PRÓLOGO
OBJETO ENCONTRADO
Llegó por correo, bien embalada en un plástico de burbujas.
Misma marca, misma medida, de cuero también liso, pero más roja, más suave, con más pátina.
Pensé que le gustaría, que quizá incluso la preferiría así.
Hacía poco había perdido una pequeña agenda Hermès más nueva que esta, pero que de tanto pasar de bolsillo en bolsillo había acabado por no tener edad. Una especie de grisgrís con sus iniciales grabadas, T. D., con el que se había encariñado práctica, física, sensualmente…
Como cada vez que pierde algo, y suele ocurrirle a menudo, hay que buscar con él. Por lo general, yo lo encuentro enseguida: el pasaporte, las llaves, el móvil… Pero esta vez, la agenda no aparecía. Al cabo de unos días, T. D. se resignó y volvió a comprar otra igual.
«Por desgracia, ya no se hace piel así», respondió el dependiente vagamente apenado, rotundo pero educado. Otros se hubiesen conformado con un granulado, un estriado, con piel de cocodrilo, pero él nunca se rinde. Tuvo suerte en eBay, en la categoría «marroquinería pequeña vintage». Setenta euros. Y en pocos días ya la tenía.
La obsesión es una enfermedad contagiosa: en su ausencia, quise verificar que el objeto encontrado era de verdad una réplica exacta del objeto perdido. Lo inspeccioné desde todos los ángulos. Y después lo abrí.
El vendedor había retirado el recambio anual, donde el anterior propietario debía de haber anotado sus citas, invitaciones o secretos, pero en el bolsillo interior había quedado escondida una pequeña agenda telefónica. Automáticamente empecé a hojearla. Es posible que estuviera poco concentrada, puesto que no fue hasta la tercera página cuando un primer apellido llamó mi atención: ¡Cocteau! ¡Sí, Cocteau: rue Montpensier, 36! Recuerdo sentir un escalofrío y quedarme sin aliento al descubrir Chagall: place Dauphine, 22. Mis dedos recorrían la agenda como locos: Giacometti, Lacan… Y después todos los que siguen: Aragon, Breton, Brassaï, Braque, Balthus, Éluard, Leonor Fini, Leiris, Ponge, Poulenc, Signac, Staël, Sarraute, Tzara… Veinte páginas donde se sucedían por orden alfabético los nombres de los mayores artistas de la posguerra. Veinte páginas que había que releer para creérselas. Veinte asombrosas páginas, como un listín telefónico íntimo del surrealismo y del arte moderno. Veinte páginas que acaricié con una mirada estupefacta. Veinte páginas que rocé, casi sin respirar, temiendo que fueran a desintegrarse o que fuesen producto de un sueño. Y al final de todo, como para datar el tesoro, un calendario de 1952, que demostraba que la libreta había sido comprada en 1951. Nunca más le reprocharía a T. D. que hubiese perdido algo.
Por supuesto, quise saber quién había escrito todos esos nombres con tinta marrón. ¿Quién podía conocer y codearse con todos esos genios del siglo XX? ¡Por fuerza, otro genio!
Sería más honesto admitir que yo no decidí nada. No escogí esa agenda; fue una irrupción, se impuso, se me impuso…
Ya había caído en la trampa, incapaz de resistir la llamada de aquellos nombres, como un perro policía al que se le da a oler una prenda de alguien que ha desaparecido. Busca… Busca…
Me dejo llevar antes incluso de saber quién se esconde detrás de esa caligrafía. Corro tras un fantasma, fascinada por sus amigos antes que por su vida. Todavía no sé cómo se llama, pero esas páginas son como una pequeña cerradura a través de la cual observo un mundo desaparecido que no tiene parangón.
Michèle S.
Hameau de la Chapelle
Cazillac
El sello de correos da fe de que el paquete viene de Brive-la-Gaillarde. ¿Cómo unas direcciones tan parisinas pueden venir de Brive-la-Gaillarde?
