1
Mike
Mata.
Mata.
Mata.
¿Qué pasa conmigo?
Mis ojos están cerrados, los estoy apretando con demasiada fuerza. Tengo miedo de abrirlos.
Mi mente procesa los datos muy rápido:
Mata.
Mata.
Mata.
Y eso estoy haciendo. Estoy a punto de matar a alguien que el sistema percibe como una amenaza.
Estoy sujetando un cuello, lo sé. Tengo a alguien acorralado contra una pared. No sé quién es. No es mujer. No, su laringe es prominente, y estoy a punto de hundírsela.
Aflojo la mano. «Mata». Esa es la orden. Pero yo no quiero matar.
Tengo que abrir los ojos, no puedo continuar así. No puedo ser tan cobarde.
Voy despegando los párpados despacio. Empiezo a ver mi brazo a través de las pestañas, lo demás está borroso. Se aclara mi muñeca, después, mi mano. Está cubierta de sangre, gruesos hilos rojos recorren mi antebrazo.
Del otro lado, al fin distingo a un desconocido. Intenta liberarse de mi apretón, pero, por supuesto, no lo consigue. Lo suelto de golpe. Cae a mis pies, tosiendo y tocándose la garganta; estuve a punto de matarlo.
Mata.
Mata.
Mata.
¡Maldición! ¡Si tan solo pudiera apagar el chip!
Golpeo la pared con el puño y me tomo la cabeza, doblándome en dos. Otra vez lograron controlarme. Lo sé, estuve bajo su mandato.
Me enderezo y miro alrededor: estoy en un bar. Solo somos ese hombre y yo. Las mesas y sillas de madera están rotas; sus partes, esparcidas por la habitación. La barra está partida en dos, las botellas de vidrio se convirtieron en astillas. Detrás de lo que solían ser estanterías hay un espejo roto.
No soporto verme en él y me doy la vuelta. Tampoco soporto ver al sujeto que casi asesiné, así que giro hacia la puerta. ¿Acaso este bar fue víctima de la guerra? ¿Cayó una bomba? No. Yo lo destrocé.
—¿Dónde estoy? —pregunto.
Miro por error a mi víctima. El miedo hizo presa de él, lo aterroricé de tal manera que intenta huir de mí arrastrándose. Odio esa mirada, odio lo que soy. Lo peor es que no puedo contenerme y todo escapa por mis ojos, reavivando su terror.
Lo dejo arrastrarse y procuro recuperar la compostura: yo domino el chip, no el chip a mí. Pruebo con los ejercicios de respiración que practico desde que me insertaron los implantes. Apoyo las manos en las rodillas y cierro los ojos, cabizbajo. Necesito coordenadas.
Me enderezo dejando escapar el aire despacio y miro a través de las paredes. Poco a poco aparece el campo del otro lado: estoy en un bar de las afueras.
No sé por qué el implante me trajo aquí. Alzo la mano y observo la sangre que recorre mi antebrazo. ¿De quién es? ¿Y si es de Kate?
¡Maldición, Kate!
Vuelvo a agitarme. Por un instante me parece que el cuarto se cerrara en torno de mí, todo se pone negro. Recupero mi posición de emergencia: manos en las rodillas, cabeza encogida hacia el pecho, ojos cerrados. Tengo que controlarme. Uno, dos, tres… Contar me ayuda.
A medida que consigo serenar mis emociones, las coordenadas aparecen. Estoy cerca del rancho. A treinta kilómetros, para ser exactos. Tengo que irme.
En mi camino hacia la puerta paso junto al hombre que todavía intenta arrastrarse para huir. Evito mirarlo para que no vuelva a sentirse aterrado y salgo enseguida.
Afuera hay un automóvil viejo. Me pregunto si entré al bar porque quería la llave. No tiene sentido, puedo encenderlo sin ella.
Abro la puerta a la fuerza, rompo el panel y enciendo el motor uniendo dos cables. Aunque el tanque solo cuenta con el combustible de reserva, alcanzará para llegar al rancho.
Kate. ¡Dios! Si le hice daño, moriré.
Mientras conduzco a toda velocidad, no puedo evitar hacerme preguntas. No recuerdo cuándo me convertí, ni qué hice mientras no fui yo mismo. El sol ya salió, y si me alejé treinta kilómetros caminando, tienen que haber transcurrido algunas horas. Excepto que sea otro día. Presto atención a los datos que arroja el implante: es la fecha siguiente a la última noche que pasé con Kate. Entonces, ¿la encontraré? No tiene sentido sacar conclusiones; hasta que no llegue al rancho, no me enteraré. ¡Si pudiera acelerar más!
Cuando diviso la tranquera abierta, mi corazón late de prisa. Intento ver a través de las paredes, pero aún estoy lejos.
Una decena de insultos se cuela en mi mente en cuanto llego a la casa: una de las paredes está rota, debo haberla atravesado yo. Las trampas fallaron, mi plan fracasó. O Kate nunca las activó.
Abandono el auto y desciendo gritando.
—¡Kate! ¡Kate!
No hay nadie en casa, puedo verlo desde afuera, pero aun así entro. Sigo llamando, aunque mi alma sabe que Kate no responderá.
Ya la extraño. Ya puedo sentir que me arrancaron una parte de mí, que estoy solo en el mundo. Solo me sentí así una vez, cuando me avisaron que mi madre había muerto. Jamás creí que volvería a sentirme de esta manera alguna vez.
