Edith Stein

Irene Chikiar Bauer

Fragmento

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Esta biografía no es solo el producto de un desarrollo intelectual: lleva entrelazadas experiencias de vida, encuentros profundos con familia y amigos. Deseo agradecer fundamentalmente a quienes me acompañaron durante todo este tiempo. A mi familia de origen, representada hoy por mis hermanos, Darío, Jorge y Yamila, y sus familias. A Horacio, mi marido, que fue el primero en ponerme en contacto con Edith Stein. A mi hija Miranda, por el hecho de ser ella misma, con intensidad y apasionada determinación. A las primeras lectoras de este libro, en su etapa manuscrita: Mónica Veli, quien lo imprimió y glosó, capítulo a capítulo. A María del Carmen Winkelmann, Lili Grinberg, Patricia Veli, por las entrevistas y conversaciones acerca de la biografiada y la vida carmelita. A Horacio Varela Roca y a Mónica Plöese, a quienes siempre estaré agradecida por su atenta y empática escucha. A Alejandro Bertolini, por los encuentros, por regalarme su tesis sobre Edith Stein con una bella dedicatoria: “Para una lectora tan audaz y decidida como la autora que estudia”.

También quiero agradecer a Elena Martínez Baviére, por su estímulo. Ella me obsequió libros recientemente publicados de Mercedes Monmany, que iluminaron aspectos del contexto europeo de la vida de Edith Stein. A mi editor, Roberto Montes; fue un hallazgo de sincronicidad que, en etapa de redacción, me haya regalado un libro de Taurus, de la década del cincuenta, dedicado a Edith Stein, cuya versión yo tenía en francés. A Gabriela Vigo le agradezco su atenta y paciente lectura.

Me siento en deuda con Cristina Elgue, quien me estimuló a seguir adelante con mi desarrollo académico. Gracias a Keila Chikiar por asistirme en la etapa final de proyecto. También deseo mencionar a quienes de una u otra manera estuvieron cerca de este libro: Perla Gonilsky, Marta Roscardi, Juancho Hollmann, Daniel Berenguer, Mateo Chimenti, María Celia Gayoso, Gabriela Gutiérrez, Pablo Dreizik, Agustín Vignoni, Silvina Aizpún, Hernán Candiloro, Amparo Serrano de Haro y, muy especialmente, Elena Vilma López, que, a su vez, para aclararme algunas dudas, sostuvo un intercambio con el destacado especialista en fenomenología husserliana Roberto Walton.

INTRODUCCIÓN

La conversión al cristianismo de la filósofa y religiosa alemana Edith Stein no impidió que fuera asesinada, en 1942, por pertenecer a la misma estirpe que Jesús. Diez años antes, conmovida por las determinaciones nazis que habían excluido a los judíos de la vida pública y por el sufrimiento que esto causaba a los suyos, mientras pasaba unos días en la casa materna, se dispuso a escribir apuntes autobiográficos sobre su familia y ancestros. Fue así como, en 1933, a poco de ingresar al Carmelo, comenzó el manuscrito que lleva por título “Los recuerdos de mi madre”. Allí presenta aspectos de la vida de sus bisabuelos y abuelos maternos, y recuerda las ciudades alemanas en las que habían vivido y ejercido sus profesiones. Esta rememoración no es ingenua, surge del deseo de sacar del letargo a sus lectores con un discurso opuesto al del nazismo. La producción filosófica de Stein era por entonces enorme; lo mismo que sus escritos antropológicos y pedagógicos que, junto con los espirituales, se reúnen en los cinco tomos de sus obras completas.

En 1998 el papa Juan Pablo II canonizó a Edith Stein. Supo de ella cuando era estudiante, a través de su profesor Roman Ingarden, en quien, se sospecha, en su juventud ella pudo haber estado interesada románticamente. La canonización encendió una serie de debates, en los que participaron sectores del judaísmo y sus propios descendientes, para quienes incuestionablemente Edith Stein había sido asesinada en campos de concentración por su condición de judía, como algunos de sus hermanos y parientes: para ellos no era sencillo asimilar que fuera presentada como mártir cristiana. Por su parte, Juan Pablo II la destacó en la homilía de canonización como “eminente hija de Israel e hija fiel de la Iglesia”, y agregó:

Edith Stein, por ser judía, fue deportada junto con su hermana Rosa y muchos otros judíos de los Países Bajos al campo de concentración de Auschwitz, donde murió con ellos en la cámara de gas. Hoy los recordamos a todos con profundo respeto. Pocos días antes de su deportación, la religiosa, a quienes se ofrecían para salvarle la vida, les respondió: “¡No hagáis nada! ¿Por qué debería ser excluida? No es justo que me beneficie de mi bautismo. Si no puedo compartir el destino de mis hermanos y hermanas, mi vida, en cierto sentido, queda destruida”.

“Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios”, dijo Edith Stein. Y, justamente, lo que me interesó fue el camino que hizo en búsqueda de su verdad, una búsqueda que la llevó desde el judaísmo al agnosticismo, y de allí, luego de doctorarse en filosofía y ser asistente personal de Edmund Husserl —el fundador de la fenomenología—, a la conversión. Una metanoia que, mediada por situaciones históricas concretas, de ninguna manera la llevó a renegar de sus orígenes. Y es esta actitud lo que la hace cercana, comprometida íntegramente consigo misma y, a la vez, contemporánea.

Como me sucedió al escribir biografías anteriores, lo primero que hice fue leer sus textos autobiográficos. En paralelo, me dispuse a estudiar su obra. Para ello me puse en contacto con Pablo Dreizik, Alejandro Bertolini, Jorge Roggero, Jesús Moreno Sanz, Carlos A. Taubenschlag, con los que tomé clases o sostuve entrevistas. También me asesoré con Hernán Candiloro y, en etapa de redacción, supo leer el manuscrito Elena Vilma López, que a su vez, para aclararme algunas dudas, sostuvo un intercambio con el destacado filósofo argentino Roberto Walton. También asistí a congresos y conferencias dedicados a Edith Stein, tanto de manera presencial como virtual, de modo que pude escuchar a personalidades destacadas, especialistas en fenomenología y en su vida y su obra, algunos de los cuales están citados en este libro. Además de leer las principales biografías que se le han dedicado y trabajos sobre su obra, viajé a Alemania para ver el Archivo Edith Stein en Colonia, y pasé por el Carmelo de Echt. Fueron sin duda fundamentales los cinco tomos de sus obras completas, a cargo de Julen Urkiza y Francisco Javier Sancho.

Resultó determinante contar con la autobiografía de Edith Stein, que, no es un dato menor, se enmarca en un pensamiento filosófico signado por la empatía, pautado por la apertura a los otros y la necesidad de indagar en la estructura de la persona humana y en las propias vivencias. Sin embargo, ella sabía que, al ser judía, debía expresar sus pensamientos con sumo cuidado. Además, había transitado una conversión que la llevó, dadas sus características personales, a combinar indagación fenomenológica con contenidos dogmáticos de la revelación cristiana, y a confrontar la fenomenología con la filosofía contemporánea y la teología. Esto impactó en su vida y en su escritura autobiográfica, porque Stein hizo de la filosofía un hábito y lo combinó con un estilo de vida empeñando en ello su voluntad de la cual estaba convencida, que “puede orientarse para acometer la tarea de autoconfiguración”1. No hay que perder de vista que, a esa altura, Stein llevaba desde hacía una decena de años una vida signada por un ideal que guiaba su “proceso de autoconfiguración”2, como ella misma lo llama en Estructura de la persona humana. Proceso que la llevó del judaísmo al agnosticismo, luego a la filosofía, en 1921 a la religión católica y, en 1933, doce años después de su conversión, meditados y estudiados a fondo el dogma y luego de adentrarse en la filosofía católica, a las puertas del convento.

En mayo de 1935, Edith Stein interrumpió sus escritos autobiográficos. Se sabe que durante los seis meses del postulantado y en su año como novicia carmelita escribió la parte más extensa, Historia de nuestra familia: las dos más jóvenes, en la que relata la vida familiar y, como sugiere el título, se centra en ella y en su hermana Erna. Por encargo de sus superiores, alrededor de mayo de 1935, comenzó a elaborar su “extensa obra filosófica”3, Ser finito y ser eterno, por lo que interrumpió la redacción de sus recuerdos, que retomaría una vez exiliada en Holanda, a principios de 1939. En esa oportunidad escribió apenas unas páginas en las que contó la “buena impresión”4 que le produjo Martin Heidegger cuando lo conoció, mucho antes de que se lo considerada uno de los filósofos más relevantes del siglo XX; relata su examen de doctorado y cómo se convirtió en asistente de Husserl. Se piensa que Edith Stein (por entonces Sor Teresa Benedicta de la Cruz) tenía intención de continuar con sus recuerdos, pero esos escritos no fueron revisados ya que fue apresada y asesinada en 1942.

El punto es que la escritura autobiográfica implica una serie compleja de desplazamientos. En el intento de englobar el abismo que hay entre las palabras y las cosas, surgen una infinidad de interrogantes. En lo que respecta a Edith Stein, si bien toda memoria es inconclusa, podría afirmarse que su caso despliega otros inconvenientes. En principio, que comenzó a escribir el mes anterior a su entrada al Carmelo, en su etapa católica, cuando ya era una mujer madura que pasaba sus recuerdos por el tamiz de un sinfín de desilusiones y que sabía que sus escritos pasarían el filtro de la censura nazi. Pero lo fundamental es que, después de la conversión, tenía una idea de la providencia como impulsora del destino. Desde esta perspectiva retoma la época de la niñez, cuando todavía practicaba la religión judía, y su período de agnosticismo, iniciado alrededor de sus 12 o 13 años. Además de los dilemas propios de todo escrito autobiográfico, en su caso, la persona que relata su vida ha experimentado una completa transformación, un cambio de sentido en la vida. Quien escribe la segunda parte de estas memorias es Sor Teresa Benedicta de la Cruz1, una monja carmelita que retrata su época de estudiante universitaria, cuando estaba a punto de doctorarse: una joven que en 1916 desconocía su destino de conversión y cuyas expectativas pasaban por defender su tesis, por que llegara finalmente la paz y, probablemente, por encontrar y experimentar el amor.

Por mi parte, comencé a interesarme en su vida y en su obra en 1998, año de su canonización, cuando escribí una semblanza biográfica en la revista cultural El Arca. En ese entonces, todavía en etapa de formación y estudio, no pude avanzar mucho más; por otra parte, aunque leí varios de sus escritos, no estaba en condiciones de abordar la complejidad de su obra. Pasaron los años, completé mi formación académica y, sin ser enteramente consciente de ello, seguí fascinada por su compleja personalidad y por la manera en que se conjugan en Edith Stein vida y obra. Cada tanto, como sostuve más arriba, me disponía a estudiarla. Luego de la publicación de mi biografía sobre Virginia Woolf y mientras escribía otros libros, dedicados a Eduarda Mansilla y Victoria Ocampo, todas ellas mujeres comprometidas con su tiempo, Edith Stein se impuso como nuevo desafío. A diferencia de ellas, pudo tener estudios formales, se doctoró en filosofía, fue docente y escritora. El rigor académico, su origen judío, el contexto histórico y cultural pudo haber influido en que no dejara testimonio, si las tuvo, de experiencias místicas. Fascinada por el Libro de vida, autobiografía de Santa Teresa de Ávila, refundadora del Carmelo —quien, Edith Stein no lo sabía, tuvo un abuelo converso—, inició su tránsito en el catolicismo. Edith Stein dedicó los últimos años de su vida a trabajar sobre San Juan de la Cruz. Cincuenta años después, en 1993, escribí un pequeño ensayo sobre el místico español. Ahora, con la publicación de esta biografía, siento que se consuma una etapa. Entrego a los lectores este libro, producto de un largo proceso de maduración, con la esperanza de que descubran en Edith Stein aquello que en esta época, en la que nos atiborramos de sensaciones, no es sencillo de encontrar: una manera de hallar, pese a las frustraciones y al horror, un sentido a la propia vida.

1 Generalmente, cuando se trata de autores hombres, la biografía los nombra por el apellido en señal de distancia y respeto, mientras que en casos de mujeres se las llama por su nombre. En esta biografía nos referiremos a ella como Edith Stein cuando la conectamos con otros pensadores, y la llamaremos por su nombre en situaciones personales o familiares sin por ello menoscabar su figura como filósofa, religiosa y escritora.

