Notas para una autobiografía

Roberto Bolaño

Fragmento

Nota de los editores

Nota de los editores

Notas para una autobiografía reúne una selección de entrevistas concedidas por Roberto Bolaño entre 1975 y 2003, casi tres décadas que abarcan desde los años de formación del joven poeta en Ciudad de México hasta la etapa final como escritor ya plenamente consciente de la repercusión de su obra. Las piezas aquí recogidas aparecieron originalmente en medios españoles, americanos y europeos, en su mayoría escritos, aunque se incluyen también tres diálogos televisivos que tuvieron lugar en Chile con ocasión de viajes del escritor a su país de origen. El criterio que ha guiado esta edición no ha sido la exhaustividad, sino la profundidad: se han elegido aquellas conversaciones, mantenidas tanto con periodistas como con otros escritores, en las que Bolaño se detiene, piensa en voz alta, se contradice, vuelve sobre sus propias afirmaciones y deja ver con mayor claridad las ideas, obsesiones y experiencias que sostienen su escritura.

Ordenadas cronológicamente, estas piezas trazan un recorrido que es al mismo tiempo biográfico e intelectual. Encontramos al Bolaño de los primeros años, radical, combativo, todavía situado en el territorio de la poesía y del gesto político, experimentando en su etapa mexicana con una mezcla de precariedad material y fervor absoluto por la literatura. A medida que se avanza por estas páginas, esa voz se transforma: aparece el narrador que empieza a consolidar un proyecto narrativo propio, el lector voraz que expone sin jerarquías su canon personal, el escritor que reflexiona sobre el oficio, el estilo, el riesgo, la disciplina y el trabajo diario. En las entrevistas finales, Bolaño habla ya desde el reconocimiento, pero sin complacencia: desconfía de los premios y la posteridad, relativiza el éxito, y vuelve una y otra vez a la literatura como forma de vida.

El volumen incluye también dos textos tempranos en los que Bolaño ocupa el lugar del entrevistador y que permiten ver su génesis como lector apasionado y escritor que interroga a sus propios referentes para medir fuerzas, afinar una tradición y situarse, aún a tientas, dentro de ella.

Notas para una autobiografía ofrece la posibilidad de escuchar a Roberto Bolaño en primera persona. Su voz no está aquí reconstruida por biógrafos, su imagen no está filtrada por la crítica. Es un autor que se explica y se expone en el marco siempre contingente de la conversación. La oralidad —incluso cuando llega mediada por la escritura— conserva giros, ironías, momentos de humor que forman parte esencial de su manera de pensar. Leer estas entrevistas seguidas equivale a asistir a una larga conversación interrumpida por los años, los viajes y los cambios de contexto, pero sostenida por una coherencia profunda: la convicción de que la literatura es un asunto serio, peligroso y vital.

Bolaño no narra aquí su vida de forma lineal ni confesional, pero va dejando, entrevista tras entrevista, las huellas de una experiencia marcada por los cambios de país, su condición de latinoamericano, la pobreza, sus tótems culturales, la familia, la amistad, la enfermedad y la conciencia del tiempo. Habla de sus obras y al hacerlo habla de sí mismo; habla de otros escritores y en ese gesto define su propia posición; reflexiona sobre la memoria, la violencia, la juventud perdida o la figura del escritor y, sin proponérselo, va construyendo el retrato de una vida atravesada por la literatura.

Este libro invita a ser leído de principio a fin, como un relato en movimiento, pero también de un modo fragmentario, como se escucha la voz de alguien a quien se vuelve una y otra vez. En ambos casos, Bolaño nos da claves para entender su obra y nos ofrece la experiencia rara y privilegiada de acompañarlo mientras piensa su propia literatura y su lugar en el mundo.

Notas para una autobiografía

«Yo nací en Santiago, pero nunca viví en Santiago. Viví en Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y espiritistas...»

«Mis padres se cambiaban mucho de casa, pero los motivos eran inconfesables. Yo siempre creí que todas las familias chilenas se trasladaban mucho; en realidad, sólo era la mía. El año 68, mi familia quiso ir a México, todos, lo que para mí fue yo diría, la experiencia más vital. En total he vivido en México cerca de diez años y para mi percepción de lo que era ser escritor, eso fue básico. De hecho, mis primeras lecturas son de autores mexicanos, una literatura riquísima, que me ha marcado como ninguna otra. Es un mosaico interminable».

«Decidí ponerme a escribir a los dieciséis años, en México, y además en un instante de ruptura total, con la familia, con todo. Y me resultó muy divertido, muy emocionante, pero bastante jodido, porque yo era como son los jóvenes poetas, que van en contra de todo, pero encima yo tenía la desfachatez, según el establishment, de ser chileno».

«México fue una universidad gratis, prolongada y sin vuelta atrás, porque desde que yo me fui el año 77, nunca más he vuelto. Y he tenido bastantes invitaciones y ocasiones de volver».

«La vida misma no creo que haga escribir a nadie. El momento en que uno decide ser escritor es un instante de locura total y de voluntad, entendida en el sentido nietzscheano de la palabra, que es un sentido bastante delirante. Escribir no es normal, lo normal es leer y lo placentero es leer, incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima».

