Luna: lista de personajes
Los términos relacionados con las costumbres maritales y los títulos empresariales de la Luna se recogen en el glosario de la página 423.
CORTA HÉLIO
Adriana Corta: fundadora de Corta Hélio
Carlos de Madeiras Castro: oko de Adriana †
Rafael Corta, Rafa: hijo mayor de Adriana; bu-hwaejang de Corta Hélio
Rachel Mackenzie: oko de Rafa Corta
Lousika Asamoah: keji-oko de Rafa Corta
Robson Corta: hijo de Rafa Corta y Rachel Mackenzie
Luna Corta: hija de Rafa Corta y Lousika Asamoah
Lucas Corta: segundo hijo de Adriana. Jonmu de Corta Hélio
Amanda Sun: oko de Lucas Corta
Lucasinho Corta: hijo de Lucas Corta y Amanda Sun
Ariel Corta: hija de Adriana Corta; célebre abogada del Tribunal de Clavio
Carlinhos Corta: tercer hijo de Adriana Corta; director de trabajos de superficie y zashitnik de Corta Hélio
Wagner Corta, Lobinho: cuarto hijo de Adriana Corta (desheredado); analista y lobo lunar
Marina Calzaghe: trabajadora de superficie de Corta Hélio; posteriormente, auxiliar de Ariel Corta
Helen de Braga: directora financiera de Corta Hélio
Heitor Pereira: jefe de seguridad de Corta Hélio
Dra. Carolina Macaraeg: médico personal de Adriana Corta
Nilson Nunes: mayordomo de Boa Vista
MADRINHAS
Ivete: gestadora de Rafa Corta
Amália: gestadora de Lucas Corta
Mônica: gestadora de Ariel Corta
Flávia: gestadora de Carlinhos, Wagner y Lucasinho Corta
Elis: gestadora de Robson y Luna Corta
MACKENZIE METALS
Robert Mackenzie: fundador de Mackenzie Metals; anterior consejero delegado
Alyssa Mackenzie: oko de Robert Mackenzie †
Duncan Mackenzie: hijo mayor de Robert y Alyssa Mackenzie, consejero delegado de Mackenzie Metals
Anastasia Vorontsov: oko de Duncan Mackenzie
Rachel Mackenzie: hija menor de Duncan y Anastasia, oko de Rafa Corta y madre de Robson Corta
Apollonaire Vorontsov: keji-oko de Duncan Mackenzie
Adrian Mackenzie: hijo mayor de Duncan y Apollonaire; oko de Jonathon Kayode, Águila de la Luna
Denny Mackenzie: hijo menor de Duncan y Apollonaire; director de Mackenzie Fusible, la subdivisión de Mackenzie Metals dedicada al helio-3
Bryce Mackenzie: hijo menor de Robert Mackenzie; director financiero de Mackenzie Metals; padre de numerosos «adoptados»
Hoang Lam Hung: adoptado de Bryce Mackenzie y, brevemente, oko de Robson Corta
Jade Sun-Mackenzie: segunda oko de Robert Mackenzie
Hadley Mackenzie: hijo de Jade Sun y Robert Mackenzie; zashitnik de Mackenzie Metals; hermano por parte de padre de Duncan y Bryce
Analiese Mackenzie: amor de oscuridad de Wagner Corta en su aspecto oscuro
Eoin Keefe: jefe de seguridad de Mackenzie Metals; sustituido por Hadley Mackenzie
Kyra Mackenzie: correlunas
AKA
Lousika Asamoah: oko de Rafa Corta; posteriormente, miembro del Kotoko
Abena Asamoah: correlunas
Kojo Asamoah: compañero de estudios de Lucasinho Corta y correlunas
Ya Afuom Asamoah: asiste a fiestas en Twe
Adofo Mensa Asamoah: omahene del Trono Dorado; directora del Kotoko
TAIYANG
Jade Sun: oko de Robert Mackenzie
Amanda Sun: oko de Lucas Corta
Jaden Wen Sun: propietario del equipo de balonmano Tigers of the Sun
Jake Tenglong Sun: consejero delegado de la efímera empresa de diseño Smallest Birds
Fu Xi, Shennong, el Emperador Amarillo: los Tres Augustos, avanzadas IA desarrolladas por Taiyang
VTO
Valeri Vorontsov: fundador de VTO; lleva cincuenta años en caída libre a bordo del ciclador Santos Pedro y Pablo
Nicolái Vorontsov, Nick: comandante de la flota de VTO, vehículos de transferencia orbital
Grigori Vorontsov: breve amor y auxiliador de Lucasinho Corta
LUNAR DEVELOPMENT CORPORATION
Jonathon Kayode: Águila de la Luna; gerente de la Lunar Development Corporation
Juez Kuffuor: juez del Tribunal de Clavio y profesor de leyes de Ariel Corta
Nagai Rieko: juez del Tribunal de Clavio y miembro del Pabellón de la Liebre Blanca
Vidhya Rao: economista y matemátique; miembro de la Liebre Blanca y la Sociedad Lunaria; active independentista; desarrolló los Tres Augustos con Taiyang para la corporación Whitacre Goddard
HERMANDAD DE LOS SEÑORES DEL AHORA
Irmã Loa: confesora de Adriana Corta
Madrinha Flávia: se unió a la Hermandad tras su exilio de Boa Vista
Mãe-de-Santo Odunlade Abosede Adekola: madre superiora de las Hermanas de los Señores del Ahora
MERIDIAN / REINA DEL SUR
Jorge Nardes: músico de bossa nova y amor de Lucas Corta
Sohni Sharma: investigadora de la Universidad de Farside
Mariano Gabriel Demaria: director de la Escuela de las Siete Campanas, una academia de asesinos
An Xiuying: delegado comercial de la China Power Investment Corporation
Elisa Stracchi: diseñadora independiente de nanoware para Smallest Birds
LOBOS
Amal: cabecilla del clan Lobos Azules de Meridian
Sasha Volchonok Ermin: cabecilla del clan Magdalena de Reina del Sur
Irina: amor luminoso de clan de Wagner Corta
Uno
En una esclusa blanca, en un extremo del Sinus Medii, hay seis jóvenes desnudos: tres chicos y tres chicas concentrados en rascarse sin parar la piel negra, amarilla, cobriza, blanca. La despresurización seca la piel y provoca picores.
