Dios mío. Un viaje por la India en busca de Sai Baba

Martín Caparrós

Fragmento

1. Mi primer Dios

1

MI PRIMER DIOS

¿Cómo puede lo limitado conocer la profundidad de lo

ilimitado? ¿Cómo puede la hormiga socavar una montaña?

El saber sobre mí está fuera de sus manos. ¡No! Ustedes son

incapaces de comprenderme.

S. S. SAI BABA

Creo que nunca antes había visto a un dios. Nunca se puede estar seguro, porque hay dioses que no dicen que lo son, pero supongo. Quiero decir: tengo vistos dioses en pinturas, estatuas, frescos, medallas y estampitas e incluso en el corazón de su pueblo. Pero nunca antes había visto a un dios caminando, sonriendo, tropezando, repartiendo cenizas, recogiendo cartas, revoleando caramelos de mango.

El dios caminaba entre mil y pico de devotos sentados en el suelo de un galpón inmenso: muy de blanco los hombres, mujeres de colores, y él naranja. Así, a primera vista, el dios parecía un señor cansado y un poco socarrón, con su papada en serrucho y su boca cocodrilo, la sonrisa a medias, tanta cara y el pelo tan alzado. Los ojos refulgentes. Fue sólo la primera vista. El dios era muy bajito, iba de túnica y caminaba despacio, seguido por su escolta de tres o cuatro hombres de blanco, recibiendo cartas, dando una palmada, recibiendo una mirada de amor infinito, dando una respuesta, recibiendo un anhelo, dando un puñadito de ceniza, dejándose besar a la apurada un pie. Era mi primer dios, y hacía un calor de todos los demonios.

Lo primero que me impresionó de Sai Baba fue una historia: la leí hace unos meses y la cuenta el señor Kasturi, su biógrafo oficial, en el primer tomo de su biografía oficial, Satyam, Shivam, Sundaram: la vida de Bhagavan Sri Satya Sai Baba. Resulta que en esos días Sai Baba tenía 17 años y estaba pasando una temporada en Bangalore, la ciudad grande a 200 kilómetros de su pueblito natal. Entre sus primeros devotos había un Sri Krishnamurti, uno de tantos Krishnamurtis, funcionario del gobierno de Mysore.

“El mencionado señor Krishnamurti era un visitante asiduo y participante entusiasta en el grupo de cantos devocionales —escribe Kasturi—. Observaba y seguía a Baba de cerca, hasta que un día, alrededor de las ocho de la mañana, se acercó y le dijo muy emocionado: ‘Sé que tú eres Dios… ¡muéstrame tu forma real!’. Baba trató de eludirlo, pero no pudo. Entonces materializó una foto de Sai Baba de Shirdi y le indicó que meditara en ella y la puso en la pared, donde se sostuvo por sí sola: ‘Quédate mirando la imagen’, le dijo, y abandonó la casa para ir a dar su Visión Divina a algunos devotos en sus propios hogares.

”Baba regresó cuando el reloj daba las doce. No hacía sino atravesar el umbral cuando se oyó que Krishnamurti daba un grito de alegría y se desplomaba en una habitación interior. Cuando recobró los sentidos, temblaba de manera incontenible y respiraba con dificultad: mantenía los ojos apretadamente cerrados y perseguía a Baba por todas las habitaciones, pidiéndole a ratos de manera lastimera y a ratos de manera impetuosa: ‘¡Dame tus pies! ¡Déjame tocar tus pies!’. Parecía guiarse por el olfato para descubrir exactamente dónde se encontraba Baba, quien lo rechazaba dulcemente, trataba de rehuirlo o mantenía sus pies ocultos mientras estaba sentado, sin ceder a la insistencia.

”Cuando se le pedía a Krishnamurti que abriera los ojos, éste se rehusaba alegando que no deseaba ver nada que no fuera los pies de Baba. Este estado de alegría y excitación continuó por muchos días y Baba le explicó que si llegaba a tocar sus pies en ese estado de éxtasis, moriría. Después, Baba le dijo serenamente que volviera a su casa y que le daría su Visión Divina allá y se trasladó a otra casa. No obstante, Krishnamurti fue incapaz de contenerse: salió de la casa, abordó una carreta y guiándose siempre por su olfato —porque en ningún momento abrió los ojos— guio al conductor hasta el nuevo alojamiento de Baba. Allí descendió de la carreta, entró en los jardines y comenzó a rondar la casa hasta descubrir la habitación en que Baba se encontraba en esos momentos. Baba volvió a decirle que el efecto de una experiencia de Bienaventuranza como aquella resultaría peligroso para su vida. Parientes suyos que lo habían seguido tuvieron que arrastrarlo de vuelta a su hogar, en tanto que él no hacía sino mantener los ojos cerrados y orar por los pies de Baba.

”Como había ayunado por todo este tiempo e incluso se había negado a beber algo de agua, tuvieron que llevarlo al hospital. Cuando Baba lo supo, le envió un poco del agua en la que habían sido lavados sus pies. Tan pronto bebió esta agua, Krishnamurti quedó tan bien como para que pudieran llevarlo de vuelta a su casa. Una vez allí, en su propia habitación y en su cama, les pidió a todos los que lo rodeaban que entonaran cantos devocionales, y así lo hicieron. Cuando los cantos terminaron, se dieron cuenta de que Krishnamurti ya no se levantaría más.

”Había tocado los pies del Señor: el río había desembocado en el mar. ¡Qué alma tan evolucionada debe de haber sido como para merecer tan inenarrable Bienaventuranza!”.

No sólo me pareció una historia de amor incomparable; no podía dejar de preguntarme cómo sería alguien que cree que el agua con que lava sus pies da la vida o la muerte a las almas más altas, y que consigue que lo crean millones.

