INTRODUCCIÓN
por Benjamin H. Cheever
Al morir, el 18 de junio de 1982, John Cheever dejó en sus diarios una obra ingente, sin corregir e inédita. Sobre la base de los veintinueve cuadernos de hojas sueltas en que estaba escrito, Robert Gottlieb ha preparado el libro que sigue.
Casi todos los que leyeron los extractos del diario aparecidos en la revista The New Yorker reaccionaron con entusiasmo, mientras que unos pocos se sintieron ofendidos y desconcertados. Aquellos con los que hablé del tema se planteaban dos interrogantes: ¿le habría gustado a John Cheever ver publicado ese material? Y en caso afirmativo, ¿por qué?
Comprendo esta inquietud. La lectura de algunos pasajes me provocó un dolor intenso. Pero mi padre quería que sus diarios vieran la luz. Lo sé porque me lo dijo. Y creo conocer los motivos.
Cuando empezó a escribir estos diarios no pensaba en publicarlos. Eran material de trabajo para sus obras de ficción. Y eran asimismo material de trabajo para su vida. Compraba un cuaderno pequeño de hojas sueltas, lo llenaba y se compraba otro. El cuaderno en uso lo tenía siempre a mano, en el escritorio o cerca de este. Las hojas rayadas se distinguían fácilmente de los pliegos de papel amarillo en que escribía sus novelas y cuentos.
A pesar de estar mecanografiadas con precipitación —con mayúsculas fuera de sitio, repletas de errores tipográficos y tachaduras—, las hojas eran legibles y constituían una gran tentación. Pero no nos estaba permitido leerlas. No recuerdo textualmente sus instrucciones, pero eran claras y casi amenazantes.
Por eso me sorprendió cuando empezó a insinuar la posibilidad de publicarlas. Fue en diciembre de 1979. Yo acababa de separarme de mi primera esposa y pasaba una temporada en casa de mis padres.
Pensaba que mi regreso sería motivo de júbilo, un acontecimiento poco menos que triunfal. Por sus diarios supe más adelante que los sentimientos de mi padre encerraban cierta ambivalencia. Escribió: «Este sábado por la mañana, después de una semana de retiro espiritual que lo ha jorobado, nuestro hijo Ben ha dejado a su mujer y ha vuelto a casa, al parecer para pasar solo unas horas».
Dos días más tarde se había resignado a una estancia prolongada: «Mi hijo está aquí. Me parece que no nos conocemos; me parece que nuestro destino es no conocernos jamás. En broma le indico que no limpia el retrete. Responde que ronco. Mañana vuelve otro hijo. Me parece que a este lo conozco mejor, pero ya veremos». Y añade, un poco a regañadientes: «Amar a los hijos significa en parte renunciar a ellos».
Me quedé varios meses. Y él parecía disfrutar de mi compañía. (En los diarios volvía a referirse a mí llamándome «querido hijo».)
Hablamos mucho. Quería hablar sobre los diarios. Había enviado los cuadernos, de dos en dos, a importantes bibliotecas. Yo estaba sorprendido y sentía envidia. Lo que quería averiguar era si los bibliotecarios se escandalizaban. No sé si se escandalizaron, pero sí que su respuesta de alguna manera no le convenció, ya que al cabo de un tiempo hizo que le devolvieran todos los cuadernos.
Estando conmigo se preguntaba por el valor documental de los diarios. En varias ocasiones se interesó por mi opinión. Yo le respondía que lo ignoraba. Que daba por sentado que todo lo escrito por él despertaba interés. Añadí que no podía juzgarlos porque no los había leído.
Una noche de enero me entregó un cuaderno y me dijo que le echara un vistazo.
Estábamos en el comedor. Me senté y empecé a leer el diario que me había entregado. Se sentó en otra silla para observarme. Me preguntó qué me parecía. Le dije que me parecía interesante y además muy bien escrito. Me dijo que siguiera leyendo. Al levantar la vista, vi que lloraba. No profería sollozos, pero las lágrimas surcaban sus mejillas. No dije nada. Volví a la lectura. Cuando levanté la vista de nuevo, había recuperado la compostura.
Le dije que me gustaba.
Me dijo que, en su opinión, los diarios no debían publicarse antes de su muerte.
Estuve de acuerdo.
Añadió que la publicación de los diarios podría incomodar a la familia.
Dije que podíamos asimilar el golpe.
Quería saber si realmente creía que despertarían interés.