El habitáculo es pequeño, un barril de la altura justa para ponerse en pie. Los chavales están encajonados en bancos opuestos, con los muslos apretados contra los vecinos y las rodillas contra los de enfrente. No hay ningún sitio hacia el que mirar ni nada que ver, excepto los compañeros, pero rehúyen el contacto visual: demasiado cerca, demasiado desprotegidos. Cada uno respira por una mascarilla transparente. El oxígeno sale con un silbido por las juntas mal selladas. Justo debajo del ventanuco de la escotilla exterior hay un barómetro, que muestra quince kilopascales. La presión ha tardado una hora en bajar hasta ahí.
Pero fuera está el vacío.
Lucasinho se inclina hacia delante y vuelve a mirar por el ventanuco. La compuerta se ve fácilmente; está en línea recta sin obstáculos. El sol está bajo y las sombras, largas y oscuras, se proyectan hacia él. Más negras que el negro regolito, podrían ocultar muchas trampas. «La superficie está a ciento veinte grados centígrados —le había advertido su familiar—. Será un paseo por el fuego.»
Un paseo por el fuego, un paseo por el hielo.
Siete kilopascales. Lucasinho se siente hinchado, con la piel tirante y sucia. La compuerta se abrirá cuando el barómetro llegue a cinco. Echa de menos a su familiar: Jinji podría bajarle el ritmo cardiaco y aliviarle la contracción muscular del muslo derecho. Sus ojos se cruzan con los de la chica que tiene enfrente. Es una Asamoah; su hermano mayor está sentado junto a ella. Retuerce con los dedos el amuleto adinkra que lleva al cuello. Su familiar la habrá advertido de que, ahí fuera, el metal puede soldarse a la piel, con lo que le quedaría una cicatriz con la forma del símbolo gye nyame. La chica le dedica una breve sonrisa. Hay seis adolescentes guapos y desnudos tan apretados que sus muslos se rozan, pero la esclusa es un vacío sexual. Todos piensan en lo que hay al otro lado de la escotilla. Dos Asamoah; una Sun; una Mackenzie; un Vorontsov asustado, hiperventilando, y Lucasinho Alves Mão de Ferro Arena de Corta. Lucasinho se lo ha montado con todos menos con dos: la chica Mackenzie, porque los Corta no se tratan con los Mackenzie, y Abena Maanu Asamoah, porque su perfección lo intimida. Con el hermano sí: hace unas mamadas de primera.
Veinte metros. Quince segundos. Jinji le ha grabado esas cifras a fuego: la distancia hasta la segunda escotilla y el tiempo que puede sobrevivir un cuerpo humano desnudo en el vacío. Quince segundos hasta quedar inconsciente; treinta segundos para que los daños sean irreversibles. Veinte metros. Diez zancadas.
Lucasinho sonríe a la agraciada Abena Asamoah y se encienden las luces rojas intermitentes. Se pone en pie mientras se abre la escotilla, y los restos de presión lo lanzan al Sinus Medii.
Primera zancada. Su pie izquierdo toca el regolito y disipa todos sus pensamientos. Le arden los ojos y le queman los pulmones. Siente que va a reventar.
Segunda zancada. Expulsar el aire. «Espira. Presión cero en los pulmones», le había dicho Jinji. «No, no, está mal, es la muerte. Suelta el aire o te estallarán los pulmones.» El pie toca el suelo.
Tercera zancada. Espira, y el aliento se le congela en la cara. Le hierven la saliva en la lengua y las lágrimas en las comisuras de los ojos.
Cuatro. Abena Asamoah avanza delante de él, con la piel gris de escarcha.
Cinco. Se le están congelando los ojos. No se atreve a cerrarlos; los párpados se le quedarían adheridos por congelación. Parpadear es quedarse ciego; quedarse ciego es morir. Se centra en la compuerta, rodeada de luces de navegación azules. El flacucho Vorontsov lo adelanta, corriendo como un poseso.
Seis. El corazón entra en pánico, lucha, arde. Abena Asamoah se lanza a la escotilla y mira a su alrededor mientras coge la mascarilla. Tiene los ojos muy abiertos; ve algo detrás de Lucasinho. Abre la boca en un grito silencioso.
Siete. Se vuelve para mirar. Kojo Asamoah se agita y rueda por el suelo. Kojo Asamoah se está ahogando en los mares lunares.
Ocho. Mientras avanza hacia las luces azules de la compuerta, Lucasinho adelanta los brazos e interrumpe su precipitada carrera.
Nueve. Kojo Asamoah se esfuerza por hacer pie pero está ciego, con polvo adherido a los globos oculares por la congelación. Agita los brazos, se tambalea, tropieza hacia delante. Lucasinho le coge un brazo. ¡Arriba! ¡Arriba!
Diez. Palpitaciones rojas en los ojos: un círculo de luz y consciencia centrado en el círculo de la escotilla de entrada. Un círculo que se estrecha con cada palpitación roja de su cerebro en desintegración. ¡Respira!, le gritan los pulmones. ¡Respira! Arriba. Arriba. La esclusa está llena de brazos y caras. Lucasinho se lanza al círculo de brazos extendidos. Le hierve la sangre, y en las venas se le forman burbujas de gas; cada una es un rodamiento al rojo vivo. Le fallan las fuerzas. Su mente está muriendo, pero no suelta el brazo de Kojo. Tira del brazo, tira del chico, con un dolor y un ardor insoportables. Siente una conmoción y oye el chillido de la presurización.
En el reducido campo de visión que le queda distingue una maraña de extremidades, pieles, glúteos y abdómenes que gotean de condensación y sudor. Oye jadeos que se convierten en carcajadas, sollozos que se tornan risitas nerviosas. La risa demencial agita los cuerpos. Hemos realizado la carrera lunar. Hemos derrotado a Dama Luna.
Otra visión fugaz: una mancha roja en la línea central de la escotilla exterior, rojo raro sobre blanco. Se centra en ella, un ojo de buey rojo que atrae toda su atención hacia la línea que lo separa de él. Mientras pierde el conocimiento entiende qué es la mancha roja: sangre. La compuerta ha pillado el dedo gordo del pie izquierdo de Kojo Asamoah y lo ha convertido en una pulpa.
Oscuridad.
La mujer alada remonta la columna térmica. La primera luz la convierte en oro. Araña el techo del mundo y arquea la espalda; recoge los brazos, sacude los pies y se lanza en picado. Cae cien metros, doscientos, un punto negro que resalta contra el falso amanecer y pasa junto a fábricas y viviendas, ventanas y balcones, cables transportadores y ascensores, pasarelas y puentes. En el último instante flexiona los dedos, extiende las plumas principales de nanofibra e interrumpe el picado. Y se eleva más y más; sus alas resplandecen con la luz creciente. Con tres aletazos está un kilómetro más allá, una mancha dorada contra los monumentales cañones de la quadra Orión.