«Yo, como todo niño chileno, había recitado los Veinte poemas de amor y una canción desesperada a grito pelado. El poeta que yo leo con mayor fidelidad, desde aquella época, es Nicanor Parra, lo leo y lo releo muchísimo, y me parece un poeta de una importancia enorme. Pero también leo a Lihn, a Teillier, hay versos de Teillier que son como para hacer boleros, leo a Gonzalo Rojas. Cuando digo leo quiero decir releo, releo con fruición».

«Podría dar una respuesta aparentemente poética: “la literatura me ha servido para no morirme”, pero es falso, yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza, es riqueza».

«Mi Chile es un Chile imaginario en donde yo soy un niño o un adolescente, a lo más tengo veinte años, y es un Chile lleno de las suavidades o de los dolores blandos y terribles de la infancia. Y también es un Chile del fin de un sueño, que al menos los nacidos en la década del cincuenta soñamos y apostamos por él. El momento en que ese sueño se acaba tiene una fecha clara».

Fragmentos de una entrevista realizada

por María Teresa Cárdenas y Erwin Díaz

el 9 de noviembre de 1999

Entrevistas (1975-2003)

Roberto Bolaño es un joven poeta chileno que salió de su patria a raíz del golpe de Estado; el INBAL lo invitó a participar en el Tercer Ciclo de Poesía Joven y con ese motivo lo entrevistamos.

¿Qué están haciendo los jóvenes poetas, dentro y fuera de Chile, por qué rumbos poéticos están caminando?

El qué están haciendo es producto del orden existente en Chile. Es decir, su poesía refleja críticamente, y algunas veces no tan crítica, siempre testimonial o con pretensiones analíticas, explicatorias, el suceder diario que es la represión, la inflación galopante, la supresión de las libertades democrático-burguesas. Esto dentro. Fuera, la cosa es diferente; el joven poeta tiene mayor acceso a información, posibilidades de publicar (cosa que a los poetas de esta misma generación que están en Chile les es imposible, por razones conocidas). La diferencia que puede establecerse entre estas dos ramas de una misma generación serían de cultura, de acceso cultural. Los que están en Chile viven una tradición marginal y clandestina; los que están fuera de Chile transitan en la poesía americana contemporánea —por llamarla de algún modo—, tomando lo mejor, algunas veces no conocido, de la literatura universal. Así, yo diría que mientras la poesía joven que se hace en Chile es primitivista, la que se hace fuera es de mejor factura, en un sentido académico. Lo que las une poéticamente es una razón épica: poesía autobiográfica, que pretende dilucidar, sobrevivir, no sólo individualmente, aunque partiendo de la experiencia personal, una historia, una cultura.

¿De qué manera el golpe militar en Chile ha modificado la poesía joven de ella?

El cambio es brutal, desilusiona a los jóvenes poetas de una tradición hasta la fecha existente, por lo tanto, de una poesía que se instaura en esa tradición. Mis compañeros, por no tener los instrumentos de generaciones anteriores —universidades, libros, mesas redondas, que funcionaban de una manera más o menos libre, reflejando tendencias y posiciones de la literatura en cualquier parte del mundo—, crean su propia tradición, que es la de la clandestinidad, sus propias actividades culturales, que se desarrollan en lo subterráneo y que son políticas y revolucionarias. El cambio es de un cien por ciento y los resultados están por verse.

Hablemos de tu poesía, de la que diste lectura hace poco. ¿Hay un tono coloquial y áspero en tu lenguaje?

Hablar de mi obra todavía no me parece pertinente. El lenguaje coloquial quizá se deba, entre otras cosas, a la influencia que recibe como joven poeta americano, de Parra, Cardenal, la generación del sesenta en Chile. Lo áspero lo pondría un poco en duda, pero si hay asperezas en mi poesía son históricas asperezas que reflejan mi experiencia y mi momento vivencial. Ahora bien, mi poesía es, aparte de mala, autobiográfica. Pretendo conocerme, salvar al mundo y que me quieran. Histórica en cuanto mi pedazo de vida es dinámica y se instaura en determinado contexto. Épica, porque la historia de mi país y de Latinoamérica merece tal poesía, citando a Pablo de Rokha.

¿Podemos hablar de alguna característica principal de tu generación?

Siendo miembro de la generación del golpe, la generación del 73, su aporte hasta el momento es su ruptura con la tradición de la poesía chilena. Ésta es la generación de los impublicados, de los perseguidos, de los torturados.

¿Para Roberto Bolaño, cuál sería el deber y la obligación de un poeta joven de Chile?

Yo creo que la obligación, o el deber de un poeta joven chileno, es primeramente ser un hombre joven chileno; el deber del proletariado es hacer la revolución, el deber del joven poeta de Chile —no hablo de los derechistas o centristas, que nada tienen que hacer en la poesía— es plegarse en la lucha de su pueblo, y cantarla críticamente, testimonialmente, iluminadoramente: el deber del poeta joven chileno es proponer y crear, y todo con vistas a la revolución.

¿Dónde naciste y cuál es tu currículum?

Nací en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Tengo dos obras de teatro inéditas; preparo un libro con la poesía joven de América, primer libro que se hace de este tipo; he publicado en varias revistas y periódicos. También preparo un libro con mi poesía.

¿Quieres agregar algo más para mi periódico?

Nada más decir que en las cárceles de Chile, además de la diaria clientela de trabajadores, se encuentran muchos artistas e intelectuales, algunos presos por el solo hecho de ser artistas e intelectuales. Pinochet y su pandilla hacen suya la célebre frase: «Cuando escucho hablar de cultura saco la pistola».