El dios, a pocos metros, revoleaba caramelos de mango y yo trataba de encontrarle las claves en la cara. Iba a ser difícil, pero por suerte largo. Tres horas antes, en el parque del hotel West End, de Bangalore, me preparaba para entrar en la vida recogida del ashram de Sai Baba.

La comida en la India es un albur. Para ellos es, sobre todo, poca; para nosotros, está bien: suele ser vegetariana y no es mucho más fuerte que la bola de fuego del profeta Elías concentrada en el tamaño de un biznikke nevado. Al primer bocado, un curry de verduras te deslumbra por los matices de sus especias raras, el dulce y el aroma y el ácido mezclados; al tragarlo, generaciones de ancestros del cocinero se ríen de tus imprecaciones agitando las cabezas oscuras como quien no termina de entender por qué murió el mosquito y se mira la mancha en la palma de la mano. Que comer equivalga a anestesiarse la boca con picantes debe significar algo. Se sabe que los picantes son buenos para matar a los gérmenes que dan sabor al trópico, y para ocultar los sabores sospechosos de los alimentos que el trópico pudre un poco fácil. Pero estas son, si acaso, causas. Se suele suponer que como se come se coge, y no consigo encontrar el equivalente sexual de estas comidas que dejan de serlo al cabo de tres bocados, cuando toda sutileza muere a manos de la fogata inextinguible. Me suena, en el mejor de los casos, como una luna de miel con Stallone.

Además, había escuchado sobre la espiritualidad de la cantina del ashram los peores elogios, así que antes de sumergirme decidí hacer una última comida en el gran mundo, entre plantas tropicales y cataratas falsas y pajarracos que gritaban insultos en dialecto local. A las dos de la tarde, después de los helados de pistacho y azafrán, felizmente pipón, me había llegado el momento de despojarme de todo y lanzarme al ascetismo más desenfrenado. Como primera expiación me tomé un rickshaw.

En la India hay rickshaw-bicicleta, rickshaw-hombre-que-trota y rickshaw-motoneta: el rickshaw-motoneta es el transporte por excelencia de la clase media. En la India se llama clase media a todos los que comen dos veces por día y los rickimotos son una especie de siambretta carrozada, de tres ruedas, con un asiento para el chofer, un asiento atrás para dos personas donde suelen ir cinco y un techo pintado de marrón. Mi amigo Gerald, un británico de pro, decía que le encantaba viajar en los rickshaws de Calcuta, con tracción a hombre-que-trota, porque son frescos, silenciosos y, sobre todo, es un gusto ver cómo las gotas de sudor le bajan al coolie por la nuca. En los rickimotos el sudor es democrático, igualitario: corre para todos. Desde Bangalore, un rick tarda menos de una hora de bufidos, explosiones y calor marciano para llegar al ashram de Whitefield.

—¿Así que va al ashram de Sai Baba?

—Sí, ¿lo conoce?

—¿Quién no lo conoce?

—¿Usted cree que es dios?

—¿Y usted?

Los indios suelen ser prudentes. Muchas veces contestan con una pregunta. En general, tratan de saber qué piensa el otro antes de decir lo que, quizás, en una de esas, piensan. Aunque nunca se sabe.

—No sé. Quiero saber, para eso vengo.

—No es dios. Dios hay uno solo, y está allá arriba. En la tierra no hay ninguno que sea dios, y Baba tampoco.

Khan, el chofer del rickshaw, me había salido musulmán. Debía tener menos de 25 años, una camisa con manchas de grasa de su cumpleaños de 15 y una barbita en punta que pretendía ser astuta. Manejaba al mango, a 35, reventando la bocina y esquivando vacas.

—Nosotros no adoramos imágenes, ni personas, ni nada. Nosotros vamos a la mezquita cinco veces por día, a rezar, y en la mezquita no hay nada.

“En la mezquita no hay nada, hay solamente una mezquita”, pensé, pero me pareció que la cita estaba fuera de lugar. De nada sirve; rebobiné:

—¿Usted va a la mezquita cinco veces por día?

—Bueno, yo soy un business-man, tengo que atender mi business, el rickshaw, así que a veces no puedo, pero es como si fuera.

Estábamos parados en una barrera y el business-man le gritaba desaforado a un cojo que se nos había acercado a pedirme plata. El cojo lo miró con el odio más improductivo y se mandó guardar. Khan me sonrió como quien dice mirá cómo te cuido. Cuando faltaba poco Khan me preguntó si tenía la ropa para el ashram: la túnica y el pantalón blancos de rigor. Le dije que no.

—Yo tengo un amigo que se los va a vender a buen precio, un precio razonable.

A la entrada del ashram, sobre la carretera, hay docenas de puestitos que venden todo lo que un devoto puede necesitar para la vida pía, y algunos otros utensilios. Khan paró en uno que, como otros quince, vendía la ropa de fajina.

—Hello my friend, acá tenemos la mejor ropa, precios razonables.

Dijo un indio joven, más bien bajo, con el pelo muy negro y repeinado, mientras me mostraba un pantalón y una túnica de algodón blanco. Alrededor, otros cuatro lo miraban. En la India siempre hay otros cuatro alrededor.

—¿Cuánto cuesta?

—No, primero tiene que probárselos, va a ver que le quedan muy bien.

—Pero ¿cuánto cuesta?

—Un precio razonable.

—¿Cuánto?

Me pidió trescientas rupias y le ofrecí cien. En un país donde el tiempo es siempre demasiado, el regateo es un ejercicio que permite ocupar momentos con ilusión de utilidad.

—¡Cien rupias! ¡Usted quiere arruinarme! Dígame un precio razonable.

