YO Y BOQUITA
No recuerdo muchos recuerdos anteriores. En diciembre de 1962 mi abuela Rosita me había llevado a pasar unos días en Mar del Plata: un hotelito en Playa Grande. En su baño encontré un diario: yo estaba aprendiendo y leía todo lo que se me cruzaba. No sé si ese diario sería del día o de una semana antes; sí que, mientras me demoraba sobre el inodoro, leí el relato emocionado de cómo un tal Antonio Roma atajaba el penal que le pateaba un tal Delem y le daba a un equipo que se llamaba Boca Juniors la chance de salir campeón. Yo debía saber lo que quería decir campeón —porque fue en ese momento, de puro triunfalista, cuando decidí que iba a hacerme de ese cuadro.
En esos días los equipos eran instituciones sólidas: Roma Silvero, y Marzolini, Simeone, Rattin y Orlando fueron un mantra que me acompañó tantos recreos. En esos recreos descubrí que ser de Boca era algo que podía compartir con otros —que me hacía cómplice de otros chicos, que nos daba una causa común— pero que algunos de mis mejores amigos se transformaban de tanto en tanto en enemigos porque eran de un equipo que se llamaba River. En esos recreos descubrí que uno se hacía de un equipo: no es poca cosa, hacerse. Y que, ya hecho, uno no era hincha de un equipo: uno era de un equipo. No es poca cosa, ser.
Ser de Boca fue uno de mis rasgos de identidad más decisivos durante toda la primaria y los primeros años de la secundaria. Aunque, en esos años, la pertenencia era más amplia: recuerdo noches escuchando por la radio los partidos de Boca contra el Santos por la Libertadores, pero también los de Independiente, Racing o Estudiantes: cualquiera de ellos, por argentino, me resultaba propio. Eran tiempos de un patriotismo más simple, menos condicionado.
No siempre iba a la Bombonera. Mi padre era un intelectual de izquierda que había descubierto que la cancha era una buena forma de entretener a sus dos hijos en sus tardes de domingo separado. Pero el Monumental le quedaba mucho más cómodo —más cerca, más fácil de estacionar y de ubicarse— y, pese a nuestros ruegos, solíamos terminar en la platea San Martín. Era un suplicio que tenía sus recompensas: allí vi por primera vez un Boca-River. Era una tarde radiante y nos reímos mucho cuando Rojitas le robó la gorra al gran Carrizo: media docena de gallinas lo corrían por toda la cancha para recuperarla. Después el partido no tuvo mucha historia y, cuando faltaban cinco minutos, como siempre, mi padre nos arreó hacia la salida. Fuimos a comer algo y recién llegamos a casa horas más tarde. Mi madre estaba demudada: había escuchado, como todo el país salvo nosotros, las noticias de la catástrofe de la Puerta 12. Ahí descubrí que el fútbol no era solo esos héroes que corrían detrás de la pelota, esos muchachos que gritaban sin parar, esas dosis de gloria y decepción que cada domingo renovaba.
A los doce años, cansado de tanto gallinero, decidí independizarme: una tarde me fui hasta la Boca y me hice socio. Socio menor, decía mi carnet, con esa foto en la que el pelo me cae sobre la cara. Con ese carnet podía entrar gratis en la popular: lo hice muchas veces. Algunas, incluso, recordábamos aquel día nefasto: “No había puerta, / no había molinete, / era la cana que pegaba con machete”, cantábamos a coro. Cuando salían los jugadores los saludábamos uno por uno: cada cual tenía su cantito. Iba a la bandeja de la Doce: no debía ser un lugar demasiado incómodo si un chico como yo podía arreglárselas solo. Me quedan, de esos años, cantidad de imágenes. Pero ninguna tan grabada como aquella noche de 1971 en que nuestros muchachos corrían a unos peruanos con patadas voladoras y banderines del corner y trompadas y todos gritábamos y pegue y pegue y pegue boca pegue.
Boca era importante para mí, pero en algún momento me olvidé. Aparecían las chicas y, sobre todo, la excitación de estar cambiando el mundo. Yo militaba y el fútbol era poco menos que el opio de los pueblos. No conocía, entonces, la historia de esos grupos de anarquistas que —en los años veinte— pensaron que cambiar el mundo no era tan fácil y decidieron empezar por cambiar el fútbol, hasta que se dieron cuenta de que el mundo ofrecería, sin duda, menos resistencia y volvieron a la militancia sindical. Durante algunos años el fútbol me quedó en segundo plano; fue, curiosamente, la época en que trabajé brevemente como cronista deportivo para la revista Goles. Tenía diecisiete años y era el benjamín, así que nunca me tocó escribir sobre Boca; lo mío era Banfield, Argentinos, Platense o Chacarita.
En los años del exilio Boca Juniors no existió —porque yo hacía todo lo posible para que la Argentina no existiera. Solo en 1981, cuando me enteré de que Maradona estaba en Boca, la distancia me resultó especialmente dolorosa: no había televisión y me habría gustado ver, aunque más no fuera una vez, ese espectáculo.
Pero no sucedió. Cuando volví tampoco volví enseguida al fútbol. Recién en los noventa me dejé enganchar de nuevo. Fue, creo, cuando nació mi hijo y supuse que entre las pocas cosas que tenía que transmitirle estaba, por alguna razón, la condición bostera. En el 97, cuando cumplió seis años, lo hice socio de Boca y nos compramos abonos para la tercera bandeja de la Bombonera. Desde entonces hemos pasado allí grandes tardes y mejores noches y sigo maravillado ante esa sensación de cada vez: subir escaleras y más escaleras, sofocarse, caminar por pasillos con olor a grasa y meo y cigarrillos y, de pronto, pasar por una puerta estrecha y sumergirse en esa explosión de brillos y gritos y colores: puro gozo.
Es cierto que nos tocó una época especial. Que llegamos a creernos poco menos que invencibles. Aunque, en medio de tantos títulos, no hubo un momento mejor que aquel 3 a 0 a River, cuando Riquelme la tenía tan atada y Palermo tardó seis días en darse vuelta y empujarla a un rincón. Nunca —digo, realmente, nunca— sentí a la Bombonera tan perfecta.