El Día (México), 30 de marzo de 1975

Entrevista por Macario Matus

En la Casa del Lago se llevó a cabo una conferencia-recital donde colaboraron el joven poeta chileno Roberto Bolaño y el mexicano Mario Santiago, quienes hablaron acerca de la joven poesía de Colombia y Ecuador. Ambos poetas respondieron a las siguientes preguntas: 1. ¿Cuál es la situación de la joven poesía de Colombia y de Ecuador? 2. ¿Existe o no un paralelismo de la joven poesía de aquellos países con la de México?

MARIO SANTIAGO

1. La joven poesía ecuatoriana y colombiana representaría una fisura, una respuesta agresiva, desmelenada, con toda la dosis necesaria de locura y desorden creativo que es urgentísimo enfrentar al yeso y al moho de las academias y la seriedad —involuntariamente cómica— de los licenciados, sacerdotes, gerentes y regentadores de la poesía, en su visión más hierática, religiosa y solemne. Fuera del show entre divertido y bufón del nadaísmo de los sesentas colombianos y el incendio vital, aunque un tanto idealista del grupo ecuatoriano Tzántzicos (históricamente significativo como catalizador de un desarrollo más oxigenado en la poesía ecuatoriana). Se rescatan en Colombia el cinismo ácido y corrosivo de Cobo Borda, el vigor sensual y agresivamente crítico de Darío Jaramillo Agudelo, el realismo mágico, fantasmagórico —a la Carpentier y a la García Márquez— de un Álvaro Miranda, el pop atlético y punzocortante de Elkin Restrepo, la frescura parviana de un Miguel Méndez Camacho y un Joaquín Peña; en Ecuador, la euforia, la efervescencia filosa (contra moldes, petrificaciones y rigores mortis) del cumbierismo de Fernando Nieto Cadena y los embriones emergiendo de Héctor Alvarado y Jimy Martínez, la plasticidad sensorial, vallejiana, de un Arias, y la percepción alucinógena de los Onderos como Carlos Arloff y Aquiles Serdán. La actividad de difusión y crítica de revistas como La Bufanda del Sol y Puño y Letra completarían la fundamentación más sólida de esta avanzada. La revista Eco (papiro colombiano, superelitista y ultraburridísima) es un soporífero aparte.

2. Creo que hoy es absolutamente inútil y miope estancarse concibiendo la existencia de literaturas estrictamente nacionales. La respiración hormonal más vigorosa que vibra en el interior biliosísimo de nuestro idioma se ubica en estos últimos años en las nuevas poesías de Perú, Cuba, Nicaragua y México (Cisneros, Hinostroza, Pimentel, Verástegui, Rosas Ribeyro, Ramírez Ruiz, Sánchez León, Tulio Mora y otros, en el Perú; Luis Suardíaz, Fernández Retamar, Fayad Jamís, César López, Luis Rogelio Nogueras, en Cuba; Beltrán Morales, Fanor Téllez, Julio Valle, en Nicaragua; José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra (fallecido) y los más nuevos como Orlando Guillén, Julián Gómez, Elena Millán, Héctor Apolinar, en México). Las corrientes colombiana y ecuatoriana en este sentido no pasan de un mero periodo contestatario, transicional, aún sin generar una ruptura tajante de las viejas expresiones de formas irreversiblemente empolvadas. La poesía genuina en América Latina (que se nutre en las letras nutrísimas de César Vallejo, Efraín Huerta, Jaime Sabines, Ernesto Cardenal, en la poesía anglosajona que va desde Pound, William Carlos Williams hasta los beatniks) está apenas dejando ver sus frutos y jugándose sus primeros riesgos, de la cual ya se pueden filmar sus primeros manotazos.

ROBERTO BOLAÑO

1. Provinciana, macondiana, tétrica, cuasitelúrica, exquisita, hermafrodita, sanjuanesca, onomatopéyica, sensualona, arcaizante, trapecistas sin trapecio y mirando al sol, que se debate entre la zona oscura, la colombiana, escuchando un eco non dialéctico, navajeros palma vacía en un callejón iluminado de pajaritos grises y memoria en cenizal.

La ecuatoriana es pobrísima, salvo Nieto y Arias son una sábana con olor o un cigarrillo y palma sin cocos. Me gustan Restrepo, Agudelo, Jaramillo de vez en cuando. Me gusta Nieto cuando escribe cartas. Por ahí apuntan Héctor Alvarado y Jimy Martínez. El nadaísmo deviene en sacristía. Los Tzántzicos, salvo Arias, cayeron en el precipicio de la carencia orífica.

2. No. La joven poesía mexicana es otra cosa. Aquí están Orlando Guillén, Julián Gómez, Mario Sauhiayo, que desarrollan una poesía más dinámica, con hallazgos que evolucionan la ética-estética dentro de la joven poesía del continente. No conozco a la joven, a la novísima poesía colombiana; a la ecuatoriana, sí; pero no pueden compararse con los novísimos mexicanos. Aquí hay tres jóvenes poetas que definitivamente no hay en aquellos dos países —por razones de cultura, socioeconómicas, por razones de evolución de la poesía— como Kyra Galván, Lisa Johnson y Mara Larrosa. Estas tres muchachas son un caso único especialísimo dentro de la poesía joven de Latinoamérica. Aparte: el movimiento en México acumula tal grado de contradicciones que lo distinguen de cualquiera premovimiento de otro país latinoamericano, salvo Perú, y ahora los novísimos de Chile. Es decir, Bruno Montané y yo.