Lo importante es darse cuenta de que el regateo es un arte independiente de dos factores que podrían condicionarlo: el valor del dinero en juego y la relación humana con el vendedor. Si el Ser empieza a pensar que no vale la pena pasarse los próximos diez minutos de su vida tratando de conseguir una rebaja de diez rupias en un viaje en rickshaw que puede costar veinte o treinta, está perdido. Estará regateando para ganar dinero, violando toda regla. Pero también la viola si, después de lograr que el viaje cueste una tercera parte del pedido inicial, se sube a la moto indignado contra ese sujeto que quería robarle treinta rupias: estará regateando para poner en juego la propia estima y el poder de vencer a otros poderes: estará regateando con el ego, violando toda regla. El regateo no puede ser funcional —al dinero o a la autoestima—: es un arte en sí. Y es necesario. Recuerdo una escena maravillosa de La vida de Brian donde el protagonista quería comprar una máscara para escapar de los guardias que le pisaban los talones y, apurado, intentaba pagar el precio que el vendedor le había pedido. Pero el vendedor le decía que no, que de ninguna manera, y lo obligaba a regatear. Entonces Brian le hacía una oferta bajísima y el otro le decía que era un miserable, que estaba jugando con la salud de sus hijos, que de ninguna manera podía aceptar eso, y así seguían un rato: la policía se acercaba. Recuerdo mi asombro una de las primeras veces, en El Cairo, cuando los vendedores callejeros, que no hablaban ningún idioma conocido, anotaban el precio en un papelito y no me daban sólo el papelito sino también el lápiz, para que anotara lo que yo ofrecía.

—Eso no vale más que cien.

—No puedo, no puedo. Es menos que mis costos.

Amagué irme. La gran ventaja de esos mercaditos es que en el puesto de al lado siempre venden lo mismo y el Ser puede jugar con la amenaza de buscar en el otro. Supongo que la famosa ley de la oferta y la demanda debe ser más o menos así.

—Bueno, deme ciento cincuenta.

—Le doy cien.

—No, no puedo. Por ser usted, se lo doy en ciento cuarenta.

Siempre entran a jugar los elementos personales, perfectamente inverosímiles. El Ser es un desconocido, acaba de llegar, pero el vendedor insiste en que se lo va a dejar muy barato porque es su amigo, o porque es la primera venta del día, o la última, o porque su anciana madre necesita remedios o un vibrador tailandés amarillo y finito.

—Dígame un precio razonable.

—Ya le dije: cien rupias.

—No, de verdad. ¿Cuál es su último precio?

El Ser mira para el costado, simula un súbito interés en la vaca que acaba de cruzarse o empieza a preguntar por otro paño. Lo mejor es no querer el objeto: se consiguen precios fabulosos. Pero, si el Ser lo quiere, ¿puede fingir que no lo quiere, como puede o no puede fingir la austeridad de una prosa? Y si realmente no lo quiere y tiene que comprarlo sólo porque lo regateó, ¿no está cayendo en la lujuria de pagar por hacerlo, dejarse llevar desde el arte a la engañifa, regodearse en la degradación menos perversa?

—No le voy a dar más de cien.

Le pagué ciento diez, y me fui a cambiar detrás de unas telas colgadas de una cuerda. Al día siguiente me enteré de que se podían conseguir por noventa. Un dólar vale treinta rupias: noventa, por lo tanto, son tres gloriosos pesos de la nueva moneda. Ciento diez son tres con sesenta. Cien son tres con treinta.

Creo que esperaba encontrarme con un prado bucólico y agreste, salpicado de casitas, templos y monos aulladores; en el ashram de Sai Baba en Whitefield había monos, pero el lugar era tan salvaje como el patio de la escuela nacional número uno consejo escolar noveno República de Cuba, en el barrio de Palermo, donde me pasé varios años creyendo que si me portaba bien al final iba a llegar a ser Sarmiento. El ashram es como un patio de escuela, sólo que muy grande: tapizado del mejor cemento, rodeado de edificios cuadrados con algún rococó indostano tiene, en el medio, un gran galpón abierto con suelo de baldosas y techo de plástico blanco y verde, tipo depósito de Banfield, para resguardar del sol al dios y sus devotos. Delante del galpón, una explanada para hacer la cola; al fondo del galpón, un estrado con pórtico como de un templo con grandes columnas Cecil B. DeMille en amarillo y rosita, una estatua de Shiva, un trono rojo y muchas fotos del dueño de casa: la cara, el cuerpo entero tamaño natural, sus pies de loto.

Antes de pertenecer a Sai Baba, el ashram de Whitefield fue la residencia de verano de los reyes del Nepal; ahora, en el gran parque privado e inaccesible, detrás de muros altos, está la casona del dueño de casa. De este lado, en el espacio público, alrededor del gran patio con el galpón y la explanada, uno de los costados está ocupado por el edificio de cuatro pisos y cúpulas celestes donde duermen los pupilos de la Universidad Sri Satya Sai Baba, y otro por un edificio más bajo, con una galería, donde está la cantina, la cocina, la administración, el correo, el banco y las habitaciones de las familias. Más atrás, en una mole sin gracia de dos pisos a medio terminar, están los cuartos donde se alojan los devotos: todo del más puro cemento, bien desnudo, adornado cada tanto con esos fierros como pinchos de los edificios inconclusos. Unos quinientos metros más allá, fuera del ashram, detrás de una canchita de fútbol muy pelada, están las grandes construcciones modernosas de la universidad.

