El dilema de las dos bicis
Mallorca, miércoles 29 de enero de 2025.
Voy hacia la casa de Lionel Scaloni, en Bunyola, una localidad montañosa ubicada en el norte de la isla, a unos 25 minutos en auto de Palma.
Me bajo del Uber sin terminar de detectar cuál es la casa, tampoco hay vecinos para preguntar. Cuando estoy por escribirle vía WhatsApp, escucho un “acá, Diego”. El DT, siempre alerta, acaba de asomarse y levanta su mano a unos 30 metros. Una perra, labrador negro, aprovecha que se abre la puerta para salir a la calle. “India, adentro”, le ordena el dueño de casa después de saludarme, y me invade cierto desencanto. Esperaba un “Qatar”, o un “Tercera” o al menos un “Maracaná”, pero no. Los nombres de las mascotas y de los hijos de la familia los elige Elisa. Cortos, para luego no tener que andar usando apócopes. Ian y Noah, de 13 y 9 años, están en el colegio.
“Adentro, India”, sube el tono e invierte las palabras el DT a ver si consigue que la perra, cachorra aún, obedezca. “Vamos, que a la tarde te saca mamá”, insiste con otro argumento, pero no hay caso. Con Messi y Dibu parece que es más fácil. Dan más bolilla. “India a la una, India a las dos, India a las tres… listo, te quedaste afuera”, se cansa Lionel, cierra la puerta y me invita a pasar.
“Tuvimos a Lola antes, labrador también —me cuenta, mientras nos vamos acomodando—, murió cuando yo estaba en un partido de Eliminatorias. Elisa es enamorada de los animales; yo nunca había tenido mascotas, en realidad en Pujato era más de los perros de campo, de esos que andan dando vueltas y son raza calle, pero al final me terminé enamorando yo también. Esta es la cría que tuvo un perro de un amigo del colegio de los nenes. No somos de la idea de comprar animales, si podemos dar una mano a una familia, como en este caso que tuvo siete cachorritos, mucho mejor”.
Vamos hacia la galería y diviso, detrás de la pileta, una canchita de fútbol de césped sintético de unos 20 o 25 metros de largo. Después me enteraré de que Scaloni no solo es entrenador en AFA, también lo es en su hogar. Y muy exigente. Zurda, derecha, controles, remates. En los picados no se deja ganar, como corresponde. Aparece Elisa, la saludo con un beso y la dejo unos segundos pagando, porque ofrece la otra mejilla. Hostia, tío, que Elisa es española y saluda con dos besos. Me disculpo.
Nos sentamos y prendo dos grabadores, el del teléfono y otro específico para la función. Es aconsejable y prudente hacer la doble, no vaya a ser cosa que grabe dos horas al DT campeón del mundo y por algún motivo falle el grabador principal y me quede sin nada. Me vuelvo nadando a Buenos Aires.
El anfitrión me pregunta si me molesta el sol, acto seguido baja el toldo y unos minutos después me invita a sentarme dentro de la casa directamente, porque está algo fresco. Es invierno en Europa, pero un invierno amable aquí en la isla. Ya acomodados definitivamente, detrás de Leo hay una pequeña biblioteca y una pecera con un solo pez. Sobre el escritorio, una computadora, un mate que en el borde tiene grabada la leyenda “Gracias Lionel Scaloni”, y un celu que cada menos de un minuto avisa que ha llegado un mensaje.
—Esto pasa por dejarlo con volumen —comenta y lo silencia.
Listo, que esperen.
Promediando esta tercera charla, como venimos siguiendo el orden cronológico de su vida, entramos en la etapa de su retiro como futbolista. Le pregunto si lo padeció. Como ocurrió en todos nuestros diálogos, tal como se verá reflejado en muchas de estas páginas, pasado y presente se entrelazan con asiduidad. Y de pronto descubro que detrás de Mr. Éxito, porque de qué otro modo el futbolero vislumbra a un entrenador campeón del mundo, bicampeón de América y con récord histórico de 36 partidos sin perder en su primera experiencia, bueno, detrás de Mr. Éxito hay un hombre sensible con dilemas y angustias que lo humanizan de un modo sorprendente.
—¿Recurriste al psicólogo por el retiro?
—No, no me llegué a poner mal. Yo sabía que iba a ser técnico y, cuando vi que no estaba cómodo tras el retiro, lo primero que hice fue ir a un club y entrenar, en ese momento no necesité un psicólogo. Arranqué dirigiendo en el colegio de mis hijos.
—¿Siendo técnico de la selección sí lo necesitaste?
—Sí, ahí sí lo necesité.
—¿Por qué?
—Por todo lo que me ha pasado en estos últimos seis años. Para ordenarme. Tiene que ver con lo que había anunciado en el Maracaná, con lo que estaba viviendo, por eso dije que tenía que pensar, la verdad es que no estaba al cien por cien, no estaba, y la selección es un lugar que…
—¿Por qué no estabas?
—No lo sabía, si lo hubiera sabido no habría ido al psicólogo. Cuando estás desorientado y no sabés el porqué y es evidente que algo te pasa, buscás gente que te guíe, que te ayude. Tomás conciencia de todo lo que pasó y te va quitando energía. Después, yo siempre tuve la cuestión familiar que se profundizó con los ictus que sufrieron mis padres. Si estoy en la Argentina, los acompaño a ellos, pero mis hijos me preguntan: “¿Cuándo volvés?”. Y cuando estoy acá, dejo a mis padres allá con mis hermanos, y tampoco es fácil. Sé que si pudiera hablar, mi papá me diría: “Quedate allá con tu mujer y con tus hijos”, pero bueno, es algo que siempre está ahí, en mi cabeza, presente.
—¿Cuándo arrancaste con el psicólogo?
—Hace un año, más o menos. Voy acá, en Mallorca, presencial. No es que antes era reacio, pero llega un momento en que decís “a lo mejor me ayuda” hablar con un tipo al que no conocés, que le hablás de lo que sea, que te dice por qué te puede estar pasando lo que te pasa, que te da técnicas para no entrar en pánico. Me ayuda, la verdad que me ayuda.
—¿Tuviste ataques de pánico?
—Sí, tuve, bah, en realidad no sé si llamarlos ataques de pánico, porque el tipo tampoco me supo decir si eran o no. La primera pregunta que le hice a él antes de esta última Copa América fue: “¿Estos miedos que me entraron es por haber perdido poco en todo el ciclo, seis o siete partidos, o por el miedo a no ganar lo que viene?”. El tipo me dijo: “Por lo que te conozco, creo que ha sido tanto lo que se ha ganado, que ahora estás acá arriba y vos ves que es hasta muy difícil empatarlo, ni siquiera superarlo”. Y siguió: “Creo que eso influye, pero influye lo que vos le mandás a tu cerebro; si vos le metés cosas negativas a tu cerebro, va a recibir eso”. Y la verdad que eso de meterle cosas negativas es lo que me estuvo pasando en una época: “¿Y si ahora pasa esto? Ahora se va Di María, y cuando no esté Leo, y cuando no esté Ota…”. Al asumir como interinos, a mí no me importaba si estaba Tagliafico o estaba Cervi o el que fuera.
—No soy psicólogo, pero me cuesta entender esa angustia; si vos ya te ganaste el cielo, estás más allá del bien y del mal, y lo que venga será yapa.
—Eso es muy fácil decirlo, pero no tanto llevarlo en el día a día. En tu laburo, por ejemplo, te dan un premio a la mejor nota, al mejor 100x100 o al mejor libro, ¿y qué hacés? Listo, ya está, ¿no hacés más nada o seguís buscando lo mejor?
—Pero ¿vos no te das cuenta de que ya te ganaste el cielo?
—Para mí no va por ese lado, va por querer seguir; la vida sigue. Una de las cosas que me dijo el psicólogo es que la cabeza maneja todo. Escuchá esto que es increíble. Yo tengo dos bicis: la de carretera, que le dicen acá, y la de montaña. Salgo todos los días dos horas por lo menos, a veces a la ruta y a veces a la montaña. Cuando me iba a la montaña volvía bien, normal; en cambio, cuando hacía ruta llegaba a casa reventado. Pero muerto con diferencia, eh. Y el tiempo que andaba era el mismo. “¿Sabés por qué te pasa eso?”, me dijo el psicólogo después de hacerme varias preguntas. No tenía ni idea. “Porque vos en la bici de montaña estás pendiente de la piedra, del pozo, de no caerte, o sea que tu cabeza está muy atenta a lo que vas viendo. Con la bici de carretera, agarrás la ruta…”.
