentir el gélido aliento del diablo recorriendo sus espaldas.
—Papá se habría muerto ahora mismo…
En la familia cayó de golpe un luto como aquel que habían sufrido hacía ya cuatro años.
Mae estaba muy seria cuando se encontró con Al. Los ojos de sus hermanos la seguían como si fuera una modelo en la pasarela. Fue recién entonces que se dieron cuenta de un hecho asombroso. ¡El automóvil del “canario”! El muchacho de verde y Mae no se tocaron. Él simplemente le abrió la puerta del Cadillac Type 57 color azul, una verdadera preciosura, y luego dio la vuelta con agilidad y subió del lado del conductor. Cuando Bridget los vio alejarse en ese lustroso automóvil, se sintió como el día siguiente a la muerte de su marido Michael, como si dos gigantescas manos la retorcieran igual que un trapo mojado y le quitaran toda vitalidad. Estaba, más que desolada o desengañada, vacía. Le faltaban las fuerzas para preguntarles a sus hijos mayores si sabían de dónde se conocían Mae y “aquel otro”, cómo había sido posible esa estrafalaria combinación, que ella veía más bien como malsana. Los irlandeses se casan con irlandesas y aquellos, con su gente. Así había sido siempre. Pronto sabría que ese pandillero se llamaba Alphonse Gabriel y que era, para colmo, dos años menor que Mae, que tenía 20, y también se enteraría de que trabajaban en la misma fábrica de cajas de cartón.
—¿Adónde vamos? —preguntó Mae.
—A lo de Frankie… —respondió Al, rápido.
—Si vos me considerás una cualquiera, entonces vamos a lo de Frankie…
—Mae, Mae, vos sos la mujer con la que me voy a casar, a pesar del desprecio de tu madre y de toda tu familia. O creés que no me di cuenta de cómo me miraban por la ventana…
—Y del desprecio de la tuya… —lo interrumpió Mae.
—Yo me encargo de mi madre, pero ¡la tuya…! Mirá, no quiero pelear. Vi cómo me miraban… —reiteró—. No tengo problema con eso. Yo lo que quiero es que estemos juntos.
—Nunca estamos juntos salvo en la fábrica. Y esta vez, la primera vez, que ya me va a costar un dolor de cabeza.
—En la fábrica lo pasamos bien, ¿eh? —dijo Al con un tono picaresco… Al ver que Mae no se sonreía, cambió rápidamente el tema de conversación: —¿Le dijiste a tu mamá que estás embarazada?
—¿Vos estás loco? No te conoce, sos del “otro lado” y querés que le diga que nos encontramos entre las cajas de cartón y hacemos el amor. Ja, ya me imagino su cara cuando le diga que quedé embarazada de un guido y que este guido me gusta y es una buena persona… Y no un italiano delincuente como todos los guidos, mamá…
—A mí no me ofende.
—Un ladero de ese Ioilem.
—Jajaja. No es Ioilem, jajajaja… Parece un nombre judío, jajaja. Es Iole. Bah, es Frankie Yale. Así se llama.
—Bueno, Al, ahí está el asunto. ¿Cómo se llamaba tu amigo antes de venir a América?
—Iole.
—Iole. Y ahora se llama Frankie…
—Yale.
—Frankie Yale. Sabés qué significa eso. Que el fulano es norteamericano. Ya no es más italiano (encima me dijiste que era siciliano y vos sos hijo de napolitanos). ¡Vos sos Al! No sos más Alfonso… Y yo soy Mae.
—No te entiendo, Mae.
—Que todos somos norteamericanos. Esto es lo que tienen que meterse en la cabeza vos y toda mi familia (de la tuya no hablo porque no la conozco). Yo no voy a ser una italiana ni en mil años y vos no vas a ser un irlandés ni en mil años. Yo no quiero saber nada de las costumbres de tu familia y vos tampoco vas a querer saber nada de las de la mía. Si vamos a seguir juntos y esta criatura que está en mi panza va a nacer, vamos a ser la familia Capone, nacida en Norteamérica y, para mejor, en Nueva York y, además, a pocas cuadras de distancia. No quiero escucharles esa lengua tuya ni vos ni a ninguno de tus amigos. Vos no vas a escuchar una sola palabra de nuestra lengua. Todos hablamos inglés de acá. No quiero saber cómo nos vas a mantener, pero no soy de las que sacan maridos de la cárcel. El día que tengas un problema llamala a Teresina, no a mí. Al, lo que te pido es que seas inteligente. No voy a meterme en tus cosas, pero en cualquier cosa que hagas para salir de la miseria, aunque sea un negocio para el mismísimo Satanás, tené en cuenta esto que te voy a decir: que nunca, pero nunca, se den cuenta de que vos estuviste detrás. ¿Entendés de lo que hablo?
—Sí, Mae.
—Es la última vez que te lo voy a decir. Esa cicatriz es la última. No habrá más. Subí un escalón y después otro, y cada vez te vas a ir alejando de cicatrices, de golpes y de la prisión. Mi hijo va a tener un padre amoroso del cual nadie pueda decir nada, salvo que es un hombre que ayuda a la gente necesitada.