Recorro la casa, cada cuarto, cada centímetro del lugar donde Kate y yo vivimos, donde olvidé que la mitad de mí era una máquina. La bañera con hidromasaje donde reímos, la cama en la que dormimos, la cocina donde compartimos la vida cotidiana. No queda rastro de Kate, solo mis recuerdos. Tal como sucedió con mi madre.
Temo haberla matado. Si la maté… No, no lo hice. Espero que no.
¿A dónde fue? ¿Cómo me aseguraré de que esté bien?
Corro al galpón. Aunque desde el exterior puedo ver que la moto no está, de todos modos entro. Tal como me indicaba el implante: nuestro vehículo desapareció. Kate tiene que habérselo llevado.
Miro el suelo y veo una marca. Sé distinguir este tipo de señales: es la huella que dejan las ruedas cuando se acelera de golpe. Sigo la línea y algunas hendiduras en la tierra: van hacia la carretera.
La mancha de agua que encontré delante de la puerta de la habitación y el cable enchufado en la pared de afuera me indican que Kate activó las trampas. Por primera vez respetó lo que le pedí. Se fue. Escapó de mí. Sobrevivió.
Vuelvo a la casa, no sé qué hacer. Mi corazón desolado necesita encontrarla, pero mi razón me dice que no lo haga. Si vuelvo a convertirme en una máquina, quizás termine asesinándola. Una vez se salvó, dos sería tentar a la suerte. La amo. ¡Cielos, la amo! Nunca amé a una chica. Pero, si la amo, tengo que dejarla ir.
Apoyo las manos en una cómoda y me miro al espejo de la sala. Estoy agitado. Ellos tomaron posesión de mí. Poco a poco se van adueñando de mi conciencia. ¿Y si algún día olvido que amo a Kate? Ese día, literal o metafóricamente, habré muerto. Tengo que resolver el problema del control, solo así me permitiré encontrarla.
Subo al baño. Abro la canilla para lavarme las manos y, mientras veo correr el agua con hilos de sangre, vuelvo a preguntarme de quién es. Aunque descubro un pequeño corte en el dorso, es imposible que haya sangrado tanto, así que no es mía.
Una vez que termino de lavarme, voy a la habitación. Revuelvo la mochila y dejo mi uniforme militar sobre la cama. Me apodero de mi billetera, donde guardo mi tarjeta de acceso militar y mi credencial de la Armada, y extraigo el dispositivo con el virus. Guardo todo en los bolsillos del pantalón y me cuelgo las chapas de identificación antes de bajar otra vez las escaleras. Tengo que encontrar un medio para comunicarme con Lyra.
El ruido de un helicóptero me distrae de mis pensamientos. Miro el techo: del otro lado, solo alcanzo a ver la planta alta de la casa. Doy unos pasos y espío por la ventana. No distingo el helicóptero desde la abertura, pero aparece a través de los muros.
Apoyo la espalda en la pared con los ojos cerrados. La decisión que tome ahora puede cambiar mi destino: ¿me quedo o me voy? Si Douglas consiguió controlarme dos veces, podrá hacerlo muchas veces más. Tengo que averiguar por qué mi padre no pudo destruir el sistema. Tengo que detener a Douglas y, en especial, asegurarme de que Kate esté a salvo. La tecnología militar puede ayudarme, lo mejor es salir.
Bajo la cabeza y en dos largos pasos estoy junto a la puerta. No saldré como una máquina, rompiendo una pared. Soy una persona, un ser humano. O al menos lo es una parte de mí.
Suspiro mientras doy el último paso, ese que me arrancará de esta casa, de la mejor parte de mi vida, de Kate. Miro atrás por última vez: Kate, te extrañaré. Una parte de mí se queda aquí para ti.
Miro el campo, interminable, delante de mí. Alzo la cabeza y allí, en medio de la esperanza que representa el cielo limpio, aparece el punto negro que me devolverá a la oscuridad. El helicóptero pasa sobre mi cabeza. Aquí estoy, vengan por mí.
Mantengo los ojos cerrados mientras lo oigo descender a unos metros; el viento provocado por la hélice sacude mi ropa con violencia. Bajo la cabeza y, cuando los abro, lo primero que veo es un par de botas militares. Recorro las piernas con el pantalón camuflado y el torso con la campera. Me siento vacío, como si acabaran de arrebatarme todo lo que tenía. Lo único que me consuela es que delante de mí está Lyra.
—¡Mike! —exclama, y se lanza a correr hacia mí.
Me gustaría sentirme feliz por nuestro reencuentro, ella lo merece, pero una parte de mí necesita a Kate. Lyra me abraza, se nota que siente alivio de verme. Dudo que muchos sargentos tengan este tipo de relación con sus soldados, pero mi equipo es distinto, son los únicos amigos que conozco. Son las únicas personas de mi edad con las que compartí mi vida durante años.
—¿Estás bien? —me pregunta con una mano sobre mi hombro.
Hago un gesto afirmativo con la cabeza; aunque me esfuerce por relajarme, estoy muy serio. Por la forma en que Lyra me mira, sé que sospecha algo. Emprendo el camino al helicóptero para escapar de su escrutinio.
Adentro solo hay un piloto con la insignia de Colorado. Lo saludo con un gesto y él responde de la misma manera. Enseguida levantamos vuelo.
Me coloco el auricular con micrófono de diadema y hago un gesto a Lyra para que use el suyo porque el ruido ensordecedor del helicóptero nos dificulta oírnos.
—Jamás llegaremos al Área en esto —le digo. Ella sonríe.
—Solicité este helicóptero a las fuerzas que operan en esta zona. En realidad nos espera un avión del Área en una base aérea cercana.
