Agradecimientos
Los contenidos de un libro, mucho antes de que se corporicen en la letra impresa, se van delineando en innumerables interacciones con otras personas. Son muchos los otros que han influido —directa o indirectamente, en pequeña o en gran medida— para que estas páginas expresen las ideas, vivencias, experiencias que contienen.
Asumo la plena responsabilidad de lo que aquí digo y libero a los que aquí menciono de cualquier desliz o comentario con el que no concuerden. Pero quiero expresar todo mi agradecimiento a aquellos con los que tuve ocasión de interactuar y que tuvieron alguna influencia en mí, aunque algunos de ellos ni siquiera sean conscientes.
Empiezo por nombrar a las dos personas que más han dedicado tiempo, cariño y profesionalismo: Nora Trosman y Fernando Buen Abad. También agradecer a Santiago Ofenhenden por su dedicación en las primeras etapas del libro.
Agradezco la confianza y todo el apoyo de la gente de Random House Mondadori de México y de la Argentina: Cristóbal Pera, César Gutiérrez, Wendolín Perla, Gilda Moreno, Glenda Vieites, Abel Moretti.
Quiero hacer mención y agradecer a las organizaciones y empresas con las que trabajé o trabajo, por brindarme la oportunidad de colaborar y aprender junto a ellos. Gran parte de las ideas y vivencias contenidas en este libro fueron forjadas en dichos ámbitos. Por orden alfabético: Accenture, Air Liquide, Arcor, Aon, Banco Nación, BankBoston, Banco BBVA, Banco Central de la República Argentina, Banamex, Basf, Bayer, Boerhinger-Ingelheim, Cargill, Cencosud, Cervecería Quilmes-Brahma, Citibank, Clorox, Coca-Cola Femsa, Edesur, Ici, Instituto para el Desarrollo de Ejecutivos de Argentina, KPMG, Laboratorios Bagó, Metrogas, Molinos, Munich Re, Novartis, Petrobrás, Peugeot, Pfizer, Renault, Repsol YPF, Shell, Siemens, Telefónica, Techint, Tenaris, Ternium, Telecom, Telmex, Volkswagen, Unilever, Universidad Católica Argentina, Universidad de Buenos Aires, Universidad de San Andrés, Universidad Torcuato Di Tella.
Agradezco a los profesores, colegas, estudiantes, amigos y conocidos con los que tengo una relación profesional o personal, que han agregado su grano de arena a mi tarea. Por orden alfabético: María Alicia Agotegaray, Jaime Alonso Gómez, Graciela Álvarez, Gustavo Aquino, Gabriel Aramouni, Mabel Arjovsky, Diego Baglietto, Juan Pablo Bagó, Jorgelina Baratta, Mariano Barusso, Pedro Basualdo, Diego Benenzon, Julie Benesdra, Armando Bertagnini, Rodolfo Biasca, Horacio Bolaños, Laura Bongiolatti, Alberto Bonis, Andrea Box, Roberto Brant, Hector Braun, Lisandro Bril, Silvina Brodsky, Eliana Bugner, Gustavo Bulacio, Juan Felipe Cadavid, Mariela Campodónico, Patricia Canabal, Cristina Capatto, Luis Ángel Carchak, Silvia Caruso, Mariana Cecchi, Carlos Cleri, Santiago Colunga, Carlos de la Torre, Mariano delle Sedie, María Victoria Derico, Sandra De Santis, Juliana Donati, Roberto Dvoskin, Silvina Echevarría, Marc Eguiguren, Jorge Escribá Rodríguez, Martín Etchegoyen, Alejandro Feldhaus, Denise Ferreyra, Héctor Feuerman, Fernando Flishfish, Paulina Focaia, Juan Carlos Folino, Ana Foss, Claudine Foss, Laura Gaidulewicz, Rosmary Galvagna, María Laura García, Oscar García, Zulema García Yañez, Marina Garrido, Olivier Garrigue, Joseph Gekoski, Ricardo Gil, Miguel Glikman, Azucena Gorbarán, Ernesto Gore, Jorge Hambra, Eberhard Hauser, Nora Hazebrouck, Héctor Helman, Florencia Herkovits, Jorge Hernández, Enrique Hofman, Rodolfo Holm, Bodo Huelse, Fernando Iglesias, Francisco