Mae lo miraba, ahora, compasiva. Pensó en el choque que tendría con su familia, especialmente con su madre. Mae era una apasionada lectora de novelas y hacía tiempo que se imaginaba a sí misma como Elizabeth Bennet, la segunda de cinco hermanos, igual que en su familia, y a Al como el caballero Fitzwilliam Darcy. El orgullo y el prejuicio no harían que ella rechazara a un hombre que amaba y que le demostraba su amor a cada instante. Los prejuicios de clase y condición que ella debía vencer eran diferentes de los de Elizabeth, aunque se veía identificada con aquella trama. Orgullo y prejuicio. No cedería ante su familia como Mary Edgeworth cedió ante su padre, aunque en este caso se trataba de su madre. Solo quedaban el orgullo y el prejuicio, pensaba Mae, pero ¿contra quién, de quién? Estaba dispuesta a no guardar las apariencias como Catherine en esa otra novela. Al Capone no era Heathcliff. Ellos no eran ricos. No había una sola novela que hubiera leído o que le hubiera contado su madre que le cuadrara. ¡Al diablo con todo! Ella no es Bovary. Nunca se aburriría de Al ni dejaría de amarlo. Mae tenía 16 años cuando murió su papá, Michael Coughlin, por un paro cardíaco. Él tenía un carácter afable y comprensivo, y ella creía que habría ayudado a que aceptaran a su novio italiano. Papá Michael habría fruncido el ceño, pero nada más. Después, estaba segura, la habría dejado hablar con libertad de sus sentimientos y de cómo veía su futuro al lado de un hombre que no era irlandés. Papá Michael la habría comprendido aunque, como la mayoría de los irlandeses, detestaba a los italianos.
Cuando él murió, la casa de los Coughlin no se derrumbó. La música volvió a sonar, como era la costumbre, y mamá Bridget puso a sus hijos mayores a trabajar. Mae dejó la escuela, y su primer trabajo fue en la fábrica de cajas donde conoció a Al. Su salario, del que jamás se quejó a pesar de los escasos dólares que recibía, se lo entregaba completo a su madre. Entre sus hermanos se arreglaban con la ropa. Las prendas se alargaban o se acortaban, y se daban maña como todas las familias pobres.
Ella tenía una figura deliciosa: podía tener estilo con el cinturón apretado, con la ropa de su hermana mayor adaptada a su grácil figura, pues el glamour poco tenía que ver, en su caso al menos, con las finanzas. Al era Al. Ya se daría cuenta de que lo desparejo debía emparejarse hacia arriba. Nunca lo creyó un tonto de capirote o un bruto que todo lo arreglaba con violencia. Al contrario. Para ella era un muchacho fino y educado, con un gran corazón, hábil para abrirse camino en las circunstancias en que le tocó vivir. No le importaba lo que hacía, pero en cambio tenía muy en cuenta que lo que hacía lo hacía bien y que a él no le interesaba en lo más mínimo si a ella le gustaban o no los negocios que encaraba. Era un hombre muy bueno con las matemáticas, había progresado y era encargado de varios “asuntos”. Ah, también era un excelente bailarín y un gran amante.
Ella lo prefería así, algo gordito. No le cambiaría nada, bah. La enamoraba la mirada de Al cuando Mae le contaba historias de los antiguos romanos y, sobre todo, los ojos enormes que había puesto cuando le dijo que fueron los únicos que conquistaron Britania. Al señaló que había llegado a este mundo a destiempo, porque le hubiese encantado tener el cuello de un inglés bajo su pie. Y Mae se reía y le explicaba que en aquellos tiempos no había ingleses, sino tribus bárbaras, pero a Al no le importaba en absoluto porque —insistía— si estaban en Inglaterra, era ingleses. Con algunos recuerdos y cierta fantasía, le narraba la historia de Romeo y Julieta como si estuviese ocurriendo en ese momento en Verona. Le fascinaba la cara de Al, atenta o boquiabierta. No le importaba nada más, ni siquiera el desprecio de las otras chicas irlandesas de la fábrica porque salía con un italiano. Ella sabía que sufrían porque en realidad deseaban ocupar su lugar.
Se dio vuelta hacia él, que conducía imperturbable, y le acarició la enorme cicatriz. Era la única mujer a la que Al Capone le permitía —y le permitiría hasta su muerte— que le acariciara su enorme cicatriz. Ni a su mamma la dejaba. Al se detuvo casi llegando a una esquina, cerca del cordón de la acera, se dio vuelta y tomó la cara de Mae con sus dos enormes manos y le dio un beso. Mae lo separó suavemente. Se quitó el sombrero con cuidado y lo dejó en el asiento trasero. No hablaron una palabra. Ella le hizo un ademán con la cabeza. Al puso el auto en marcha. Mae sonrió cuando entró en un callejón.
—Prometeme que nunca más, pero nunca más, ni en mi casa ni con tus amigos, ni en ningún lado, vas a ponerte este estúpido traje verde.
Al se quedó con la boca abierta, cosa que ella aprovechó para besarlo una y otra vez. Le dio la espalda para que Al le aflojara el corsé, pero el muchacho no lo hizo. Ella giró la cabeza y vio que él, sin hablar, le hacía un ademán de espera con la mano abierta moviéndola hacia adelante y hacia atrás, con lentitud. Mae no entendía. Ella estaba a punto de colocarse a horcajadas sobre él cuando escuchó el ruido del motor de otro automóvil. ¿Qué pasaba? ¿Otro automóvil en el callejón? Entonces lo vio.
