Bajo un cielo de tres lunas

Laura De los Santos

Fragmento

Bajo un cielo de tres lunas

Capítulo 1
Lily

Un día más… Solo un día más… Es lo único que pido. Un día más como cualquier otro. Uno de esos que se olvidan fácilmente. De esos que se vuelven uno con el resto del pasado, con el resto de los recuerdos que en la memoria pierden la noción del tiempo. Pero no. Y ¿por qué? Si el sol que quema mi rostro esta mañana, perseverante como el despertador, que jamás se cansa de cumplir su tarea, es el mismo de ayer. Las horas son las mismas. El tiempo pasa igual de rápido, igual de lento. Ayer, al igual que antes de ayer y, tal vez, al igual que mañana, deseaba que las cosas fueran diferentes. Deseaba más. Hoy, no. El hoy de hoy jamás será igual al hoy de mañana, ni será el mañana del ayer ni el ayer de mañana. El hoy de hoy está programado, educado y domesticado para que no existan jamás dos como él. Así se hizo durante generaciones y así deciden que funciona mejor. ¿Quién decide?

Lo que sea mejor para la mayoría. Lo que nos mantenga ocupados. Tranquilos y ocupados. Nos enseñan que la rebelión de las masas está más cerca del mito que de la realidad. Que fue cosa del pasado. Que con los nuevos mecanismos y las nuevas estrategias ya no es posible. ¿A qué le temen, entonces? ¿Por qué nos siguen enseñando las mismas tonterías en el colegio? Cada día lo mismo. Cada mañana el sol en el rostro, el despertador, el pinchazo en el dedo, la lista de valores proteicos, vitamínicos, calóricos. La programación de mis actividades diarias y la aburrida espera de la impresión de los resultados probabilísticos y estadísticos de mi alimentación. Siempre lo justo y necesario.

Nunca más. Nunca menos. Control.

Recién hoy me doy cuenta de que hay algo peor que no poder elegir nada: tener la posibilidad de elegir solo una vez en la vida y que esa decisión sea la más importante de todas. ¿A quién se le ocurre? No nos preparan para esto. Si cada día, al despertar, lo único que tengo a mi alrededor es control. Máquinas que informan lo que debo saber según el clima, la temperatura, la época del año, el momento del día, la cantidad de gente que me cruzaré, el tiempo estimado hasta llegar al colegio, el grado de evolución en mi aprendizaje que tendré mañana por la mañana, y hasta los sueños más probables que tendré esta noche.

Todo. Control.

Sin embargo, hoy es ese día. El único en el mes, en el año y en mi vida que se me da la posibilidad de elegir. ¿Y es una elección? Es decir… si fuera cualquier decisión, si las opciones fueran infinitas, entonces, bueno… una podría tomarse el tiempo de pensar, analizar, comparar y probar. O quizás… si una pudiera probar y, en tal caso, decidir con base en la experiencia y, si luego no está convencida, cambiar de parecer, quizás… tal vez… sería una verdadera decisión. Pero esta ni siquiera es tan… riesgosa. Como siempre, está basada en probabilidades, testeos genéticos, estadísticas y demás cosas altamente complejas y perfectamente aburridas. ¿Por qué me invade este miedo repentino, entonces? No quería pensar en este día. La máquina empezó a modificar sus valores rutinarios cada vez más. Leí siete libros más que en este mismo momento el año pasado. Me bañé más veces. Dormí más horas. Hice todo lo que estaba a mi alcance para no pensar en este día. Tal vez, si tuviera al menos una amiga, podría contarle acerca de mis miedos, acerca de esta nefasta sensación de sentirme empujada hacia la adultez. Hice preguntas, claro. Pregunté e investigué. Y siempre obtuve la misma respuesta. “No te preocupes tanto; yo lo hice y al final fue en vano. Es lo mejor que me ha pasado en la vida”. “Es el momento más esperado. Lo vengo soñando hace tres años”. Lo mismo. Una y otra vez. Y mi madre, ¿para qué considerarla siquiera? No hay nadie más feliz de vivir en esta nefasta realidad que ella. Imposible que me ofrezca otro punto de vista.

¿Por qué me siento atacada? Es como si hubiera sido víctima de una de esas violaciones que cuentan los libros de historia. Tomada por sorpresa, agredida y ultrajada. Bueno. No es en realidad una sorpresa. Me vienen preparando para esto desde el día en que nací. Estudio tras estudio. Estadísticas que, año a año, acotaban las posibilidades más y más.

