Soriano

Ángel Berlanga

Fragmento

Soriano

1

Nueve señales a modo de entrada

I

Son las tres de la mañana de una noche de verano y Osvaldo Soriano está echado en la cama, solo, bajoneado, en el departamento que alquila, sobre la calle Mario Bravo. Buenos Aires, 1972: lleva ya casi tres años viviendo en la ciudad y varios meses como redactor en La Opinión. No le encuentra la vuelta a la novela sobre Laurel y Hardy que trabaja: quiere contar sus parábolas de anonimato, de astros de Hollywood e ídolos populares, y finalmente de caída e indiferencia para la industria. En su infancia y su adolescencia las películas del Gordo y el Flaco le encantaban. Con el tiempo se puso a averiguar todo lo que pudo sobre ellos. Poco antes de largarse de Tandil publicó una semblanza en los cuadernos de Grupo Cine, la agrupación cultural independiente que coordinaba. En “El error de hacer reír”, la nota que escribió hace unos días en La Opinión Cultural, queda claro que sabe mucho más sobre ellos. Y que cuenta mucho mejor. Pero ahora quiere dar un salto, largar la imaginación.

De Stan & Ollie le impacta que diviertan a partir de la destrucción de la propiedad y la burla de la autoridad en Estados Unidos. Big Business es su favorita, una obra maestra: el dúo le quiere vender un pino a un tipo que tiene un parque lleno de pinos y sobreviene un crescendo destructivo fenomenal. Soriano contó hasta del paso fugaz por Buenos Aires de uno y otro allá por 1914, 1915, cada uno por su lado, y en la nota de La Opinión narró, con algunas licencias recreativas, varias escenas “biográficas”: la llegada del barco que en 1912 lleva desde Londres a Estados Unidos a Charles Chaplin y a Stan Laurel, estrella y suplente en una compañía artística de gira; o el intento que hace Hardy, ya en caída, para conseguir trabajo en la productora de John Wayne. Pero no hay caso: no consigue una trama que lo convenza.

Desde que está en La Opinión ha escrito de Pelé y de Chazarreta, de Muhamad Alí, de alguna película, de libros, sobre todo de autores norteamericanos: lo deslumbran las historias de Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Una noche caminábamos por Florida con un grupo de amigos, todos borrachos, y uno de ellos se puso a recitar un texto en prosa tan hermoso que me impresionó. Ahí mismo le preguntó a Norberto Soares, el recitador, de quién era eso. Me contestó: “¿No conocés a Chandler?”. Y al día siguiente me mandó por un cadete El largo adiós. Así descubrí a Philip Marlowe. “Dolor y dignidad”, el primer artículo que publicó en el suplemento cultural de La Opinión, fue sobre este antihéroe de la novela negra y su autor.

Mientras rumia amarguras escucha un estruendo de cacharros en la cocina. Más perplejo que asustado se levanta y va, despacio, a ver qué pasa. Entre las ollas hay un gato negro, grande, que entró por la ventana. En la penumbra el gato lo mira fijo. Soriano le habla, se acerca un poco más, y el animal da un salto a la ventana. Y ahí se quedó un rato, como diciéndome qué hacés, boludo, no te das cuenta de que la cosa es evidente… ¿Qué es evidente, qué lee ahí Soriano, qué imagina? Que bien podría ser la gata negra de Chandler. Y que se le apareció para decirle que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy es un detective profesional como Marlowe. Cuando esta idea se configura en su cabeza, el gato se va.

Esto puede parecer un chiste para quien no entiende el lenguaje de los gatos, para el que no sepa que son médiums —teléfonos, como dice Cortázar—, pero yo sé muy bien que si Triste, solitario y final existe es gracias a aquel gato.

Entonces Soriano vuelve a su máquina y escribe el encuentro de Philip Marlowe con un periodista argentino llamado Osvaldo Soriano ante la tumba de Stan Laurel, en el cementerio de Forest Lawn.

II

Osiris Troiani pasa unos días de vacaciones en Tandil, en la estancia del abogado Juan Claudio Tuculet. Es enero de 1969. Soriano, cronista del diario local Actividades, lo había conocido un año y pico atrás, cuando fue a la ciudad a dar una charla. Mucho tiempo después Soriano contará que le dio la mano “paralizado por la emoción”, sin esperar siquiera que le dirija la palabra: Troiani es por entonces secretario de redacción de Primera Plana. Cuando puede, en textos para sí, o que publica en los cuadernos del Grupo Cine, Soriano imita el estilo, el tono de la revista. Una noche Tuculet lo invita a una cena en la que también está Troiani. “Ni bien le dije que daría cualquier cosa por escribir una nota en la revista esbozó una sonrisa sarcástica y me dijo: ‘Vaya, haga un relevamiento de la electricidad rural de todo el partido de Tandil, visite las centrales, entreviste a los responsables, a los beneficiarios, a los perjudicados, y preste atención al mundo en que viven; agréguele un poco de color y mándeme sesenta líneas en el primer ómnibus que pase’”. Soriano cumple el encargo. Poco después la nota aparece, pero son cuarenta líneas, están reformuladas y no llevan su firma.

Se suceden los días de un verano aburrido: Facundo Cabral, Jorge Di Paola y Víctor Laplace han emigrado ya de Tandil y a los otros amigos del grupo les sobran ganas de seguirlos. Una tarde, antes de que el verano termine, su madre le muestra un telegrama: “Rogamos comunicarse urgente con el señor Julio Algañaraz a los teléfonos de Primera Plana”. Soriano llama con la misma emoción con que había estrechado la mano de Troiani. Del otro lado de la línea le piden “la nota más informada, virulenta y cómica que jamás se hubiera escrito sobre la procesión de Semana Santa en Tandil”. Enseguida entiende que si hace lo que le piden tendrá que irse de la ciudad.

Entrevista, averigua, se pasa dos días corrigiendo. La nota presenta la procesión como un espectáculo decadente que utiliza la fe para traccionar turismo y negocios. También plantea un tironeo entre el conservadurismo del obispado y las críticas de algunos curas jóvenes, alineados con las ideas tercermundistas. El que lleva haciendo de Cristo desde hace ocho años reniega: “Ya no siento la interpretación de Jesús, lo pintamos como demasiado bueno, casi un bobo, no como realmente fue, un verdadero conductor de masas”. La procesión, escribe Soriano, es una caricatura del catolicismo.

La noche anterior a la aparición de la revista se despide de su novia, Ana María, y huye con una valija: lo que escribió va a hacer ruido. Cuando el ómnibus llega a Constitución, oye que los canillitas vocean que salió Primera Plana. La compra, la hojea: está su nombre al pie de la nota. En ese número firman, también, Héctor Tizón, Daniel Moyano, Francisco Juárez.

Creo que me puse a bailar en medio de la plaza, dirá en una entrevista.

Creo que estuve a punto de ponerme a llorar, dirá en otra.

Era raro que Primera Plana pusiera la firma de los autores. “A veces unas pudorosas iniciales y de tanto en tanto los nombres de Ramiro de Casasbellas, Tomás Eloy Martínez, Ernesto Schoo o Mariano Grondona”. Da por sentado que van a hacerle un lugar en “la catedral argentina del periodismo moderno”. Deja la valija en el Tandil, un hotelucho de la Avenida de Mayo por el que ya habían pasado Cabral y Laplace. Cuando se presenta en la redacción, Troiani no le da pelota: “¿Y vos qué hacés acá?”, le pregunta, y lo deriva a los mellizos Algañaraz, o a Juárez, que lo cobijan. Calienta algún sillón en la recepción, aprovecha algunos vales de comida que le habilitan los periodistas-ídolos, lee diarios y espera la chance de que lo manden a cubrir algo. Enseguida llega la carta del obispo de Tandil, monseñor Luis J. Actis, como loco por las blasfemias que publica Primera Plana sobre la procesión.

Francisco Juárez tiene otra versión. A mediados de marzo del 69 prepara una producción especial sobre la Semana Santa, con la idea de “desentrañar el cavernoso costumbrismo de ciertas devociones”. Ve necesaria una nota que escenifique el Vía Crucis tandilense; le pregunta a Troiani, que le da un nombre: “Osvaldo Soriano. Es un gordito bastante inquieto y curioso”. Juárez le escribe una carta en la que le pide un informe sobre la procesión. Hace una operación similar con el escritor Daniel Moyano para que cuente sobre el culto al Señor de la Peña, una roca con perfil de rostro humano venerada en La Rioja. Y él se va a San Juan a hacer una crónica sobre la Difunta Correa.