—Y estás pensando en la selección…
—Exacto: en la selección, en los cambios, en quién convoco, en quién tengo que reemplazar, porque en la ruta no tenés tantas cosas en qué pensar, solo en pedalear y pedalear y pedalear para adelante y llega un momento en que pensás en todas estas cosas que te mencioné. “Eso te desgasta, te fusila”, lo sintetizó el psicólogo. “La puta madre, tiene razón”, me dije. Entonces me dio una técnica para manejar esa situación: me dijo que cuando anduviera en ruta fuera comentando en voz alta lo que iba haciendo, lo que iba viendo, porque eso ocupa al cerebro. “Ahí viene un auto, en 500 metros tengo que girar a la derecha, en diez minutos debo hidratarme, la próxima subida la voy a hacer con el plato 34 y después voy a bajar con el 11”, esas cosas que manejamos los ciclistas. Te vas hablando a vos mismo y te olvidás del resto, y no pensás; la cabeza al final funciona así.
—¡Es increíble!
—Nah, impresionante. Pero aparte llegaba fusilado a casa, reventado de verdad, y por adentro decía: “Pero si hice dos horas y media, igual que ayer en la montaña”. Con la mountain bike subís y bajás entre piedras, tenés que esquivar pozos, caminitos, porque, si no, te rompés la cabeza, por más que llevo casco, obviamente. De hecho, me caí un montón de veces en la montaña.
—¡¿Muchas veces?! Porque nos enteramos solo de una.
—Más de diez seguro, y bastante más duras que la que se viralizó. Tuve una fuerte en Esporles, un pueblo de por acá, fui al dispensario y pedí que no difundieran nada. La de 2019 se conoció porque me caí en el parking del colegio de los nenes, un colegio de mil alumnos, así que te imaginás que me vio un montón de gente, ¿cómo hacía para que nadie se enterara? Y fue yendo a dos por hora, apenas me había subido a la bici y un auto que salió marcha atrás no me vio y me llevó puesto, y me quedé esperando ahí sentadito lleno de sangre a que viniera la ambulancia. La cuestión fue que, como empezó a circular la noticia de que estaba en terapia intensiva, escribí un tuit para llevar calma. El problema fue que lo acompañé con una foto que le pedí a Elisa que me sacara unos minutos después: estaba con el cuello ortopédico y todos los adhesivos en la cara, ja, ja. No estuve muy lúcido, después se hicieron mil memes con esa imagen, hubiera alcanzado con un breve texto en el que comunicara que estaba bien y punto, sin ninguna foto. La caída en Esporles fue mucho peor, me hice pelota la clavícula, terminé todo raspado, bajé como pude de la montaña y fui al dispensario. No se enteró nadie, pero fue diez veces peor.
—¿Cuándo empezaste con estas angustias?
—Diría que unos dos o tres meses después del Mundial, cuando empezó a caerme la ficha y me agarré el virus zóster, el de la culebrilla. Ya estaba acá de vuelta, en Mallorca, salí a andar en bici y me empezó a picar la panza, después la espalda. Pensé que era por la ropa nueva. Llegué a casa y tenía todo rojo, supuse que era por rascarme. Al otro día tenía todas las ampollitas y se había estirado para atrás. ¡No sabés lo que picaba! Yo me rascaba, me rompía las ampollitas, y era un desastre. A los pocos días fui al médico y supe de qué se trataba. Me habrá durado un mes todo eso.
—Seguramente, después de estar al palo en el Mundial y en las celebraciones, te habrán bajado las defensas.
—El médico me dijo eso.
—Me sorprende todo esto que contás. O sea que detrás de Mr. Éxito y toda la gloria conseguida, vos la pasaste bastante mal.
—Una cosa es que quede para siempre la gloria y otra es que hay que continuar, son dos cosas totalmente diferentes, no van relacionadas.
—¿Ganar es adictivo y te malacostumbra?
—Está bueno acostumbrarse a ganar, aunque después pierdas. Sos ganador, jugás para ganar siempre, ni siquiera te conformás con empatar. Eso es lindo. Ahora, yo siempre fui cabrón con la derrota, más allá de que después lo importante es cómo te levantás, como dije tantas veces. Cuando perdía, era el más enojado de todos. Recuerdo que a los dos meses de llegar al Dépor perdimos un partido con Mérida, un equipo que entonces estaba en Primera, de un pueblo perdido de Extremadura. En el colectivo de regreso, mis compañeros venían riéndose como si estuviera todo bien; yo no lo podía creer, de hecho estuve un par de días sin dormir. Con el tiempo pensé que iba a mejorar… pero no mejoré nada. Hoy me afecta igual la derrota, me afecta mucho. Después soy el primero en levantarme, eh, y eso es lo realmente importante, pero con el psicólogo estoy tratando de entender si mi problema es el miedo a perder. Porque además no está buena la sensación de “qué pasa si pierdo mañana”. ¿Qué va a pasar? Nada, no pasa nada. Hay que levantarse y punto.
—Estoy de acuerdo, Leo. ¿Te parece si ahora le abrís la puerta a India?
Así lo hicimos
Después de casi dos años de haber puesto en marcha el proyecto de este libro logré finalmente sentarme frente a Lionel Scaloni e intercambiar mis primeras palabras con él. Fue el sábado 9 de noviembre de 2024, en el predio de Ezeiza, un par de días antes de que comenzaran a llegar los futbolistas de la selección para disputar los partidos ante Paraguay y Perú por las Eliminatorias.
La idea de escribir la biografía del entrenador de la selección me la sugirió Matías Aldao, mi excompañero de El Gráfico y representante de Scaloni, un tiempo después de que la selección ganara la Copa América en Brasil. A mí ya me venía dando vueltas en la cabeza.
No pude concretar un encuentro con Scaloni por aquellos meses. No eran tiempos fáciles para el DT: diez días antes de arrancar la Copa su madre había sufrido un accidente cerebrovascular que la tuvo al borde de la muerte y un mes después de conquistada esa misma Copa 2021 su padre también padeció un ACV; luego siguieron sendas rehabilitaciones en Escobar en las que Lionel estuvo presente. Semejantes piñazos en tan poco tiempo, a un hombre extremadamente sensible como lo es el entrenador de la selección, lo afectaron a tal punto que hasta estuvo cerca de dejar su cargo a fines de aquel año, como me confesaría para estas páginas.
A comienzos de 2023, después de la consagración en Qatar, puse motores en marcha con las primeras tareas: leer la mayor cantidad posible de entrevistas que Scaloni dio en su carrera, observar y bajar a un archivo Word los tramos más salientes de sus ruedas de prensa, mirar sus goles y partidos como jugador y como entrenador, dividir su vida en etapas, armar un cuestionario para cada una de ellas y conformar una lista de posibles entrevistados.
Por diferentes circunstancias, entre ellas que Scaloni vive en España y que después del 1-0 a Brasil por Eliminatorias puso en duda su continuidad, el proyecto se fue postergando. Mientras esperaba que aclarara el panorama, arranqué con las entrevistas a personajes que me fueran contando historias interesantes del protagonista en diferentes etapas de su vida. Para mí eran una pieza fundamental del contenido, porque a partir de determinados comportamientos y actitudes de Lionel en su infancia, adolescencia y en sus tiempos como futbolista podría entender, por ejemplo, cómo se había construido el líder actual.
El 24 de diciembre de 2023, Pekerman me contestó un mensaje enviado unos días antes y terminamos charlando dos horas por teléfono esa misma tarde-noche, mientras Papá Noel acomodaba los regalos en el trineo. José fue uno de los primeros entrevistados, y su mirada me resultaba primordial por ser gran responsable de esta hermosa actualidad al haber legado una filosofía y un modo de actuar a Scaloni y a buena parte de sus colaboradores. Después continué con cerca de 40 entrevistados más.
Tareas para avanzar con el libro no me faltaban, tampoco ansiedad para ver al protagonista de una buena vez, contarle mi idea y ver qué esperaba él también de su biografía. Había charlado una sola vez con Lionel, telefónicamente, cuando salió campeón con el Deportivo La Coruña —único título de liga de su historia— para una nota en El Gráfico en el año 2000.