Al comienzo son alrededor de tres mil posibilidades. Un absurdo, si se considera que al nacer uno es puro potencial, 100% probabilidad y cero experiencia. ¿Cómo es posible que la máquina ya ofrezca valores, así sea un número tan irrisorio como tres mil? Y la respuesta, en el mismo lugar que hace cientos de generaciones: la genética. No es verdad que un bebé es puro potencial al nacer. No, al menos, en el mundo como lo conocemos hoy. Y lo que más asusta de los hechos es que estos aparatos aciertan en un 99,9% de los casos. Desde el primer día, las sorpresas están controladas, atajadas, reducidas. Llegar a los dieciocho años con la capacidad de sorprenderse aún intacta es casi un milagro. Todo comienza con el nacimiento. No. Miento. Es anterior. Lo más temprano que se pueda. Eso es cerca de las dos semanas de vida dentro del útero materno. Ahí comienzan a generarse los datos que luego serán trasladados a la máquina que empezará a trabajar con el primer llanto de ese bebé. La que estoy mirando en este momento, hoy cumple conmigo dieciocho años de funcionamiento. Hoy mis posibilidades se redujeron a tres, como ocurre con toda mujer que alcanza el día de su cumpleaños número dieciocho. O como ocurre con toda niña, no sé bien. Hoy son tres, aunque el año pasado eran setecientas ochenta y cuatro. Mamá estaba preocupadísima. Son raros los casos en los que cerca de los dieciséis o diecisiete años las posibilidades siguen siendo tan altas. Mi caso era raro. Y hasta ayer, tenía el ferviente deseo de que la máquina, por una vez, no alcanzara el resultado deseado y tuviera que seguir esperando, seguir retrasando este momento absurdo.

De todas formas, algo positivo tiene esto de depender tanto de ellas. Las sorpresas a veces pueden ser encantadoras, mas en esta realidad suelen ser temibles. A casi nadie le gustan. La gente prefiere enterarse de las malas noticias y prevenirlas, más que vivir lo suficiente para comprobarlas. Existen casos en los que las máquinas avisan a las madres, a las dos semanas de embarazadas, que su gestación no será fructífera o que la criatura no va a vivir más de dos o tres años. Y la ley protege la decisión de esas mujeres de abortar si así lo desean. Depositan el 100% de su fe en ellas porque ya han visto los terribles casos en los que el amor puede más y la madre decide seguir adelante con el embarazo. Todas lo hemos visto. Nos enseñan en la escuela estos casos a los doce años de edad. Para que sigamos confiando. Para seguir sembrando y cosechando el control. Yo siempre lo tomé con pinzas, aunque no quisiera ser esa madre que vive todos los días con una bomba de tiempo, con un aparato que le dice lo acertada que está y los pocos respiros que le quedan a su hijo. Y hemos visto las crisis y las separaciones de los padres y las depresiones. Y la locura. También hemos visto la locura que genera la frustración de no tener el más mínimo albedrío. De vivir condicionada por un artefacto sabelotodo que nos va dictando al oído lo que ocurrirá dentro de los próximos cinco segundos y dentro de los próximos cinco minutos y dentro de las próximas cinco horas y dentro de los próximos cinco días y así y así y así. Ad eternum.

Sin embargo, todos nos hemos vuelto, en mayor o menor medida, adictos a las máquinas. Ya ni recuerdo la cantidad de veces que traté de desprenderme de ella. De no prestarle atención más que para lo mínimo que establece la ley. De dejarme llevar por las experiencias cotidianas del día a día. No obstante, cada noche, la necesidad de comprobar si las cosas habían ocurrido tal como el aparato lo había predicho por la mañana se volvía urgente. Poco a poco, comenzaba a invadir el espacio de mis pensamientos, a elevar la ansiedad, a influir en mis cambios de humor hasta límites insospechados. Y ¿para qué? Para llegar agonizando a ese odioso e infame botoncito y presionarlo con tanta cantidad de dolor y frustración como de placer. Y al final, comprobar que no solo había predicho lo que ocurriría en el día, sino también mi deseo de no corroborarlo y mi posterior rendición ante ella.