Lentamente ese vehículo, largo y negro, estacionó detrás del Cadillac. Era un coche fúnebre. Al le dio un beso a Mae y bajó del Cadillac. Fue al encuentro del otro conductor. Mae escuchó que le daba las gracias y que Carmine le respondió que tenía un par de horas para utilizar el coche fúnebre porque después debía devolverlo. Los muchachos se dieron un apretón de manos y Carmine salió del callejón caminando. Al, corriendo, fue a buscar a Mae, que estaba atónita, y la acompañó hasta la parte trasera del furgón.
—No digas nada —empezó Al—, estaremos más cómodos.
Al estaba contento como un chico, que de hecho lo era, con sus 18 años. Mae de entrada pensó en regañarlo, pero al instante se sonrió cuando vio cómo se afanaba en correr las cortinas negras del carromato y atar las riendas de los animales a su propio automóvil. Carmine, antes de irse, le había dicho que los dos caballos estaban medio dopados, incluso un poco más que para las carreras en las que deseaban que perdieran. “Pero ¡sí, si no lo hacía a los 20 años, ¿cuándo?!”, pensó Mae con una sonrisa mientras veía a Al entusiasmado para que ella tuviera todas las comodidades.
Sin decir una sola palabra, ella subió al coche fúnebre, acondicionado atrás con mantas, frazadas y hasta una doble sábana. El problema fue cuando quiso subir Al. El carromato se movió hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Parecía un barco en plena navegación. ¡Ay, las ruedas! Las dos traseras, grandes, y las dos más pequeñas de adelante. Mae dio un grito y buscó agarrarse de cualquier cosa, pero no había ninguna cosa de la cual sujetarse. Menos mal, pensaría después, que no se había aflojado el corsé y mucho menos se lo había sacado. No quería siquiera pensar en su cuerpo bamboleándose dentro de la carroza fúnebre con los pechos al aire. Al pensó en los caballos, que estaban semidormidos. Tenía a Mae agarrada de las rodillas mientras ella —cuya delicadeza le impedía gritar en una situación tan patética como esa— movía los brazos buscando algo que no encontraba. Capone estaba con medio cuerpo dentro de la carroza y sus piernas afuera. Un zapato de Mae se salió. De pronto la asaltó la idea de que el vestido, por alguna razón, se desgarraría, y era una prenda que compartía con su hermana. Ya lo del guido sería difícil de explicar e imaginaba la catástrofe de tener que buscar una excusa convincente para justificar ante su familia en qué circunstancias se había roto el vestido. Pero al fin de cuentas no se rompió.
Allí estaban los dos, siempre Al aferrando las piernas de Mae como si eso le diera estabilidad a un armatoste que por alguna razón desconocida se iba de babor a estribor y viceversa. Al no podía creer que justo este plan extravagante, que tanto había deseado que saliera perfecto, naufragara en la forma ridícula en que lo estaba haciendo. Justo a él le venía a pasar, que se distinguía entre sus jefes como el muchacho al que le podían encargar los trabajos más difíciles y delicados. Con un pequeño sacudón movió a Mae un poco hacia adelante y con otro más logró que se sentara al borde del furgón, aunque nada más que un instante, porque el carruaje se volcaba hacia el lado donde estaban ellos. Mae aprovechó para bajar de ese artefacto del demonio. ¡Maldito furgón! Al le puso un brazo en el hombro y la acompañó hasta su automóvil, dio la vuelta y volvió al asiento del conductor. Cerró la portezuela y miró a Mae, aún agitada. Se acercó y, como un padre o un hermano, le dio un beso en la frente. Ella lo miró fijo. Al tenía la cicatriz más roja que de costumbre. Mae la acarició y sonrió. Él le preguntó si se había lastimado, y ella negó con la cabeza. Los dos se rieron con ganas. Al le dijo que iría a buscar un par de mantas que habían quedado en el carro, porque eran de su casa.
Cuando salió, le pegó una patada a una de las ruedas traseras del coche fúnebre y saltó un poco de pintura negra. Al se quedó mirando. ¡Hijos de puta! La inestabilidad, claro, nunca hubiesen podido estar cómodos en ese lugar porque jamás se habría quedado fijo. Era un coche “de los angelitos”, para chicos, bebés, nenes, y lo habían pintado de negro porque eran blancos. “¡Pedazos de hijo de puta!”, pensó Al. Lo disfrazaban pintándolo de negro para ofrecérselo a quien no tenía dinero para un buen coche fúnebre. Podía hacer uso de estos a igual precio, claro. En fin, no creía que Carmine lo supiera, porque se lo hubiera dicho.
Volvió con Mae. Ella se había dado maña para aflojar, ahora sí, el bendito corsé. No hizo más que sentarse cuando ella se subió a horcajadas de Al, con la pollera cuidadosamente levantada. Lo hubiese hecho apenas llegaron al callejón, pero ya nada importaba de aquella aventura del carromato mortuorio, le volvió a acariciar la cicatriz, que lamió con suavidad, y le besó el cuello grueso mientras apretaba los brazos firmes. Al la tomó de las nalgas y ella, con un gemido, comenzó a sentir a su hombre.
El único apuro de Mae por casarse con Al era el bebé que esperaban. Estaba obligada porque no quería que murmuraran que su hijo era un bastardo. Ella y Al pensaban lo mismo. Estaban acuciados. Ya Teresina, la mamá de Al, no soportaría que le llevara a su casa a una irlandesa y a un hijo al que siempre pondría en duda si era su nieto. Para Teresina, esa mezcla era insoportable. Al y Mae se amaban, pero las circunstancias influían en las decisiones que debían tomar.