En un momento, después de una docena de entrevistas y de encontrar datos curiosos, comencé a pensar cómo estructurar el libro. Necesitaba arrancar con la escritura. Esto no surge de un día para otro. En realidad, el clic se da en un segundo y de golpe encajan todas las piezas, pero antes hay horas y días y meses en que uno le va dando vueltas y vueltas al asunto; estás caminando o en el tren o viendo un partido o leyendo un libro y sin darte cuenta seguís pensando en cómo resolver el enigma, se arma un caldo en el que se van cocinando las ideas hasta que de repente llega la solución. Para mí, esa salida fue decir: “Hago Scaloni en 100 historias, su vida en 100 capítulos cortos”. Me gusta mucho ver series en plataformas, y más me gustan cuando son episodios de media hora. Por otro lado, como durante muchos años hice las notas de las 100 preguntas, primero en El Gráfico y luego en La Nación, me suelen asociar con ese número. Además, podía empezar a escribir cualquiera de esas historias por separado y luego decidir el orden. Listo.
A todo esto, no sabía cuánto tiempo iba a darme Lionel. Podía arreglarme con tres charlas de dos horas, o hasta con dos, pero lo ideal serían diez. En un momento hice el recuento y me asusté: tenía 1.563 preguntas. Necesitaba un plan B, por si, en nuestra primera cita, Scaloni me decía que disponía de dos días nada más, y debía arrancar ahí mismo. Reduje el cuestionario a la mitad. Y según iban transcurriendo los días sin novedades en el frente, armé una tercera opción con 30 temas y varias preguntas de cada uno. Tenía variantes. Interrogatorio XL, M y XS.
¿Qué pretendía contar en el libro? Su vida con el máximo nivel de detalle posible. Aun los más futboleros no tienen claro cuál es la carrera de Scaloni con los cortos: dónde jugó y en qué posición; los más memoriosos recuerdan un gol a Brasil en un Mundial juvenil, y no mucho más. La gran mayoría de amigos futboleros con los que dialogaba no recordaba que Scaloni había jugado en la selección mayor, por ejemplo, y que había estado en un Mundial. Ni que había sido ídolo del Deportivo La Coruña. Me propuse retratar todo eso al detalle, porque viajando hacia ese pasado seguramente encontraría señales de su carácter y de su modo de ser que se aprecian hoy. También quería explicar cómo podía ser que un entrenador que hasta agarrar la selección solo había dirigido a un grupo de chicos en Mallorca, para completar las prácticas que le validaran el título, nos había rescatado al fin de la malaria insoportable de veintiocho años sin éxitos y completara la mejor campaña en la historia de la selección. Cómo lo consiguió, de dónde lo aprendió, cuál fue su fórmula. ¿Cómo podía ser que el técnico menos pensado lograra todo eso? Me propuse desentrañar ese misterio.
Y un santo día, el cara a cara finalmente llegó. Como contaba en el primer párrafo, fue el sábado 9 de noviembre de 2024, predio de Ezeiza, diez de la mañana.
—Tenés una hora, porque a las once quiere ver al Leverkusen, aprovechá cada minuto —me advirtió Aldao.
Tenía en mente explicarle cómo había pensado el libro, qué había hecho hasta ese momento y plantearle las tres opciones de cuestionario. Decirle que cuanto más pudiéramos hablar, mejor saldría el libro. Que mi intención era que lo representara lo mejor posible y fuera motivo de orgullo para él. Que había visto dos millones de notas e intentaría no preguntarle nada de lo que ya había dicho. Si después de eso quedaba tiempo en esa horita, que fue hora y media porque el Leverkusen jugaba a las 11:30, pues a arrancar con el cuestionario.
Llegué al predio 2, al fondo, esquivé los regadores del costado y me topé en la galería con los integrantes del cuerpo técnico, a quienes ya había entrevistado. Los fui saludando y de golpe apareció Lionel y me invitó a pasar a una sala contigua donde se reúnen. Vestía ropa de selección, me preguntó dónde quería sentarme y después de quince minutos de charla me dio la sensación de que lo conocía de toda la vida. Será por su sencillez, por su calidez, por la naturalidad con que se mueve y se relaciona, no sé por qué, pero sentí eso. La conversación fluyó de manera sensacional. Le expliqué todo esto que vengo relatando hasta aquí, me dio a entender que íbamos a tener tiempo para hablar en profundidad, y entonces salió al fin el grabador a la cancha, también acerqué el teléfono para hacer la doble y los puse sobre la mesita ratona.
Finalmente lo grabé 52 minutos, repasando la infancia, sus travesuras en el colegio, las andanzas con la moto, cómo había surgido su interés por el fútbol. Quedamos en seguirla por teléfono y combinar en breve las fechas de mi viaje a Mallorca, porque allí reside y porque allí está más tranquilo y tiene más tiempo para hablar. Chequeamos que tuviera su número de teléfono correcto, y unos minutos después, antes de subirme al auto, le mandé un mensajito para que me agendara. Me puso OK. Al llegar a casa no encontraba el grabador por ningún lado. Por suerte había puesto también el celu y ya había confirmado, al subirme al auto, que tenía completo y nítido el audio de nuestra primera charla.
—Perdón, Leo —le escribí dos horas después—, no pensaba molestarte tan pronto, pero creo que me olvidé el grabador en la mesita. ¿Te podrías fijar a ver si quedó por ahí? Gracias.
—Sí, quedó acá —me respondió un rato después.
—Perfecto, Leo. ¿Me lo guardás en un cajón y la próxima vez que ande por Ezeiza lo recupero? Muchas gracias.
Después del 1-0 a Perú, Lionel estuvo una semana en Pujato, pero no pudimos combinar para vernos. Ya me había comentado que en su pueblo era más complicado coordinar. En los primeros días de diciembre le escribí para ver si en algún momento podíamos sumar alguna charla por teléfono para avanzar con el contenido y definir el viaje. El 6 de diciembre por la mañana me contestó que lo llamara a las 19.
—Diego, hoy no voy a poder hacer la videollamada, perdoná, pero estoy con mis viejos y dependo de sus horarios. Vemos de hacerla mañana —me escribió, dos horas antes del horario pautado.
—Dale, Leo, no te preocupes. Lo dejamos para la semana que viene. No sabía que estabas con tus viejos allá, no quiero sacarte tiempo con ellos. ¡Qué bueno que hayas podido llevarlos! —le contesté, sabiendo que por la salud de sus padres y la logística (andan ambos en sillas de ruedas) hacía muchos años que no iban a Mallorca.
—Sí, Diego, está siendo algo caótico, pero necesitaba traerlos.
Después vino al país, anduvo en bici con Lito Oviedo por Alta Gracia, incluso el 18 de diciembre, segundo aniversario de Qatar, lo celebró pedaleando. Es una pequeña muestra de su filosofía de vida, esa de que, aunque ganes o pierdas, mañana sale el sol y continúa la vida, y que sintetizó muy bien en su primera rueda de prensa en AFA tras el Mundial, diciendo que no se levantaba todos los días pensando que era campeón del mundo. Es genial no quedarse chapoteando en las mieles del éxito, pavoneándose en la vanidad de los elogios.
Dejé pasar las fiestas, y el 2 de enero volví al ataque deseándole feliz año y preguntándole qué fecha le venía mejor de ahí a mediados de febrero para que viajara a Mallorca.
—Con una semana de charla a buen ritmo lo liquidamos. ¡Vamos que se viene un bestseller espectacular! —intenté motivarlo y deslizarle a la vez el tiempo que necesitaba.
—Hola, Diego, feliz año para vos también. Este mes de enero difícil que tenga cinco días completos; los nenes están de vacaciones de invierno y del 20 al 27 de enero me voy a ver unos partidos a Madrid y a Roma. Podría ser el 28, 29 y 30, porque el 31 ya tienen partidos mis hijos; si te va bien esos tres días, OK —me respondió al día siguiente.
Por supuesto que fui por el “toma todo” de la perinola, mientras pensaba en que tenía que hacer un mix entre el cuestionario M y el XS; para el XL no me iba a dar el tiempo. Igual, suponía que estando allá podría conseguir algunos días más. Saqué pasaje de regreso para el 4 de febrero.
Le confirmé cuándo viajaba, y el lunes 27 de enero le escribí que ya estaba en Mallorca, alojado en el hotel Meliá Palma Bay. Luego me enteré de que la selección había estado hospedada allí, antes de los partidos con Brasil y Uruguay disputados en Arabia e Israel, respectivamente, última fecha FIFA de 2019.
—Buen día, Diego, mañana dejo a los nenes en la escuela y voy para tu hotel, tipo 11 estoy ahí, si te parece —me contestó al toque. ¿Cómo no me iba a parecer?