No valía la pena pelearse con las máquinas. No vale la pena. No creo que valga alguna vez la pena. ¿Para qué luchar contra la perfección? El progreso ha logrado un mundo sin guerras, sin amotinamientos, sin decepciones, sin tristezas, sin sorpresas, sin descontrol. Sí. Un mundo sin vida.

El aparato está a punto de imprimir el listado con mis tres posibilidades. Hará un escándalo grotesco que va a despertar a toda mi familia. Aunque mamá seguro ya está despierta, esperando detrás de la puerta con los globos. Qué estupidez. Me urge el deseo de arrojarme por la ventana. Sin embargo, el hecho de que la máquina lo haya predicho como una alternativa, luego de ver la lista, hace que se pierda toda la gracia.

Tres nombres. Tres opciones. Tres caminos seguros para un futuro preciso y sin sobresaltos. Se me están acabando los suspiros y los cambios de tema. Se me acaba el tiempo. Adiós a mi vida tal como la conozco.

“Presione el botón verde”, dice la pantalla. Y el cursor espera, intermitente. ¿Cuánto más podré retrasar este momento? Sí. Mejor le abro la puerta a mamá. Tratar de calmar su ansiedad va a hacer que gane al menos otro par de minutos.

Caminé hasta la puerta y giré el picaporte. Mamá casi se cae adentro. No necesité un aparato para predecir a mi madre. ¿Qué significará eso? ¿Seré aún capaz de pensar por mí misma? ¿De hacer algo que la máquina no pueda predecir? Y entonces, la paradoja: la máquina anuncia que no va a poder predecir algo y vuelve a tener razón.

—¿Y? ¿Qué esperas? ¿Has apretado el botón? ¿Qué ha dicho? ¿Cómo se llaman? ¿De dónde son?

La voz de mamá me taladraba la cabeza, aunque al menos me distraía una vez más, retrasando el momento. Si de ella hubiera dependido, ya hubiese apretado el botón, ya hubiera hecho las valijas para salir de viaje a buscarlos y ya hubiera elegido por mí. Sin embargo, la máquina solo responde a mis órdenes. A mis huellas. A mi sangre. De haber podido, quizás la hubiera dejado. Si total ya anticipa todas mis decisiones, haciendo que se vuelvan obsoletas y paradójicas, ¿por qué no lo hace también con esta? Si me dice: “Decidirás tomar jugo de naranja en lugar de café esta mañana”, ¿sigue siendo mi decisión?

Los exiliados las llaman “oráculos de la locura”. Y, al igual que yo, no terminan de entender el propósito de esto. A veces pienso en contactarlos. Sin embargo, no mantengo esa idea en mi mente por mucho tiempo porque a la máquina le tengo más miedo que confianza. Tratar de comunicarse con los exiliados es ilegal y ella siempre lo predice. También predijo las veces que quise atentar contra ella y tirarla por la ventana. Fue en vano. Están intercomunicadas y los que están arriba lo saben. Saben quién, saben cuándo, saben cómo. Saben todo. Mejor dejarse llevar por esta vida pacífica y sin sobresaltos. Mejor resignarse a no pensar y dejar que el aparato tome nuestras decisiones por nosotros. Mejor…

—Ya te he dicho que este momento no se va a seguir retrasando por más que lo desees. Ni entiendo tampoco por qué te haces la indiferente. Sabes, como todas nosotras, que lo vienes esperando desde el día que naciste —seguía taladrando mi mamá.

¿Cómo responder a eso? Esperar este día es una manera de decirlo. Que me lo recuerden cada minuto de mi vida, con frecuencia exponencial a medida que se acerca, es otra manera de verlo. Y bueno. Se acabó el tiempo. La máquina comenzó a avisar que iba a enviar señales de advertencia con las que no quería tener que lidiar. El momento había llegado, así que al demonio con esto.

Miré el objeto cuadrado y ostentoso y, con un golpe seco y rápido, apreté el botón. La música era, a mi entender, lo más odioso del momento. Una melodía de violín antiguo que intentaba ser romántica comenzó a acaparar todo el cuarto, volviéndose cada vez más meliflua y más aguda. A mamá le caían lágrimas mientras esperaba que se imprimiera la bendita lista. Luego de unos instantes, apareció el pequeño papel. Lo observé aún colgando y, cuando fui a tomarlo, mamá se adelantó y lo arrancó. Entonces, ocurrió algo que jamás hubiera imaginado: su rostro se transfiguró. No sabía que eso era siquiera posible. Pensé que mamá había perdido su capacidad de asombro al menos ocho años atrás, cuando papá murió. No podía terminar de entender si era eso lo que veía en su cara. La seriedad, más la creciente tensión de sus músculos, así lo inducía, aunque era difícil de corroborar, al ser algo tan nuevo.