Ingouville, Carlos Irigaray, familia Kaliman, Carlos Kaplan, Tedi Karagosian, Luis Karpf, Fredy Kofman, Ricardo Kofman, Gustavo Konicszer, David Konzevik, Rolf-Dieter Krahmer, familia Kristal, Maximilian Kückemanns, Miriam Kurlat, Alberto Landro, María Inés Laplaza, Santiago Lazzati, Enrique Levallois, Hugo Levy, Juan Carlos Linares, Mirta Linzalata, Kitty Litvachkes, Maggie López, Juan Carlos Lucas, Diego Luzuriaga, Daniel Maggi, Horacio Meléndez, Sergio Meller, Nélida Mendelson, Daiana Meltzer, Mauricio Mitelman, familia Mizrahi, Paula Molinari, Gustavo Morales, Gonzalo Mosqueda, Andrés Mosteiro, familia Movsovich, Lorena Nardi, Guillermo Nielsen, Claudia Nieto, Liliana Orozco, Daniel Padilla, Rosa Perlz, Alejandro Peterson, Verónica Piasco, Daniel Pinto, Ricardo Piñeyro, Nicolás Polinasky, Daniel Posternak, Enrique Prego, Juan Francisco Puente, Miguel Punte, Andrea Ramírez, Ariel Regatky, Anne Marie Richard, Mariana Rispoli, Gonzalo Rivas, Verónica Rivero, Diego Ron, Pablo Rudkiw, Rosana Rueda, Marcelo Ruzo, Ana Salgado, Guillermo Salz, Fernando San Juan, Raúl Saroka, Betina Savich, Néstor Scibona, Adriana Sclar, Hernán Scotti, Roberto Serra, Julio Sevares, Daniel Serrot, Vito Sgobba, Ernesto Shargrodsky, Matías Shweitzer, Irene Sills, Valeria Silvestroni, Maxi Simoncelli, Carlos Silberman, Pablo Sirlin, Eduardo Spector, Ricardo Spector, Less Spero, Guillermo Spitznagel, Alejandra Spriegel, Frank Stein, Jorge Stern, Dina Sznirer, Javier Tabakman, Marcela Tauro, Claudia Tedesco, Carlos Tramutola, Claudia Uzqueda, María Belén Vallone, Carlos Vargas, Marisa Vázquez Massini, Andrea Vega, Valeria Vidal, Gonzalo Villar, Ernesto Uscher, Alberto Wilensky, Leonardo Wolk, Volker Wurttenberger, Gabriel Yoguel, Ariel Yukelson, Liliana Zamora.
Un recuerdo, con enorme cariño, a mis padres, Susana Storch y Bernardo Cristal. Para cerrar esta lista de agradecimientos, quiero nombrar —por todo su amor y apoyo incondicional— a los que siempre están y estarán: Yann Cristal, Julie Cristal, Laura Likier, Clari Cristal, Tamara y Yoel Wasserman.
Prólogo
Un editor me preguntó:
—¿Se trata de un ensayo?
—No exactamente —le respondí.
—¿Una novela? —inquirió de nuevo.
—Mmm… tampoco.
—En otros términos: ¿en qué anaquel de las librerías ubicarías este libro?
Dudé.
Finalmente, le dije:
—En la sección Negocios y Empresas.
—Y, ¿quién imaginas que se interesaría por hojearlo?
—Aquellos que se preguntan (o recuerden haberse ya preguntado) cuán satisfechos, felices o realizados se sienten en su trabajo, o bien, hasta dónde su actividad en las empresas los conduce a la felicidad. Aquellos que identifican una brecha entre sus expectativas de realización plena y la rutina del día a día en su organización…
Te confieso, lector, que lo que acabas de leer fue un primer diálogo con los editores que aún recuerdo. He aprendido que los diálogos con los editores no son los mismos que con los lectores. Sigo buscando respuestas que enriquezcan ese diálogo y todo lo que de él pueda derivarse. Las preguntas verdaderas no se agotan con las respuestas.
Antes de elegir el título definitivo de esta obra, tenía uno provisorio: ¿Felicidad vs. Empresa? Soy consciente de que somos muchos los que tenemos esta pregunta a flor de piel. Mi “termómetro” personal —luego de recorrer empresas por más de treinta años— indica que son pocos los que pueden responder de manera satisfactoria y con convicción. También sé que el tema que te propongo, lector, es complejo… cada día más complejo.
