AGRADECIMIENTOS
Un libro sobre las desgracias laborales es difícil de digerir. Soy consciente de eso. Pero mi trabajo con muchas empresas y el estudio que hago sobre las organizaciones me sirvieron de inspiración para esta obra. Por eso, quiero agradecer a las organizaciones infernales a las que tuve la oportunidad de estudiar para entender cómo no hay que trabajar. También a las otras, a aquellas que intentan hacernos la vida más agradable.
Los libros son hijos que se van pariendo con tiempo y esfuerzo. En ese camino, uno encuentra mucha gente inspiradora. Mis alumnos son fuente de inspiración de muchas historias increíbles. Para ellos, que disfrutan y sufren el trabajo, les dedico este libro.
A Penguin Random House y sus editores Florencia Cambariere y Juan Boido, gracias por la confianza. A mi editora, un ser espectacular que me empuja a escribir todo lo que llega al público: “Vamos, Hatum, un libro más”. Y es gracias a ella que estos seres con hojas, tapa y contratapa salen a la luz. Gracias infinitas, Soledad Di Luca.
A la Universidad Torcuato Di Tella, un lugar maravilloso de libertad intelectual que descubrí años después de sufrir la carencia de libertad de pensamiento por estar en una institución retrógrada. Por suerte, nos encontramos con la Di Tella y no podría estar más feliz.
No tengo muchos amigos. Pocos, buenos. Tal vez porque soy difícil o porque simplemente la vida me puso a estos seres maravillosos delante y con ellos ya es suficiente. A Nicolás José Ísola y Guillermo Cáceres, amigos recientes y fundamentales. A mis amigos del alma, de esos que uno agradece tener cerca. Con ellos disfruto cada libro que escribo. Gracias Santiago García Belmonte, Ezequiel Garbers, Lucía Christello y a nuestro ángel, Guillermina Galián, son todo lo que está bien.
A mi padre, Imad, a su esposa Foufa y a mi madre, que ya no está, Hayat. Mis padres me empujaron a valorar el trabajo, a buscar la pasión y la vocación. “En esta casa se estudia o se trabaja, pero más vale que estudies”. Una linda frase, una amenaza con amor de otros tiempos, diferente a la realidad del subsidio y la vagancia que nos rodea.
A Gaby, socia, amiga y familia, siempre.
A Nico, Sofi y Vicky, mis hijos, tres hermosas personas, más de lo que un papá podría soñar. A ellos dedico este libro.
¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DEL TRABAJO?1
PRÓLOGO
En el Génesis, el trabajo es creativo: Dios crea el cielo y la tierra, ilumina la tierra oscura, separa el suelo del agua, crea al ser humano, masculino y femenino, y terminado el trabajo. El Génesis es el relato de un trabajo de amor, placer y creatividad; tal es el goce que Dios no para por seis días y seis noches seguidos en los que duerme en la oficina. Solo al séptimo día se detiene, mira lo que ha creado y se dice: “Creo que me salió muy bien”. Entonces, satisfecho de su obra, descansa.
“Los humanos no existen para ir de compras. Aspiran a tener un propósito en la vida, a mejorar sus habilidades y expresar su individualidad a través de la autonomía y la creatividad”, decía Calestous Juma, profesor de desarrollo internacional de Harvard, fallecido en 2017. Esta es la visión humanista del trabajo. Pero el de Juma no es cualquier trabajo. Como intelectual respeta el esfuerzo y el sudor, enaltece la pasión frente al yugo, mezcla la realización frente a la alienación, confunde el propósito del hombre existencial con la rutina del hombre unidimensional de manera autorreferencial, porque no se piensa a sí mismo en el trabajo del otro, sino que piensa al otro desde su oficina acondicionada, desde su carrera.
“Esto que hago [acá, delante de ustedes] no es realmente un trabajo. Esto es mi carrera —nos dice el comediante estadounidense Chris Rock, en un show de 2012—. Acá mismo en la audiencia algunos tienen trabajos, y otros tienen carreras. Y lo que la gente que tiene carreras tiene que saber es que no tiene que andar contando su cháchara carrerista delante de la gente que tiene trabajos. Yo solía tener un trabajo, limpiando platos en un Red Lobster2. Ese era mi trabajo. Nunca un aumento, nunca una promoción, me mantenían al fondo del restaurante pelando las langostas todo el día, y ese era mi trabajo. Ahora, por suerte, tengo una carrera. Fui bendecido con una carrera. Así que si ustedes también tienen una carrera, agradézcanle a Dios. Y si tienen un trabajo, ojalá tengan una carrera algún día. Porque cuando tenés una carrera, el tiempo pasa volando, mirás tu reloj y decís: ¿ya son las 5:35 pm? Pero cuando tenés un trabajo, el tiempo no pasa nunca.” La distinción de Chris Rock es crucial para la pregunta del comienzo. La diferencia entre uno y otro, entre trabajo creativo y trabajo odioso, puede ser difícil de precisar en palabras, pero es fácil de identificar en la práctica.