A las 11 en punto me avisó que estaba llegando dos minutos tarde y que a las 13:30 tenía que recoger a los hijos. Apenas traspasó la puerta principal de hotel y me saludó, lo siguiente que hizo fue decirme: “Diego, te traje esto”, metió su mano en el bolsillo derecho y sacó mi grabadorcito. Me mató con ese gesto. Yo no le había dicho nada más al respecto después de aquel primer encuentro y suponía que el aparatito dormía en un cajón del predio esperando mi próxima visita. Yo me había llevado el grabador viejo para hacer siempre la doble. Unas semanas después me quedó marcada una definición que me brindó su hermana Corina sobre una de las facetas principales del carácter de Lionel: el hecho de estar pendiente todo el tiempo de las otras personas.
Finalmente, de los siete días completos que estuve en Mallorca, el DT campeón del mundo me atendió seis, a un promedio de dos horas por cada charla. Nos vimos en la confitería del hotel, en su casa, en un bar y en el buffet del club donde entrena Ian, su hijo mayor. Vimos juntos un partido de Noah, su hijo menor, en el colegio, me llevó de acá para allá en su auto, me vino a buscar al hotel, me sugirió lugares para visitar en la isla, y siempre me anticipó temprano a qué hora podíamos vernos y durante cuánto tiempo, para que yo pudiera organizar el resto de mi día. Se comportó como un excelente anfitrión. Casi no nos interrumpieron en ninguna de nuestras conversaciones, aun estando en lugares públicos. Eso me llamó muchísimo la atención, me imaginaba yendo a un bar con Scaloni en la Argentina y hubiera sido imposible charlar diez minutos sin intromisiones. El isleño es tranquilo, y Scaloni vive allí hace casi diez años. Tampoco es el DT de España. Y tampoco los españoles son taaaan fanáticos como nosotros. A Scaloni le calza perfecto vivir allí. Encaja con su perfil ultrabajo.
Al subirme a su camioneta la primera vez, me encontré con una botella, una campera y un bolso en el asiento del acompañante, nada que no se vea en el auto de cualquier padre con hijos adolescentes o pequeños. Cada vez que nos vimos se pidió un café doble o un capuchino. “Hoy me caí de la bici, agarramos un pozo con la mountain bike”, me contó al saludarme en nuestro cuarto encuentro y me mostró una raspadura en la oreja y otras tantas en tres nudillos de su mano izquierda. El sábado tuvo franco periodístico porque había reunión familiar en su casa, y el domingo acercó a su mujer y a sus chicos al hotel para que dejaran sus testimonios, luego de mi sugerencia de sumarlos. Se fue un rato para que contestaran sin ataduras y volvió a la hora. Al regresar me invitó a ir con ellos a la cafetería MDQ —un emprendimiento de marplatenses en el que sirven medialunas, sánguches de miga y cosas ricas—, para cerrar la jornada con un té-cena. Elisa invitó a sus padres y a una de sus hermanas. Ian miraba Arsenal-City en el celu, y el padre le preguntó si no quería verlo en la pantalla grande del local, que podía consultarles a las mozas. Ian, muy tímido, contestó que así estaba bien.
A la vuelta me acercó al centro, yo de copiloto, con Elisa y los chicos atrás, y se seguía hablando de la pelotita: la goleada sufrida por el City recién, el clásico de Milan, los goles que metió Ian esa mañana, que le faltó trabar más fuerte, las cuatro pepas de Noah de ayer. Temática futbolera no falta en esa familia.
El último encuentro en Mallorca se dio el lunes 3 en Penya Arrabal, el club donde juega Ian y también uno de los hijos de Leo Pisculichi. Nos sentamos en una mesita del buffet, detrás de uno de los arcos, y repasamos durante una hora y media el Mundial sin interferencias. “Es bueno el zurdito, es ecuatoriano”, me dijo, mirando de reojo un gol de la práctica. Me llevó otra vez al centro en su auto. Frente al volante, se enoja como cualquier hijo de vecino, sobre todo cuando le meten la trompa en una rotonda. Le agradecí por todo y me despedí, porque el día siguiente era el cumpleaños de Elisa y tenía pensado festejarlo haciendo senderismo con ella, Carlos Moyá y su esposa por algún pueblito de la zona.
Al regreso de Mallorca, fui a cerrar el círculo a Pujato. Estuve en la casa familiar con los padres de Leo y con su hermano Mauro, que me llevó a recorrer el pueblo, parando en la sede y en el campo de deportes del Sportivo Matienzo que lleva el nombre “Lionel Scaloni” —aún falta colocar la cartelería—, también en los murales y en la plaza principal. Antes me mostró todos los rincones de la casa, la canchita del fondo donde jugaban con Lionel, sus primos y amigos —hoy hay una pileta— y el garage, con varios sectores del techo y del portón averiados por los pelotazos. “Ahora los que le dan con todo son los hijos de Leo y el mío”, me explicó Mauro, que me hizo un repaso guiado por las fotos colgadas en las paredes, que son una línea de tiempo de las carreras de ambos. Allí está la joyita que Leo mencionó en alguna entrevista y que viajó directo a la contratapa de este libro: a los 9 años en el entrenamiento de las infantiles de Newell’s con la camiseta de la selección.
Corina justo había viajado a Mallorca, así que luego la entrevisté por teléfono. Por supuesto no dejé de hacer una parada en Scala Bakery, en el ingreso a Pujato. Riquísimo todo, en especial la torta de triple mouse de chocolate. Y a muy buen precio.
El 7 de abril de 2025, después de los triunfazos ante Uruguay y Brasil, tuvimos la octava y última charla con Lionel, más allá de los frecuentes intercambios de mensajes para ajustar detalles y precisar datos. Inauguramos la videollamada. Se sentó frente al mismo escritorio en el que me atendió cuando fui a su casa. Llegué a ver al pez nadando a sus espaldas.
¿Cómo está armado el libro? Es un relato cronológico de la vida de Scaloni, que va y viene en el tiempo con frecuencia por los capítulos intercalados de los integrantes del cuerpo técnico y porque hechos puntuales de su carrera como jugador, o mismo de su infancia, sirvieron como disparador para que el protagonista contara circunstancias similares que afrontó como entrenador de la selección. Hay también capítulos dedicados específicamente a su metodología de trabajo, liderazgo y principales mandamientos futbolísticos. El cierre es con un texto hermoso de Eduardo Sacheri escrito hace dos años, en el que relata sus peripecias y emociones en la final del Mundial. Gracias, Eduardo.
Además de a Lionel, lógicamente, por darme la confianza y esta oportunidad única de escribir su biografía, a Matías Aldao por abrirme la puerta, a la editorial por apoyar y a mi familia y amigos por contenerme en momentos de incertidumbre, me gustaría agradecer a los 42 entrevistados que dejaron su testimonio aquí, empezando por la familia de Leo: Chiche, Lali, Mauro, Corina, Elisa, Ian y Noah. A Lionel Messi y su jefe de prensa, Marcelo Méndez. Al presidente de AFA, Chiqui Tapia. A los integrantes del cuerpo técnico: Pablo Aimar, Walter Samuel, Roberto Fabián Ayala, Luis Martín, Matías Manna y Martín Tocalli. A Jorge Valdano, José Pekerman, Carlos Moyá, Mauro Silva, Javier Irureta, Bernardo Romeo, Loco Abreu, Javier Saviola, Carlos Mac Allister, Roque Alfaro, Gerardo Salorio, Diego Quintana, Diego Markic, Profe Córdoba, Luis Malvárez, Tatín Donsanti, Manuel Santos Aguilar, Daniel Fagiani, Lucas Bernardi, Oscar Pallotto, Gabriel Schurrer, Aldo Duscher y Jerónimo Pourtau. Y a los colegas Alejandro Fantino, Diego Korol, Claudio Giglioni y Carlos Barulich.
Perdón si me fui un poco largo, pero me parecía interesante que conocieran el “detrás de escena”, suele ser lo primero que me preguntan mis amigos en los asados.
Arrancamos ya mismo con las 100 historias del DT campeón del mundo.
Descubrirán a un personaje muy pero muy especial.
Espero lo disfruten.
1. Pueblo chico, destino grande
“Todo lo que soy, lo que somos en mi familia, es cien por ciento ascendencias italianas. Por el lado de padre y madre. Cuando jugué en la Lazio, fuimos a conocer el pueblo de mis antepasados, un pueblo muy chiquito, quizá por eso eligieron ir a Pujato, me imagino. Y también porque trabajaban la tierra”.