Acaso porque soy algo arriesgado o quizás un poco inconsciente y porque en mi trabajo como consultor constato que la respuesta: “me siento feliz o realizado” escasea, es que me propuse indagar sobre este tema. Y, justo porque el tema es complejo, me propuse (y te propongo) encararlo emprendiendo un viaje exploratorio e imaginario.
La felicidad y el trabajo son dos aspectos en esencia humanos, acaso la herencia más humana. Ambos están estrechamente ligados y, a la vez, en muchos casos, desligados, reñidos, en forma trágica.
Las preguntas que se relacionan con la felicidad van más allá del ámbito del trabajo y la empresa y se acercan, desde una perspectiva histórica, a la filosofía. De hecho, entre otros abordajes, es desde la filosofía que busco, en este viaje, pensar la empresa y a quienes trabajan en ella.
Sé que la filosofía asusta a más de uno y no sin cierta razón. Aclaro de entrada que no soy filósofo, ni un erudito en el tema. Sin embargo, en mi incursión por la filosofía encontré que, a la inversa de lo que pudiera parecer a muchos, ella puede servir para vivir mejor el día a día. Desde esa visión —la de una filosofía que ayude a la vida— me permití enfocar lo que sucede a las personas en su trabajo, cuando quieren descubrir ángulos nuevos, tal vez menos contaminados, más fértiles, a la hora de pensar su lugar en la empresa… el lugar de la felicidad en ella (si es que lo tiene). Busco indagar cuál es nuestra responsabilidad al buscar esa felicidad (no dudo que somos los primeros responsables). Y también, la responsabilidad de la empresa en esa búsqueda. Por cierto, ¿podemos, debemos, esperar que las empresas asuman semejante responsabilidad?
En este camino, arbolado con muchas preguntas, descubrí con placer que muchos filósofos no necesitaron hablar en “difícil” para hacer sus aportes. Aportes que arrojan una nueva luz para pensar el tema, sin que ello implique un enredo intelectual. Todo lo contrario, que su comprensión pueda ser clara y disfrutable.
En este camino, también descubrí a personajes como George Soros,1 quien confiesa, con cierto orgullo, en qué medida la filosofía jugó un rol determinante en su carrera de negocios; o como Kaoro Ishikawa, padre de la “calidad total”, quien define que: “el interés primordial de la empresa debe ser la felicidad de las personas”2. Hallé que otro “exitoso” como Steve Jobs, habla del “amor”3 como una clave, y que la empresa Google define su propia filosofía4 con términos tales como “anticonformismo”, “diversión”, y que “es posible ser profesional sin llevar traje”. Menudo paquete de conceptos heterodoxos, que contrastan con los criterios empresariales ortodoxos.
No obstante, los protagonistas principales de este libro no son los filósofos ni los empresarios o pensadores reconocidos, sino personajes de carne y hueso que se alegran y sufren como lo hace cualquiera de las personas que habitan las empresas que a diario recorro como consultor. De hecho, los personajes que cobran vida en estas páginas combinan perfiles y matices de muchas personas reales con quienes tuve la suerte de interactuar. Seguro reconocerás como familiares sus percepciones y emociones.
Quiero adelantarte unos pocos párrafos e interrogantes, extraídos del texto mismo que leerás, para ilustrar mejor a dónde apunto:
Primero: “…ante cada persona que se siente frustrada o que piensa dejar una compañía aspirando a buscar en otra lo que no encontró en la primera, ¿cuánta energía se desperdicia? Y, aun dejando de lado el costo personal, ¿qué impacto económico tiene para las empresas ese descuido por las frustraciones o desmotivación de su gente?”
Segundo: “…No son pocas las empresas que hoy, para estar a la moda, hablan de cuidar el ‘talento’. Pero el talento no viene ni se expresa aisladamente. Se acompaña por muchos factores subjetivos y sólo se pone en juego si las empresas logran que en su personal se encienda la pasión, se despierte cierto enamoramiento por lo que hacen, cierta sensación de adueñarse del proyecto en el que participan.
”Entonces, no se trata sólo de cuidar el talento, se trata de acompañar, de abonar el proceso de cambio y crecimiento de cada persona. Se trata de encender pasiones, despertar amores, crear dueños de proyectos.”
Tercero: “…lo que ocurre con nuestra vida, con el trabajo en las empresas, con nuestro guión, ¿está firmado por nosotros? ¿Reconocemos esa firma como propia?