Si fuese por su edad, Mae, como buena irlandesa, estaba a tiempo para buscar un candidato. Por entonces, italianas e irlandesas tenían miradas diferentes sobre el momento de unirse a un hombre. Ese no era un tema menor. Los inmigrantes seguían las costumbres de sus países de origen, y los candidatos a marido eran muchachos que ya trabajaban, es decir, que habían dejado la escuela para abrirse camino por su cuenta. Al no hubiese sido candidato para ninguna chica italiana porque aún no sabía qué hacer con su vida, y los consejos de su padre, Gabriele, le entraban por un oído y le salían por el otro. Admiraba a su hermano Ralph (Raffaele), el segundo de la dinastía Capone, que al igual que el mayor, Vincenzo, había nacido en Nápoles. Todos se habían cambiado sus nombres italianos por anglosajones. Vincenzo, por ejemplo, se puso Jimmy. Claro que en la familia de Mae Coughlin no hacía falta disimular los nombres.
Las mujeres irlandesas solían casarse entre los 18 y los 21, con algún año más que las chicas italianas casaderas. Lo que ocurría durante los primeros tiempos del siglo XX era curioso porque los hombres irlandeses no pensaban en el matrimonio y entonces las chicas, frente a esta apatía, buscaban a alemanes o ingleses. El asunto no le caía bien a nadie, salvo a los varones, pero los jefes de las familias estaban preocupados y aceptaban refunfuñando a esos “extranjeros”. Peor hubiese sido si el candidato era italiano. Sin embargo, todo cambia, y para eso hacía falta que primero una y después otra y después una tercera se fijaran en un guido para que el orgullo irlandés se resquebrajara, mucho más cuando los candidatos comenzaron a ser también eslavos. Las broncas ya eran entre padres e hijos que no se casaban con las mujeres de su propia comunidad. Los mayores decían que ellas estaban echando a perder la raza, pero a la vez admitían que las jóvenes no podían quedarse a esperar a que a los varones irlandeses se les ocurriera casarse cuando se les diera la gana, a los veintitantos o treinta tal vez. Era para muchos irlandeses la disolución de la congregación. Había ancianos que no iban a los casamientos. Con los años, a las mujeres les comenzó a importar muy poco contar con la aprobación de los mayores. Se casaban con pretendientes cuyas familias provenían del este y del sur de Europa, aunque sus padres dijeran que tales enlaces eran vergonzosos.
Mae era un partido ideal pero inalcanzable, porque ya estaba con Al y porque los varones de su barrio pisaban los treinta y seguían solteros. Aunque su madre, Bridget, hubiese hecho el mayor esfuerzo para que a su hija le interesara un pretendiente irlandés, se encontraba con que este era casi un “viejo” y no estaba dispuesta a entregar a su hija a un tipo que “ya la había vivido”. Muchas amigas de Mae se habían quedado para vestir santos. Jóvenes, alegres, con sueños y solas. Pero no estarían solas. Comenzó a saberse del embarazo de una y de otra, con aquel croata o ese italiano. Mientras los candidatos tuviesen un empleo más o menos seguro… Todo fue cambiando, y los hombres de diferentes regiones de Europa también pusieron el ojo en las irlandesas porque les daba prestigio y consideración social. Era una paradoja, pues ellos ascendían en la escala social y las irlandesas descendían, aunque esta situación a ellas no les importaba en absoluto, pues lo que buscaban era tener descendencia con esos hombres “de afuera” y, acaso lo más importante de todo, que las trataran bien.
Mae y Al provenían de mundos tan diferentes que cualquiera hubiera pensado que una unión como esa era imposible. La reacción de los hermanos de Mae cuando vieron al guido vestido de “canario” fue una enseñanza inesperada de que el mundo había cambiado. Podían pensar en cualquier cosa acerca de la presencia del italiano en la puerta de su casa, pero no que tenía una cita nada menos que con su joya. Y así era. Su mundo dio una vuelta de campana, sobre todo porque sus hermanos estaban convencidos de que ella sería la última en aceptar una relación con un italiano, y ahora resultaba que nada menos que Mae rompía con los prejuicios. ¿No era que, para los irlandeses, los italianos eran menos que simios? El odio y el miedo eran circunstancias con las que convivían irlandeses e italianos. Nada era folklórico en este mundo de diferencias. Al conocía perfectamente las diferencias, incluso mejor que Mae, porque ella no las sufría. Sabía lo que se decía de los italianos y sabía del peor insulto que se les lanzaba con frecuencia: “comedores de ajo”.
El padre de Al era un buen hombre que quería que sus hijos consiguieran un trabajo decente. Gabriele tenía una barbería, su oficio del Nuevo Mundo. Había llegado a América pagándose su pasaje con el trabajo que desempeñó hasta los 29 años: era panadero y sabía hacer la pasta italiana. Creyó que esos conocimientos, superiores a los de la mayoría de los inmigrantes de su país y de su región, lo colocarían en una buena posición cuando abandonase Castellammare di Stabia, en Nápoles. Y tenía otra ventaja sobre los casi 50.000 italianos que llegaron a Nueva York en 1895: sabía leer y escribir en su propio idioma y tenía facilidad para otros, así que se las arreglaba bastante bien con el inglés.