El sol de las tres de la tarde viene cortando clavos; en la explanada, al bruto rayo, mil hombres y mujeres esperan sentaditos, con las piernas cruzadas, en colas muy correctas. Las mujeres están a la izquierda y son bastantes más; los hombres bien de blanco con el conjunto de cien rupias leen o meditan o miran al vacío con cara trascendente: se supone que es mejor no hablar, ni siquiera de ciertas cosas. Más o menos la mitad de los sentadas y sentados son indios; el resto, de cualquier país imaginable salvo negros, que casi no se ven. La cola para el darshan dura como una hora; después, cuando el momento tan esperado va llegando, unos guardianes que se llaman sevas sortean entre los primeros de cada fila el orden en que se van a parar y entrar en el galpón; hay expectativa: los que entren primero van a estar más cerca del estrado, más cerca de Sai Baba. Los sentados y sentadas se van parando, agarran el almohadón, miran a algún amigo que todavía espera en el suelo y enfilan hacia el arco detector de metales que controla a todos los que entran al galpón albiverde: desde los asesinatos del año pasado, la seguridad está bastante estricta: hinchapelotas, dicen los devotos veteranos.

Dentro de unos minutos nos acomodaremos en el suelo de baldosas del galpón y un rato después se encenderá la música y Sri Satya Sai Baba entrará, en su túnica naranja, para darnos darshan. Darshan, en hindú, significa “visión divina” —o sea, en este caso, verlo a él. Entrará dentro de un rato, cuando suene la música; por ahora estoy con las piernas cruzadas y dolidas, semiencorvado y transpirando, tratando de acomodarme en mis 30 centímetros de baldosa, esperándolo. A mi alrededor, sentados y sentadas del mundo se estremecen en la espera: en cualquier momento, cuando suene la música, seremos los privilegiados, los elegidos que veremos los pasos despacitos de un dios vivo.

—¿Vos te das cuenta de la suerte que tenemos?

Me susurra un italiano colindante, 35, rulos, retacón, modelo siciliano. Le digo que claro, más o menos, por qué.

—¿No te das cuenta de que podríamos haber nacido en cualquier otro siglo y no tener la suerte de estar en el mundo al mismo tiempo que Él, porca miseria?

El abismo es cósmico: la historia de la humanidad está llena de días, horas, minutos y batallas donde Baba no está, y un devoto perdido en la búsqueda imposible: trampas tenebrosas, engaños como jalea de malvavisco. El túnel del tiempo me zumba en los oídos con su tirabuzón en blanco y negro. Me imagino el alivio del tanito y me pierdo en lo grandioso de su argumento pavo. Es un acto de amor, y es la segunda vez que me enganchan con lo mismo. Hace muchos años, en Francia, una chica me dijo que un novio una vez le había dicho que tenían tanta suerte de estar juntos, que pensara que habrían podido nacer en siglos distintos y no encontrarse nunca. Yo le tomé el pelo y le dije que también podrían haber nacido en otro barrio pero recuerdo que me pareció un mimo de primera y que morí por no habérselo dicho yo, y que envidié al tipo mucho tiempo; después me enteré de que era la letra de una canción de Jeanne Moreau.

Pero ahora falta muy poco para que suene la música y redoble el incienso y las caras a mi alrededor se llenen de la tensión y el nervio y la beatitud y la saciedad y el hambre de que el dios les camine a medio metro de las caras. Estoy muy lejos de tantos lugares, y me parece que estoy acá por ellos; hay pocas cosas que me impresionen más que la creencia: los creyentes.

Suelo preguntarme si fui un creyente alguna vez: supongo que sí. Hijo de ateos más bien marxistas, en mi casa la religión —el catolicismo de mis antepasados paternos, el judaísmo de los maternos— no era ni siquiera una mala palabra: mi única formación religiosa fueron las viñetas del Lo Sé Todo y, a la edad de la primera comunión, los dioses griegos me eran mucho más familiares que la Virgen María. A la edad del bar mitzvah, en cambio, ya había cambiado a Marte y Afrodita por el Che Guevara y la compañera Evita, y ni siquiera se me ocurrió usar la rima para una consigna. En esos años milité en la Juventud Peronista y nunca me creí un creyente: yo era ateo, materialista, quizás hasta dialéctico y sin duda muy machito. Cumplí 18 en 1975; a principios de 1976 tuve que mudarme a costas más tranquilas. Recién años más tarde, en Francia, mientras envidiaba el piropo eternauta del novio de mi amiga, se me ocurrió que yo también había sido parte de la religión.

En esos días estudiaba historia, escribía una novela sobre los años de la militancia y me preguntaba, como algunos otros, qué tren nos había pasado por encima: en algún momento supuse que la culpa de todo la tenía la creencia.

Un punto era claro: nos habíamos jugado la vida y, como escribí entonces, “nadie se juega la vida gritando tal vez”. Para eso, para soportar la presión y la amenaza, hombres siempre necesitaron la garantía de una verdad más o menos segura. En realidad, pensaba, se trata de deseos: un hombre, un grupo quiere que algo cambie: no tener más hambre, deshacerse de un jefe, conquistar una llanura arrocera, vivir para siempre. Para conseguir que sus deseos se realicen —o parezcan realizarse— tendrá que pelear, arriesgarse, someterse a situaciones límite, de esas que no se pueden soportar sin un apoyo muy fiable. Así que, en vez de pensar que lo que está intentando proviene de un origen tan frágil como su propio deseo, su voluntad, el fulano necesita ponerlo en un lugar más seguro, más tranquilizador: sacarle lo azaroso de su condición de deseo y situarlo en un lugar exterior, intocable, que lo convierta en una “verdad objetiva” y, por lo tanto, segura a toda prueba.

Entonces, con la seriedad de mis 20, escribía que “podemos decir, en este contexto, que se habla de religiosidad —y de creencia— a partir del momento en que, por medio de una doctrina o fe, se externaliza lo deseado, situándolo en un lugar de verdad (y/u objetividad, según los casos y las condiciones históricas) que le confiere el carácter de irreversible que, históricamente, ha sido siempre necesario para emprender la marcha hacia la concreción de ese deseo investido de ahí en más de la categoría de ‘verdad objetiva’ o ‘revelada’”.