Respondí que no cabía duda de que a los escritores jóvenes les resultarían interesantes. Le pregunté a mi vez si le gustaba la idea de que se publicaran, a lo que sonrió. La perspectiva parecía alegrarlo.
Durante las semanas siguientes hablamos repetidas veces sobre el asunto. Me preguntaba una y otra vez si de verdad creía que podían despertar interés. Y yo respondía invariablemente que sí.
Después recibí permiso para leer los diarios. Lo hice. No fue agradable. No mostraban al hombre ingenioso y encantador que me alojaba en la habitación de los huéspedes. El texto era deprimente y en ocasiones mezquino. Se hablaba mucho sobre homosexualidad.
No lo comprendí del todo o no quise comprenderlo. Me sorprendió lo poco que yo aparecía en el texto. Me sorprendía lo poco que aparecíamos todos nosotros, excepto tal vez mi madre, pero el trato que recibía no era como para desear la publicidad.
Esto nos lleva al segundo interrogante: ¿quién podría desear la publicación de semejante material?
En 1979, John Cheever era una ilustre personalidad literaria. «Soy una marca registrada —solía decir—, como los cereales para el desayuno.» Parecía gustarle esta condición. Probablemente sospechaba que la publicación de los diarios la modificaría. Su imagen pública era la de un distinguido caballero inglés que vivía en una antigua propiedad rural y criaba perros de caza. Su última producción revelaba un ingenuo interés por otros aspectos de la vida, pero era lícito suponer que se trataba de un interés puramente intelectual. Pocos conocían su bisexualidad. Muy pocos la frecuencia de sus infidelidades.
Y casi nadie habría podido prever la aparente desesperación de su vida interior ni la naturaleza cáustica de su visión. Pero no creo que le preocupara mucho ser como los cereales del desayuno. Antes que desayuno era escritor. Era escritor casi antes que hombre.
Muchos escritores de talento extraordinario bajan la guardia en sus apuntes y cartas, y se los ve buscar torpemente el tópico salvador, como cualquier persona. No era este el caso de mi padre. «Sé que a ciertas personas les asusta escribir cartas comerciales porque se encontrarán y revelarán a sí mismas», solía decir con desdén. Ahora comprendo que ese desdén iba dirigido a sí mismo. Era incapaz de escribir una postal sin encontrarse. Pero no por ello dejaba de escribirla. Se encontraba consigo mismo, se transformaba y el destinatario recibía una postal de miedo.
Para él, la función del escritor serio era excelsa y a la vez práctica. Solía decir que la literatura era uno de los primeros indicios de la civilización. Un bello pasaje en prosa, decía, puede curar no solo la depresión sino también la sinusitis. Como muchos grandes curanderos, quería curarse a sí mismo.
Durante buena parte de su vida padeció una soledad tan aguda que casi no se diferenciaba de un mal físico. «Puedo saborear la soledad —escribía a principios de 1979—. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, nada es tangible. Pienso en Hemingway, lo que recordamos de su obra es menos el color del cielo que el sabor absoluto de la soledad. Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es más poderoso que cualquier otro. Me parece que esforzarse por ser un escritor serio es peligroso.»
Su intención al escribir era escapar de esa soledad, desarticular el aislamiento de otros.
Recuerdo que me contó que había recibido una carta de agradecimiento de un hombre que había leído la novela en la que Coverly Wapshot sueña que ha tenido relaciones sexuales con un caballo. El pasaje había aliviado la ansiedad del admirador; había aliviado su soledad. Mi padre se sintió muy gratificado. Su intención al publicar los diarios era continuar ese proceso: demostrar a los demás que sus pensamientos no eran inconcebibles. Quería hacer el bien, pero sentía también placer al prever la publicación de una obra tan turbadora.
Durante nuestras conversaciones de 1979 ya no se trataba a sí mismo con tanta dureza. Cuando era joven, la bisexualidad le había causado remordimientos atroces. En 1980 pudo escribir: «En los años treinta y cuarenta los hombres temían la homosexualidad como los marineros antiguos temían rebasar los límites del océano en un mundo apoyado en el caparazón de una tortuga».
Un espíritu simple dirá que la esencia de su problema era la bisexualidad, pero no es así. Tampoco lo era el alcoholismo. Asumió su bisexualidad. Dejó la bebida. Pero la vida seguía siendo un problema. Afrontaba el problema dándole expresión. Lo convertía en relato y lo publicaba. Al descubrir que había escrito la historia de su vida, también quiso publicarla. Y creo que la perspectiva de publicación atenuó hasta cierto punto su miedo a morir. De repente, la muerte se le apareció como una oportunidad.