Se estableció en los Astilleros de Brooklyn, uno de los lugares más miserables y peligrosos, con la esperanza de aprovecharse de su trabajo y abrir su propia panadería. Cuando advirtió la cantidad de dinero que le hacía falta para semejante inversión, comenzó a ganarse la vida cortándoles la barba, por unos pocos dólares, a sus compatriotas, tan pobres como él. Nunca perdió la esperanza de abrir su propio negocio y lo logró luego de algunos años y varios hijos ya nacidos en Norteamérica, como Al, de hecho el primero en nacer fuera de Italia. No tenían contacto con los estadounidenses. Teresina, por ejemplo, en toda su vida no pronunció jamás una palabra en inglés. Cuando iba a hacer las compras, decía: “Voy a América”. Ella, después de mucho insistir, consiguió decir que vivía en “Bruccolino” (por Brooklyn). Su mundo era su casa, y su casa era Italia. Al llegar a Nueva York tenía 27 años.
Los Coughlin, por el contrario, siempre habían sido una familia acomodada y en pleno ascenso, al menos hasta cuatro años antes de que Mae conociera a Al. Michael, el jefe de la familia, trabajaba en el ferrocarril en relación directa con todo tipo de estadounidenses. Bridget Gorman, su mujer, se quedaba en casa y atendía a la familia. Así lo hizo toda la vida: había llegado desde Irlanda con sus padres y casi de inmediato se casó con Michael, por lo tanto, mientras la mayoría de las irlandesas solía trabajar como doncella o mucama antes de casarse, Bridget pasó de la casa de sus padres a la de su marido. Tuvieron siete hijos. Era una mujer bien preparada. De hecho, en aquel entonces, las irlandesas solían avanzar en los estudios mucho más que los varones. Es cierto que la mayoría no completaba la educación media; en general abandonaban la escuela recién a los 16 años, un límite nada caprichoso, porque hasta esa edad la enseñanza era obligatoria. Bridget, una mujer ordenada, tenía muy buena reputación en la comunidad y realizaba visitas sociales, mucho más desde la imprevista muerte de Michael, hacía ya cuatro años. Nunca dejó de ir los domingos a la iglesia.
Mae regresó cuando su madre preparaba la cena. Al la había despedido acariciándole la mejilla con su mano de palma grande y dedos cortos. La había seguido con la mirada hasta que Mae entró en su casa. Ya no estaban las cortinas descorridas y, por lo que ocurriría en el interior cuando la hija hablase con la madre, era mejor que así estuvieran.
Al estaba por resolver un problema que parecía imposible, nada menos que casarse con la irlandesa más bonita, tener un hijo y, sobre todo, irse a vivir con los Coughlin. De todo se encargaría Mae. Ella, la más linda, era la que llevaba el bebé en su panza y quien convencería a su familia y acaso a la de su futuro marido. Mae ya había tenido suficiente la primera vez que visitó a los Capone y conoció a Teresina, la mamá de Al, y a su futura cuñada, la más chica de los Capone, Mafalda, nacida en 1912. Fueron ellas las primeras en saber que Mae estaba embarazada y, delante de Al, que estaba muy serio porque sabía el significado de lo que iban a hacer, se mojaron el dedo gordo con saliva y la soltaron con fuerza al piso. La señal era muy clara para Al: esta mujer estará en esta casa el tiempo que tarde en secarse la saliva, ni un instante más.
Desde el principio, el maltrato de Teresina y Mafalda hacia Mae fue directo. No le hablaban en inglés, ni siquiera en italiano, sino en dialecto napolitano, lo que terminaba siendo una conversación entre madre e hija en la que decían pestes de Mae sin que ella entendiera una palabra, pero Al sí, y él no se atrevió a decir nada. Mafalda se consideraba una reina o, mejor, una princesa, pues su nombre era el de la hija mimada del rey Víctor Manuel. ¡Guay de meterse con Mafalda! Nunca tuvo un apodo pues con semejante nombre, decía ella misma, le alcanzaba y sobraba —solamente de adulta permitió que algunos de sus sobrinos la llamaran Maffie, siempre y cuando estuviese de buen humor—. Madre e hija seguían hablando en napolitano, un dialecto que Al ya quería olvidar, pero su madre no conocía otra forma de comunicarse, ni la conocería jamás.
—Pero ¿esta blanca te agarraste?
—Mamma, es buena chica.
—No se trata de ser bueno o malo. —Se subió la manga de su pulóver y le mostró el brazo a su hijo. —¿Ves este brazo? ¿Sabés lo que hay adentro o te lo tengo que decir? Hay sangre, ¿entendés? Esta sangre es la misma que la de tu padre.
—Pero mamma, eso era antes…
—Ah, el señorito le viene a dar lecciones a su madre.
—Mamma, esto es América. —Al no tenía más que frases hechas para convencer a Teresina, lo cual era una pésima táctica.
—América, América. En América están ustedes. El mundo es como un árbol, me decía mi padre, tu abuelo. Todos ustedes, menos Vincenzo y Raffaele, que, pobrecito, tenía siete meses cuando llegamos acá, todos ustedes: vos, Erminio, Umberto, Amadeo, Erminia —que Dios la tenga a su lado— y Mafalda nacieron en esta rama que se llama América, pero la raíz es la misma para todos, ¿entendiste? Ustedes en su rama hagan lo que quieran, pero respeten las raíces. Si esa criada quiere venir a ayudarme a lavar la ropa, que venga, porque fregar se friega sin hablar, con el cabello negro o amarillo. Pero nada más. No esperes que acepte a una hembra salvaje. Ahora decime una cosa que me tiene intrigada. ¿Y esa chica dal nostro paese, tan simpática, que tenías antes? A mí me dijeron que se iban a casar. Hasta se lo comenté a tu padre, que se puso muy contento.