Era pomposo, como correspondía, pero tenía un corolario interesante: cuando la voluntad se transformaba en verdad y quedaba situada al exterior del fulano, se hacía necesaria una intermediación entre el fulano y esa verdad, que él solo ya no podía entender del todo. Y ahí era donde aparecían los diversos sacerdotes, intérpretes de la palabra sagrada: curas, adivinos, técnicos variados, miembros del comité central. En el espacio de esa intermediación aparecía la delegación necesaria para que alguien se hiciera del poder. Y entonces, pensaba: si uno consiguiera hacerse cargo de su voluntad, aceptarla como tal y bancársela como tal, sin transformarla en verdad externa ni delegar su interpretación —jugarse la vida gritando tal vez— el espacio para el poder se restringiría bastante.

El mecanismo de la creencia, entonces, era la madre del borrego: el aparato que hacía que los hombres se sometieran al poder. Descubrí que yo había sido, sin saberlo, un creyente fervoroso, que había comprado las promesas de la historia y las órdenes de mis comandantes con la misma unción con que cualquier católico acepta el dogma y sigue las recomendaciones de su director espiritual. Durante años abominé de toda creencia: era el enemigo. Después, la crítica de la militancia política como un proceso de religiosidad se hizo tan común que la blandían conversos craquelés para justificar su coche nuevo, y empezó a darme asquito. En nombre de esa crítica se armó una pelota que justifica todo lo presente, “porque de todas formas está visto que cualquier cambio va a ser para peor”. El mundo de lo político, sin aquellas ideas-fuerza y la fe que despertaban, se puso tan necio, tan hipócrita que un par de veces me descubrí extrañándolas. Después me corregía y trataba de pensar cómo se hará para actuar con la misma fuerza, con la convicción que solían dar las creencias pero sabiendo que lo que uno quiere puede ser o no ser.

No es fácil. Y de todas formas, las formas de la creencia me siguen fascinando. Suena la música y un señor de naranja crea en las caras de los sentados y sentadas las muecas más horribles, más dulces, más sublimes. Un señor de naranja crea las muecas y dice que es un dios y yo vengo desde tan otra parte para tratar de preguntarle cómo es ser un dios. Si me deja, si me elige, quiero preguntarle cómo es ser un dios y saber que tanta gente lo busca y necesita y cree en su figura, palabras, apariciones de la nada. A mi alrededor, manos se tienden hacia el de naranja, ojos se tienden hacia el de naranja, todo pasa por él y en él descansa y cree. Estoy en el medio de una fábrica de creencias en el mejor momento de su producción, y quiero verlo o lo que sea. Pasaron quince años desde que escribí, tan serio, sobre ella. Ahora, la creencia me sigue pareciendo un mecanismo suavemente perverso, un truco majestuoso, pero los que consiguen sumergirse en ella suelen darme la mayor envidia. Los imagino tan tranquilos, tan respaldados por esas verdades infinitas, tan armados para enfrentar lo intolerable, lo radicalmente estúpido de vivir o morirse. Y a veces me sorprendo preguntándome si yo ya no podré.

2. Su vida

2

SU VIDA

Dios tiene que tomar la forma más apropiada para la tarea que debe realizar. Para capturar a una banda de malhechores, el oficial de policía tiene que moverse entre ellos como si

fuera de la banda. Por eso he escogido la forma humana.

S. S. SAI BABA

“Si hubiera aparecido ante ustedes como Narayana (la persona primigenia, el Creador, el Señor mismo), con cuatro brazos sosteniendo la concha, la rueda, la maza y el loto, me hubieran guardado en un museo y cobrado entrada a los que buscaban Mi darshan —dijo alguna vez Sai Baba—. Si hubiera venido como simple hombre, no hubieran respetado Mis enseñanzas ni las hubieran seguido para su propio bien. Así que vine en esta forma humana, con poderes y sabiduría sobrehumanas”.

Para el que puede, elegir no debe ser del todo fácil. Antes de proclamar que él podía, cuando todavía no era un dios, Rathmnakaram Venkata Satyanarayanaraju parecía el segundo hijo de una familia pobre de una aldea pobretona del pobrísimo sur de la paupérrima India. En aquellos días de 1926, mientras Satyanarayanaraju nacía sin apuros, Puttaparti se desperezaba al ritmo de sus pocos bueyes. En aquellos días la India seguía siendo británica y Puttaparti era uno de los 500.000 pueblos de un país de campesinos pobres, cuando no hambrientos; en esos pueblitos, que la corona fuera de Victoria o de un Gran Mogol daba lo mismo: ni las costumbres ni la ropa ni la religión ni la lengua habían cambiado en los últimos tres o cuatro siglos.

La familia de Satyanarayanaraju no tenía nada de especial. Su padre se llamaba Pedda Venkappa Raju, campesino, y su madre Easwaramma, sus labores: ya habían parido dos hijos y una hija cuando la señora, que tenía sus años, decidió que quería otro más: para lo cual empezó una serie de ayunos, vigilias y plegarias a los dioses hasta que le nació, rodeado de signos auspiciosos, el cuarto y más divino.

Cuentan sus devotos que Satyanarayanaraju nació justo en el momento en que el sol se levantaba sobre el horizonte para empezar el 23 de noviembre de 1926. Durante días, unos tambores colgados en la pared de su casita habían sonado solos por las noches, acompañando el embarazo de Easwaramma con un ritmo de congas. Y, para asimilarlo a tantos otros dioses, de Hércules en más, una cobra se escondió bajo su cuna la tarde de su primer día y se fue sin comérselo. Según las hagiografías más exaltadas, los pastores del pueblo iban a cantarle canciones, él les sonreía sin los dientes y el aire en derredor olía a jazmines. Ya mayorcito, dicen que al chico Satyanarayanaraju le gustaba pintarse con ceniza rayas sobre la frente y con kumkum el punto rojo del ritual hindú: a veces la madre se lo negaba, por miedo al mal de ojo, y el chico le sacaba los colores de su caja de cosméticos.

