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Las memorias del negro Pablo

Dante Mastropierro

Fragmento

Las memorias del Negro Pablo

Cuando sabés en lo que andás, tratás de disfrutar los mejores momentos. Sobre todo, con alguien que sabés que hoy está y mañana ya no.

Al Negro Cuchi lo conocí cuando llegué a Los Álamos. Nos tuvimos que mudar ahí porque donde vivíamos en Dock Sud se inundaba siempre. Antes vivíamos en La Boca y pasaba lo mismo. Mi mamá tenía que laburar y cuando caían dos gotas, no podía salir. Ella limpiaba casas por hora. Lo mismo pasaba con mi padrastro, que era correntino y trabajaba en el puerto. No podía perder un día de laburo cada vez que llovía, entonces dejamos Dock Sud. Yo era rechico y cuando vos sos chico vivís otra realidad. Hay pibes que viven abajo de un puente y para ellos está bien, porque sus padres les dicen que está bien. A mí me pasó algo así cuando llegué a Los Álamos. Para mí estaba bien porque me dijeron que estaba bien. Pero era muy diferente de lo que yo conocía. Vos entrabas a Los Álamos y veías a todos los pibes con gomera, con arco y flecha, con lo que sea. Era otro mundo para mí, yo no estaba acostumbrado a esas cosas.

Fuimos a vivir a lo de una señora que se llamaba Antonia. Ella tenía dos casas y le prestó una a mi mamá, hasta que se pudiera comprar la suya en el barrio. Al hijo de Antonia le decían Moquito, andaba con los mocos que le subían y le bajaban, nunca se los limpiaba. Su mamá un día le dijo llevalo al Dante con los chicos de la esquina para que lo conozcan. Moquito me llevó, eran sus amigos, me los presentó. Uno de esos pibes era el Negro Cuchi.

Cuchi era un negro flaquito, repicarón. Parecía una hormiga negra. Nos hicimos amigos enseguida y con el tiempo fuimos todavía más amigos, porque mi vieja se conoció con la mamá de él, iba a tomar mate a la casa. Yo iba a mirar la tele y así fuimos creciendo.

Era terrible el Negro. Un día agarró una rata y le puso un collar. Le pisó la cola: ¡quedate quieta! Agarró un pedazo de lana, se lo ató al cuello y la sacó a pasear por la calle. La rata subía a los árboles, él tiraba y la rata bajaba. No sé cuántas cuadras la llevó, él iba contento con su mascota.

Su papá era uruguayo y tenía poco laburo, entonces el Negro y sus hermanos tenían que salir a pedir por Quilmes, con una bolsa cada uno para volver a la casa con alimentos. Eran un montón de hermanitos. El Negro era revago, pero yo lo acompañaba y lo ayudaba a pedir para llenar rápido la bolsa y así nos quedaba más tiempo para jugar.

Andábamos por todos lados. Pedíamos por las casas, te daban fideos, alimentos, alguna ropa. A veces también barríamos la vereda a cambio de monedas. Íbamos hasta una fábrica de brea donde la chica que atendía era relinda. Nos daba vergüenza pero igual le dábamos un beso y le ofrecíamos barrer. Hola Luciana, nos hacíamos los lindos. Por ahí arrancábamos una flor antes de llegar y se la llevábamos. Con esa propina el Negro hacía algo que a mí ni se me ocurría: íbamos al mayorista, comprábamos bocaditos Holanda y los vendíamos en el tren. ¡Hay 5 bocaditos por 10 pesos, para saborear, para llevar de regalo! La gente compraba y de ahí nos llevábamos nuestra platita, aunque a veces mi vieja me cagaba a palos después. A ella no le gustaba llegar de trabajar y no encontrarme. Muchas veces tuvo que romper el candado de la casa, porque yo tenía la única llave. Cuando eso pasaba, me mandaba para el baño y aparecía con el chicote. Yo caminaba por las paredes como el Exorcista. Dolían esos latigazos. En serio yo caminaba por las paredes: el baño era chiquito, cuadrado, ella entraba y yo tuc tuc tuc pam, saltaba y me rajaba.

A mi mamá le costó mucho. No me quería decir por qué lloraba pero, claro, yo la hacía renegar, no le hacía caso. La vi más de una vez llorar a escondidas. Ella después le contaba a mi hermano, que era mucho más grande y ya no vivía con nosotros. Mi hermano salía y me corría por los pasillos, me decía de todo.