Mi madre es la albacea literaria de mi padre, pero siempre se ha dejado guiar por el deseo de complacer a sus hijos y honrar la memoria de su marido. Todos participamos de la decisión de publicar los diarios. Por consiguiente, somos responsables del proyecto. Con todo, el libro no es nuestro. Es en primer lugar de John Cheever y en segundo lugar de su editor. Robert Gottlieb era el responsable de la edición de los libros de mi padre en la editorial Knopf. Fue él quien convenció a mi escéptico padre de la necesidad de compilar los relatos que aparecieron en 1978, y fue él quien los seleccionó. El libro fue un best-seller y ganó el Premio Pulitzer. Pero más que eso, fue casi la prueba del valor de la vida y el arte de mi padre.
Robert Gottlieb ha dado a este libro su forma y continuidad, y ello sin distorsionar la naturaleza de la vida retratada en él. Mi familia ha seguido el proceso a una distancia prudencial y ha trabajado principalmente como equipo de apoyo. Sugerimos los pasajes que, añadidos a los seis aparecidos en The New Yorker, dan al libro su actual extensión. Ayudamos a establecer la cronología. Pero nuestro trabajo ha sido ante todo de contención. No hemos querido inmiscuirnos. No hemos hecho nada para proteger a nuestro padre. Nada para protegernos a nosotros mismos. Nos hemos mantenido al margen. Mi hermana Susan, mi hermano Fred y yo nos hemos encargado de casi todo el apoyo; mi madre, de mantenerse al margen. Nuestro trabajo exigió tiempo; el suyo, valentía.
NOTA A ESTA NUEVA EDICIÓN
DE LOS DIARIOS DE JOHN CHEEVER
A diferencia de mis prólogos y notas realizados hasta ahora para la antología La geometría del amor, los Cuentos y las novelas de John Cheever, me pareció más pertinente —teniendo en cuenta que los Diarios ya vienen más que bien pertrechados con prefacios y posfacios de personas más que autorizadas— intentar subsanar la pequeña pero atendible crítica que se le hizo a este gran libro cuando fue publicado en 1991 en Estados Unidos: la falta de un contexto de datos biográficos y bibliográficos y cronológicos que resultarían útiles tanto para los seguidores del autor como para los lectores no especializados de Cheever.[1] Y al mismo tiempo —mediante el uso de materiales ajenos a los Diarios y que descubren al Cheever de las entrevistas, de las reseñas, y de cómo percibía a y era percibido por sus colegas— proponer una lectura alternativa y paralela entre lo que declaraba el escritor público y lo que en realidad pensaba el lector secreto de sí mismo y de su entorno.
Para no entorpecer el discurrir de —como lo definió John Updike— este «extenso poema en prosa brotando sin explicaciones desde las profundidades de la mansa desesperación del moderno hombre americano», he optado, entonces, por el recurso de las notas al pie (fácilmente ignorables, si se desea) para así precisar momentos históricos tanto públicos como privados, libros propios y ajenos, territorios literarios y reales, amigos y enemigos, verdades y mentiras, amores y odios.[2]
¿Son sus Diarios el mejor entre todos los libros de John Cheever?
La respuesta —positiva o negativa— será siempre discutible.
Una cosa sí es segura: los Diarios de John Cheever están junto y a la altura de los de Franz Kafka, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Robert Musil, Witold Gombrowicz o el Borges de Adolfo Bioy Casares.
Y pueden leerse y disfrutarse (y sufrirse y padecerse y compadecerse y hasta condenarse) como el más revelador de los sótanos o áticos en una de esas casas para siempre que son sus ficciones y a cuyos jardines salen hombres y mujeres, martinis en mano, para contemplar a reyes con trajes dorados cabalgando a lomos de elefantes y a mujeres desnudas saliendo del mar.
RODRIGO FRESÁN
Barcelona, enero de 2018
CRONOLOGÍA DE JOHN CHEEVER
por Rodrigo Fresán
1912
John William Cheever nace el 27 de mayo en Quincy, Massachusetts, hijo menor de Frederick Lincoln Cheever (1863-1946) y de Mary Devereaux Liley Cheever (1873-1956), y hermano de Frederick Jr., nacido en 1905. Para los tiempos de su infancia, la familia y el matrimonio han dejado atrás los buenos tiempos y se enfrenta a una decadencia económica y espiritual y sentimental de la que se nutrirán novelas como La crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot.[3] Cheever nunca olvidará la voz firme de su madre —a quien llamaba «Madame President» por la férrea autoridad que ejercía sobre su marido vendedor de zapatos— informándole de que su nacimiento fue el producto casual y nunca planificado y consecuencia directa de haberse bebido dos manhattans; y de que en su momento su padre llegó a invitar a cenar a un abortista, pero que ella se negó de pleno al asunto.