—¿Qué pasa, mamá?

No me contestó. Tenía la vista clavada en el monitor. Entonces, también llevé mis ojos a él y vi cómo, una tras otra, iban apareciendo las letras E, R, R, O, R. Formaban la palabra, desaparecían y reaparecían de a una. En ese momento lo que más me asustó fue, sin lugar a duda, la expresión de mamá. Todo ocurrió a gran velocidad y no pude terminar de definir nada. La luz de la pantalla comenzó a perder intensidad hasta que se apagó. Mamá lloraba cada vez más desconsolada. Me quedé atónita, sin saber qué hacer. Le arrebaté el papel de la mano y pude leer dos nombres que, por supuesto, no conocía, y, en lugar del tercer nombre, una serie de letras y números que formaban algún tipo de código del que jamás había oído hablar ni había visto alguna vez.

—¿Qué es esto, mamá?

Pero ella solo me respondió con lágrimas.

—Me asustas —insistí—. ¿Qué está pasando?

Se quedó en silencio. Sus ojos clavados en la pantalla me obligaron a mirar también. Y por primera vez, en la suma de momentos que dan por resultado mis dieciocho años, vi la frase “Presione el botón rojo”. Lo único que nos habían enseñado en el colegio acerca del botón rojo era que no debíamos jugar con él ni presionarlo, a menos que la máquina lo indicara. Aquel día, por supuesto, lo primero que hice al llegar de la escuela fue presionarlo. Nada ocurrió. Ella solo mostró un mensaje de “Botón fuera de servicio” y esa fue toda la duración del misterio. Ahora, por primera vez, era la máquina quien me solicitaba apretar el botón. Y si me había generado miedo apretar el verde, el rojo desató la furia estática del pánico.

—¿Qué hago, mamá?

Mi voz salió entrecortada. No le hacía esa pregunta desde que tenía diez años.

—Obedécele —fue lo único que dijo.

Temblando sin poder controlarme, hice lo que mamá me ordenó. Llevé mi mano al botón rojo y lo presioné, lentamente esta vez. El aparato soltó un “gracias”, tan gentil que me sonó absurdo y hasta peligroso. Me alejé unos pasos y, de pronto, todo quedó en silencio. El tenue ruido que había escuchado durante dieciocho años al punto de conseguir olvidarlo se extinguió. La máquina… se apagó. Me quedé dura, sin saber qué hacer. De pronto, deseé con todas mis fuerzas que mi padre estuviera vivo. Comencé a extrañarlo con locura. Él me había dado siempre las respuestas a las preguntas complicadas que nadie quería contestar. Él era mi mentor, mi luz y mi compañero. Comencé a sentir de golpe toda la tristeza que la máquina no me pudo evitar con sus predicciones aquella vez. Y, una vez más, me sentí sola y desamparada.

Por un instante que pareció eterno, todo quedó en silencio. Y luego, el teléfono empezó a sonar. Las dos llevamos la mirada hacia la pared en la que estaba incrustado el aparato, sin movernos. Nadie llamaba nunca a nuestra casa. Para los vecinos éramos como fantasmas. No entendía nada. Ya había superado mi límite de desconcierto, así que, violentada por el instinto de obtener respuestas, tomé el aparato y atendí.

—¿Lily Fénix Brick? —dijo una voz de hombre que por su seriedad me erizó la piel.

—Sí —contesté, sin poder agregar nada más.

—En veintidós minutos pasará un auto a buscarla. Prepare su bolso y sus papeles personales para viajar a Bélgora.

—¡¿A Bélgora?!

Miré a mamá justo cuando se desmoronaba en el suelo. La puerta de mi cuarto se abrió y mi hermano Nabuk entró decidido, en el instante preciso, para evitar que mamá se golpeara la cabeza.

—¿Qué está pasando? —dijo—. Mi máquina se ha vuelto loca.

Yo seguía al teléfono, sin poder hablar, incapaz de moverme.