—Zorra —susurra Marina Calzaghe. Odia la libertad de la mujer voladora, su capacidad atlética, su piel perfecta y su cuerpo prieto de gimnasta. Y, sobre todo, odia que le sobre aliento para divertirse mientras ella tiene que luchar por cada bocanada de aire. Marina ha reducido el reflejo de la respiración, y el chib del globo ocular le muestra la creciente deuda de oxígeno. Cada inspiración se paga, y está en números rojos en el banco de aire. Recuerda el pánico que sintió la primera vez que intentó sacarse el chib del ojo. Parpadeó fuertemente, pero no se iba; se lo intentó despegar con el dedo, pero el chib siguió en su sitio.
—Todo el mundo lo lleva —había dicho el agente de Inducción y Aclimatación de la LDC—. Hasta lo llevaría un Joe Moonbeam recién salido del ciclador de la mismísima Águila.
Las barras de estado de sus cuatro elementos habían cobrado vida: agua, carbono, datos y aire. A partir de ese momento medían y cobraban cada trago, cada periodo de sueño, cada pensamiento y cada inspiración.
Cuando llega a la parte superior de la escalera se le va la cabeza. Se apoya en la barandilla baja y se esfuerza por respirar. Ante ella, el aterrador y atiborrado vacío, que resplandece con miles de luces.
Las quadras de Meridian, de un kilómetro de profundidad, siguen un orden social inverso: los ricos viven abajo, y los pobres, arriba. Los ultravioletas, los rayos cósmicos y las partículas cargadas de las manchas solares bombardean la cara desnuda de la Luna. La radiación se absorbe fácilmente con unos pocos metros de regolito lunar, pero los rayos cósmicos de alta energía arrancan de la superficie una cascada de fuegos artificiales de partículas secundarias que pueden dañar el ADN. Por ello, los hábitats humanos son profundos y los ciudadanos viven tan lejos de la superficie como se pueden permitir. Solo los niveles industriales, automatizados casi por completo, quedan por encima de Marina Calzaghe.
Arriba, contra el cielo falso, se mece un globo infantil de color plata, atrapado.
Marina Calzaghe va a vender el contenido de su vejiga. El comprador de pis le indica con un gesto que pase a su habitáculo. La orina es escasa, ocre y granulosa. ¿Eso son retazos de sangre? El comprador calcula el contenido en minerales y nutrientes y realiza el pago; Marina transfiere los fondos a su cuenta de datos. Es posible reducir la respiración, piratear el agua y gorronear comida, pero no se puede mendigar ancho de banda. Hetty, su familiar, se le condensa sobre el hombro izquierdo a partir de una nube de píxeles. Es una piel gratuita básica, pero Marina Calzaghe ha vuelto a la red.
—La próxima vez —susurra mientras asciende de nuevo hasta el cazanieblas—. Conseguiré los medicamentos la próxima vez, Blake.
Marina sube los últimos escalones a cuatro patas. La red de plástico fue un rescate providencial; se hizo con ella y la ocultó antes de que los bots de recuperación de los zabbaleen pudieran reciclarla. El principio es antiguo y fiable: una malla de plástico tendida entre puntales. El aire cálido y húmedo asciende, y la baja temperatura de la noche artificial forma breves cirros. La niebla se condensa en la fina rejilla y baja por las hebras hasta los tarros de agua potable. Un trago para ella, un traguito para Blake.
Hay alguien en su cazanieblas. Un hombre alto, de delgadez lunar, está bebiendo de su tarro.
—¡Dame eso! —El hombre la mira y apura el contenido—. ¡Eso no es tuyo!
Marina conserva la musculatura terrestre; incluso con los pulmones vacíos podría con ese floripondio lunar paliducho.
—¡Largo! ¡Ese tarro es mío!
—Ya no. —El hombre lleva un cuchillo en la mano. Con un cuchillo sí que no puede—. Si vuelvo a verte por aquí o veo que falta algo, te rajo y te vendo.
No puede hacer nada. No hay acciones, palabras, amenazas ni ideas brillantes que puedan cambiar las cosas. El hombre del cuchillo la ha derrotado; no tiene más remedio que marcharse cabizbaja. Cada paso, cada peldaño, es una sacudida de vergüenza. Cae de rodillas en la pequeña galería desde la que miró a la mujer voladora, presa de arcadas de rabia secas, pesadas e improductivas. No quedan humedad ni alimento en su interior.
Subir, alejarse de la Luna.
Lucasinho se despierta con un cascarón transparente sobre la cara, tan cerca que lo empaña con el aliento. Aterrorizado, levanta las manos para apartar esa cosa que le da claustrofobia, y una calidez oscura se le extiende por el cráneo, la nuca, los brazos, el torso. Sueño, no terror. Lo último que ve es una figura a los pies de la cama. Sabe que no es un fantasma porque en la Luna no hay fantasmas: sus rocas los rechazan; su radiación y el vacío los disipan. Los fantasmas son frágiles; son vapores, matices, suspiros. Pero la figura está erguida como un fantasma, gris, con las manos entrelazadas.
—¿Madrinha Flávia?
El fantasma levanta la mirada y sonríe.
Dios no castigaría a una mujer que roba por desesperación. Todos los días, de camino al comprador de pis, Marina pasa frente al altar callejero: una imagen de Nuestra Señora de Kazán rodeada de una constelación de bioluces pulsantes. Cada uno de esos grumos de gelatina contiene un trago de agua. Rápidamente, con ademán pecaminoso, se los mete en la mochila. Le dará cuatro a Blake; siempre tiene sed.
Solo han pasado dos semanas, pero tiene la impresión de que lo conoce de toda la vida; la pobreza dilata el tiempo. Y la pobreza es un alud: un pequeño desliz provoca otro, que a su vez provoca otros hasta que todo se desmorona, se precipita. Un contrato cancelado. Un día, la agencia no llamó, y las diminutas cifras de la esquina de su campo visual seguían decreciendo. Se desmoronaban, se precipitaban. Hasta que Marina se encontró subiendo por escalas y escaleras, trepando por las paredes de la quadra Orión, subiendo por el entramado de puentes y galerías, por encima de las avenidas residenciales, por las escalas y escaleras cada vez más empinadas (porque los ascensores se pagan, aunque tampoco llegan a niveles tan elevados), hacia los pabellones y cubos colgantes del Bairro Alto. El aire poco denso olía a fuegos artificiales: piedra desnuda recién procesada por los bots constructores, vidrio sinterizado. Las pasarelas oscilaban peligrosamente más allá de las puertas-cortinas de células pétreas, iluminadas solo por la luz que se filtraba por las puertas y las ventanas sin cristal. Un paso en falso y un grito lento hacia abajo, hasta los neones del prospekt Gagarin.