1920
John Cheever estudia en la Wollaston Grammar School. Su ortografía es desastrosa, pero su maestra Miss Florey Varley y sus compañeros de curso sucumben a sus grandes dotes como narrador de historias imposibles. Varley en un principio duda de que a un niño se le puedan ocurrir semejantes ideas y tramas, pero se rinde ante la evidencia y pronto, si la clase ha tenido buen comportamiento ese día, recibe el «premio» del joven Cheever pasando al frente para narrar a sus fascinados colegas de pupitre lo que él recordará como «exageraciones» y «absurdas falsedades».
1923
John Cheever enferma de tuberculosis. Su madre —creyente en la curación a través del poder de la fe— lo deja solo en casa con la única compañía de unos trapos donde escupir sangre.
1924-1926
John Cheever se inscribe en Thayerlands, donde sigue siendo un deficiente deletreador de palabras pero se presenta como poeta. Se le adjudica el rol de Fred en la producción teatral-escolar de Canción de Navidad. Su mejor amigo por entonces, Fax Ogden, tiene el papel protagónico de Scrooge. Los diarios de Cheever parecen sugerir que la amistad no fue del todo platónica.
1927
El padre de Cheever es víctima de la caída en ventas de la industria textil y del zapato, pierde buena parte de sus ahorros, y no comienza a beber pero sí bebe mucho más de lo que ya venía bebiendo. Mary Cheever abre una «tienda de regalos» (humillación colosal para los hombres de la familia por descubrirse atendiendo detrás de un mostrador, según Cheever) y se vuelve aún más dominante e independiente. Agobiado y avergonzado, el padre de Cheever escribe una carta de despedida en la que asegura que nadará mar adentro hasta quedarse sin fuerzas y ahogarse. Cheever la lee, parte en busca del cadáver, y se lo encuentra vivo y borracho en la montaña rusa del parque de atracciones local. Buena parte de La crónica de los Wapshot sacará provecho de la dicción tanto del fraseo de esa carta (para las admirables secciones del diario de Leander) así como de las idas y vueltas de la madre de Cheever.
1929-1931
Cheever gana un concurso de cuentos patrocinado por el Boston Herald y es invitado como «estudiante especial» a la Thayer Academy. Descolla en redacción y literatura; pero sus calificaciones son malas y, al no mejorarlas luego de varias advertencias, finalmente, es expulsado de allí en marzo de 1930. Aunque los motivos para esta salida nunca quedan del todo claros y Cheever jugará con ese misterio a lo largo de fiestas y entrevistas hasta el fin de sus días. ¿Fue por fumar o de común acuerdo con el director, quien ya no puede justificar su permanencia por sus pésimas calificaciones o a causa de un episodio homosexual? Quién sabe. Lo que sí es cierto es que a partir de esta incertidumbre Cheever escribe su indudable e incuestionable primera obra maestra: el relato «Expelled». En sus páginas ya se observan claramente varias de sus constantes estilísticas como una sensible observación del paisaje fundiéndose con un astuto uso de la epifanía de despedida y último párrafo. Con el correr de los años, Cheever llegó a decir que de no haber sido expulsado de la Thayer Academy —y sentido la impostergable necesidad de escribir lo ocurrido allí (distorsionando bastante la realidad, no está de más aclararlo)— seguramente hubiera seguido y terminado sus días como «despachante en una estación de servicio o algo por el estilo». Malcolm Cowley publica «Expelled» en la prestigiosa y prestigiante publicación The New Republic el 1 de octubre de 1930 y presenta a Cheever a los lectores como «la voz de una nueva generación». El cuento causa un escándalo en Thayer por sus «descripciones crueles» del cuerpo docente. Frederick, hermano mayor, regresa desde Dartmouth en 1926 para ayudar a la familia en económica caída libre y se convierte, para Cheever, en «el centro de mi vida». Pronto, John y Frederick son conocidos en la escena local como «Fritz & Joey» y se vuelven escandalosamente famosos por sus andanzas por los clubes nocturnos de Boston. Los hermanos viajan juntos a Europa en el verano de 1931 y se distancian por algo nunca del todo aclarado pero sí, se intuye, drástico y dramático; al punto de que son varios los biógrafos y familiares (y en ocasiones el mismo Cheever) quienes aseguran que durante ese viaje John fue iniciado sexualmente por su hermano mayor. En cualquier caso, desde entonces y para siempre, el tema del conflicto fraterno será una constante en relatos y novelas del escritor.