Al estaba colorado como un tomate y no sabía qué responder. Era imposible contarle la verdad a su madre. Él había estado enamorado de esa muchacha, cuyo nombre jamás trascendió por vergüenza de Al y de la propia familia de la adolescente. Lo que puede aventurarse es que el padre de la joven provenía de un lugar de Nápoles cercano al de los propios Capone, pero de mejor nivel económico y social, o sea que se consideraba superior a ellos; una soberbia que acaso haya nacido de un mejor oficio o de mejores relaciones, aunque tanto una familia como otra vivían en ese momento en la misma calle mugrosa de Brooklyn. Se cuenta que Al fue a la casa de la chica a pedir su mano y que su padre lo sacó poco menos que corriendo al grito de pandillero y otros insultos. Quedará en la oscuridad la historia de esta supuesta novia. ¿Sería por ese rechazo que Al decía que no le gustaban las chicas italianas? La explicación que habría dado: eran chapadas a la antigua. Las muchachas italianas dejaban el colegio en la primaria para cuidar a sus hermanos, que iban naciendo a razón de uno por año. Sabían lavar la ropa, coser, hacer todo tipo de tareas domésticas y hablar italiano, porque no conocían otra cosa que su mundo familiar, en el que no había lugar para otro idioma. Las mujeres estaban casi siempre a la sombra de sus maridos, y ninguna familia decente hubiese aceptado entregar a su hija a un joven que se sabía que estaba abriéndose camino en el bajo mundo.
Algunos no veían con buenos ojos que Al hubiera dejado el colegio. A pesar de que su sobrina nieta, Deirdre, dijo en 2018 que Capone había completado la secundaria, no hay ningún documento o registro de ello. Lo que surge es que, a los 14 años, por un incidente en el colegio, terminó pegándole a un profesor. El relato indica que un compañero de clases le había robado su pastelito de la media mañana, y Al fue a contárselo a este profesor. Como ocurre en toda historia sin registro, nada se sabe del nombre de ese maestro, pero sí se ha dicho que no puso demasiado interés en solucionar el problema del alumno al que le habían robado el pastelito. Al, ya un muchacho alto y fuerte, discutió con el profesor, hasta señaló al ladrón y, ante la obstinada indiferencia del docente, terminó lanzándole una trompada que nadie puede asegurar si dio en el blanco. Lo que sí se sabe es que “el revoltoso italiano” fue expulsado del colegio.
Gabriele ya no escribía su nombre como correspondía, pasó a ser Gabriel, porque en 1906, en una gran ceremonia familiar, se festejó que el jefe de la familia se hubiera nacionalizado ciudadano estadounidense; esperaban que mejorase su economía y de hecho lo lograron, porque la familia se mudó: trasladó su peluquería/barbería a la planta baja y se instaló la parentela en el piso superior. La puerta principal daba a una especie de comedor diario que a su vez se comunicaba, por una abertura sin puerta, con la cocina, larga y estrecha. Luego otra abertura en arco llevaba a lo que sería la sala principal de la casa, donde colocaron una gran mesa y sillas que, de noche, corrían hacia un rincón para acomodar colchones para los hijos varones.
De esta gran habitación se salía por un pasillo hacia el fondo, donde había un salón en el que solían reunirse, por ejemplo, para celebrar los cumpleaños. Había allí una gran araña que dominaba toda la escena, a la que Teresina le tenía especial cariño porque se trataba del primer objeto que había comprado en el Nuevo Mundo y le había llevado casi todos sus ahorros. En ese ambiente tenían otra mesa con un mantel blanco bordado que le había dado una tía de Teresina en Nápoles y algunas sillas que también, a la noche, eran corridas hacia una pared donde estaba la ventana que daba a la calle, para que pudieran dormir las mujeres de la casa. A mitad de ese salón había una puerta que comunicaba con el dormitorio que ocupaban Gabriel y Teresina. El baño estaba abajo, en los fondos del local de Gabriel, por eso tenían varias tazas de noche. El matrimonio se las arreglaba en esa zona en la que no abundaban los malandras, pero donde la Pequeña Italia lindaba con el sector irlandés de Red Hook.
Cuando Al dejó el colegio, la familia no se hizo demasiado problema porque significaba que comenzaría a trabajar y, en consecuencia, aportaría a la economía familiar, lo que siempre era bueno. El interrogante era de qué trabajaría. Por lo pronto, a los 8 años, en el barrio lo definían como un peleador callejero, lo que casi en cualquier circunstancia hubiera sido una referencia negativa, salvo en esa zona.
Ocurría que las comadronas italianas tenían miedo de salir a la calle a hacer la spesa (las compras) porque los pibes irlandeses iban detrás de ellas y les levantaban las polleras y las enaguas. Los irlandeses eran los dueños de la situación porque nadie los enfrentaba. Primero se consideró una molestia y después, una molestia con la que había que convivir en esa zona de Brooklyn. De levantar polleras, los irlandeses pasaron a concretar pequeños robos, más bien del tipo de arrebato.