PRIMERA PARTE

1
CONSTELACIONES FAMILIARES

LA IMPORTANCIA DE LOS RECUERDOS

La familia paterna y la materna de Edith Stein provenían de lo que fue el límite oriental del Imperio prusiano, hoy Polonia. Sus ancestros maternos, fabricantes de jabón y de velas, no descuidaban la religión ni las tradiciones. Su bisabuelo, Joseph Burchard (1784-1874), que fue cantor y monitor, y contaba con una sala de rezos ubicada en su propia casa, tenía unos treinta años cuando se promulgó el Edicto de Emancipación que concedía la ciudadanía a los judíos, les daba derecho a elegir su lugar de residencia, a comprar tierras, a servir en el ejército y a casarse libremente. También fue fabricante de algodón quirúrgico. La vida familiar era central para él: tuvo once hijos y, a partir de su setenta cumpleaños, la mayoría de ellos se reunían para celebrarlo cada año.

Edith destacó el patriotismo de su familia, al recalcar que sus parientes habían participado en conflictos armados junto con otros alemanes. Alrededor de 1871, dos de los hijos de su bisabuelo habían perdido la vida en la guerra francoprusiana. Ella subrayaba estas cuestiones cuando la propaganda nazi ocultaba el heroísmo de los judíos galardonados con la cruz de hierro por su accionar militar en los conflictos bélicos. La relevancia que otorgó a sus ancestros se conecta con los cambios radicales que se habían vivido en el siglo XIX y que impactaron fuertemente en la vida de los europeos en general y de los judíos y de su familia en particular.

Aunque representaban una minoría, la historia de los judíos de Breslau se remonta a muchos siglos antes de su nacimiento. En 1917 se descubrió allí la tumba judía más antigua de Polonia, fechada en 1203. En el medioevo, además de un cementerio, la ciudad albergaba varias sinagogas y una casa de baños rituales. Lejos de gozar de estabilidad, durante el siglo XIV los judíos sufrieron varias expulsiones. En 1453, cuarenta y uno de ellos fueron quemados en la hoguera, acusados de profanar la Sagrada Hostia, en tanto que los demás miembros de la comunidad fueron expulsados. Cuenta Suzanne M. Batzdorff, sobrina de Edith, que “este fue uno de los argumentos sobre los que se apoyó en sus esfuerzos” su padre cuando Edith decidió convertirse al catolicismo, “para intentar alejarla de sus planes de ser carmelita”5.

Conocedora de la historia de su ciudad natal, Edith sabría que, pese al decreto imperial de 1455 que impedía el asentamiento judío en Breslau, desde comienzos del siglo XVI se otorgaron permisos de residencia a los comerciantes que se desempeñaban en las ferias y, más adelante, permisos de visitas para otras épocas del año. Luego, a fines del siglo XVII, algunos miembros de su comunidad pudieron asentarse temporalmente. Cuando Prusia conquistó la ciudad, en 1741, se concedió la residencia a doce familias. Veinte años después, pudieron establecer un cementerio. En 1776, alrededor de dos mil judíos vivían en Breslau.

Apenas una década después, los de mejor posición gozaban de los frutos de la emancipación cultural y social. Pero en el terreno político no se observaban avances significativos. Las autoridades prusianas reconocían la importancia de los judíos para comerciar con Polonia, pero no concedían suficientes permisos de residencia. Lo que resultó determinante para su integración fue la conquista de Prusia, en 1806. Napoleón, inspirado por lo sucedido en Francia, donde en 1791 la Asamblea Nacional había declarado a los judíos ciudadanos de la república, emitió un decreto que determinó la igualdad para los residentes en los territorios prusianos.

Finalizada la ocupación francesa, estas leyes fueron revocadas, nuevos actores modernizaron el estado prusiano y lograron que el 11 de marzo de 1812 se promulgara el Edicto de Emancipación. Además, se abolieron los impuestos discriminatorios. Sin embargo, el Congreso de Viena de 1815 negó a los judíos prusianos plenos derechos políticos impidiéndoles alcanzar altos grados en el ejército, en la enseñanza y en la política. Ante esta involución, muchos de ellos, pertenecientes a la clase alta, educados y ricos, que se habían alejado de la religión de sus padres, optaron por adoptar el cristianismo. Esto acentuó la tensión entre judíos no tradicionalistas y judíos ortodoxos y, paralelamente con las conversiones, se produjeron divisiones internas. Muchos de los que no se convirtieron se aglutinaron en tono a Zacharías Frankel, representante del Judaísmo Conservador, o alrededor de Abraham Geiger, portavoz de lo que se llamó Judaísmo Histórico.

Para pensarse a sí misma, Edith Stein abreva en la vida de sus antepasados. Sus bisabuelos Samuel Stein y Jakob Courant fueron ciudadanos prusianos naturalizados en 1812, mientras que su bisabuelo Joseph Jehuda Burchard recién alcanzó ese derecho en marzo de 1837. Pero en la práctica la emancipación no se dio con la celeridad esperada; lo que decían los papeles no se hacía efectivo en la realidad, e incluso se emprendieron campañas para revocar el edicto. La segregación siguió de manera más o menos enmascarada, por lo que muchos judíos apoyaron la revolución de 1848 creyendo que, una vez reunificada y democratizada Alemania, alcanzarían finalmente la igualdad.

Fracasada esta revolución, quedó en suspenso toda expectativa democrática. En 1850, la constitución del Imperio prusiano prohibió a los judíos ser funcionarios del gobierno, profesores de la universidad y oficiales del ejército. Recién dos décadas después, tras la guerra francoprusiana de 1870-1871 y con la creación del “Reich” alemán, cayeron algunas prohibiciones, aunque apenas alcanzaron altos cargos como funcionarios y les resultó muy difícil obtener puestos en la enseñanza2.

ANCESTROS MATERNOS

Para Edith fue destacada la actividad comunitaria de sus bisabuelos maternos, Joseph Burchard y Ernestine Prager (1798-1891), originarios de la provincia de Posen, quienes a poco de casarse se establecieron en Lublinitz. Este traslado se ha interpretado como un deseo de prosperar, ya que, pese al decreto de emancipación, los judíos de Posen eran mucho más pobres que los que vivían en Prusia, se dedicaban en su mayoría a la venta ambulante y eran artesanos o jornaleros. Al analizar esa época, Hannah Arendt graficó la separación entre los judíos pobres y los ricos, estos últimos amparados por las regulaciones del emperador Federico: “En 1803, los judíos protegidos de Prusia” rondaban el “20 % de la población judía del país […], casi un 60 % de los judíos de Posen vivía en una pobreza deplorable, constituyendo una carga para una población ya de por sí pobre”6.

En ese contexto, las mujeres de la familia de Ernestine, bisabuela de Edith, incluidas las más pequeñas, montaron un taller, de modo que “todo el ajuar de novia para las familias amigas se hizo en esta escuela de costura”7. Su bisabuela

era una “mujer profundamente piadosa”. En la sinagoga y en el cementerio, rezaba con la mayor concentración e interioridad, así como cuando el viernes por la noche encendía las luces del sábado y hacía las oraciones correspondientes. Al final añadía: “Señor, envíanos solo lo que podamos soportar”8.

Al parecer sus oraciones no fueron desatendidas, ya que, aunque ella y su marido “vivieron en gran pobreza”, se las ingeniaban para ahorrar “para los más pobres”9. Se sabe que Joseph vivió hasta los ochenta y nueve años. Lamentablemente, durante su última etapa su carácter se tornó antojadizo y difícil, lo que hizo que su esposa, treinta años menor, decidiera mudarse a casa de su hija Adelheid. Con ellos Ernestine vivió hasta su fallecimiento a los noventa y tres años. Por lo que puede apreciarse a través de lo que cuentan Edith Stein y su sobrina Susanne Batzdorff, quien logró emigrar a los Estados Unidos, Ernestine despertaba admiración y cariño. Susanne, durante la adolescencia, se apegaba a “un libro de oraciones hebreo-alemán” que su antepasada había recibido del club de mujeres judías de Lublinitz en un aniversario de bodas10.

Edith se sintió muy orgullosa del progreso y del protagonismo de su abuela materna, Adelheid Burchard (1824-1883), casada con Salomon Courant (1815-1898). Luego de la emancipación, el matrimonio dejó la venta ambulante y, dedicados a fabricar cirios y jabones, abrieron una “pequeña tienda de ultramarinos”. Finalizada la compra de mercancía para iniciar esta actividad, solo les quedaron 25 céntimos. Gracias a ambos, al poco tiempo, el negocio iba muy bien. Todas las operaciones se decidían entre los dos; los libros de cuentas los llevaba siempre la abuela. El abuelo nada hubiese hecho sin preguntarle a ella11.

En esta familia matriarcal, Adelheid, que tuvo dieciséis hijos, debió ser una mujer imponente, ya que todos recurrían a su marido cuando tenían pequeñas necesidades, pero “se acudía a la abuela si se necesitaba un serio consejo, y esto no solo el marido y los hijos y los hermanos sino también muchos amigos3. Señoras nobles, muy ricas, de los alrededores, iban con frecuencia en sus coches a visitarla, considerando un honor tenerla como amiga”12. El retrato de esta abuela evoca como un reflejo algo deslucido y provinciano salones de mujeres judías, como Rahel Varnhagen, quien entró en el mundo social alemán y se hizo “experta hasta el virtuosismo en el arte de comunicar su propia vida, de presentarse a sí misma”13. Aunque socialmente estaban en las antípodas una de la otra, estas dos mujeres vivieron la experiencia, caídos los muros del gueto, de abrirse paso y relacionarse con la sociedad prusiana.

En la misma línea de mujeres fuertes, consejeras y conocedoras del alma de sus contemporáneos, Edith Stein inscribe a su madre, Auguste Courant (1849-1936), cuarta entre los quince hijos de Salomon y Adelheid que llegaron a la edad adulta. Desde muy pequeña Auguste tuvo que colaborar en la casa y en la tienda. Pero, mientras que los varones estudiaron el bachillerato (cinco fueron comerciantes, uno farmacéutico y otro químico), ella solo asistió a una escuela elemental católica y debió abandonar la escolaridad a los doce años, contentándose, suponemos, con recibir lecciones particulares de alemán y francés.

En cuanto a la formación religiosa, Auguste siguió clases de religión con un maestro judío, y aunque estudió hebreo, no sabía lo suficiente como para traducirlo o comprender bien los rezos entonados en ese idioma. Por entonces, la formación consistía en aprender los mandamientos y algunos salmos de memoria, en alemán, y también se leían parte de las Sagradas Escrituras. De una generación a otra, al tiempo que se abandonaban ritos y costumbres ancestrales se consolidaba el proceso de asimilación del que fue iniciador Moses Mendelssohn4, defensor de los principios de la Ilustración. En 1779, utilizando caracteres hebreos, tradujo el Pentateuco al alemán con el objetivo de que los judíos pudieran aprender esta lengua. Apenas unas generaciones después, los chicos judíos asistían a los colegios del imperio y comenzaban a estudiar en sus universidades.

Sin marcar las tensiones generadas entre el ideario de la asimilación y la experiencia histórica concreta de los judíos de la época, Edith dio testimonio de la vida de sus ancestros como si se encontraran inmersos en un conjunto armónico de comunidades. Como una primera comunidad ubica al núcleo familia, unidos por el afecto y el respeto. Estos valores los traslada al segundo conjunto, el de la comunidad judía de la que formaban parte. Finalmente, posiciona a sus parientes en un conjunto más abarcativo, integrándose a la comunidad alemana. La manera en que la asimilación impactó en la vida familiar la grafica diciendo que, aunque su madre recordaba que junto con sus hermanos asistía a las clases de religión “con el mayor entusiasmo”:

Se les había inculcado siempre el respeto a todas las religiones y jamás debían decir algo contra una religión distinta […]. El estudio diario de la Escritura y del Talmud, que siglos pasados había sido un deber para todo hombre judío y que hoy todavía se conserva entre los judíos orientales, no era costumbre en casa de mis abuelos; pero todas las prescripciones de la Ley eran estrictamente observadas14.

Para reafirmar el lazo de confianza establecido con sus vecinos y conciudadanos, Edith recuerda que a su abuelo “una vez, un campesino le trajo una cantidad de dinero para que se lo guardase. El abuelo lo tomó y le dijo: ‘Espera, voy a darte un recibo’. Trajo el recibo, el campesino lo observó con mucha atención y se lo devolvió diciéndole: ‘Guárdemelo usted también’”. Décadas después, el padre de una profesora de Pedagogía de Beuthen la saludó al saber que era nieta de Salomon Courant: “Había sido una de las familias más respetadas de la ciudad [Lublinitz], y recordaba perfectamente al viejo señor”15.

Pero no se trataba de un respeto irrestricto ya que Lublinitz fue disputada por los polacos finalizada la Primera Guerra. Y Edith deja claro cuál fue la posición de sus parientes:

… mis tías se dedicaron solícitas a la manutención de los soldados. Más de una noche la pasaron en la estación. Mi tío era el hombre de confianza de las autoridades alemanas para la distribución de los alimentos. Toda la familia se ganó el odio de los polacos debido a su decidida actitud en favor de la causa alemana16.