El anuncio de eBay precisaba que el vendedor era un anticuario de una aldea a unos treinta kilómetros de Brive llamada Cazillac, un encantador pueblo del departamento de Lot, en los verdes valles del Causse de Martel. Cazillac, con menos de quinientos habitantes, es conocida, aunque no demasiado, por su iglesia románica, una torre del siglo XII, unos lavaderos, una panadería y la cruz Sauvat que marca de manera simbólica el paralelo 45, a medio camino entre el Polo Norte y el ecuador. ¡De ahí viene mi agenda! De un punto perdido en la Tierra, pero que se encuentra exactamente en el medio de nuestro hemisferio.
Encontré el nombre de un artista surrealista originario de la zona. ¿Pero quién conocía a Charles Breuil? Según parece, ni Breton, ni Braque, ni Balthus.
Sin embargo, Édith Piaf sí que era una visitante habitual del Causse de Martel. En los años cincuenta, el gorrión de París (la Môme) se había alojado varias veces en una casa de reposo a pocos kilómetros de Cazillac. Al anochecer, iba a rezar a una pequeña iglesia destartalada que estaba incrustada en la roca. Incluso financió la restauración de los vitrales y le hizo prometer al sacerdote que mientras ella viviera mantendría el secreto. ¿Y si la agenda era de Piaf? Había sido amiga de Cocteau, conoció a Aragon durante la liberación y Brassaï la fotografió.
No obstante, la vendedora de la agenda acabó bruscamente con toda especulación acerca de Piaf y Cazillac cuando respondió enseguida a mi primer mensaje: «Hace muchos años compré un lote de dos agendas Hermès en una subasta maravillosa en Sarlat, en el Périgord. No sé nada más, pero conozco al responsable de la casa de subastas, puedo preguntarle si guarda alguna información sobre los vendedores. No le prometo nada, pero la mantendré informada».
Cumplió con su promesa al cabo de un mes. El vendedor había sido en realidad una vendedora, originaria de Bergerac, que había llevado la agenda en persona, junto con otros objetos, a casa del subastador. Michèle también encontró la fecha exacta de la subasta: el 24 de mayo de 2013, en Sarlat.
Para saber más al respecto, me sugirió que contactase con el responsable de la casa de subastas, pero me resultó difícil encontrarlo —o estaba de vacaciones u ocupado, a todas luces indiferente ante mi novelesco hallazgo—. «Apenas conozco a la pareja de vendedores, además hace poco se mudaron muy lejos de la región. Es bastante probable que no tengan ninguna relación con los antiguos dueños de las agendas. O que no quieran oír hablar del tema».
Saltaba a la vista que él tampoco tenía ganas de «oír hablar del tema». Con unas pocas frases y dos o tres conversaciones rápidas, básicamente se esforzó en impedirme el acceso a los antiguos propietarios.
Para ablandarlo, le conté que mi padre también dirigía una casa de subastas. ¡No era mentira! De pequeña pasaba allí días enteros, jugando entre los muebles de formica y los armarios provenzales, abriendo cajas de hojalata oxidadas y cajones que chirriaban. Siempre esperaba encontrar algún tesoro escondido entre los viejos álbumes, los relojes de bolsillo puestos de cualquier manera entre las llaves, o bajo las pilas de sábanas todavía almidonadas. Recuerdo el olor un poco agrio a polvo y las nubes de serrín amarillento que salían de la madera carcomida. Allí oía hablar de «herencias vacantes». Me preocupaba el destino de aquella gente que moría sin familia y cuyos muebles se dispersaban a los cuatro vientos un sábado por la mañana. Me acuerdo de las subastas a un franco, de los lotes a cinco francos, de mi padre que parecía jugar con su martillo cuando gritaba «adjudicado» y de los compradores exultantes cuando ganaban una puja. Un amigo suyo decía que aquello era «el casino de la gente pobre».
Así que le insistí al responsable de la casa de subastas de Sarlat y le prometí que conocía su profesión… Que entendía su ética… Me mostré empática, sonreí con afectación… Pero no cedió. Resultó imposible sonsacarle la nueva dirección de los vendedores, ni siquiera conseguí saber qué otros objetos le habían dado. Solo aceptó enviarles una carta que estos nunca respondieron. Y él también dejó de contestar a mis correos.