1932-1933
John Cheever viaja a Manhattan. Malcolm Cowley, en cambio, recuerda con precisión de buen editor que hasta su llegada «nunca había conocido a un joven de su edad que hablara tan honestamente sobre sí mismo y, además, en buen inglés. Y lo cierto es que nunca volví a conocer a otro». Cowley invitó a Cheever —quien había arribado a Nueva York con motivo de la publicación de su primer cuento— a una fiesta en su casa. Peggy, la mujer de Cowley, lo recibió, y le dijo: «Tú debes de ser John Cheever… Todos quieren conocerte», y le ofreció dos tipos de bebidas. «Una era verdosa y la otra de color marrón… manhattan y Pernod», recordó el recién llegado. Cheever, para dar la impresión de joven sofisticado y de hombre de mundo, aceptó el manhattan. Y después aceptó varios más. El novel escritor no demoró en comprender que iba a descomponerse —precisó Cowley—, pero «prevalecieron los buenos modales. Cheever se despidió de la señora Cowley, agradeció la invitación, salió corriendo escaleras abajo y vomitó sobre el empapelado en las paredes de la entrada». A través de la escritora Hazel Hawthorne, Cheever conoce también a varias luminarias como John Dos Passos, Edmund Wilson, Sherwood Anderson y E. E. Cummings, quien se convertiría en amigo de por vida. Cummings le aconseja: «¡Sal de Boston, Joey! Es una ciudad sin trampolines llena de gente que no sabe zambullirse de cabeza». Cheever y su hermano vuelven a convivir en un piso en Beacon Hill y su relación se vuelve aún más complicada cuando Frederick le roba una novia a John y se casa con ella. Malcolm Cowley envía una carta a la legendaria Elizabeth Ames para que acepte a su descubrimiento en la también legendaria colonia para artistas de Yaddo en Saratoga Springs. Cheever es rechazado.
1934
John Cheever es aceptado en Yaddo tras un segundo intento y decide romper definitivamente con su hermano, decisión que lo torturará por el resto de su vida. En Yaddo, Cheever es apodado «Lord Fauntleroy» por sus aires aristocráticos y pronto se labra una fama de bebedor eufórico e incombustible party-animal, lo que no causa mucha gracia a Elizabeth Ames. En cualquier caso, Yaddo siempre será para Cheever un segundo y querido hogar —al que retornaría una y otra vez para lamerse las heridas y trabajar— hasta su muerte. Se muda a Manhattan, donde vive a base de pasas de uva y pan y leche —redactando sinopsis de novelas para la Metro-Goldwyn-Mayer a cinco dólares por informe— en una sórdida habitación en una pensión para trabajadores del puerto en paro que será fotografiada por Walker Evans como perfecto retrato de la sordidez de la Depresión.
1935
John Cheever se muda al estudio de Walker Evans, donde trabaja como su asistente revelando fotografías por 20 dólares a la semana, consigue vender un par de cuentos, y coloca «Buffalo» a cambio de 45 dólares en The New Yorker. Será el primero de los 121 relatos que acabará publicando en la revista. Contrata al agente literario Maxim Lieber, quien le consigue un adelanto de 400 dólares de la editorial Simon & Schuster por una novela tentativamente titulada Sitting in the Whorehouse Steps and Empty Bed Blues. Termina la novela el siguiente verano y es rechazada. Su manuscrito se ha perdido.
1936-1937
John Cheever divide su tiempo —realizando trabajos varios— yendo y viniendo de Yaddo, Manhattan, Lake George y Quincy, donde visita a sus padres. Vende por 500 dólares (suma extraordinaria por entonces para un novato) la muy comercial nouvelle «His Young Wife» para la revista Collier’s. El manuscrito se extravía en la redacción, le piden que reenvíe una copia y Cheever —quien jamás hacía copias de nada— lo reescribe por completo y de memoria en una tarde. El escritor ocupa las últimas semanas de 1937 dilapidando su pequeña fortuna en cenas y botellas.