—Tienes el pelo más corto y estás rubia —observo. Desde que la conozco, jamás usó el cabello largo, pero era pelirroja.
—Es mi color natural, ¿te gusta? —me pregunta, revolviéndoselo en la coronilla. Se peinó con el flequillo hacia un costado y algunos mechones desordenados arriba.
—Sí, pero sabes que tengo mal gusto —bromeo. Es la única manera de reponerme y tratar de volver a ser yo mismo—. ¿Cómo me encontraste?
El rostro de Lyra responde por ella: sin dudas no me gustará lo que va a decir. Busca algo en su teléfono celular y lo sostiene delante de mi cara: me reconozco en la cámara de seguridad de una estación de servicio, arrojando a un empleado contra el surtidor. Después lo tomo del cuello de la remera y lo tiro al suelo. Ahora entiendo de dónde salió la sangre que cubría mi mano y mi muñeca.
Lyra guarda el teléfono. Mientras ella sonríe, yo suspiro bajando la cabeza.
—No estabas consciente, ¿cierto? —me pregunta, alzando las cejas—. De lo contrario, no habrías sido tan descuidado de dejarte captar atacando a un empleado por una cámara de seguridad.
—¿La policía me está buscando? —indago, preocupado. Trato de entender qué estaba haciendo; solo se me ocurre que intentaba conseguir combustible a como diera lugar.
—No. Están demasiado ocupados con la guerra civil y, además, para ellos no tienes identidad. ¿Lo olvidas? Eres un fantasma.
La miro enseguida.
—Necesito saber por qué mi padre no pudo destruir el sistema.
—¿«Destruir el sistema»? —replica con el ceño fruncido—. ¡Con que eso era!
—¿Qué pasa? No entiendo.
—No quería llegar a ese punto tan rápido.
En lugar de tranquilizarme, me preocupa.
—¿Qué pasa? —insisto.
—Tu padre está detenido en aislamiento. Suponía que se trataba de algo grave o de una trampa de Douglas. Por lo que pude averiguar, el General del Ejército está contactándose con el Área para aplicarle una sanción. Ahora que mencionas que iba a destruir el sistema, estoy pensando: si prueban que intentó sabotear el programa…
No hace falta que termine la frase. Las cosas se complican: si los altos mandos consideran que el intento de sabotaje de mi padre puso en peligro a la Nación, puede ser castigado, incluso, con la ejecución.
Mi garganta se cierra; de pronto me siento culpable. Por un lado pienso que mi padre está a punto de ser sancionado por protegerme, y eso me demuestra que, a su manera, le importo. Por el otro, me siento culpable de quererlo. Cuando pienso en cuánto maltrató a mi madre, en su otra familia y en la frialdad con la que siempre decidió respecto de mi vida, quizás debería odiarlo.
El general Paine y yo siempre fuimos distantes. Cuando era niño, a pesar de que pasaba mucho tiempo conmigo en el Área, jamás me dio un abrazo. Nunca me consoló cuando me sentía solo, y cuando lloraba de dolor durante la recuperación de mis operaciones, me ordenaba callar. «Los hombres no lloran. Los soldados no se lamentan por sus heridas», me decía. Su voz aún resuena en mi mente, como si todavía fuera un niño esperando un tipo de cariño que él nunca me daría.
—¿Estás bien? —me pregunta Lyra, apoyando una mano en mi antebrazo—. Lo siento, no quería decírtelo tan rápido.
—Hiciste bien, tengo que estar al tanto de todo —contesto para tranquilizarla.
Tengo mucho que hablar con ella, pero el ruido ensordecedor del helicóptero y la presencia del piloto me lo impiden.
Un rato después, cambiamos al pequeño avión militar del Área. Mi estómago se anuda de solo imaginarme encerrado de nuevo en la base. Tengo que asegurarme mi libertad, y para eso necesito saber a qué me enfrentaré.
—¿Qué dicen de mí en el Área? —pregunto a Lyra—. ¿Me sancionarán, como a mi padre, porque escapé?
Niega con la cabeza.
—Te necesitan. Tus implantes únicos te protegen, pero estás bajo el mando de Douglas ahora. Siendo que tu padre fue removido de su cargo, todo el grupo de Fuerzas Especiales lo está.
—¿Qué hay de Archer y Keane?
—Los tres estábamos esperándote. Tranquilo, Mike: somos tus soldados, y ahora que regresaste, volveremos a ser un equipo.
«Volveremos a ser un equipo». Eso espero, porque los necesito más que nunca.
2
En cuanto bajamos del avión, aunque estamos al aire libre, me siento encerrado. El alambrado que rodea el Área y los recuerdos de mi vida en este sitio contrastan ferozmente con lo que viví durante casi un año. La libertad que sentía siendo yo mismo no puede compararse con nada.
Lyra se adelanta unos pasos y gira para mirarme en cuanto se da cuenta de que no voy tras ella.
—¿Vienes? —me pregunta, cubriendo el sol cegador con una mano. Respiro profundo y la sigo.
En menos de un segundo, el portón blindado de un hangar se abre y doce soldados salen con sus armas en posición de descanso. Se dividen formando un camino y hacen el saludo militar a mi paso. El tipo de recibimiento me indica que tal vez Douglas no me imponga un castigo tan duro. Después de todo, pudieron controlarme a través del implante; deben estar satisfechos.
Respirar el aire frío del Pabellón B-1 se siente como cuchillos atravesándome. Nunca lo había sufrido de esta manera, resulta evidente que haber conocido la libertad me perjudica. La sensación empeora cuando el coronel Ferguson, mi superior inmediato, aparece escoltado por dos soldados. Por dentro siento que rompería una pared para liberarme. Por fuera, en cambio, me muestro frío e implacable.