El Día (México), 1 de octubre de 1975
Entrevista por Macario Matus

Roberto Bolaño y Antonio García son dos jóvenes autores, recién incorporados a la narrativa con la obra Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, la cual ha sido galardonada con el Premio Ámbito Literario, que anualmente organiza la Fundación Anthropos. De origen chileno y afincado en Girona, Bolaño ha editado dos libros de poemas y es a su vez colaborador de diversas publicaciones literarias; por su parte, Antonio García ha trabajado preferentemente la poesía (en lengua catalana) y la narración breve, habiendo aparecido uno de sus trabajos en una antología de jóvenes escritores europeos publicada en Hungría. Se trata, no obstante, de la primera incursión que ambos realizan en el campo de la novela.

¿Cuál es la temática que tratáis en vuestra obra?

Entre las muchas lecturas que ésta propone [indica Bolaño] el prisma para coordinarlas todas se resume en un hecho: se trata de un juego que protagoniza un personaje siniestro y fantástico, un fracasado en la literatura. Se trata de un autor catalán frustrado que se une a una chica sudamericana, completamente loca o enfermiza, combinándose tanto las marcadas diferencias de edad como las de cultura. La obra trata también, de fondo, la actual dicotomía lingüística de Cataluña, pero todo ello desde unas situaciones muy nuestras, y donde se dan cita los chistes privados.

¿Qué situaciones de las que se describen definen con mayor concreción el contenido de la novela?

Hay una situación pintoresca, en la cual el personaje central atraca la casa de un poeta con éxito y dinero. La acción nos presenta un flash, en el cual mientras la sudamericana está realizando una carnicería terrible y enfermiza, el escritor frustrado sostiene una conversación literaria con el ama en otra habitación. Es aquí donde se puede ver reflejado de una manera más concreta la dirección de la novela. Por un lado, se muestra la ironía total y por el otro la desesperación de un personaje que observa cómo su compañera le conduce a la catástrofe y, a pesar de todo, la ama.

¿Está entonces dentro del género de la novela negra?

Está un poco dentro de esta línea [dice García], aunque en realidad sólo nos sirve de excusa para exponer la dicotomía del propio personaje, el cual llega a identificarse con los otros que él mismo crea, ya que la obra, que está escrita en primera persona, presenta algo así como una especie de multiplicación de imágenes.

Es el propio tic de los intelectuales [manifiesta Bolaño] lo que lleva al personaje a plantearse toda una serie de cosas, que se ven frenadas por su cotidianidad, la cual le conduce a lo grotesco, al crimen. Con todo ello, he de decir que la novela presenta un final irónicamente feliz.

Vuestros primeros pasos literarios se dieron en el campo de la poesía. ¿Significa esto que habéis decidido pasar a la narrativa de un modo definitivo?

Por mi parte ahora dedico más tiempo a la narrativa, pero sin dejar de sentirme vinculado a la creación poética. Para mí [señala García] este paso es algo así como un juego, y el hecho de materializar una idea que me planteé en un momento determinado y en castellano, como todo lo que hasta ahora he escrito de narrativa.

¿Cuál es vuestro diagnóstico sobre el momento actual de la literatura en España?

En referencia a la castellana creo que es bueno, aunque inferior a la latinoamericana en conjunto; por su parte la catalana creo que pasa un momento vital. No puede hablarse de brillantez en realidad [añade Bolaño], dado que no existe ninguna voz o estilo colectivo que se imponga en la actualidad. A mi modo de ver, lo más destacado que se realiza aquí es la novela policiaca; no obstante, a nivel cualitativo y cuantitativo se está supeditando a la producción latinoamericana.

Diario de Barcelona (España), 3 de febrero de 1984
Entrevista por M. Barrera

Semejante al fenómeno de Luis Sepúlveda, durante años ignorado en Chile, el caso de Bolaño está a punto de caer por su propio peso literario. Porque una obra tan intensa como extensa le ha valido ser considerado el escritor latinoamericano más importante del momento en España, mientras en su propio país —con tres títulos en librerías— se empina a la reducida categoría de autor de culto. Una situación que puede revertirse cuando visite Chile en noviembre, por primera vez en veinticuatro años.

Hasta hace poco, sus escritos circulaban sólo por selectos circuitos de lectura. Se comentaban como un descubrimiento, y quien osaba recomendarlos podía incluso jactarse de haber leído —además— algún otro de los seis libros de narrativa, o alguno de poesía, publicados por Roberto Bolaño (1953). Sólo recientemente comienzan a escucharse los bemoles de sus historias, una notable saga en la que ha abordado —con un lenguaje lacónico, con un humor estrafalario al que recurre también al conversar, y un particular sentido de la ternura— la biografía de personajes marcados por el fracaso y cierta sordidez que no alcanza lo escatológico.