Cuando en 1921 el destino de la ciudad se sometió a votación, más de cincuenta descendientes de la familia votaron de acuerdo con los alemanes, lo que hizo que, al pasar Lublinitz a formar parte de Polonia, debieran vender la casa familiar y abandonar la ciudad5. Desde entonces, los acompañó la nostalgia, al punto que Edith entiende que las exorbitantes fatigas y emociones, “la pérdida de la patria”17, minaron las fuerzas de una de sus tías, que luego sufrió un ataque de apoplejía. Con este tipo de relato intenta salir al paso de las acusaciones nazis que oponían el nacionalismo alemán al cosmopolitismo judío. Sobre estas cuestiones también deslizó comentarios en sus conferencias y en los escritos pedagógicos y antropológicos. Desde un principio, la problemática comunitaria y lo que significa la pertenencia a un pueblo aparecen abordados filosóficamente, luego de El problema de la empatía (1916), en Causalidad psíquica, Individuo y comunidad y Una investigación sobre el Estado (1919-1921).

Para Stein, “el fin del hombre es que su voz suene con las demás”18. En su período católico, cuando piensa que hombre y mujer “han de ser considerados como acuñaciones diferentes de la imagen de Dios”, destaca que la humanidad está articulada “en pueblos, cada uno con su modalidad” y enfatiza: “El Señor, que se eligió un pueblo para nacer en él, que durante su vida terrena habló la lengua de este pueblo, pensó con sus metáforas e imágenes, observó sus costumbres y le dedicó todas sus energías, él ha dado a cada pueblo una misión en esta tierra y para la eternidad, y a cada uno una misión dentro de su pueblo”19. Podría decirse que, en 1933, la autora de aquellas palabras sintió que su misión pasaba por contar la historia de los suyos. La intención autobiográfica tiene su paralelo en uno de los capítulos de Estructura de la persona humana, correspondiente al curso brindado en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster, entre fines de 1932 y febrero de 1933, cuando se le prohibió seguir dictando clases por ser judía. Allí había dicho: “Hay personas a las que un pueblo tiene que agradecerles más de lo que él le ha dado […]; todo pueblo tiene una historia; […] su historia espiritual es en buena parte la historia de la asimilación de elementos ajenos”. Meses antes de que Hitler llegara al poder, ella todavía confiaba: “Es propia del modo de ser del pueblo alemán la inusitada apertura a elementos espirituales ajenos: podemos estar totalmente seguros de que no sería lo que él es sin lo que ha recibido de otros”20.

LA FUERZA DE UNA MADRE

En principio, Edith pondera la responsabilidad, seriedad y disposición al servicio de su madre, quien desde los seis años “hacía punto en competencia con su hermana Selma”, mientras que a los ocho “era ya tan hábil que los padres la enviaban como ayuda a casa de los parientes cuando estos estaban en necesidad”. A los diez Auguste quiso aprender a lavar y tomó la decisión de levantarse de madrugada para ver cómo realizaban ese trabajo las empleadas de la casa. También era divertida, “bromeaba, reía y cantaba mucho”, especialmente cuando recibía en su casa a hermanos y primos, “y en las grandes fiestas familiares, cumpleaños y bodas”. Había aprendido algo de piano, disfrutaba de la música y siendo anciana todavía podía “tocar de memoria algunos fragmentos del vals de Strauss: ‘Vino, mujer y canción’”21.

A los nueve años, Auguste conoció a Siegfried Stein (1844-1893), originario de Gleiwitz, a veinte kilómetros de Lublinitz. Se hicieron amigos, comenzaron a escribirse y, según Edith, estas cartas evidencian, “poco a poco, por alusiones indirectas, cuánto deseaban formalizar las relaciones”22. Finalmente, cuando Auguste tenía veintiún años y Siegfried6 veintiocho se casaron y se instalaron cerca del almacén de madera de la madre de él, cuya empresa llevaba el nombre “Viuda de S. Stein”. Aunque suegra y nuera se respetaban, debió existir tensión entre ellas, sobre todo porque Auguste tenía ideas propias, como proteger a uno de sus jóvenes cuñados que, con oposición materna, quiso dedicarse al teatro. Este tipo de detalles completan la imagen que Edith brinda de su madre retratándola como una mujer seria y responsable, con aptitudes para el comercio pero capaz de reconocer y apoyar una vocación artística7. Una personalidad equilibrada y con sentimientos nobles, muy lejos del estereotipo de la mujer judía propagado por el nazismo.

Lo curioso es que, con el tiempo, el joven cuñado protegido de Auguste resultó ser el reconocido comediógrafo y director teatral Leo Walter Stein8, y algunas de sus obras, como La bailarina del rey y Liselotte del Pfalz, “a causa de su contenido nacional” fueron “muy estimadas y representadas en los teatros del Tercer Reich”23. Al resaltar que la obra de su tío, un judío alemán, representaba sentimientos nacionales, Edith contradice la falacia nazi que presentaba a los judíos como un grupo que velaba solo por sus propios intereses.

SIEGFRIED Y AUGUSTE

Una tía de Edith Stein afirmó que su familia fue “estrictamente tradicional” y muy piadosa24. Al quedar ciego su padre, Siegfried Stein fue el encargado de dirigir las oraciones del Séder (primera noche de Pésaj) y la lectura de la Hagadá (narraciones de la historia del Éxodo que se leen el Séder de Pésaj). Respecto de la boda de Siegfried Stein y Auguste Courant, la misma testigo relató:

Mi hermano Siegfried se casó con Gustel, a quien nosotros queríamos desde hacía algún tiempo, cuando ella […] vino a visitarnos a nuestra casa […] fuimos a su boda en nuestro carruaje, ya que las conexiones entre trenes a la pequeña ciudad de Lublinitz no eran muy buenas. Como había mucha gente joven de la familia de la novia, la boda fue un acontecimiento animado y alegre25.

Por falta de dinero, los padres de Edith Stein debieron suspender su viaje de bodas. Tenían urgencia por establecerse y conformar su propia familia. Durante los primeros diez años en Gleiwitz nacieron sus hijos Paul (1872-1943), Selma (1873-1874), Else (1876-1958), Hedwig (1877-1880), Arno (1879-1948) y Ernst (1880-1882). Mientras vivieron allí las cosas no resultaron fáciles dado que Johanna Cohn de Stein, la madre de Siegfried, “no era mujer de negocios […]. Se confió a un gerente que la engañó, y no se dejó convencer por nadie de que él no merecía su confianza”26. Por estos motivos y por desinteligencias respecto del manejo de la empresa familiar, el joven matrimonio se mudó a Lublinitz donde, con el apoyo de los padres de Auguste, establecieron su primer negocio.

Al principio, vivían en una pequeña casa con un gran jardín, propiedad de los Courant. Auguste se ocupó de cultivar verduras y frutas: era una alegría para ella obsequiar “espléndidamente la cosecha a otros” para mantener así “fielmente la vieja costumbre judía que consiste en no comer los primeros frutos de la cosecha, sino regalarlos”27. Sin embargo, Edith reconocería que su madre no siempre obsequiaba “a los realmente pobres, como debe ser en estricta observancia”, porque dicho mandato entraba en conflicto “al cruzarse el amor por sus familiares, especialmente sus hermanos”28. El afecto hacia estos últimos era enorme, por lo que sus hijos pronto aprendieron “de memoria, rítmicamente” los nombres de sus quince tíos29.

Actualmente, la Sociedad Edith Stein de Lubliniec conserva la documentación que informa que Siegfried Stein registró su firma comercial en 1882. En cierto momento, la familia vivió en una vieja oficina de correos donde vendían madera, carbón y materiales de construcción. Un par de años después se mudaron a ‘Villa Nova’, la casa con jardín que pertenecía a los padres de Auguste, donde Siegfried estableció la dirección comercial9. Finalmente, como en Lublinitz tampoco pudieron prosperar y la ciudad carecía de una escuela de enseñanza media a la que pudieran asistir los hijos mayores, en 1890 la familia se trasladó a Breslau. En Lublinitz habían nacido otros cuatro hijos: Frieda (1881-1942), Rosa (1883-1942), Richard (1884-1887) y Erna (1890-1978). Se sabe que cuatro de los niños fallecieron a causa de enfermedades para las que se carecía de tratamiento.

El 12 de octubre de 1891, el día de Yom Kipur, Día del Perdón o de la Reconciliación, nació Edith Stein, la menor de sus once hijos. Para su madre se trató de un hecho significativo por lo que, aunque la festividad no cayera cada año exactamente un 12 de octubre, optó por celebrar el cumpleaños de su hija menor el día de Yom Kipur. Edith interpretó: “Me parece que su actitud, más que otras cosas, ha sido la causa de serle tan querida su hija más pequeña”30. Otro signo de su religiosidad es que su madre tenía la costumbre de festejar su propio cumpleaños el Día de los Tabernáculos.

Mientras los Stein se instalaban en Breslau, la ciudad capital de Silesia iniciaba el proceso de desarrollo económico e industrial que la convirtió en una de las mayores ciudades alemanas. Entre 1860 y 1900, la población se triplicó alcanzando medio millón de habitantes, de los cuales el 57 % eran protestantes, el 37,5 % católicos y el 5 % judíos. El edificio de la Ópera funcionaba desde 1841 y la ciudad florecía como centro económico e industrial en el que confluían varias líneas ferroviarias. Situada sobre las riberas del río Oder, sus numerosas islas y parques invitaban a realizar bellos paseos. También las edificaciones eran imponentes. En una de aquellas islas, entre los brazos del Oder, se sitúa la catedral, construida en el siglo X. Cerca de la Plaza del Mercado y del antiguo ayuntamiento se ubica la Iglesia de Santa Isabel, con su imponente torre. Lindante con la Plaza de la Sal (en la actualidad mercado de flores) se encuentra la Iglesia María Magdalena, que data del siglo XIII.

Los alumnos de las escuelas solían hacer excursiones en barco por el Oder hasta arribar al castillo y los jardines de Schaffgotsch. Edith, que disfrutaba especialmente los paseos por el parque Scheitniger (parque Szcytnicki), destacó la magnífica arquitectura del Jahrhunderthalle (actualmente Hala Ludowa), edificio novedoso para la época, que se inauguró en 1910, con una capacidad para albergar a diez mil personas y que contaba, se decía, con el órgano más grande del mundo.

En cuanto a la comunidad judía, entre otros centros religiosos, concurría a la Nueva Sinagoga y a la Sinagoga de la Cigüeña Blanca, diseñada por el arquitecto Carl Ferdinand Langhans (1781-1869). En la actualidad, además del Ayuntamiento gótico, emblema de la ciudad donde se ha erigido un busto de Edith Stein31, se encuentra la Universidad Federico-Guillermo, donde comenzó sus estudios superiores en momentos en que la convivencia entre polacos y alemanes no presentaba, a ojos de la familia, dificultades insalvables.

Tres generaciones después de la emancipación, y pese a la belleza de Breslau y de sus encantadores paseos, la vida de Auguste y Siegfried Stein no estuvo exenta de complicaciones. Primero se ubicaron en un pequeño departamento de la calle Kolen número 13 (actualmente Stanislawa Duboia) y alquilaron un sitio cercano con el fin de instalar el negocio de maderas. La situación económica era estrecha, el negocio familiar estaba gravado por deudas, y todo empeoró trágicamente cuando durante uno de sus viajes de negocios Siegfried sufrió una insolación en las cercanías de un molino aserradero con el que comerciaba. Por casualidad, un cartero que pasó por allí lo vio en el suelo. En un principio pensó que estaba descansando, pero al volver horas después y constatar que seguía en el mismo lugar, se acercó y comprobó que estaba muerto. Fue el 10 de julio de 1893. Edith, su hija más pequeña, tenía casi dos años.

Reunidos en consejo familiar, sus parientes aconsejaron a Auguste Stein que vendiera el negocio y comprara una casa en la que residir y con habitaciones para alquilar. Para sorpresa de todos, ella decidió continuar con la venta de maderas. Además de su aptitud para el comercio, Auguste poseía un don especial para relacionarse con la gente. Sin haber estudiado contabilidad era capaz de llevar los libros de cuentas, aunque no le gustaba el trabajo de oficina y prefería ocuparse del trato con los clientes, en su mayoría carpinteros, carreteros, artesanos y contratistas. Auguste tenía muy buen vínculo con los proveedores, fueran vendedores mayoristas o judíos polacos que trabajaban como representantes de grandes propietarios. “Mi madre”, escribió Edith Stein, “medía y ponía precio a las tablas, y si un carro tenía que ser descargado rápidamente, se encaramaba sin reparos al carromato y competía con los trabajadores empujando los pesados tablones”32. Al declarar que Auguste “ha sido siempre una alemana muy patriota”, Edith cuenta que la música de su boda se compuso con la melodía de una canción alegórica, y agrega con emoción en tiempos en que los nazis se habían hecho del poder: “Todavía hoy, no puede soportar que le quieran negar su idiosincrasia alemana”33.