A la vuelta encuentra que el informe que le manda este Soriano es “sabroso y casi desopilante” y entonces se reproduce tal cual, como nota, y con firma. El día que aparece la revista aparecen otras dos cosas: en Tandil, la indignación de los curas que organizan el Vía Crucis, y en la redacción, el mismísimo Soriano. Lleva un bolso y pregunta por Troiani. Troiani lo deriva a Juárez. Juárez sale a su encuentro y oye que el otro le dice: “Lo imaginaba más viejo”. No hay lugar para él en Primera Plana, así que aprovecha algunos vales de comida, lee diarios, espera alguna chance. Antes que eso, llega la carta de monseñor Actis.

Soriano incluyó esta nota en el último libro que editaría en vida, Piratas, fantasmas y dinosaurios. Allí avisa que las dos últimas líneas no son suyas, que fueron agregadas para cerrar el artículo con un tono solemne. Para reeditarla le podó los tres párrafos iniciales de la publicación original, donde relacionaba la caída de la legendaria Piedra Movediza con la construcción del El Calvario, concebido como un atractivo “para imantar a los forasteros”.

Pero, pero, la llegada a Buenos Aires y a Primera Plana pudo haber sido distinta. Su amigo Félix Samoilovich escribió otra versión: “Cuando descubrió que, en periodismo, la distancia nunca le consiguió trabajo a nadie, decidió largarse a la aventura: llegó cuando estaba terminando el verano. Pero, aun de cuerpo presente, no era fácil conseguir un puesto para un provinciano desconocido, ni siquiera esporádicas colaboraciones”.

Soriano tiene magras reservas, gasta lo menos posible, pues sabe que tendrá que soportar —y ejercer— un largo sitio.

“El viejo hotel de la Avenida de Mayo no tenía, por fuera, un aspecto demasiado decrépito. La sorpresa venía luego, una vez franqueados la desconfianza del portero, varios pisos crepitantes de ascensor y la escalera que conducía a los cuartos, ya más económicos, del altillo. Cuando creía haber alcanzado el límite, el Gordo me indicó, sin una palabra, otra escalera (artesanal, podría decirse) por la que había que trepar hasta una terraza donde un cubo de placas alquitranadas se dividía en dos cuartos minúsculos. El primero era el suyo; en el otro, mientras fumábamos sentados en la cama, resonaban los accesos de tos enfermizos del vecino de azotea. ‘Está jodido el hombre —me explicó—, a veces es difícil dormirse; qué se le va a hacer, me dijeron que está tuberculoso’”.

Al fin, gracias a una determinación indisoluble, consigue que la revista le encargue un informe sobre la Semana Santa en Tandil, el gran acontecimiento local.

El tono carnavalesco del final de la nota hizo lo que faltaba: los lugareños, heridos en su amor propio, le prometieron las peores represalias. “Me cortaron la retirada —se lamentaba—, estoy en la vía y ni siquiera puedo volverme al pueblo”.

A cuarenta y cuatro años de distancia de aquello, en un bar de Bruselas, en 2013, Samoilovich cuenta otros detalles.

“El que arma todo es Dipi, Jorge Di Paola, tipo fino y escritor brillante. Yo lo conocía desde la noche del tiempo. ‘Tengo un amigo en Tandil, el mejor conversador que existe. Quiere escribir y ser periodista: ¿te lo puedo mandar?’. ‘Sí, qué sé yo, que venga, vamos a ver qué se puede hacer’. Pero yo ahí no tenía ningún poder, era redactor. Me acuerdo perfectamente del día que el Gordo viene a la redacción. Veo a un tipo en la recepción que me pregunta si yo soy yo; estaba sentado ahí desde hacía rato: ‘No, yo no me atreví a tocar timbre’, me dice. Eso era el templo para él, el paraíso de los intelectuales, de los que saben, de los que escriben. Sabía notas de la revista de memoria, y copiaba el estilo, pero menos de lo que él decía, porque se hacía el modesto, también. Lo llevé a comer a casa: recuerdo que comimos una ensalada de repollo colorado, y que él nunca había visto repollo colorado.

”La nota de Tandil tardó: esto fue antes. En muchas biografías ponen ‘trabajó en Primera Plana’: hizo dos colaboraciones y cerraron la revista, desgraciadamente. El que estaba al corriente de que iba a venir era Troiani, pero no le dio bola; Soriano lo había interpelado en Tandil, después de una conferencia, diciéndole que le gustaría escribir, y Troiani le dio su número de teléfono. Pero después no le contestaba. A la venida del Gordo no la registró nadie, y a justo título, porque no pasó nada. Andaba dando vueltas por ahí. Cuando apareció esto de Tandil alguien dijo ‘che, pero hay un tipo de Tandil que quiere laburar’, y ahí le encargaron esa nota”.

“Pero puedo afirmarle, Sr. Director, y demostrárselo fehacientemente, que quien ha hecho una caricatura del catolicismo no ha sido otro que el Sr. Soriano. Dios le perdone el pecado, pero Tandil no puede perdonarle su atrevida y caricaturesca deformación. Con hombres como el Sr. Soriano, Primera Plana no gana nada, sino que se desprestigia”. Escribe esto el obispo Actis en la carta abierta que envió a la redacción, publicada en el diario local Actividades del 19 de abril de 1969, que titula: “Una Nota sobre Semana Santa en Tandil, Aparecida en una Revista Porteña, ha Causado Profunda Molestia”. Dios puede perdonar; Tandil, no.

Actis sostiene que la nota “distorsiona la auténtica realidad y que solo pudo haber sido elaborada por quien —imbuido de preconceptos— pretendió desprestigiar sus magníficas realizaciones”. Para el final reserva un aviso acorde a un tiempo en el que gobernaba de facto el general Juan Carlos Onganía: “Perdóneme Sr. Director la sinceridad de esta Carta Abierta, pero ella puede servirle para ponerlo en guardia sobre las dobles intenciones que algún infiltrado en su Redacción pareciera tener en contra del catolicismo que anhelaría iconoclasta y revolucionario a su medida filocomunista. Sin otro particular, queda a sus órdenes…”.

La carta hace efecto: le encargan otras notas. El infiltrado filocomunista tiene trabajo.

La segunda nota será en Berisso, donde la explosión de un buque petrolero hizo un estropicio. Le pidieron un informe sobre los restos del pasado de esplendor de la ciudad. Recuerda Juárez que fueron para allá en su Citroën destartalado y que mientras hablaban de la mufa y mencionaban a “algunos innombrables” el motor se clavó. Era supersticioso, Soriano. “No mucho después Onganía cerraba la revista y los Algañaraz le dieron laburo en Semana Gráfica, a la que él llamaba Semana Trágica —recuerda Samoilovich—. No pasaba nada ahí, eran todas fotos: querían competir con Así, la revista de Héctor Ricardo García. Ese fue su primer contrato”.

Ahí estaba, instalado en Buenos Aires, la primera ciudad que eligió por sí mismo, a la que siempre querría volver.

III

A fines de 1992 publica en el diario Página/12 una serie de notas, cuentos, añoranzas, historias que entreveran escenas de infancia, adolescencia, juventud, en las que los protagonistas son él y su padre. José Vicente Soriano, catalán, venido a la Argentina desde muy chico, sobrestante de Obras Sanitarias, ha muerto en 1974. Cáncer de pulmón. Osvaldo tendrá la misma enfermedad. Todavía no lo sabe, aunque lo intuye, e intenta dejar de fumar. Aún no lo consigue, pero lo conseguirá. Su hijo, Manuel, ha nacido en 1990. Viven, junto con Catherine Brucher, su mujer, en un PH de La Boca, sobre Del Valle Iberlucea.