Lionel Scaloni le brindó un breve pantallazo de sus orígenes a Jorge Valdano, en la entrevista que le dio para su programa de televisión, en enero de 2023. Se ve que los antepasados de Lionel no eran de presumir ni de afiliarse a la grandilocuencia, sino todo lo contrario: Magliano di Tenna, el pueblo donde nació el bisabuelo de Lionel, tiene hoy 1.413 habitantes, y Pujato, donde se asentó, 3.700.
La historia es así: del matrimonio entre Angelo Scaloni y Loretta Rusconi nació, en 1882, Enrico Scaloni (bisabuelo de Lionel), en Magliano di Tenna, provincia de Fermo, cerca de Ascoli Piceno, sobre el mar Adriático, en la mitad de la bota aproximadamente. En 1900 emigraron a la Argentina y entraron por el puerto de Bahía Blanca, donde se quedaron un tiempo para luego instalarse en Pujato, provincia de Santa Fe. En 1905, Enrico Scaloni se casó con Elisa Serrani, y de ese matrimonio nacieron, ya en Pujato, Ángel Scaloni (abuelo de Lionel) en 1907 y Enrico Scaloni en 1916. Ángel se casó con Catalina Toscanelli, y de ese matrimonio nació, en 1946, Ángel Omar Scaloni (el padre de Lionel). Ángel se casó con Eulalia Marzetti (Lali, para todos), y de esa unión nacieron Mauro en 1976, Lionel en 1978 y Corina, en 1994. Como se observa, todos apellidos tanos.
Lo curioso es que, además de compartir nombre, los ancestros de los Lioneles (Messi y Scaloni) provienen de localidades muy cercanas, porque la distancia entre Magliano di Tenna y San Severino Marche (el pueblo originario de los Messi) es de apenas 51 kilómetros. Como si el destino hubiera sido escrito de antemano.
En el camino entre ambos pueblos, casi en el medio, se encuentra Corridonia, la ciudad de los antepasados de Manu Ginóbili. Algo había en la tierra o en el aire o en la comida o en el agua para que se concentraran en tan poco espacio semejantes talentos. Genes tocados por la varita.
Los Scaloni llegaron a la Argentina junto con otros inmigrantes ilustres, entre ellos los Cosentini, que derivó en Cuccittini (apellido de la madre de Leo Messi) en el registro civil, debido a que muchos italianos hablaban en sus dialectos. Algunos no sabían escribir, venían sin documentos, y los terminaban anotando según el deseo del oficial de migración de turno. A muchos les cambiaron el apellido. Como contábamos, entraron por Bahía Blanca y los Ginóbili se quedaron allí.
Magliano di Tenna es un pueblo minúsculo, casi medieval. Con la algarabía desatada por el Mundial ganado en Qatar, el alcalde Pietro Cesetti propuso que se le entregara a Scaloni el título honorífico de ciudadano ilustre. “Le prometí al alcalde que iré”, admitió Lionel a medios italianos a comienzos de 2024. Con lo vergonzoso que es, no será sencillo que cumpla.
Pujato, la ciudad donde se asentaron los Scaloni, le debe su nombre a Cándido Pujato, un médico y político rosarino que en 1882 llegó a la vicegobernación de la provincia de Santa Fe, acompañando a Manuel María Zavalla —que también tiene un pueblo con su apellido, a 15 kilómetros de Pujato—. Debido a los problemas de salud de su compañero de fórmula, asumió la gobernación y durante su mandato se fomentó la ampliación de la línea ferroviaria de la provincia con la aprobación de la creación del Ferrocarril Oeste Santafesino. Se intentaba conectar a Pujato y otras colonias con el puerto de Rosario. Así, Colonia Clodomira pasó a ser Pujato, como homenaje a aquel gobernador de Santa Fe, al que podríamos llamar “interino” —si se nos permite la licencia—, como lo sería luego en la selección su habitante más ilustre.
En Pujato viven casi 4.000 personas y hay 400 camiones, es decir, un camión cada 10 personas, y entre esos estaba el de Ángel Scaloni, el padre de Leo, el auténtico Gringo Scaloni, el original, también conocido como Chiche. Es tan incesante el tránsito de camiones allí que, desde 1972, Pujato es considerada la capital provincial del transporte automotor de carga. El otro puntal de la economía es la agricultura.
En el pueblo hay dos carteles con fotos de la obtención de la Copa América en cada una de las entradas, por la ruta nacional 33, que no tan casualmente une Rosario con Bahía Blanca —el mismo recorrido que hizo el bisabuelo de Lionel—, y dos murales con el rostro del DT campeón del mundo y la leyenda: “Lionel Scaloni. Orgullo pujatense. Gracias campeón”. Se lo ve demasiado serio a Leo.
“Es un pueblo típico de campo, la gente vive de la tierra. Mi vida ahí no cambió; cuando voy, sigo estando en la casa de mis viejos, no tengo una propia. Sigo parando donde nací, donde me crie. La vida del pueblo es siempre la misma”, resumió el marchegiano-pujatense en 2023.
“Pujato es un pueblo de primera… porque dicen que si ponés segunda te lo pasás”, repiten el chiste los lugareños, haciendo referencia tanto a la calidez de sus habitantes como a las dimensiones del pueblo.
Siempre es más fácil construir desde la modestia, desde la sencillez de los pequeños sitios.
De un pueblito medieval a la cumbre del Everest.
2. El loco motoneta
Lionel Sebastián Scaloni nació el 16 de mayo de 1978, un mes y nueve días antes de que Argentina levantara por primera vez la Copa del Mundo. Nació en Rosario porque en Pujato no había maternidades. “Ninguno de esa época nació en el pueblo, pero apenas a mi vieja le dieron el alta nos volvimos a casa, obviamente soy de Pujato”, razona el protagonista con absoluta lógica.
“El nombre me lo pusieron por Leonel Bongiovanni, el dueño del molino para el que trabajaba mi viejo con el camión. Después alguno de mis abuelos les sugirió a mis padres si no les gustaba más Lionel, y terminó siendo Lionel nomás, pero está relacionado con la persona que nos daba trabajo, mi papá era muy aferrado al laburo”, sigue. “Y Sebastián se lo puse yo, porque me gustaba y porque él eligió Lionel”, me contaría Lali, sin demasiadas vueltas, mirando a Chiche, en mi visita a Pujato. “Leo, siempre me dijeron Leo, y después en Newell’s empezaron con Chacra, porque a los del campo nos dicen chacareros”, completa Lionel.
Los Scaloni vivieron siempre en la casa de los abuelos maternos. “Nos criamos ahí, vivíamos unos diez o doce, entre abuelos, mi tía Belkis, mi tío y primos —repasa Leo—. Al lado había un terreno y empezamos a levantar otra casa, pero no podíamos avanzar demasiado porque no nos daba. Con nuestro primer contrato en Estudiantes arrancamos la construcción y con la venta al Dépor la terminamos, y la inauguramos en el 98. Ahora es toda una casa unida por la galería y el garage. Aunque vivíamos con lo justo, nunca nos faltó nada. Mi botín favorito era el Adidas Aberdeen, famoso porque tenía 25 taponcitos. Eran supercómodos pero caros a la vez, y mi viejo me los compraba igual, con lo que ganaba hacía todo lo posible para cumplir nuestros deseos. Un día íbamos a Rosario, yo tendría unos 8 o 9 años, estaba en infantiles de Newell’s, y me di cuenta de que me había olvidado los botines. Fue y me compró otro par, me quedó grabado para toda la vida. Esos dos pares los cuidaba un montón, les pasaba betún, me duraron bastante. Son ejemplos que les comento a mis hijos para que valoren el esfuerzo”.
De los cuatro nietos, Lionel se transformó en el preferido de la abuela materna Lucía. “Mi mamá trabajaba en el juzgado de paz, desde las siete de la mañana hasta el mediodía; mi viejo estaba arriba del camión, y en la primaria nosotros íbamos a la escuela a la tarde, así que con mi hermano y mis primos nos criamos con nuestra abuela Lucía, ella nos cuidaba. Por ahí veían que yo era el más cercano, mi abuela me hacía mucho la milanesa Maryland, con choclo, banana frita, papas, a mí me encantaba”, la describe Scaloni, como si estuviera a punto de mandarse un bocado, y aquí encontramos otro punto de contacto con Messi, aunque con una pequeña variación, ya que la comida preferida del 10 es la milanesa napolitana hecha por mamá Celia. Las milangas los une, además de Rosario, el nombre y el apelativo Leo.