Me paro muy rígido y hago el saludo militar, al igual que Lyra, quien quedó detrás de mí. El coronel me observa con expresión desaprobatoria.
—¿Dónde cree que está, sargento? —me pregunta con voz poderosa—. ¿Se piensa que esto es un hotel del que va y viene como le dé la gana? ¿Dónde estuvo?
Soporto su rudeza sin mirarlo a los ojos, lo menos que esperaba era que me sermoneara.
—En Colorado, señor —respondo con voz firme.
Se acerca hasta rozarme. Mide menos que yo, pero me mira con tanto desprecio que parece más grande. Aunque me muestro dócil, nada de lo que él haga surtirá efecto: me crié entre militares, conozco sus técnicas de memoria, y por más que intente humillarme, el coronel también sabe que nada lo hará. ¿Qué puede darme? ¿Un castigo físico? Tendría que pasar días haciendo ejercicio sin parar para que mis brazos y piernas con el poder de una unidad del Ejército Invencible se resintieran. ¿Miradas duras, palabras hirientes, tonos firmes? Convivo con todo eso desde que tenía cinco años. Por más que mi rango sea inferior, soy superior a él, y lo sabe; no necesito interpretar sus expresiones para darme cuenta. Por más que haya escapado y que quieran castigarme, soy su mejor arma, y eso me da poder.
—¿Por casualidad piensa rebelarse otra vez? —susurra cerca de mi rostro—. Su padre ya no está al mando, a usted se le acabaron los privilegios. Si vuelve a desobedecer, yo mismo pondré fin a su proyecto.
¡Como si pudiera hacerlo! Ni siquiera tiene permiso de acercarse a la consola.
Aunque sus advertencias son en vano, me mantengo callado; a los militares no les gusta sentir que un subordinado se burla de su autoridad.
Se aleja dando unos pasos atrás.
—El general Douglas ordena que baje ya mismo al área de medicina para un control general. Por seguridad, todas las dependencias están funcionando en los subsuelos —anuncia con rudeza. Sus gestos denotan desprecio.
—¡Sí, señor! —respondo, haciendo caso omiso de los datos que arroja el implante, y vuelvo a hacer el saludo militar antes de retirarme.
Lyra y yo nos mantenemos serios y erguidos, con las manos unidas en la espalda, hasta que llegamos al ascensor. Apoyo el pulgar en el lector biométrico, y cuando la luz verde indica el acceso autorizado, las puertas se abren y entramos.
—¿Tú le avisaste que ibas a buscarme? —le pregunto, molesto.
—¡Claro que no! Solo al piloto con el que tu padre había arreglado tu rescate inmediato antes de su destitución. Nos deben haber visto llegar por el sistema de seguridad.
Se me escapa una sonrisa de indignación.
—Douglas estaba atento para impartirme órdenes —mascullo con bronca.
—Es lógico, Mike. Saben que pudieron controlarte, deben estar ansiosos por asegurarse de que el hardware de tu cuerpo funcione bien.
—¿Es posible que los sancionen, a ti o al piloto?
—No. Tu padre nos había dado la orden y, además, te trajimos de regreso. No podrían pedir nada mejor.
Me apresuro a decirle algo más antes de que lleguemos al tercer subsuelo.
—No te permitirán quedarte conmigo durante las pruebas médicas. Cuando te enteres de que terminaron, ve a mi habitación. Necesito decirte algo.
Lyra hace un gesto afirmativo con la cabeza justo cuando la puerta se abre. Me despido de ella con un ligero asentimiento y salgo al encuentro del médico y el ingeniero que esperan delante del acceso al área médica.
Me conducen a un cubículo donde una doctora me hace preguntas y estudios de rutina: toma de presión arterial, auscultación, extracción de sangre, pesaje. Conozco el protocolo: debe completar una exhaustiva ficha en una tablet.
—¿Ha estado en contacto con residuos nucleares o biológicos? —me pregunta.
—No.
—¿Sufrió enfermedades?
—No.
—¿Lesiones?
—Dos disparos y un corte profundo. También hubo un corte superficial, pero ese no creo que importe.
—Necesito verlos —solicita.
Me quito la campera camuflada y la remera blanca y le muestro el brazo, el hombro, el abdomen y el costado. Ella estudia mis cicatrices y toma nota. Mientras tanto, vuelvo a ponerme la remera.
—Todo sanó correctamente —me informa—. ¿Sufrió dolores anormales en las articulaciones que están en contacto con los implantes metálicos?
—No.
—¿Tuvieron alguna falla? Me refiero a falta de fuerza o fuerza excesiva, por ejemplo.
—Algunas veces me costó controlar mi fuerza, sí.
—¿En qué situaciones? ¿Fueron espontáneas o progresivas?
—Rompí un vaso, eso fue espontáneo. La otra fue progresiva. —Alza las cejas, espera detalles—. Estaba con una chica. ¿Tengo que aclarar más?
Sonríe de costado.
—No, ya entendí —replica, volviendo a la tablet—. Puede responder con el eufemismo, pero en la ficha tengo que poner la información tal como es.
Asiento con la cabeza. «Una chica». Kate, de pronto, en lo que refiere a esta gente se transformó en «una chica».
