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El año de gracia

Kim Liggett

Fragmento

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No se habla del año de gracia.

Está prohibido.

Nos cuentan que tenemos el poder de tentar a hombres hechos y derechos y sacarlos de sus camas, de hacer que los chicos pierdan la cabeza y de volver locas de celos a las esposas. Están convencidos de que de nuestra piel emana un potente afrodisíaco, la poderosa esencia de la juventud de una niña a punto de convertirse en mujer. Por eso, al cumplir los dieciséis, nos destierran durante un año para que liberemos nuestra magia en un lugar desierto antes de dejarnos volver a la civilización.

Pero yo no siento ese poder.

No siento en mí esa magia.

Hablar del año de gracia está prohibido, pero eso no me ha impedido buscar pistas.

Palabras que por un descuido pronuncia una pareja de amantes en el prado, un cuento de miedo antes de acostarnos que ni mucho menos parece un cuento, miradas cómplices intercambiadas en los gélidos silencios que suceden a las bromas que hacen las mujeres en el mercado. Pero no revelan gran cosa.

La verdad del año de gracia, lo que ocurre en el transcurso de esos doce meses de sombra, se oculta en unos filamentos diminutos que flotan alrededor de las mujeres cuando creen que nadie las mira. Pero yo siempre estoy mirando.

Un chal algo caído que deja a la vista las cicatrices de unos hombros desnudos a la luz de la luna llena de otoño.

Unos dedos atormentados que rozan la superficie del estanque

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