BUENAS VOLUNTADES EN CONFLICTO

Joven y viuda, Auguste tuvo objetivos precisos. Debía pagar las deudas del negocio y hacerlo prosperar, también brindarles a sus hijos la mejor educación posible. Aunque cuatro de ellos fallecieron a temprana edad y la empresa no marchaba bien, no se amedrentó, sino que fue en extremo audaz y valiente. Tomó las riendas del comercio y llegó a ver que se “se las arreglaba”34 mejor que su marido. Es cierto que como materfamilias contó con el apoyo de sus hijos mayores. La muerte temprana del padre impidió que Paul, de veintiún años y que había terminado el bachillerato, ingresara a la universidad. Por falta de medios económicos debió trabajar en la empresa familiar.

Auguste pensaba que, luego de sufrir escarlatina (la causa del fallecimiento de su hija Hedwig), el carácter de Paul había cambiado sustancialmente10. Pero además de lo traumático que fue para él sobrevivir a su hermana, la vida de Paul no fue sencilla tras perder a su padre, ya que en momentos en los que el dinero escaseaba se convirtió de pronto en el hombre mayor de la familia y sintió responsabilidad por el destino de todos. Edith no parece considerar estas circunstancias cuando interpreta que Paul no prosiguió los estudios universitarios, aunque “quizás se hubiese encontrado un camino, si él hubiese insistido”35. Puede que imponerse no fuera “su estilo”. Tal vez, en su fuero íntimo sintiera algo así como la culpa del sobreviviente, tras la pérdida de sus hermanas mayores, Selma (1873-1874) y Hedwig (1877-1880), y sus hermanos, Ernst (1880-1882) y Richard (1884-1887).

Aunque Edith es siempre respetuosa con su madre y con sus ancestros, reconoce al escribir sus recuerdos que

si algo […] les sonase a mis queridos hermanos a crítica de sus debilidades, que me perdonen. No se puede contar la vida de una madre sin entrar en detalles de lo que ella vivió con sus hijos y lo que por ellos ha sufrido. Cuando, finalmente, yo misma aparezca en estas líneas, no seré conmigo misma más suave que con los demás36.

Esta última afirmación ha sido matizada por estudiosos, como Jesús Moreno Sanz, que contemplan la gran ayuda que el relato de su vida ha dado a los biógrafos, pero observa entre líneas “la carga, no siempre leve, de autojustificación, y muchas veces de un franco empeño de enaltecimiento espiritual, que tan claramente se observa en ella”37.

Lo cierto es que Paul fue recordado como un hombre tranquilo y amable, inclinado al arte, que había disfrutado trabajar en una librería, puesto que debió abandonar para ayudar a su madre en el prosaico negocio de maderas. Finalmente, como empleado bancario “desempeñó su puesto con excesiva exactitud y puntualidad, sin que tuviera el merecido reconocimiento”38. Una vez jubilado “con una modesta pensión”39, parecería “más satisfecho que en toda su vida”40. Liberado de los trabajos que no se adecuaban a su naturaleza, pudo dedicarse al arte, en compañía de su mujer, o realizar largas excursiones con sus hijos11.

Edith describe a Else con la misma precisión quirúrgica dedicada a Paul. Dice que su hermana fue una niña inteligente, que quiso ser maestra (única profesión que las jóvenes podían seguir en ese entonces). Con el apoyo de su madre, debió estudiar al mismo tiempo que se encargaba de la economía doméstica y del cuidado de los hermanos menores. El caso es que Else era rigurosa y todos sufrían su autoridad. Todos menos Edith, la más pequeña, la más mimada, que aseguró que Else solía mirar “a sus hermanos un poco desde arriba” y nunca estaba contenta en casa. Seguramente no fue fácil ocuparse de sus hermanos, de la casa y, al mismo tiempo, seguir con sus estudios.

En cuanto a su hermano Arno, encargado del negocio familiar, es retratado con un temperamento “vehemente” que ocasionó sufrimientos a la madre y, presumiblemente, a su entorno. Con el paso de los años, cuando Arno montaba en cólera era muy difícil de apaciguar, por lo que los clientes recurrían a la anciana señora, que intervenía como mediadora. Así es como Edith presenta las cosas en su autobiografía. Pero la hija de Arno, Lotte Sachs, se sintió afectada12. En tanto que otra de sus sobrinas, Anni Gordon, hija de Else, se refirió a la parcialidad del texto41, en Mi tía Edith Susanne M. Batzdorff ofreció su testimonio y el de los sobrevivientes, todos ellos impactados al leer la mencionada autobiografía. En su libro, Susanne trata de mantener un equilibrio siempre inestable entre sus propios recuerdos, el cariño a su tía, la devoción y el respeto hacia sus padres, y sus propias ideas acerca de la conversión y la conversión de Edith en particular. En cuanto a la publicación de sus recuerdos, Susanne esboza una hipótesis plausible: cree que su tía “tenía la decidida intención de volver a esta obra” para completarla, “para evaluar cuidadosamente lo que había escrito”. Y agrega: “No podemos estar seguros de que hubiera suavizado algunos de sus pasajes más problemáticos para proteger a sus implicados, pero es una posibilidad. Esto también explicaría su petición posescrita”42. En esta petición, Edith explicitó que su autobiografía no debía publicarse mientras alguno de sus hermanos siguiera con vida.

UNA MATRIARCA EN ÉPOCA PATRIARCAL

Durante su infancia, cuando vivienda y negocio eran vecinos, Edith, sus hermanos y numerosos parientes y amigos solían jugar en el almacén de maderas. Mientras fueran obedientes y no molestaran, Auguste los dejaba hacer columpios con las tablas, jugar al escondite y hacer construcciones. Los divertimentos de infancia estaban signados con la impronta ética de su madre y cómo la transmitía a los hijos. “Enemiga de la delación”, no permitía que le contaran chismes. Su trato con los obreros “era absolutamente patriarcal”43, se preocupaba por ellos y sus familias, y si alguno enfermaba lo visitaba en el hospital, encargándose personalmente de que recibiera la medicación adecuada. Edith rememora lo que sucedió cuando uno de los empleados que trabajó para ellos como portero enfermó: “Su mujer nos llamó cuando entró en agonía. Mi hermano Arno y yo estuvimos a su lado. (Los dos habíamos prestado servicio en la Cruz Roja durante la guerra). Yo le cerré los ojos”44. El retrato que hace de su madre es vívido y exaltador:

Mi madre se ha dejado llevar siempre de su gran corazón. A veces ha dado dinero a “clientes holgazanes” si los veía en necesidad. Muchas veces la han engañado y el negocio ha sufrido grandes pérdidas. A pesar de todo, seguía adelante. Mi madre lo ha atribuido siempre a la bendición de lo alto45.

…cuando yo había perdido mi fe de la infancia, me dijo en una ocasión, como una prueba de la existencia de Dios: “No puedo imaginarme que todo lo que he conseguido lo deba a mis propias fuerzas”13. Y era cierto. Pero sus cualidades naturales habían colaborado también. Un día nos visitó una antigua amiga de mi madre, y dijo: “Tengo que contarles lo que acabo de oír en el tranvía. Dos señores hablaban del negocio de maderas de Breslau, y uno de ellos decía: “¿Sabe usted quién es aquí el comerciante más hábil del ramo? Es la señora Stein…”46.

En efecto, Auguste se convirtió en una empresaria de éxito. Con algo de capital de base, buenas decisiones, honestidad y trabajo, había prosperado. Incluso fue la primera entre sus conocidos en instalar “un teléfono para su establecimiento”47. El contexto no desmiente este caso, ya que en 1910, en Alemania, 29 de los 600 primeros contribuyentes al fisco eran judíos48. Que la señora Stein fuera “el comerciante más hábil del ramo” podía interpretarse positivamente, y era un halago; pero, desde el punto de vista antisemita, a esa afirmación subyacían presupuestos negativos. Por este tipo de situaciones, al analizar el proceso de modernización de Europa, con sus crisis y tensiones, el historiador italiano Enzo Traverso ha explicado que la historia de los judíos puede leerse “como el sismógrafo de las sacudidas que han golpeado y transformado el mundo moderno”49. En el imperio prusiano esto se vio reflejado cuando, al destacar en el comercio, en las actividades culturales y, bien adaptados al mundo moderno, a la sociedad de masas y a las grandes ciudades, sectores reaccionarios de la aristocracia, y aquellos que veían con malos ojos su progreso, albergaron sentimientos antisemitas que encontraron cauce político en la década del treinta.

HERMANAS AFORTUNADAS

En tanto los hermanos mayores crecieron en tiempos de privaciones, las menores, Erna y Edith, se beneficiaron al criarse cuando el negocio materno prosperaba. Hasta entonces, si bien no habían tenido la sensación de ser pobres14, los Stein no se permitían lujos y habían mantenido “la mayor sencillez en cuanto a vivienda, alimentación y vestidos”50. Austeras como sus hermanos, las más pequeñas no compraban libros nuevos para el colegio, recibían los que ya habían usado sus parientes. Pero la madre no aceptaba exenciones en la matrícula escolar y tampoco ahorraba cuando se trataba de excursiones y colectas.

Auguste no permitía que sus hijos les faltaran el respeto a sus profesores, ni siquiera que bromearan sobre ellos, pero tampoco aceptaba que fueran tratados injustamente. Siguiendo este criterio, una vez presentó una denuncia contra una maestra que acusó a Erna de mentir. Edith insiste en los valores que imperaban en la familia: “Veíamos que nuestra madre trabajaba sin parar de la mañana a la noche, por lo que nos parecía lo más natural no manifestar ningún capricho”51. Saberse dependientes de una madre rigurosa, con altos estándares de moralidad y que día a día se sacrificaba por su familia marcó a las hermanas menores. Dice Edith: “Erna y yo […] éramos muy responsables, y antes hubiéramos hecho algo prohibido en presencia de mi madre que durante su ausencia”52.

El trabajo de Auguste era extenuante. Pasaba muchas horas al aire libre, debía viajar para buscar la mercadería que solicitaban sus clientes, tasarla, ver cómo la descargaban y cómo se preparaban los envíos. Las horas pasadas a la intemperie hicieron que llegara a la vejez “vigorosa y lozana”. Recuerda Edith que, incluso en los días más crudos del invierno, “venía a casa con las manos calientes y podía calentar las mías. Esto ha sido para mí un símbolo: que en casa toda vida y todo calor provenía de ella”53. Como destaca Moreno Sanz, desde sus primeros escritos filosóficos Stein llevó “la fenomenología a las raíces de la vida”54. Que subraye el calor como fuente de energía proveniente de su madre nos recuerda su noción de “cuerpo vivo”, que para ella es “expresión de los más íntimos sentires” y que puede provocar, a su vez, “la comprensión empática que podemos tener del otro”55. Edith escribe sus recuerdos, poco después de su curso Estructura de la persona humana, donde dice que “la principal vía de acceso al modo de ser de las personas”56 se expresa en su exterior. Así, el calor que transmitía su madre estaría asociado a su idea de que “por naturaleza estamos abiertos a los hombres”57 de forma que es factible que recibamos una fuerza vivificante irradiada por otra persona, lo que nos produce una singular alegría. Acerca de la relevancia que da a lo materno en sus escritos, en una conferencia brindada en 1932 afirmó, de acuerdo con sus “experiencias y conocimiento”: “Estoy convencida de que ningún poder natural puede compararse en su influencia con la influencia de la madre en cuanto se refiere al carácter y destino del hombre”58. Para ella, Auguste había sido fuente de irradiación de calor, de alegría, y también la había habilitado a seguir su propio camino.

La suya no fue una madre común. A diferencia de otras mujeres de la época, Auguste apenas podía ocuparse de las labores domésticas. Edith contempla el caso en sus conferencias, que siempre pueden leerse en clave autobiográfica15. Auguste tampoco podía permitirse pasar tiempo de recreación con sus hijas. Por eso, Erna y Edith sintieron mucha alegría cuando una de sus amigas les propuso hacer una excursión. Estaban ilusionadas, pero quedaron apenadas porque su compañera se olvidó de informar que las había invitado y las dejó esperando “toda la tarde, preparadas con sus vestidos de fiesta”. Al enterarse, fue recriminada por haber importunado a una mujer muy ocupada, ya que “la pobre señora Stein podía haberse ahorrado el tiempo que empleó en arreglar a las niñas”59.

En ocasiones, el agotamiento de Auguste la llevaba a decir: “Lo mejor del mundo es mi cama”60. Necesitaba tanto el descanso nocturno que estaba convencida de que “el pecado mayor” era “molestar a una persona cuando duerme”61. Uno de sus placeres era que le leyeran cuando descansaba, y como hasta los seis años Edith durmió en su habitación solía escuchar cuando sus hermanas mayores le leían en voz alta.