”Si la firma nos resulta extraña o, peor aún, si ni siquiera lleva firma alguna, ¿qué hacemos? ¿Qué esperamos para empuñar la escritura del guión de nuestro destino, y estamparle nuestra firma?
”Y si no ahora, ¿cuándo?”
Cuarto: “…¿cuánto pierden, en términos de resultados económicos, aquellas empresas que no pueden retener a estos jóvenes con potencial? ¿Cuánto pierden mientras los retienen, pero frustrados porque no pueden desplegar sus alas? ¿Cuánto perderán, cada vez más, si no dan cauce, importancia, a crear un ambiente que fomente la pasión de cada individuo y la creatividad que ella conlleva, y que dicha pasión y creatividad se alineen con lo que la empresa necesita de ellos para que su negocio prospere?”.
No tengo todas las respuestas a estas preguntas. Mi propuesta consiste en explorarlas abriendo un diálogo entre la subjetividad de cada uno de los personajes que dan vida a este texto y esos filósofos cuyos aportes nos ayudan a repensar cómo vivir mejor.
Navegan las aguas y los pasillos de este texto (con pesos y espacios diferentes… con contrastes fuertes) tanto los personajes prototípicos de las compañías como algunos filósofos; tanto trazos parecidos a una novela como otros similares a un ensayo. Navegan en este texto tensiones fuertes poniendo el foco, por momentos, en la subjetividad de los que habitan las empresas y, en otros, en las empresas como tales; pasean hechos que describen situaciones ficticias tremendamente reales mezcladas con testimonios personales y anónimos… El azar y el autor también se frecuentaron en cierta medida para que el texto tomara la forma, el ritmo, los sonidos y los silencios que contiene.
Sé que este texto podría haber adoptado otras innumerables formas y estilos. Me hago cargo del que por fin quedó. No porque esté convencido de que sea el mejor o el único, sino porque mi objetivo —que forma parte de mi filosofía— no fue crear un libro acabado que ofrezca todas las respuestas (como ciertos libros de “autoayuda”), sino un texto abierto que dispare reflexiones, una búsqueda no ortodoxa que deje pensando, que enriquezca un diálogo no huérfano de algunas certezas… Quise un libro que difícilmente tuviera un final.
Tú, lector, serás quien acepte el diálogo al que te invito. Serás quien evalúe si te agrega algún grano de arena para pensar, para probar respuestas nuevas al desafío que implica buscar la felicidad, también en el trabajo en las empresas, también gracias a éste.
Y en última instancia: ¿Ante las tensiones o conflictos entre tu vida y tu trabajo te da por sentirte un Equilibrista? Es importante recordar que un buen equilibrista lo es, siempre, por poco tiempo. La audacia de tomar las riendas implica la posibilidad de elegir y tomar decisiones. De siempre preguntarte si eres equilibrista de tu propia “cuerda” o una ajena. De saber decidir cuándo subir o bajar de ella.
Capítulo 1
¿La insatisfacción es el costo
más alto para las empresas?
“Sólo quiero dar lo mejor de mí y sentirme feliz con lo que hago.
¿Por qué me resulta tan difícil?”
La insatisfacción: ¿una pérdida invisible para las empresas
y dolorosa para las personas?
Como broche de oro para un viaje muy especial con mis hijos, el destino nos tenía preparada una sorpresa: el vuelo estaba sobrevendido y nos ubicaron en la cabina business. Julie y Yann, mis hijos, de dieciocho y veintiún años de edad, respectivamente, en aquella época, se sentaron juntos compartiendo la alegría de ese cambio de categoría inesperado. Parecían dos chicos traviesos que entraron a un lugar prohibido, aunque siempre anhelado. Se trataba de una travesura involuntaria y pequeña comparada con nuestra visita a otro lugar mucho más anhelado por ellos: volvíamos de Machu Picchu.
Ambos, estudiantes de Historia, quedaron fascinados por esa sensación de penetrar en La Historia, así con mayúsculas. En este caso, en la historia de uno de los “pueblos originarios” —tal como ellos eligen denominarlos— más fascinantes. Ambos se prepararon para transmitirme información calificada que explicara y enriqueciera, a un conocedor escaso del tema como yo, aquello que visitaríamos.
Como si al hojear uno de sus libros de texto hubiéramos podido explorar y recorrer sus páginas con una calidad casi cinematográfica, rodeados por la naturaleza y sus exuberancias, un calor húmedo, a ratos selvático, y la transpiración pertinaz, compañera ineludible cuando se recorre a pie el Camino del Inca, y así, sentir mucho de lo que aconteciera en ese mismo paraje en tiempos remotos.