Ahora, supongo, soy una especie de fanático o, por lo menos: uno que no se pierde ni un partido. Que los espera ansioso, que los disfruta o sufre como si allí se jugara algo importante, que se agobia o se alboroza según termine la jornada. A veces me siento prisionero de una sinrazón y amago preguntarme por qué tanto; a veces soy consciente de que llegar a ese grado de apasionamiento por la forma en que once muchachos patean un cacho de cuero es indefectiblemente idiota, pero disfruto de poder hacerlo, de poder suspender el juicio durante esos noventa minutos, de poder ser un nardo que se entusiasma por algo que la razón no justifica. Es el espacio de la salvajería feliz. Y no hay tantos. Sospecho tres: la mesa, la cama y la tribuna. Y los dos primeros producen discursos tanto más complejos. Uno puede organizar su vida alrededor de lo que hace en la cama o entender la historia del mundo y la cultura alrededor de lo que hay sobre la mesa. En cambio, el fútbol no tiene nada de eso. Los noventa minutos de un partido son un tiempo de lo más intenso y, a la vez, perfectamente improductivo, inútil. Y eso es, para mí, lo mejor que tiene.
El fútbol es un fenómeno. Que yo tiemble frente a la cancha o al televisor es una tontería. Que millones de nosotros temblemos, al mismo tiempo, frente al televisor donde un muchacho de pantalones cortos está a punto de patear un cuero inflado —donde un muchacho puede mandar un cuero inflado a la tribuna o al carajo o encajarlo entre tres postes— es un hecho social tan fascinante.
Por eso, cuando me propusieron contar la pasión bostera y tratar de entenderla, me dieron tremendas ganas de intentarlo. Y mucho miedo de conseguirlo: de que la comprensión deshaga el sentimiento. Es un riesgo que, por alguna razón, voy a correr. Y, si tengo suerte, fracasaré en mi intento.
1905
LA FUNDACIÓN MÍTICA
Dicen que los pibes volvieron cabreros de aquel partido en el puerto. Que habían perdido por tercera o cuarta vez seguida. Que estaban hartos de jugar en el Independencia Sud, que el capitán era un tirifilo fayuto y engrupido, que mucha parla pero cuando había que ir al frente arrugaba como papusa del meublé o, dicho de otro modo, que le faltaban huevos. Dicen que la bronca, de todas formas, no les había sacado el hambre y que pasaron por el boliche de Priano a comprarse las “tres y dos” de siempre: tres de faina y dos de fugaza. Dicen que aquella tarde los pibes se quedaron charlando en un banco de la plaza Solís, en plena Boca, donde, ahora, la villa se mezcla con las ruinas de lata y los vecinos te recomiendan no pararte. Dicen que hablaron hasta tarde y que cada vez que se acordaban les subía de nuevo la mostaza y que, entonados, decidieron que la única manera de zafar era tener su propio club. Además, dicen, en esos días, no había nada más canchero que fundar un club: un modo de demostrar que tenían ganas, que creían en el futuro, que estaban haciéndose un lugar en la ciudad que también se estaba haciendo. Un modo, más que nada, de ser un poco más. Los pibes, dicen todos, eran cinco hijos de genoveses que no llegaban a los veinte y se llamaban Baglietto, Scarpatti, Sana y los hermanos Farenga. De los tres primeros se sabe que eran alumnos de una escuela de Comercio irlandesa en el centro: que querían pelechar. De los hermanos no se sabe tanto.
Era el 1 de abril, 1905: en Inglaterra o Francia, el Día de los Inocentes; acá era sábado y ya había oscurecido. Dicen que los pibes estaban entusiasmados con la idea y que fueron a la casa de lata de Baglietto para seguirla ahí, pero que los padres los echaron y quedaron en encontrarse al día siguiente. Y también dicen que el domingo los pibes invitaron a varios amigos más después de los ravioles y siguieron hablando del club y de fundarlo y que no se ponían de acuerdo y discutían a los gritos hasta que los padres de Baglietto los echaron de nuevo. Y que el lunes 3 se juntaron otra vez en la casa de los Farenga, en Solís al 200, y trataron de hablar más bajo y más tranquilo pero que no lo consiguieron porque les faltaba lo peor: ponerse de acuerdo en algún nombre. Fundar un club era dar con un nombre.
—Y, Boca tiene que estar, muchachos, tiene que decir Boca. ¿Si no de dónde somos, nosotros?
—Sí, pero también tiene que estar Italia. También de ahí somos, nosotros.
—Nosotros somos argentinos, gil.
Y dicen que, después de varias horas, los pibes se quedaron con cuatro: Hijos de Italia, Defensor de la Boca, Boca Juniors y Estrella de Italia. Y que la discusión siguió y que primero decidieron dejar los nombres con Italia: que estaba bien que sus padres habían llegado desde allá pero que ellos no se iban a pasar toda la vida como los viejos, llorando por el paese: que ellos eran argentinos. Y que Defensor de la Boca no estaba mal pero que Boca Juniors tenía una ventaja decisiva: que el fútbol era cosa de ingleses y que un club parecía mucho más importante con Juniors que con Hijos. Y que, además, ponerle Juniors serviría para suavizar un poco el golpe de la palabra Boca: muchos porteños desconfiaban de ese barrio taura. Entonces escribieron un acta que decía que ese día, 3 de abril de 1905, habían fundado el Club Atlético Boca Juniors.
La historia del origen inglés es un lugar común. El football llegó a Buenos Aires con los marineros de Su Majestad en tiempos de Rosas, pero no terminó de instalarse hasta 1867, cuando los hermanos Hogg y media docena de sus compatriotas fundaron el Buenos Aires Football Club y organizaron los primeros partidos oficiales —entre ellos, y sin llegar a juntar veintidós. Todavía entonces los criollos se reían de esos rubios que usaban los pies en lugar de las manos: que andaban corriendo a las patadas. El football empezó a difundirse en 1882, cuando el escocés Alexander Watson Hutton se hizo cargo del Buenos Aires English High School y lo incluyó entre sus actividades y otros colegios y los empleados de los ferrocarriles lo imitaron. Los ingleses, en esos años, dominaban el mundo tratando de no mezclarse en él: en Surrey, Bengala, Kenya, Temperley o Hurlingham vivían igual, brindaban del mismo modo por la reina Victoria, jugaban los mismos juegos, hablaban el mismo idioma, comían las mismas porquerías. No querían modelar el mundo a su imagen y semejanza: las formas del mundo les importaban poco mientras pudieran armar en él trocitos de Inglaterra para su uso exclusivo. Su idea del poder consistía en poder ser iguales a sí mismos en cualquier circunstancia.