—No hay más tiempo que perder —continuó la voz robótica y gélida—. No llame a nadie. No salga de su casa. Prepare sus cosas y reanime a su madre.

—Pero…

Fue demasiado tarde. Ya había cortado. Y luego de eso, el teléfono también se murió. Volví mis ojos al monitor. Era extraño no tener ninguna expectativa de futuro, ninguna instrucción, ninguna predicción. Había odiado a la máquina durante mucho tiempo. Sin embargo, ahora sentía su falta y comencé a necesitarla con desesperación. Igual que a mi padre. La necesitaba tanto como a mi padre. Por primera vez en mi vida, estaban en el mismo nivel para mí una máquina y un humano.

—¡Nabuk! Corre a tu cuarto y dime qué ves en tu pantalla.

Me arrodillé al lado de mamá cuando mi hermano salió del cuarto y traté de reanimarla. Me costó dos cachetazos de cada lado traerla de vuelta.

—¡No veo nada raro! —gritó Nabuk desde el otro cuarto.

Senté a mamá en el suelo y, antes de que alguna pudiera decir algo, el aparato se volvió a encender, escupió una lista y se apagó. Corrí desesperada hasta ella, un poco sorprendida de mi actitud. Por un momento, imaginé que imprimiría a mi padre. Tomé la lista y se la entregué a mamá. Lo primero que decía era que quedaban diecisiete minutos y luego había un listado de cosas que sería conveniente que llevara a mi viaje. Eso decían siempre estos artefactos. Todo era conveniente. Aunque, al final, no era conveniente para nada. Conveniente significaba que, si no hacías lo que la máquina decía, por un motivo u otro, lo lamentarías. Y yo nunca sabía si la sensación era de fastidio por no haber agarrado algo que iba a necesitar más adelante ese día, o culpa por haberla desobedecido. Esta vez no había tiempo para pensar en nada. Mamá miró el papel, lo leyó una sola vez y empezó a obedecer como robot. Tomó la valija y, uno a uno, fue poniendo dentro los artículos que figuraban en la lista. Era mi valija, mi ropa y mis cosas lo que ella estaba guardando, pero yo la miraba sin poder reaccionar.

Bélgora...

Jamás en mi vida había salido de mi país, ni de mi provincia, ni de mi ciudad. Jamás había hecho un recorrido distinto del más “conveniente”, excepto un par de veces para tratar de fastidiar a la máquina. Sin embargo, al llegar a casa, veía que ella lo había predicho justo unos momentos antes de que yo lo llevara a cabo. Ese aparato era una versión perversa de mi cerebro; como si me hubieran operado y me hubiesen extirpado los sesos para ponerlos dentro de esa cosa cuadrada y darle vida. Y ahora que de pronto las cosas habían cambiado sin aviso y sin preparación, me sentía morir.

Mamá seguía frenética preparando la valija mientras lo único que yo podía hacer era controlar mi respiración para no desmayarme. Ay, papá… ¿Dónde estarás?

Mamá me entregó la lista con los nombres, salió del cuarto a buscar no-sé-qué cosa y me dejó sola con lo que había sido mi mundo privado durante toda mi vida. Aún en estado de shock, sosteniendo el papel con los nombres como si fuera lo único que me ataba a este mundo, recorrí el lugar con la mirada. Las paredes que tan bien conocía. Las fotos, los posters, las pinturas, los libros. Quería llevarme todos los libros conmigo. Me sentía incompleta sin ellos. Sin pensarlo dos veces, agarré mi ejemplar de lo que los antiguos llamaban Biblia y lo sostuve entre mis brazos. Quizás no podría llevarme todos, pero supongo que uno solo estaría permitido. Y de ser alguno, ese era el indicado. Era el libro de papá. Agarré el papel con los nombres y lo escondí dentro de la Biblia. Mamá entró apurada al cuarto y me hizo pegar un salto.

—Tenemos que prepararte. Ya están llegando. No podemos retrasarlos.

Al verla caminar agitada y hablando no menos rápido, me di cuenta de que ella estaba ocupadísima armando mi valija y que… eso era todo.

—¿Y tu valija? —pregunté.