Los muchachos italianos tenían en Francesco Nitto a su líder y le reclamaban preparar emboscadas contra los irlandeses. Nitto es el mismo Frank Nitti que pasará a la posteridad como lugarteniente de Capone, cuyo nombre fue estampado en la memoria más por Hollywood que por ser un pezzo da novanta, es decir, un hombre importante en la organización. Cabe aclarar que cuando Capone cayó en prisión por el famoso asunto de los impuestos impagos, Nitti ocupó la jefatura por un breve tiempo hasta que los jefes de Nueva York decidieron sacarlo del medio, y de los negocios se encargó Tony Accardo.
Por aquellos primeros años (in illo témpore), Nitto o Nitti tuvo su momento de gloria; era casi diez años más grande que los demás, y el jovencito Al solo podía ofrecer sus puños y no alguna estrategia contra los “del otro lado”. Nitto lo nombró miembro de Los Chicos de Navy Street, más que nada porque no quería ser desconsiderado con él, no quería vérselas a puño desnudo con el “napolitano”. Al aprendió rápido a hablar inglés sin acento cocoliche y también a destacarse en las peleas. Su fortaleza residía en soportar los golpes, más que en la potencia de los suyos. Desde los 8 años se perfeccionó en toda clase de trucos y trampas callejeras, mucho más cuando a los 14 dejó la escuela, por causa de la pelea con ese profesor o por sus constantes faltas. No era fácil encontrar a Capone por aquellos años, ya que estaba siempre en la calle, aquí y allá. Acaso su fama influyera para que la familia de su amada italiana lo rechazara como candidato.
Al tiempo, cuando Al conoció a Mae, estaba melancólico. No había burdel que no frecuentara, y en ellos no había color de piel u origen que se rechazara. Cuando conoció a Mae en la fábrica de cajas de cartón no paraba de mirarla, de observar sus gestos. Creía que sería una superación entablar amistad con una chica que no fuese italiana. La invitó a bailar en una zona neutral, es decir, estadounidense. Al era hábil en la pista de baile. Y lo segundo que hizo, ya en la fábrica, fue proponerle ocupar alguno de los rincones del lugar para tener sexo. Mae aceptó.
La mayor aspiración de Gabriel era que sus hijos más grandes fuesen comerciantes. Se desilusionó con los tres, aunque alguna esperanza mantenía con Al. De Vincenzo no se sabía nunca en qué andaba, con qué pandilla sobrevivía; Ralph era otra cosa. Fue el primero de esta familia Capone en lograr que Teresina aceptara de mala gana que se fuera a vivir a otro barrio. Ralph (Raffaele) le repetía que esa decisión no significaba abandonar a la familia ni mucho menos, que iba a ir casi todos los días a verla, que iba a ser un progreso para él y para todos y que de esa forma podría aportar a las finanzas hogareñas. Dudó cuando Teresina, furba (astuta) como ella sola, le preguntó de qué iba a trabajar, y mucho más cuando su madre quiso saber cómo sería su vida alejado de su familia.
Ralph trabajó en una imprenta durante dos años y le consiguió un lugarcito a Al, que estuvo allí con su hermano desde los 15 hasta los 17 años. Antes de obtener el empleo en la fábrica de cartones, Al tuvo una trascendente charla con su padre. El propio Gabriel le había pedido a su hijo que lo escuchara pues quería hablarle sobre su futuro. Se lo llevó al salón del fondo de la casa, que hacía también de dormitorio de las chicas. Su idea era que no anduviera de aquí para allá, como sus hermanos mayores. Gabriel sabía que se metían en pequeños líos y le dijo que lo que deseaba para Al era lo mismo que había aspirado para él cuando emprendió el viaje a América: sistemarsi, establecerse. Sin embargo, Gabriel empezó por otra cosa.
—A mí no me importa si es de pelo amarillo. Vikingos hubo siempre y colorados también. Nosotros conocimos a muchos de estos. Los romanos los corrieron durante años, pero son persistentes. Lo importante, Alfonso, es que te respete.
Al no sabía qué contestar porque no se esperaba ese planteo. Solo amagó un:
—Sí, babbo. —Y enseguida se atrevió: —Pero la mamma…
Su padre lo miró como si esperara la queja y le contestó que Teresina ya no estaba para criar a nadie ni para enseñarle nada a nadie, y menos a un bárbaro, aunque fuera una hembra. Era cuestión de ellos comportarse como se debía. Hizo un ademán con la mano como si ya no le importase hablar de ese asunto. Lo que le preocupaba era el futuro de su hijo. Mujeres, entendía, había muchas; fuera blanca o roja—menos negra—, ya encontraría aquella con la cual formar una familia. Pero y él, Alfonso, ¿qué…? La mujer, cualquiera fuera, incluso esa vikinga, no le daría un futuro; el futuro se lo debía buscar él. Le dijo entonces que se fijara seriamente en la caja de limpiabotas debajo del gran reloj que se hallaba en el lugar más concurrido de la calle. Una buena ubicación, mucha gente, mucho dinero. Gabriel jamás había tenido que arriesgar su físico para defenderse o defender a otro —en este sentido, Teresina tenía una figura más imponente que la de su marido—, y si bien sabía que en América los lugares muchas veces se ganaban a trompada limpia y con navajazos certeros, no creía que sus hijos tuviesen que atravesar esas circunstancias. Gabriel siempre fue un hombre de buenos pensamientos.