La caminata extenuante, con esa cuesta final que parecía no terminar nunca, prometía un tesoro. Al llegar a la cima, como en un balcón colgado de una nube, se veía en todo su esplendor, allá lejos, allá abajo, lo que alguna vez fue el lugar sagrado de los incas. Sin duda, un lugar elegido por los dioses, que a nosotros nos colmó de emociones inéditas.
No presté atención al reloj, pero creo que nos sentamos allí durante más de una hora, contemplando, sólo contemplando y absorbiendo, los colores, las luces, las sombras, los aromas, los sonidos, como si quisiéramos registrar con todos nuestros sentidos, despacito y para siempre, este viejo nuevo mundo ante nosotros, como si quisiéramos mimetizarnos con ese lugar, de a poquito y, sin perturbarlo, respetuosos gozar de esa magnificencia.
Cerré los ojos un momento, borré de mis oídos los idiomas que se entrecruzaban en las conversaciones de los alrededores y percibí en mi interior una sensación poco habitual de felicidad: estaba en un lugar único, en el que la naturaleza y la historia eran una sola, vivas y dueñas de toda su expresión. Mi mundo familiar y los visitantes de los rincones más diversos del planeta compartíamos extasiados este privilegio. Ante nosotros, las construcciones de una civilización desaparecida que luchó por no pasar desapercibida, y que hoy allí la encontrábamos presente y subyugante. Pero lo más importante: la conciencia de que mis hijos y yo éramos los insignificantes, pero enormes protagonistas de ese momento, de esa emoción.
En esa sección especial del avión, me complacía verlos divertirse ante cada atención brindada por la azafata, la variedad de comidas y entretenimiento. El cansancio de un viaje lleno de aventuras y emociones acabó por dominarlos y quedaron dormidos. Me sentí feliz por cumplir un proyecto soñado con mis hijos. Y si esto sonara cursi, adelanto una disculpa.
Ésa no era la única razón de mi alegría. Este viaje, este compartir momentos tan especiales con mis hijos, este adentrarse en el pasado de una cultura milenaria que aún hoy grita su presente, tuvo un efecto crucial, precipitó la decisión de empezar otro viaje ansiado largamente: escribir, por fin, el libro que tienes hoy en tus manos.
Esa noche, sentado en mi asiento privilegiado, una mezcla de cansancio y entusiasmo me produjo un torbellino de imágenes e ideas que luchaban contra mi fatiga. Estaba por dormirme, cuando los proyectos que me esperaban al día siguiente en Buenos Aires me devolvieron a la realidad, me hicieron aterrizar antes de que lo hiciera el avión.
Este “aterrizaje” algo violento a mis proyectos del “día a día” me dio miedo. Me atemorizó que la rutina borrara de un plumazo lo que en este viaje había aflorado como importante, casi vital: empezar a escribir el presente libro. En ese dormitar despierto, por mi mente empezaron a desfilar algunos personajes de empresas con quienes tuve la fortuna de entablar relaciones profesionales y personales, como en un casting en el que cada uno relataba retazos de su vida, compitiendo por ocupar un lugar entre los protagonistas que animarían y darían razón a estas páginas. Una frase, casi como el título de una obra de teatro, enmarcaba lo que estas personas contaban sobre su vida en las empresas:
Sólo quiero dar lo mejor de mí y sentirme feliz con lo que hago. ¿Por qué me es tan difícil?
A medida que escuchaba los relatos de los personajes, confirmaba que esa frase repetía una de las preocupaciones humanas más vívidas dentro de las empresas. La encontré expresada de maneras diferentes. Esta preocupación también la escuché expresada por medio del silencio, en los rostros, en los gestos, en las miradas… y es que a veces hay cosas de las que “no se habla”.
Recordé que varios libros y estudios especializados también analizan este tema5. Esas lecturas coinciden con mis vivencias personales como consultor. Confirman que “las personas pueden brindar más de lo que en realidad hacen, en cantidad y en calidad”. También dan cuenta de ejecutivos “exitosos” que en un momento de su carrera enfrentan “insatisfacción” y “cierta sensación de vacío”, de no encontrarle sentido a la vida que llevan. Muchos se aferran a sus “logros” y siguen adelante (no tienen tiempo para detenerse en detalles) mientras esperan encontrar “la respuesta” al final del camino. Algunos sufren un quiebre a la mitad de su trayecto.