En la casa de los Stein, como suele suceder en las familias numerosas, los hermanos compartían habitaciones. El mejor cuarto, con escritorio, estaba reservado para Else, que solía quedarse estudiando hasta tarde. En ocasiones, alquilaban la habitación a algún estudiante. Uno de ellos, un muchacho católico, se enamoró de ella y llegaron a comprometerse, pero, recuerda Edith, la oposición de sus familias “debido a la diferencia de la fe”62 hizo que deshicieran el compromiso. Si bien no se extiende en el tema, no hace falta mucho más para imaginar la reacción familiar cuando anunció su conversión al catolicismo.

2 Como las fraternidades de las universidades los excluían, en 1886 se fundó en Breslau “Viadrina”, primera fraternidad judía. Explica S. B.: “Su principal propósito fue la defensa de los estudiantes universitarios judíos frente a los insultos y ataques humillantes” (SB, 43-4).

3 Edith Stein pudo tener en mente a las mujeres de su familia cuando escribió “Vocación del hombre y de la mujer” en 1931, donde presenta el caso ideal del hombre que habilita a su mujer a “participar en sus tareas y se deja conducir por ella” (OCIV, 289).

4 Según sostiene Hannah Arendt, Mendelssohn habría aconsejado: “Adaptaos a las costumbres y a las circunstancias del país al que os hayáis trasladado; pero permaneced siempre fieles a la religión de vuestros padres. ¡Llevad ambas cargas como podáis!” (Escritos judíos, p. 86).

5 Susanne Batzdorff recuerda: “Durante muchos años, los Courant no fueron bien vistos en Lublinitz, a causa de la postura progermana. Con el ascenso de Hitler, los judíos que habían permanecido en la ciudad fueron deportados al Este. A fines del siglo XX se descubrió en una casa, “bajo varias capas de pintura un rótulo que dice ‘S. Courant’”. La casa se restauró y allí funciona el centro Edith Stein de las ciudad de Lublinitz (ahora Lubliniec) (SB, 54).

6 Siegfried Stein fue hijo de Simon Stein y su tercera esposa, Johanna Cohn. Tenían una granja y comerciaban maderas que vendía en las minas de carbón.

7 Comentó Susanne Batzdorff: “La abuela tenía una enorme alegría de vivir, un continuo sentido del humor que la ayudó a vencer muchas penurias en su vida” (SB, 72).

8 Famoso como dramaturgo y director de comedias musicales, tuvo una “lujosa residencia” en una zona elegante de Berlín (SB, 74).

9 Hoy restaurada, es propiedad de la Sociedad Edith Stein de Wroclaw (SB, 56).

10 Paul “era un niño hermosísimo, inteligente, vivo. Más tarde se volvió silencioso, tímido, cerrado, que nunca pudo hacerse valer ni hacer valer sus cualidades” (OCI, 173-4).

11 En cuanto a su bonhomía y don de gentes, uno de los sobrinos de Paul subraya cuánto disfrutaba la literatura, la música y el teatro. También resalta sus dotes actorales: “Representaba escenas de las óperas con una persuasión gráfica y a veces aterradora. Lo más vivo en mi mente es la representación de la bruja de Hansel y Gretel, de Humperdinck…” (SB, 151). Este mismo sobrino dice que a Paul “nunca parecía preocuparle que mejoráramos nuestras ideas o maneras, ni nos empujaba hacia una posible dirección correcta como la mayoría de los otros familiares de su generación hacían incesantemente” (SB, 151).

12 Lotte, que nació en 1917, dice: “Me parece increíble que tía Edith escribiera sobre todas las debilidades de la familia de una manera tan directa; aunque el libro no fuera publicado hasta la muerte de los hermanos, nosotros, la generación siguiente, tenemos que estar sufriendo” (SB, 78). No acusa a Edith de alterar la verdad, sino de mostrar “debilidades de la familia”, cuya lectura la conmociona.

13 Durante sus Cursos antropológicos (1932-1933), en “Problemas de la formación de la mujer”, Stein hace un retrato de la mujer veterotestamentaria que se ajusta al retrato materno: “Ocupa el lugar de reina. Su tarea suprema no es solamente dar a luz a los hijos y cuidar de su progreso corporal, sino educarles en el temor del Señor” (OCIV, 513).

14 Sin embargo, dice Susanne Batzdorff: “Lo pobres que eran al principio aparece en la anécdota de la manzana” (SB,133). Auguste le dio a Erna “una manzana roja y muy grande, mandándole que la conservara hasta que sus dos hermanas mayores, Frieda y Rosa, volvieran de la escuela”. Erna no pudo resistir la tentación de comerla y fue castigada por privar a las mayores de la merienda.

15 Dice “estar-para-el-niño no implica estar-siempre-con-él” (OCIV, 376).

2
INFANCIA

LA PEQUEÑA “JITSCHL”

Su hermana Erna, que le llevaba un año y ocho meses, era más bien alta y fuerte y tenía “el rostro blanco y rosado como Blancanieves”63. En cuanto a Edith, fue una niña “pequeña y frágil” y “a pesar de todos los cuidados, pálida”64. Mediante apelativos zoológicos, los familiares apodaron a Rosa“león”, a Erna le decían “corneja”65 porque cuando se irritaba estallaba en cólera, mientras que Edith recibió el apelativo “gatito”66. Este sobrenombre pudo deberse a que sus hermanos jugaban con ella como si fuera un pequeño felino, por el color de sus ojos, o porque de pequeña no se amedrentaba y lograba mantenerse en pie durante las peleas con ellos.

También la llamaron “jitschl”67, palabra usual en regiones de la Alta Silesia polaca para nombrar a los niños. Cuando Edith fue creciendo, todos en la familia coincidieron en que Erna era “transparente como el agua clara”, mientras que ella resultaba hermética y reservada como “un libro de siete sellos”68. Aun así, durante sus primeros años, fue considerada “un azogue, viva, siempre en movimiento, de genio chispeante, ocurrente, atrevida y entrometida”. Pronto se supo que, si la contrariaban, podía ser “indomable, voluntariosa y colérica”. Para moderar sus arranques, su hermana mayor Else intentó los recursos pedagógicos que había utilizado con los otros niños. Pero, como no obtuvo buenos resultados, decidió castigarla encerrándola en un cuarto oscuro. Todo parecía inútil: Edith gritaba, pateaba la puerta, se tiraba al suelo cuando se avecinaba el peligro, se ponía rígida y era casi imposible alzarla. Una vez, en su “oscura prisión”, gritaba con todas sus fuerzas y golpeaba la puerta con sus puños. Finalmente lograba su objetivo, los vecinos oían sus gritos, todos quedaban agotados y así la liberaban del encierro69.

Edith interpreta que este comportamiento escondía un mundo interior secreto. Todo lo que veía o escuchaba “lo elaboraba por dentro” y podía tomar decisiones para toda la vida. Cierta vez, la conducta de un borracho le produjo tal impacto que la visión siguió atormentándola día y noche. Aunque en su familia nadie tenía problemas con el alcohol, nunca pudo entender que la gente “se ría de estas cosas” y siendo estudiante siempre evitó tomar “la menor gota de alcohol para no perder por propia culpa” lo que denominó su “libertad intelectual y dignidad humana”70.

Contar una vida, tarea de la biografía y de la autobiografía, no es inocuo; se parte de la idea de que la vida en cuestión merece ser contada. Edith Stein sintió la necesidad de revelar aspectos de la suya inmediatamente antes de ingresar a un convento. Todo lo que se lee en ella tiene correlato en su obra porque, como aclara Alasdair MacIntyre, la historia de su desarrollo filosófico no se puede contar “de forma inteligible si se abstrae de su vida”. Y esto es así porque “ella hizo deliberadamente que su pensamiento filosófico tuviera que ver con las prácticas de la vida cotidiana, y utilizó las experiencias proporcionadas por tales prácticas para formular problemas filosóficos y llegar a conclusiones”71.

Impresionable, sensible, empática, de niña, si en su presencia se relataba algún crimen, Edith podía permanecer en vela toda la noche, atormentada por un “miedo horroroso”72. Pero comprendió que no sacaba nada con comentar las cosas que la hacían “sufrir interiormente”, y se acostumbró a guardar estas impresiones para sí misma16, aunque a veces, sin motivo aparente, le daba fiebre “y en el delirio hablaba de lo que en el interior [la] invadía”73. Así la retrató una amiga de la niñez:

“Al que miente una vez no se le cree, aunque diga verdad”. Aún hoy oigo decir esto a la pequeña Edith, que a la sazón podía contar cuatro años, a coro con su hermana Erna […]. Esta era entonces mi amiguita predilecta. Erna y yo éramos aproximadamente de la misma edad y mirábamos con cierto desprecio a la insignificante Edith que era la “jitschel”. Ella era entonces muy pequeña, paliducha y débil, mientras que Erna y yo estábamos robustas, fuertes y muy crecidas para nuestra edad, lo que siempre oíamos como una alabanza…74.

Su hermano Paul le hacía memorizar, antes de que supiera leer, las ilustraciones de una gran historia de la literatura. También podía identificar, en un juego de naipes literario, las cuatro obras que correspondían a cada autor. Con cinco años, Edith recitaba de memoria Bertrand de Born, de L. Uhlan, y las Baladas de Schiller. De este último es la obra María Estuardo, que su hermana y su madre vieron en teatro. Esa noche, después de escuchar la historia de la reina escocesa, Edith tuvo un estado febril en el que gritó una y otra vez, con gran excitación “cortadle la cabeza a Isabel”75. Para Moreno Sanz “es la primera manifestación de las recurrentes angustias que padecerá a lo largo de su vida, a veces en el seno de profundas depresiones, y hasta 1921 con severos peligros de desequilibrios psicológicos, en los que tendrá una influencia decisiva su propia avidez intelectual”, la cual sería “dada su gran receptividad y porosidad, su propia tabla de salvación”76.

En cuanto a su actitud caprichosa, según su propio testimonio, con el paso del tiempo los berrinches quedaron atrás y se convenció a sí misma de que su madre y su hermana Frieda sabían mejor que ella lo que le convenía. En esa época decidió que “tenía que confiar en ellas y obedecerlas libremente”77. Podemos preguntarnos si habla allí la nena de siete años o la aspirante a entrar al Carmelo, alguien decidido por un camino que implica confianza y una obediencia libremente asumida. Lo que queda claro es que, desde muy pequeña, Edith tuvo como objetivo el autodominio. Ver explosiones de enojo en otras personas comenzó a darle vergüenza “y el vivísimo sentimiento de una falta de dignidad que trae ese dejarse llevar”78. No son pocas las páginas que dedica a la “dignidad” y a situaciones que a sus ojos la disminuyen, como la borrachera y los estallidos de cólera. Ser una persona digna, a eso apuntó Edith Stein durante toda su vida. Cuatrocientos años antes, Santa Teresa de Ávila tuvo una similar obsesión por la honra y por dejar en claro, frente a sus contemporáneos y en sus textos autobiográficos, no solo su propia dignidad sino la de su familia. En uno y en otro caso el contexto fue fundamental: tanto durante los años de la Inquisición como en los del Nazismo, uno de los ataques principales a la comunidad judía se centraba en la cuestión de la honra17.

Según su anecdotario, Edith registró estas cuestiones desde muy niña. Así, cuando a los siete años, en la celebración del ochenta aniversario de una pariente, participó junto con Erna de un espectáculo de danza, “protestó” cuando les informaron que las maquillarían. Y cuando la maestra de ballet, que les había enseñado danzas de la época de juventud de la homenajeada, apreciando su talento y habilidad la colocó en primera fila y luego le preguntó si quería tomar clases, Edith, que tenía otras aspiraciones, no creyó que la pregunta mereciera “una respuesta seria por [su] parte”79:

En mis sueños veía siempre ante mí un brillante porvenir. Soñaba con felicidad y gloria, pues estaba convencida de que estaba destinada a algo grande y que no pertenecía en absoluto al ambiente estrecho y burgués en el que había nacido80.

Cada vez más reservada, guardaba para sí esos anhelos, lo mismo que las angustias que la atormentaban. Debido a su “exuberante fantasía” celebró su temprana escolarización, gracias a la cual su “espíritu tan vivo recibió alimento sólido”81. Nuevamente, Edith habla de la “dignidad” al comentar que, cuando a los seis años Erna comenzó el colegio, se sintió desgraciada por no poder acompañarla. En compensación, su madre la inscribió en una guardería. El resultado, recuerda Edith, fue penoso: “Esto lo consideré muy inferior a mi dignidad. El llevarme cada mañana era una verdadera batalla. No era nada amable con mis compañeros y [era] difícil conseguir que jugase con ellos”82.