Con el Negro teníamos la misma edad, pero él estaba en primer grado y yo en tercero. Nunca aprendió a leer ni a escribir. Ya no soportaba ser el más grande de todos, entonces iba cada vez menos a la escuela. Y las veces que iba, nos escapábamos. Escondíamos los útiles en los pastizales del campo de unos alemanes o en cuevas de árboles que nadie conocía. Era un campo al que íbamos de caza con gomeras o boleadoras. Dejábamos los útiles y nos íbamos a joder por Quilmes. Pedíamos en las casas, andábamos por todos lados abrazados. Después, yo escribía en el cuaderno del Negro qué día era y alguna boludez, para que pareciera una tarea. Y hacía lo mismo en mi cuaderno por si me lo pedía mi vieja, así se lo mostraba con la fecha y todo.

Un día de esos nos estábamos por subir a un colectivo que llegaba al Parque Triunvirato, donde ahora hay un patio cervecero, y apareció justo mi mamá: había salido temprano del laburo, aprovechó para ir de compras por Quilmes y nos vio. Entonces, el Negro, que era muy rápido, arrancó con hola doña Niqui, cómo anda, qué hace por acá. Ella le contó que necesitaba un tejido nuevo, que el que tenía ya estaba roto. ¿Pero ustedes qué están haciendo? El Negro le dijo que la maestra había faltado y que aprovechó para averiguar también él de unos tejidos para el padrastro, y que yo lo acompañaba. Si ella iba a comprar un tejido, el Negro le ofreció que nosotros se lo lleváramos hasta la casa. Para qué iba a pagarle a alguien si nosotros podíamos hacerlo. Ella nos dijo que justo había señado uno y cuando empezamos a llevarlo, me di cuenta: ¡los útiles! Si llega a casa y no están ahí me va a matar. Quedate tranquilo, me dijo el Negro, que era flaquito y corría como una liebre. Lo llevaba el viento al hijo de puta. No sé cómo hizo pero puso una excusa, se adelantó, y cuando entré a casa cargando el tejido con mi vieja, esperando otra vez los chicotazos, ahí estaba mi mochila con los útiles. Del Negro ni rastros había.

Como tenía esa habilidad para meterse en las casas, Cuchi se dedicó a ser escruchante. Empezó escruchando algún kiosco, entraba de noche, se llevaba cigarros y después los vendía en otro kiosco del barrio. Tenía suerte. Una vez trajo dólares y libras esterlinas de la casa de un cura. Le entró de escruche y encontró todo eso. El Negro se metía por cualquier agujero, en general cuando no había nadie, pero si veía una ventana abierta y vos estabas durmiendo, te entraba igual y ni te enterabas. Era un gato. Se sacaba las zapatillas y entraba, vos podías dormir feliz y al otro día te dabas cuenta de que te faltaban un montón de cosas.

Yo no laburaba con él, no me gustaba, tenía miedo de encontrarme con la gente; no que me lastime, sino llegar a lastimarla. Aunque para escruchar no vas con fierros, tal vez sí llevás un destornillador o alguna otra cosa, porque entrás a un lugar con la idea de que está vacío pero sobre todo porque conocés el código: si te agarran, ¿cuánto te pueden dar? No tenés arma, no saliste a lastimar a nadie, es una tentativa como mucho. Aunque también te puede salir mal: el Negro, que siempre aprendió de otros, tenía cuñados escruchantes y a uno lo mataron cuando le falló la intuición. Apenas entró a una casa, el dueño le dio con un 38 en la cabeza.

La primera vez que el Negro vio las luces en el cielo estaba por escruchar un kiosco. El lugar estaba vacío pero él tenía que esperar en un techo hasta que se durmieran los vecinos de al lado. Eran como las tres de la mañana y todavía estaban despiertos. Cuando al fin todo se aquietó, el Negro se quedó un rato más por si acaso, en silencio, mirando la noche. Ahí estaba acostado en el techo cuando de repente pasaron doce platos voladores. Doce luces, loco, me dijo después. Eran doce luces que iban como una punta de flecha. Negro, ¿no habrán sido aviones Pucará y vos te los confundiste? No, Polaco —me decía Polaco porque yo era rubio al lado de él—, yo sé que el avión hace ruido, no soy boludo. Y era verdad, uno a veces lo tomaba por ignorante pero el chabón sabía lo que hacía y no te mentía: tal vez por picardía decía algo que no era cierto, o para zafar, pero no con algo así y mucho menos conmigo. Polaco, ni un sonido hicieron. Solo un zumbido muy bajito. Zzzzzz. Lo único que escuchó fue una vibración. Dijo que pasaron muy cerca de su cabeza, que tal vez con cuatro o cinco escaleras habría podido alcanzarlos. No le di mucha bola esa vez y pasó un tiempo hasta el segundo episodio.