La mayoría de ellos se ubica en algún lugar intermedio: sienten un vacío, pero escapan para evitarlo. Sin embargo, ante la realidad que se vive en las empresas y los discursos de estos personajes reales de mi casting imaginario, confirmé, por si faltaba, que los tiempos y los vientos no ayudan para que esas personas puedan eludir, con facilidad, tal amenaza de “vacío”.
Mientras estos personajes de empresas se arremolinaban para subir al escenario de mi casting mental, instintivamente quise encender mi computadora para tomar nota de lo que relataban. Viejo vicio de consultor. No fue necesario, tampoco posible. Recordé que ante Laura, mi pareja, y mis hijos, ya hacía un tiempo había prometido no llevar la laptop a este tipo de viajes. Por tanto, sólo describiré los dichos de esos personajes que quedaron grabados en mi “disco duro” corporal, bastante más endeble y subjetivo que uno de metal (Laura, con cariño e ironía, llama a mi laptop mi “amante”).
“RETIRED SENIOR MANAGER”: ¿UN GERENTE RE-CANSADO?
Esa noche en el avión, el primero en desfilar por mi mente fue un ejecutivo prestigioso, con una larga carrera de éxitos, que recorrió empresas y países dejando siempre su huella y que hoy, retirado, siente un vacío enorme. Ya no tiene su tiempo desbordado por responsabilidades, ya no lo adulan ni lo saludan como antes, perdió su despacho suntuoso, su tarjeta corporativa y su acceso a los salones “VIP” de los aeropuertos. Llamémoslo Bernardo, para no dar su nombre verdadero. Sus amigos le dicen: “Bernardo, por lo menos a ti te dejaron un lugar y eso no sucede en muchas empresas”. Se refieren a que hoy, a Bernardo, luego de su última experiencia de trabajo (en una empresa consultora de renombre), todavía le reservan una oficina para que siga vinculado en el rol de “consultor experto”, sin responsabilidad de horario.
Se trata de un despacho pequeño, fuera del edificio principal. Bernardo siente que estar en ese lugar no hace más que reforzar la sensación de vacío, de haber quedado excluido. Para colmo, le pusieron en la puerta un cartel pequeño que dice: Retired Senior Manager. Quizás el rol de “anciano sabio” es importante en algunas tribus, pero hoy, en la vorágine de las civilizaciones modernas, ese título tiene una connotación negativa. Y Bernardo se pregunta si lo de “re-tired” no será por lo re-cansado que se siente de haber corrido toda su vida para al final encontrarse solo, sin un lugar, sin poder hallar un sentido a tanto esfuerzo.
Hacía tiempo que a Bernardo no le generaba una emoción particular ocupar el puesto de Número Uno en más de una compañía de peso. Tampoco cambiar el automóvil, ni viajar a alguna isla paradisíaca, ni siquiera haciéndolo gratis gracias al millaje obtenido por sus innumerables viajes de negocios. Sabía que muchos lo envidiaron por tener acceso a esas posibilidades, pero eso tampoco lo conmovía.
Acaso sí lograba conmoverlo que a su mujer o a sus hijos los enorgulleciera que su padre tuviera acceso a esos placeres y se los ofreciera. Pero su familia estaba tan acostumbrada a ellos que ya no le manifestaba ni agradecimiento, ni emoción. Tales privilegios pasaron a formar parte del paisaje. Por suerte, algunos de sus nietos se alegraban con su presencia, pero Bernardo sabía que a estos pequeños no los seducía con viajes a islas exóticas. En todo caso, su gran desafío era cómo hacerse querer por ellos, y para lograrlo, el dinero y el poder no eran garantía.
Su otra preocupación, desde que dejó de ser Número Uno, era qué hacer con su tiempo libre. El golf, salir a cenar con amigos no lo colmaban. En realidad, desde que dejó su puesto en la empresa, se sentía vacío, angustiado, sin saber qué hacer con su vida. Frecuentaba los restaurantes exclusivos de siempre y desde los camareros hasta algún funcionario público que, en épocas de plena actividad en la empresa, se desvivían por atenderlo y adularlo, ahora lo saludaban apenas con una cordialidad distante.