El Bairro Alto cambiaba al paso de cada luna, y Marina recorrió un buen trecho hasta que encontró la habitación de Blake. «Apto. para compartir por días», decía el anuncio de los clasificados de Meridian.
—No me quedaré mucho tiempo —dijo mientras observaba la única habitación con los dos colchones viscoelásticos, las botellas de agua vacías, las bandejas de comida rebañadas.
—Nadie se queda mucho —dijo Blake, y se dobló sacudido por una tos estéril e incontrolable que estremecía hasta la última costilla y el último tendón de su endeble figura. Aquella tos cortante mantuvo a Marina en vela toda la noche: tres tosecillas secas, casi enfurruñadas. Después, otras tres. Otras tres. Otras tres. La tos la mantuvo en vela todas las noches subsiguientes. Era la canción del Bairro Alto: la tos. Silicosis. El polvo lunar petrifica los pulmones, y tras la parálisis llega la tuberculosis. Los fagos la tratan fácilmente, pero los habitantes del Bairro Alto se gastan el dinero en aire, agua y carbono. Hasta los fagos baratos son una vana esperanza.
—Marina. —Hace tanto que su familiar no habla con ella que casi se cae de la escalera por la sorpresa—. Tienes una oferta de trabajo.
La caída es de unos pocos metros; insignificante con esa gravedad de locos. Aún vuela en sueños: es un pájaro de cuerda que vuela por un planetario mecánico. Un planetario que gira dentro de una jaula de piedra.
—Lo acepto.
—Es de cátering.
—Lo que sea.
Echa un vistazo al contrato. Se ha asignado un precio bajo, pero la oferta es casi inaceptable. Le dará para aire-agua-carbono-red y poco más. Hay un pago por adelantado. Necesitará imprimirse un uniforme nuevo y asearse en un banya; le apesta hasta el pelo. Y un billete de tren.
Tiene una hora para llegar a la estación central. Parpadea para firmar; la lentilla le escanea el patrón retiniano y lo transmite a la agencia. Los familiares realizan el handshaking y tiene dinero en la cuenta. La alegría es tan pronunciada que duele. El poder y la magia del dinero no están en las posesiones a las que dan acceso, sino en lo que permiten ser a quien lo tiene. El dinero es libertad.
—Súbelo —le dice a Hetty—. Al consumo normal.
Al instante se alivia la tensión de sus pulmones. Espirar es maravilloso; inspirar es una exaltación. Marina saborea el perfume de Meridian: electricidad, pólvora, el olor acre de las alcantarillas y moho. Y cuando ha llegado al punto en que debería terminar la inspiración, puede seguir. Aspira a fondo.
Pero tiene poco tiempo. Para llegar al tren debe subir en ascensor al 83 Oeste, pero está en sentido contrario a la casa de Blake. ¿El ascensor o Blake? No hay nada que decidir.
Lucasinho se despierta. Intenta incorporarse y el dolor lo sujeta a la cama. Es como si le hubieran arrancado todos los músculos de los huesos y las articulaciones para llenar el espacio con cristal molido. Está tendido y lleva un traje presurizado, como el que se pondría para dar un paseo sensato, seguro y normal por la superficie. Puede mover los brazos, las manos. Se recorre el cuerpo con los dedos, evaluándolo. Los abdominales, la armadura muscular del abdomen; los muslos duros y definidos. Tiene un culo fabuloso. Le gustaría poder tocarse la piel. Necesita saber que tiene bien la piel. Es famoso por su piel.
—Estoy hecho una mierda. Me duelen hasta los ojos. ¿Me están medicando?
—Tienes los receptores opioides mu de la sustancia gris periacueductal bajo estimulación directa —dice una voz dentro de su cabeza—. Puedo ajustar el grado.
—Eh, Jinji, has vuelto. —El lenguaje de mayordomo pedante de su familiar es inconfundible. Los familiares tienen problemas con la ambigüedad. Es consciente del chib que ocupa la esquina inferior derecha de su campo visual. Los Corta no necesitan fijarse en esos números, pero se alegra de verlos: el chib le dice que está vivo, consciente, consumiendo—. ¿Dónde estoy?
—En las instalaciones médicas Sanafil Meridian —dice Jinji—. Te han trasladado de una cámara hiperbárica a un traje compresor. Se te ha inducido una serie de comas.
—¿Cuánto tiempo? —Intenta sentarse, y el dolor le recorre todos los huesos y articulaciones—. ¡Mi fiesta!
—Se ha reprogramado. Ahora van a inducirte otro coma. Tu padre viene a verte.
Unos brazos médicos articulados, de color blanco, se despliegan desde la pared.
—Espera, no. He visto a Flávia.
—Sí. Vino a visitarte.
—No se lo digas a mi padre.
Nunca ha entendido por qué su padre desterró de Boa Vista a su madrinha, la mujer que lo gestó, la mañana de su sexto cumpleaños; solo sabe que si Lucas Corta se entera de que Madrinha Flávia ha ido a verlo, la maltratará con un centenar de malevolencias.
—No se lo diré —responde Jinji.
Lucasinho se despierta por tercera vez, con su padre a los pies de la cama. Es delgado y de baja estatura, tan oscuro y atormentado como ancho y dorado es su hermano mayor. Regio y arreglado, con solo un bigote y una barba que parecen trazados con lápiz; perfecto pero siempre obsesionado con conservar esa perfección: lleva la ropa, el pelo y las uñas inmaculados. Un hombre frío, calculador. Sobre su hombro izquierdo flota Toquinho, su familiar, un intrincado nudo de notas musicales y acordes complejos que en ocasiones se resuelve en una guitarra de bossa nova semiaudible, susurrada.
Lucas Corta aplaude. Cinco palmadas definidas.
—Felicidades. Ya eres correlunas. —Se sabe, dentro y fuera de la familia, que Lucas Corta no ha realizado nunca la carrera lunar. Guarda en secreto el motivo: Lucasinho ha oído que quienes indagan reciben un severo castigo—. Un equipo de urgencias; oftalmólogos; especialistas en neumotórax; alquiler de una cámara hiperbárica; alquiler de un traje compresor; consumo de O2... —Mientras su padre enumera, Lucasinho se baja de la cama. Los bots médicos le han retirado el traje compresor. Las paredes blancas se abren a su alrededor; se despliegan brazos robóticos que ofrecen ropa recién impresa—. Traslado de Meridian a João de Deus...