“Tenemos ante nosotros la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, privados de la única actividad que les queda. Imposible imaginar nada peor”, presagiaba Hannah Arendt en La condición humana. En el otro extremo, Karl Marx, el crítico del trabajo como alienación, afirma: “La actividad del trabajador no es espontánea. No le pertenece; es la pérdida de su sí mismo”. ¿Cómo se entiende que para Marx el trabajo sea a la vez causa de la alienación capitalista y fuente de dignidad del ser humano?
Como nos ilustra Andrés en los primeros capítulos de Fragmentados, el trabajo no siempre fue lo que es hoy. El presente, que para sus habitantes se confunde con el punto de llegada, no es sino una escala (¿accidental?) de una evolución constante.
En el principio fue la subsistencia, hasta que la domesticación de semillas y animales generó sedentarismo, escala, excedentes para el ahorro y acumulación, y se habilitó la creación de una clase de humanos que no tenían que dedicar toda su energía al trabajo del campo y podían entregarse a tareas humanistas, estéticas, científicas e intelectuales, como escribir ensayos sobre el trabajo (si Jared Diamond considera que pasar de vivir de la caza y de la pesca a asentarse en ciudades fue el mayor error de la raza humana, que pruebe con una temporada con los pirahã del Amazonas).
Para el presente de Aristóteles, una vida sin trabajo (mejor dicho, en la que el trabajo lo realizaran los esclavos, artesanos y mercaderes) era una vita activa, la esencia del ciudadano libre de la polis, basada en el interés por lo “bello”: el goce físico, los asuntos públicos, la intervención en la sociedad, las proezas, la contemplación de la belleza inalterable de lo eterno.
¿Cuándo nos volvimos adictos al trabajo? Para el sociólogo alemán Max Weber, existe un tipo particular de trabajo al que él llama “vocación”, que es propio de la ética protestante y tiene una “afinidad electiva” (marida bien) con el espíritu emprendedor y empresario del capitalismo industrial. En alemán, beruf proviene de las primeras traducciones protestantes de la Biblia. Antes de Lutero, donde se dice: “mantente firme en tu trabajo” (Eclesiástico 11, 20) o “permanece en tu trabajo” (Eclesiástico 11, 21), las palabras griegas ἔργον y πόνος eran traducidas simplemente como werk (trabajo), en concordancia un texto que se refiere al trabajo cotidiano sin ninguna connotación de moral. A partir de Lutero, se traduce como beruf, proveniente de ruf (llamada), a su vez emparentada con “vocación”: un trabajo que es al mismo tiempo un deber moral, nombrado con una palabra presente solo en las lenguas de las sociedades protestantes. Una profesión.3
La novedad del trabajo capitalista no es la codicia, presente en todas las sociedades, sino la oposición al “trabajar para vivir”. El trabajador solo quiere ganar lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas; si le aumentan el salario, aprovechará para trabajar menos. Este y no otro es el homo economicus para el que el valor de la hora adicional del trabajo debe compensar su costo de oportunidad (el ocio), el mismo que, en los modelos de ciclo real donde no existen el desempleo ni el desequilibrio, prefiere “adelantar sus vacaciones” (pasar a la inactividad) en períodos de recesión y baja productividad y salario. Al capitalista no le sirve este trabajador; necesita gente dispuesta a tomar su trabajo como un deber, que a más paga trabaje más, no menos. El trabajador capitalista ya no trabaja para vivir: vive para trabajar, como proponía Benjamin Franklin. El trabajo lo define.
“El hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida” (La ideología alemana). “El reino de la libertad solo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos […] La condición fundamental para ello es la reducción de la jornada de trabajo” (Manifiesto Comunista). Paradójicamente fue Marx, el campeón de los trabajadores, el primero en revaluar el ocio. La relación de Marx con el trabajo es a priori ambigua. ¿Explotación del hombre por el hombre o realización vital? Para Marx el trabajo no es solo un medio para la producción sino un fin en sí mismo, esencia de la naturaleza humana: un ser solo puede realizarse en el trabajo. Por el otro, la revolución como misión emancipa al hombre del trabajo como “mano de obra” para otros. Salvando las distancias, esta aparente ambigüedad remite a la distinción de Chris Rock: es improbable que Marx considerara alienante su propia carrera de intelectual. En otras palabras, la ambigüedad no proviene de Marx sino de los múltiples sentidos que confluyen en el significante “trabajo”, los mismos que intervienen en la neurosis del trabajador contemporáneo. Para ponerlo más simple: no todos los trabajos son iguales. Solo el trabajo digno dignifica.