Al principio, sus hermanos se turnaban para llevarla al jardín de infantes. Todos se hacían cargo de la hermana pequeña y la mimaban mucho, algo que ella veía con naturalidad. Por eso, un día de lluvia Edith exigió y logró que su hermano Paul la alzara en brazos todo el camino. Cuando Auguste le recriminó no agradecer ese gesto, a Edith le costó decir gracias. Estaba acostumbrada a hacer lo que quería, y que Paul, casi veinte años mayor, jugara con ella, la llevara en sus espaldas por la casa y le cantara canciones estudiantiles o populares mientras ella, como si fueran riendas, se agarraba de su cabello.

Rodeada por hermanos mayores, Edith odiaba ir a la guardería. Por eso, al acercarse su sexto cumpleaños, pidió como único regalo asistir a la “escuela grande”83. Atendiendo su deseo, Else, que había sido una excelente alumna y estudió magisterio, fue a hablar con el director de la escuela Viktoria. Logró que ingresara a prueba en la mitad del ciclo lectivo. Así, el 12 de octubre de 1897, Edith se matriculó en la misma escuela que Erna, y así comenzó lo que “denominará con sorna ‘mi período ilustrado’”84. Poco después, se dirigió a la biblioteca familiar para buscar la obra María Estuardo, de Schiller, y fue a la cocina donde estaba su madre “para preguntarle si podía leer en voz alta”. Ella, “con toda seriedad”, le dijo: “Lee, pues”85. Esta no sería la única vez que su madre habilitara su camino de autosuperación.

Aunque al principio a Edith le costó escribir con tinta y le era difícil leer algunas palabras, pronto se equiparó con sus compañeras, e iniciar al colegio terminó por definir su personalidad. Fue una alumna aplicada, que solía participar en clase. Sus materias favoritas eran alemán e historia, y cuando cada año recibía los libros de esas materias, los devoraba. Además, escribir composiciones no solo le daba placer, sino que también le permitía “emplear algo de las cosas interiores”86 que la preocupaban. La escritura le permitía expresar aquello que no se atrevía a decir directamente, y de esta manera comunicarlo a sus maestros. Expresarse por escrito fue un gran y feliz descubrimiento, al punto de que se ha afirmado que “el desarrollo de su escritura y su propio modo de filosofar ulteriores tendrán mucho de infancia recuperada, de volver a ser, gozosa y beatíficamente, aquella niña…”87. Para Moreno Sanz, “a los siete años cristaliza en ella una gran transformación […] que le hace retirarse a su interior y a practicar un soberano autodominio y un rigor moral del que ya no se desprenderá nunca”88.

Enseguida empezó a molestarle que en su casa celebraran sus logros y que sus composiciones fueran materia de conversación y de lectura entre parientes y visitas. Además de su tendencia a sumergirse en su mundo interior, le molestaba que la tomaran como una curiosidad por expresarse mejor de lo que se esperaba a su edad. En cambio, sus maestros la consideraban sin hacer grandes demostraciones: “Quizá dijese en las clases algunas cosas que la mayoría de mis compañeras no entendían. Yo no lo hacía notar, y tampoco los maestros lo daban a entender más que distinguiéndome con buenas notas”89.

Ya por entonces, aunque Erna y Edith se consideraban “gemelas”90, iban juntas a todas partes, tenían amigas comunes y leían los mismos libros, las diferencias de carácter eran notorias. Else lo dejó en evidencia91 al relatar que un día, muy nerviosa porque debía rendir los exigentes exámenes de magisterio, se le escapó “decir ante las pequeñas: ‘Si no apruebo, me tiro al río Oder’”. Cuando muy avanzada la noche regresó a su casa, comprobó que mientras que Erna dormía profundamente, Edith la esperaba desvelada. Además, cuando Auguste, a modo de broma, afirmó que Else había sido “suspendida”, Edith corrió a abrazar a su hermana mayor al tiempo que le rogaba que no se tirase “al Oder”. Con más sentido común, cuando despertaron a Erna e intentaron hacerle la misma broma, aún medio dormida, exclamó: “¡Para quien se lo crea!”92.

Otro rasgo que las diferenciaba es que, aun siendo muy buena alumna, Erna se conformaba con libros sencillos y amenos. Más tarde, cuando influida por la decisión de alguna amiga expresó el deseo de pasar al instituto femenino, no tenía en claro cuál sería su profesión. Por su parte, con apenas seis años, cuando su hermana mayor terminaba el magisterio, Edith anunció que también sería maestra. Probablemente esta decisión se relaciona con que, una vez escolarizada, no tardó en descubrir que se encontraba más a gusto en la escuela que en su casa93.

Una casa, sin embargo, muy animada. Al menos así lo recuerda una pariente:

Entre todos nuestros amigos se extendió la historia de que “En ningún otro lugar te lo pasas tan bien jugando como en los Stein” […]. Encontrábamos fascinante el entorno del aserradero. En medio del piso superior, un artificio movía los troncos de madera a través de una máquina, cortándolos a lo largo en diferentes dimensiones. Los niños encontrábamos divertido sentarnos en los extremos de los troncos y montarnos en ellos. Te podías imaginar viajando a cualquier lugar. El sonido de la sierra todavía resuena en mis oídos, y el olor del serrín es inolvidable…94.

LA MEJOR ALUMNA

Durante esos años, además de esforzarse por ser una buena compañera, Edith era una excelente estudiante y solía recibir el premio a la mejor alumna de su clase de manos del director del colegio. Cuando era premiada tenía sentimientos encontrados debido a que, aunque valoraba mucho ese reconocimiento, “era siempre para mí un momento muy desagradable el tener que atravesar la clase entre las dos filas apretadas de alumnas para llegar a la presidencia, donde estaban sentados la totalidad de los profesores. Todos los ojos, desde delante y desde atrás, miraban en la misma dirección, mientras el director pronunciaba unas cordiales palabras”95. En esas ocasiones, hermanas, primas y amigas la saludaban con orgullo. Luego, de regreso en su hogar recibía la felicitación del resto de la familia. Pero Edith asegura que no le gustaba “que se hiciera tanto ruido” y que se comentasen sus éxitos “con todos los parientes y conocidos”96.

Décadas después, una condiscípula de la escuela Viktoria aseguró que Erna y Edith “parecían ya entonces de un natural muy dominador. Principalmente el carácter de Edith se [había desarrollado] entretanto muy claramente”97. Pese a ser la menor la consideraron “la más sensata”. En cuanto a su carácter, la misma amiga cuenta:

Se la quería, pero esto desarrolló en ella un orgullo indomable, cuya tensión se deshacía en lágrimas de rabia cuando no alcanzaba lo que deseaba. No le gustaba nada el no aparecer como la mejor y la más hábil. Y, sin embargo, en buena parte, tenían las hermanas la culpa, ya que hicieron de ella una especie de ídolo al cual adoraban98.

Es comprensible que sus hermanos mayores, que debieron suspender sus estudios por ayudar a su madre, o porque la enseñanza superior todavía no estaba habilitada para las mujeres, proyectaran en Edith sus deseos y aspiraciones. Else llegó a decir, refiriéndose a su hermanita menor: “Nos queríamos terriblemente, siendo ella de todas las hermanas la que más se me parecía”99. Frente a expectativas tan altas, con una autoexigencia que no le iba a la saga, Edith desplegaba su inteligencia y actitud para el estudio. Pero una anécdota brindada por su compañera de banco de la escuela Viktoria presenta una faceta menos rígida y evidencia que también podía actuar con picardía. Su amiga relata:

Mientras que yo tenía disposición para las cuentas y para las otras ciencias […] y era negada para las lenguas, a ella le pasaba al revés. De aquí surgió espontáneamente una especie de colaboración (no permitida) en nuestros trabajos, en la que una soplaba a la otra. Preferentemente se copiaba lo que una misma no sabía. Y nos complementábamos mutuamente de manera encantadora100.

En todos los casos, aquellos que la conocieron coinciden al señalar que fue una nena juiciosa y sensata. Pero, además, en su afán de honestidad, podía llegar a tomarse muy en serio cualquier actividad. Hasta en los juegos de prendas, comunes en las fiestas familiares, sentía que debía responder “con honor y conciencia” las preguntas preparadas por los participantes. Las favoritas, y las que más se repetían, eran a cuál hermano quería más o a cuál de ellos quería parecerse. Sobre esta costumbre, Edith aventuró una interpretación: “Se pretendía entrar en el secreto del corazón humano y aquí estaba el valor de este juego infantil. Sí, ciertamente, algunas veces la pregunta era difícil de responder, sin embargo, se sentía uno elevado en esa bajada a la propia profundidad”101. Edith también participaba de juegos de ingenio18. Otro de los divertimentos, al final de las reuniones familiares, consistía en reunirse a contar historias “horripilantes”102. Consustanciada con el rol de narradora, Edith se sentía feliz si conseguía entusiasmar a los demás con sus historias o con las pequeñas obritas que escribía para representar en familia.

Era un grupo extenso, ya que además de amigos cercanos, los hermanos Stein tenían gran cantidad de parientes. Durante mucho tiempo Edith y Erna tuvieron como compañía de juegos a dos primos gemelos, Hans y Franz Horowitz, con quienes se visitaban asiduamente. Mientras que Hans, “más impulsivo y agudo”, prefería a Erna19, Franz era “más serio y reflexivo”103 y tenía predilección por Edith. Los muchachos, que eran buenos músicos, pasaban muchas horas al piano y tenían paciencia cuando ellas intentaban tocar a cuatro manos.

Así como deseaba obtener iguales derechos que los varones, Edith descubrió que no le gustaba realizar las tareas de la casa, limpiar el polvo o secar los platos. También comprobó que cuanto más le exigían sus estudios, más la liberaban de las cargas domésticas. Pero, aunque en su momento lo disfrutó, al recordar etapas en las que siendo estudiante y profesora vivió sola, y pensando seguramente en las exigencias monásticas, en sus memorias reconoce: “[Esto no supuso] una ventaja, pues se cae en una formación unilateral que más tarde he tenido que lamentar”104.

“LAS GRANDES FIESTAS JUDÍAS”

Pésaj, Año Nuevo y Día de la Reconciliación (o Día del Perdón) eran celebraciones que Auguste Stein respetaba a conciencia. La mayoría de los cristianos de su tiempo desconocían que la festividad de Pésaj evoca la salida de los hijos de Israel de Egipto. Tal vez por eso Edith debió explicar que Pésaj “se celebra tal y como la celebró el Señor con sus discípulos cuando instituyó el sagrado sacramento del altar y se despidió de ellos”105. Durante el Pésaj se come pan sin levadura, y también hierbas amargas que recuerdan la congoja del destierro, además se bendice el vino y se lee el relato de la liberación de la esclavitud de los judíos de Egipto. Con ánimo comparatista, Edith Stein intentó mostrar similitudes entre la celebración de Pésaj y la misa, dado que en ambas se parte el pan y se bendice el vino.

Durante las celebraciones, las familias judías de Breslau solían encargar a grandes panaderías el “matzá”, un pan elaborado con instrucciones específicas y bajo la vigilancia de los rabinos. Con detalle Edith rememora:

El día de preparación anterior a la fiesta toda la casa está levantada. Se aparta todo lo fermentado, se reúnen los restos de pan y se queman. Y no es esto todo, pues la vajilla misma es llevada al desván o al sótano, y se trae otra que estaba todo el año guardada y que en este día debía ser limpiada con todo cuidado. (Durante mi infancia todo esto se mantuvo así en la familia; más tarde, sin embargo, los hermanos mayores de mi madre, un tanto liberales, “recortaron” algunas cosas). Las mujeres tienen mucho que hacer en el día de la preparación, sintiéndose felices cuando llega la noche y con ella comienza por fin la fiesta. (La fiesta judía comienza la víspera por la tarde cuando aparece la primera estrella en el cielo)106.

En casa de los Stein la celebración duraba una semana, lo que resultaba excesivo para los más chicos que, luego de disfrutar la novedad, extrañaban sus costumbres del resto del año, y celebraban como “una nueva fiesta la reaparición en la mesa del pan untado de mantequilla de nuevo”107. Edith también informa a sus lectores que durante la tarde del Séder es costumbre que el hijo menor haga una serie de preguntas rituales a los mayores. Al ser la menor de los hermanos, ese lugar le estaba destinado. Más adelante, y seguramente aún más luego de su conversión, sintió alivio al verse relevada de la tarea por sus sobrinos, primos y sobrinas más jóvenes. Con el paso del tiempo sentiría que “la celebración de la fiesta tenía algo doloroso”, debido a que solo participaban en ella con devoción su madre y los niños pequeños108. Según parece, no era la única que experimentaba estos sentimientos:

Los hermanos, que debían hacer las oraciones en lugar del padre muerto, las hacían de manera poco digna. Si no se encontraba presente el mayor y el más joven asumía el papel de cabeza de familia, se notaba con demasiada claridad que interiormente se reía de todo esto109.