Después de una larga lista de preguntas, me trasladan a la sala de estudios médicos. Paso veinte minutos en el radiógrafo y más de una hora en el escáner. A continuación llegan las pruebas físicas: fuerza, resistencia, autocontrol…, todo tengo que hacerlo mientras estoy conectado a una decena de cables que miden mi actividad cardiovascular, muscular y cerebral. Por último me permiten bañarme.
Después de recibir algunas indicaciones de alimentación, me encamino a mi cuarto con un uniforme militar limpio puesto y otro entre las manos. Me pregunto cuándo me citará Douglas para sermonearme al igual que el coronel.
Las luces del pasillo pintado de azul acrecientan mi sensación de ahogo; quiero salir de aquí cuanto antes. Extraño el campo, la moto, a Kate. Dos sargentos de otra división me saludan con un gesto de la cabeza, y yo respondo del mismo modo.
Una vez delante de mi habitación, marco el número de apertura en el panel digital y espero a que la puerta metálica se abra para avanzar. Presiono el botón de cierre, dejo mi uniforme sobre el escritorio y contemplo, cruzado de brazos, el cuarto que representa mi pasado.
Después de haber visto las habitaciones de otras casas, la mía me parece más fría y ajena que nunca. Las paredes del color del pasillo están limpias; no se permiten pósters ni cuadros. No hay trofeos, retratos ni cualquier otra señal de mi personalidad. Solo una computadora sobre un escritorio negro, una heladera repleta de botellas de agua, una cama rígida y una puerta que lleva al baño privado. Nada que no pudiera pertenecer a otra persona, ningún rasgo de que aquí vive un chico y no una máquina.
Me aparto del sentimiento de vacío observando a través de las paredes; debo cerciorarme de que Douglas no envió a instalar cámaras ni micrófonos ocultos. Al parecer se dio cuenta de que habría sido estúpido hacerlo, ya que los descubriría en un microsegundo: todo está limpio.
Me distraen tres golpes a la puerta. El implante me ayuda a ver a través de la abertura: por la contextura física de la figura, es Lyra. Presiono el botón de apertura y ella entra sin esperar mi permiso. Se sienta sobre la cama con las manos en la orilla y las piernas abiertas, mientras yo me ocupo de cerrar para que nadie nos vea.
—¿Me vas a contar dónde estuviste? —pregunta con entusiasmo. Para ella, ahora que regresé sano y salvo, lo que hice es una aventura.
No puedo contarle todo en este momento. En cuanto Douglas me cite, pondré a funcionar un plan, y Lyra tiene que colaborar. La prioridad es explicarle lo que necesito que haga. Después, si queda tiempo, le contaré lo demás.
—Necesito que me ayudes —respondo—. Tengo que ubicar a una chica. No quiero encontrarme con ella, solo saber si está bien, y que la protejamos de alguna manera encubierta.
—¿«Una chica»? —repite, riendo de costado. Su expresión delata curiosidad.
—Sí, su nombre es Kathrin Wieland. La última vez que la vi fue hace veinticuatro horas en el rancho donde me encontraste.
—¿«Wieland»? —repite con el ceño fruncido—. ¿Es extranjera?
—Es hija de alemanes.
Se echa a reír.
—¡¿Es broma?! Primero me pides que investigue a nuestro General, ¿y ahora que encuentre y proteja a una extranjera? Si está en un gueto, tal vez pueda, pero si anda por ahí, es muy difícil. Puede estar en cualquier parte, es imposible llevar al día la lista de desaparecidos, ¡hasta puede estar muerta!
—¡No está muerta! —exclamo, quizás con demasiado énfasis.
Como si Lyra también tuviera un implante para interpretar emociones, de pronto parece que yo me hubiera vuelto transparente para ella.
—¿Quién es esa chica? ¿Por qué es tan importante? —interroga, suspicaz—. ¡Ay, no me digas que te atraparon! —Ríe de nuevo—. ¡Sí! Te atraparon, sargento, ¡estás perdido!
—No es eso —intento excusarme como un estúpido.
—¡Sí, claro! Tu padre dijo que por primera vez creía que te sentías un chico normal. Pensé que haber salido del Área por mucho tiempo te había hecho bien, pero no fue solo eso. Fue Kathrin Wieland. Cuéntame: ¿qué tal es? ¿Está buena?
—Cállate, por favor. Necesito que hagas lo imposible para encontrarla, tiene que haber algún rastro de ella.
—¡Solo eso! Cuéntame si está buena. ¿Es rubia? Si desciende de alemanes, debe de ser rubia. ¿Es un espárrago, como está de moda, o tiene un cuerpo normal? Me gustan con el cuerpo normal.
—Esto no es broma, Lyra, puede estar en peligro.
Se pone seria de repente.
—Todos los extranjeros lo están, Mike. Haré lo posible, pero dudo que pueda dar con ella. ¿Necesitas algo más? ¿Algo que sí sea capaz de hacer y no me haga sentir una inútil?
Meto la mano en el bolsillo y extraigo el dispositivo de almacenamiento.
—Quiero que hagas copias del virus y de los archivos de la computadora de Douglas. En este momento no me conviene deshacerme de las funciones del implante, las necesito.
—¿Entonces no vas a destruir el sistema?
—No. Por un lado, tengo que sobrevivir esta guerra, y es innegable que las facultades del implante me lo facilitarían. Además, necesito encontrar a Kate y ayudar a mi padre. Si los altos mandos determinan que cometió traición, lo ayudaré a huir.
El implante analiza al instante las evidentes reacciones de Lyra: labios entreabiertos, cejas levantadas, músculos rígidos. Otra vez incredulidad.
—Es demencial, Mike —dice sin reparos—. Mientras tanto, ¿cómo impedirás que te controlen?