Y es que la escritura de este chileno se plasmó en el más silencioso de los exilios voluntarios, del que sólo ha salido gracias a su innegable originalidad. Alabado por los críticos hispanos, su obra ha trascendido las fronteras. Lo suyo es una literatura difícil de catalogar, porque subvierte la convencionalidad de los géneros al mezclarlos mientras cuenta historias particulares que logran interesar. Tampoco es fácil establecer comparaciones con la obra de otros chilenos; Bolaño se acerca más a las ficciones de Borges, aunque pervirtiendo las estrategias que éste utilizaba.

En la originalidad de su apuesta se ha fraguado la fama de este escritor. A los cuarenta y cuatro años puede prescindir de las alborotadas urbes españolas y de sus movimientos editoriales: no figura en trasnochados circuitos literarios ni en las pantallas masivas de los medios. Es adicto, más bien, a intensas rutinas matinales de trabajo, con aguas de manzanilla hirviendo junto a su computador, y al paisaje marítimo de Blanes, en Gerona, a una hora y minutos en tren desde Barcelona. En esa ciudad se realizó esta entrevista.

Roberto Bolaño nació en Santiago pero tuvo una infancia provinciana y unos tiempos adolescentes en Los Ángeles sureños. Tenía quince años cuando sus padres decidieron partir a México, época que recuerda bien, porque coincidió con los momentos iniciales de su inserción literaria. «Mi viaje en 1968 al D. F. es un hecho chileno», apunta. «Solamente a una familia chilena del sur se le ocurre largarse, en 1968, con dos chavales adolescentes, mi hermana menor y yo, a un país que no conocen...».

Comenzó entonces la aventura. Todas las mañanas partía al colegio, pero indefectiblemente terminaba de cimarra por la alameda Azteca, y hurgando en la Librería de Cristal, o en Del Sótano, buscando libros para leer o, más bien, robar. Tomaría prestados muchísimos volúmenes utilizando diferentes estrategias: desde ocultarlos bajo su chaqueta de mezclilla hasta llevárselos en la mano, «a vista y paciencia de todos los empleados del local». Necesitaba leer para seguir vivo, porque, como ha señalado, esos libros le ayudaban a respirar. «Pero respirar tampoco es la palabra».

¿Fue así como llegó a la literatura?, es la pregunta inevitable. «Se llega por azar a la literatura, como se llega al sexo: movido por cierta curiosidad de algo que no conocemos», intenta explicar Bolaño, con un acento que no se decide entre el chileno, el mexicano y el español.

La conversación se ve interrumpida, y al retomarla su respuesta ha cambiado radicalmente: «¿Por casualidad, dije que se llegaba a la literatura? No, no, no, a la literatura nunca se llega por casualidad. Nunca, nunca... [se ríe]. Que te quede bien claro. Es, digamos, el destino, ¿sí? Un destino oscuro, una serie de circunstancias que te hacen escoger. Y tú siempre has sabido que era tu camino ése. Y yo siempre lo he sabido, siempre fui muy fantasioso».

¿Muy mentiroso también?

Mentiroso no, fantasioso. Inventaba historias... En fin, lo típico. Pero esto nos llevaría a otra pregunta: ¿se llega a la literatura?, ¿cómo se llega a la literatura?, ¿llegamos nosotros a la literatura o llega ella a nosotros? ¿Sí? ¿Nos hace llegar?, ¿nos llegamos?, ¿llegasteis? [comienza a reír, e insiste], ¿llegasteis?

Bolaño continúa en su propio delirio, no es posible interrumpirlo. «¿Ella misma nos hace llegar hacia ella misma? ¿Es la literatura la Santísima Trinidad?».

Muy a pesar de sus padres y llamado por «la Santísima Trinidad», a los dieciséis años ese inquieto adolescente dejó de ir al colegio. Nunca más pasó por las aulas de ninguna institución, pero no se considera un autodidacta. «Hablar de autodidacta es un error de concepto, yo leí mucho, hubo autores que me enseñaron lo que sé».

En los años que deambulaba por la capital azteca encontró «un maestro singular»: Efraín Huerta, uno de los grandes poetas mexicanos de este siglo. Un vate al que nunca le escuchó la voz: había sido operado de las cuerdas vocales porque tenía un cáncer de laringe, y ya no podía hablar cuando comenzó a visitarlo.

Enrique Lihn, a quien no conoció, fue otra persona influyente en su vida: «Tampoco le escuché la voz, sólo mantuve correspondencia con él. Sus cartas, que aún conservo, eran bastante histéricas. La primera decía una cosa, en la segunda se disculpaba de lo que había dicho en la anterior. Se veía un hombre muy vital, bastante atormentado. A mí me daba la impresión de que Chile era pequeño para él, aunque, por supuesto, no hay ningún país pequeño para ningún escritor. Pero de alguna manera, uno sentía que Lihn no se mereció Chile».

La patria era la fantasía de Bolaño, y en 1972 el entonces poeta chileno retornó premunido de dólares que había ganado como articulista en diferentes medios mexicanos. Venía tras el alborotado panorama que ofrecía el país, se movilizaba por distintas ciudades, hacía sus trapicheos (transacciones) en el mercado negro. Cuando ocurrió el golpe, pese al miedo que sentía (ya había estado tras las rejas una vez), Bolaño no quería irse.

«Lo digo de verdad. Cada noche te podían matar. No sabías qué podía ocurrir. Pero creo que mis ganas de no dejar Chile tienen que ver con que la bronca era tan anfetamínica que volver a México era como perder la dosis».

¿Y entonces?