En 1893 Watson Hutton & Co. fundaron la Argentine Association Football League, que sesionaba y existía en inglés. Pero, como dice el autor anónimo de una buena historia, “en esa época ya aparecieron algunos apellidos criollos en los equipos: Laforia, González, Susán, Arcuri y otros”. El criollismo es un camino ancho.
Y poco a poco el football empezaba a convertirse en pasión de multitudes: es casi misterioso. Los mismos barcos, los mismos marineros habían traído el cricket, el rugby, el remo, el tennis, y sin embargo el football les ganó por goleada. Alguna vez habría que entender por qué uno de los deportes posibles —y no cualquiera de los otros— consiguió tal dominio. Es obvio que, en esos tiempos de constitución de la sociedad moderna, de ruptura de los vínculos tradicionales, un deporte colectivo tenía ventajas sobre los individuales: hay algo muy fuerte en ese modo de sentirse parte, aliado con otros en busca de lo mismo. La sensación de armar algo más fuerte que uno en esa suma: la última tribu. Y, desde el punto de vista del espectador a punto de convertirse en hincha, es más fácil identificarse con un equipo que sigue siendo el mismo más allá de los cambios de hombres. Pero había otros deportes colectivos que se ofrecían al éxito. El cricket es un plomo intragable pero el rugby, por ejemplo, es muy parecido al football y, sin embargo, se quedó en minorías.
El football tiene un par de ventajas: parece menos peligroso, requiere más habilidad y menos fuerza física y sus reglas son más claras: lo entienden incluso los que no lo entienden. Se puede tocar la pelota con todo el cuerpo salvo con la mano, la pelota puede ir en cualquier dirección, cuando alguien la tira afuera un contrario la vuelve a poner en juego, no se puede violentar al contrario; solo el offside es complicado —pero los partidos informales nunca lo incluyeron— y, pese a su simpleza, ofrece cantidad de situaciones y variantes. Pero siempre creí que la ventaja inicial es que el football es mucho más adaptable: cuatro chicos con una pelota de papel pueden jugar a algo que se parece mucho al football; en cambio el rugby, por organización y por su extraña bola, solo se arma cuando se arma un partido más o menos en serio. Y, sobre todo, el football tiene el goal. En otros deportes colectivos, los equipos hacen muchos tantos: un partido de básquet puede terminar 90 a 85, uno de rugby 35 a 15: el momento supremo —el de la conquista— se vuelve, por repetido, un poco pavo. En cambio el gol sucede tan de tanto en tanto que cada vez es única: un gol no es el resultado de la lógica del juego —como en el básquet o el vóley o el fútbol americano— sino un azar, una obra extraordinaria, un acto casi mágico. El fútbol, todo el fútbol, es el contagio de la magia del gol.
El football, en cualquier caso, se imponía. En 1902 se cobró por primera vez una entrada a un partido —y cuatro o cinco mil espectadores solían vivar al campeón habitual de esos años, el Alumni de Watson Hutton y los hermanos Brown. Acá el football era cosa de elegantes: era curioso, porque a esa altura, en Inglaterra, el crecimiento del football tenía que ver con que era el deporte de la nueva clase obrera. Pero los ingleses siempre se fueron a las colonias para convencer a los nativos de que las guarangadas de su país eran distinguidas. En Buenos Aires todavía les creían. Las señoras decentes no podían concurrir porque los señores jugadores se exhibían en pantalones cortos, pero los partidos eran muy british todavía, inundados de patadas y fair play, que terminaban con cada equipo dando los tres hurras por el contrario y los demás:
—¡To Alumni referee and public hip hip!
—¡Ra!
—¡Hip hip!
—¡Ra!
—¡Hip hip!
—¡Ra!
Y manos estrechadas y el tercer tiempo de cerveza y chistes malos, bloody bastards, los cachetes muy rojos. El football, a principios de siglo, seguía escribiéndose en inglés.
No hay modo de saberlo: cuando alguien empieza algo ignora adónde llegará. En general los principios son muy parecidos entre sí: el inicio del Sportivo Sacachispas no pudo ser muy diferente del de Boca. Cuando alguien empieza algo que será importante —una empresa, un libro, una revolución, un club de fútbol, un amor— no sabe cuál será el resultado y, en general, no se preocupa por documentar esos inicios —que no tienen por qué importarle a nadie. Después, cuando aquel fin de semana de discusiones entre cinco pibes del barrio de la Boca se convirtió en el acto fundacional de Boca Juniors, hubo que inventarlo. Por eso se contaron tantas historias, se imaginaron tantas. Es lo normal: el origen siempre se reescribe. Lucas, Marcos o Mateo tuvieron que reinventar la historia de aquel muchacho palestino, Thomas Alva Edison el mito de su niñez vendiendo diarios, la Argentina un abogado creando una bandera celeste y blanca que ya llevaba siglos en los ejércitos reales.
En el caso de Boca lo hicieron a lo bestia: unos años más tarde, cuando alguien se interesó por la cuestión, descubrió que los papeles de los primeros años, todas las actas del origen, ya no estaban. Se dijo que se habían perdido en una inundación: sabemos que la Boca es inundable —nos lo cantaron todas las hinchadas—, pero una creciente que se lleve tanto documento es bien extraña. Muchos mitos de origen incluyen una inundación: variantes del diluvio universal. Es cómodo, muy útil: a partir de esa desaparición es posible crear un principio a la medida de la historia. Boca también consiguió eso: todo quedó sintetizado en cinco chicos que abandonaron un grupo que no ponía los huevos suficientes y se reunieron contra la voluntad de sus mayores y decidieron dejar de ser como ellos para ser verdaderos argentinos, es decir: una mezcla de italiano, castellano, inglés —y algunas otras cosas. Eran la primera generación de argentinos tal como lo entendemos ahora: los hijos de aquellos inmigrantes, nacidos en la Argentina y argentinizados por la escuela sarmientina. Y el fútbol les permitía decirles a sus padres que estaban inventando sus propios usos y costumbres.
Eran días de —muy relativo— desahogo. En esos tiempos un obrero ganaba unos cien pesos por mes: la canasta básica familiar se calculaba en ciento sesenta. Muchos de esos inmigrantes y sus hijos corrían la coneja. Pero confiaban en el futuro venturoso que la Argentina parecía ofrecerles y, por el momento, habían conquistado algo de ocio. Ya no tenían que trabajar catorce, quince horas por día; ahora eran a lo sumo diez o doce, y les quedaba tiempo. Entre las diversiones posibles aparecían la música, los bailes, las apuestas, los paseos por el centro o por Palermo, el teatro popular, el circo. Y el gran invento de esos días: el deporte.