—Voy a amenazar a Douglas. La información que conseguiste debería ser suficiente, al menos, para que los altos mandos inicien una investigación. —Lyra me mira en silencio, anonadada—. ¿Me ayudarás?
—Por supuesto, pero estás loco.
—Gracias.
—De nada. ¿Ahora me cuentas de Kate?
Sonrío sin darme cuenta, delatando la verdad. Sí, me atraparon.
Me siento junto a Lyra y le resumo los momentos más importantes de mi relación con Kate: cómo la conocí, su actitud cuando se enteró de que era un posthumano, la horrible noche en que la vi por última vez.
—Una valiente —reflexiona Lyra—. Me gusta, es justa para ti. Tienes suerte.
Mira el suelo y frunce los labios: se puso triste.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—Caroline fue enviada al frente.
Ahora soy yo el que muestra empatía con los labios entreabiertos y el ceño fruncido. Sé cuánto le importa Caroline.
—Lo siento —le digo. Ella se encoje de hombros.
—Tarde o temprano iba a pasar; estamos en guerra, y somos soldados. De todos modos, aquí nunca podríamos haber llegado a nada; no se permiten ese tipo de relaciones. Ninguna relación, en realidad.
Le acaricio el hombro.
—Sobrevivirá —trato de consolarla.
Los dos sabemos que puedo estar mintiendo con descaro, pero aun así callamos. El deseo de que la guerra no nos arrebate lo que más queremos nos obliga a mantener alguna esperanza. Si no, ¿para qué pelearíamos?
Los dos nos tensamos en cuanto oímos golpes a la puerta. Lyra recoge el dispositivo y lo guarda en el bolsillo muy rápido. Del mismo modo se oculta en el baño mientras yo voy a la puerta. No hace falta que hablemos, lo que más me gusta de ella como subordinada es que casi no tengo que darle órdenes.
Abro fingiendo calma. Un soldado hace el saludo militar y luego, un anuncio.
—El general Douglas lo espera en su despacho, señor.
3
Mientras el ascensor baja al subsuelo más seguro del destacamento, no dejo de pensar en mi padre. A medida que paso los pisos, alcanzo a ver qué hay del otro lado. Las imágenes se presentan como un cuadro borroso hasta que una pareja de soldados besándose me aparta de mis reflexiones. Sonrío negando con la cabeza; debe ser incómodo para las personas saber que puedo ver mucho más de lo que ellas quisieran.
Abandono el ascensor en el pasillo de oficinas y camino hasta la puerta custodiada por dos soldados. Hacen el saludo militar en cuanto estoy delante de ellos.
—El general Douglas me espera —les informo, y alzo la cara hacia la cámara oculta sobre la puerta.
Douglas abre enseguida, está sentado detrás de su escritorio de vidrio. Algunas pantallas encendidas matizan el azul de las paredes, otorgándole a su pelo entrecano un peculiar tono grisáceo. En los monitores se reflejan imágenes de la guerra y el canal de noticias de las seis. Viste uniforme, por sus expresiones puedo notar que lo hago sentir incómodo. Es una de las pocas personas frente a las que disfruto sentirme superior.
Me paro con firmeza frente al escritorio y hago el saludo militar.
—Me citó, señor.
Douglas sonríe.
—Puedes dejar de fingir, arma de guerra prototipo posthumano US374.
Bajo la mano de golpe. Si bien es consciente de que no puede ocultarme nada, sabe pegar donde más duele, esa es su arma.
—Espero lo hayas pasado bien durante tu excursión —añade—. Te tomaste un año de vacaciones sin autorización.
Hago silencio. Si espera que le dé explicaciones, está muerto.
Se levanta y rodea el escritorio hasta detenerse a mi lado. Aunque siento su respiración cerca de mi oído, sigo con la mirada clavada en el respaldo de su asiento.
—Quiero asegurarme de que entiendes que eres propiedad del Ejército de los Estados Unidos. Crees que tienes poder, pero olvidas que la mitad de ese poder depende de mí. Basta que yo presione un botón para que el implante de tu cerebro deje de funcionar. Entonces, solo te quedará la fuerza de tus extremidades. Solo brutalidad, y ya sabemos que la destreza física es nada sin la inteligencia.
Giro la cabeza para devolverle una sonrisa.
—No necesito las capacidades de una máquina para saber cómo usar mi destreza física, señor —respondo—. Olvida que las máquinas son una creación humana, de modo que no serían nada sin nuestra inteligencia. La máquina es estúpida. Las personas, a veces, no.
—Por eso voy a volverte una máquina. Mike.
Entiendo por qué destaca mi nombre: las máquinas no tienen identidad. Mi nombre representa todo lo que perderé si él decide aniquilar mi humanidad.
Termino de darme la vuelta y quedamos enfrentados. Me cruzo de brazos y vuelvo a sonreír, fingiendo tranquilidad.
—Eso no va a pasar —contesto con voz calmada—. Pude eludir su búsqueda un año, ¿no se pregunta por qué decidí regresar?
—Ya lo sé.
—¿Ah, sí? ¿Qué sabe?
—Que hablabas con Lyra, que Lyra te informó lo de tu padre, que me robó algunos archivos… Espero les resulten útiles.
Aunque deseo golpearlo, no permito que sus revelaciones me borren la sonrisa. Está asustado, lo sé. Sabe ocultar sus emociones y miente bien, pero por dentro tiene miedo de mí. Quizás por eso esté desesperado por controlarme.