¿Percibía Auguste Stein estas actitudes? Una de sus nietas, Ilse Gordon, aclaró: “Es verdad que mis padres no asistían a la sinagoga y no observaban en casa los ritos tradicionales de la religión judía, ni educaron a sus hijos de acuerdo con ellos”110. Esto convalida lo señalado por Edith al tiempo que muestra que, tras la emancipación, la tercera generación de su familia se había asimilado casi completamente. La mayoría de ellos solo asistía o participaba de los rituales religiosos de Auguste, la matriarca que había procurado el bienestar de todos. Solo cuando los nazis subieron al poder y decretaron la expulsión de los judíos de todos los cargos públicos la situación cambió radicalmente, y los jóvenes sintieron la necesidad de reconectarse con las tradiciones judías.

Esa fue la experiencia de Susanne Batzdorff, quien en su adolescencia solía acompañar a Auguste a la “Nueva Sinagoga” que, construida por el arquitecto Edwin Oppler, había sido diseñada en un estilo de acuerdo con una máxima que expresaba la convicción de los judíos prusianos emancipados: “The German Jew in German State has to built in a German Style”111. Inaugurada en 1872, se trataba de una construcción magnífica que en tamaño y belleza era considerada la sinagoga más importante después de la de la calle Oranienburger, de Berlín. Mientras que la “Sinagoga de la cigüeña” fue utilizada más tarde por los judíos ortodoxos, la “Nueva Sinagoga”, elegida por los liberales, fue destruida “durante la infame masacre” del 9 y 10 de noviembre de 1938. Durante los años veinte y treinta su rabino fue Hermann Vogelstein, que impresionó a Hannah Arendt de pequeña, quien al escucharlo hablar le dijo a su madre que se casaría con él20.

Los que frecuentaban la “Nueva Sinagoga” recuerdan que se constituyó en “un centro de vida judía y un punto de encuentro para la comunidad”112. Auguste Stein tenía un sitio “en la parte trasera del mirador de mujeres”113. Una de sus nietas se preguntaba por qué “había elegido un asiento desde el que apenas se podía ver”114 a los oficiantes. Tal vez fuera un signo de modestia. La misma nieta informa: “Como una extraña mezcla de prácticas ortodoxas, conservadoras y reformadas”, hombres y mujeres se sentaban separados, la ceremonia era “en su mayor parte en hebreo, y solo algunas oraciones se recitaban en el alemán nativo, y el sermón del rabí también era en alemán”115.

Aunque estuvieran distanciados de sus ideas religiosas y no compartieran la piedad materna, los hijos obedecían a Auguste, para quien era “sagrado” que asistieran a la sinagoga el Día de los Difuntos para recordar a su padre116. En esa fecha, recuerda Edith, “día y noche lucían en casa dos grandes y gruesos cirios en recuerdo de nuestros muertos”117. La devoción de Auguste se arraigaba en usanzas ancestrales ya que, por ejemplo, seguía la costumbre de sus mayores de nunca comer uvas ni miel antes de principios de año. Asimismo, como en casa de sus padres, durante el Séder de Pascua, a la hora indicada encendía las velas del tradicional candelabro de plata y hacía sus oraciones; también asistía a la sinagoga, todas actividades piadosas que sus hijos no compartían con la misma intensidad.

Que las memorias de Edith no estuvieron destinadas solo a lectores judíos es evidente cuando explica que “el judaísmo tiene una liturgia desarrollada”118. Y que de esta liturgia, compuesta por salmos y lecturas bíblicas, “ha surgido la liturgia de la Iglesia”119. Aunque siempre debe considerarse el notable esfuerzo realizado para reconciliar a lectores cristianos con la tradición judía precedente, también hay que resaltar que no menciona las importantes instituciones judías de Breslau. Por eso, personalidades relevantes de la comunidad judía liberal, como el rabino Hermann Vögelstein, no aparecen en su relato.

Vögelstein fue una personalidad singular y carismática que, como se dijo, conoció a la familia de Hannah Arendt21. Edith tampoco alude a las divisiones entre judíos ortodoxos y judíos liberales palpables desde la emancipación hasta la Primera Guerra Mundial. Una idea de estas tensiones las brinda el escritor polaco Isaac Bashevis Singer en El mago de Lublin. Allí, escenifica lo que podría haber sentido un judío polaco que, por su profesión de mago itinerante, se siente dividido entre el respeto por la tradición y los fulgores de la modernidad:

Desde la niñez, había estado rodeado de gente religiosa. Incluso Esther [su mujer] mantenía un hogar judío y su cocina era perfectamente kosher. Semejante progenie quizá fuera excesivamente asiática, como aseguraban los judíos ilustrados, pero, por lo menos, tenían una fe, un hogar espiritual, una Historia y una esperanza. […] Por su parte, ¿qué tienen los judíos asimilados? Nada propio. En un lugar, hablan en polaco; en otro, en alemán, y hasta en ruso y en francés.120

Edith no dice haber sufrido en la infancia incidentes antisemitas. Pudo haber evitado esos temas dado el contexto histórico de la escritura de sus memorias. Siempre nos quedará la duda de cuánto las hubiera modificado de haber sobrevivido. Por eso, resultan ilustrativos testimonios como los de Hannah Arendt, que en una entrevista televisada en 1964 pudo hablar francamente del tema:

Yo procedía de una familia antigua de Königsberg (los Arendt). Pero la palabra “judío” nunca fue mencionada en casa. La conocí por primera vez —aunque realmente apenas si vale la pena relatarlo— en las observaciones antisemitas de los niños cuando jugábamos en las calles. […] Cuando mis maestros lanzaban observaciones antisemitas —generalmente no dirigidas a mí, sino a mis compañeros judíos, particularmente a los del este22— yo tenía instrucciones de levantarme, abandonar el aula, marcharme a casa y contar exactamente lo que había pasado. Mi madre entonces escribía una de sus muchas cartas y con ello concluía mi participación en el asunto. […] Si los comentarios venían de otros niños, mi proceder tenía que ser otro. Quedarme y defenderme de esas observaciones121.

Desconocemos si Edith Stein vivió una década antes experiencias similares. Volviendo a su ciudad natal, se sabe que gracias al legado de Jonas Fraenkel, un hombre que había nacido en la pobreza y que llegó a ser un importante banquero, desde 1846 funcionaba en Breslau el primer seminario rabínico de Alemania. Asimismo, se creó la Fundación Fraenkel, que ayudó a fundar el Hospital Judío y otras instituciones, como orfanatos, hogares y albergues para desamparados23. Hasta 1938, cuando tras la noche de los cristales rotos el seminario debió cerrar sus puertas, se formaron allí más de setecientos estudiantes. Llegar a ser rabino implicaba estudiar exhaustivamente durante siete años, en tanto que la carrera de maestro se cursaba en tres. Erika, sobrina de Edith que desde muy joven sufrió en carne propia el fracaso de la asimilación, tomó cursos allí. Y fue justamente en la sinagoga del seminario rabínico donde, como veremos, en 1933 Edith comenzó una conversación con su madre explicándole sus razones para ingresar al Carmelo.

LA FIESTA MÁS SOLEMNE

El Yom Kipur, Día del Perdón o de la Reconciliación, es un momento de gran introspección para los observantes. Edith la denominó “la fiesta más solemne” del judaísmo. Según explica, era

el día en que antiguamente el sumo sacerdote entraba en el sancta sanctorum, y ofrecía por sí mismo y por todo el pueblo el sacrificio de la reconciliación, presentando el chivo expiatorio que carga con los pecados de todo el pueblo, siendo enviado al desierto. Todo esto ya no se hace, pero todavía hoy ese día se celebra con oraciones y ayunos, y el que conserva aún algo de espíritu judaico visita el “templo” ese día122.

Por haber “nacido el día de la Reconciliación”, esa fecha tenía para ella y su madre una significación especial. Y aunque Edith recibía por parte de amigos y familia felicitaciones y regalos el 12 de octubre, comenta al recordar la vida de Auguste: “Y porque nuestro destino está especialmente entrelazado, me ha parecido mejor, en esta semblanza de mi madre, hablar más de mi propia evolución que de la de mis hermanos”123. En cuanto al Día del Perdón, o de la Reconciliación, así sucedía en su familia:

En la víspera se debía cenar siendo todavía de día, pues al aparecer la primera estrella, comenzaba el oficio en la sinagoga. Esa noche no iba sola mi madre, sino que la acompañaban mis hermanas mayores, e incluso los hermanos consideraban un deber honroso el no faltar. Las viejas melodías solemnes de esa tarde atraían incluso a los pertenecientes a otras creencias. A la mañana siguiente mi madre se levantaba un poco más tarde de lo acostumbrado (normalmente se levanta todavía hoy a las cinco y media) y, aun así, era la primera de todos. Recorría las camas de todos, quienes la despedían cariñosamente, pues permanecía en la sinagoga todo el día. Nosotros nos quedábamos lo más posible en la cama (ya que en este día se nos permitía leer en la cama); nuestra hermana Frieda no se levantaba en todo el día, pues de lo contrario no podía soportar el ayuno124.

Pensemos en Auguste cuando, en 1933, se entera de que Edith, su hija “tan querida”, “su hija más pequeña”, alejándose completamente de las tradiciones familiares anuncia que dará un vuelco completo a su vida. La hija a la que “le gustaba más esa fiesta que todas las demás”, la que sentía predilección por este día de expiación, en el que se ayunaban veinticuatro horas, elegía diferenciarse y abandonar para siempre la religión de su familia. El impacto fue enorme. Por parte de Edith, la decisión implicaba también una pregunta: ¿cómo seguir, de todas maneras, en conexión con los suyos? En 1933, antes de dejar su ciudad natal, el Día de la Reconciliación Edith observó el ayuno, hábito que había iniciado a los trece años. Una costumbre que su madre seguía a consciencia125. Pero la distancia generacional entre madre e hijos adquirió ribetes especiales, como ella misma confesaría:

A pesar de esta unión tan íntima no fue mi madre mi confidente —tan poco como cualquier otro. Desde mi más tierna infancia llevé una curiosa doble vida, ofreciendo a los observadores externos unos cambios incomprensibles así como súbitas transformaciones126.

PREOCUPACIONES Y DESAVENENCIAS FAMILIARES

El manuscrito de la autobiografía de Edith Stein, que se encuentra en el Archivo del Carmelo de Colonia, contiene 1070 hojas autógrafas paginadas por la autora; pero no están completas. Faltan treinta y cuatro páginas (162-190, 220- 224) y no se conoce el motivo de esa ausencia. Sí de las dificultades que pasaron las carmelitas para esconder los manuscritos de los nazis y decidir qué hacer con ellos, a las que nos referiremos oportunamente.

Como con las memorias de Thérèse de Lisieux, este tipo de situaciones se repiten en muchas autobiografías de mujeres, sean o no religiosas. Pérdidas, sustracciones, censuras más o menos veladas de los que tienen en su poder los manuscritos antes de su publicación son moneda corriente. Lo cierto es que se interrumpe el manuscrito de Edith en una página con anécdotas del colegio, con lo que se produce un salto que lleva al punto dos de la segunda parte: “Preocupaciones y desavenencias familiares”. Aquí, ella abandona el tema del colegio y se lanza de lleno a relatar sucesos que la conmovieron especialmente.

Uno de ellos, un acontecimiento muy traumático, se dio cuando Edith tenía diez años y supo que un tío suyo, Jakob Burchard, casado con Cilla (Cecilia), una hermana de su madre, se había suicidado. Había sido un tío cariñoso y muy querido por la familia, y todos se sintieron muy afectados por su muerte. Participar del del velatorio y del entierro conmocionó a Edith, quien explica que en la tradición judía, durante la oración fúnebre, el rabino hace un resumen de la vida del muerto y destaca las cosas buenas que hizo. Ya asumida en la fe católica, Edith presume que ese tipo de relato aviva el dolor de la familia “sin obtener consuelo alguno”. Interpreta que sucede porque, detrás de las palabras, “si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio”, no subyace una “fe en una pervivencia personal y en un volver a encontrarse tras la muerte”24 127. A continuación, compara esa experiencia con la primera vez que asistió a un culto funerario católico: “Se trataba del entierro de un sabio famoso; pero nada se dijo de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba a la misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila. Ciertamente, ¡qué consoladoras y serenantes eran las palabras de la liturgia que acompañaban al muerto a la eternidad!”128. Poco después del suicidio de su tío materno, también ocurrió el de un hermano de su padre que manejaba el negocio de los abuelos en Gleiwitz. Edith explica que los dos tomaron esa decisión acuciados por problemas económicos que se sentían incapacitados de resolver. No resulta extraño que evoque estas situaciones luego de 1933. Ni que explique que “la lucha económica contra los judíos” produjo “de golpe tantas ruinas, [y] ha sido también la causa de un espantoso número de suicidios”129. Por haber vivido en los dos mundos, el judío y el católico, Edith aventura una explicación a la ola de suicidios:

Creo que hay una relación entre la incapacidad de mirar con ojos serenos y aceptar el hecho de la ruina de la vida externa, con una concepción pobre sobre la vida eterna. La pervivencia personal del alma tras la muerte no es un dogma de fe. Todo el anhelo se centra en el aquí. Incluso la piedad de los devotos está dirigida hacia la santificación de esta vida. El judío es capaz de ser tenaz, esforzado e incansable; soportar privaciones año tras año, pero en tanto en cuanto tenga la meta ante los ojos; pero si se le quita esto, su capacidad de tensión se rompe; la vida se le aparece como carente de sentido y con gran facilidad llega al rechazo de todo. Sin embargo, para el verdadero creyente, la sumisión ante la voluntad de Dios lo retiene ante ello130.