La irrupción del capitalismo industrial separó a trabajadores y capitalistas en castas. Con la generalización de la sociedad salarial tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el obrero, el trabajador manual, fue desbordado por el homo salariens: en los países desarrollados, los asalariados pasan de ser la mitad de la población activa en 1931 a más del 75% en 1975. Asalariados somos todos. La identidad social comienza a definirse a partir de la posición en la escala salarial; a medida que el trabajo asalariado y demarcado por convenio se convierte en la referencia natural, otros estilos de vida son vistos como desvíos exóticos o antisociales. La sociedad salarial del Estado de Bienestar de posguerra consolida culturalmente el consenso del hábito laboral, cuestionando implícitamente la moral de un humano (o un mundo) sin trabajo.
Ya hacia finales del siglo XX, antes de que la cuarta revolución industrial y el futuro del trabajo fueran temas de moda en Davos, la fisonomía del trabajo fordista fue puesta en jaque por la misma transformación de los procesos productivos. En el primer Congreso de Hackers de San Francisco en 1984, Burell Smith, creador de la Macintosh de Apple, decía: “Se puede ser hacker casi de todo. Se puede ser un carpintero hacker. No es preciso disponer de elevada tecnología, tiene que ver el hecho de dar importancia a lo que uno hace”. Según Pekka Himanen, autor de La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, “la ética hacker, una nueva moral que desafía la ética protestante del trabajo, se funda en el valor de la creatividad y consiste en combinar la pasión con la libertad. El dinero deja de ser un valor en sí mismo y el beneficio se cifra en metas como el valor social y el libre acceso, la transparencia y la franqueza”. Podría decirse que, más que desafiar la ética protestante, el hacker la desmaterializa: se alimenta del fruto de la creatividad, como el del artista frente a su obra, desacoplándose del salario.
Si el trabajo fordista organiza el tiempo del trabajador (su ocio es intersticial y culposo), los hackers hackean el tiempo de trabajo, optimizándolo a favor del ocio creativo, diluyendo la frontera entre trabajo y ocio. Y, si bien la demografía hacker es todavía numéricamente marginal, su espíritu alumbra una nueva visión del trabajo: el reemplazo de la dualidad trabajo/ocio por una vida con propósito donde el sentido surge de la naturaleza misma de la actividad antes que de su valor de mercado, en el marco de un cambio cultural generacional que probablemente termine de enterrar la ética del trabajo protestante en la que estamos cableados los adultos de este presente.
En “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, Keynes planteaba una sociedad del ocio en la que las personas, liberadas por el progreso tecnológico de la obligación de satisfacer necesidades básicas, trabajarían no más de 15 horas por semana, dedicando el resto del tiempo a la contemplación clásica (la cultura, las artes, la conversación). En suma, el infierno de Arendt.4 Pero al economista no se le escapaba el costado psicológico: la solución a los problemas económicos básicos privaría a la humanidad de su propósito tradicional: “¿Debemos esperar un ataque de nervios generalizado, del tipo al que nos tienen acostumbrados en Inglaterra y en los Estados Unidos las amas de casa de hogares pudientes, aburridas de cocinar, limpiar y remendar e incapaces de encontrar nada mejor que hacer?”. (Sí, la perspectiva de género aún tardaría medio siglo en desarrollarse). ¿Qué pasa con el homo faber cuando es liberado de su tarea por herramientas que se manejan solas? Keynes saluda la sociedad del ocio no sin advertir su interpelación existencial. En esto, se emparenta con Marx: el trabajo esclaviza, el progreso libera, pero ¿queremos ser liberados? ¿Liberados para qué?
La vita activa de la minoría aristocrática de hombres libres estaba dedicada al placer y a la contemplación. El resto de los mortales éramos esclavos del trabajo, primero literalmente, después como servidores: del señor feudal, del Dios protestante, del Dios mercado. Con el tiempo, la ética del trabajo subvirtió los valores: hoy el trabajo es moral, el desempleo estigmatiza. En este contexto, la automatización puede interpretarse como el cierre de una evolución circular. Sustituye (libera) al trabajador/esclavo y (una vez resuelto el problema de distribución del ingreso) nos interpela: ¿qué reemplazará a la ética del trabajo en la consideración de obligaciones y merecimientos? ¿Cómo rearmamos nuestra vida? ¿Qué nos define?