1938-1939
Luego de una breve estancia en Washington, D. C., como parte del Federal Writers’ Project, John Cheever regresa a Manhattan, donde trabaja como editor de la WPA Guide to New York City. Vuelve a Yaddo por unas semanas y, de regreso en la gran ciudad, conoce a su futura esposa, Mary Winternitz, en un ascensor del edificio del 545 de la Quinta Avenida, donde tiene oficinas su agente literario.
1940
John Cheever corteja a la veinteañera Mary (hija del exdecano de la Facultad de Medicina de Yale y nieta del coinventor del teléfono) y se mudan juntos a vivir «en pecado». Cheever comienza a escribir la novela The Holly Tree, primera de las varias versiones de lo que acabará siendo La crónica de los Wapshot.
1941
John Cheever y Mary Winternitz se casan en una pequeña ceremonia privada en casa del padre de ella. Luego de la luna de miel regresan a Nueva York y se instalan en un departamento de dos habitaciones en la calle Ocho cerca del cruce con la Quinta Avenida.
1942
John Cheever se enlista en el ejército y su cualificación tanto en lo físico como en lo intelectual resulta estar en mínimos y con un coeficiente mental muy por debajo de la media. De ahí que Cheever nunca sea ascendido más allá del rango de sargento técnico.
1943
John Cheever publica su primer libro de cuentos: The Way Some People Live. Las críticas son variables. Algunos lo consideran un buen autor comercial y otros le predicen un futuro de gloria. Cheever acabará despreciando el volumen considerándolo «vergonzosamente inmaduro» y no incluyendo ninguno de sus relatos en Cuentos; pero lo cierto es que The Way… ya contiene gemas como «Of Love: A Testimony» y «The Brothers», en las que refulgen técnicas formales y recursos estéticos que serán características de «lo cheeveriano». En cualquier caso, el libro salva su vida; porque le significa un traslado desde su regimiento a oficinas, donde trabajará en el Signal Corps redactando guiones para cortometrajes de entrenamiento para el ejército, mientras que su unidad enviada a Europa sufrirá enormes bajas entre el Día D y la rendición de Alemania en mayo de 1945. Por esos días Cheever trabará amistad con otros escritores-soldados como Irwin Shaw, Don Ettlinger y John Weaver. El 31 de julio nace su hija Susan Liley Cheever.
1944-1945
John Cheever y señora e hija se mudan junto a otras dos parejas a una town house, experimento de vida comunal en Manhattan. El experimento no resulta bien, las parejas se pelean; pero Cheever satiriza toda la situación en una serie de seis episodios que, con el nombre de «Town House», publica The New Yorker. Viaja a Manila en misión militar y de regreso se muda con su esposa e hija a un piso en el número 400 de la calle Cuarenta y nueve Este, cerca de Sutton Place. Allí —como cuenta la leyenda verdadera— cada mañana a lo largo de cinco años descenderá vestido con traje hasta el sótano donde, en su trastero, se quedará en calzoncillos y escribirá hasta las cinco de la tarde varios de los relatos más famosos y más celebrados de la literatura norteamericana.
1946-1947
John Cheever acepta un adelanto de 4.800 dólares de Random House para retomar The Holly Tree, dejada de lado durante la guerra. Pasa buena parte del verano en Treetops, propiedad de la familia de su esposa en New Hampshire, donde se inicia en los placeres de la jardinería con rastrillo en una mano y vaso en la otra. El 17 de mayo de 1947 se publica en The New Yorker uno de sus relatos más famosos: «La monstruosa radio», que significa su primero de varios flirteos con el género fantástico. Harold Ross, director del semanario, dictamina: «Si este cuento no acaba resultando ser inolvidable, entonces yo soy un pescado».
1948-1949
El 4 de mayo de 1948 nace su segundo hijo: Benjamin Hale Cheever. El productor teatral Max Gordon compra los derechos de «Town House», la adapta a la escena, y la obra se presenta en Broadway el 22 de septiembre de ese año con George S. Kaufman como coguionista. Town House recibe malas críticas y baja de cartel apenas doce representaciones después de su estreno. Los Cheever son «pobres como nunca lo fuimos», pero el escritor ficcionaliza el fracaso en un relato, «The Opportunity», que vende a Cosmopolitan por 1.750 dólares: su paga más alta hasta la fecha.