En noviembre del 92 ha publicado su sexta novela, El ojo de la patria. Como ha pasado con sus libros anteriores, este tiene muchísimos lectores y encabeza las listas de los más leídos. A esta altura ya tiene muy masticado esto de ser best seller. En Italia también es idolatrado. Y ha sido traducido a quince idiomas. Escritores como Italo Calvino, John Updike, Antonio Tabucchi o Salman Rushdie han elogiado sus novelas y sus textos periodísticos. Los dos volúmenes de recopilaciones de artículos publicados en la prensa, Artistas, locos y criminales y Rebeldes, soñadores y fugitivos, son tan leídos como sus ficciones. A una década de haber hecho una película basada en No habrá más penas ni olvido, su segunda novela, Héctor Olivera se apresta a hacer otra inspirada en la quinta, Una sombra ya pronto serás. Son muchos los escritores argentinos que disfrutan y ponderan su literatura, pero a otros no los entusiasma, y algunos lo aborrecen. Normal, tal vez. A Soriano le duelen las críticas, en especial las que lo tildan de demagogo, populista, oportunista y escribe-tosco. También se queja de la academia: dice que lo ningunean. En un principio no me gustaba verme tan maltratado: ahora me acostumbré. Yo soy un marginal para la literatura, un sospechoso para los círculos de letras tanto de la facultad como de la crítica especializada.

Estas notas con el padre como protagonista van a inspirar el título de su próximo libro de recopilación, Cuentos de los años felices, que aparecerá en noviembre de 1993. Otra tanda de esta serie será recopilada tres años después en Piratas, fantasmas y dinosaurios. Entre uno y otro libro suman unos treinta relatos. Es significativa, en estos textos, la superposición de paternidades. En principio está la suya, real, de Manuel. No sé, es un misterio por qué me decidí a tener un hijo a los 46 años. En su padre pone características de otros: lo semblantea parecido físicamente a Hammett y lo describe interesado por inventos que lo rediman: como Roberto Arlt, anota en “Mecánicos”, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos de fórmulas revolucionarias. Cuando viajo, siempre llevo algo de Arlt en la valija, dice Soriano, que se identifica con él en varios aspectos: el carácter de periodista-escritor, la llegada a los lectores, no haber terminado los estudios, cierto recelo con “lo culto”, la falta de premios significativos, la idea de ser mirado como un infiltrado sin carnet en la literatura.

En Cuentos de los años felices incluirá, también, una serie de relatos sobre los comienzos de la nación: ha conseguido los veintitrés tomos de la colección Biblioteca de Mayo, que reúne memorias y biografías, y publica en Página/12 artículos sobre la Revolución de 1810, Belgrano, Moreno, Castelli, el negrero y represor Álzaga, el corsario Bouchard. Historias que en el colegio no le enseñaron. En sus comienzos como padre va en busca de otros comienzos, de otros padres. Son los años de Carlos Menem en el poder, del peronismo neoliberal, el desguace descarnado del Estado, pero todavía en plena fiesta. Volver a sus años de infancia, entonces, le permite a Soriano volver a Perón, padre político de al menos medio siglo en el país. “Nunca olvidaré aquellos lluviosos días de septiembre del 55 —escribe en ‘Gorilas’, a propósito del golpe de la Libertadora—. Aunque para mí fueron de viento y de sol porque vivíamos en el Valle de Río Negro y los odios se atemperaban por la distancia y la pesadumbre del desierto. Mandaba el General y a mí me resultaba incomprensible que alguien se opusiera a su reino de duendes protectores. Mi padre, en cambio, llevaba diez años de amargura corriendo por el país del tirano que no lo dejaba crecer”.

En este tironeo entre ambos, sin embargo, hay un elemento común que se contrapone al hilo cultural y al desguace que encarna Menem: la concepción de un Estado que apunte a expandirse más y mejor en sus funciones de amparo y desarrollo. Soriano cuenta muchas de estas historias junto a su padre “como si todavía lo estuviera viendo”. En ese mismo relato lo pone, ya en 1958 y durante una huelga de la que él participa como trabajador quinceañero en el empaque de manzanas para exportación, a certificar la voz de Perón en una de esas míticas cintas que circulaban clandestinas. Don José certifica, pero su interés pasa más bien por desarmar y volver a armar el grabador Geloso en el que se reproducen los carretes.

En “Mecánicos”, algo más adelante en el tiempo, entre los dos arman y desarman íntegro un Gordini, el único auto propio que tuvo su padre. Como pasa en otros de sus textos, este desemboca en la caricatura: se engrasan y ensucian tanto que la madre, Eugenia, les prohíbe que entren en la casa y los deja durmiendo en un galpón. Están de vuelta en Tandil y el padre cree que la habilidad con la mecánica automotriz le hará más liviano el servicio militar a su hijo en Bahía Blanca. “Siempre se equivocaba: fue como centrodelantero que evité las humillaciones del regimiento”, apunta. Esa habilidad le permitiría, contaba, hacer veinte goles sin patear un solo penal y “leer por las noches a Horacio Quiroga” mientras ensayaba sus primeros cuentos. En el pasaje de la publicación desde la prensa al libro introduce algunos cambios: al que lee, en Cuentos de los años felices, es a Italo Calvino. “Mi viejo sabía aceptar sus errores —remata— y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado ‘La luz mala’, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él, su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón”.

Estos relatos en los que comparte protagonismo con el padre son ficción, con apoyo y raíz en sucesos, coordenadas y elementos de la realidad. La palabra escrita, anota en “Rosebud”, es dura de borrar. Soriano no hizo la colimba: zafó por una várice grande que le operaron en Tandil, después de que le sellaran la libreta.

En otro relato, “Encuentros”, viajan entre las bardas en una camioneta de Obras Sanitarias y levantan a un pastor evangélico bastante chanta que le quita mérito a Gardel. “Oremos, hermano, porque le mientes a tu hijo y adoras a falsos ídolos”, le dice el pastor después de que desbarrancaran, en medio de una tormenta. Mientras el tipo despotrica, el pibe cree ver entre las nubes la imagen de Gardel, una figura que con el tiempo ha vuelto a imaginar “de espaldas a su inmenso destino de padre celestial”. Soriano idolatraba a Gardel y además de escucharlo durante toda su vida y de incluirlo en cada una de sus novelas intentó un libro con él como protagonista.

Estos relatos preconfiguran lo que sería La hora sin sombra, su última novela. Tenía la necesidad de hacer algo más extenso con ese personaje de mi viejo, que ya no es mi viejo desde hace bastante tiempo. Quería escribir la historia de alguien que hacía un largo viaje con su padre. Los Cuentos de los años felices son el viaje compartido y La hora sin sombra es una despedida postergada: en el comienzo del libro el padre agoniza en un hospital y el hijo, que se ha largado a la ruta a escribir una novela, que espera de un momento a otro la llamada fatídica que le anuncie su muerte, se encuentra con la noticia de que el viejo se disfrazó y se escapó.

Hay un texto que antecede a todos estos: “La ingenuidad del Gordo y el Flaco y el traje gris y gastado de mi padre”. Soriano lo publicó en 1987 en El Periodista y en L’Unità, de Roma. Desde Triste, solitario y final se negaba a volver sobre sus personajes, explica en la presentación que hace para Rebeldes, soñadores y fugitivos, pero lo rescata por su padre; Soriano recuerda en el artículo que todavía vivía a comienzos de 1974, cuando él dejaba un ejemplar del libro en la tumba de Stan Laurel, en el cementerio de Forest Lawn: “Ese día llovía en Los Ángeles y yo era feliz”.

Soriano, que se había incluido como personaje en su primera novela, se incluyó también en la que sería la última, pero esta vez sin nombrarse. Una figura que se cierra. “Tuve la nítida alucinación en la que mi padre se despedía de mí con una sonrisa y un beso en la mejilla”, escribe casi al final, en una escena que también transcurre en medio del campo, bajo la lluvia, con un pastor chanta. Anota en La hora sin sombra: “Ciorán decía que las palabras son gotas de silencio a través del silencio. Aunque los comienzos de un hombre cuentan, solo damos el paso decisivo hacia nosotros mismos cuando ya no tenemos origen. A esa altura es tan difícil comprender el sentido de una vida como buscarle un significado a Dios. Sin padres, sin infancia, sin pasado alguno no nos queda otra posibilidad que afrontar lo que somos, el relato que llevamos para siempre”. Es una despedida. Creo que esta novela tiene el mejor final que he escrito. De algún modo cierra este problema de enfrentar el final, porque desde el punto de vista religioso yo no creo en nada, pero sé que la mayoría de la gente cree en algo, cualquier cosa. No solo prosperan todos los que venden algo del más allá, sino también los que venden la falsa inmortalidad en este mundo, donde en lugar de vivir sus años, la gente se los resta. En el fondo eso esconde una dolorosísima angustia frente a la muerte.