—Ma ché é questo che stai facendo?
—I beg your pardon…
—Mi amico diche que qué e questo que fachen.
—Oh, hablaba castellano. Nada, just sporting.
Hasta entonces, el sport era cosa de ricos. Los ricos se estaban librando de los mandatos religiosos que decían que el cuerpo era el lugar del pecado y la perdición, y descubrían que era una fuente de placeres y una herramienta que había que trabajar para que trabajara bien. Y que un rico ocioso podía tener los mismos músculos que un estibador siempre y cuando los consiguiera en una actividad que no le reportara beneficios: un deporte. El sport era, por supuesto, una forma de exhibir la riqueza: la posibilidad de perder el tiempo jugando a la pelota o tirando florete o lanzando jabs con la derecha estaba reservada para los que no tenían que ocupar sus vidas en ganársela. A principios del siglo XX la expansión del ocio inició la era del deporte para todos. Por eso proliferaron los grupos de amigos, los desafíos, los clubcitos. Por eso y porque los extraños se reunían en todo tipo de asociaciones y sociedades para no sentirse muy solos en esta sociedad ajena y porque algunos gobernantes suponían, como el barón Pierre de Coubertin, que “el deporte distiende en el hombre los resortes tensos por la cólera nacida de la cuestión social”. Era todo un programa.
La Boca no era una mezcla. O lo era mucho menos que el resto de la ciudad de Buenos Aires. La ciudad hervía de recién llegados: había pasado de doscientos mil habitantes en 1870 a un millón en 1900, y la mitad eran extranjeros. En sus calles se oían gritos en todas las lenguas y sonaban, mal tocadas, todas las músicas del mundo. El melting pot, el puchero de razas. Pero la Boca fue quizás el único lugar de la ciudad copado casi sin fisuras por un solo grupo: los genoveses, los xeneizes.
El barrio de la Boca se había organizado alrededor de un puerto menor: el Puerto Nuevo se impuso al de la Boca del Riachuelo y la condenó a un papel de segundón. Ya en esos días había políticos que insistían en que era necesario limpiar el Riachuelo, que bajaba mugriento de desechos industriales y caseros: tanino de las curtiembres, bazofia de los mataderos, la mierda de las casas de familia. Había también olores de sudor, pescado frito, albahaca y nueces, alquitrán, pizza, carne muerta y un aire de acordeones los domingos; la Boca crecía con las latas que los barcos traían como lastre, y aquellos inmigrantes genoveses.
La Boca era un barrio de trabajadores poco calificados, marineros y calafateadores, pescadores, albañiles, artesanos modestos y comerciantes que intentaban triunfar en la vida para que sus hijos fueran dotores algún día. Era uno de los confines y estaba lleno de conventillos, sociedades de socorros mutuos, bibliotecas, ateneos anarcos e izquierdistas. Un año antes de la creación del club, la Boca eligió al primer diputado socialista de América Latina, el doctor Alfredo Palacios. El abogado tenía veinticinco años —seis o siete más que los muchachos fundadores— y se había hecho conocer poco antes por su estudio sobre La miseria en la República Argentina. El fútbol siempre le pareció algo así como el opio de los pueblos o una competencia desleal: “El hincha es un hombre que tiene la cabeza chiquita y se apasiona por cosas intrascendentes, olvidando los ideales superiores. Ese sentimiento fuerte que es la idolatría, el endiosamiento, eso es religioso”, escribiría más tarde. Y los anarquistas de La Protesta estaban de acuerdo y escribían contra “la perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo” y concluían que “misa y pelota son la peor droga para los pueblos”.
Los muchachos fundadores, nos dicen, no se metían en política. El club, entonces, era su militancia. Sus padres les decían que si dedicaran todo ese tiempo al estudio o al trabajo saldrían ganando. Pero el club —el nuestro, tantos otros— era su espacio propio, su lugar, su creación en un mundo donde todo parecía ya tan hecho, tan terminado de antemano. El club era su lugar para ser emprendedores en una sociedad donde todos querían emprender algo.
—El crecimiento del fútbol es la rápida difusión de una moda juvenil: querés estar en onda, jugá al fútbol.
Me dirá cien años más tarde Julio Frydenberg, el historiador que mejor ha estudiado este período:
—Y además eso te permitía formar parte de un núcleo muy cerrado de gente que tenía códigos nuevos, que incluía solo a un pequeño grupo de iniciados. Ellos eran los que estaban en la cosa, los que sabían jugar, los que ganaban.
En los primeros partidos la cancha era una idea: un baldío del puerto con límites confusos. Estaba en la Dársena Sur, justo donde salían los vapores de Nicolás Mihanovich, en una laguna recién rellenada; las barrancas del costado servían de tribuna. Cuentan que allí jugamos el primer partido: fue el viernes 21 de abril de 1905, contra la Asociación de Foot Ball Mariano Moreno, que nos hizo el honor de perder 4 a 0. Cuentan que el segundo partido también fue victoria: 2 a 1 al Presidente Roca. Y que, de ahí en más, se sucedieron cuatro o cinco derrotas: no eran siquiera una sorpresa. Cuentan que dos meses después, cuando el primer empate —de visitantes con Argentinos de Piñeiro— el partido se terminó mucho antes de tiempo, con la cancha invadida por el público local. El fair play se iba desdibujando.
Y cuentan, por supuesto, que al principio nadie tenía un peso: que no podían siquiera comprar un par de arcos. Y que un Juan Garibaldi y un Farenga decidieron visitar ciertas obras en construcción en la frontera del barrio para obtener los materiales, y que después dijeron que los había “donado el sereno de la obra de los japoneses” —y que todos se rieron y repitieron esa frase durante mucho tiempo. Pero seguían sin tener para las redes y uno de los primeros socios regaló la soga, otro las agujas. El Riachuelo, país de pescadores, estaba lleno de artesanos capaces de tramar una red.
Los primeros rivales eran otros equipitos de la zona y los muchachos del Juniors ganaban más a menudo que perdían. A veces, ir a jugar un desafío era un verdadero desafío. El público podía convertirse de pronto en batallón enemigo, el árbitro —cuando lo conseguían— no tenía ni idea o tenía ideas muy peculiares. Y más de una vez les pasó que, después de haber ganado el partido, el contrario hizo publicar en el diario La Argentina, donde salían esas cosas, un resultado falso.