Ese sería el caso de su madre, que, “con su inquebrantable lozanía de vida”, pensaba que la decisión de sus tíos solo podía explicarse “por una perturbación mental”131. Al analizar cómo Edith Stein interpreta el rito funerario judío y las “olas de suicidios”, Moreno Sanz retoma lo que dice su sobrina en Mi tía Edith, que sostiene que desconocía profundamente el judaísmo y tenía “muchos prejuicios”132 de los que nunca logró liberarse, y así proyectó en su autobiografía, en los recuerdos de la niña que fue, la mirada de la adulta. Por su parte, en el prólogo del mencionado libro, Eugen Fisher, secretario de asuntos ecuménicos e interreligiosos de la Conferencia Nacional de Obispos (USA), se ve en la obligación de recordar que, cuando Edith Stein se incorporó al catolicismo, en la liturgia del Viernes Santo se pedía por la conversión de los “pérfidos judíos” (así se había traducido del latin perfideles: “creyentes a medias”). Tras la Segunda Guerra Mundial, el papa Pío XII hizo que se cambiase el término por “infieles”, pero recién el papa Juan XXIII, “de feliz memoria”, suprimió la confusa traducción de perfideles definitivamente. Luego, con la reforma de la liturgia “emprendida por el papa Pablo VI siguiendo el mandato del Concilio Vaticano II, la antigua plegaria fue reescrita y privada de toda referencia a la conversión”133. Vale aún una aclaración. Ante las comunidades judías de Colonia, Alemania, poco antes de la beatificación de Edith Stein, el papa Juan Pablo II “manifestó el reconocimiento” hacia ella, pero también “por el hecho de que el pueblo judío, gracias a su propia fe, continúe dando testimonio vivo de la revelación divina que se le otorgó como pueblo de Dios”, y atacó la antigua “enseñanza del desprecio”134 que tantos males causó por siglos y siglos25. En lo que respecta a Edith Stein y sus afirmaciones sobre la piedad judía, basadas en sus propios prejuicios y en la liturgia católica de su época, todavía abogaba por la conversión de los judíos, cuestión que se ve contrarrestada en sus escritos pedagógicos y antropológicos, en los que se filtra un espíritu ecuménico mucho más abierto y conciliador.

En cuanto a la moral de su madre, Edith resalta que solía abrir las puertas de su casa y recibir a las familias en apuros y a los huérfanos cada vez que lo necesitaban. Auguste protegió a los hijos de su hermano Siegmund, considerado una “oveja negra”135 porque, aunque brillante y bonachón, era propenso al despilfarro. De sus tres hijos, el menor era el preferido de Auguste. Pero fue el hermano del medio el que, abrazándola, un día le preguntó por qué su madre no se le parecía. El mayor, Richard Courant, fue el que más sufrió la dinámica familiar. A Edith le parecía un signo de buena fe que, consciente de la poca solidez de su padre, “por nada se dejó desviar de su amor filial”136.

Aunque era brillante, por ser judío Richard Courant debió dar una dura batalla para conseguir un puesto universitario. Estas situaciones eran corrientes. Algo similar le sucedió a Else, que luego de titularse como maestra solo pudo ejercer como profesora particular ya que conseguir un puesto en una escuela “era casi imposible en Prusia para una judía”137. Más o menos por entonces, otro acontecimiento perturbó la vida familiar. La elección matrimonial de Paul disgustó a Auguste y le trajo varios sinsabores. Edith fue testigo de que, después de años de intentar su aprobación, Paul se comprometió en secreto contra la voluntad materna, y terminó fugándose de su casa26. Cuando finalmente, y luego de mediaciones de familiares, volvió al hogar y se realizó la boda, las relaciones entre suegra y nuera nunca fueron cordiales. Siempre partidaria de los juicios de su madre, en su autobiografía Edith también es crítica con su cuñada.

Entre tanto, aconsejada por una amiga, Else consiguió trabajo en Hamburgo, una ciudad grande y cosmopolita donde poco después se encontró con Max Gordon, un primo de su madre, que era médico y que le llevaba nueve años. En septiembre de 1903, la familia supo que él y Else se habían comprometido. Para Erna y Edith, el casamiento debió de ser un suceso memorable. Ambos esposos se consideraban “ateos del todo” y Auguste debió aceptar con dolor que no celebraran una boda religiosa27. Además, como a Max Gordon no le gustaba viajar, la boda se realizó en Hamburgo. Al año siguiente, mientras cursaba el primer embarazo, Else dijo que extrañaba a sus hermanas pequeñas, que entonces fueron a visitarla. Fue “un gran acontecimiento”, ya que nunca habían viajado tan lejos138.

Pero lo peor estaba por venir. Aunque para Else “no había nada superior”139 a la visita de su madre, cuando Auguste la visitaba en Hamburgo las dos discutían constantemente cuando esta pretendía influir en la dirección de la casa y en cómo tenía que conducirse con su marido y sus hijos. Las visitas de Else a Breslau eran casi peores, “porque entonces arremetía contra una falange cerrada”140. Aliada incondicional de su madre, Edith interpreta el carácter de sus hermanos al señalar sus lados luminosos y los que considera en sombras. Asegura que Rosa tenía carácter fuerte, como Arno, y que los dos se criticaban uno al otro sin darse cuenta de lo similares que eran. Pero “la natural vehemencia de Rosa”, decía Edith, “estaba reforzada por una gran excitabilidad, debida a que se sentía insatisfecha”141. El caso es que después del fracaso matrimonial de Frieda, que se había casado con un viudo del que se separó luego de tener una hija, Rosa desestimó cualquier sugerencia de casarse y se dedicó a las tareas domésticas en la casa familiar. Lamentaba no ser allí la jefa indiscutida y estar supeditada a su madre y hermanas, cada una con sus “peculiares deseos, que había que respetar, aunque frecuentemente, y con palabras airadas, [ella] llevaba la contraria”142. Rosa pensaba que subestimaban su trabajo y anhelaba algo diferente, pero “no tenía la suficiente iniciativa y energía para llevar a cabo sus planes profesionales ante la resistencia familiar”143. Por todo esto, la convivencia en la casa materna se hacía difícil. Rosa trataba de hacer valer su trabajo ante Frieda y Auguste, que pasaban gran parte del día en el negocio de madera, y sin embargo la ayudaban en la casa antes de ir a trabajar y a su regreso.

Por su parte, Auguste creía que por la cercanía de edad sus hijas debían llevarse bien, y sufría cuando Rosa quería diferenciarse de Frieda, dormir en un cuarto separado o tener sus propias amigas. “Todos estos pequeños gustos, tan comprensibles por otra parte —explica Edith—, provocaban choques, porque los expresaba con palabras bruscas. A mí me concedían cosas semejantes con la mayor naturalidad, sin que tuviese que emplear muchas palabras”144. “Mi hermana”, escribió Edith, “quería ser sincera, naturalmente, pero hablaba solo de lo que ella sufría y no se le pasaba por la imaginación decir también lo que los demás habían de sufrir por su causa”. Edith se vio en la necesidad de hablar con ella y hacer “algunas rectificaciones, reconociendo, no obstante, los diarios sacrificios de Rosa”145.

En los recuerdos de Edith su hermana Rosa merece particular atención. De pequeña, sin destacar como estudiante, al “león” le encantaba juntarse con los chicos revoltosos del vecindario, tocar timbres y hacer travesuras. Según parece, tendía a idealizar personas o personajes, a constituirlos en ídolos que luego se desmoronaban a sus pies. Era apasionada cuando se aferraba a ideas que defendía con la misma exaltación que a sus seres queridos. Siempre apegada a su familia, Rosa acompañó a su madre hasta el final de su vida, para luego seguir a su hermana Edith al Carmelo de Colonia. Lejos de imaginar que marcharían juntas al campo de concentración donde serían asesinadas, en sus memorias Edith escribió: “Yo he experimentado su leal amor de hermana durante toda mi vida”146.

Mucho antes, cuando los conflictos familiares alteraban la paz doméstica, en sus tiempos de estudiante Edith “soñaba con una casa ideal” y se veía viviendo en ella con su madre y con Erna, las tres solas147. Pese al afecto maternal que le profesaban sus hermanas mayores, eran grandes las diferencias entre sus exigidas vidas domésticas y las ventajas que ella y Erna tuvieron al estudiar y tener amistades propias. Con el tiempo, cuando Edith se marchó de Breslau, Frieda se ocuparía de pasar sus grandes trabajos a máquina, mientras que Rosa entabló amistad con sus amigas, teniéndolas al tanto de su vida. Según sus sobrinos, el carácter de Rosa fue dulcificándose con los años. Para Lotte, que nació en 1917, había sido una tía “muy criticona”148, en tanto que Susanne, que nació en 1921 y creció en tiempos de la conversión de Rosa al catolicismo, aseguró que ella y su hermano eran sus “consentidos”: “Nuestra primera parada era en la gran cocina, donde tía Rosa estaba ocupada cocinando o cociendo en el horno y casi siempre tenía algún bocado sabroso para nosotros”149. En numerosas biografías y estudios sobre las memorias de Edith Stein, lo mismo que en el libro Mi tía Edith, se sostiene que, al hablar de su familia, Edith no se posiciona como una observadora distante: está comprometida con lo que relata, infiere, sopesa, juzga y, a pesar de todo, intenta ser benevolente. En estos relatos, solo la madre parece intachable y se deja entrever cómo Auguste supo depender de Edith, que resultaba muy buena mediadora, y comenzó a recurrir a ella cuando quería que intercediera ante Rosa o sus otros hijos.

Según parece, Edith aceptaba el rol como un deber ineludible. Por eso, en su momento, supo convencer a su hermana de celebrar en la casa familiar las bodas de plata de su hermano mayor, que tenía una vivienda pequeña y descuidada. Cuando se trataba de convencer a los suyos, Edith siempre lograba su objetivo.

16 Mac Intyre agrega que para “comprender” la filosofía de Edith Stein es fundamental describir “las etapas por las que pasaron su vida y pensamiento” (MacIntyre, 25). Por su parte, Moreno Sanz distingue una primera etapa (1891-1911) signada por “singulares crisis infantiles que la retrajeron a su interioridad y la marcaron por vida como reservada y prudente, pero también sumamente obstinada en sus propósitos” (MS, 30-31).

17 En su edición de Libro de la vida, dice Dámaso Chicharro: “Se entendía la honra como un reflejo de la opinión y no como posesión basada en valores estables”. También agrega: “Teresa había tenido que soportar el sentirse señalada como cristiana no limpia, lo cual explica buena parte de su filosofía de la vida”. “El comprobar ascendencia hebrea, aunque fuese en la quinta generación, era la mayor infamia” (LDV, 21-2).

18 Una de sus compañeras recordó: “La lotería era nuestro juego preferido. Edith prefería más aquello donde brillase su gloria: ‘¿Cómo? ¿Por qué?’, como acertijos y cosa parecida” (Posselt, 19). Cuando aún no sabía leer aprendía de memoria las respuestas. A su hermana Else la “llenaba de indignación que algunas la tuvieran por petulante” (Posselt, 22).

19 La hija de Erna lo describió como “uno de los primeros pretendientes de mi madre, que quizá aún esté enamorado de ella” (SB, 93).

20 Hermann Vogelstein (1870-1942), rabino liberal en Königsberg, estuvo allí desde 1897 hasta 1920 cuando se trasladó a Breslau. Solía visitar a los Arendt y brindó a Hannah educación religiosa (Young-Buehl, 72).

21 La llegada de Vögelstein a Breslau coincidió con el período en el que, concluida su formación universitaria, Edith Stein transitaba el camino de la conversión.

22 Los prejuicios contra los judíos del este merecen aclaración. León Poliakov calificó de “odio a sí mismo” al sentimiento del judío asimilado “que, a su vez, se proyecta

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