IV

JUAN FORN. No hizo falta convocar a nadie. En las horas siguientes a la muerte de Soriano fueron llamando, uno tras otro, sus amigos, preguntando si podían escribir para el diario. La decisión se tomó sola: dedicar el número entero de Radar a Soriano. La consigna también surgió de la misma manera, espontánea u obvia: evitar las necrológicas. Quienes trabajaron a su lado en una redacción lo saben bien; no había nadie mejor que Soriano para esta tarea. Por una sencilla razón: jamás embellecía al muerto. Sus amigos han seguido simplemente esa línea.

ISIDORO BLAISTEN. A diferencia de aquellos que hicieron del tedio un género literario, Soriano tenía lo que contar. Tenía un mundo propio hecho de imaginación. Un mundo de perdedores en lugares sórdidos, pero su prosa tiene el encanto de la naturalidad.

JORGE DI PAOLA. Treinta y dos años de amistad, con sus más y sus menos y sus espacios y tiempos, no tienen exactamente un relato. Tienen una intensidad, una música. Cerca de Osvaldo me pasaban cosas raras, algunas rarísimas, creo que las más raras de mi vida.

EDUARDO FEBBRO. Tenía una magia personal única y ese mismo don estaba en sus novelas: era siempre el hombre que nos cuenta una historia y lo escuchamos como si fuese un sabio que viene de lejos.

CRIST. No parecía un escritor. Parecía un tipo que uno había conocido en un bar, que hablaba de cómo organizar una biblioteca “por si a la madrugada se le da por consultar a los clásicos”. Prefería hablar de fútbol a hablar de estilo. Parecía un tanguero de los años 20. Mezclaba las anécdotas de París con las de su barrio. Tonto no era; había leído todo pero trataba de que no se notara.

ROBERTO COSSA. Alguna vez me dijeron que mi padre había muerto. Yo era muy joven como para entender lo que eso significaba. No sabía que ese día empezaba a vivir mi propia muerte. Y seguí caminando, dejando despojos. El miércoles 29 de enero se murió Soriano. Y vivir sin Soriano será como morir otro poco.

GUILLERMO SACCOMANNO. En las conversaciones que se estiran hasta la madrugada, el Gordo sabe que el sueño es la necesidad del olvido que todos tenemos. Pero el Gordo es insomne. Y no quiere olvidarse. De nada. En esas conversaciones, con sus opiniones, y valiéndose de historias propias y ajenas, el Gordo construye algo así como un decálogo. La palabra le suena universitaria, presuntuosa, engrupida. Prefiere hablar de tácticas y estrategias. En verdad, se trata de un manual de instrucciones y uso. Que encierra una moral de la literatura.

MEMPO GIARDINELLI. Desde muy lejos siento rabia e impotencia. Me acaban de avisar, en esta helada noche de Virginia —tan lejos de Dios, tan cerca de Washington—, y es como que de pronto se me calentaran los recuerdos al llorar. Casi treinta años de una amistad que pensé para toda la vida, si la vida era una ilusión de eternidad que alguna vez compartimos.

RODOLFO RABANAL. Osvaldo era el mejor charlista de los tiempos modernos que he conocido nunca.

ANA MARÍA SHUA. Los argentinos tenemos la sensación de que nuestra realidad es mucho más absurda que mágica, mucho más kafkiana que garciamarquezca. Esa es la visión que volvemos a encontrar en las novelas del Gordo.

RODRIGO FRESÁN. Durante estos días demasiado largos, hojeando aquí y allá los primeros tramos de Cuarteles de invierno o las últimas líneas de No habrá más penas ni olvido, por ejemplo, vuelve a sorprenderme más que nunca el poder de una oración como anzuelo invencible, la facilidad con que uno se olvida de la página y de la letra para perderse y encontrarse en la voz y en el paisaje de Soriano que enseguida son la voz y el paisaje propios. Lo de siempre: ¡qué difícil sonar tan fácil!

CARLOS ULANOVSKY. Los periodistas que todavía queremos seguir aprendiendo lo leíamos agradecidos. Tenía aceitados los mecanismos y prestas las herramientas para volver luminoso al personaje más oscuro y empequeñecer al gigante asestándole unas pocas palabras.

VLADY KOCIANCICH. Me cuesta comprender que alguien haya dudado de su más clara identidad, la de un estupendo novelista, y que el mismo Soriano se haya sentido a veces exiliado de ese confuso paraíso de los escritores, la literatura.

ROBERTO FONTANARROSA. Ante este tipo de circunstancias uno puede escribir mucho o no puede escribir casi nada. Yo no puedo escribir casi nada. Advierto, eso sí, que hay un común denominador en todos aquellos que hablamos y opinamos sobre Osvaldo: más allá de la admiración por el narrador, más allá del deleite que nos han producido sus novelas y cuentos, más allá de esa suerte de revelación que nos significara, por ejemplo, Triste, solitario y final, todos sentimos, fundamentalmente, la muerte de un amigo y de un compinche.

V

OSVALDO BAYER. En Essen, a mediados de 1977, me dijo que tenía un oficio bastante bueno en Bruselas. Lo había puesto la municipalidad como contador de patos de los lagos de la ciudad. Me dio todos los detalles. Y debe haber sido cierto, no sé: no quiero ir a Bruselas a ver si existe ese cargo. Me describió distintas clases de patos; los cisnes también contaban. “El asunto es así —me dice—: se tienen que contar, porque si faltan hay que reponerlos. Uno pasa la cuenta, ‘faltan cuatro’, y ahí reponen. ¿Pero sabés lo que me pasó? Durante cuatro semanas no desapareció ninguno. Y entonces dije: ‘Acá me van a rajar’. Porque para qué me iban a pagar; si no pasaba nada. Por suerte conocía a un muchacho peruano, buena persona, que estaba sin trabajo, así que le dije: ‘Mirá, podríamos trabajar en conjunto’. Entonces por la noche él iba y se agarraba patos de distintas razas, para no levantar sospechas. Y era muy lindo, porque en las madrugadas celebrábamos la confraternidad peruano-argentina con unos asados de pato excelentes”.

VI

“Ojo, a ver, aclaremos una cosa. Esa imagen que hay de Osvaldo, del ‘gordo bueno’, es lo más falso que yo he escuchado”.

Sonia Freites lo conoció en 1970; por entonces su marido, José María Pasquini Durán, compartía la redacción de la revista Panorama con Soriano, que había recalado ahí como redactor de deportes tras sus breves estadías en Primera Plana y en Semana Gráfica.

“Era un tipo genial, pero ni era tan gordo, ni era tan bueno. Y con sus enemigos era implacable. Implacable. Otra característica: él, que siempre explicaba cómo eran los gatos, tenía mucho de ellos. Sí, le podés pasar la mano por el lomo, parece que ronronea, todo fantástico. Y luego se aleja y no te da ni cinco de bolilla. Y era un poco así: cuando se encerraba, se encerraba, y se acabó. Después llamaba por teléfono a las doce y media de la noche, y la conversación seguía hasta las cuatro de la mañana. O venía y se quedaba, efectivamente, hasta las cinco”.

Pasquini Durán fue quien dio el discurso de despedida a Soriano en el cementerio de la Chacarita. También él murió, en febrero de 2010. Ambos fueron parte en la fundación de Página/12. “Medio en broma, decían que cuando se muriera el primero de los dos el otro tendría que agarrar rápidamente la cosa, porque se iban a decir una cantidad de barbaridades. Los dos odiaban las chantadas de los falsos homenajes necrológicos. Coincidieron en varias redacciones, y no era por casualidad”.

“Tenía un anecdotario interminable, que generalmente inventaba. Un conversador estupendo, un seductor con la palabra. Era muy gracioso, además. A buena parte de las cosas que le pasaban, e incluso sus visitas al médico, las transformaba en relatos. De cualquier cosa sacaba un personaje, un relato, mitad cierto y mitad inventado. Era un tipo encantador”.