1950-1951
John Cheever escribe —en apenas tres días— uno de sus más grandes relatos: «Adiós, hermano mío». En 1951 recibe una beca Guggenheim de 3.000 dólares y se traslada con su familia a Beechwood, casa en Scarborough-on-Hudson de la que acaban de ser desahuciados una escultura fracasada y su joven hijo, quien con el tiempo será conocido como el autor de (ese es el nombre de una calle cercana a la propiedad) Revolutionary Road: Richard Yates, otro de los tantos escritores a los que se considerará discípulos de Cheever. Ese mismo año «La olla repleta de oro» y «Tiempo de divorcio» son incluidos, respectivamente, en las antologías O. Henry Prize Stories y Best American Stories.
1952
John Cheever entrega el manuscrito de su primera novela a su editor en Random House después de doce años de trabajo. Luego de varias semanas de silencio se le informa desde la editorial de que la novela es «una basura» y que más le valdría dedicarse a cualquier otra cosa que no sea la escritura. Cheever se desespera y se pregunta cómo hará para devolver el adelanto. El editor, Robert Linscott, le informa de que la editorial ha ligado un seguro de vida al contrato por el libro, lo que Cheever interpreta como sugerencia de que no estaría nada mal que se suicidase. Ese mismo terrible día —a modo de compensación— conoce en una fiesta a quien sería uno de los grandes amigos de su vida: Saul Bellow.
1953-1954
John Cheever publica en abril de 1953 su segunda colección de relatos: The Enormous Radio. Las reseñas son positivas pero Cheever comienza a sufrir el estigma de ser «un escritor de The New Yorker» a la vez que se desespera por el modo extático con que, ese mismo mes, son recibidos los Nueve cuentos de «otro» escritor de The New Yorker: J. D. Salinger. En 1954, Cheever consulta al primero de sus varios psiquiatras por sus «preocupaciones alcohólicas y homosexuales» pero deja la terapia luego de un mes.
1955
John Cheever recibe un ultimátum de Robert Linscott y Random House en cuanto a que debe entregar una novela «publicable» o devolver su adelanto. Cheever contacta a un amigo, Simon Michael Bessie, en la editorial Harper and Brothers, quien compra su contrato a Random House. Cheever le pone como única condición el nunca preguntarle cómo va la novela.
1956
John Cheever gana el primer Premio O. Henry con lo que para muchos es su obra maestra absoluta: el cuento «El marido rural», novela comprimida y su aproximación a la Eneida del mismo modo en que «El nadador» reformula la Odisea. William Maxwell —su editor en The New Yorker— nunca olvidó el privilegio de haber sido el primero en leer el relato un día en que, enfermo de bronquitis, Cheever le llevó el original a su casa y le hizo experimentar «ese gozoso conocimiento que solo él parecía poseer al escribir». Años después Cheever lo evocaría como «una de las cosas más excitantes que le puede suceder a uno. Recuerdo haberlo terminado y salir de la habitación gritando “¡Miren! ¡Miren!”». A modo de celebración, su madre diabética compra una caja de botellas de whisky y bebe hasta morir. Más allá de lo anterior, continúa la buena racha: viaja a Roma (que se convertirá en escenario de varios de sus relatos y novelas), la Metro-Goldwyn-Mayer paga 25.000 dólares por los derechos de adaptación al cine de «El ladrón de Shady Hill» y recibe una beca del National Institute of Arts and Letters. Pero lo más importante de todo: Cheever pone el punto final a La crónica de los Wapshot. William Maxwell, su editor en The New Yorker, le envía un telegrama donde se lee: «BIEN RUGIDO, LEÓN».
1957
El 9 de marzo nace en Roma su tercer hijo: Federico Cheever. Ese mismo mes se publica La crónica de los Wapshot con gran éxito de crítica y ventas, aunque son varias las reseñas que inauguran el reproche que será una constante durante el resto de su vida y obra: no es en verdad una novela sino una colección de cuentos entrelazados. Cheever es nombrado miembro del National Institute of Arts and Letters y no demora en nominar a Saul Bellow.
1958
La crónica de los Wapshot gana el National Book Award superando a favoritos como Una muerte en la familia de James Agee (que obtendría el Pulitzer de ese año) y Poseídos por el amor de James Gould Cozzens. En septiembre se publica la colección de cuentos The Housebreaker of Shady Hill, que obtiene buenas críticas pero una condena de Irving Howe en Partisan Review en la que —para desesperación y furia del autor— se define a Cheever como «un Thurber sin dientes». Cuando años más tarde la editorial Time-Life reeditó La crónica de los Wapshot, Cheever añadió un prefacio donde definía al género de la novela como «uno de los pocos lugares —una de las contadas formas— donde podemos registrar la complejidad del ser humano y la decencia y las fuerzas de sus deseos; el sitio donde describir, paso a paso, minuto a minuto, nuestra nunca del todo ingrata lucha para conseguir ser parte de una relación viable y devota con nuestro tan amado como confundido mundo. […] La literatura, así lo veo yo, acaba dándote más de lo que te quita; y yo he sentido eso escribiendo a los Wapshot».