Era, todavía, común y feliz: corría por las calles de barro más o menos desnudo, se bañaba en el río casi seco, jugaba con los otros y lloraba algunas veces, pero no les guardaba rencor a sus amigos cuando le pegaban. Lo que de verdad lo apasionaba eran los animales. Y cuentan que si escuchaba que alguien decía que iba a matar a tal oveja o cual gallina, el chico Satyanarayanaraju la buscaba y la abrazaba mucho, para darle una muerte más dulce. A los mendigos no los abrazaba, pero dicen que ya a los 3 o 4 años no podía soportar que no les dieran su limosna: cuando sus mayores despedían a un mendigo sin satisfacerlo, el chico lloraba tanto que alguien tenía que salir a buscar al busca para calmar a la criatura que, si no, podía pasarse días enteros llorando sin comer. A los 5, ya bastante bajito, lo perdieron: era el día de Rama Navami y una procesión de Sri Rama pasó por la aldea a la noche tarde. Las flautas y los tambores despertaron a todo el mundo, pero nadie encontraba al chico Satyanarayanaraju; hasta que alguien descubrió que estaba muy quietito, con cara de divino, sentado junto a la imagen de Rama en la carreta de bueyes que la iba arrastrando. Desde ese día, muchos chicos de Puttaparti lo empezaron a llamar “nuestro Guru”. Fue, seguramente, el principio de su larga carrera.

En aquellos años el Mahatma acababa de llegar a la India, García Lorca recitaba poemas con gitanos, la bolsa de Nueva York se derrumbaba porque era jueves negro y Boca Juniors Boca Juniors gran campeón del balompié. Lindbergh cruzaba el océano para que después le secuestraran al hijo, Hitler empezaba a convertirse en el enano fascista, el hijo de Lugones inventaba la picana eléctrica y los comunistas de Shanghai se hacían masacrar para llenar su condición humana. Los dueños de la India se preocupaban por los amores de un rey que estaba por dejar de serlo para correr detrás de una divorciada americana, Fitzgerald publicaba novelas de oro en polvos y Gardel le cantaba un tango épico al golpe de Uriburu, pero en Puttaparti la historia era una idea que todavía no se le había ocurrido a nadie.

A sus 8, mientras André Gide denunciaba los horrores soviéticos, el chico Satyanarayanaraju empezó a ir a la escuela primaria. La escuela estaba en Bukaparnam, a 5 kilómetros de Puttaparti, donde no había ninguna, así que el chico tenía que salir temprano a la mañana y caminar por el peladal tan bien soleado. Cuentan que, en esos días, se ganaba el aprecio de sus condiscípulos repartiéndoles dulces que sacaba de una bolsa vacía. También cuentan que, un día, un profesor se enojó porque el chico no tomaba apuntes en su clase y lo hizo parar sobre su banco; ante lo cual el chico, un poco vengativo, decidió pegarlo a la silla del escritorio. Ya había sonado el timbre y el profesor quería levantarse pero la silla lo seguía, pegada a sus fundillos: hasta que no le dijo al chico que podía bajarse, el profesor no pudo deshacerse de su silla. Años más tarde, Satyanarayanaraju explicó que no se había enojado con su profesor sino que estaba empezando a “preparar —gradualmente— la mente de los hombres para el anuncio de Su Misión y de Su Identidad”.

Faltaba mucho y los días eran largos. En esos días, la diversión más señalada en una aldea era la llegada de algún cine ambulante. Entonces los campesinos gastaban lo que no tenían para ir a ver un par de películas, pero el chico Satyanarayanaraju se negaba a ir. Decía, dicen, que las películas “sólo muestran el lado peor de la vida familiar y enfatizan la crueldad, la intriga y el crimen, y denigran a los dioses y vulgarizan la música”. Lo que sí le gustaba, en cambio, eran los bajans —cantos devocionales—. Cuando tenía 10 años formó un grupo de cantos devocionales: eran unos quince chicos con cascabeles en los tobillos y telas de colores que cantaban las historias de Krishna. En ese grupo, Satyanarayanaraju era el director, tesorero, maestro de música, compositor y cantante principal: a veces se posesionaba un poco mucho y cuentan que un día, interpretando al hombre-león de Krishna, se puso tan felino y feroz que tuvieron que pararlo entre varios: los demás, alucinados, le hacían ofrendas de cocos y quemas de alcanfor. Pero lo más raro era, parece, que el chico solía nombrar a un tal Sai Baba de Shirdi, un faquir musulmán del norte de la India que casi nadie conocía en esos lares.

Mientras tanto, su fama de actor se iba difundiendo por los pueblos. Satyanarayanaraju era capaz de pequeñas proezas: una vez fue a Puttaparti una bailarina profesional que se acostaba en el suelo con una botella sobre la cabeza y, arqueándose, levantaba con los dientes un pañuelo que tenía detrás y volvía a pararse sin que se le cayera la botella. La bailarina se llamaba Rishyendramani y unos días más tarde, en el mercado de un pueblo vecino, anunciaron otra vez su presencia. Pero en realidad era Satyanarayanaraju: sus hermanas lo habían vestido y pintado de mujer y el auditorio excitado no se dio cuenta de la trampa. Su padre, que los había acompañado, tenía miedo de la reacción de los presentes cuando vieran que Rishyendramani ya no sabía hacer su número famoso. No había por qué: Satyanarayanaraju no tuvo problemas en completar la prueba tan bien como la bailarina y, de yapa, la repitió cambiando el pañuelo por una aguja que agarró, en lugar de con los dientes, con los párpados. Satyanarayanaraju era el alma del grupo: solía hacer más de un papel y muchos, entre ellos, eran femeninos. Cuentan que al chico le encantaba disfrazarse con profusión de saris y que interpretaba a esas mujeres con solvencia absoluta. Como Juan Pablo II cuando se hacía llamar Wojtyla, el chico Satyanarayanaraju también fue un actor de grandes facultades.