—¿Estoy en João de Deus?
—Tienes que asistir a una fiesta. La vuelta a casa de un héroe. Haz un esfuerzo. Y procura aguantar cinco minutos sin follarte a nadie. Ha venido todo el mundo; hasta Ariel se ha escaqueado del Tribunal de Clavio.
Lo primero es lo primero: remaches y púas de metal, registros de otros tantos corazones rotos, se introducen en los orificios cuidadosamente dispuestos de su carne. Jinji muestra su imagen a Lucasinho para que pueda cardarse el tupé hasta alcanzar toda su magnificencia de baja gravedad: una ola de alta mar de pelo denso y brillante. Unos pómulos que quitan el aliento y un abdomen en el que se podrían partir piedras. Es más alto que su padre; todos los miembros de su generación son más altos que los de la segunda. Está para mojar pan.
—Sobrevivirá —dice Lucas.
—¿Quién? —Lucasinho duda entre dos camisas y elige la marrón, suave y veteada.
—Kojo Asamoah. Tiene quemaduras de segundo grado en un veinte por ciento del cuerpo; le han estallado muchos alvéolos y varios vasos sanguíneos, y tiene lesiones cerebrales. Y el dedo del pie. Se recuperará. En Boa Vista te espera una delegación de Asamoah para darte las gracias.
Puede que haya acudido Abena Asamoah. A lo mejor está tan agradecida que se deja echar un polvo. Unos pantalones de color tierra con vueltas de dos centímetros y seis pinzas. Se cierra el cinturón. Calcetines de tela de araña y zapatillas de dos tonos. Es una fiesta; lo adecuado es una chaqueta de sport. Elige la de tweed; palpa el tejido rasposo entre el pulgar y los dedos. Es de origen animal, no impresa. Materia animal de un precio desorbitado.
—Podrías haber muerto.
Cuando se pone la chaqueta, Lucasinho se fija en la insignia de la solapa: Dona Luna, el sello de los correlunas. La santa patrona de la Luna: Nuestra Señora de la Vida y la Muerte, la Luz y la Oscuridad. La mitad de su rostro es un ángel oscuro, y la otra, una calavera blanca. Dama Dos Caras. Dama Luna.
—¿Qué habría hecho la familia en ese caso?
¿Cómo sabía su padre que iba a elegir la chaqueta que lleva la insignia? Los brazos introducen el resto de la ropa en las paredes, y se fija en que todas las chaquetas llevan la insignia de Dona Luna.
—Yo lo habría dejado.
—Pero no eras tú —dice Lucasinho. Jinji le muestra el efecto global de su elección. Elegante pero informal, deportivo pero con estilo y a la moda de la temporada, que es la Europa de la década de 1950. A Lucasinho Corta le encantan la ropa y los complementos—. Ya estoy listo para la fiesta.
—Voy a luchar contigo.
Las palabras de Ariel Corta se transmiten con claridad por todo el tribunal, y la sala entra en erupción. El acusado le grita que no puede hacer eso; el abogado defensor brama que es un abuso de procedimiento. El equipo jurídico de Ariel, de función auxiliar ahora que se ha acordado el juicio por combate, suplica, hace la pelota, grita que es una locura, que Alyaoum va a destrozarla con su zashitnik. Reina el tumulto en la galería pública, y los periodistas judiciales acaparan el ancho de banda con la transmisión en directo.
Un juicio rutinario de custodia posdivorcio se ha convertido en un dramón. Ariel Corta es la principal abogada de familia de Meridian y, por tanto, de la Luna, por formación y vocación. Elabora los nikahs, los contratos matrimoniales, de los Cinco Dragones, las grandes dinastías de la Luna. Acuerda esponsales, negocia separaciones, encuentra agujeros legales en nikahs grabados en titanio, pacta adquisiciones y establece pensiones inmisericordes. El tribunal, el público, la prensa, los comentaristas sociales y los fans de los juzgados cifran grandes expectativas en Alyaoum contra Filmus.
Ariel Corta no los decepciona. Se quita los guantes, lanza los zapatos de un puntapié, se deshace del vestido de Dior y se muestra ante el Tribunal de Clavio con unas medias transparentes y un top deportivo. Ariel da una palmada en la espalda de Ishola, su zashitnik. Es un yoruba voluminoso, de cráneo puntiagudo, un hombre amable y un luchador brutal. Los Moonbeam, los inmigrantes recientes, con su masa muscular terrestre, son los mejores luchadores del juzgado.
—Yo me encargo, Ishola.
—No, senhora.
—No me va a poner un dedo encima. —Ariel se acerca a los tres jueces—. ¿No hay objeciones a mi reto?
El juez Kuffuor y Ariel Corta tienen una antigua relación de profesor y discípula. El primer día de sus estudios de Derecho le enseñó que el derecho lunar se sustentaba sobre tres pilares. El primero es que no hay derecho penal; solo hay derecho contractual: todo es negociable. El segundo es que el exceso de leyes es malo. El tercer pilar es que una jugada audaz, un giro calculado o un riesgo temerario pueden ser tan eficaces como un argumento razonado y un interrogatorio.
—Abogada Corta, sabe tan bien como nosotros que estamos en el Tribunal de Clavio —dice el juez Kuffuor—. Todo se puede cuestionar, incluido el Tribunal de Clavio.
Ariel junta los dedos de la mano derecha, inclina la cabeza ante los jueces y se vuelve hacia el zashitnik del acusado, abajo en el pozo. Es todo músculo y cicatrices, un veterano de innumerables juicios dirimidos por combate, que ya le hace señas para que vaya, que baje, que entre en el pozo de pelea.
—Bueno, pues vamos a luchar.
La sala ruge su aprobación.
—A primera sangre —grita Heraldo Muñoz, el abogado de Alyaoum.
—Ni hablar —bufa Ariel Corta—. A muerte o nada.
Su equipo y su zashitnik se ponen en pie. La juez Nagai Rieko trata de hacerse oír sobre la tempestad de voces.
—Abogada Corta, debo advertirle...
En medio del tumulto, Ariel Corta se mantiene compuesta, poderosa, la calma en el corazón de la tormenta vociferante. Los abogados defensores debaten con la cabeza baja; le lanzan miradas fugaces y siguen hablando apresuradamente en voz queda.
—Si el tribunal da permiso —Muñoz está de pie—, el acusado se retira.
Todos contienen el aliento en la Sala Tres.