1959
John Cheever interna a su hermano Fred en el New Haven Hospital luego de que este sufriera una cataclísmica crisis alcohólica. El escritor piensa que tal vez, quién sabe, él también esté en problemas parecidos a los de su hermano.
1960
John Cheever recibe una segunda beca Guggenheim (3.600 dólares) y se compra una antigua y señorial casa en Ossining. Viaja a Hollywood a trabajar en una adaptación de un libro de D. H. Lawrence y descubre que el lugar es «una magnificación de todos nuestros vicios, buena parte de nuestras inseguridades, y algo de nuestra vitalidad». Bebe largo y tendido, tiene un breve romance homosexual con el escritor Calvin Kentfield, y regresa a su nuevo hogar deprimido y borracho.
1961
La mudanza a Ossining no contribuye a espantar su cafard existencial. Publica en abril la más oscura y depresiva pero magnífica colección de relatos Some People, Places, And Things That Will Not Appear in My Next Novel, donde destacan el autoparódico y experimental cuento que da título al libro así como los clásicos instantáneos «La muerte de Justina» y «La edad de oro». Y focos de incendios varios: su esposa comienza a trabajar como profesora (lo que inquieta a Cheever, porque le recuerda a la «independencia» de su madre, y convertirá en tema de uno de sus relatos más feroces y vengativos para con su esposa: «Una culta mujer norteamericana»). «Mi madre nunca le perdonó que matara allí al niño», comentó Susan Cheever. Y Cheever estalla de furia cuando en The New Yorker y sin consultarle le cortan el final a su relato «El brigadier y la viuda del golf», una de sus más logradas «piezas apocalípticas». Cheever, luego de lanzar una furiosa diatriba contra Salinger y el trato tanto más respetuoso que recibe por parte de la revista, exige y consigue que se recompongan todas las páginas casi a pie de imprenta y su cuento salga con su final original.
1962-1963
John Cheever concluye una primera versión de El escándalo de los Wapshot y considera que la novela «es tan poca cosa» que jamás debe ser publicada. Decide ahogar sus penas en alcohol y jardinería. Pide —y se le niega— un aumento de su tarifa en The New Yorker. La agente Candida Donadio le consigue condiciones mucho mejores en The Saturday Evening Post. Cheever informa de esto a William Maxwell y The New Yorker le contraoferta prometiéndole «la llave del baño de caballeros y todo el queso y galletas que pueda comer». Cheever decide permanecer en The New Yorker.
1964
En enero se publica El escándalo de los Wapshot. Cheever recibe sus mejores críticas y los mismos reproches de siempre en cuento a su particular y laxo entendimiento del formato novela. Aparece en la portada de Time en la edición del 27 de marzo; los derechos de las dos novelas wapshotianas son adquiridos por el team productor-director de Alan J. Pakula y Robert Mulligan (Cheever se enamora de la esposa del primero, la actriz Hope Lange); y viaja por primera vez a la Unión Soviética como parte de una delegación cultural del Departamento de Estado norteamericano. Durante su estadía allí —donde es poco menos que idolatrado— aparece en Estados Unidos su quinta colección de relatos: The Brigadier and the Golf Widow.
1965
John Cheever recibe la William Dean Howells Medal de la American Academy of Arts and Letters por la mejor novela publicada durante los últimos cinco años. Cheever piensa en no aceptar tal honor porque, como ya se dijo, detesta el libro. The New Yorker rechaza su cuento «La geometría del amor» y William Maxwell (preocupado por una creciente tendencia en las ficciones de Cheever hacia lo fantástico e «inverosímil») viaja hasta Ossining para comentarle su preocupación ante el aumento de su ingesta de bebida alcohólica y los efectos que parece estar teniendo en la disminución de su talento. Cheever le enseña la puerta y vende en cuestión de minutos el relato a The Saturday Evening Post por 3.000 dólares. En diciembre, Cheever participa en un congreso de escritores en Chicago donde lee una ponencia que se mofa de escritores como Norman Mailer. A Norman Mailer —sentado a su lado en la mesa redonda— el