VII

Hubiera querido, en esa silenciosa noche de París, envolverme otra vez en la casaca azulgrana que vistió una vez Coco Rossi y que ahora cuelga en la pared de mi escritorio. En los colores por los que, en el colegio, tuve que reír y llorar. Allá lejos, en mi viejo Boedo, mis sanlorencistas cantan y sacuden el bombo. Festejan a Los Gauchos, pero también anticipan una vida nueva. La vida grande de todo un pueblo. Gritemos hasta el amanecer, amigos. Solidarios y con bronca. Para que El Ciclón envuelva al pueblo entero y lo contagie de esta ansia que tenemos hoy de volver a ganar, de ser lo que no nos dejaron ser. Bienvenido, Ciclón, a un país que quiere resucitar).

(Desde el exilio, a propósito del retorno de San Lorenzo a Primera, en diario La Voz, 1982).

VIII

Cuando volvía de viaje, que siempre traía una sonrisa. Esa es la imagen que más recuerdo de él.

(Catherine Brucher, su mujer, en su casa de Janville-sur-Juine, 2013.)

IX

Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quiénes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna.

(Soriano, “Educación sentimental”, Página/12, 1993.)

Soriano

2

De acá para allá

Hay papeles. Certificados, actas, partidas, boletines.

El 27 de diciembre de 1941, con todas las formalidades que indica la ley, en Mar del Plata se casaron José Vicente Nicomedes Soriano y Eugenia Goñi. Ella, 33 años; él, 31. Ambos españoles. Solteros. Ocupación de ella: quehaceres del hogar. Profesión de él: dibujante. Su padre empezaba un periplo como trabajador en Obras Sanitarias, con el tendido de las instalaciones: venía desde Buenos Aires, donde vivía su familia. Se había recibido de técnico mecánico en el colegio Otto Krausse. Su madre vivía en Tandil, y tenía un par de hermanos que trabajaban en Mar del Plata. Seguramente en alguna visita a sus hermanos mi madre habrá conocido a mi padre, aunque nunca me contaron demasiados detalles.

Los Goñi llegaron al puerto de Buenos Aires el 22 de septiembre de 1923. Vinieron a bordo del buque España, que había salido de Bilbao. Ramón y su esposa, Antonia Arazcuren, cruzaron el océano junto a diez hijos. Él tenía 43 años y se declaraba labrador; ella tenía 39 y se decía ama de casa. Junto al grupo llegó además el padre de Antonia, Matías, 74 años, también labrador. Venían de Rípodas, una aldea, un concejo del municipio de Urraúl Bajo, en Navarra. Un caserío en medio de un valle, rodeado de sierras bajas, a unos 50 kilómetros de camino hasta Pamplona. Cuando Eugenia nació, el 25 de mayo de 1908, vivían en Rípodas unas noventa personas; cuando volvió, en 1980, y se reencontró con su hijo en el exilio, los vecinos del lugar eran treinta y siete. Se habla castellano desde hace siglos: en esa zona del País Vasco no prendió el euskera.

Quien mejor cuenta de la familia materna de Soriano es Nilda Villarreal, su prima (hija de Gregoria, la quinta de las hermanas), que vive en Tandil y tuvo una relación estrecha con Osvaldo.

“El abuelo era un hombre común. Decían que en su pueblo hacía las veces de sacristán. Cuando fue al servicio militar, mi abuela, que tenía 15 cuando se casaron, quedó embarazada. En España el servicio militar duraba, en esa época, cinco años, que es la diferencia de edad entre mi primer tío, Nicolás, y la segunda hermana, Ignacia. Luego nacieron Eugenia (la mamá de Osvaldo), Casimiro, mi mamá, la tía Anita… Nacieron muy pegados, con poca diferencia entre uno y otro. Luego vinieron Eugenio, Irma, la Tana y Lorenzo. Cuando llegaron acá mi abuelo entró en La Tandilera, una fábrica de productos lácteos. Era peón, andaba por el campo. La abuela Antonia tenía parientes, una prima que estaba casada con un hombre que era gerente en La Tandilera. Y entonces le consiguió un trabajo. Mis tíos mayores… no vayas a creer que tenían una cultura general enorme, algunos habían ido hasta segundo grado, o tercero. Los que llegaron de más chiquitos alcanzaron a ir al colegio. El último hermano nació acá, Matías. Mi abuela estaba orgullosa porque había tenido un hijo argentino. Difícil la cosa, en aquella época. Pero salieron adelante, progresaron, cada uno tuvo su casa. Nuestro abuelo, que no tenía una moneda, era un tipo fantástico, educado, se vino todo el viaje de España escribiendo un libro alto, en hoja de misal”.

Anota Soriano en “Cocinero” que cuando su padre se trasladó al interior dejó sus primeros treinta años enterrados entre Campana y el colegio Otto Krause, que nunca nadie le pudo dar noticias ciertas de sus años mozos, que lo que contaba en las sobremesas era banal y sonaba a cierto, aunque abundaban los agujeros negros. Sobre eso trabaja, y a la vez cita a Rodrigo Fresán: “Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia”. La cita bien podría ser un epígrafe de este libro.

Algunos amigos y periodistas que los vieron juntos en Buenos Aires, ya en los últimos años de José, cuentan que no se tuteaban y que se aludían entre sí por el apellido.

—¿Cómo le va, Soriano?

—Bien, Soriano, ¿y a usted?

La partida de bautismo de José Vicente Nicomedes Soriano dice que nació en Pueblo Nuevo, Barcelona, el 1º de diciembre de 1910. “Es hijo legítimo de Don José Soriano Sánchez y de Doña Teresa Sellés Redondo, naturales de Canals, Valencia, y Zaragoza. Abuelos paternos: Don José y Doña Dolores, naturales de Cadenas. Abuelos maternos: Don Vicente y Doña Francisca, naturales de Ollenas (Valencia) y Mesones (Zaragoza)”. “Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil —narra Soriano en otro de sus Cuentos de los años felices—. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia”.

El vapor Patricio de Satrústegui, de la Compañía Transatlántica, trajo desde el puerto de Barcelona a José Vicente, un bebé, a su madre de 23 años y a su abuela Francisca: el buque llegó a Buenos Aires el 25 de mayo de 1911.

Osvaldo Roberto Soriano nació el 6 de enero de 1943, a las 15.45, en Mar del Plata. Hijo único: creía que sus padres buscaron un hermano, sin suerte. Mucho más adelante contaría que se indignó cuando sugirieron adoptar uno. Su madre refería una tarde de calor espantoso, y que vivían en la calle Alvear, frente al viejo edificio de Obras Sanitarias, en lo que era al parecer una casilla de madera. Conservaba, de esa época, dos fotos suyas. En una, ronda el año y medio y está sentado en la playa, con un paredón de piedra de fondo. En otra aparece junto a un grupo de primas, ante el mármol de una fuente: tiene tres años. Es muy rubio y pulcro. Soriano tenía a mano algunas fotos más antiguas: su madre junto a su tía Gregoria, Goya, en el año 37, en una foto de estudio, las dos posando, el pelo negro, corto, rizado, con raya al costado, vestidas elegantes; su padre en Barranca de los Lobos, en Mar del Plata, en lo que parece una miniserie: posando ante un cartel de YPF que anuncia el lugar, ante un teodolito, junto a un grupo de trabajadores que rodean una parrilla portátil. Es el año 41 y se adivina que es el jefe de la cuadrilla.

Soriano siempre evocó una infancia cargada de apremios, más bien precaria, devenida de los periódicos saltos de ciudad en ciudad que daba la familia, al ritmo de los traslados que el trabajo en Obras Sanitarias disponía para su padre. En 1946 llegaría la primera mudanza: a San Luis. De una ciudad pujante, en pleno desarrollo y modernidad, a un sitio polvoriento, “una ciudad achatada, con muy pocas calles asfaltadas”, según evocaba. Hay una historia familiar que quedó, antes de la partida, y cuenta Nilda Villarreal.