—Entonces dictaminamos a favor de la acusación —dice el juez Zhang—. Las costas corren por cuenta del acusado.
Por tercera vez, el juzgado estalla en un griterío, más alto que los anteriores. Ariel se empapa de los halagos, asegurándose de que las cámaras captan todos los ángulos. Se saca del bolso el largo y esbelto váper de titanio, lo extiende en toda su longitud, lo activa y exhala una bocanada de niebla blanca. Se echa la chaqueta al hombro, recoge los zapatos con un dedo y sale del juzgado con la ropa de combate. Devora los aplausos, los rostros, la nube flotante de familiares. Todos los juicios son puro teatro.
Las vistas se pagan, y el entretenimiento, más aún, así que Marina ocupa un asiento de la sección central de la cubierta inferior y hace muecas al niño que la mira entre los reposacabezas. En tren de alta velocidad solo se tarda una hora en llegar de Meridian a João de Deus, y divertir a un niño ya es bastante entretenido. Es la primera vez que sale de Meridian. Está en la Luna. Está en la superficie de la Luna y la recorre sobre raíles magnéticos a mil kilómetros por hora, pero está ciega en un tubo metálico. Planicies, bordes de cráteres, rimas y escarpes. Altas montañas y amplios cráteres. Todo está ahí fuera, más allá de ese animado interior cálido de olor a jazmín y colores pastel. Todo gris y polvoriento. Todo igual, sin la menor magnificencia. No se pierde nada.
Hetty tiene pleno acceso a la red, de modo que cuando dicen al niño que deje de molestar a la señora de la fila de atrás, Marina pasa el tiempo con música e imágenes. Su hermana ha subido más fotos familiares. Están su nueva sobrina y su sobrino conocido. Está Arun, su cuñado. Está su madre en la silla, con tubos en el dorso de las manos. Sonríe. Marina se alegra de que no pueda ver las montañas sin aire, los inclementes mares vacíos. En comparación con el tesoro de las hojas, los cielos suaves y nubosos, el mar tan verde y lleno que casi puede oler su profundidad, la Luna parecería una calavera blanca. En ese tren, Marina puede imaginar que está en casa, en la Tierra, y que se apeará entre los árboles y los volcanes de Cascadia.
«Mamá empieza el martes con otro tratamiento.» Kessie no pediría dinero abiertamente, pero se lee entre líneas. Las facturas médicas de mamá fueron lo que mandó a Marina a la Luna. ¡El boom de la Luna! Todo el mundo tiene la mano extendida. Todos, todos los segundos de todos los días. Marina se traga la cólera; en la Luna no se estila. Si todo el mundo actuara con arreglo a sus impulsos, las ciudades se convertirían en morgues de la noche a la mañana.
El tren decelera al aproximarse a João de Deus, y los pasajeros recogen sus pertenencias. Hetty le ha dado instrucciones de presentarse en el puesto de seguridad del andén seis, desde donde un tranvía privado la llevará a su destino. Marina siente una punzada de emoción al pensar por primera vez en lo que le espera al final de la línea privada: Boa Vista, el legendario palacio ajardinado de los Corta.
El séquito se apelotona a la salida de la Sala Tres. A Ariel Corta no le faltan nunca los admiradores, los trepas, los clientes potenciales, los pretendientes potenciales de todos los sexos. «Atractiva» es el primer calificativo con que la define la gente. Los Corta no han sido nunca despampanantes, pero no hay brasileño feo y todos los hijos de Adriana tienen algún atributo que atrae las miradas. El atractivo de Ariel está en el porte: se desenvuelve con aplomo y seguridad, con una confianza serena. Llama la atención. Su compañero, Idris Irmark, se abre paso entre los besos y las felicitaciones.
—Podrían haberte matado.
Cámaras del tamaño de insectos revolotean sobre la cabeza de Ariel.
—Ni hablar.
—Podría haberte abierto en canal.
—¿Tú crees?
Ariel agarra a Idris del brazo y se lo retuerce. Con una presión mínima podría hacerle saltar el codo como el tapón de una botella. El séquito contiene el aliento; las cámaras se lanzan a buscar un ángulo mejor. Esto es sensacional. Las webs de cotilleos echarán humo durante días. Lo suelta. Idris sacude la mano dolorida. Todos los Corta aprenden gracie jiu-jitsu: Adriana Corta está convencida de que todos los niños deberían conocer un arte marcial, tocar un instrumento musical, hablar tres idiomas y ser capaces de leer un informe anual y bailar un tango.
—Me habría despedazado. ¿Crees que habría corrido el riesgo sin estar segura de que Muñoz iba a capitular?
Idris muestra las manos pidiéndole que explique el truco.
—Los Alyaoum eran clientes de los Mackenzie hasta que Betake Alyaoum insultó a Duncan Mackenzie al no casarse con Tansy Mackenzie —dice Ariel. La cohorte se bebe sus palabras—. Los Mackenzie les retiraron su apoyo; sin él, si Alyaoum me hubiera hecho siquiera un rasguño, los Corta les habrían jurado vendetta y la casa Mackenzie no los defendería. No podían correr ese riesgo. Forcé desde el principio el juicio por combate sabiendo que tendrían que retirarse. —Se detiene a la puerta de la sala de abogados para dirigirse a su séquito—: Ahora, si me disculpan, tengo que ir a celebrar la carrera lunar de mi sobrino y no puedo presentarme así.
La juez Nagai y una botella de ginebra aromatizada con diez hierbas esperan a Ariel en la sala de abogados.
—Vuelve a gastarte una argucia así en mi juzgado y les ordeno a los zashitnik que te destripen —dice la juez. Está apoyada en el borde del lavabo. Las salas de abogados son pequeñas y están abarrotadas.
—Pero eso sería una flagrante omisión de la diligencia debida. —Ariel suelta en la desimpresora el traje formal que lleva entre los brazos; la tolva lo engulle y reduce el tejido a materia prima orgánica. Beijaflor, el familiar de Ariel, ya le ha elegido la ropa de fiesta: un vestido de tirantes de Balenciaga de 1958, de corte asimétrico, con un estampado de flores negras sobre gris oscuro—. El tribunal estaría omitiendo la protección de los intereses de una parte contractual.
—¿Por qué no puedes dedicarte a extraer helio, como tus hermanos?
—Son unos aburridos. —Ariel la besa en las mejillas—. El sentido del humor de Lucas es negativo. —Observa la ginebra: un regalo de su cliente—. Una impresión personalizada. Bonito detalle. —Inclina la botella hacia la juez Nagai, que niega con la cabeza. Ariel se prepara un martini implacablemente seco.