El negocio de los limpiabotas en el Gran Reloj estaba ya copado por los muchachos de Don Giuseppe Balsamo, un siciliano que algunos consideran el primer boss o capo del crimen organizado en Brooklyn. Le decían “el alcalde de Union Street”. De las muchas historias que se cuentan de Balsamo, en su mayoría incomprobables, hay una que tiene al menos coincidencia entre los testigos de la época. Balsamo era uno de los jefes de la Mano Negra, una organización que dividió en dos la ciudad de Nueva York para hacer lo que mejor sabe hacer la mafia: extorsionar. Entre Balsamo y el líder de la Mano Negra del este de Harlem, Giuseppe Morello, llevaban sin problemas los sobornos y los despojos. ¿A quién extorsionaban? ¡A los propios italianos! ¿Cómo? Vendiéndoles protección. ¿De quién debían protegerse? De los italianos de la Mano Negra. Eran tipos de la peor calaña. Una gentuza rastrera que completaba sus actividades sobornando a policías corruptos, para quienes unos pocos dólares eran más que suficientes para dejar que algunos inmigrantes explotaran y se aprovecharan de sus compatriotas. Pero estos delitos no dejan de ser más de lo mismo, es decir, cuestiones trilladas, repetidas hasta el hartazgo y noveladas una y mil veces.
¿La Mano Negra era nada más que eso? No. Con la inmigración y los cientos de miles de italianos llegados a los Estados Unidos hubo un vínculo estrecho entre las organizaciones mafiosas asentadas en Sicilia y sus enviados a América. La mafia era el efecto de una perversa relación entre la tradición parasitaria de la delincuencia siciliana y una sociedad estadounidense rica pero cruel en sus métodos y en sus valores. Sicilia nunca estuvo lejos de Nueva York. El puente era la inmigración clandestina, que se convirtió en uno de los principales canales de expansión de la mafia en América, tráfico que se intensificó con la crisis económica provocada por el llamado “pánico financiero de la Bolsa” de 1907, consecuencia del desastre del terremoto de San Francisco de un año antes y de pésimas inversiones de grupos como Harriman, Heinz, Kuhn Loeb, National City Bank, entre otros.
En esas circunstancias era casi imposible obtener una visa estadounidense de ingreso o de trabajo, y aquellos que ya estaban establecidos no lograban acomodarse financieramente. Muchos volvieron a Italia. El hampa siciliana vivía una doble bonanza; por un lado, la de aquellos que volvían y estaban dispuestos a pagar precios escandalosos por un poco de tierra para cultivar en su isla, que les sería vendida por los padrinos, y por otro, en Norteamérica funcionaba como insoslayable agencia de entrada y establecimiento para los ilusionados pobres diablos que no tenían dónde caerse muertos en su tierra natal y preferían —si ese fuera su destino— hacerlo en los Estados Unidos, la tierra que, decían, daba oportunidades a todos.
De estos negocios se ocupaba la Mano Negra. Los Capone —un apellido muy común, por otro lado, entre los inmigrantes no sicilianos— estaban muy lejos de conocer lo inmenso que era el iceberg, y mucho menos Gabriel, un espíritu benevolente con inclinación a creer que la gente era buena por naturaleza y que ruindades por el estilo solamente formaban parte —por lo que había escuchado aquí y allá— de la leyenda negra que había cubierto a los italianos. Es decir, no tenía noción de las corrientes que se movían en la calle, y no tuvo mejor idea que, sin saberlo, mandar a su hijo a la boca del lobo.
Observador y astuto, Al fue a limpiar botas y lo primero que observó fue cómo todas las semanas aparecían, no ya chicos o muchachos, los matones que extorsionaban a comerciantes locales y les cobraban una comisión por dejarlos trabajar en paz. No se le ocurrió mejor idea que hacer lo mismo: cobrar por protección, pero sin meterse con los negocios ni, mucho menos, con los clientes de Don Balsamo. Lo suyo sería chiquitito, como recoger migajas. Las víctimas de Al Capone fueron los otros chicos limpiabotas. Los primeros matones que recogían el dinero para él fueron sus primos, Carlo “Charles” Fischetti y Sylvester Agoglia, y dos amigos, Jimmy D’Amato y Antonio “Tony” Scrapisetti. Ellos se encargaban de recorrer las calles y de recaudar. Al no se ensuciaba las manos, táctica que había aprendido de su hermano Frank.
Al observó también otro aspecto que al principio le pareció tan curioso como inexplicable. Frank y, más aún, los capos de la Mano Negra utilizaban “gorilas” o pendencieros que tenían más edad que ellos, pero menos comprendonio, o sea que no eran muy despiertos que digamos. Esta situación dejaba una enseñanza: esos tipos eran más útiles a la mafia que lo que ellos mismos creían. ¿Por qué? Porque se conformaban con presionar, hostigar, romper algunos huesos, se mostraban satisfechos con su oficio de matones y jamás discutían la autoridad del jefe. Capone aplicó estos saberes, surgidos de su primer “negocio”, hasta el fin de sus días. El negocio de la extorsión a los limpiabotas iba de maravillas, al punto que contrató más esbirros. No se sabe el número, pero sí que ellos se consideraban ya una organización y se autodenominaron pomposamente Los Destripador