“Mi abuelo materno se llamaba Deolindo y me seguía a todos lados —prosigue con la radiografía familiar—. Le habían tenido que cortar la pierna por un problema de coagulación, y venía con las muletas a todos lados. El Chueco Marzetti. Era comisario en el pueblo y aficionado a los caballos de carrera, un personaje. Había jugado en Matienzo también, de número 11. El abuelo siempre tuvo esperanzas de que yo llegara a ser futbolista. Entendía mucho de fútbol, le encantaba. Después de cada partido, tanto él como mi viejo me hacían un comentario de cómo había jugado. Mi abuelo era un poco más suave en sus apreciaciones, lamentablemente no me llegó a ver en Primera, falleció en el 91”.
Papá Ángel también confiaba ciegamente en el futuro no solo de Lionel, sino también de su hermano Mauro. Los llevaba y traía a todos lados, ha tenido peleas con entrenadores y directivos por defenderlos: “Mi viejo era arquero en Matienzo y fue siempre suplente, pero ojo: era suplente de Dalmacio, un arquero histórico del club. Cuando en tono de broma le pregunto cuántos partidos jugó en Primera, me contesta que uno. Mi viejo siempre me decía que tenía algo para mejorar, es el típico padre que le ve condiciones al hijo pero que no le dice que hizo todo bien. Para que no se conforme. Esa exigencia es el común denominador de los que llegan. Es muy raro que algún proyecto de futbolista alcance un nivel alto siendo autodidacta, o sin alguien que le esté encima corrigiendo”.
Nuestro protagonista ha sido un hombre inquieto desde pequeño. Ya veremos que en su currículum tiene más escuelas donde estudió que clubes a los que dirigió. Uno de sus pasatiempos predilectos era la pirotecnia. “Mi papá nos decía que, si queríamos comprar cohetes para Navidad, teníamos que vender lechones —repasa—. La faena era horrible, es el día de hoy que no me gusta cómo se mata a los animales. Eso, igual, lo hacía mi hermano; yo después lo metía en una lata de agua hirviendo y lo pelaba con una bolsa de arpillera; todo para ganar unos pesos y poder comprar cohetes. Los chanchos eran nuestros, en los pueblos es normal que la gente venda, íbamos preguntando casa por casa, ya vas teniendo tus clientes. Con el tiempo me puse un kiosquito en la casa de mi abuela, con una ventana que daba afuera, y ahí vendía cohetes y petardos. Los íbamos a comprar a la fábrica, que estaba en Álvarez, a 20 minutos de Pujato, porque ahí teníamos ventaja de precio y podíamos hacer la diferencia. Siempre me gustaron los cohetes. Cuando íbamos a las carreras de TC con mi tío, mi viejo y mis primos, llevábamos bombas de estruendo, las tirábamos debajo de los camiones y hacían un ruido tremendo, ja, ja, cosas de chicos. La gente que dormía en los camiones se asustaba, y mi viejo me recagaba a pedos… cuando se enteraba, claro”. A Leo le gustaba hacer lío.
A pocos días de la consagración en Qatar se viralizó un video en el que un adolescente Scaloni, micrófono en mano, iba preguntándole a un puñado de chicas qué les había parecido su actuación en un torneo en el que participó. Se lo ve canchero y desenvuelto. Pícaro.
—¿Cómo te iba con las chicas? Se te aprecia muy encarador en ese video.
—Era más de hacerme el vivo que otra cosa —admite hoy—, porque hasta los 18 o 19 años no tuve novia. Estaba en otra, enfocado en el fútbol. Sí intentaba a toda hora que todo el mundo estuviera contento. Siempre fui así. Participo en un grupo y me gusta que todo el mundo esté bien, contento, alegre. No pasaba desapercibido, eso es cierto.
—¿Ese liderazgo se trae de cuna o se adquiere?
—Creo que se trae, viene con la personalidad y la manera de ser de cada uno. Yo veo a mis hijos, por ejemplo, criados por los mismos padres y de la misma forma, y ya me doy cuenta de que son dos opuestos, que a uno le cuesta y le va a costar una cosa, y al otro, no. Y eso será muy difícil de cambiar. Con mi hermano me pasa lo mismo: somos el agua y aceite. Mauro es mucho más tranquilo, le costaba estar en un grupo, pasaba más desapercibido a donde iba, y yo siempre fui todo lo contrario.
Bueno, si el muchacho pretendía llamar la atención, lo conseguía con facilidad rompiendo la paz pueblerina de Pujato. Todos sabían a la distancia cuando se acercaba el menor de los Scaloni.
—Era un loco de la moto, siempre me gustaron. Todos mis amigos tenían moto, y yo le insistía a mi viejo que me comprara una; el tema era que nosotros no teníamos capacidad económica. Al final, con mucho esfuerzo, le compró una scooter a Di Prinzio, un amigo de la familia que nos dio facilidades, nos dejó pagarla como en 20 cuotas. Después cambiamos por una Honda MX, tipo cross. A mí me encantaba hacer la Gran Willy y llevarla en una rueda muchos metros. Una locura. Iba enfrente del boliche, del bar en realidad, porque en el pueblo no había boliche, me creía que era el vivo del pueblo, hasta que una vez se me enganchó el cordón de la zapatilla en la palanca de cambio, me giré y rompí toda la moto. Encima la teníamos a medias con mi hermano. Mauro estaba recaliente.
—¿Tus viejos no te decían que dejaras de hacer eso?
—A mi viejo le comentaban: “Mirá que el Leo es un loco con la moto, la lleva en una rueda”, y él les contestaba: “Noooo, no puede ser, si mi hijo está jugando en Newell’s, ¿cómo va a hacer eso?”. No les creía, hasta que un día ellos iban a Rosario con mi vieja en el auto y yo venía en contramano, en una rueda, por la banquina, ja, ja, y los crucé de frente.
—¿Te reconocieron?
—Claro, ellos a mí, y yo a ellos. Me fui a casa; mis viejos pegaron la vuelta, entraron, me sacaron la llave, no me dijeron nada y volvieron a rumbear para Rosario. Pasaron unos días, me agarró hepatitis, y un día, desde la habitación, vi estacionar un Fiat 147 blanco. Se bajó mi viejo. “¿Qué es eso, papi?”, le pregunté. “El auto para ustedes, les vendí la moto, nunca más una moto, ahora usen esto”, me contestó. No tenía ni pasacasete, ja, ja, pero le fuimos agregando cosas, la música, las llantas también, lo ploteamos. Siempre fui un loco de las motos, de los autos y de las carreras. Después íbamos a hacer picadas con el Fiat a los pueblos de al lado, a Fuentes, Casilda, Zavalla; ahí las picadas estaban autorizadas, entre comillas, en una zona determinada y a un horario pautado también. A veces íbamos a entrenar a Rosario en ese auto.
—¿Qué edad tenías?
—Y… 13 o 14 años. En los pueblos empezás a manejar a los 8 años o por ahí, pero era otro mundo, otra época, otras costumbres, hoy eso no existe. En Rosario no entendían cómo íbamos con mi hermano manejando desde Pujato, cuando no estaban nuestros papás, pero de algún modo siempre íbamos a entrenar. Igual quiero aclarar que eso está mal, está muy mal.
Sin duda que está muy mal, pero ¿cuánto pagaríamos hoy por ver al DT campeón del mundo haciendo la Gran Willy en medio del Monumental, esquivando a sus dirigidos en plena entrada en calor antes de un partido, como si fueran conitos?
3. Cuenta pendiente
“A confesión de parte, relevo de prueba”, dice el axioma jurídico.
“Bravo, era muy jodón y muy hinchapelotas —admite Lionel, mirando por el espejito retrovisor hacia sus tiempos con guardapolvo—. Siempre en el colegio recibía las amonestaciones; cualquier problema que había, la culpa era mía. Nunca fui un chico maleducado, era muy querido por todos, pero muy inquieto, a veces me pasaba de revoltoso. Pah, el patio ese, la pelotita armada con las hojas, todo el día así, era una felicidad absoluta. Yo estaba enfocado en el fútbol, pero cuando tenía que estudiar, me ponía y rendía. No tenía problemas, me levantaba a las seis y media para rendir examen a las ocho y lo daba bien. Era un muy mal ejemplo, intento que mis hijos no me copien”.