«Es un procedimiento delicado y “legalmente” no puedo insistir sin exponerme a posibles quejas».
En el ámbito jurídico, sabía que tenía razón. Mi padre me lo había confirmado: «El nombre de los vendedores es confidencial». Creo que esa fue una de nuestras últimas conversaciones serias. Le pareció sorprendente que un simple directorio generara tanto misterio. Él hubiese sido más flexible. Después concluyó sonriendo: «¡Tampoco es que estemos hablando de un Picasso!». ¿Y por qué no? Lo comprobé. Por desgracia, las caligrafías no tenían nada que ver.
Pero, intrigada por ese comentario, volví a leer el último correo del responsable de la casa de subastas con más atención. ¿Por qué me estaría explicando que apenas conocía a esa pareja? ¡Los conocía lo suficiente como para saber que «hace poco se mudaron muy lejos de la región»! Y debió de haberlos llamado para poder confirmar con tanto aplomo que no tenían «ninguna relación con los antiguos dueños de las agendas» y que no querían «oír hablar del tema». ¿Por qué esconderse? Además, no había hecho ni una sola pregunta sobre la agenda de direcciones; más bien parecía que mis preguntas le incomodasen.
No se imaginaba la cantidad de energía que alguien obstinado puede llegar a dedicar a un misterio caído del cielo como este. ¡No era consciente de que seguía teniendo mi tesoro! Y de que, por mucho que la puerta de la casa de subastas de Sarlat se cerrase, mi agenda continuaría siendo una puerta abierta hacia el mundo más fascinante que alguien pueda imaginar.
Tenía que haber una explicación, sin duda tenía que existir un motivo para que un día en Bergerac alguien decidiera desempolvar esta funda de cuero color burdeos y venderla, sin acordarse de vaciar el contenido. Quizá debiera situar Bergerac en un mapa: en la subprefectura de la Dordoña, en el corazón del Périgord púrpura, a solo cien kilómetros de Burdeos, Brive-la-Gaillarde, Cahors y Angulema, pero a más de seiscientos kilómetros de Saint-Germain-des-Prés. ¿Quién podía haber vivido o muerto en Bergerac y conocer a la élite parisina?
Wikipedia ofrece un «listado de celebridades relacionadas con la comuna», susceptibles de haber frecuentado, en los años cincuenta del siglo XX, a los genios de la agenda:
• Desha Delteil, «bailarina clásica en Estados Unidos famosa por sus poses acrobáticas».
• Hélène Duc, cómica.
• Jean Bastia, director y guionista.
• Jean-Marie Rivière, actor, director teatral y de music-hall.
• Juliette Gréco, cantante y actriz.
Ninguno de los perfiles acababa de encajar con el directorio. Ni siquiera Juliette Gréco. Su libreta de direcciones de 1951 más bien debía de consignar los nombres de Sartre, Vian, Kosma… Ese mundo no era exactamente el suyo.
Acabaría encontrándolo. Llegaría hasta el final. Averiguaría a quién había pertenecido la agenda.
Achille de Ménerbes
22 rue Petite Fusterie
Avignon
¡Olvida Bergerac! ¡Olvida a los vendedores y a los subastadores! Como tengo la prueba del delito, la someteré a una especie de interrogatorio. Descifraré línea por línea, página por página, enumeraré a los amigos conocidos del genio desconocido, buscaré a los demás en internet. Acabaré adivinando quién falta.
A-B: la primera palabra resulta ilegible porque una mancha de tinta negra la tapa parcialmente. La segunda podría ser ANDRADE, AYALA. En la cuarta línea hay un primer nombre conocido: ¡ARAGON! Le siguen algunos contactos que no me dicen gran cosa: ACHILLE de MÉNERBES, BERNIER, BAGLUM… Después algunas personas cuya dirección él o ella necesita saber, quizá porque son más íntimos: BRETON, rue Fontaine, 44; BRASSAÏ, rue Saint-Jacques, 81; BALTHUS, Château de Chassy, Blismes, Nièvre.