Eso a Bernardo le dolía. Disponer de tiempo libre lo enloquecía. Se preguntaba, una y otra vez, incluso con tono de reproche, si tanto esfuerzo valió la pena: “¿Para qué todos esos años dedicados a sus empresas? ¿Las propiedades, las cuentas en el exterior, el buen pasar, lo justificaban?” En parte sí, al menos por la familia. “¿Por qué esa angustia entonces?” Como si dejar el rol de Número Uno le hubiera quitado su ser, el sentido a su vida. Sentía un hueco, desamparo, soledad… una insatisfacción paralizante.
ESTA VEZ NO PUDE DECIRLE QUE DEJARA DE FUMAR TANTO
Ahora sube a mi casting mental una mujer; me dirige la palabra y fija en mí sus ojos verdes cautivantes, cuya impresión recuerdo desde el primer día. Se trata de una ejecutiva que, hace unos quince años, ocupaba un puesto de analista de capacitación en una empresa multinacional. La llamaré “Susana”. Entonces Susana ya tenía dos hijos pequeños y un matrimonio feliz; estaba llena de proyectos familiares y profesionales. Desarrolló una carrera fulminante, con viajes, ascensos, poder, influencia, que en algunos años la llevaría a convertirse en directora de Recursos Humanos. Un ejemplo que muchos envidian, aún más dado que se trata de una mujer, joven y atractiva.
Una profesional eficiente que no perdió la calidez y la seducción propias de una mujer. Era un gusto trabajar con ella. La imagen que transmitía sería ideal si se quisiese hacer una publicidad de “una mujer bonita, profesional, que trabaja todo el día, y luego, sin perder la energía ni la belleza, atiende su hogar, a sus hijos y al marido”.
Sin embargo, para esta musa inspiradora de publicidades idílicas, no todo fue color de rosa: la empresa multinacional decidió abandonar la Argentina. En aquel entonces, ella me consultó respecto de su carrera. Me propuso charlar en el café Marks en Palermo Viejo. Proviniendo de ella, sólo podía ser en un lugar como ése. Por momentos, la conversación fue confesional. La empresa le proponía a Susana continuar su carrera en otro país. Algunos consultores especializados le proponían quedarse en Buenos Aires y trabajar para otras empresas. Ella, por primera vez en su vida, se sentía confundida: “¿Hacia dónde iba? ¿Era esta carrera vertiginosa su motivación principal?”
Acostumbro intentar con gentileza convencer a mis interlocutores de que no fumen demasiado. Pero hago excepciones y ésta fue una. Luego de intercambiar algunos comentarios, de su quinto cigarrillo y de dos pocillos con café descafeinado, ella tomó valor y me dijo:
—Hace unos años mi marido se fue con otra mujer, no tuve tiempo de ver crecer a mis hijos, en la empresa hasta me dieron a entender que por el bien de mi carrera me convenía no tener más… siento que no hice otra cosa que estar “casada” con mi empresa…
Me resultó conmovedor lo que Susana me confió y lo que escuché me enterneció. Tomé conciencia de cuánto yo mismo (aunque procuro cuidarme en esto) puedo caer en una visión ideal e ilusoria sobre otras personas. Había colocado a Susana como un icono, como un ejemplo de hasta qué punto las mujeres han ganado un lugar en el campo profesional. Ahora, frente a la fragilidad y el desconcierto que manifestaba, pude reconocer mi ilusión. A la vez valoré más a esta mujer, la vi más real.
No quiero extenderme en este relato, pero la conversación siguió en dos o tres encuentros más, durante las semanas siguientes. Pocas semanas antes de mi viaje a Perú, me llamó para agradecerme aquellos encuentros, que según ella “la ayudaron mucho”. Había renunciado. Me comentó que, no obstante las ofertas, hasta ese momento no había vuelto a trabajar en empresa alguna. Empezó a estudiar Psicología y, para mantenerse, trabajaba como consultora en recursos humanos. También inició un proceso de psicoterapia. Agregó que hoy su pasión era hacer teatro y bailar tango.
No quiero aparecer como aquel que ayuda a las personas a abandonar las empresas para sentirse mejor; de hecho, estoy convencido de que tuve poco que ver con su decisión. Tal vez simplemente fui una de las excusas que utilizó para encontrarse con lo que deseaba, pero confieso que me alegró saber que Susana era más feliz que antes. A la vez, volví a confirmar que no son pocas las personas que tienen dificultades para sentirse realizadas con su trabajo en una empresa.
UNO DE LOS ELEGIDOS ENTRE CIENTOS...
No llevo la cuenta exacta, pero