Cuentan que la primera camiseta fue rosa y que les tomaron tanto el pelo que, enseguida, los muchachos les pidieron a las hermanas Farenga que les hicieran otra: una camisa blanca con rayas azules muy finitas, verticales, cuello blanco. Y que apareció un club de Almagro que tenía la misma y que jugaron un partido “por los colores” y que Boca lo perdió: que perdió sus primeros colores 3 a 1, y hubo que buscar otros.
Es el momento del mito más famoso: la bandera copiada. Dicen que Juan Brichetto, uno de los primeros socios, operaba el puente levadizo de acceso a una dársena del puerto. Que Juan Brichetto también era el jefe de una murga de la Boca, Los Farristas, y le prestó al club su primer local. Y que a él se le ocurrió aquello de buscar los colores del club en la bandera del primer barco que pasara. Y que el barco fue sueco y que por eso quedaron los colores que, antes de ser azul y oro, fueron solo amarillo y azul. Puede que la historia sea, incluso, cierta: tiene la ventaja de que pone en escena la influencia del azar, ya entonces. O dicho, de otra manera: un signo llegado desde algún más allá. Y era, en cualquier caso, un gesto tan argentino: tomar lo que el mundo tenía, apropiárselo sin pedir permiso. El famoso crisol.
Así que la primera camiseta azul y oro fue una camisa azul con una banda amarilla que la cruzaba de derecha a izquierda en diagonal: la banda, nada menos. En 1906 los Juniors ganaron invictos una copa de la Liga Villalobos, una de las muchas que se disputaban en la zona. O eso dicen: siempre contaron que el presidente del torneo había desaparecido con la copa y que, por eso, nunca figuró en nuestras vitrinas —pero hay quienes sostienen que la copa nunca estuvo porque terminamos al fondo de la tabla. Después vendrían otras ligas barriales: la Liga Central, la Liga Albión. Los muchachos jugaban más o menos bien y se dejaban el alma en cada cancha —en cada potrero. De hecho ya tenían baldío propio, en la esquina de Pedro de Mendoza y Caboto, y el club había reunido como trescientos socios —y crecía. Sus seguidores —los vecinos de la Boca— eran recién llegados al país, a este mundo: no tenían identificaciones claras, pertenencias. Un nuevo club del barrio —que no fuera muy malo, que ganara al menos un campeonato muy menor— les ofrecía colores, estandartes, su nombre, una causa común, razón para encontrarse, ocasión de medirse, la posibilidad de una victoria: el principio de una identidad. Los tanos, además, se sabe, son un poco brutos: los cien o doscientos vecinos y amigos y suplentes que se arrimaban a un partido de Boca no actuaban igual que los inglesitos o los cajetillas que miraban a Alumni o San Isidro. Gritaban, insultaban, aplaudían, se apasionaban más allá de toda conveniencia. Cinchaban por su equipo de otra forma, agregando su presencia a la de los jugadores —aunque nadie los llamara hinchas todavía.
Porque el fútbol tampoco era el fútbol. Pero empezaba a serlo, poco a poco. El 24 de junio de 1906, con el presidente José Figueroa Alcorta en la tribuna, un equipo local le ganó por primera vez a uno extranjero. El visitante era Sudáfrica; el local, por supuesto, el Alumni de los hermanos Brown. El partido terminó 1 a 0, el presidente aplaudía entusiasmado: el fútbol todavía se llamaba football y ya empezaba a mezclarse con el Estado, a constituirse en un arma de la patria: “El público, al enterarse de la victoria, dióle la importancia de un triunfo nacional”, decía Caras y Caretas. “El triunfo de Alumni en fútbol significaba una nueva era para la República. Roto el hielo entraremos en calor seguramente, y hoy en habilidad física, mañana en conocimientos científicos, pasado en enjundia literaria, asombraremos al mundo con nuestros triunfos y conquistaremos para la patria el honor y la gloria tan anhelados”. Oíd mortales ya era un grito de gol. Quizás por eso ese mismo año el presidente de la Argentine Football Association, un Martínez de Hoz, decidió que sus reuniones empezaran a hablarse en castellano en vez de inglés.
Pero el juego seguía siendo lo que los ingleses habían inventado: pases largos, sacrificio, velocidad, potencia. Aunque los argentinos estaban recreándolo, cambiando sus modales. Unos años más tarde el entrenador —el coach— de un equipo inglés que pasó por Buenos Aires dijo que los locales “son hábiles en el dribbling y rápidos, pero su punto débil es que son individualistas y tratan de brillar por sobre sus compañeros. Nunca alcanzarán el éxito hasta que reconozcan que hacen falta once hombres para marcar un gol”. Allí estaban las primeras diferencias. El football era cuestión de asociación, de método, de fuerza; el fútbol cosa de individuos, intuición, picardía. La ciencia contra el arte, la urgencia contra la pachorra. La productividad contra el placer, el orden contra la avivada. La franqueza del pase largo o la corrida contra la hipocresía de la finta, el engaño de la gambeta que te dice una cosa para hacer al fin otra. Supuestas características criollas contra condiciones británicas presuntas: la Argentina se buscaba a sí misma, trataba de armar su propia imagen, y el deporte podía ser una de las maneras. El fútbol argentino se inventaba por oposición al inglés: empezaba a bocetar la mano de Dios y el mejor gol de la historia.
“El uso y abuso de la superioridad física fue criticado por periodistas y público, y los referís, llevados por la corriente, cambiaron las modalidades reglamentarias, castigando fouls con excesivo celo, hasta transformar el juego vigoroso en otro más sutil, rápido y elegante. Está es la diferencia primordial que existe hoy entre nuestro fútbol y el europeo”, escribió años más tarde Chantecler, el gran comentarista de El Gráfico, en un artículo que titulaba “La viveza criolla, característica principal de nuestro fútbol”. “Aquel es más pesado, lento, fuerte, disciplinado y armónico en la acción conjunta. El nuestro es más liviano, veloz, afiligranado, con menos acción colectiva y más derroche de habilidad personal”. La palabra clave, sin duda, es derroche: contra la eficiencia sajona, el derroche latino.
Y, como éramos más chiquitos que ellos, menos atléticos —pero más ingeniosos—, hicimos de necesidad virtud e inventamos “artimañas y tretas que hicieron escuela para aumentar sus recursos técnicos y, al competir contra los extranjeros, dieron excelentes resultados”, decía Chantecler, y daba muchos ejemplos. La forma de provocar un corner o un out era uno de ellos: “Es una astucia utilizada por defensores o atacantes con buen éxito (…) Cuando un forward, al llegar próximo a la línea del goal, se ve en la imposibilidad de hacer el centro o con muy escasas probabilidades para gambetear, entonces simula una u otra cosa, pero en verdad shotea la ball de improviso contra el cuerpo o las piernas del defensor y esta, rebotando, sale de los límites de la cancha. Esta jugada, realizada contra equipos extranjeros que nos han visitado, ha producido la sorpresa y admiración de los mismos, que no conocían un recurso de juego tan sencillo…”.