Lionel hizo la primaria en la Escuela Nº 227 Bernardino Rivadavia. María Cristina Fossaroli, más conocida como Chichita, tuvo a Lionel en sexto y séptimo grado en Lengua. Lo sentaba en el primer banco y en el medio, para tenerlo expuesto, al alcance de la mano y que no contagiara su espíritu inquieto al resto. “Su cabecita siempre apuntaba hacia atrás, no podía estar sin mirar a sus compañeros o haciendo alguna picardía. Como estudiante era como cualquier chico de 11 años, normal, cumplía sus tareas. Lo recuerdo moviendo siempre esa cabecita con el cabello largo hasta el hombro. Le gustaba muchísimo hacer bromas; me daba vuelta hacia el pizarrón, y ya estaban todos riéndose”, lo retrató Chichita en una de las entrevistas que dio.
—Mi hermano quiere ir a hablar con los chicos —le comentó Corina Scaloni a María del Carmen D’Alleva, la directora de la escuela, en 2021, unos días después de ganar la Copa América. El DT estaba en Pujato y quería aprovechar la ocasión.
“Preparábamos un trabajo en pandemia con los chicos —contó por esos días D’Alleva—. Buscábamos presentar el deporte de los clubes de la ciudad, Atlético y Matienzo. Argentina había salido campeón de la Copa América, y dijimos: ‘Vamos a honrar al exalumno y al tío del alumno Agustín’. Me había llamado Corina para decirme que Lionel quería venir, entonces hicimos una cámara sorpresa con los chicos: pusimos un video con una entrevista a Lionel para que la miraran mientras él entraba calladito por una puerta del costado. Cuando los chicos estaban viendo el video, no se escuchaba bien, como pasa muy seguido en las escuelas, ja, ja, entonces les dije a los alumnos: ‘Bueno, si no se escucha, pueden preguntarle a él directamente’. Y entonces apareció Lionel”.
El alumno díscolo e ilustre a la vez se paró frente a los chicos y tuvo que hacer mucha fuerza para no romper en llanto. Seguramente le vinieron un montón de imágenes de cuando pisaba esas baldosas.
—Para mí, la escuela siempre fue un lugar para estar con mis amigos y compañeros, un motivo para pasarla bien y disfrutar —les habló, refregándose los ojos—. Y la verdad que eso me ha marcado por el resto de mi vida. Quiero decirles, sobre todo, que tengan sueños, que después la vida te va a dar la oportunidad. Y si es posible conseguirlo, mejor. Porque lo importante es intentar conseguirlo, no bajar los brazos.
—¿Pensás ganar el Mundial? —le preguntó uno de los chicos.
—Tenemos que clasificar primero, y después ya veremos. Ganar es muy difícil —contestó, mientras gesticulaba con sus brazos.
En el informe audiovisual “Potrero del mundo”, hecho por Cadena 3 antes del Mundial, entre varios entrevistados en Pujato la seño Chichita dejó un mensaje al final, dedicado al DT: “Te deseo todo lo mejor y que sea lo que Dios disponga. Yo sé que va a ser positivo y vas a venir a Pujato lleno de gloria, y aquí te vamos a estar esperando. Me encantaría verte personalmente para darte un abrazo y un beso, porque hace muchísimo que no te veo”. Chichita tenía cáncer y estaba en pleno tratamiento de quimioterapia. Por eso expresaba ese deseo con el sentimiento a flor de piel. Se cumplirían ambas cosas: el regreso lleno de gloria y el abrazo.
El 21 de diciembre de 2022, tres días después de la conquista en Qatar, el DT campeón del mundo regresó a su tierra y fue recibido como un héroe. Subió a un escenario donde lo esperaban Daniel Quacquarini, el jefe comunal, y también Chichita. Si Lionel nos demostró en este tiempo que es un hombre sensible y de lágrima fácil, en ese momento era un dique con grietas por todos lados a punto de estallar.
“No sé qué decir porque estoy tan emocionada, como todos ustedes, como todo Pujato —inició Chichita su discurso, después de quitarse el barbijo—. Lo veo a Leo con ese pelo cortito, es un señor. Cuando tenía 11 años, iba a la escuela con la raya al medio, la melenita y el flequillito que no se quedaba nunca quieto, porque era muy travieso, le gustaba mucho hacer bromas. Alcanzaba con que agarrara un pedazo de papel, lo apretaba y hacía unos tiritos con la pelota. Ese es Leo, siempre educado, siempre responsable”. Con Scaloni a unos pasos no sabiendo cómo aguantarse las lágrimas, Chichita despertó los aplausos de la gente: “Quiero decir que la familia fue un modelo de acompañamiento, y que sirva de ejemplo para todos los padres que me están escuchando. Recuerdo que Leo estaba en el primer asiento y miraba por la ventana porque sabía que ahí estaba su papá, con el auto o con el camión, esperándolo. Eso es lo que debe hacer la familia, lo que hizo la familia Scaloni. Te quiero, Leo, te quiero con todo mi corazón, nunca creí que te iba a poder abrazar”. Y acto seguido los dos cuerpos, el de la maestra y el del alumno, se fundieron en uno solo.
“Cuando lo vi ayer, y nos abrazamos, se rompieron todas las barreras del corazón y los sentimientos salieron disparados para cualquier lado. Lo que recibí fue maravilloso, para mí fue la gloria, no imaginé que iba a querer que lo acompañara en el escenario, no me lo voy a olvidar más”, declaró Chichita, aún conmovida, el día siguiente. Murió nueve meses después, en septiembre de 2023, a los 82 años, y a todos los que habíamos estado pendientes de su historia y que nos emocionamos con aquel discurso y ese abrazo en Pujato se nos hizo un nudo en la garganta.
“Chichita era una institución en el pueblo, la quería un montón y fue muy importante para mí —agradece hoy Leo—. Yo era muy loco y a mí me hablaba, nunca fue estricta, nunca tuvo una mala reacción hacía mí, siempre intentando explicarme las cosas, son personas que te marcan en tu formación, como me pasó después con José [Pekerman] en las juveniles. La volví a ver en el regreso al pueblo después de Qatar. Todo fue una gran locura, no esperaba algo así. Y para mí el mensaje a la gente es que cualquiera puede llegar, a cualquiera le puede pasar. Los chicos lo ven lejano, nos ven como si fuéramos extraterrestres, pero va a pasar, alguno de esos que festejaron el Mundial en cada uno de los pueblos va a estar en situación de jugar en la selección argentina en algún momento, claro que va a pasar. Al final es de lo que se trata, eso te humaniza más, a mí me encantó”.
Nos desviamos un poco del tema principal, de Chichita y el colegio, pero no le vamos a andar cortando el rollo al DT campeón del mundo. Con respecto a la formación de nuestro protagonista, no pudo completar la secundaria. De la 227 de Pujato lo invitaron gentilmente a retirarse después de que al muchacho no se le ocurrió mejor idea que tirar unas actas al inodoro.
—La directora de la escuela llamó a mis padres y les dijo: “Lionel no va más acá, se lo tienen que llevar”. No pasaba por el rendimiento, sino porque era insoportable, boludeaba, tiraba cosas, molestaba a los demás, y la gota que rebalsó el vaso (o el inodoro, en realidad) fueron las actas. Estaba en tercer año, y no había otro colegio en Pujato que me pudiera aceptar, sí había uno en Coronel Arnold, un pueblo de 800 habitantes, al que se iba por camino de tierra, porque por ruta eran como 40 kilómetros. Iba en la moto, llegaba a Arnold a las siete y media de la mañana haciendo un ruido infernal. Cuando llovía, a veces mi viejo me prestaba el camión y aparecía tocando bocina. Imaginate un pueblo de 800 habitantes con la bocina de un camión a tope, ja, ja, despertaba a todo el pueblo.
—¿Y qué pasó en la escuela de Arnold?
—Terminé tercero, y cuando iba a empezar cuarto estaba pisando la Primera de Newell’s, entonces me anoté en un EEMPA [Escuela de Enseñanza Media para Adultos] en Rosario. El profe Castelli hacía concentrar a los solteros los jueves, entonces ya se complicaba un poco, y encima se cursaba a la noche, me empecé a asustar por algunas cosas; una vez me siguieron con un auto a la salida, y entonces llamé a mi viejo y le dije que no quería ir más. Y dejé. No pude terminarla, para mí es una cuenta pendiente. Hoy a mis hijos los llevo a la escuela, por ahí se quejan, no tienen ganas de ir y les digo: “Cuando tengan mi edad y se acuerden de estos momentos, van a preguntarse por qué no lo disfrutaban más”. Yo extraño esos momentos, la verdad, me gustaría volver el tiempo atrás. Es el día de hoy que, cuando ando por Pujato y se organiza, nos juntamos con mis excompañeros. Hace poco nos vimos y comimos un asado en un galpón del pueblo.