“A mi papá, que trabajaba en la compañía de teléfonos, lo mandaban seguido a Mar del Plata, y paraba en la casa de ellos; el sitio era un pasillo, y todo piezas. Otros tíos míos vivían ahí, también. Osvaldo estaba enfermo y su papá, como toda la vida, viste, apenas tenía plata para comprar el remedio. Así que lo agarró y le dijo: ‘Mirá, Osvaldín, vas a tomar este remedio y vas a estar bien, se te va a pasar la fiebre…’. El tío era así, tenía ese tono cuidadoso. Lo adoraba. Y el otro, ¡paf! Le dio un revés y el frasco fue a parar a la mierda. Y el tío lloraba: en lugar de sacudirlo por lo que había hecho, pobre, lloraba como un descosido porque no tenía más plata para ir a comprar otro. Decí que estaba mi papá, que fue a comprárselo. Pero mirá cómo era: un niño terrible. El tío Casimiro le decía ‘Piraña’, porque había un dibujito, una historieta, de un nene peladito, rubio rubio, travieso, con mucha imaginación. Era mi tía la que le ponía los puntos a Osvaldo, lo tenía rajando”.

“A mi madre nunca se le apaciguaron las eses y las zetas de España. Quizás esos sonidos que yo le hacía repetir de niño para corregir la ortografía escolar eran los tesoros que guardaba de su infancia en Rípodas”. Soriano empieza así “Tierra de Quijotes”, un artículo de octubre de 1992. El de la madre, el usted del padre, el vos del colegio, de la calle: la lengua abriéndose camino, tallando. Y la memoria: cuando su madre volvió a su pueblo, sesenta años después de haberse ido, vio a sus viejos amigos y “les reconoció las caras de la infancia entre las arrugas y las canas”. En sus cartas con los vecinos, Eugenia sostiene su curiosidad por las casas, los frutales, la huerta del Palacio, la construcción más vieja e importante de la aldea; en la respuesta de alguna amiga se entrevé que el tío Casimiro pregunta si los siguen recordando. “Cómo no os vamos a recordar, si siempre nos juntábamos a jugar en el patio de vuestra casa”, le responde una anciana, que le elogia a Eugenia su modo de escribir: “Se nota que tienes un hijo escritor”, le anota. Sigue Soriano, en aquel artículo: “¿Qué me queda de España a mí, hijo de Rípodas y Barcelona, nieto de Valencia y Pamplona, nacido por azar en los mares del Sur? Me queda como a mis hermanos americanos el espíritu de insumisión de aquel caballero andante siempre dispuesto a arremeter contra bribones y poderosos”.

La familia vivió cinco años en San Luis capital. Es el escenario de varias de las historias de Cuentos de los años felices. El primer muerto que vio, las inspecciones de su padre, en bicicleta, a las casas de los ricos, los primeros juguetes, una gomera hecha por su tío, un camión hecho por su padre, partidos en los potreros. De ahí son sus primeras lecturas, las revistas El Tony, Fantasía, Billiken, Rayo Rojo, Puño Fuerte. Algún viaje en tren, una herida en la frente de su madre mientras su padre conducía en un camino poceado. Por una notita que le mandará al padre, que partirá en avanzada hacia Río Cuarto, se sabe que iba al cine seguido. La radio, los primeros picaditos de fútbol, un echarpe con los colores de San Lorenzo. Cuando tenía 40 años el periodista Carlos Ferreira le preguntó por qué se hizo hincha del Cuervo, dónde estaba el origen de eso.

No me lo puedo explicar. Mi viejo era de River, pero simpatizante, ni siquiera hincha; mi vieja, de nadie, pero era española y vos sabés que los gallegos son todos nuestros. Pero es una especulación, nadie me hizo de los santos. Dejame ver: en una de esas, porque a los tres años, esa edad que tanto preocupa a los psicoanalistas, viví el título que ganamos en el 46. No sé, nunca pensé en otra camiseta. ¿Tenés idea de lo que significaba ser de San Lorenzo en una provincia? Significaba ser un bicho raro, porque la distancia hacía que llegaran solamente los ecos de los famosos, de Boca y River. En el aula había uno o dos de Independiente y como mucho otro de otro cuadro, en mi caso, San Lorenzo. Me comía todas las gastadas. Le había pedido a mi mamá que me tejiera una bufanda azulgrana: ¡para qué te cuento!

En la vereda de enfrente jugaba con un chico de nombre Eduardo Belgrano Rawson, que con el tiempo también sería un gran novelista: la coincidencia es asombrosa. “Vivía a la vuelta de casa —me contó—. Tendríamos ocho o nueve años. Y un día desapareció, no nos vimos más, cero contacto. Hasta que muchos años después nos encontramos en la redacción de La Opinión: él hacía deportes y yo, que estaba un poco harto de la política nacional, cada tanto le pedía para hacer notas en su sección. Él encantado, porque le bajaba líneas. En Buenos Aires por esa época nos vimos bastante, y cada tanto nos juntábamos para ir a comer buseca a un boliche de Paraná y Corrientes”. Los dos recordaban también los juegos con Marta Nassif, la hija mayor de una boticaria que le curó una verruga en un pie, con quien Soriano ya de grande se cartearía. “Bastaba que terminara el episodio radial diario de Tarzanito, que religiosamente escuchábamos juntos tomando Toddy, para que nos mimetizáramos en esos personajes y nos lanzáramos a vivir, en el patio de casa, notables y ‘peligrosísimas aventuras’ que él inventaba, protagonizaba y, a la vez, relataba —recordaría ella—. Esas imágenes las tengo grabadas a fuego y no solo yo, también una de mis hermanas, que era una ‘extra’ infaltable en nuestros juegos, mi madre y hasta mi tío. No por nada la portada de su libro Cuentos de los años felices reproduce al Rey de los Monos”.

La familia se instaló en Río Cuarto entre 1951 y mediados del 54. Soriano conservaba un viejo álbum con unas cincuenta fotos, un recorrido que abarca hasta sus 20 años, con mínimos apuntes hechos al pie de cada imagen. De esas notas se desprende el lapso que vivió en esta localidad. Una está fechada el 6 de enero de 1952: cumple nueve años y está sentado ante una mesa con mantel que carga tazas de una vajilla que se adivina como “la de ocasiones especiales”, copas llenas de agua, una bandeja con torta. Lo acompañan otros cuatro chicos, sonrientes, cabellos cortos, pilchas prolijas. En Cuentos de los años felices narra de una paliza que le dio su padre por entonces: “No sé con qué cacharro estaba jugando sin atender las advertencias y cuando mi viejo vino a hablarme me retobé y le tiré algo contundente a la zona donde duele más. Después de unos cuantos saltos y flexiones que me hicieron despanzurrar de risa, mi padre me enderezó de una patada y me calzó tantos bofetones que me olvidé de contarlos. Enseguida se arrepintió. Mi viejo era calentón pero rara vez pegaba. Si no le entendía por las buenas, sacaba la lapicera y se ponía a explicar con un dibujo”.

“El tío era cascarrabias, parecía que se iba a caer el mundo, pero a los dos minutos te daba el alma —dice su prima—. Era un tipo muy soñador; se compraba cosas, después no las podía pagar y las tenía que devolver. Y a la tía la hinchaba eso. Así que vivía rezongándolo. ‘Yo no sé cómo este hombre aguanta a esta mujer’, decía Osvaldo”.

La descripción se complementa con la de Catherine Brucher. “Él contaba que en la infancia su madre no era una mujer muy cariñosa, que la relación era mucho mejor con su padre. Al mismo tiempo era ella la que le contaba las películas del Gordo y el Flaco. O por ahí iban juntos al cine. Era una mujer muy dura, con la idea de que la vida no es para divertirse. Me contó una vez que venía muy contento de un partido de fútbol y le dijo: ‘Mamá, ganamos’. ‘Cómo habrán sido los otros’, le dijo ella. Y contaba que cuando se enojaba lo corría con la escoba y él se escondía y esperaba la vuelta del padre”.

Por esos años era un chico de la Nueva Argentina, de Perón Presidente y Evita Capitana. Fue difícil para mí porque mis padres eran profundamente antiperonistas. Me acuerdo de mi viejo golpeando la mesa con los puños y diciendo: “No moriré sin ver caer a este hijo de puta”. Yo me cubría la cara y lloraba en silencio.