Me fui porque no iba a aguantar... No había más remedio que irse. Pero fue muy duro, ¿sabes? Porque, además, estaba muy enamorado de la Pachi Pons... Una chica fantástica. A los trece años leía el Satiricón, de Petronio, y fumaba marihuana. Me encantaría volver a verla. ¡Joder! Por Pachi Pons siento una enorme nostalgia. No sentí nostalgia por Chile, pero sí por personas como ella.

En 1974, Bolaño ya estaba otra vez en México, participando en la vida cultural de ese país. Tenía sólo veinte años cuando empezó a publicar profesionalmente y pronto fundó un movimiento de vanguardia, el infrarrealismo, junto a un grupo de jóvenes poetas mexicanos. «Es Matta el que crea el infrarrealismo cuando lo echan del movimiento surrealista», explica. «Pero como proyecto eso nunca llega a nada».

Y Roberto Bolaño se lo adjudica.

Claro. Éramos los dos chilenos, y yo admiro la obra de Matta. Era el único que la conocía... Me dije: «Pues ¡infrarrealismo!». Todavía existe, ¿sabes? Llegó a ser un grupo de unas cuarenta personas, no sólo de escritores, había también pintores, músicos... Pero el núcleo duro éramos como ocho o diez...

¿...?

Es totalmente cierto todo esto, ¿eh? No es broma. El infrarrealismo era un grupo suicida, kamikaze. En menos de un mes ya habíamos concitado un odio unánime, que es muy difícil, ¿eh? Nos odiaban los comunistas, la derecha, los priistas, los exquisitos... Todo el mundo nos odiaba.

¿Los anarquistas también?

¡Es que los anarquistas éramos nosotros! [se ríe]. Literal y literariamente, éramos de temer. Llegábamos a los recitales y los quebrábamos; era un grupo salvaje, y yo, un intratable. Un asunto nada sencillo. No se te olvide que era un chileno el que estaba haciendo estas cosas en la vida cultural mexicana. Los mexicanos podían aceptar que esto lo hubiera hecho el otro jefe del infrarrealismo, mi querido amigo, el poeta mexicano Mario Santiago, que acaba de morir trágicamente..., pero que lo hiciera también un chileno exiliado... Un exiliado, al que se le presupone respeto y una gran prudencia y discreción en el país que lo acoge... Pero es que claro, para mí México era también mi país.

¿Tanto como Chile?

Tanto como Chile, sí, sí. Ahora, de todas formas, yo tenía conciencia de ser extranjero... Hice una antología que se llamaba Poetas infrarrealistas mexicanos, en la que no me incluí. Porque yo era un poeta infrarrealista chileno.

En esos años, Bolaño aún no escribía prosa. «Y a mucha honra», asegura. Los infrarrealistas detestaban la prosa, aunque tampoco era la poesía su militancia: «Los infrarrealistas, la gran mayoría, éramos drogadictos, o gente que malvivía de vender drogas, o del trapicheo», acota.

¿Usted también?

No. Yo nunca llegué a vender droga. Como jefe debía mantener un límite. Yo era el más razonable de los infrarrealistas.

En 1977, Roberto Bolaño salió de México, harto de lo literario. «Estaba totalmente enliteraturizado, y de repente llegué a Barcelona y me enamoré de esa ciudad enfiestada... Empecé otros aprendizajes. Me pasé mucho tiempo sin frecuentar escritores, y viajé bastante. Reanudé mis aprendizajes, me curé de una pena de amor... En realidad, una de las razones por las que me vine es que había roto con mi compañera, la primera chica con la que viví. Me fui porque ya no soportaba tanto desamor, como diría la ranchera. Si me quedaba en México me iba a colgar, sabía que me iba a morir. Muy fuerte, muy, muy fuerte. Nunca más he vuelto a sufrir tanto como cuando me dejó esa mujer del carajo». Se ríe, y agrega con humor: «¡Dios la confunda, mala mujer!».

«Rostros de mujeres hasta en la sopa», señala un verso que usted cita en un poema. Y también «Amo, aunque luego aúlle». Pareciera que en su aprendizaje le debe más a las mujeres que a la literatura.

Sin duda, sin duda. He aprendido de las mujeres cantidad: toda una universidad para mí. «Me gusta mucho el verbo amar conjugado por los surrealistas», escribí también en algún lado.

Y su paso a la narrativa, ¿también tuvo que ver con mujeres?

¡Pues sí!, sin duda. La narrativa entra a raíz de otro desastre amoroso... [se ríe]. Un desastre amoroso de proporciones cataclísmicas en el que comprendo que o escribo un poema de cinco mil versos o escribo un relato. Y ante la disyuntiva, mejor escribí un cuento.

Su primera novela —Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce— fue escrita en 1984 en colaboración con Antoni García Porta. Por ella ganó el primero de muchos premios literarios hispanos que le abrieron las puertas de editoriales en España. Aunque, asegura, «en un principio, cuando estás superdesesperado y necesitas dinero, ¡joder!, ganarse un concurso es mucho más efectivo económicamente que publicar en Seix Barral, por ejemplo. Es recibido como maná».

¿Ganar premios da una cierta seguridad?