Mamá se detuvo un instante y me miró. La respuesta estaba dibujada en su rostro como si fuera lo más evidente del mundo, como si todos supieran la obvia verdad menos yo. Se acercó unos pasos a mí y, antes de tocarme, se arrepintió. Otra vez comenzó a llorar, esta vez en silencio. Negué con la cabeza. No podía creerlo. No podía aceptarlo. ¿Cómo podía mandarme sola a Bélgora y estar tan tranquila al respecto? Salí de mi cuarto casi corriendo. Mamá estiró el brazo para frenarme y no lo consiguió. Fui derecho a su habitación y en su pantalla estaba corriendo el tiempo que marcaba la llegada de ese auto que vendría a buscarme. Me coloqué delante del aparato y escribí: “Probabilidades de reencuentro con mi hija”. La máquina se quedó pensando un momento y luego mostró la frase más terrible que esos aparatos tenían: “Por el momento, la información solicitada no se encuentra dentro de los parámetros de búsqueda. Por favor, ingrese una nueva pregunta”.

—¡No! —grité, sin poder contenerme.

Eso era lo que estos artefactos siempre decían cuando no estaban autorizados a dar malas noticias. Porque las malas noticias anticipadas volvían paranoicas a las personas. Si a uno le decían que probablemente sufriría un accidente de tránsito, ese iría por la calle tan preocupado que provocaría el choque él mismo. Si predecía una plaga, el pánico de las personas por no salir de sus casas ocasionaría hacinamiento y enfermedades masivas.

Comencé a llorar y a negar sin poder creer nada de lo que había vivido desde que abrí los ojos a este día nefasto. Mamá entró al cuarto y me abrazó. Sin embargo, yo sentía bronca y frustración y tristeza. Me solté violentamente.

—¿¡Cómo puedes hacerme esto!? ¿¡Cómo puedes quedarte tan tranquila sabiendo que me llevan a un lugar del que ni siquiera tu maldita máquina sabe si voy a volver!?

—Lo lamento —me respondió—. No creo que puedas comprenderlo ahora, pero lo lamento.

En ese preciso instante, vi el 00:00 en la pantalla y escuché ruidos de coches que frenaban en la puerta de casa. Miré por la ventana y vi a cuatro hombres que se bajaban de dos autos. Uno de ellos levantó la mirada y se encontró con la mía, como si supiera dónde me encontraba yo en todo momento. Me agaché y me acurruqué en un rincón.

—Tengo miedo, mamá. No dejes que me lleven. No he hecho nada malo.

—Lo sé, cariño. Lo sé.

Hipócrita.

—¿¡Cariño!? ¿Cariño, me dices, y sin hacer preguntas dejas que me lleven?

—No depende de mí. No se puede desobedecer a las máquinas.

—No… yo… haz algo, mamá. Por tu hija, por favor.

Le tembló el labio inferior. Se quedó un instante en silencio y luego:

—Lo lamento.

Miré la pantalla de mamá, que se había congelado con el cronómetro en cero, y luego volví a mirarla a ella.

—¿Cuánto hace que sabes de esto? —la indagué.

—No sabía nada —respondió—. O sea…

—¿Qué?

—No, nada. No sabía nada, lo juro.

Dos de los hombres abrieron la puerta de entrada a casa, ingresaron en el cuarto de mamá y se quedaron esperando en la puerta. De reojo, vi a otro que ya tenía mi valija en la mano. No hicieron ni dijeron nada, aunque eran bastante menos que amigables. Pasé por al lado de mi madre y, antes de salir, me di vuelta para mirarla por última vez y le dije:

—Si volvemos a vernos algún día, no será como madre e hija.

Nabuk y Dórbot estaban parados en la puerta de mi cuarto. Mis adorables gemelos. Si tan solo pudiera hacerle una pregunta más al oráculo de la locura, sería si ellos dos iban a ser felices. Era todo lo que me importaba en ese momento. No había nada en el mundo que yo amara más que a mis dos hermanos. Bueno, mis caballos tal vez, aunque sabía que ellos iban a estar bien cuidados. Lo que me aterraba eran dos menores a la merced de una madre como la mía. Abracé a mis hermanos con todas mis fuerzas y les dije que cuidaran bien a los caballos, y que algún día volvería por ellos. Luego, los tres hombres me escoltaron hasta la puerta. Antes de cruzarla por última vez, recordé la Biblia y fui desesperada a buscarla. Ellos me observaron desconcertados cuando volví aferrada al libro. Solo el cuarto hombre, el que se había quedado junto a los autos, me dijo:

—Vaya libro…

Yo lo miré y apreté la Biblia con más fuerza. Me subieron al asiento trasero del primer auto y, escoltada por el segundo, me alejé sin animarme a echar un último vistazo a lo que había sido mi vida. A lo que, de ahora en adelante, pasaría a llamar recuerdos.