El sentir de Soriano hacia el peronismo ha sido oscilante. Hay quien lo recuerda peronista, hay quien le asigna temporadas de gorilismo. “Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel ‘sobrestante’ que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió 40 años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso. Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba”.

Al llegar a Río Cuarto tenía acento puntano pero tres años después, cuando en junio de 1954 la familia se instaló en Tandil, había incorporado la tonada cordobesa. A las primas les causaba gracia su forma de hablar. Se domiciliaron en la que había sido la casa de los abuelos. “En esa época contaba algo que le había llamado la atención de Gatica, en San Luis, cuando ya era campeón, muy conocido —recuerda Nilda Villarreal—. Andaba en un Cadillac con un cartel, adelante, que decía ‘Aquí viene Gatica’. Y cuando pasaba veías, en la parte de atrás, otro cartel que decía ‘Acá pasó Gatica’”. Soriano contó de ese día cuando Leonardo Favio estrenó su película sobre el boxeador: “Hizo varias pasadas por la vuelta del perro en un Cadillac descapotable, mordiendo un cigarro, agarrándose los tiradores. Iba ancho y contento con su suerte, que era la mejor que le podía tocar a un tipo como él. La gente aplaudía y le gritaba: ‘¡Grande, Tigre!’, porque allá no tenía los enemigos que tenía en Buenos Aires. Mi padre me levantó sobre sus hombros para que lo viera y aquella imagen huidiza se me fijó para siempre”.

Durante ese año tandilense hicieron junto a otra de sus primas, Irma, una revista semanal casera que cada domingo le vendían a Nilda por veinte centavos. “Era chiquitita, como las de El Pato Donald. Se llamaba Las Aventuras de Super Gato, y la hacían a medias, una especie de historieta que dibujaban, pintaban y escribían”. Irma recordaba que Soriano leía entusiasmado la revista Fantasía, en especial la tira “El León de Francia”, adaptación a la historieta de un radioteatro muy popular por entonces: un folletín que transcurre en la previa a la revolución con un héroe enmascarado que enfrenta a la realeza, un muchacho que, en apariencia para todos, es un modoso debilucho. Una especie de Zorro. “Nunca pensamos que le iba a ir tan bien. De chico era como todos: vago, todo el día con la pelota, andando en bicicleta, no le gustaba mucho el estudio”. Soriano terminó quinto grado en la Escuela 21; en el boletín casi rutinario destaca una eme roja: “Mala conducta, por desobedecer órdenes”.

Un amigo de aquella época, Jorge Alí, recordó ese año compartido en Tandil: “Él era de San Lorenzo y de Los Fronterizos, y le gustaba El Gráfico (especialmente, Dante Panzeri); yo soy de Boca y me gustaban Los Chalchaleros y la revista Goles. Entonces iba a la casa y me acuerdo que ponía en el tocadiscos la zamba “Angélica”, primero por Los Chalchaleros y después por Los Fronterizos. Y discutíamos apasionadamente. Todas las tardes íbamos a patear a la plaza San Martín. Hay algo que me quedó de Osvaldo que más adelante, con el paso del tiempo, tomó otra importancia. Después de patear me contaba capítulos de Dick Tracy, que había visto en el cine de Córdoba. No sé bien qué cantidad me contó, tampoco si las inventaba o no, pero era una cosa atrapante. Cuando se fue a Cipolletti lloramos como descosidos”.

Es que a Soriano padre lo habían nombrado jefe de distrito en Cipolletti. En julio de 1955, después del bombardeo en Plaza de Mayo y antes de la caída de Perón, la familia arrancaba de nuevo.

Soriano

3

Una temporada en el Far West

Radiante. Así se lo ve en las fotos que lo muestran vestido con pilchas futboleras, calzado con botines. En algunas está en un grupo de cinco, caminando o de pie ante la cámara; en la mayoría posa para la foto de la formación del equipo, y entonces siempre aparece en cuclillas, en el centro, los brazos abiertos para abrazar a un par de compañeros, el torso erguido.

Uno queda preconfigurado en esencia con lo que incorpora hasta los 16 años: es significativo que haya dicho esa frase cuando fue invitado en 1991 a la Facultad de Filosofía y Letras, porque hasta esa altura de su vida no había leído libros de ficción. Leía los del colegio. Y uno que había pedido por correo. En alguna foto de su álbum se lo ve trajeado, posando, la mano izquierda sobre una biblioteca, la mano derecha sosteniendo un libro abierto: hay cierta reverencia en la imagen. Para mí un libro era lo que tenía mi viejo en su biblioteca: libros técnicos, una enseñanza; uno los abre y aprende cosas. Un saber que tiene que ver con la electrónica, con la arquitectura, con cosas tangibles. En mi casa no había ni un Martín Fierro.

Los Soriano vivían en un chalet prototípico, de techo a dos aguas, edificado en un terreno grande en Mengelle y Alem; al fondo, unos galpones al servicio de Obras Sanitarias funcionaban como taller y cochera, donde José Vicente guardaba el Dodge truck modelo 46 o 47 provisto por la empresa. Cipolletti en esa época pegó un salto demográfico gigante: según los censos, entre 1947 y 1960 la población creció de 2.763 habitantes a 19.862. El impulso de las cooperativas fruteras y el de la obra pública. Casi no había calles asfaltadas, ni cloacas. Tampoco librerías. Los diarios llegaban con tres días de retraso. Mi padre, como buen gorila, compraba La Prensa.

Mi mundo era la historieta, el cine y la radio, que fue otro elemento muy importante. En los tiempos en que la televisión era un fenómeno circunscripto a Buenos Aires, las grandes ficciones sucedían en la radio, con el elemento perturbador y hermoso que tiene la imaginación del oyente. Recuerdo los grandes policiales: estaban magníficamente hechos, con gran calidad. Eran los tiempos del radioteatro, de Laura Hidalgo y otros grandes de la década del 50, verdaderas obras maestras de la imaginación. En esa época nadie se acostaba con nadie, entonces había que apelar a lo sutil, a lo sugerido. De esas narrativas tomará un elemento clave: el “continuará”. Porque casi siempre termino los capítulos de las novelas en una suerte de “continuará” que invita y empuja a seguir leyendo. Me han preguntado mucho sobre eso y yo les digo que es muy simple, es el “continuará” de mi infancia. Lo mismo ocurría con el cine, en donde se proyectaban series en “continuará”; recuerdo muy bien a Dick Tracy, que siempre terminaba en situaciones límite que me dejaban una semana entera pensando qué iba a pasar, cómo se iba a salvar el protagonista.

El libro que pidió fue El diario de Comeuñas, de Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Comeuñas había sido protagonista de una tira en el Billiken, un pibe de barrio que encara junto a un grupo la fundación de un club de fútbol. El personaje inspiró un par de películas muy populares, Pelota de trapo y Sacachispas, protagonizadas ambas por Armando Bo, con guiones del propio Borocotó, una de las “plumas célebres” de El Gráfico, autor de una columna famosa llamada “Apiladas”. Las ficciones, a la vez, inspiraron la creación en la real realidad del club Sacachispas, en 1948, inicialmente en Villa Soldati, con Juan Domingo Perón como presidente honorario.

A fines de julio del 55 Soriano retomó la cursada de sexto grado, el último de la primaria, en la escuela Juan XXIII. El golpe de la Revolución Libertadora del 23 de septiembre derivó en la suspensión de las clases por el resto del año. En marzo del 56 empezó la secundaria en la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 1 de Neuquén, doble turno, mañana y tarde. Cuesta arriba, solo cursaría tres años. Conservaba entre sus papeles el analítico de su paso por la ENET; Matemática fue un calvario, pasó raspando raspando en primer y segundo año y le quedó colgada junto a Tecnología en tercero. Un siete por cada curso en Castellano. Tal vez este quedo en los estudios fuera una herida que dejó su cicatriz. Su padre quería que fuera universitario. Y acaso ahí haya alguna clave de su fijación con el reconocimiento académico.