Con Cuchi solíamos ir a pescar. Él me insistía: esta noche vamos a pescar. Ah, ¿sí?, le decía, porque yo quería salir de joda, teníamos veintipico de años y él dale con la pesca, que era algo que también había aprendido de la gente más grande. Que esta noche hay luna llena, que cuando hay luna llena vienen todos los peces a comer a la orilla, que hubo sudestada y que ahora están volviendo todos los peces para este lado… Bueno, está bien, Negro, vamos.

Llevábamos el trasmallo en la bicicleta hasta una zona de Berazategui, casi Hudson. Cruzábamos unos campos con tomates y nos metíamos por atrás de unos hangares que hay por ahí, con avionetas de los dueños, algunas militares, algún helicóptero. Al río llegábamos a las seis de la tarde, cuando todavía estaba bajo. Largábamos el trasmallo desde una torre de cemento y después nos metíamos en calzones hasta donde al agua nos llegaba a la cintura, a unos doscientos metros de la orilla. Clavábamos la red y salíamos a esperar.

Juntábamos leña, hacíamos un fueguito, capaz que cocinábamos dos o tres pescados que sacábamos de cuando arreábamos la red. A esos los papeábamos ahí mismo. Y cerca de las dos de la mañana, nos metíamos de nuevo. El agua nos llegaba hasta el pecho, era el momento de sacar la red. No era fácil: vos pensás que vas derecho pero vas torcido. El fuego en la orilla te sirve de orientación. Si se apaga, estás frito. Capaz estábamos media hora en el agua y si no hay luna llena, no ves ni a tu compañero.

Una noche común juntás dos bolsas con 30, 40 pescados. Yo iba para conformar al Negro, pero estaba bueno porque les repartíamos después a los vecinos. Por ahí, cuando uno andaba mal, algún vecino iba con la libreta del fiado y sacaba algo de comer para vos. Entonces de alguna manera con la pesca le devolvías. No es lo mismo con todos en la villa, pero sí con los que más confiás.

Nunca sacamos tantos peces como el día de las luces. Había pasado la sudestada y estaba todo revuelto. Primero se nos ensartó la red hasta la coronilla. Pero cuando salimos, muy cansados, no podíamos creer la cantidad de pescado que teníamos y nos quedamos junto al fuego, mirando el cielo. Y en ese momento, aparecieron las luces. Mirá eso, le dije. Pensé que eran satélites o estrellas fugaces. Una luz cambió de color, fue para un lado, para el otro y después para arriba. ¡Fiuuum! Los ovnis, me dijo. ¡Los ovnis, ahí están! Estaba feliz el Negro y yo ni sabía de qué me hablaba. ¿Te acordás que te conté de las doce luces? Yo no me acordaba pero él estaba como un chico. ¿Viste que yo no miento? El Negro se paró y empezó a saludar al cielo, eufórico. Al menos a mí, nunca me mentía.

Nos quedamos un rato con la idea de sacar más. Siempre nos quedábamos hasta que amanecía. Negro, le pregunté, ¿cómo vamos a llevar tantos pescados? Tenés razón: vámonos. Pero había que caminar todo el campo y era tarde. Al que se acerca, dijo, ni le preguntamos nada. Bueno, dale. Acomodamos todo, agarramos un cuchillo cada uno y salimos. Era el campo, la luna, las estrellas y nosotros, nada más.

Íbamos con el agua por las rodillas, caminando con las bicicletas porque a los costados de esos campos había arroyos, zanjones, y estaba todo inundado por la sudestada. Eran unas 25 cuadras de pura conchilla. En ese camino solíamos pescar ranas también, las poníamos en medias de nylon. La media se va estirando y te entran como 20, 25 ranas. Por la noche, la rana sale del agua a comer y vos la alumbrás a la cara con la linterna y queda hipnotizada. Entonces va otro y la agarra. Una vez metimos 47 ranas en una media. Después las hacíamos pelota y las comíamos, es lo más rico que hay la rana.

Esa noche íbamos medio chapoteando en el agua y vi algo tirado en el cami

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