Pero la vida en Puttaparti era mucho más y tanto menos que el teatro y las telas de colores. Calor, pobreza, rituales, pequeñas historias de familia, la nada y un poco más de nada. El hermano mayor de Satyanarayanaraju se casó con una chica de Kamalapur, que era un pueblo más grande, a cincuenta kilómetros de Puttaparti, y fue de maestro al pueblo de su señora; los padres de Satyanarayanaraju, que querían prepararlo para un empleo en oficina pública, lo mandaron a vivir con su hermano. En Kamalapur el jovencito siguió yendo a la escuela y, para ayudar un poco en casa, se consiguió un trabajo: escribía jingles para un boticario. Cada vez que el comerciante recibía un nuevo tónico para el pelo, o una sombrilla de varillas o una cartera con brillos de colores, le pedía al chico que le compusiera una tonada en télugu, el idioma local, que salía a cantar una banda infantil. A cambio, el comerciante le daba ropa, libros y alguna chuchería: la publicidad fue su primer oficio.

Pero al cabo de un año transfirieron al hermano y señora y Satyanarayanaraju se fue con ellos. El pueblo nuevo se llamaba Uravakonda: el Cerro de las Serpientes. En Uravakonda, Satyanarayanaraju empezó la escuela secundaria y, cuentan sus devotos, se convirtió rápidamente en el centro de toda actividad: cantaba y bailaba mejor que nadie, era el jefe de los exploradores, saltaba muy alto y descollaba en las carreras de embolsados; además, en el pueblo empezaban a decir que el chico materializaba cositas y conocía pasados y futuros. A veces le creían, otras no. Un día, un profesor que había perdido su lapicera cara le preguntó a Satyanarayanaraju quién podía habérsela sacado; el chico le dijo el nombre de un criado, pero el profesor no quiso creerle porque confiaba en él. Satyanarayanaraju insistió e incluso dijo que el criado le había mandado la lapicera a su hijo, que estudiaba en Anantapur; como el profesor seguía sin creerle, Satyanarayanaraju le escribió una carta al hijo del criado simulando ser su padre, donde le pedía que cuidara la lapicera que le había mandado, porque valía mucha plata. La treta podía funcionar porque el criado, que era analfabeto, siempre le pedía a alguien que escribiera sus cartas. Unos días después llegó la respuesta del hijo, diciendo que la lapicera era excelente y que la cuidaría con el alma: gracias a su clarividencia y al analfabetismo de la India rural, Satyanarayanaraju pudo demostrar que tenía razón y todos lo respetaron y el criado recibió su castigo.

En esos días también encontró el caballo perdido de un musulmán y, finalmente, se encontró al célebre escorpión. El 8 de marzo de 1940 hacía un calor de sauna de provincias y Satyanarayanaraju ya tenía 13 años; vaya a saber qué hacía caminando por esos roquedales. El escorpión, dijeron, era negro y enorme, pero nadie nunca lo vio, ni tampoco la marca de su picadura. Ese día, hacia las 7 de la tarde, Satyanarayanaraju se paró en su camino, dio un salto inmarcesible y se agarró el pie derecho con dos manos: también gritó como un poseso. Unos campesinos lo llevaron a la casa de su hermano y esa noche la pasó bien y sin dolor; todos creyeron en una falsa alarma pero al día siguiente, exactamente a las 7 de la tarde, Satyanarayanaraju se derrumbó inconsciente y con el cuerpo duro; casi no respiraba. El hermano y los demás creyeron que el veneno había tardado un día en llegar al corazón del jovencito, y se desesperaron. Hubo un médico que recetó unas pócimas y una noche como de velorio, con ofrendas y rezos, pero a la mañana siguiente Satyanarayanaraju se despertó pimpante.

Todos pensaron que el susto había pasado y todo bien, pero la conducta del muchacho empezó a hacerse rara. El hermano mayor les escribió a los padres en Puttaparti que estaba preocupado: Satyanarayanaraju no contestaba cuando se le hablaba, comía casi nada, miraba al vacío con los ojos muy llenos y se callaba la boca sin parar pero, sin decir agua va, de pronto se lanzaba a cánticos muy místicos. El muchacho estaba más que ido.

Cuando llegaron los padres, el cuadro les resultó desolador: Satyanarayanaraju no había mejorado nada y, además, le daban ataques de risa y ataques de llanto y ataques de canto y ataques de elocuencia mezclados con silencios tan tan largos: un médico local diagnosticó una histeria un poco rara y le dio unos remedios. El muchacho seguía cada vez mejor, y contaba largas historias de peregrinaciones que nunca había hecho y hablaba de Dios como de un primo un poco confianzudo. Un día estaba guardado en la casita de su hermano e hizo llamar a un sacerdote, que explicaba el Bhagavata en la casa de al lado, para reprocharle un par de errores. Otra vez, le trajeron un exorcista que huyó ante una admonición del poseído. Dos o tres astrólogos recomendaron abluciones y planetas diversos. Y así por unos días.

Al final, desesperando, los padres se lo llevaron de vuelta a Puttaparti: ahí se lo entregaron a un experto en demonios que lo sentó en un círculo hecho con sangre de pollo y de cordero y lo rapó para hacerle con un punzón tres cruces en el cráneo; después le tiró jugo de lima con ajo en las heridas y se puso a apalearle las rodillas con un garrote más o menos vil, pero tampoco pasó nada: el muchacho seguía poseído y decía que ni siquiera le dolía el cuerpo.