Capítulo 2
La piedra

Dentro de ese vehículo desconocido no sabía qué hacer. Comencé a mirar por la ventana, aferrada a mi libro. No tardamos mucho en atravesar la ciudad. Al pasar por la puerta de mi colegio, pensé en mis compañeras. ¿Qué les dirían a ellas? ¿Y a mis profesores? ¿Y a los demás? Supongo que a todos lo mismo. Que la máquina imprimió una lista de hombres que vivían demasiado lejos, y que yo había salido a buscarlos uno por uno al mundo. Quedarían conformes. Y no harían comentarios. Una vez más, quisiera tener alguna amiga que sospeche de esto. Que se pregunte por qué no la llamé luego de obtener la lista, para contarle los resultados. Una amiga que le hubiera dado significado a mi presencia dentro de ese colegio. Ahora me doy cuenta de que soy y siempre fui un fantasma. Nadie se enteró nunca de mi existencia ni llegué a tocar la vida de alguno como para modificarla al menos un poco.

Dentro de este auto, cruzando por primera vez los límites de mi ciudad y de mi mundo, no tenía otra pertenencia que me importara o me identificara más que el libro que llevaba en mis manos. La valija estaba en el baúl, aunque su contenido no era mío. Ahí estaba la voluntad del aparato; lo que analizó que sería más conveniente para mí y para mis necesidades físicas y biológicas. Sin embargo, nunca mencionó el libro. No sabe lo que es para mí ni los recuerdos que acarrea. No sabe nada. Creyó gobernarme y dominarme. No obstante, aquí estoy, de alguna manera libre al fin de ella. Y aún sigo respirando.

Repasé con las yemas de mis dedos el relieve de las letras que formaban el título del libro. Había mucho viaje por delante, pero no me animaba a abrirlo delante de estos hombres. Tenía en mi interior una mezcla de emociones y sentimientos, casi todos negativos y en contra de mi madre. Dos cosas pensé en ese momento. La primera, que ese libro había ganado de pronto mucho más protagonismo en mi vida al darme cuenta de que no significaba nada para ella, mientras que en alguna época lo había sido todo para mi padre. La segunda, que volvería a buscar a Nabuk y a Dórbot. Era lo que más me dolía en ese momento. Recordarlos y pensar cómo podía afectarles toda esta violencia repentina que se habían visto obligados a vivir. Sentí las lágrimas llenar mis ojos mientras me venían a la mente las imágenes de nosotros tres haciendo largas cabalgatas por la playa. Entregados al instinto animal del galope, sintiendo los cascos chapotear contra las pequeñas olas de la orilla. Los mágicos momentos de la más extrema libertad. Porque las máquinas no predicen a los caballos, ni a los animales en general. Por eso la gente ya no les presta tanta atención. Andar a caballo se considera una de las actividades más peligrosas para realizar porque las máquinas no pueden asegurar los buenos resultados. Está fuera del control total y, por ello, dentro de la categoría de “mal visto”.

Papá me enseñó a andar a caballo. Fue él quien me mostró el milagro de su existencia y, antes de morir, me hizo prometer que enseñaría a los gemelos a montarlos. Así que eso hice. Les enseñé a montarlos y a cuidarlos y a entenderlos. Y, por sobre todas las cosas, les enseñé que las máquinas pueden saber mucho, mas no pueden decirnos quiénes somos.

Los minutos dentro de ese vehículo se volvían eternos. Resultaba abrumador ver por primera vez el mundo que me mostraron en hologramas en la escuela. Al no tener la menor idea de lo que ocurriría con mi vida de ahora en adelante, me sentía desvariar. Mis deseos, mis expectativas, mis sueños; todo se vio de pronto desvanecido. El futuro incierto que imaginé durante años ahora se aparecía frente a mí y, en lugar de estar emocionada por ello, solo tenía ganas de llorar. De pronto, sentí que jamás volvería a mi hogar. Cada kilómetro que me alejaba fortalecía más mi motivación de volver por los gemelos, aunque más débil hacía ese hilo de Ariadna que me mantendría para siempre atada a ellos.