En la letra «C» el primero que aparece es COCTEAU: rue de Montpensier, 36, RIC 5572 o el 28 en Milly. ¿Pero los primeros apuntados son siempre los más cercanos? Además, el poeta era tan conocido en la alta sociedad parisina que toda la ciudad debía de tener su número. Le siguen los pintores COUTAUD, rue des Plantes, 26, CHAGALL, place Dauphine, 22…
La vista funciona como un paparazzi, tiene tendencia a desdeñar a los menos conocidos y enfocarse solo en los VIP: ÉLUARD, GIACOMETTI, LEONOR FINI, NOAILLES, PONGE, POULENC, Nicolas de STAËL… Pero la mayoría de los amigos de la agenda pueden identificarse con facilidad en internet: Lise DEHARME, escritora y musa del surrealismo; Luis FERNÁNDEZ, pintor y amigo de Picasso; Douglas COOPER, gran coleccionista e historiador del arte; Roland PENROSE, surrealista inglés; Susana SOCCA, poeta uruguaya…
La agenda empieza a parecerse a un directorio social de la élite de la posguerra, una lista de invitados elegidos a dedo para una fiesta, un índice de nombres citados en la biografía de un artista célebre. Me recuerda a una fotografía de grupo en la que, gracias al efecto del revelador, los personajes van surgiendo uno a uno en la roja penumbra del laboratorio.
Sin embargo, el propietario va revelándose de manera indirecta a través de sus relaciones. Frecuentaba a los mayores poetas de su tiempo, sobre todo a los surrealistas, pero no exclusivamente: ÉLUARD, ARAGON, COCTEAU, PONGE, André du BOUCHET, Georges HUGNET, Pierre Jean JOUVE… Aunque se relacionaba todavía más con pintores: CHAGALL, BALTHUS, BRAQUE, Óscar DOMÍNGUEZ, Jean HÉLION, Valentine HUGO… Muchos surrealistas… También galeristas y un restaurador de lienzos… ¡Es probable que se trate del directorio de un pintor! Y dado que ha apuntado el teléfono de LACAN, seguro que se tumbó en su diván.
Un artista atormentado, depresivo, histérico o melancólico, pero ni bohemio ni maldito. Él o ella mantenía los pies en la tierra y el contacto de un fontanero, de un marmolista, de una clínica, de un veterinario y de una peluquera. ¡Estoy convencida de que se trata de la agenda de una mujer!
En resumen: una mujer, pintora, muy vinculada al movimiento surrealista, psicoanalizada por Lacan y que se codea con los más grandes. Si nos ponemos quisquillosos, a su red de contactos le faltan los cuatro o cinco gigantes del siglo XX: Picasso, Matisse, Dalí, Miró o René Char. Pero más que los ausentes, hay que buscar a la ausente; a la que sostenía la pluma y nos ofrece hoy una fotografía de su mundo en veinte páginas.
A veces cometía faltas de ortografía o masacraba los nombres propios: escribía «Rochechaure» en lugar de «Rochechouart», «Leiris» con una «y», o «Alice Toklace» en lugar de «Toklas». Era extranjera o disléxica.
Al principio se esforzaba. Cada página empieza por una lista de nombres caligrafiados con cuidado, siempre con la misma pluma, sin duda recopiados de una agenda anterior. Las letras son regulares, más bien redondas; el trazo es fuerte, pero pulcro. Y más adelante, al cabo de unas cuantas líneas, la escritura se vuelve confusa, desordenada. Son los nuevos contactos del año 1951, cuyos números apuntaría más tarde, deprisa y corriendo, apoyada en la esquina de alguna mesa, sosteniendo con una mano el teléfono y con la otra el primer lápiz que tuviera a mano, o porque ese día estaba más nerviosa, cansada, o andaba con prisa.
En una librería de segunda mano descubro una enorme guía telefónica del año 1952. Pesa como mínimo cinco kilos, tiene una cubierta naranja de tela desgastada y con anuncios en el lomo. Gracias a eso puedo cotejar los nombres y las direcciones de la agenda y así verificarlos y compararlos.