En el colegio y en el Club Atlético General Belgrano, un equipo de barrio con canchita en Belgrano y Alem, jugaba de centrodelantero. En el álbum hay varias páginas dedicadas, fotos en las que identifica a sus compañeros y agrega algún apunte: “1956. Nuestro primer equipo”. “1959. Estreno de las casacas propias. 0 a 0 con Cipolletti”. Son fotos que tomaba su padre, que iba a verlo jugar. En su habitación tenía el póster de José Sanfilippo, su ídolo, goleador de San Lorenzo. Yo tengo muy marcadas las voces, la de Fioravanti, la de Arióstegui. Está muy marcado eso en la infancia, en la radio por onda corta. No conocíamos a la mayoría de los jugadores: se creaba una suerte de ficción. Un tal Peloso, de Huracán, que desde cuarenta metros metía tiros libres espectaculares; un centroforward, Cejas, de Lanús, que se gambeteaba a ocho tipos antes de entrar en un arco. Una suerte de gran ficción, de algo no comprobable a la distancia.

EDUARDO GARNERO. Tenía una memoria increíble, era un apasionado del fútbol y de relatar partidos. Y además se acordaba de la formación de equipos de otras épocas.

CÉSAR IACHETTI. Era chueco y caminaba bamboleándose para los costados. Y como jugador, más entusiasta que otra cosa. Los dos jugábamos adelante.

HÉCTOR GABETTI. Osvaldo jugaba de suplente, a veces lo ponían a jugar un rato como para dejarlo contento.

HUGO GONZÁLEZ. Usaba una rodillera, rengueaba un poco. Jugaba con unos botines Sportlandia y no sé por qué se le destiñeron, se le pusieron colorados: sabés lo que era jugar con unos botines colorados en ese tiempo.

JUAN CARLOS DE RIOJA. El papá de Osvaldo era el que ponía el dinero para comprar las camisetas y las pelotas. Por eso jugaba, porque como jugador era un desastre. Nos pasábamos las tardes en el parque de su casa tirando centros para que Osvaldo la metiera de cabeza o de chilena.

ULISES GONZÁLEZ. En muchos de sus cuentos habla de mi hermano, el Colo. Los lunes hablaba del partido de primera que había escuchado por la radio y te comentaba todo, dónde había pegado la pelota, dónde había metido el pase. Desplegaba toda su imaginación.

HUGO GONZÁLEZ. Él creó ese mito de gran jugador, que estuvo en los mejores equipos de la zona del Alto Valle, pero es mentira.

EDUARDO GARNERO. Es cierto que fuimos a jugar a Chile, pero no que fue un seleccionado de jugadores de Cipolletti y tampoco que él fue el goleador. Soriano no jugó nunca en Cipolletti, nunca jugó en ninguna selección del Alto Valle, nunca fue goleador, sino que fue un patadura del montón como muchos de los muchachos que jugábamos.

En el mito de centrofóbal que se armó, se presentaba a sí mismo como un jugador tosco, víctima o favorecido por el azar, oportunista a veces, protagonista de situaciones absurdas, transgresor, un pibe que hace goles gracias a un rebote, una pifia, un tropezón del contrario, el engaño al árbitro, pero también porque quiere. La gente de la Capital Federal no conoce lo que es el fútbol del Far West, el fútbol de aquellos tiempos. Vos llegabas a una cancha y el referí no estaba: se había mamado. Pero el partido se jugaba igual. Buscaban a alguien entre el público, se quitaba el saco y dirigía el partido. ¡Ni hablar de los linesman! Si hasta había equipos que jugaban con diez porque en el camino se había dormido o mamado alguno. Claro, había que recorrer treinta o cuarenta kilómetros entre un pueblo y otro. Esa era la razón por la cual muchos pibes de la tercera —y yo fui uno de ellos— se tiraban el lance de colarse en el camión que llevaba a los jugadores de la primera, porque ahí faltaba alguno y se presentaba la oportunidad de jugar. Eso fue lo que me pasó. Un día falló el 8 y debuté como 8. Otra vez faltó el 11 y jugué de 11. Después volví a aparecer de 8. Fue cuando uno me preguntó: ¿Y vos de qué mierda jugás? De 9, respondí. ¡Ah, ya me parecía que vos no eras 8!

¿Soy yo aquel chico o es mi imaginación quien lo ha creado a imagen y semejanza de mis deseos? En alguna entrevista contó que en Mar del Plata se le acercó el 10 del equipo, el que le tiraba los centros para que hiciera los goles; en otra, que un tipo aseguraba haber jugado un partido que inventó. La ficción, cuando funciona, crea un terreno, una suerte de pacto similar al de una conversación o —mal que les pese a muchos— al de un cuento contado al lado de un fogón. Uno le cree al que cuenta o no. A partir de que le cree, por su tono, por su manera de relatar, nos puede contar el disparate del siglo. Es lo que ocurre con los cuentos de aparecidos y luces malas en el campo, si uno se pone a razonar dice que son un disparate, pero si el paisano entra a contar bien, se empieza a ver la luz mala por todos lados.

No hay quien atestigüe que jugó en primera, ni en Confluencia de Cipolletti, ni en Independiente de Tandil, como solía decir. Tampoco hay mayores referencias de él como jugador al llegar a Buenos Aires; Eduardo Galeano aseguraba que siempre lo invitaban a los partidos entre periodistas de distintos medios y que nunca iba: ya Soriano se había acostumbrado a escribir de noche y a dormirse en las madrugadas. Samoilovich recuerda un único partido, acaso una única jugada: “Fue contra Siete Días, mientras estábamos en La Opinión. Yo le bajé una pelota de cabeza y él entró como Sanfilippo: metió un golazo, creo que ganamos 1 a 0. Pero se lastimó, y tuvo que quedarse en cama. Eso fue un poco antes de que yo me viniera para Bruselas. Luego, cuando él se vino para acá, jugábamos en la vereda”.

El día que terminaba el Mundial de 1994 en Estados Unidos, aquel en el que a Maradona le “cortaron las piernas”, contó en la contratapa de Página/12: “Evoco la prehistoria del fútbol y ahí estoy yo, tenso y concentrado en mi primer partido como internacional. Sucede en Temuco, al sur de Chile, allá por el año 59. Somos la selección juvenil del Alto Valle y llevamos casacas azules como Brasil ahora. No voy a narrar partidos que no interesan a nadie, pero recuerdo una cancha llena y un número 10 de ellos que nos hizo dos goles. Jugué horrible ese día. No acertaba a estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Me acuerdo cuánto me herían los festejos del público local y lo irritado que estaba nuestro capitán Raúl Rusconi, un muchacho que pocas veces jugaba más de dos partidos seguidos sin que lo expulsaran”. En su álbum de fotos hay un par de páginas vinculadas a esta historia: “Inolvidable viaje a Chile - Año 1961, mes de abril”.

Durante las vacaciones de invierno de 1957 fue a Plaza Huincul, cien kilómetros hacia el oeste, junto con tres compañeros de la ENET. Se habían enterado de que en el industrial de esa ciudad los alumnos fabricaban motores y recibían una paga a cambio. Cuando llegaron el colegio estaba cerrado y no pudieron dar con nadie que los pusiera al tanto. Así que se mandaron a la planta de YPF, a ver si podían conocerla, y ahí sí tuvieron suerte, porque dieron con el jefe del yacimiento y su generosidad: les puso un Kaiser Manhattan con chofer para que recorrieran toda la instalación. Más adelante, cuando abandonó el colegio, empezó a trabajar en una casa de venta de materiales eléctricos. Y luego, en una empaquetadora de manzanas para exportación.

“Soriano era muchacho de jopo y gomina —escribió César Aníbal Fernández, representante rionegrino en la Academia Argentina de Letras—. Como Elvis Presley, llevaba un peinado que le aseguraba mantener el pelo en su sitio pese a los rudos vientos sureños. Pero no era un muchacho de rock sino de bailes más lentos. Con César Iachetti se juntaban en el Club Cipolletti para escuchar la orquesta de Los Ángeles de Perego que animaba los bailes de todo el Alto Valle. Entre sus pasatiempos estaba el de memorizar todas las marcas de los reloj pulsera de alta calidad. En 1958 su padre le compró una moto marca Motom de 49 centímetros cúbicos, de color rojo. Cada vez que tenía a mano algo parecido a un micrófono se ponía a relatar un partido, donde la estrella era ineludiblemente José Sanfilippo, (a) el Nene, máximo goleador de su equipo”. Dice Catherine Brucher: “Me contaba que quería ser locutor, que se pasaba horas imitando a los locutores radiales”.

Algún compañero

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