Comencé a pensar en los nombres de la lista. Si habían aparecido en mi máquina, tenían que aparecer también en las de aquellos desconocidos que tan solo unas horas atrás iban a ser mis alternativas de futuro. Quizás podían inventarles cualquier explicación a mis compañeros de colegio; sin embargo, ¿qué les dirían a ellos? ¿Que me decidí por el tercero y que dejasen de esperarme? ¿Quiénes serían? ¿Cómo serían? Si eran alternativas ideales para mí, tan distintos de mí no debían ser. ¿Y qué significaba ese código que apareció como tercera opción? ¿Era realmente un error? Por más inverosímil que fuera creer en la posibilidad de un error, las acciones de estos hombres que me acompañaban parecían confirmarla. Sí. Debía de ser eso. Un error. No pueden permitir ningún error porque esa sería la puerta de entrada a la desconfianza de la gente y al caos. Hay que mantener el orden. Hay que mantener el control. ¿Por qué tenía que pasarme a mí? El único error hallado alguna vez, ¿por qué tenía que ser en mi máquina? ¿Y por qué tenía que ser yo la víctima de algo en lo que jamás creí?

Sonó un celular dentro del auto y el ruido agudo me hizo volver a la realidad de repente. El hombre que iba en el asiento del acompañante lo tomó y entre los dos se miraron antes de atenderlo. El conductor me buscó por el retrovisor y, por un segundo, nuestras miradas se encontraron.

—Sí, señor —dijo el acompañante, cortando el silencio que veníamos transportando hacía más o menos una hora—. Claro, señor… No, señor… Desde luego, señor.

Y cortó. El hombre apartó el celular de su oreja y se lo quedó mirando un instante. Me pareció que soltaba una gran cantidad de aire acumulado. Por un lado, eso me calmó un poco, ya que, por lo visto, había gente a la que ellos también le temían, lo cual me ponía en igualdad de condiciones y, al menos ellos dos no iban a hacerme daño. Aunque, por otro lado, eso era aún peor. ¿Quién era el hombre que estaba al otro lado del teléfono? ¿Qué clase de persona sería, para que estos dos hombres de hielo le tuvieran miedo? De pronto me di cuenta de la única alternativa posible que tenía en ese momento. Ahora que sabía que ellos tenían jefe y, por ende, instrucciones, y que no me iban a tocar, tenía que salir de ahí. Tenía que librarme de ellos. Mi cerebro comenzó a planear estrategias. Rápidamente caí en la cuenta de que ya no había una máquina controlándome y diciéndome lo que tenía que hacer. En el auto tampoco había y era más que evidente que ninguna iba a prever nada de lo que ocurriera con mi vida, al menos durante este día. Estaba… desconectada. Custodiada, pero libre. Y estos hombres, acostumbrados a obedecer a las máquinas, tampoco debían de ser muy violentos. Aunque sabía que debía cuidarme de ellos. Papá me había dicho que jamás me confiara de ninguna realidad que atentara contra la naturaleza de los instintos del hombre porque, tarde o temprano, esa realidad perecería. Nada que requiera esfuerzo gobernará por mucho tiempo a aquello que sale naturalmente. Papá lo creía. Los exiliados lo creían. Y yo lo incorporé como hice con todas sus enseñanzas, aunque jamás consideré que la realidad fuera a cambiar. La gente se veía tranquila y cómoda. A nadie le costaba obedecer en lugar de ponerse a pensar si eso era lo que querían hacer o no. Al menos, eso era lo que veía en las personas con las que me cruzaba. Las charlas banales. El constante chequeo de la lista impresa cada mañana. Las miradas apagadas y las sonrisas perennes. Algo dentro de mí me decía que eso no era normal, a pesar de haber sido lo único que conocí en mi vida. Y mi padre me lo decía una y otra vez. Que no iba a durar. Que ya llegaría la revolución. Y ¿para qué se me ocurrió preguntarle a los ocho años qué significaba esa palabra? Me llevó a la biblioteca de casa, me sentó en una silla, colocó siete tomos de más de tres mil páginas cada uno sobre mis piernas y dijo que eso era lo único que tenía que aprender. Antes de que pudiera hacer nada, mis piernas ya palpitaban por la presión que le generaba el peso de los libros. Cuando miré la tapa del primero, el título decía Historia de las Revoluciones Antiguas. Suspiré y,

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