Rieko se lleva el índice izquierdo al puente de la nariz: la convención para solicitar una charla sin familiares. Ariel parpadea para disipar a Beijaflor, un colibrí entrevisto, una nube iridiscente que cambia de tono constantemente en consonancia con Ariel. El familiar de Rieko, una hoja en blanco que se dobla continuamente para crear diversos origamis, se apaga con un destello.
—Voy a ser breve —dice la juez Nagai—. Quizá no estés al corriente de que soy miembro del Pabellón de la Liebre Blanca.
—¿Cómo era aquello...? Si alguien dice que pertenece a la Liebre Blanca...
—... es que miente —concluye la juez Nagai—. Pero no hay regla sin excepción.
Ariel Corta bebe un generoso trago de martini, pero tiene todos los sentidos alerta. El Pabellón de la Liebre Blanca, el consejo de asesores del Águila de la Luna, habita un lugar situado entre el mito y la realidad. Existe; es imposible que exista. Se oculta a plena vista. Sus miembros afirman y niegan que lo son. Ariel Corta no necesita a Beijaflor para saber que se le han acelerado el ritmo cardiaco y la respiración. Tiene que concentrarse a fondo para impedir que su inquietud recorra la superficie del martini.
—Soy miembro de la Liebre Blanca —dice la juez Nagai— desde hace cinco años. Cada año cesan dos miembros, y esta vez me toca a mí. Me gustaría proponerte para un asiento.
A Ariel se le comprime el estómago. Un puesto en la mesa redonda y ahí está ella, en ropa interior.
—Es un honor. Pero debo preguntar...
—Porque eres una joven con unas dotes extraordinarias. Porque la Liebre Blanca conoce la creciente influencia de determinados elementos entre los Cinco Dragones de la LDC y le interesa desviarla.
—Los Mackenzie.
Ninguna otra familia ansía tan abiertamente el poder político. Adrian Mackenzie, el hijo menor de Duncan, el consejero delegado, es el oko de Jonathon Kayode, Águila de la Luna, presidente de la junta de la Lunar Development Corporation. Robert Mackenzie, patriarca del clan, lleva muchos años haciendo campaña por la abolición de la LDC y la independencia absoluta de la Luna, liberada de la supervisión paternalista de la Tierra. «La Luna es nuestra.» Ariel conoce los argumentos políticos y a los involucrados, pero nunca ha sido de su interés. El derecho de familia de la Luna, más que ningún otro tipo de derecho, es un terreno caótico de lealtades ciegas, resentimiento venenoso y rencillas interminables, y constituye una mezcla volátil con la política de la LDC. Pero un asiento junto al Águila... Puede que nunca se haya olido el polvo lunar en la piel, pero Ariel es una Corta y a los Corta los llama el poder.
—Algunos personajes cercanos al poder tienen la impresión de que ya va siendo hora de que los Corta abandonen su aislamiento y participen en la política lunar.
Ariel es la que ha volado más cerca del poder político de toda su familia. Rafa, bu-hwaejang de Corta Hélio, tiene poder económico: Corta Hélio alumbra la noche terrestre; Adriana, fundadora y matriarca de Corta Hélio, tiene poder moral. Pero los Corta no gozan de adoración universal entre las familias más antiguas. Son el Quinto Dragón, y se los considera advenedizos, granujas venidos a más, asesinos sonrientes, cowboys cariocas. Los Corta sonríen mientras te cortan. Cowboys cariocas, globos de helio, nada más. Esta es su invitación a la mesa del poder, la aceptación de los Corta como casa noble. Mamãe mostraría desprecio, «¿Quién necesita la aprobación de esos degenerados, de esos parásitos blandurrios?», pero se alegraría por Ariel. Ariel sabe de toda la vida que nunca ha sido la favorita, nunca la hija perfecta, pero si Adriana Corta es dura con su hija es porque espera de ella más que de sus hijos.
—Entonces, ¿aceptas? —dice la juez Nagai—. Es que me gustaría levantarme del lavabo.
—Claro que acepto. ¿Qué esperabas?
—Igual le dabas la diligencia debida.
—¿Por qué? —La sorpresa ojiplática de Ariel es sincera y verosímil—. Sería idiota si no aceptara.
—Puede que tu familia opine...
—Mi familia opina que debería estar en João de Deus pringándome de polvo y sudor con un trácsup. No. —Levanta la copa de martini—. Por mí, Ariel Corta, liebre blanca.
La juez Nagai se pasa el índice derecho por la frente: «Podemos volver al mundo grabado.» Ariel parpadea para que vuelva Beijaflor; Oko, el familiar de la juez, reaparece, y la juez se va. La impresora pita: el vestido de fiesta de Balenciaga está listo. Beijaflor ya está cambiando de color para ir a juego.
La pequeña Luna Corta lleva un vestido blanco con falda abullonada y un llamativo estampado de peonías carmesíes. De Pierre Cardin. Pero Luna tiene seis años y está cansada de la ropa de vestir, así que se quita los zapatos de dos patadas y corre descalza por el bambú. Su familiar también se llama Luna: una mariposa luna verde lima con grandes ojos azules en las alas. «Las mariposas luna son norteamericanas, no sudamericanas —le había dicho la abuela Adriana—, y no deberías dar tu propio nombre a tu familiar; la gente no sabrá con quién está hablando.»
Las mariposas liberadas dan vueltas sobre la cabeza de Luna. Azules, azules como el cielo falso, y tan anchas como su mano. Los Asamoah han llevado una caja de fiesta y las han soltado. Luna da palmadas de alborozo. Nunca ve animales en Boa Vista: su abuela los aborrece y no permite que entre nada con pelo, escamas o alas. Luna persigue la cinta de mariposas en su lento revoloteo; no corre para atraparlas, sino para ser libre y flotar como ellas. Remolinos, el susurro del bambú que transporta las voces, la música y el olor de la comida. ¡Carne! Luna se abraza a sí misma. Es una ocasión especial. Distraída por el olor de la carne a la brasa, se abre paso entre las altas cañas de bambú oscilantes. Tras ella, lentas cascadas fluyen entre las grandes caras de piedra de los orixás.