La cultura tiene inercia y se mueve lento, a la velocidad de las generaciones. Hoy vemos destellos, chispas de un futuro que solo podemos imaginar en abstracto. Rastros de la ética hacker aparecen en los cambios en la relación entre trabajo y oficina en la pospandemia, en el cuestionamiento callado del “trabajar para vivir”, en la rotación y la resistencia a la demarcación de oficina y horario de los trabajadores de países centrales donde el apoyo fiscal suspende transitoriamente las urgencias económicas, o de los trabajadores calificados en alta demanda de todo el mundo, que se sienten y actúan como si pudieran prescindir de la semana laboral de 40 horas.
En El empleo del tiempo, película de Laurent Cantet (2001), el protagonista se resiste a la opresión de la oficina simulando un trabajo que no tiene y cuyos ingresos provienen de una estafa piramidal con la que engaña a amigos y familiares. Descubierto, promete volver al trabajo. En la última escena, una entrevista laboral, el espectador puede sentir la opresión y la angustia de este hombre frente a la perspectiva del encierro forzado, del desplazamiento de la voluntad, de la pérdida del control del tiempo propio.
Fragmentados se instala en la ambigüedad del concepto del trabajo, captura este yugo figurativo y literal desde las tres dimensiones acá señaladas. La dimensión histórica, que nos revela como meros personajes de una obra que ya ha cambiado varias veces de libreto. La dimensión estática, instantánea, haciendo un zoom descarnado sobre la morfología de la vida de oficina de un presente que ya casi es pasado, y que recuerda una remake contemporánea de los poemas de Benedetti o de la territorialidad alucinada del Milton de Office Space. Y la dimensión prospectiva, proponiendo una interrogación sobre el futuro, un ejercicio intelectual de riesgo justo en el momento en que el futuro está aprendiendo a caminar. Andrés nos habla de un mundo del trabajo en transición, nos cuenta una historia que aún no acaba, y nos invita a meternos en esta foto en movimiento con el criterio informado, la mente abierta y la verba apasionada de un guía excepcional.
EDUARDO LEVY YEYATI
PhD University of Pennsylvania,
decano de la Escuela de Gobierno de la
Universidad Torcuato Di Tella
1. Este pequeño ensayo toma prestadas ideas y referencias de mi libro Después del trabajo. El empleo argentino en la cuarta revolución industrial (Buenos Aires, Sudamericana, 2018).
2. Red Lobster es una cadena estadounidense de marisquerías.
3. Tan fuerte es la influencia luterana que a los clérigos les resulta difícil imaginarse el Paraíso como un lugar de ocio: así, el pastor reformista Johan Kasper Lavater explica en el siglo XVIII que ni en el Cielo “podemos conocer la bienaventuranza sin tener una vocación, un oficio, una tarea especial y particular a realizar” y, ya a principios del siglo XX, el baptista William Clarke Ulyat describe el Paraíso como “un taller”.
4. Curiosamente, Keynes pasaba por alto que, en un mundo de goce estético e insuficiente consumo material, la debilidad de la demanda agregada habría causado recesión keynesiana.
INTRODUCCIÓN
EL TRABAJO QUE ME DEFRAUDÓ
En el año 2002 volví a la Argentina luego de hacer un doctorado en Inglaterra y continuar trabajando en una institución educativa líder en mi país. Yo venía con una gran energía, pero también había aprendido el valor de focalizarme en el trabajo que uno hace para que salga bien. En los años que estuve en Inglaterra también pude darme cuenta dónde estaba mi vocación: definitivamente en la docencia y en la escritura.
Con el tiempo comencé a sentirme incómodo porque en ese trabajo me pedían tomar responsabilidades que yo no quería encarar y que consideraba que me desenfocaba de lo que era importante para mi carrera. Me exigían calidad en todo lo que hacía, pero también una gran carga de tareas directivas dentro de la institución. Cantidad y calidad nunca se llevan bien si no hay prioridades claras.
Pasaron algunos años y mi incomodidad iba en aumento, así como el estrés que tenía. Lo que también creció fue mi mal carácter frente a la autoridad de la organización. Me sentía fragmentado entre lo que yo quería hacer (la docencia y la investigación) y lo que me obligaban a hacer (tomar roles directivos dentro de la institución). Dos cosas me pasaron que me hicieron reflexionar sobre el trabajo y para qué trabajamos.
Un día llamaron a todos los profesores investigadores, aquellos que teníamos un doctorado, investigábamos y publicábamos. Éramos los más jóvenes de la institución. Todo ese grupo de profesores teníamos un plan especial de compensación para poder destinar más tiempo a la investigación y nutrir a la organización con nuevas ideas. Nuestras publicaciones eran de vital importancia para poder figurar en los rankings internacionales.