La dirección de Jacques Lacan corresponde con la del directorio: LACAN, médico, rue de Lille, 30, LIT 3001. Sin embargo, BLONDIN, avenue de la Grande-Armée es un homónimo del escritor: un cirujano. Hay como mínimo tres números más de médicos. Y algo todavía más sorprendente: TRILLAT, grafólogo. Resulta que también le interesaban otros tipos de análisis. Y algunos más banales: un salón de belleza o un peletero del boulevard Saint-Germain. Empiezo a imaginarme a una artista coqueta, quizá muy guapa también. MICOMEX, rue de Richelieu, importación y exportación: quizá necesitaba enviar sus cuadros. Voy saltando de la guía a la agenda. De la agenda a Google. De Google a Wikipedia. Cada ínfimo descubrimiento parece una victoria.
Pero algunos nombres resultan indescifrables o escurridizos. ¿Camille? ¿Katell? ¿Paulette? ¿Lorraine? ¿Madeleine? Nombres de mujeres, garabateados de manera que solo pueda leerlos quien los escribió, alguien que las conoce tan bien que no necesita ni apuntar sus apellidos. Me vienen a la mente unas palabras de Modiano cuando iba tras la pista de Dora Bruder: «A menudo lo único que sabemos de ellas queda reducido a una simple dirección. Y tal precisión topográfica contrasta con todo lo que nunca sabremos sobre su vida; un vacío, un espacio desconocido y de silencio».
Achille de MÉNERBES sigue siendo un misterio. Ella apuntó su dirección: rue Petite Fusterie, 22, en Aviñón, y su teléfono, 2258, pero setenta años más tarde es como si ese hombre nunca hubiese existido. No dejó ni rastro. ¿Por qué obstinarse con ese nombre? Siendo razonable, debería pasar al siguiente. Sin embargo, ese tal Achille es como un esparadrapo que se me ha quedado pegado al dedo. ¡Y qué suerte que haya sido así! De pronto, bajo la lupa, las letras se desligan. Había leído demasiado rápido o poco concentrada: no escribió «Achille de», ¡sino «Architecte»! Arquitecto de Ménerbes… Debía de tener una casa en ese pueblo del Luberon y necesitó que un arquitecto de Aviñón le supervisase las obras.
Mis dedos tiemblan sobre el teclado del ordenador. La página de Wikipedia de Ménerbes indica que solo dos pintores estuvieron allí a inicios de los años cincuenta. Descarto a Nicolas de Staël directamente, ya que figura entre los contactos.
El segundo nombre es el de una mujer… pintora… fotógrafa… musa de los surrealistas… muy cercana a Éluard y Balthus… psicoanalizada por Lacan… No hay duda, ¡es ella! Todo cuadra, todo coincide, hasta la ausencia de Picasso en la letra «P». En 1951, seis años después de su ruptura, no volvió a copiar su dirección ni su número de teléfono, a falta de poder borrarlo de alguna otra manera. Puede que mi hallazgo no sea «un Picasso», ¡pero lo que tengo en las manos es la agenda de Dora Maar!
Creo recordar que grité. Grité como un jugador de fútbol que acaba de marcar un gol, grité apretando los puños, grité, extrañamente, «¡Yes!», y luego llamé a T. D. No respondía. ¡Maldito teléfono! ¿A quién podía gritarle: «¡Lo he encontrado!»?
«Primero encuentro, después busco», decía Picasso. Eso es exactamente lo que voy a hacer: buscar para entender.
Theodora Markovitch
6 rue de Savoie
Paris
Dora Maar… Solo me vienen a la mente sus fotografías: Picasso con el torso desnudo, Picasso con una camiseta de rayas, Picasso pintando el Guernica… Y después, todos los cuadros en los que él la pinta o la representa como la «mujer que llora», desfigurada, devastada por el dolor.