—Sí, me sirvieron de mucho, gracias —contesto, desafiante. Sus expresiones delatan sorpresa: jamás me rebelé, nunca respondí a un superior así.
—Sientes que tienes poder porque te necesitamos. Crees que el Gobierno me desplazaría si te pongo una mano encima, y es cierto, ese es tu único poder. Pero cometiste un grave error: enviaste a tu amiga a hacer el trabajo sucio, y ella es prescindible. Por eso di la orden de que enviaran al frente a su noviecita. ¿Me obligarás a hacer lo mismo con ella? Puedo apartarla de tu equipo en un abrir y cerrar de ojos y hacer que mañana amanezca en Rusia. ¿Le harías eso?
—Si la perjudica de alguna manera o hace que el implante me domine, ¿sabe lo que sucederá con esos archivos que le robamos? Me aseguré de dejarlos en buenas manos antes de volver. Si algo me ocurre, o a cualquier miembro de mi equipo, el Gobierno sabrá de su ejército paralelo de posthumanos y que está vendiendo extranjeros. Al Presidente no le agradará enterarse de que usted invierte el dinero del Ejército en negocios personales.
Deja escapar la risa, pero en sus ojos hay miedo.
—Tienes mucho que perder, Paine.
—Tanto como usted. ¿Tenemos un acuerdo?
—Yo no tengo nada que acordar con algo que me pertenece.
—A usted no, al Ejército de los Estados Unidos —replico, y el silencio vuelve a interponerse.
—No necesito de tus servicios por el momento —determina de pronto, alejándose—. Te avisaré cuando los requiera, puede ser en cualquier momento. Disfruta cada segundo, puede ser el último.
Entrecierro los ojos; entiendo su técnica: quiere que viva aterrado con la idea de volver a convertirme en una máquina y que, por lo tanto, no tenga vida. Otra vez pega en donde más duele, pero no permitiré que note el efecto. Aunque tiemble por dentro, por fuera seguiré siendo fuerte e inexpresivo, como una máquina.
—Lo tomaré como un sí —digo antes de darme la vuelta.
Los soldados de guardia toman una posición erguida en cuanto me ven salir. Cierro con un golpe y regreso al ascensor para ir a mi habitación; necesito hacer averiguaciones. Primero quiero entender por qué, si pueden controlarme por un rato, no lo sostienen en el tiempo. Segundo, necesito saber de mi padre. Miro las alas entre rejas que llevo tatuadas en el antebrazo: Hoc non pereo habebo fortior me. Lo que no me mata me hace más fuerte. Ya lo creo que sí.
Una vez en mi cuarto, recojo la tablet y marco el código de Lyra.
—Hay hilo dental en mi baño —le digo, muy serio.
Ella sofoca la risa. Desde que nos hicimos amigos competimos a ver quién inventa la frase más estúpida para indicar que tenemos una reunión de equipo secreta en el hangar 18, el único que funciona como depósito.
Lyra y yo somos los primeros en llegar. Nos ocultamos detrás de un avión de combate arrumbado y esperamos unos minutos hasta que llega Archer. Por su aspecto resulta evidente que lo tomamos por sorpresa: se puso zapatillas en lugar de botas, sus ojos color miel están irritados y su pelo castaño oscuro, más desordenado que de costumbre.
—¡Mike! —exclama—. Intenté verte, pero no me lo permitieron.
No hago a tiempo a responder: la puerta del hangar se abre de nuevo e ingresa Keane. Su piel morena contrasta con la palidez de Lyra, y su pelo lleno de rulos pegados a la cabeza, con el estilo de Archer. Está vestido con una musculosa gris y un vaquero, señal de que tampoco estaba preparado para la reunión. Lyra es distinta, parece que siempre estuviera lista para todo.
Keane sonríe ni bien me ve y se apresura a acercarse.
—¡Estábamos esperándote! —exclama, palmeándome la espalda.
Sonrío para agradecerle. La expresión de Archer denota curiosidad.
—¿Qué pasó? —pregunta—. Dime que todo eso de que habías desertado era una fachada para encubrir una misión secreta.
Lyra me mira, es la única que sabe la verdad.
—Era cierto —respondo. La seriedad envuelve a todos—. Chicos, tienen que saber qué está pasando y tomar una decisión. Son mi equipo, y tengo que ser honesto con ustedes.
—Me estás asustando, Mike —interviene Keane.
—Creí que ahora que habías regresado nos permitirían salir de aquí —agrega Archer. Lyra lo mira.
—Ya te dije que seguro nos están reservando para alguna misión suicida —contesta.
—El problema no es salir, sino lo que está pasando aquí —continúo yo—. Douglas creó un ejército paralelo de posthumanos y los está usando para atrapar extranjeros —suelto sin más. Archer y Keane me miran, sorprendidos.
—¿Por eso apresó a tu padre? ¿Él lo descubrió? —pregunta Archer.
—No, eso sucedió por otra razón.
—Tú lo sabías, ¿verdad? —pregunta Keane a Lyra, señalándola. Lyra baja la cabeza.
—Yo le pedí que mantuviera el secreto —explico para defenderla.
—¿Por qué apresaron a tu padre? —interroga Archer.
—Porque intentó sabotear el sistema.
—¿Quieres decir que intentó destruir el sistema que opera tu implante? —indaga Keane con el ceño fruncido—. Eso afectaría al Ejército Invencible.
—Algunas de sus funciones, tal vez. Tenemos pruebas en contra de Douglas, pero no puedo presentarlas todavía. Temo que tome represalias y, además, no sé cuál sea su situación con los altos mandos. Tenemos que averiguar algunas cosas antes de arrojarnos al vacío. Aquí entra en juego su decisión: entrometerse o no.