Hace tres mil quinientos millones de años, el magma irrumpió del corazón viviente de la Luna para inundar el lecho del mar de la Fertilidad y formar con su lento borboteo rimas, diques y tubos de lava. Después murió el corazón de la Luna, la lava se enfrió y los tubos vacíos quedaron como arterias osificadas, frías y oscuras. En 2050, Adriana Corta bajó haciendo rápel por el túnel de acceso que habían perforado sus selenólogos en el mar de la Fertilidad y sus linternas iluminaron un mundo oculto, un tubo de lava intacto de cien metros de alto y ancho y dos kilómetros de longitud. Un universo vacío, virgen, una geoda impagable. «Este es el lugar —declaró Adriana Corta—. Aquí es donde crearé una dinastía.» En cinco años, su maquinaria había creado un paisaje en el interior, había esculpido caras de dioses umbanda del tamaño de bloques de pisos, había establecido un ciclo del agua y había llenado el espacio de terrazas, viviendas, pabellones y galerías. Esta es Boa Vista, la mansión de la familia Corta. Incluso en este día de fiesta, la roca tiembla con las vibraciones de excavadoras y sinterizadoras que trabajan dentro de las paredes, dando forma a habitaciones y espacios para Luna y sus generaciones.
Hoy se celebra la carrera lunar de Lucasinho y Boa Vista ha abierto su corazón verde a la sociedad. Luna Corta da vueltas entre amores y madrinhas, parientes y criados, Asamoah y Sun, Vorontsov e incluso Mackenzie, y personas que no son de familia importante. Gente alta de la tercera generación, y baja y chaparra de la primera. Vestidos y trajes, pantalones de vuelta y faldas de vuelo, guantes de fiesta y zapatos de colores. Una docena de tonos de piel y ojos. Riqueza y belleza. Amigos y enemigos. Luna Corta ha nacido en este ambiente, con el sonido del agua que cae y el murmullo del viento artificial que pasa entre bambúes y ramas. No conoce otro mundo. En esta ocasión especial hay carne.
Los del cátering han instalado parrillas eléctricas bajo el saliente formado por el labio inferior de Oxum. Los chefs mueven y giran las espetadas. El humo grasiento se eleva hacia el cielo, que hoy muestra una luminosa tarde azul surcada de nubes. Una luminosa tarde terrestre. Los camareros llevan grandes bandejas de brochetas de carne a los invitados. Luna se coloca entre una camarera y su punto de destino.
—Qué vestido más bonito —dice la camarera en un portugués horrible.
Es baja, no mucho más alta que Luna, y chaparra. Se mueve demasiado para esa gravedad. Una Jo Moonbeam, recién salida del ciclador. Su familiar es una piel genérica de tetraedros que se despliegan.
—Gracias. —Luna pasa al globo, la lingua franca—. Sí.
La camarera le ofrece la bandeja.
—¿Pollo o ternera?
Luna coge una brocheta de ternera, jugosa y grasienta.
—Ten cuidado de no mancharte ese vestido tan bonito. —Tiene acento de norte.
—Jamás haría eso —dice Luna con inmensa seriedad.
Después se escabulle por el camino de piedra que atraviesa el corazón de Boa Vista, arrancando trozos de ternera sangrante con sus dientecillos blancos. Ahí está Lucasinho con su ropa de fiesta, la insignia de Dona Luna y un martini blue moon en la mano, rodeado de sus compañeros de carrera lunar. Luna reconoce a la chica Asamoah, y al Sun. Los Sun y los Asamoah siempre han formado parte de la familia. Es fácil reconocer al chico Vorontsov, pálido y extraño. Como un vampiro, piensa Luna. Y esa chica debe de ser la Mackenzie, toda dorada.
—Me gustan tus pecas —declara Luna tras inmiscuirse en el grupo de Lucasinho, mirando a la Mackenzie a la cara. Todos le ríen el descaro, la Mackenzie más que nadie.
—Luna —dice Lucasinho—, vete a comerte esa cosa a otro sitio. —Intenta darle tono de broma, pero Luna lo oye bien: está enfadado con ella por interponerse entre Abena Asamoah y él. Probablemente quiere acostarse con Abena. Es un aprovechado. Tiene una línea de copas de cóctel volteadas a los pies. Un aprovechado y un borracho.
—Me gustan. —Los Corta dicen lo que piensan. Luna se limpia la boca con el dorso de la mano. Carne, y ahora oye música—. Yo también tengo pecas. —Se lleva un dedo a las mejillas Corta-Asamoah y emprende de nuevo la carrera.
Pasa corriendo por encima de las piedras del río en busca de la música. Pasa por el río clavando los pies para salpicar. Los invitados hacen ruiditos y se apartan del agua voladora y su caída lenta, pero sus rostros sonríen. Luna sabe que es irresistible.
—¡Tío Lucas!
Corre hacia él y le rodea las piernas con los brazos. Por supuesto, tenía que estar cerca de la música. Está hablando con la inmigrante que le ha dado la carne a Luna. Ahora lleva una bandeja de cócteles azules. Luna los ha interrumpido; Lucas le alborota el pelo oscuro y rizado.
—Luna, coração, sigue a lo tuyo, ¿vale? —Un toquecito en el hombro para darle la vuelta. Mientras se aleja, lo oye hablar con la camarera—: No le sirva más alcohol a mi hijo, ¿entendido? No quiero que se emborrache y se ponga en ridículo delante de todo el mundo. En privado, que haga lo que quiera, pero que no deje en mal lugar a la familia. Si se le acerca una sola gota en lo que queda de día, los mando a todos ustedes de vuelta al Bairro Alto a mendigar oxígeno de segunda mano y beber orina ajena. No es nada personal. Le ruego que se lo haga llegar a sus superiores.
Luna quiere mucho a su tío Lucas por su forma de ponerse a su nivel, por sus jueguecitos, por los trucos y chistes que solo comparten ellos dos, pero a veces es alto y lejano; está en otro mundo duro, frío e inclemente. Luna ve la palidez atemorizada en la cara de la inmigrante y se siente fatal por ella.
Unos brazos la sujetan, la levantan y la lanzan por los aires.
—¡Eh, hola, anjinho!
Y la atrapan mientras cae como una pluma, con el vestido de peonías en la cara. Rafa. Luna abraza a su padre.
—¿A que no sabes quién acaba de llegar? La tía Ariel. ¿Vamos a buscarla? —Rafa aprieta la mano de Luna, que asiente vigorosamente.
Con su vestido matador, Ariel Corta sale de la estación al gran jardín de Boa Vista. Los volantes de su vestido de Balenciaga de 1958 flotan como pétalos con la gravedad lunar. Un murmullo recorre la plétora de invitados. Ariel Corta. Todo el mundo ha oído hablar de Alyaoum contra Filmus. Luna salta hacia su tía. Ariel atrapa a su sobrina en pleno salto y le d