Bendito sea Google: navego, clico; más que leer, devoro. «Dora Maar, fotógrafa y pintora francesa, compañera sentimental de Picasso», «Dora Maar, cuyo nombre real es Henriette Theodora Markovitch, nació el 22 de noviembre de 1907 en París», «hija única de un arquitecto croata y una madre de Tours», «pasa su infancia en Argentina antes de volver a vivir en Francia», «amiga de André Breton y de los surrealistas», «amante de Georges Bataille». Fechas, ciudades, nombres. «Dora Maar, figura notable del siglo XX», «un estilo de una profunda originalidad». Y siempre referencias a Picasso: «amó a otras mujeres más apasionadamente, pero ninguna le influenció tanto», «Picasso la instó a renunciar a la fotografía», «Picasso la dejó por la joven Françoise Gilot»… Fragmentos de vida, reflejos de sufrimiento: internada, electrochoques, psicoanálisis, Dios, soledad…
La propietaria de la agenda fue compañera de Picasso durante casi diez años, de 1936 a 1945. Antes de estar con él, era una gran fotógrafa. Luego, una pintora que se hundió en la locura, después en el misticismo y que acabó recluida.
Me entretengo haciendo una lista de todos los adjetivos que le atribuyen, esperando que vaya surgiendo un retrato de entre la nebulosa de palabras: bella, inteligente, arisca, obstinada, apasionada, irascible, altiva, inflexible, exaltada, orgullosa, digna, culta, autoritaria, esnob, vanidosa, mística, loca…
La mayoría de los artículos de prensa en los que aparece son sobre su muerte, en 1977, y sobre la subasta de su patrimonio: 213 millones de euros repartidos entre el Estado, los expertos, los subastadores, los genealogistas y dos herederas lejanas, en Francia y en Croacia, que nunca la habían visto.
Por último, apunto esta frase —sin saber a quién atribuírsela, puesto que la han copiado y pegado por todas partes en internet—: «Fue la amante y musa de Pablo Picasso, papel que eclipsó la totalidad de su obra». Cruel posteridad que solo recuerda su papel de amante y entierra toda una obra a la sombra de un gigante. Cruel, pero inapelable. ¿Quién conoce la obra de Dora Maar? ¿Quién recuerda que fue una de las pocas mujeres fotógrafas admitida entre los surrealistas? ¿Quién sabe que dedicó sesenta años de su vida a la pintura?
Sus fotografías más famosas son los retratos de Picasso, pero las más sorprendentes son anteriores: experiencias oníricas, collages surrealistas o fotografía social. Antes incluso de toparse con el pintor español, con menos de treinta años, ya era más conocida que sus amigos Brassaï y Cartier-Bresson. Hoy en día, los coleccionistas y los grandes museos se pelean por sus copias en las subastas, pero no sucede lo mismo con su pintura, a la que sin embargo ella daba más importancia.
Varios autores se interesaron por su vida: algunas biografías serias, novelas inspiradas libremente en su vida y muchos libros de arte. Casi todos escritos por mujeres, fascinadas por su vida y por el misterio de una heroína trágica que, como Camille Claudel o Adèle Hugo, se entregó y se abandonó por pasión. Y ahí estaba yo, uniéndome a ese grupo…
Debió de empezar a rellenar la agenda en enero de 1951. En París, un viento glacial soplaba desde el norte. Había nevado en Nochevieja. Rue de Savoie, debía de hacer mucho frío, sobre todo porque tenía tendencia a ahorrar en carbón. Delante del vade de cuero de su escritorio de caoba, sacó una de las plumas que Picasso le había regalado. No había tocado nada desde hacía seis años. Todavía dormía en esa cama estilo imperio donde se amaron, y vivía entre sus regalos, sus cuadros, sus esculturas y sus pequeñas manualidades insignificantes que acumulaba en los cajones. Y, por encima de todo, no había vuelto a pintar las paredes: sería un sacrilegio borrar los insectos que el maestro había dibujado en las grietas para entretenerse.
La imagino rellenando con esmero, página por página, el pequeño opúsculo. Empezó por las «A», después listó las «B», pero sin seguir el orden alfabético con rigurosidad. Debió de aprovechar para hacer una selección. Los amigos que la habían traicionado ya no merecían ni una línea. A veces dudaba: ¿para qué? A veces los guardaba, como quien guarda una fotografía o un souvenir. Lo más difícil era quitar a los que habían muerto, que debían de ser como fantasmas de directorios anteriores. Eliminar sus nombres era casi enterrarlos de nuevo.
La agenda es una radiografía de su mundo en 1951: estra