“De por sí solo, aquel fútbol inglés muy técnico pero monótono no habría logrado ejercer la influencia requerida por el espíritu de nuestras multitudes”, diría uno de los escritores decisivos de El Gráfico, Ricardo Lorenzo, Borocotó. “Carecía de ese algo típico que nos llega a lo hondo, que nos enronquece la voz en un grito que surge del corazón cuando la pelota es recogida por la red temblorosa; y tuvimos que adornarlo con el dribbling que encandila las pupilas, que es patrimonio de estas tierras”.
TIEMPO DE FÚTBOL
Las cosas que me importan son las que a veces —tan pocas veces— consiguen enfrentarse con el tiempo. Esperar aquel llamado, desesperar, darse cuenta de que no han pasado diez minutos. Viajar y llenar cada momento de tantas cosas que los días son semanas. Coger y descubrir que en ese abrazo se pasó media hora. Escribir y escribir y notar de pronto que ya se puso el sol. Ver cómo avanza el Mellizo por la punta izquierda y saber que tiene muchas ganas de quebrar para adentro para eludir a su defensor pero que es poco probable que lo logre y además por el medio lo acompaña Román y el Negro Ibarra sube solo por la punta derecha pero cómo va a hacer el Melli para sacar semejante cambio de frente con la pierna cambiada y además un brasilero ya lo va cerrando y el arquero está un poco adelantado pero que ni se le ocurra patearle al arco para tratar de sorprenderlo y ya lo quebró al defensor y encara para el medio, dónde carajo se metió Palermo, ver que aparece en diagonal desde la derecha pero viene marcado y que el Melli se la dé a Román antes de que lo tapen que no se la morfe por favor que la dé y puede ser, los brasileros vuelven a los pedos pero no llegan a cerrar, ver que ya se la dio y Román la para la pisa no puede ser que pierdas todo ese tiempo hijo de puta no ves que van a armar la defensa y nos cagaron, dale boludo dale que ya tenés un brasilero encima y ver que el Negro sigue por la punta derecha y ya está demasiado abierto pero por lo menos se está llevando un defensor, en una de esas Riquelme se la puede devolver al Melli para que llegue hasta el fondo y tire el centro, ver que el Melli se la pide, le debe estar gritando pero no, mirá cómo entra Martín, ya está en el área, dale Román, dale que puede ser, ponésela y ya estamos, lo vio, sí, lo vio y ver que la corre veinte centímetros a la derecha para que su marcador no se la tape, levanta la cabeza, no puede ser que haga todo tan lento, tan limpio, tan preciso, dale hijo de puta meté el pase y ver que ya le está pegando y la pelota va para el lado donde está Palermo y el arquero se quedó en la raya y el defensor no va a llegar al cierre y el muerto que empieza a levantarse, que parece que llega, si la engancha bien en una de esas, por favor, dale, animal, por favor, ¿qué carajo te cuesta a vos un cabezazo?
Y lo aterrador es todo el tiempo que falta todavía para que esa pelota choque con la cabeza de Martín Palermo y, después, para que entre o no entre en el arco del Palmeiras. Cuando lo vea en la tele me va a parecer un santiamén, pero yo sé que no es verdad. El fútbol, para mí, está entre esas tres o cuatro cosas que consiguen estirar el tiempo: que el tiempo no se vaya como si nunca hubiera sido. El fútbol será una boludez, pero me alarga el tiempo. Y el fútbol —para mí— no sería el fútbol si Boca no existiera.
El tiempo del partido, es obvio, empieza mucho antes. Días antes, por lo menos. Pero el domingo aparecen esos nervios, la excitación, ese hormigueo en el estómago a medida que se acerca la hora: la sensación de que algo que te importa está por suceder y que lo esperás como se esperan pocas cosas. Entonces hay que engañar al tiempo, hacer que corra, intentar olvidarlo. Hasta que un señor odioso toca el pito.
—Vamos Boca carajo.
Gritamos miles, y es el momento extraordinario —donde todo está previsto para que uno no piense en nada más. Empieza el partido, y establece un tiempo que está fuera del tiempo, un momento que no pertenece a la banalidad del tiempo corriente. Ahora el tiempo pasa a tener otro valor: se conocen sus límites. Todo es igual a noventa: noventa es el total. Y por lo tanto cada minuto vale: cada minuto no es, como en la vida, una fracción indefinible de un tiempo cuyo fin ignoramos. En un partido, un minuto es más del uno por ciento de todo lo que tenemos por delante: algo muy importante. En un partido el tiempo está contado de antemano. A diferencia de la vida, en un partido de fútbol todo lo que tiene que suceder sucede dentro de un límite preciso —nada queda postergado, indefinido.
Y, en ese tiempo, uno tiene la sensación de que todo es posible porque las posibilidades están tan acotadas: ganar, perder, empatar, con los aditamentos de cada caso. Pero esas tres posibilidades repetidas consiguen concentrar en dos horas todas las emociones. La esperanza, la mufa, la incomodidad, el júbilo, la emoción, la desesperación, la zozobra, los nervios extremos, la incredulidad, el placer, la revancha, el logro y tantas más. Y, sobre todo, para mí, la incapacidad de ser coherente: cuántas veces pienso son una manga de pataduras, así no va, aunque empatemos qué me importa si estamos jugando para la mierda y además Boca no puede empatar así con estos muertos, qué mierda, qué mal humor, cómo puede ser que estos boludos me la arruinen así. Que se maten, por más que hagan el gol yo no lo grito. Aunque ganemos, que se maten, pienso, hasta que salto bien resorte loco y abrazo a Juan y grito y grito como un perro.
Y siga siga siga el baile
al compás del tamboril,
que esta noche nos cogemos
a los negros del Brasil.