—¿Te refieres a ser tus soldados para derrocar a Douglas? —traduce Archer.
—Sí.
Nos quedamos en silencio por un momento. Lyra lo rompe con una sonrisa, encogiéndose de hombros.
—Si Douglas tiene un ejército personal de posthumanos, ¿por qué no puedes tener tú un ejército personal de… simples humanos? Al menos estamos bien entrenados, eso te lo aseguro.
—Espera —le digo, alzando una mano—. Tú no decidirás ahora, lo harás después de que hablemos a solas. Tengo algo que decirte. —No resisto su mirada inquisitiva, así que vuelvo a mirar a Archer y a Keane—. Ustedes pueden hacer lo que quieran, pero yo no permitiré que Douglas siga con su plan.
—¿Para qué quiere capturar extranjeros si no es por una misión que le asignó el Gobierno? —indaga Keane.
—Los está vendiendo.
—¿«Vendiendo»? ¿Para qué? ¿Quién es el comprador?
—Eso es lo que Lyra tendrá que descubrir si acepta ser mi soldado.
—¿Y yo qué debería hacer?
—Tú tienes acceso al laboratorio. Deberás averiguar por qué consiguieron controlarme a través del implante dos veces, pero no pudieron hacerlo durante más de unas horas.
—¿Y yo qué? —pregunta Archer.
—Tú debes borrar nuestros rastros.
—¿Puedo inventar pruebas falsas?
—Puedes hacer lo que quieras.
—Misión aceptada —responde con una sonrisa.
—Sí, yo también acepto la mía —dice Keane—. Siempre odié a ese General. Desde que llegó, se acabaron las rosquillas con frutilla en el comedor.
Todos lo miramos.
—Mike —dice Lyra después de un momento. Le debo una explicación por mi actitud de hace un rato.
—Manos a la obra, entonces —indico a los chicos. Hacen el saludo militar y se retiran.
En cuanto Lyra y yo quedamos solos, giramos para estar de frente. No puedo alzar la cabeza, no sé cómo empezar con lo que tengo que decirle.
—¿Por qué no hablas? Me estás asustando —dice.
—Lyra, es que… Douglas sabe que le robaste información.
Sonríe.
—Es un viejo zorro. No sé cómo hizo para darse cuenta, te aseguro que fui en extremo cuidadosa. Fallé. Lo siento.
—No es eso. Es que… Si continúas investigándolo, como es tu misión, tendrás que tener mucho más cuidado. Estarás en la mira.
—No importa. El peligro me desafía, me gusta poner a prueba mi inteligencia.
—Lo sé, por eso te admiro. El asunto es que… lo de Caroline… Douglas la envió al frente como venganza. Lo hizo después de que habías descubierto sus negocios.
Los dos nos quedamos callados un momento. No resisto el silencio y vuelvo a bajar la cabeza; no puedo mirarla a los ojos.
—Mike, no es tu culpa —dice de pronto, rodeándome el antebrazo. La miro enseguida—. Douglas es un malnacido, y tenemos que desenmascararlo. ¿Qué hay de la chica que me mandaste a rastrear? ¿Sigo con eso?
—Sí, por supuesto. No quise hablar de ella delante de los chicos, pero necesito que sigas buscándola.
—Empezaré por las cámaras de seguridad de la zona. ¿Crees que pueda haber tomado alguna dirección en particular?
—No, pero supongo que iría hacia el este. Veníamos del oeste, y ella no es de las que vuelven atrás.
—Haré todo lo posible. Y no te preocupes por Caroline, en serio. Sabe cuidarse bien. Ocúpate de tu padre.
Le sonrío a modo de agradecimiento y los dos abandonamos el hangar.
Necesito reunirme con mi padre y preguntarle cómo lo descubrieron saboteando el sistema, pero tiene prohibidas las visitas. No puedo meterme a la fuerza, seguir jugando con la paciencia de mis superiores sería condenarme. Está en el área de detención, y la sanción de los altos mandos todavía no llegó. Eso me dará tiempo, debo esperar.
Me acuesto aunque sé que me costará dormir. No dejo de pensar en Kate y en mi padre.
Mi teléfono vibra en la madrugada. Es Lyra.
—Tengo algo que tienes que ver ahora mismo —dice.
Llega a mi habitación en cinco minutos.
—¿Esta es Kate? —me pregunta, mostrándome su tablet.
Está congelada en una imagen: es una ruta en la entrada de un pueblo, y sobre la ruta está Kate arrastrando la moto.
—Sí, es ella —respondo, agitado. No puedo controlar los latidos desbocados de mi corazón.
—Su última imagen es esta, fue tomada por una cámara de seguridad en la entrada de Salt Creek. Conseguí hacer un acercamiento y obtuve la matrícula de la moto. Con eso introduje una orden de rastreo del vehículo en el sistema de la policía local.
—¡No! —exclamo enseguida—. No envíes a la policía. Si se dan cuenta de que es extranjera…
—Tranquilo, tenía eso cubierto —aclara Lyra, alzando una mano—. La moto estaba a nombre de un tipo en Federal Way, lo investigué antes de inventar la orden. No había modo de que la relacionaran con ella, y ella no iba a ser tan tonta de enfrentarse a la policía, ¿no? —Tiene lógica: la moto debe haber estado a nombre del vendedor que nos la entregó. Y no, Kate no se enfrentaría teniendo las de perder, se lo había enseñado bien—. La moto apareció en un terr