Para mayo de 1940 los padres de Satyanarayanaraju ya no sabían si seguir buscando magos o acostumbrarse a la idea de tener un loquito en la familia. Sus biógrafos cuentan que un par de médicos recomendaron internarlo pero los padres tuvieron miedo de una solución que no entendían del todo. La mañana del 23, mientras los nazis corrían franceses en dirección a Notre-Dame, el muchacho pidió que toda la parentela se juntara a su alrededor y empezó a darles caramelos y flores que, dicen, materializaba de la nada. Después fueron llegando vecinos y también les daba: una aldea en la India es muy promiscua. Entonces apareció Venkappa Raju, el padre, y alguno de los congregados le dijo que tenía que ir a lavarse las manos y los pies antes de presentarse ante la criatura. El señor se cabreó: estaba convencido de que su hijo hacía trucos y pases de magia y lo amenazó con un buen par de bifes:

—¿Qué es lo que sos: un dios, un espíritu o un loco? ¡Decímelo!

Dicen que le dijo, al vivo grito, y que la respuesta fue el anuncio tan largamente contenido:

—Soy Sai Baba.

El padre se calló la boca porque, sobre todo, no entendía. En Puttaparti Sai Baba no era un personaje demasiado conocido. El muchacho abundó en detalles:

—Soy Sai Baba: he venido para protegerlos de todo problema: mantengan sus casas limpias y puras.

Alguien recordó que Sai Baba era aquel santón musulmán del norte. El padre Venkappa le preguntó a su hijo qué tenían que hacer con él:

—¡Adorarme! ¿Cuándo? ¡Todos los jueves! Mantengan puras sus mentes y sus casas.

Las reacciones fueron de lo más diversas. Hubo campesinos que creyeron que podían adorarlo, otros que se mofaron, varios más que volvieron a sus bueyes y siguieron arando. Hubo uno, incluso, que se dobló en un cólico espantoso. Pero el jueves siguiente fueron a adorarlo y el sacerdote del pueblo le dijo que si era Sai Baba les diera una prueba al instante. Entonces Sai Baba, cuentan, agarró unas flores, las tiró al suelo y, al caer, las flores, dicen, formaron en télugu las palabras Sai Baba. Algunos volvieron a hablar de milagro y la fama del muchacho se extendía.

Sin embargo, había cosas que ni un milagroso podía dejar de lado: su padre quería que terminara el colegio, porque si no, adiós trabajo en la administración pública. El muchacho le hizo caso unos días y volvió a la casa de su hermano en Uravakonda; tras unas pocas jornadas de aplicación, en que fue la lucha su vida y su elemento, el muchacho volvió una tarde de la escuela y le dijo a su cuñada, más bien a los gritos:

—¡No soy más Satya, soy Sai!

En esos tiempos, el arte del trabalenguas tenía poco desarrollo en los poblados de Andhra Pradesh y la cuñada se quedó estupefacta: atónita: aturullada. Y dijo que había visto un resplandor alrededor de la cabeza del cambiante. Sai Satya siguió:

—Me voy. No les pertenezco. La ilusión se ha disipado. Mis devotos y mi labor me llaman. No puedo quedarme más.

El hermano llamó a los padres para que vinieran a hacerse cargo; un par de días más tarde, cuando llegaron y le pidieron que se fuera con ellos, el nuevo Sai les dijo:

—¿Quién pertenece a quién?

Y repetía sin parar:

—¡Todo es maia! ¡Todo es ilusión!

Dicho lo cual no le quedó más remedio que volverse a Puttaparti: sus padres lo arrastraban, pero le habían prometido que no interferirían en su vida divina. Igual no estaba cómodo, porque sus padres todavía creían que él era su hijo y les debía obediencia, así que a los pocos días se mudó a la casa de una vecina viuda rica, Subamma, que lo atendía con el mayor afecto.

Empezaron a juntarse los devotos: al poco tiempo las reuniones de los jueves ya se hacían todos los días, porque siempre había alguno que llegaba de un campo o una aldea cercanos para enterarse de quién era ese chico. Satyanarayanaraju les explicaba que él era Sai Baba, el avatar, la encarnación de Vishnu sobre la tierra, y ellos lo adoraban.

En la tradición hindú hay tres dioses principales, Brahma, Vishnu y Shiva, y mucho segundón. Pero, además, cada uno de los principales tiene cantidad de nombres y figuras que puede adoptar según su humor del momento y, muy de tanto en tanto, puede encarnar en un cuerpo de hombre, para poner orden o reparar algún desaguisado. Esta encarnación divina en una forma humana se llama avatar.

“El Señor tiene que venir en forma humana y actuar entre los hombres de modo que se lo pueda escuchar, tocar, amar, reverenciar y obedecer —dice Sai Baba—. Tiene que hablar la lengua de los seres humanos y comportarse como ellos, como un miembro de la especie. De lo contrario, se le negará o despreciará o se le temerá y evitará”. La decisión de aparecer como un hombre es una cuestión de táctica: para hacerse escuchar. Además, tiene la ventaja de despejar con una respuesta cerrada un problema posible: porque soy dios tengo que parecer un hombre. Si parezco un hombre, es porque soy dios. Lo que no importa mucho es qué dios: las diferencias son más bien aparentes:

“Yo no le doy importancia en absoluto a la distinción entre las varias apariencias de Dios: Sai, Rama, Krishna, etcétera —dice Sai Baba—. Yo no proclamo que éste sea más importante y que los otros lo sean menos. Continúen adorando al Dios de su elección de la manera que les es familiar; entonces se darán cuenta de que se están ac

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