Grita la cancha, que quiere que el tiempo no cambie de signo. En la vida las cosas no se definen, como en el fútbol, en un instante extraordinario. Van pasando de a poco, se extienden en el tiempo, no son como aquel gol en el último minuto o el penal atajado que termina de sacarte campeón —de una vez, para siempre. No son, tampoco, ese momento en que te embocan, que te ponen, que te rompen el orto, que te empoman. La metáfora sexual es evidente y pava: lo que me impresiona es ese segundo de incredulidad en que lo terrible está por suceder pero todavía puede ser que no y el segundo siguiente, cuando la pelota ya está adentro del arco propio, la perplejidad, la desazón que no admite respuestas —no se puede gritar, saltar, desgañitarse—, que te lleva a un segundo de una parálisis perfecta, justo antes de la puteada o la extrema desazón. Ese momento en que lo peor acaba de pasar sin que uno pueda evitarlo de ninguna manera, en que la amenaza acaba de convertirse en realidad, en que ya está —en que nada puede ser modificado pero, al mismo tiempo, todo es demasiado reciente como para haberlo aceptado todavía. Ese momento de mierda en que te acaban de meter un gol y la Bombonera está en silencio y hay un orden que tendría que haber sido distinto. Y, al contrario, ese momento en que Palermo sí llegó al cabezazo y los brasucas se miran sin saber qué decirse. El momento perfecto, el gozo idiota: pura explosión sin pensamiento.
Y así, una sucesión de momentos extremos: de tiempo como si el tiempo fuera un privilegio, una variable que hay que usar: acelerar los movimientos porque queda poco y vas perdiendo, ralentizarlos porque quisieras que nada más cambiara. “Hacer tiempo” —perder el tiempo— es el ardid de los débiles que no tienen otro modo de usar el tiempo para no perder. “Ganar tiempo” —acelerarlo— es un alarde de los que buscan la victoria.
Hasta que llega el tiempo de descuento, la agonía: el fin inevitable, últimas esperanzas que se van o la esperanza que se vuelve realidad sin vuelta atrás. El pitazo, el final: un final bien final, bien definido. Y uno, por supuesto, que querría que durara para siempre porque después qué vas a hacer con toda esa energía, cómo vas a extrañarla, dónde la vas a guardar hasta que llegue la próxima oportunidad de desplegarla —que, por desgracia, es probable que sea otro partido. Pero se acaba y te trae, molesta, la conciencia de que todo se termina: aunque no quieras verlo, todo se termina.
O no. La pasión por el fútbol ofrece otra ventaja: todo final es falso, nada se acaba para siempre. El tiempo no es definitivo y se renueva. Siempre ofrece otra chance: la ilusión de volver a empezar —cada jugada, cada partido, cada año— desde cero. Pero, también, la crueldad de que nada es para siempre. O, más bien: que todo es perfectamente efímero, que el triunfo de un domingo no garantiza nada para el próximo, que hay que renovar esa victoria todo el tiempo.
Y que va a costar, porque el fútbol es fracaso casi siempre. El fútbol ofrece una moraleja que, por suerte, no solemos leer: el 98 por ciento de un partido consiste en intentonas fracasadas: tentativas de aproximación a la única meta decisiva, que casi nunca lo consiguen. El fiasco, el desengaño: todo para llegar al gol y el gol no llega. El gol es un bien raro. Todo el resto es fracaso y, sin embargo, los jugadores no dejan de intentarlo: eso es el fútbol.
El fútbol es uno de los pocos deportes que pueden terminar en el fracaso completo: 0 a 0 es la incapacidad para hacer lo que se intentó hacer y, sin embargo, es un resultado válido, que hasta puede ser útil. Pero no tiene el gran momento, el momento en que la Bombonera no late ni tiembla ni canta ni nada: grita, ruge. El momento justo después del estallido:
Y dale, y dale,
y dale Boca dale.
El grito serio, el que solo aparece en los minutos trascendentes, como un rugido que surge y se apaga enseguida: la salida del equipo, cada gol. Todo el resto es fantasía, firuletes. Ese grito es la esencia, y es guerrero: ese momento en que no importa el tiempo.
1906-1925
IL BUCCA
Nadie sabe cómo jugaba Boca en esos tiempos. Era un clubcito: no hay registros, los diarios importantes no contaban sus triunfos y derrotas. Sabemos de su primer trofeo confirmado: la copa de la Liga Central de Foot Ball —que pese a su nombre rimbombante, era un torneo de barrio:
—Señor Luis Cerezo, a vos, señor representante del Club Atlético Boca Juniors, os hago entrega del primer premio de la primera división de esta liga, que en buena ley habéis merecido.
Peroró, con prosopopeya que ya sonaba antigua, el organizador del campeonato. Y sabemos del primer partido internacional, diciembre de 1907, cuando el Universal de Montevideo mandó una delegación de veintitantos muchachos que fueron recibidos como amigos y llevados de paseo —al Zoológico y en tranvía— por los jugadores locales antes del partido. Y sabemos que en 1908 el Club Atlético Boca Juniors consiguió afiliarse a la Argentine Football Association. Era un problema: los dirigentes del club no sabían en qué división anotarse. Hubo debates, peleas a los gritos. Algunos insistían en que convenía la tercera, para no hacer papelones, y otros les contestaban que eran unos agachados, que Boca estaba para la segunda. Entonces se les ocurrió una solución perfectamente futbolística: organizaron un partido contra Ferro Carril Oeste, de segunda, para ver si les daba el pinet. Boca ganó 4 a 0 y el equipo se inscribió en segunda con confianza.
Para eso necesitaban una cancha un poco más decente —que llenara los requisitos de la Association: un campo en condiciones, una casilla con un par de duchas, una mínima tribuna. Los muchachos buscaron y buscaron y terminaron por encontrar un terreno en la isla Ingeniero Huergo, en el margen del margen. En esa cancha jugaron el primer campeonato, contra una serie de equipos importantes: Belgrano Athletic, Bernal, Continental B, Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, Royal de Núñez, La Plata, San Isidro II y Villa Ballester, entre otros. Era, ya, un campeonato que abarcaba toda la ciudad: los nuevos tranvías eléctricos les daban la posibilidad de jugar partidos lejos —y el precio del “boleto obrero” los hacía accesibles.
Los muchachos se conformaban con no descender, pero el equipo estaba para más y terminó segundo en su zona, detrás del Club Atlético San Isidro. Así que se clasificó para jugar la semifinal de segunda contra Racing en la cancha de Quilmes. Era el partido más importante de sus pocos años, pero a la hora señalada a Boca le faltaban dos jugadores. Los esperaron; al cabo de un rato el árbitro dijo que tenían que empezar. El árbitro, dicen, era socio del Racing Club. Los de Avellaneda se aprovecharon y metieron un gol; después, cuando llegaron Vergara y Priano —que habían tenido un problema con el bondi— Boca apretó a Racing contra su arco pero no consiguió meter ni un gol. Había sido, de todas formas, un debut sorprendente.