No. Yo nunca he creído en la seguridad. Fíjate: ahora tengo una crítica excelente, publico en una de las mejores editoriales de la lengua española. Pero cuando terminé de escribir la novela que recién terminé, pues estaba tan inseguro como en 1980. Creo que es siempre así, ni el escritor que gana el Nobel siente seguridad. No hay nada que te dé seguridad, cada vez es como el mito de Sísifo: hay que subir la puta piedra una y otra vez, ¿sabes? Siempre la jodida meta es más grande, más áspera, está más lejos.

Una meta lejana es la literaria, pero menos de lo que parece en el caso de Roberto Bolaño, quien en alguna época realizó diversos oficios eventuales, tanto de vigilante nocturno como de comerciante en Gerona, ahorrándose las quejas. Pero desde hace seis años puede decir que vive exclusivamente de la literatura. «Enliteraturizado», otra vez. Y con una crítica que actualmente lo destaca en la prestigiosa revista Quimera como «uno de los escritores latinoamericanos más apreciados en España».

Bolaño continúa impertérrito, agradece el comentario y salvo en el caso de Parra —poeta admirado—, de algunos cuentos de Jorge Edwards, de Diamela Eltit, cuya producción considera magnífica, y de la figura de Pedro Lemebel, cronista irreverente, evita opinar sobre los escritores contemporáneos chilenos vivos a quienes no conoce personalmente y cuyos libros no han llegado a sus manos. «No los he leído, a ninguno de ellos. Si quieres me preguntas por escritores muertos...». Bolaño pregunta sobre ellos y sobre sus escritos, movido por una curiosidad sin disimulo, por un interés que se relaciona a la invitación que se le ha hecho para venir a la Feria del Libro de este año.

¿Estará en Chile en noviembre, para el lanzamiento de La pista de hielo?

¿Volver a Chile? Sí, ahora que lo dices, quizá no sería una mala idea. ¡Me encantaría...! Aunque le tengo un poco de fobia a los aviones..., ¿sabes? Y eso me limita mucho. Por eso viajo poco últimamente... Hace veinticuatro años que salí de Chile, ¿veinticuatro ya? ¡Qué cantidad de años! Nunca volví...

¿Qué tipo de relación ha mantenido entonces con el país, como para que siga sintiéndose tan chileno?

Una relación mental. Una profunda relación platónica con ciertas épocas, el año 1972, el año 73... Pero es un Chile muy vivo en la mitología de mi memoria. No es una relación con el Chile actual, en presente perfecto. Es un Chile tamizado por el recuerdo.

Ese material que tiene registrado en la memoria es el que utiliza Bolaño a la hora de escribir, muy quieto y concentrado en su departamento de Blanes, en el que se ha instalado en vecindad al piso de su mujer, la catalana Carolina López, y de Lautaro, el único hijo de ambos. No tiene más que un teléfono móvil (celular). Prefiere, por ahora, permanecer al margen de las comunicaciones virtuales, y aferrarse a su disciplina de escritura mañanera.

Usted alcanzó a publicar cinco libros de poesía, pero es conocido como narrador. ¿Abandonó definitivamente los versos?

No, no he abandonado la poesía. Dentro de poco voy a juntar todos mis poemas y los voy a publicar. Ahora escribo más narrativa por una cosa puramente... eh... [se queda pensando]. No sé, en realidad. Lo que pasa es que la poesía es mucho más difícil que la prosa.

¿En qué sentido?

El acto de escribir un poema lleva en sí mismo un compromiso del poeta no sólo con aquello que está escrito, sino con aquello que está dicho. El poeta siempre arriesga mucho más que el prosista. El poeta siempre está arriesgando, generalmente su vida. Y creo que el buen prosista también está arriesgando su vida siempre. Escribir, hacer literatura, es una profesión de las ultrapeligrosas.

Da la sensación de que usted, de una novela a otra ha ido arriesgando más. Desde La literatura nazi en América hasta su próxima publicación, Los detectives salvajes, ha ido machacando consistentemente a muchos escritores...

Pero cuando hablo de arriesgar, no me refiero a machacar a nadie. En realidad, cuando yo me burlo de algunos escritores, lo que hago es lo que Enrique Lihn llamaba bromas liceanas. En México se les llama, peyorativamente, chingaqueditos. Aquí, en Cataluña, se les llamaría putetas. Es algo que voy a mantener toda mi vida. A mí me gusta hacer putaditas en la literatura, en un sentido rabelaisiano.

¿Carnavalesco?

La sátira rabelaisiana; la sátira porque sí. Para reírme un poco, o como diría Parra, para «joder la paciencia». Pero yo creo que mi riesgo en la literatura está más en la forma. Sí. Mi trabajo está lleno de apuntes mínimos, de personajes que aparecen en varios sitios, a veces como protagonistas, otras veces como referencias que hacen de ellos otros personajes. Mi trabajo es como un campo minado. Ahora, el oficio radica en que no sea necesario, para acceder al cuento, darse cuenta de que vas avanzando por sobre ese campo de minas. Son minas que explotan, o que se revelan solamente ante aquella persona que las está buscando. Pero en toda mi literatura, si buscas las minas, ¡las encuentras a montones, pero a montones! Hay pequeñas claves para descifrarlas. La literatura nazi en América está plagada de esos juegos, ¿sí? A tal punto, que puede ser mejor ni siquiera buscar las minas porque puedes enloquecer. Ése es mi pequeño juego formal, donde yo arriesgo en la forma y para mi placer.