—No me quedó claro cómo descubrieron que habías sido vos el que tiró las actas al inodoro.
—Y… no había muchas opciones. En la escuela era el único que podía hacer algo así.
A confesión de parte…
4. Canallada
Diego Jesús Quintana nació en Rosario el 24 de abril de 1978, es veintidós días mayor que Scaloni. Fue compañero de Lionel en las inferiores de Newell’s y también en la selección Sub 20 que se consagró en Malasia, en 1997. Pero de muy chiquito lo enfrentó. Y lo padeció.
“Yo empecé en Newell’s a los 4 años, y teníamos una categoría, la 78, que era buenísima. Estuvimos un montón de tiempo invictos hasta que jugamos la final de un torneo en la cancha de Pablo VI, un barrio de Rosario. Leo jugaba para otro equipo. Era un torneo de baby y concurría muchísima gente, en canchita de siete con césped natural. Llegamos a la final y nos ganó el equipo de Leo, con dos goles de él. Yo metí el de Newell’s, y ya al año siguiente vino a jugar con nosotros, con la 78 de Newell’s”, cuenta Quintanita, tomando la precaución de no nombrar al “otro equipo” en el que jugaba Scaloni. Sabemos cómo se vive el fútbol en Rosario, cómo se transita la rivalidad. Seguramente, Quintanita no vio, entre otras, la nota que su excompañero y amigo le dio a Jorge Valdano después de ser campeón del mundo, en la que contaba, sin que le preguntaran, que había jugado un año en Rosario Central. Más allá de la chicana inevitable entre los hinchas, que descubren fotos y archivos antiguos y se matan a carpetazos en las redes sociales, lo cierto era que, en ese momento, Scaloni tenía 6 años, y luego su corazón se tiñó de rojo y negro porque fue el club que le brindó formación y le permitió llegar a Primera.
Pero vayamos al archivo para saber un poco más. “Rosario Central campeón categoría 78” es el título de una nota publicada en el diario La Capital del 14 de marzo de 1986 —Leo estaba por cumplir 8 años—. Y dice lo siguiente:
Cumpliendo una destacada actuación, el equipo del Club Rosario Central, categoría 1978, se consagró campeón en el torneo “Cebollitas” que se disputa en nuestra ciudad, con la participación de equipos de San Lorenzo, Gálvez, Fray Luis Beltrán, Villa Diego, Puerto San Martín, Cañada de Gómez y Pérez. El elenco auriazul culminó invicto su campaña y contó, además, con el goleador del certamen, Lionel Scaloni, y la valla menos vencida, mérito que le correspondió a Javier Camacho. Para llegar al título, Rosario Central venció 2-0 a Defensores Unidos, 7-1 a Atlético Fisherton, 6-0 a Vecinal Bella Vista, 3-0 a Tiro Suizo, 6-0 a Inter e igualó 2-2 con Newell’s Old Boys A. En la semifinal venció a Central Córdoba por 3-0 y luego en la final se impuso a Newell’s Old Boys B por 2-1. El equipo campeón contó con la participación de los jugadores Rodrigo Bertani, Abel Zanón, Rubén Villarreal, Luciano de Bruno, Fernando Whitti, Lionel Scaloni, Leandro Coroullon, Aldo Amado, Fernando Villarino y Javier Camacho, actuando como director técnico el señor Raúl Madrid.
De todos ellos, Luciano de Bruno fue uno de los pocos que llegó a Primera del fútbol grande y tuvo una destacada carrera en Central, Talleres, Lanús, Tiro Federal y Hapoel Tel Aviv, entre otros. “Lionel era muy grandote, tenía una fuerza terrible y jugaba de 9”, agregó Quintana, a quien Scaloni definió como el mejor amigo que le dio el fútbol, y quedó claro que el crédito de Pujato se destacaba dentro del equipo, metía más goles que nadie y, sobre todo, era un ganador.
—¿Por qué te fuiste de Central?
—Porque Víctor Vesco, el presidente de Central, dijo que el club no estaba para mantener las inferiores tan chiquitas, recién lo hacía a partir de los 13 años, se enteró Newell’s y nos fue a buscar a mí y a mi hermano, y un mes después de esa final me encontré con los chicos a los que les habíamos ganado, entre ellos a Diego Quintana y Cristian Vella.
—Los hinchas de Newell’s y Central se pelean por vos, te disputan como trofeo. Vos no le das mucha bola.
—La verdad que no. Mi vieja es de Central, y yo siento mucho cariño por Newell’s porque me dio la posibilidad de ser lo que fui, pero no tengo problemas, la verdad.
Lionel Scaloni jugó en Rosario Central y en Newell’s Old Boys y no murió en el intento (por suerte para millones de argentinos).
5. Forjando la personalidad
La tuvo clara desde muy pequeño.
“No tenía otra cosa en la cabeza que jugar al fútbol. Nunca me planteé decir: ‘Quiero ser veterinario’, por ejemplo. Mal por mí. Tenía claro que quería llegar a ser futbolista, y si no, intentarlo hasta el final, porque no sabía si daría la talla. Siempre digo que, si diste el máximo y no te seleccionaron, no te podés quedar con que no lo intentaste. Yo era cabeza dura, y siempre me interesó intentarlo”, admitió Lionel, que a “cabezadurismo” no le iban a ganar así nomás.
Dio algunas precisiones adicionales: “Los recuerdos que tengo de la infancia son todos detrás de una pelota, desde los 4 años jugaba en el baldío de casa. Pateaba con nenes más grandes; mi hermano me lleva dos años, y yo jugaba con los de su categoría. Deberíamos aprender más de esa época, cuando pensábamos en pasarla bien y nada más; lo único que hacíamos era jugar a la pelota, y el entrenador de turno nos enseñaba a no cometer errores. Ahora cambió bastante”. Papá Chiche le inoculó el virus del fútbol por todas las vías posibles: “Mi viejo fue mi primer director técnico en Matienzo. No tenía ningún título, era todo amor, todo cariño, todo pundonor, era ‘dale para adelante, nunca bajés los brazos’. Nosotros nos criamos así, y a pesar de que yo no era técnicamente de los superdotados, nunca bajaba los brazos y en los momentos difíciles estaba”.
En dos de los muy buenos informes que se hicieron sobre el DT de la selección antes del Mundial, “El origen de la Scaloneta” (Infobae) y “Potrero del mundo” (Cadena 3), brindaron su testimonio, para retratar al primer Scaloni, Beto Gianfelici —jugador de Sportivo Matienzo cuando Lionel recién arrancaba y amigo de la familia— y Beto Juárez —entrenador de Lionel en Matienzo—. “A Leo lo conocí a los 7 años; el padre era integrante de la subcomisión de fútbol de Matienzo, y yo jugaba en el equipo —destaca Gianfelici—. Vivía entre los dirigentes y jugadores, estaba en las reuniones y no se perdía detalle de las prácticas del primer equipo. Tengo muy grabada una anécdota de esa época, cuando yo participaba de un campeonato nocturno y fuimos a Serodino, a unos 70 kilómetros, a ver a un jugador. Ese día, además de Chiche, vino Leo, y nos sentamos detrás de un arco. Habíamos ido a ver a un 9, pero había un wing izquierdo que era una máquina, y Leo estaba sentado a mi lado y me decía: ‘Mirá lo que es el wing, mirá lo que es el wing’. ¡Tenía 11 años! A mí no me sorprende lo que pasa ahora, no me asombró que convocara a jugadores que en la Argentina no se tenían en cuenta. De chiquito ya vivía el fútbol de esa manera”.
Gianfelici resalta que en Matienzo, de la línea de cal para afuera, eran todos polifuncionales. Así suele ser en los pueblos: “No siempre había director técnico, porque el que a veces estaba haciendo los chorizos después iba de masajista. Así me tocó ser el técnico de Lionel en algún momento, y cuando trabajé como conserje del club, él se quedaba jugando a la pelota en la sede hasta la medianoche”.
Más de Gianfelici:
- “Si lo tenías que poner con dos categorías más grandes, jugaba igual”.