—Si los pibes no se hubieran perdido en el tranvía capaz que salíamos campeones, salíamos.
—Sí. O por lo menos les hacíamos pasar un julepe tremendo.
—Todo culpa del tranvía, Giuseppino, culpa del tranvía.
“El árbitro Rodrigo Campbell informó que el encuentro semifinal se suspendió un minuto antes de tiempo a consecuencia de las amenazas de los partidarios del club Boca Juniors”, contaría The Standard, diario inglés: en esos días los diarios no mandaban cronistas a un partido de segunda, y se basaban en el informe del árbitro o, incluso, del capitán de alguno de los equipos. “Durante el encuentro les había llamado la atención a varios integrantes de ese equipo y a cinco minutos del final y como consecuencia de una falta de Marcelino Vergara en perjuicio de un jugador de Racing Club, le pidió que se retirara de la cancha. Esto hizo que aquel lo amenazara con los puños. Luego se enfurecieron los simpatizantes de Boca Juniors y ante la amenaza de estos dio por finalizado el encuentro un minuto antes del final. Cuando se retiraba de la cancha tuvo que ser protegido por la fuerza policial, a la que se convocó para guardar orden”. El espíritu belicoso de tanos y argentinos peleaba con cierta idea del fair play británico, que también resistía: eran tiempos en que un capitán de Boca, Donato Abbatángelo, sacó de la cancha a un compañero que le había entrado demasiado fuerte a un contrario, por ejemplo.
La ciudad, en esos días, crecía demasiado rápido: al cabo de un año los xeneizes tuvieron que mudarse a un terreno cedido por el gobierno nacional en la isla Demarchi. Cada mudanza no era solo un pequeño desarraigo: también suponía el trabajo de rellenar el terreno, nivelarlo, alisarlo, construir una cabaña para que los muchachos se cambiaran. Todos colaboraban: jugadores, familiares, socios, algún atorrante con la ilusión de un cuartito de vino. Era paradójico: esos clubes que se habían creado para formar grupos cerrados solo podían sobrevivir si se abrían, si se popularizaban y se insertaban en el barrio: si el barrio los aceptaba como propios. Y aun si lo conseguían siempre siempre estaban al borde de la quiebra, la desaparición: las cuotas sociales no alcanzaban para nada, las recaudaciones eran tan escasas. Cada vez que necesitaban plata para camisetas, pelotas, viáticos o el alquiler del campo organizaban kermeses, bailes, funciones de cine. O una rifa como la de marzo de 1908: Primer Premio, un gramófono con veintisiete cilindros; Segundo Premio, un reloj de plata con ocho días de cuerda; Tercer Premio, un reloj de acero con cadena. Con esos dineros se pagaba el alambrado de la cancha, por ejemplo, un techo para el vestuario, seis pelotas.
Pero el equipo empezaba a mover gente: seguía jugando bien en el campeonato de segunda y en 1911, cuando la Association inventó una nueva categoría —la Intermedia Extra— entre la primera y la segunda, Boca estuvo entre los que ascendieron. Ese año, en una expedición a La Plata para jugar contra Estudiantes, “Boca Juniors llevó tras de sí a La Plata a no menos de trescientos admiradores, que victorean a mandíbula batiente a los muchachos”, contaba el diario La Mañana. Y decía poco después, cuando Boca volvió a Montevideo para jugar contra los amigos del Universal, que “se encargaron 43 pasajes de tercera clase en el vapor Río Uruguay. El famoso comerciante de la Boca, Priano, tuvo que preparar 25 kilos de pan dulce, 50 litros de moscato, 36 planchas de ravioles, media ternera adobada, un queso pisentín, contra la voluntad de Banchero, que lo quería de rayar. Se han alquilado sombrillas chinescas, sandalias, gorros frigios y banderas con los colores del club”.
En 1912 el gobierno volvió a desalojarlos —“para dar paso al progreso”, decía la orden pertinente— y tuvieron que jugar en canchas ajenas hasta que la comisión directiva decidió cortar por lo sano: por 200 pesos al mes —el equivalente de doscientas cuotas de socio— alquilaron un terreno bastante grande en Wilde, unos diez kilómetros al sur, y armaron una cancha que imaginaron como definitiva. Los socios no estuvieron de acuerdo, y fue la primera rebelión xeneize: mil doscientos de los mil quinientos asociados decidieron dejar de pagar sus cuotas mientras el club siguiera en el destierro. En esos dos años de Wilde, Boca estuvo a punto de desaparecer. La historia puede llegar a ser un precedente: Boca Juniors era y debía ser de la Boca. El equipo volvió a jugar en canchas prestadas —pero cercanas— mientras buscaba la instalación definitiva.
En 1912 el país estaba al borde de sí mismo. El viejo régimen se derrumbaba: los conservadores que habían dominado el Estado desde su formación tuvieron que aceptar que la Argentina ya no era la de entonces. Se habían pasado décadas rogando que vinieran inmigrantes blancos laboriosos y educados, y muy pocos se dignaban cruzar el océano. Cuando los italianos y españoles y judíos y franceses y croatas y alemanes por fin se decidieron, los señores locales descubrieron que el aluvión les cambiaba la patria —y les gustó muy poco. Así que intentaron refugiarse en tradiciones recién inventadas: hicieron del gaucho, al que habían exterminado prolijamente unos años antes, el prototipo de la argentinidad, y crearon una historia argentina hecha por próceres —sus abuelos— que los recién llegados debían adorar. La batalla cultural seguiría años; en el campo político, su derrota fue tener que permitir elecciones por sufragio universal —de varones— con la Ley Sáenz Peña.
El football también se escapaba de las manos originales: ahora sí empezaba el fútbol. En 1912 fue Quilmes Athletic Club el que interrumpió la racha de diez años de los chicos british del Alumni. Y desde 1913 hasta 1918, Racing fue el primer equipo bien “criollo” —lleno de apellidos tanos y gallegos— que se hizo fuerte en el fútbol argentino. Junto con eso el público también cambió: se hizo más numeroso y, sobre todo, más popular. “Los hinchas de antes se vieron desalojados de las canchas”, escribió más tarde El Gráfico. “La mersa los expulsaba, y la galera y los guantes patito, junto a las chicas de sombrero, buscaron el rugby, el cricket”. El football había muerto y el fútbol no er