La novela Estrella distante surge de la extensión del último fragmento de La literatura nazi en América. ¿Seguirá repitiendo ese esquema?

No. El plan general es mucho más simétrico y mucho más complejo. De La literatura nazi en América sale Estrella distante. Estrella distante es el siamés, el siamés superrápido y letal de La literatura nazi..., que es un siamés gordo, lento y torpe: una mole enciclopédica, de una quietud bestial... Luego vienen los cuentos de Llamadas telefónicas. Punto. De Los detectives salvajes, un libro que triplica La literatura nazi..., sale otra novela, en la que estoy trabajando ahora... Y luego de Amuleto tendría que venir otro libro de cuentos, donde hay entradas y salidas al corpus mayor, pero no tienen esa dependencia total que tienen en el caso de la novela.

Hasta aquí, da la impresión de que usted hubiera utilizado una estrategia borgeana, la de convertirse en una suerte de biógrafo de escritores ficticios...

No. No son ficticios. Primero, no me gustaría nada convertirme en biógrafo de nadie, ni siquiera de mí mismo. Y hay una cosa clarísima: yo nunca escribo sobre cosas irreales. Yo todo lo que escribo lo he vivido. Como Nerval, quien decía que él sólo hablaba de cosas reales. Suena como a pedante, y a fanfarrón. Pero es la pura verdad.

¿Puede afirmar eso incluso en La literatura nazi..., una saga de perfiles de escritores de tendencias fascistas?

Sí, sí, sí.

¡Pero tantas! ¿Cómo sería posible?

No las he vivido personalmente, ¿sí? Pero me consta que todas son reales.

Entonces, queda descartado que su apuesta sea lo borgeana que parece.

¡Yo a Borges lo adoro! Yo viviría debajo de la mesa de Borges, leyendo cada página de Borges. Borges para mí es, con palabras borgeanas, un autor feliz, ¿sí? Pero lo que me propulsa es una cosa mucho más salvaje que lo de Borges. Lamentablemente, porque yo quisiera ser una persona tremendamente más tranquila. Estaría mucho mejor, seguro, pero no. Mi vida ha sido infinitamente más salvaje que la de Borges...

Me refería a su propuesta literaria.

Mi propuesta literaria está en relación directa con mi vida. Mi propuesta literaria es mi vida. En ese sentido retomo lo que decía sobre la poesía y el riesgo. La propuesta literaria, el poema del poeta, es el poeta mismo. Siempre, ¿sabes? Siempre.

Caras (Chile), 20 de febrero de 1998
Entrevista por Lina Meruane

Anclado en Blanes, un pueblo turístico costero, a hora y media de Barcelona, Roberto Bolaño parece llevar una vida apacible que en nada nos remite a las peripecias de sus protagonistas literarios.

«Vivo solo, pero estoy casado; lo que pasa es que tengo mi piso al lado del de mi mujer y llevamos una vida de novios, es lo mejor. Mucho tiempo vivimos juntos, pero ahora nos atraemos más».

Y este hombre que ha desempeñado la mayoría de los oficios, «menos tres o cuatro, totalmente indecorosos», a los quince años partió por primera vez de Chile con rumbo a México «por puro afán de vagabundaje de mi familia». De regreso al país «ocurrió el golpe y luego me fui por razones políticas, en enero de 1974». Después de vivir en México, en 1977 decidió viajar a Europa.

«Iba para Suecia, pero me quedé en España. Me gustó muchísimo Barcelona, en ese entonces era una ciudad maravillosa, tal vez la más hermosa que yo haya visto nunca. La belleza, más que en los edificios o en el trazado urbanístico, estaba en el espíritu de la gente. Era una Barcelona en la que no se pasaba por las calles, sino por el aire; una Barcelona que ya no existe».

Después de más de veinte años fuera de Chile, en sus escritos continúa aflorando el terruño natal. Sin embargo, Roberto Bolaño asegura que no es nostalgia: «Yo carezco de ese sentimiento. Nunca siento nostalgia de nada», dice escueto el autor que se encontró con las letras «muy jovencito» tal vez, cuando robaba textos en una librería mexicana. «Eso lo hacía a los dieciséis o diecisiete años —aclara—. No soy un ladrón profesional de libros». Y continúa: «Fui un lector irregular, bastante anárquico, pero si un autor me gustaba, lo leía hasta la saciedad. Tuve la suerte de leer a grandes escritores que me inocularon el virus de la literatura. Sobre todo hay clásicos que me marcaron: Horacio, Ovidio, Arquíloco...».

Su formación ha sido autodidacta, ¿no?

Si por autodidacto entendemos a alguien que nunca ha pasado por la Facultad de Filosofía y Letras, en cierta manera sí. Pero yo creo que en la formación de todo escritor hay una universidad desconocida que guía sus pasos, la cual, evidentemente, no tiene sede fija, es una universidad móvil, pero común a todos.

De los autores aprehendidos en esa universidad móvil, ¿cuáles diría que subyacen en el origen de sus narraciones?

Muchísimos, es bastante palpable la huella de Marcel Schwob, un autor al que adoro; la de Alfonso Reyes, a quien admiro y estudio, y la de Nicanor Parra, que aparece no sólo en mi poesía, sino también en mi prosa. Está, asimismo, la influencia de Borges, tal vez el más grande de este siglo en la lengua española; la del poeta mexicano López Velarde; la de Manuel Rojas...

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos